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 Travesuras de la niña mala

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Mais020291
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MensajeTema: Travesuras de la niña mala   Dom Sep 25, 2011 5:23 pm

Prólogo

Aquel fue un verano fabuloso. Vinieron artistas conocidos a realizar conciertos, se organizó un campeonato nacional de baile en la Plaza de Armas, en Lima; se realizaron olimpiadas de fulbito, ciclismo, atletismo y natación, donde mis amigos y yo ganamos. Y, digo que fue el mejor verano, porque ocurrieron cosas extraordinarias. Mario Benedetti se le declaró por primera vez a una chica – la pelirroja Calmet – y, ésta ante la sorpresa de todo el barrio, le dijo que sí. Mateo terminó con Laura y se le declaró a Manuela; Víctor se le declaró a Manuela y terminó su relación con Angela; Juan terminó con Ursula y se le declaró a Angela. Era tal la recomposición sentimental en el barrio que ándabamos aturdidos, los enamorados se deshacían y rehacían y al salir de las fiestas los sábados las parejas no siempre eran las mismas que entraron. “Qué relajo!”, se escandalizaba mi tía Emilia, con quien yo vivía desde la muerte de mis padres.

Pero, el hecho más notable de aquel verano fue la llegada al barrio de Miraflores, desde Chile, de dos hermanas cuya presencia llamativa y su inconfundible manera de hablar, nos pusieron de pies a cabeza a todos los chicos. Y, a mí, más que a los otros. La menor parecía la mayor y viceversa. La mayor se llamaba Lali y era petiza y más baja que Candela – la otra hermana – y le llevaba un año. Lali tendría catorce o quince años a lo mucho y Candela, trece o catorce. Aunque las dos hermanas eran llamativas, Cande no lo era tanto como su hermana, no sólo porque su cabello era marrón oscuro y no castaño y menos corto, sino porque era más callada y, a la hora de bailar, aunque lo hacia como una Diosa, parecía una chica recatada, inhibida y casi “nerd” en comparación con ese trompo, esa llama al viento, ese fuego que era Lali que reventaba las pistas de baile.

Lali bailaba con un ritmo sabroso y mucha gracia, sonriendo y canturreando la letra de la canción, alzando los brazos, mostrando las rodillas y moviendo cintura y hombros de manera que todo su cuerpo parecía encresparse, vibrar y participar del baile de la punta de los cabellos a los pies. Inmediatamente, me enamoré de Lali, de la forma más romántica de enamorarse – en términos peruanos, templarse al cien – y, en ese verano inolvidable, me le declaré tres veces. La primera, en el cine, un domingo por la mañana, y me dijo que no que todavía era muy joven para tener enamorado. La segunda, en la pista de patinaje y me dijo que no, que necesitaba pensarlo porque, aunque yo le gustaba un porquito, sus padres le habían pedido que no tuviera enamorado hasta que terminara el cuarto de secundaria – o, décimo – y ella estaba todavía en tercero – o, noveno. Y, la última, paseando por una avenida conocida, mientras tomábamos un milshake de vainilla; y, otra vez me dijo que no, que para qué me iba a decir que sí, si ya parecíamos enamorados? Acaso no nos ponían siempre de pareja en la casa de María, cuando jugábamos al juego de verdad-consecuencia? No nos sentábamos juntos en la playa? No bailaba ella conmigo más que con cualquiera en las fiestas? Para qué me iba a dar forlmamente el sí si todo el barrio ya nos creía enamorados? Con su aspecto de modelo, unos ojos oscuros y pícaros y una boquita de labios carnosos, Lali era la coquetería hecha mujer.

“De ti, me gusta todo”, le decía yo, “Pero, lo que más me gusta, es tu manerita de hablar”. Era graciosa y original, por su entonación y su música, tan distintas de las peruanas, y también por ciertas expresiones, palabritas y dichos que a nosotros nos dejaban en la luna, tratando de adivinar lo que querían decir, haciendo adivinanzas o contando unos chistes tan colorados que a las chicas del barrio las hacían comerse un pavo – las avergonazaba totalmente – “Esas chilenitas son terribles”, sentenciaba mi tía Emilia, quitándose y poniéndose los anteojos con el aire de profesora de colegio que tenía, preocupada de que ese par de forasteras desintegrara la moral del barrio.

Lali nunca me daba el sí, pero igual parecíamos enamorados. Nos cogíamos de la mano en el cine, y aunque no andábamos a los besos ardiantes, chupetazos y malos tocamientos durante la función, ella me dejaba besarla, en las mejillas, en el borde de las orejas, en la esquina de la boca, y a veces, por un segundo, juntaba sus labios con los míos y los apartaba haciendo un melodrama: “No, no eso sí que no, flaquito”. Ella y mis amigos, jamás me llamaban por mi nombre – Juan Pedro Lanzani – siempre por mi apodo, flaquito o Peter. Ellos siempre me molestaban con Lali, que estaba como un baboso por ella; y, no exageraban en lo más mínimo, estaba templado de Lali al cien por cien.
A Lali le gustaba ir todas las tardes a esa esquina del Parque Salazar alborotada de palmeras, floripondios y campanillas desde cuyo muro de ladrillos rojos contemplábamos toda la bahía, como contempla el mar el capitán de un barco desde la torre de mando. Si el cielo estaba despejado, y juraría que aquel verano lo estuvo, siempre sin nubes, y el sol brilló sobre el barrio sin fallarnos un solo día, se divisaba allá al fondo el disco rojo, llamenado, despidiéndose con rayos y luces mientras se ahogaba en las aguas del Pacífico. La carita de Lali se concentraba con fervor, la vista fija en aquella bola, esperando el instante en que el mar se tragara el último rayito. Aprovechábamos ese instante para pedir un deseo; yo pedía siempre el mismo deseo, que me dijera por fin que sí, que fuéramos enamorados, nos quisiéramos, pasáramos a novios y nos casáramos y termináramos en París, ricos y felices.

Desde que era un niño, soñaba con vivir en París. Probablemente fue culpa de mi papá, de esos libros de Julio Verne, Alejandro Dumas y tantos otros que me hizo leer antes de matarse en el accidente que me dejó huérfano. Esas novelas me llenaron la cabeza de aventuras y me convencieron de que en Francia la vida es más rica, más alegre, más hermosa y más todo que en cualquier parte. Por eso, además de mis clases de inglés, logré que mi tía Emilia me matriculara en la Alianza Francesa, donde iba tres veces por semana a aprender la lengua de los franchutes. Aunque me gustaba divertirme bastante con mis amigos del barrio, era bastante estudioso, sacaba buenas notas y los idiomas me encantaban.

Cuando las propinas me lo permitían, invitaba a Lali a tomas el té en la Tiendecita Blanca, una cafetería bastante conocida por la zona, con sus mesistas y sus toldos sobre las veredas, y sus miles de pasteles como bizcotelas, alfajores rellenos de manjar blanco, los piononos! Ir ahí con Lali a tomar un helado y un pedazo de torta era una felicidad casi siempre empañada por la presencia de su hermana Cande, con la que tenía que ir a todas las salidas. Ella estropeaba el plan y me impedía conversar a solas con Lali y decirle todas las cosas bonitas que yo soñaba con murmurarle al oído. Pero aún así, era hermoso estar con ella, ver como danzaba su melena a la hora de hablar tan diferente y divisaba, a veces, mi vista hacia su escote de su blusa pegadita, el comienzo de esos pechitos que apuntaban ya, redondos, firmes y suaves como las frutas jóvenes.

Yo siempre le comentaba sobre mi sueño de ir a vivir a París; ella pensaba en una agencia de turismo o en una compañía de aviación, como azafata, si convencía a sus papás, así viajaría gratis por el mundo entero. O artista de cine, tal vez, pero nunca permitiría que la sacaran en bikini. Viajar, viajar, conocer todos los países era lo que más le gustaría. “Bueno, al menos ya conoces dos, Chile y Perú, qué más quieres”, le decía yo, “Compárate conmigo, nunca salí de Miraflores, de este barrio”. Las cosas que Lali me contaba de Santiago eran para mí impresionantes. Con qué envidia la escuchaba! Allá, a diferencia de acá, no había pobres ni mendigos por las calles, a los chicos y a las chicas los papas los dejaban quedarse en las fiestas hasta el amanecer, y jamás se veía, como aquí, a los viejos, a las mamás, a las tías, espiando a los jóvenes cuando bailaban para reñirlos si abusaban. En Chile a los chicos y a las chicas los dejaban entrar a películas para mayores y, desde que cumplían quince años, fumar sin esconderse. Allá la vida era más entretenida que en Lima porque había más cines, circos, teatros, espectáculos, y fiestas con orquestas, y de Estados Unidos iban todo el tiempo a Santiago compañías de patinaje, de ballet, musicales, y, en cualquier trabajo que tuvieran, los chilenos ganaban el doble o triple que aquí los peruanos.

Nunca les vi la cara a sus papás. Ellas nunca nos llevaron ni a mí ni a ninguna chica o chico del barrio a su casa. Nunca celebraron un cumpleaños, ni dieron una fiesta, ni nos invitaron a tomar el té y a jugar, como si se avergonzaran de que viéramos lo modesto que era el lugar donde vivían. A mí, que fueran pobretones y que se avergonzaran de todo lo que no tenían me llenaba de compasión, aumentaba mi amor por la chilenita y me infundía ganas de darle todo: “Cuando Lali y yo nos casemos, nos llevaremos a vivir con nosotros a toda su familia”. Pero, a mis amigos les daba mala espina que Cande y Lali no nos abrieran las puertas de su casa. “Serán tan muertas de hambre que no puedan organizar ni siquiera una fiesta?”.

Los chicos del barrio empezaron de pronto a hablar mal de las chilenitas por la manera como se maquillaban y se vestían, a burlarse del escaso vestuario que lucían – todos conocíamos ya de memoria esas falditas, blusitas y sandalias que, para disimular, combinaban de todas las maneras posibles – y, yo las defendía, lleno de indignación, esas críticas eran envidia, porque en las fiestas, todos los chicos hacían cola para sacarlas a bailar.

Lo que pasaba era que, en el fondo, las chicas del barrio de Miraflores, sentían fascinación por las chilenitas. Envidiaban Chile porque era el país de la libertad, que ellas no tenían, de salir a todas partes y quedarse paseando o bailando hasta tardístimo sin pedir permiso para un ratito más, sin que su papá, su mamá o alguna hermana mayor viniera a espiar por las ventanas de la fiesta con quién y cómo bailaban, o a llevárserlas a casa porque ya eran las doce de la noche, hora en que las chicas decentes no estaban bailando ni conversando en las calles con hombres. Enviadiaban que ellas fueran tan sueltas, bailaran con tantos disfuerzos sin importarles si se les descubrían rodillas, y moviendo los hombros, los pechitos y el potito como no lo hacía ninguna chica en Miraflores. Pero, si eran libres, por qué ni Candela ni Lali querían tener enamorado? Por qué nos decían que no a todos los que les declarábamos nuestro amor? Por qué las chilenitas, que eran tan libres, no querían tener enamorado?

Ese y otros misterios relacionados con las chilenitas se aclararon inesperadamente el 30 de Marzo de 1950, el último día de aquel verano memorable, en la fiesta de Malena Guitierrez. Una fiesta que marcaría época y quedaría en la memoria de todos los asistentes para siempre. Todo iba de maravillas hasta que, con las luces apagadas, el centenar de chicas y chicos rodeamos a Malena y le cantamos el “Happy Birthday” y ella sopló y apagó la torta con las quince velitas e hicimos cola para darle el abrazo respectivo. Cuando a Cande y Lali les tocó el turno de saludarla, Malena, una gordita feliz cuyos rollos rebalsaban el rosado vestido con un gran moño a la espalda, después de besarles en la mejilla, abrió mucho los ojos.

- Ustedes son chilenas, no? Les voy a presentr a mi tía Adriana. Es chilena también, acaba de llegar de Santiago. Vengan, vengan.

Las cogió de la mano y se las llevo al interior de la casa, gritando, “Tía Adriana, tía Adriana, aquí te tengo una sorpresa”. Por la ventana pudimos divisar como la tía saludaba a las dos chicas, así que un momento después me acerqué hacia mi amigo y compañero de colegio, quién me preguntó.

- Te importaría que le caiga – declarar amor – a Lali, flaco?

Sabía que, aunque lo pareciéramos, no éramos enamorados, y sabía también que yo le había caído tres veces y que las tres me había dicho que no. Le respondí que me importaba muchísimo, porque, aunque Lali me había dicho que no, ése era un juego que ella se traía, pero en realidad, yo le gustaba. Era como si fuéramos enamorados, y además, esta noche yo ya había empezado a caerle por cuarta y definitiva vez, y ella estaba por decirme que sí cuando apareció la torta. Pero, ahora que saliera de hablar con la tía Adriana, le seguría insistiendo para ser enamorados y ella me aceptaría y desde esta noche sería mi enamorada.

Se demoraron una eternidad en volver. Y, volvieron transformadas: Cande, muy pálida y ojerosa, como si hubiera visto un fantasama y estuviera recobrándose de la impresión del otro mundo, y Lali, molesta, los ojos echando chispas, como si allá adentro esas señoras y señores tan pitucos – de plata – la hubieran hecho pasar muy mal rato. Ahí mismo la saqué a bailar, y yo no podía creerlo, Lali estaba fuera de sí, perdía el ritmo, se distraía, se equivocaba, tropezaba. Qué había pasado? Toda la fiesta ya lo sabía, la gordita Malena se había encargado de divulgarlo. Yo fui el último en enterarme, cuando Cande y Lali, misteriosamente habían desparecido sin despedirse de nadie, cuando el centenar de chicos y chicas, olvidándonse de todo se secreteaban, se repetían, se alarmaban, se exaltaban, abriendo los ojos. “Sabes? Te enteraste? Has oído? Qué te parece? Te das cuenta? Te imagina, te imaginas? No son chilenas! No, no lo eran! Puro cuento! Ni chilenas ni sabían nada de Chile! Mintieron! Engañaron! Se inventaron todo! La tía Adriana les malogró el cuento! Qué bandidas, qué bandidas!”
Eran peruanitas, nomás. Pobres, Pobrecitas! La tía Adriana, recién llegada de Santiago, debió llevarse la sorpresa de su vida al oírlas hablar con aquel acento que a nosotros nos engañaba tan bien pero que ella identifició de inmediato como una impostura. Qué mal debieron de sentirse cuando la tía comenzó a preguntarles sobre su familia, el barrio donde vivían, el colegio, sobre su parentela y las amistades de su familia en Santiago. Y, al descubrilas, terminar diciendo: “Qué chilenitas ni ocho cuartos! Esas niñas no han pisado jamás Santiago y son tan chilenas como yo tibetana!”

Aquel último día del verano de 1950, cuando recién acaba de cumplir quince años también, comenzó para mí la vida de verdad. La historia completa de las chilenas no la supe con exactitud, solo se que nunca más fueron invitadas a las fiestas, ni a los juegos, ni a los tes, ni a las reuniones de barrio. La gente les volteaba la cara; ellas habían ocultado su procedencia, se habían hecho pasar por extranjeras a fin de colarse entre la gente decente de Miraflores. Y así, se fueron olvidando de ellas, pero yo no. Yo no las olvidé, sobre todo a Lali. Y aunque hayan corrido tantos años, y Miraflores haya cambiado tanto, y lo mismo las costumbres, yo la guardé en la memoria, y vuelvo a veces a evocarla, a oír la risa traviesa y la mirada burlona de sus ojos color oscuro, a verla bailando al compás de la música. Y sigo pensando que, a pesar de haber vivido ya tantos veranos, aquél fue el más fabuloso de todos.



Hola! Vengo aquí con una adaptación; este libro tiene el mismo título y es del autor peruano, Mario Vargas LLosa. Este es el prólogo, si les gusta como va la historia, les dejo los demás capítulos. Gracias
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Dom Sep 25, 2011 7:44 pm

me encanta Mais espero más pronto.
un beso.
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Mais020291
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Mar Sep 27, 2011 5:20 pm

I. El guerrillero (Parte I)

El Mexico Lindo estaba en la esquina de la rué des Canettes y la rué Guisarde, y en mi primer año de París, en que pasé apuros de dinero, muchas noches fui a recostarme a la puerta falsa de ese restaurante, a esperar a que Agustín se apareciera con un paquetito de tamales, tortillas o enchiladas. Agustín había entrado a trabajar en el Mexico Lindo como ayudante de cocina, y al poco tiempo, gracias a sus habilidades culinarias, fue ascendido a ayudante del chef y cuando lo dejó todo para dedicarse en cuerpo y alma a la revolución, ya era cocinero titular del establecimiento.

Nos hicimos amigos en un cafecito del Barrio Latino, donde nos reuníamos un grupo de sudamericanos. Agustín al enterarse de mis apuros, me propuso echarme una mano en lo concerciente a la comida, pues en el Mexico Lindo ella sobraba. Por eso, a las diez de la noche, me aparecía por la puerta falsa del restaurante. Debía de tener unos veinticuatro o veinticinco años a lo mucho, era muy simpático, amiguero y conversador. Andaba siempre con una gran sonrisa en la boca que le inflaba los cachetes. En el Perú había estudiado varios años de Medicina y pasó algún tiempo en la cárcel por ser uno de los organizadores de una huelga. Antes de llegar a París estuvo un par de años en Madrid, donde se casó con una chica de Burgos. Acababan de tener un hijo.

Agustín pertenecía al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR); el gobierno cubano había concedido al MIR un centenar de becas para que chicas y chicos peruanos recibieran entrenamiento guerrillero. Los becarios, debido al estricto bloqueo impuesto por Estados Unidos a Cuba, tenían que pasar por París camino a su destino y Agustín se tenia que encargar de alojarlos en algún lado de la ciudad. Yo lo ayudaba, reservando cuartos en hoteles pobres, en los que embutíamos a los futuros guerrilleros de dos en dos, y a veces de tres en tres. La mayoría de becarios que fui a recoger, eran varones y muy jóvenes, algunos adolescentes. Un día descubrí que también había mujeres entre ellos.

- Recógelas y llevátelas a este hotelito de la rué Gay-Lussac – me pidió Agustín – camarada Ana, camarada Arlette y camarada Eufrasia. Trátalas bien.

Una regla era que los becarios no podían dar a conocer sus verdaderos nombres. Incluso entre ellos sólo usaban sus apodos o nombres de guerra. Apenas aparecieron las tres chicas tuve la impresión de que a la camarada Arlette la había visto en alguna parte. Tenía una silueta graciosa, una cintura delgada, una piel morocha, y aunque vestía, como las otras, con gran sencillez, había en ella algo muy femenino de la manera como caminaba y se movía, y sobre todo, en el modo de fruncir sus labios carnosos al hacer preguntas sobre las calles que el taxi atravesaba. En sus ojos oscuros, expresivos, veía algo ansioso que contemplaba los edificios simétricos y la muchedumbre de jóvenes de ambos sexos con bolsas, libros y cuadernos que merodeaban en las calles. Cuando llegamos al hotelito, les expliqué que no podía salir del lugar en ningún momento. Estaba en la puerta del hotel, encendiendo un cigarrillo antes de partir, cuando me tocaron el hombro:

- Ese cuartito me da claustrofobia – me sonrió Arlette – Y, además, una no llega todos los días a París, caramba.

Entonces, la reconocí. Había cambiado mucho, por supuesto, sobre todo su manera de hablar, pero seguía manando de toda ella esa picardía que yo recordaba muy bien, algo atrevido, espontáneo y provocador, que si traslucía en su postura desafiante, el pechito y la cara adelantados, un pie algo atrás, el culito en alto, y una mirada burlona que dejaba a su interlocutor sin saber si hablaba en serio o bromeando. Era menuda, de pies y manos pequeños y unos cabellos, ahora más claros, sujetos con una cinta, que le llegaban a los hombros. Era Lali.

Advirtíendole que lo que íbamos a hacer estaba prohibido, la llevé a dar una vuelta y a almorzar en un restaurante griego. En esas tres horas de conversación me contó, violando las reglas del secretismo revolucionario, que había estudiado Letras y Derecho en la Universidad Católica del Perú, que llevaba años militando en la clandestina Juventud Comunista y que se había pasado al MIR porque éste era un movimiento revolucionario de verdad. Yo le conté mis movimientos en busca de trabajo para poder quedarme en París y le dije que ahora tenía puestas todas mis esperanzas en un concurso para traductores de español, que pasaría al día siguiente. Antes de terminar, lanzó una risita y, al reírse, se le formaron en sus mejillas los mismos hoyuelos que cuando era niña. La acompañé de regreso a su hotel. Si estaba de acuerdo, le pediría permiso a Agustín para sacarla a conocer otros lugares de París antes de que continuara su viaje revolucionario. “Perfecto”, me respondió, extendiéndome una mano que demoró en separarse de la mía. Era muy bonita y muy coqueta.
A la mañana siguiente di el examen para traductores. Nos dieron a traducir media docena de textos del inglés y del francés, bastante fáciles. Al mediodía fui con Agustín a comer una salchicha con papas fritas, y sin preámbulos, le pedí permiso para sacar a la camarada Arlette mientras estuviera en París. Me quedó mirando y simuló darme un sermón:

- Está terminantemente prohibido tener sexo con las camaradas. Por qué quieres sacarla? Te gusta la chica?

- Supongo que sí – le confesé algo avergonzado – Pero, si eso te puede traer problemas…

- Te aguantarías las ganas? – se rió – No seas hipócrita, Peter! Sácala, sin que yo me entere. Eso sí, después me lo cuentas todo. Y, sobre todo, usa condón.

Esa misma tarde la fui a buscar a su hotelito y la llevé a comer. Y, luego, tomamos una copas de ron con coca-cola en un local pequeño, oscuro, humoso, cálido, no había mucha gente todavía, y antes de habernos terminado el trago y después de contarle que gracias a sus artes brujiles y a su rosario me había ido bien en el examen, le sostuve la mano y entrecruzándole los dedos le pregunté si se había dado cuenta de que estaba enamorado de ella desde hacia diez años. Se echó a reir.

- Enamorado de mí sin conocerme? Quieres decir que desde hace diez años esperabas que un día se apareciera en tu vida una chica como yo?

- Nos conocemos muy bien, sólo que tú no te acuerdas – le respondí, muy despacio, espiando su reacción – Entonces, te llamabas Lali y te hacías pasar por chilenita.

Pensé que la sorpresa haría que apartara su mano o que la cerrara, en un movimiento nervioso, pero nada de eso ocurrió. La dejó quieta en las mías, sin alterarse lo más mínimo.

- Qué dices? – murmuró. En la penumbra, se inclinó y su cara se acercó tanto a la mía que sentí su aliento. Sus ojos me escrutaban, tratando de adivinarme.

- Todavía sabes imitar bien el cantito de las chilenas? – le pregunté, mientras le besaba la mano – No me digas que no sabes de qué hablo. Tampoco te acuerdas que me declaré tres veces y que siempre me diste calabazas?

- Juan Pedro, Petercito, Peter Lanzani! – exclamó, divertida, y ahora sí sentí la presión de su mano – El flaquito! Ese mocoso tan arregladito, que parecía haber hecho recién la sagrada comunión. Ja, ja! Eras tú. Ay, qué risa!

Sin embargo, un momento después, cuando le pregunté cómo y por qué se les había ocurrido a ella y a su hermana Candela hacerse pasar por chilenitas, me negó con firmeza que supiera de qué le hablaba. De dónde me había inventado semejante cosa? Se trataba de otras personas. Ni ella se había llamado nunca Lali, ni tenía hermana, ni había vivido jamás en ese barrio pituco. Esa sería en adelante su actitud: negarme la historia de las chilenitas, aunque, a veces, como aquella noche, cuando me dijo reconocer en mí al mocosito medio bobo de diez años atrás, algo se le salía – una imagen, una alusión – que le delataba como la falsa chilenita de nuestra adolescencia.

Nos quedamos en el lugar hasta bien entrada la noche, y yo pude besarla y acariciarla, pero sin ser correspondido. No me apartaba los labios cuando yo se los buscaba; pero, no hacía el menor movimiento de respuesta, se dejaba besar con indiferencia, y por supuesto, nunca abría la boca para que yo pudiera sorber su saliva. También su cuerpo parecía un témpano cuando mis manos le acariciaban la cintura, los hombros, y se detenían en los dursos pechitos de botones erectos. Permaneció quieta, pasiva, resignada a aquellas efusiones, hasta que por fin, con naturalidad, advirtiendo que mis caricias tomaban un rumbo atrevido, me apartó.

- Esta es mi cuarta declaración de amor, chilenita – le dije, en la puerta del hotelito – La respuesta es sí, por fin?

- Ya veremos – me mandó un beso volado, alejándose – No pierdas las esperanzas, niño bueno

Los diez días que siguieron a este encuentro, la caramarada Arlette o Lali y yo, tuvimos algo parecido a una luna de miel. Nos vimos todos los días en donde gasté todo mi dinero que me quedaba de lo que me había mandando mi tía Emilia. En esos días cualquiera nos habría tomado por amantes, pues andábamos todo el tiempo de la mano y yo la besaba y acariciaba con cualquier pretexto. Ella me dejaba hacer, divertida a veces, otras, indiferente, y siempre terminaba poniendo fin a mis efusiones con impaciencia: “Y, ahora basta, Peter”. Alguna rara vez ella tomaba la iniciativa de peinarme o despeinarme un mechón con su mano o pasarme un dedo afilado por la nariz o por la boca como queriendo alisarlas.

Saqué la conclusión que a Lali, la política en general y la revolución en particular, no le importaban. No sólo no hablaba jamás de temas políticos ni universitarios; cuando yo llevaba la conversación a ese terreno, no sabía que decir, ignoraba las cosas más elementales y se las arreglaba para cambios de tema. Era evidenteque se había conseguido esa beca de guerrillera para salir del Perú y viajar por el mundo, algo que de otro modo, siendo una chica de origen muy humilde, jamás hubiera podido hacer. Al día octavo de nuestra “luna de miel” Lali accedió, de manera inesperada, a pasar la noche conmigo en el Hotel du Senat. Era algo que yo le había pedido – rogado – en vano todos los días anteriores. Esta vez, ella tomó la iniciativa.

- Hoy te acompaño yo, si quieres – me dijo, en la noche, mientras comíamos un par de sándwiches de pan con queso. Mi pecho se aceleró como si acabara de correr la maratón

Después de una pesada negociación con el guardián del hotel, pudimos subir hasta el cuarto. Se dejó besar, acariciar, desnudar, sin permitirme acortar la invisible distancia que guardaba frente a mis besos, abrazos y cariños, aunque me abandonara su cuerpo. Me emocionó verla desnuda, sobre la cama colocada en el rincón del cuarto donde el techo se inclinaba y apenas llegaba el resplandor de la única bombilla. Era muy delgada, de miembros proporcionados, con una cintura tan estrecha que, me pareció, yo hubiera podido ceñirla con mis dos manos. Su piel era suave y fresca. Se dejó besar largamente de la cabeza a los pies, manteniendo la pasividiad de costumbre, y escuchó que le recité al oído, y las palabras de amor que le balbuceaba, de manera entrecortada: esta era la noche más feliz de mi vida, nunca había deseado a nadie tanto como a ella, siempre la querría.

- Metámonos bajo la frazada porque hace mucho frío – me interrumpió – cómo no te hielas acá

Estuve a punto de preguntarle si debía cuidarme, pero no lo hice, sorprendido por su actitud desenvuelta, como si tuviera siglos de experiencia en estas cosas y fuera yo más bien el primerizo. Hicimos el amor con dificultad. Ella se entregó sin la menor vergüenza, pero resultó ser muy estrecha a la hora de ingresar a su cuerpo; se encogía, con una mueca de dolor: “Más despacito, más despacito”. Al final la amé y fue feliz amándola. Era cierto que nada me hacía tanta ilusión como estar allí con ella, era cierto que en mis escasas y siempre fugaces aventuras nunca había sentido esa mezcla de ternura y deseo que ella me inspiraba, pero dudo que fuera el caso de ella. Todo el tiempo me dio más bien la impresión de hacer lo que hacía sin que en el fondo le importara. A la mañana siguiente cuando abrí los ojos, la vi, aseada y vestida, al pie de la cama, observándome con una mirada y traslucía una profunda inquietud.

- De verdad estás enamorado de mí? – asentí varias veces y estiré la mano para coger la suya, pero ella no me alcanzó – quieres que me quede a vivir contigo, aquí en París? – me preguntó – volví a asentir, totalmente desconcertado. Significaba eso que ella también se había enamorado de mí? – no es por amor, para que te voy a mentir – me respondió con frialdad – pero, no quiero ir a Cuba, y menos volver al Perú. Quisiera quedarme en París. Tú puedes ayudarme a que me libre del compromiso con el MIR. Háblale a Agustín y, si me libera, me vendré a vivir contigo – vació un momento y, suspirando, agregó – capaz termino enamorándome de ti

El día noveno le hablé a Agustín, en nuestro encuentro del mediodía.

- No puedo liberarla, solo la dirección del MIR podría. Pero, aún así, con solo proponerlo a mí se me crearía un problema. Que vaya a Cuba, que siga el curso. Que demuestre no tener condiciones física ni psicológicas para la lucha armada. Entonces, yo podría sugerirles a la dirección que ella se quede aquí, ayudándome. Díselo y, sobre todo, que no comente esto a nadie.

Con el dolor de mi alma fui a transmitirle a Lali la respuesta de Agus. Y, la animé a que siguiera su consejo; me apenaba más que a ella tener que separarnos. La incentivé a que mostrara una total incapacidad para la vida guerrillera, simulando desmayos durante el curso. Mientras yo, aquí en París, encontraría trabajo, tomaría un departamento, estaría esperándola.

- Ya sé, llorarás, me extrañarás y pensarás en mí día y noche – me interrumpió, los ojos duros y la voz helada – bueno, ya veo que no hay otro remedio. Nos veremos dentro de tres meses, Petercito.

- Porque te despides desde ahora?

- No te contó Agus? Parto a Cuba mañana temprano, vía Praga. Ya puedo empezar a derramar las lágrimas de la despedida

Partió al día siguiente y yo no pude acompañarla al aeropuerto, porque Agus me lo prohibió. En nuestro próximo encuentro, Agus me dejó totalmente desmoralizado anunciándome que no podría escribirle a Lali, ni recibir cartas de ella, porque, por razones de seguridad, los becados debían cortar todo tipo de comunicación durante el entrenamiento.

Estuve muchos días convertido en un zombie, reprochándome día y noche no haber tenido el coraje de decirle a Lali que se quedara conmigo en París. Hasta que, una mañana, me llegó un sobre con el sello de la Unesco, donde había tomado mi examen. Lo había aprobado y el jefe del departamento de traductores me citaba en su oficina. Fue muy amable y se rió cuando le conté que mi plan a largo plazo era “Morirme de viejo en París”. Me ofreció contratarme temporalmente en momentos de mucho trabajo o cuando me necesitase. Mi existencia dio un salto mortal a partir de ese día. Empecé a cortarme el pelo dos veces al mes y a ponerme saco y corbata todas las mañanas, antes de ir a la Unesco a traducir textos. También cambió la vida de Agus, que andaba viajando por todos lados dando conferencias cobre el MIR. Cada vez que nos encontrábamos yo le preguntaba por Lali y él nunca trató de engañarme dándome noticias falsas. Lo sentía mucho pero no había podido averiguar nada.

- Apenas sepa algo te aviso. La muchacha te agarró fuerte, no? Pero, por qué viejito? Ni que fuera tan bonita

- No sé porque Agus. Pero, la verdad es que estoy completamente enamorado de ella

Luego de seis meses recién supe de Lali. Me había puesto ha estudiar ruso, así que un día, saliendo de mi clase, encontré a Agus esperándome en la puerta del edificio de la Escuela.

- Noticias de la muchacha, por fin – me dijo a modo de saludo – lo siento, pero no son buenas, Peter

Lo invité a tomar un trago, para digerir mejor la mala noticia. Nos sentamos en la terraza de un restaurante, al aire libre.

- Supongo que después de tanto tiempo ya no sigues enamorado de ella

- Supongo que no – le respondí – cuéntamelo de una vez y no jodas, Agustín

Acababa de pasar unos días en La Habana y Lali estaba en la boca de todos; según rumores, era amante del comandante Pablo, el brazo derecho del jefe de la organización MIR.

- Te das cuenta del notición! – se rascaba la cabeza – la flaquita en amores con uno de los comandantes históricos!

- No será un simple chisme, Agus? – movió la cabeza y me palmeó el brazo, dándome ánimos

- Estuve con ellos yo mismo, en una reunión. Viven juntos. Maldita sea el tener que darte esta noticia. Pero, era mejor que lo supieras no? Bueno, el mundo no se va a acabar. Además, París está lleno de hembras del carajo.

- Y, cómo está ella?
- Como compañera de un comandante de la revolución no le falta nada, supongo. Es eso lo que quieres saber? O si está más linda o más fea que cuando pasó por aquí? Igual, creo. Un poco más quemadita por el sol del Caribe. Tú ya sabes, a mí ella nunca me pareció la gran cosa. En fin, no pongas esa cara que no es para tanto, viejo.

Muchas veces, en los días semanas y meses que siguieron a quel encuentro con Agus, traté de imaginarme a Lali convertida en la pareja del comandante, vestida de guerrillera. Haciendo trabajo voluntario los fines de semana y desfilando junto a Fidel Castro y los revolucionarios. La verdad, no conseguía adivinarla en su nuevo papel: Se había enamorado del tal comandante? O había sido este un instrumento para librarse del entrenamiento guerrillero y del compromiso con el MIR? No me hacía nada bien pensar en Lali, cada vez sentía como si se me abriera una úlcera en la boca del estómago. Para evitarlo, me dediqué a las traducciones y al ruso; y a la tía Emilia, a quien en una carta había cometido la debidilidad de confesarle que estaba enamorado de una chica llamada Arlette y que siempre me pedía una foto de ella, le conté que habíamos terminado, que se olvidara del asunto para siempre.

Habrían pasado unos seis u ocho meses de aquella tarde en que Agus me dio las malas noticias, cuando una mañana muy temprano, Agus, a quién no veía hace tiempo, vino a buscarme al hotel para que desayunáramos juntos.

- Aunque no te lo debería decir, he venido a despedirme – me anunció – dejo París. Sí, mi viejo, parto al Perú. Nadie lo sabe aquí, así que no sabes nada tú tampoco. Mi mujer y mi hijo, ya están allá – la noticia me dejó mudo – no te preocupes – me tranquilizó, con esa sonsirsa que le inflaba los cachetes y daba a su cara un aspecto de payaso – no me pasará nada, ya veras. Y, cuando la revolución triunfe, te mandaremos de embajador a la Unesco. Prometido!

Durante un rato estuvimos sorbiendo nuestras tazas de café, en silencio. Mi croissant se había quedado intacto sobre la mesa y Agus, empeñado en bromear, me dijo que, como por lo visto algo me estaba quitando el apetito, él se sacrificaría comiéndose el pan. Entonces, sin poder contenerme más, le dije que iba a hacer una imperdonable estupidez. No iba a ayudar a la revolución, ni al MIR. El lo sabía tan bien como yo. El sería uno de los primeros a quienes los soldados matarían apenas se iniciara el alzamiento.

- Te vas a hacer matar por los chismes estúpidos que la gente está diciendo sobre ti? Por qué escapas? Recapacita, Agus, no puedes hacer una cojudez así.

- No me importa lo que digan los peruanitos de París, me importa un carajo. No se trata de ellos, se trata de mí. Es una cuestión de principio. Mi obligación es estar allá, en la revolución en Perú.

Y pasó otra vez a bromear y a asegurarme que en el entrenamiento militar había pasado todas las pruebas y, además, mostrado una excelente puntería.

- Ya sé que no me crees nada, don incrédulo – murmuró, al fin

- Te juro que nada me gustaría más que creerte, Agus. Y tener el entusiamo que tú – él asintió, observándome con su afectuosa sonrisa

- Y, tú? – me preguntó, cogiéndome del brazo – tú qué, mi viejo?

- Yo, nada – le respondí – yo, aquí, de traductor en la Unesco, en París – vaciló un momento, temeroso de que lo que iba a decir pudiera lastimarme. Era una pregunta que, sin duda, había estado comiéndole la lengua hacía tiempo

- Eso es lo que quieres ser en la vida? Nada más que eso? Todos los que vienen a París aspiran a ser pintores, escritores, músicos, actores, directores de teatro, a hacer un doctorado o la revolución. Tú solo quieres eso, vivir en París? Nunca me lo he creído, te confieso.

- Ya sé que no. Pero, es la pura verdad, Agus. De chiquito, decía que quería ser diplimático, pero era sólo para que me mandaran a París. Eso es lo que quiero: vivir aquí. Te parece poco?

- Reconoce que escribes poesías a escondidas – insistió Agus – que es tu vicio secreto. Muchas veces hemos hablado de eso, con otros peruanos. Todos creen que escribes y que no te atreves a confesarlo por tu espíritu autocrítico. O por timidez. Todos los sudamericanos vienen a París a hacer grandes cosas. Quieres hacerme creer que tú eres la excepción a la regla?

- Te juro que lo soy, Agus. No tengo más ambiciones que seguir aquí, como ahora – lo acompañé hasta el metro. Cuando nos abrazamos, no pude evitar que se me mojaran los ojos – cuídate Agus. No hagas cojudeces allá arriba, por favor

- Sí, sí, claro que sí, Juan Pedro – me volvió a abrazar. Y vi que él también tenía los ojos húmedos

Me quedé allí, en la boca de la estación, viéndolo bajar las escaleras con lentitud. Tuve la seguridad absoluta de que era la última vez que lo veía. Su partida me dejó algo vacío porque él fue el mejor compañero de aquellos tiempos inciertos en París. Me dediqué a las traducciones y a estudiar ruso, a pensar en Lali y en Agus. Empecé a alejarme de los peruanos en París, me gustaba la soledad; estaba acostumbrado, no era problema para mí desde que quedé huérfano y mi tía Emilia me tomó a su cargo. Unos meses después de la partida de Agus, me contrataron para dar conferencias e ir a congresos internacionales en París o en otras ciudades europeas. Esos viajes de pocos días, bien pagados, me permitían conocer lugares donde de otro modo nunca hubiera ido. Fue a la vuelta de uno de esos viajes de trabajo, que me encontré en el Hotel una carta de un primo hermano de mi padre. Este tío me informaba que mi tía Emilia había muerto, de una pulmonía, y me había hecho su heredero universal. Era indispensable que fuera a Lima para acelerar los trámites de la sucesión.

La muerte de la tía Emilia me dejó muy triste. Era una mujer sana y no había cumplido setenta años. Aunque conservadora y prejuiciosa a más no poder, esta tía solterona, hermana mayor de mi padre, había sido siempre muy cariñosa conmigo y, sin su generosidad y cuidados, no sé que habría sido de mí. A la muerte de mis padres, en un estúpido accidente automovilístico, atropellados por un camión que se dio a la fuga – yo tenía diez años – ella los reemplazó. Esa misma tarde fui a las oficinas de Air France a comprar un pasaje de ida y vuelta a Lima, y luego pasé por la Unesco a explicar que debía tomar unas vacaciones forzosas. Cruzaba el hall de la entrada cuando me di con una elegante señora de tacones de aguja, envuelta en una capa negra, que me quedó mirando como si nos conociéramos.

- Vaya, vaya, qué chiquito es el mundo – me dijo, acercándose y tendiéndome la mejilla – qué haces tú por acá, niño bueno?

- Trabajo aquí, de traductor – alcancé a balbucear, totalmente desconcertado por la sorpresa, y muy consciente del perfume que me entró por las narices al besarla. Era ella, pero había que hacer un gran esfuerzo para reconocer en esa cara tan bien maquillada, en esos labios rojos, en esas cejas depiladas, en esas pestañas y curvas que sombreaban unos ojos pícaros que el lápiz negro había alargado y profundizado y en esas manos pintadas, a la camarada Arlette. A mi Lali - Cómo has cambiado desde la última vez – le dije, mirándola de arriba abajo – hace como tres años, no?

- Cambiado para mejor o para peor? – me preguntó, totalmente dueña de sí misma, con las manos en la cintura

- Para mejor – reconocí, sin reponerme todavía de la impresión – la verdad, estás hermosa. Supongo que ya no te puedo llamar Lali ni chilenita, ni camarada Arlette la guerrillera. Cómo diablos te llamas ahora? – ella se rió, mostrándome la sortija de oro de su mano derecha

- Ahora llevo el nombre de mi marido, como se usa en Francia: Madame Robert Arnoux – me atreví a preguntarle si podíamos tomar un café, para recordar los viejos tiempos

- Ahora no, mi marido me está esperando – se excusó, con burla – es diplomático y trabaja aquí, en la delegación francesa. Mañana a las once.

Cuando llegué, ella ya estaba ahí, en el restaurante, en una mesa de la terraza protegida por una vidriera, fumando y tomándose un café. Parecía un maniquí de Vogue vestida toda de amarillo, con unos zapatos blancos y una sombrilla floreada. El cambio era extraordinario, en verdad.

- Todavía sigues enamorado de mí? – me dijo de entrada, rompiendo el hielo

- Lo peor es que creo que sí – admití, sintiendo calor en las mejillas – y, si no lo estuviera, volvería a estarlo desde hoy mismo. Estás hermosa, además de muy elegante. Te veo y no creo lo que veo, niña mala.

- Ya ves lo que te perdiste por cobarde – replicó con tono burlón, mientras me echaba una bocanada de humo a la cara con toda intención – si aquella vez que te propuse quedarme contigo me hubieras dicho que sí, ahora sería tu mujer. Pero no querías quedar mal con tu amigo Agustín, y me despachaste a Cuba. Perdiste la ocasión de tu vida, Petercito.

- No tiene remedio? No puedo hacer examen de conciencia, dolor de corazón y propósito de mejora?

- Ya es tarde, niño bueno. Qué partido puede ser para la esposa de un diplomático francés, un pobretón traductor de la Unesco? – hablaba sin dejar de sonreír, moviendo su boca con una coquetería más refinada que la que yo recordaba. Contemplando sus labios tan marcados y sensuales, y, arrullado por la música de su voz, tuve unos deseos enormes de besarla. Sentí que se me aceleraba el corazón

- Bueno, si ya no puedes ser mi mujer, queda siempre la posibilidad de que seamos amantes

- Soy una esposa fiel, la perfecta casada – me aseguró, simulando ponerse seria – qué fue de Agustín? Regresó al Perú a hacer la revolución? - cambió de tema

- Hace varios meses. No he sabido nada de él ni de los otros. Ni he leído ni oído que haya guerrillas por allá

Conversamos cerca de dos horas. Me aseguró que aquella historia de amor con el comandante Pablo eran puros chismes; solo habían sido buenos amigos. No me quiso contar nada sobre su entrenamiento militar ni sobre su vida. Sú único amor había sido el encargado de negocios de la embajada francesa, ahora promovido a ministro consejero, Roben Arnoux, su esposo. Me comentó que el comandante Pablo había sido “amoroso” y la había ayudado a que se case con Roben.

- Apuesto lo que quieras a que te acostaste con ese maldito comandante

- Te da celos?

Le dije que sí, muchos. Y que estaba tan linda que vendería mi alma al diablo, cualquier cosa, con tal de hacerle el amor o besarla. Le cogí la mano y se la besé.

- Estate quieto – me dijo, mirándome – te olvidas que soy una señora casada? Y si alguno de éstos conociera a Robert y le fuera con el chisme?

Le dije que sabía perfectamente que su matrimonio con el diplomático era un mero trámite al que había tenido que resignarse para poder salir de Cuba e instalarse en París. Eso me molestaba, que cuando estábamos solos, me hacía el número de la esposa fiel y enamorada; los dos sabíamos muy bien que era pura mentira. Sin enojarse lo más mínimo, cambió de tema y me contó que no podía obtener la nacionalidad francesa antes de dos años. Y que acababa de alquilar un piso en Passy, estaba ahora arreglándolo y, una vez que estuviera presentable, me invitaría, para presentarme a mi rival, quién, además de simpático, era un hombre muy culto.

- Me voy mañana a Lima – le conté – Cómo haré para verte a mi vuelta?

Me dio su teléfono, la dirección de su casa, y me preguntó si seguía viviendo en ese cuartito, en el que se pasaba tanto frío

- Me cuesta trabajo dejarlo porque la mejor experiencia de mi vida la tuve allí. Por eso, para mí, ese lugarcito es un palacio

- Esa experiencia es la que me imagino? – me preguntó, adelantado su carita en la que a la curiosidad y a la coquetería se mezclaba siempre la malicia

- Esa misma

- Por eso que has dicho, te debo un beso. Hazme recordar, la próxima vez que nos veamos

Pero, un momento después, al despedirnos, olvidando las precauciones maritales, en vez de la mejilla me ofreció sus labios. Los tenía gruesos y sensuales y los segundos que los tuve apoyados en los míos los sentí moverse despacito. Cuando ya había cruzado la pista rumbo a mi hotel, me volví a verla y seguía allí, en la esquina, una figurita clara y dorada, de zapatos blancos, observándome alejarme. Le hice adiós y ella agitó la mano en la que llevaba la sombrilla floreada. Me bastó verla para descubrir que, en estos años, no la había olvidado un solo momento, que estaba tan enamorado de ella como el primer día.

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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Mar Sep 27, 2011 7:10 pm

que es eso de que lali esta casada?????
espero que cambie pronto esta situacion jaja
me encanto el cap.
un beso.
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Jue Sep 29, 2011 10:27 pm

II. El Guerrillero (Parte II)

Cuando llegué a Lima, en marzo de 1965, poco antes de cumplir treinta años, las fotos de revolucionarios y de Agustín estaban en todos los periódicos y en la televisión. Las semanas que pasé en el Perú estuve abatido por una sensación opresiva y sintiéndome un huérfano en mi propio país. Viví en el departamento de mi tía Emilia, impregnado de ella todavía, donde todo me la recordaba, así como a mis años universitarios y mi adolescencia sin padres. Me emocionó encontrar en su velador, ordenadas cronológicamente, todas las cartas que le escribí desde París. Vi a algunos de mis viejos amigos y con media docena de ellos fuimos un sábado a comer a un restaurante de comida china. En las bromas que intercambiábamos todos fingían envidiarme por vivir en la ciudad de los placeres, teniendo sexo con esas francesas que tenían fama de ser unas fieras en la cama. La sorpresa que se llevarían si les confesaba que, en mis años en París, la única chica con la que me había acostado había sido una peruana, y nada menos que Lali, la falsa chilenita de nuestra infancia.

Apenas regresé a Francia, luego de subir a mi cuarto del Hotel du Sénat y aun antes de desampacar, lo primero que hice fue llamar por teléfono a madame Robert Arnoux; mi pequeña niña mala. Me citó para el día siguiente y me dijo que, si quería, podíamos almorzar juntos. La recogí a la salida de la Alianza Francesa donde estaba siguiendo un curso acelerado de francés, y fuimos a almorzar. Estaba vestida con sencillez, pantalones y sandalias y una casaca ligera. Llevaba unos pendientes de colores que hacían juegos con su collar y su pulsera y un bolso colgado al hombro, y cada vez que movía la cabeza sus cabellos ondeaban con alegría. La besé en las mejillas y en las manos y ella me saludó con un “Creí que vendrías más quemadito del verano limeño, Petercito”. Se había vuelto una mujer muy elegante, en verdad: combinaba los colores con gusto y se maquillaba con mucha gracia. Le conté lo de mi herencia. Me ayudaría a buscar un piso donde mudarme? Aplaudió, entusiasmada.

- Me encanta la idea, niño bueno. Y te ayudaré a amueblarlo y decorarlo. Ya tengo práctica, con el mío. Está quedando lindo, verás.

Luego de una semana de muchas gestiones, en las tardes, después de sus clases de francés, que nos llevaban a reocorrer agencias y pisos en el Barrio Latino, encontré un departamento de dos cuartos, baño y cocina en la rué Joseph Granier, muy cerca de la Unesco. Estaba en buen estado y, aunque daba a un patio interior y por ahora había que subir a pie los cuatro pisos del edificio, tenía mucha luz. Aquellas semanas, buscando piso, y luego, mientras lo hacía vivible – limpiándolo, pintándolo y amueblándolo, veía a Lali todos los días, de lunes a viernes – sábados y domingos ella los pasaba con su marido, en el campo. Se divertía ayudándome, practicando su francés con corredores inmobiliarios y mostraba tan buen humor que – se lo dije – parecía que aquel departamento al que estaba dando vida fuera para que lo compartiéramos.

- Es lo que te gustaría. No, niño bueno? – estábamos en una cafetería, y yo le besaba las manos y le buscaba la boca, loco de amor y de deseo. Asentí varias veces

- El día que te mudes, lo estrenaremos – me prometió

Cumplió su promesa. Fue la segunda vez que hicimos el amor, esta vez a plena luz de un día que entraba a chorros por la ventana, desde la cual unas palomas curiosas nos observaban desnudos y abrazados sobre el colchón sin sábanas, recién liberado del plástico en que lo había traído envuelto el camión de mudanza. Las paredes olían a pintura fresca. Su cuerpo seguía tan delgadito y bien formado como en mi memoria, con su estrecha cintura que parecía caber en mis manos. Todo ella despedía una fragancia delicada. Como la vez anterior, se dejó acariciar con total pasividad y escuchó callada, fingiendo una exagerada atención o como si no oyera nada y pensara en otra cosa, las palabras intensas, atropelladas, que yo le decía al oído o a la boca mientras luchaba por separarle los labios.

Cada vez que hablaba lo hacía con total frialdad que no parecía una chica haciendo el amor sino un médico que formulaba una descripción médica y ajena del placer. No me importaba nada, era totalmente feliz, como no lo había sido en mucho tiempo, acaso nunca. “Jamás podré pagarte tanta felicidad, niña mala”.

- Llegas muy rápido al clímax – me riñó, jalándome los cabellos – tienes que aprender a demorarte, si quieres hacerme gozar

- Aprenderé todo lo que tú quieras, guerrillera, pero ahora calla y bésame

Ese mismo día, al despedirnos, me invitó a cenar para presentarme a su marido. Tomamos una copa en su departamento; y, después, fuimos a cenar a un café de la vecindad. Su marido era bajito, calvo, con un bigotito mosca que se movía cuando hablaba, de anteojos de espesos cristales, y debía doblarle la edad a Lali. La trataba con grandes miramientos, poniéndole o retirándole la silla. Toda la noche estuvo alerta, sirviéndole vino cuando se le vaciaba la copa y alcanzándole la panera si le hacía falta pan. No era muy simpático, más bien algo cortante, pero parecía muy culto. Su español era perfecto, con un ligero dejo en el que se advertían los años que había servido en el Caribe.

- Tienes que dejar a ese caballero cuanto antes y casarte conmigo – le dije a Lali, la próxima vez que nos vimos – me vas a hacer creer que estás enamorada de un vejestorio que, además de parecer tu abuelo, es feísimo?

- Otra calumnia contra mi marido y no me verás nunca más – me amenazó, y, luego rió – de verdad parece viejísimo a mi lado?

Mi segunda “luna de miel” con Lali terminó poco después de aquella cena porque, apenas me mudé, me renovaron el contrato en la Unesco. Entonces, debido a mis horarios, ya no pude verla sino a ratitos, algún mediodía en que, me iba a comer un sándwich con ella en cualquier cafetería, o algunas tardes en que, no sé con qué pretextos, ella se libraba de su marido para ir a un cine conmigo. Veíamos la película tomados de la mano y yo la besaba en la oscuridad. No volvimos a hacer el amor hasta muchas semanas después, luego de un viaje de ella a Suiza, sola, del que volvió a París varias horas antes de lo previsto para pasar un rato conmigo en su departamento.

Todo en la vida de la señora Arnoux seguía siendo bastante misterioso, como lo había sido en la de Lali la chilenita y en la de la guerrillera Arlette. Si era cierto lo que me contaba, hacía ahora una intensa vida social, de recepciones, cenas y cócteles, donde conocía a famosos y personas con grandes cargos políticos. Eran meros delirios de grandeza o, en efecto, su marido lo había introducido en ese mundo? Por otra parte, constantemente estaba haciendo, o me decía que estaba haciendo, viajes a Suiza, a Alemania, a Bélgica, de apenas dos o tres días, por razones nunca claras: exposiciones, galas, fiestas, conciertos. Como sus explicaciones me parecían tan evidentemente fantasiosas opté por no hacerle más preguntas sobre sus viajes, simulando creerle al pie de la letra.

De una manera totalmente inesperada, empecé a relacionarme amistosamente con Monsieur Robert Arnoux. Se presentó un día en la oficina de la Unesco a proponerme, a la hora del almuerzo, que subiéramos a la cafetería a tomar algo juntos. Por ninguna razón especial, para charlar un poco. Desde entonces íbamos a veces, cuando sus compromisos se lo permitían, e íbamos a tomar un café y un bocadillo mientras comentábamos la actualidad política en Francia y en América Latina.

Gracias a él tuve que alquilar un esmoquin y vestirme de etiqueta, por primera y sin duda última vez en mi vida, para asistir a un ballet, seguido de cena y baile, a beneficio de la Unesco, en La Ópera de París. Nunca había entrado en el imponente local; todo me pareció hermoso y elegante. Pero aún me lo pareció más la ex chilenita y ex guerrillera, que, con un ligero vestido de gasa blanca con flores estampadas que le dejaba los hombros descubiertos, y un peinado alto, llena de joyas en el cuello, las orejas y las manos, me dejó boquiabierto de admiración. Toda la noche los vejetes conocidos de su marido se le acercaban, le besaban la mano y la miraban con brillos codiciosos en los ojos. Por fin pude sacarla a bailar. Apretándola, le dije al oído que nunca había imaginado siquiera que podía estar alguna vez tan bella como en ese momento. Y que me desgarraba las entrañas pensar que, luego del baile, sería su marido y no yo quien la desnudaría y la amaría. Sonrió y me remató con un comentario cruel: “Que huachaferías – cursilerías – me dices, Peter”. Yo aspiraba su fragancia y sentía tanto deseo de poseerla que apenas podía respirar.

De dónde sacaba dinero para esos vestidos y joyas? Aunque yo no era un experto en lujos, me daba cuenta de que, para lucir esos modelos exclusivos y para cambiar de vestuario de ese modo – cada vez que la veía estaba con un vestido nuevo y estrenando unos primorosos zapatos – se necesitaban más ingresos de los que podía tener un funcionario de la Unesco. Se lo traté de sonsacar, preguntándole si, además de engañar de vez en cuando a su marido conmigo, no lo engañaba también con algún millonario gracias al cual podía vestirse con modelos de las grandes tiendas y con joyas fascinantes.

- Si solo te tuviera como amante a ti, andaría como una pordiosera, pichiruchi (pobretón) – me respondió, y no bromeaba

Algunas semanas después de aquel baile de La Ópera, recibí una llamada de la niña mala en la oficina de la Unesco.

- Robert tiene que acompañar a su jefe a Varsovia este fin de semana – me anunció – te sacaste la lotería, niño bueno! Te puedo dedicar sábado y domingo a ti solito. A ver qué programa me preparas

Dediqué horas a imaginar qué podía sorprenderla y divertirla, qué lugares curiosos de París no conocía, a estudiar qué espectáculos daban ese sábado y qué restaurante, bar o cafetería podía llamarle la atención por su originalidad o carácter secreto y exclusivo. Al final, después de barajar mil posibilidades y descartarlas todas, terminé eligiendo, un paseo al cementero de perros, situado en una islita de árboles frondosos en medio del río, y una cena en un restaurante lujoso. La idea de pasar una noche entera con ella, de hacerle el amor, gustar en mis labios los suyos, sentir que se dormía en mis brazos y despertar en la mañana del domingo con su cuerpecito tibio acurrucado contra el mío, me tuvo los tres o cuatro días que faltaban para el sábado en un estado en el que la ilusión, la alegría y le miedo a que algo frustara el plan apenas me permitían concentrarme en el trabajo.

Ese sábado fue increíble. En mi nuevo auto, comprado hace un mes, la llevé a media mañana al cementerio de perros, que ella no conocía. Estuvimos más de una hora curioseando entre las tumbas y leyendo los discursos sentidos, poéticos, risueños y absurdos con que los sueños habían despedido a sus animales queridos. Ella parecía de verdad sorprendida; sonreía, su mano abandonada en la mía, con sus ojos color miel oscura, encendidos por el sol primaveral y los cabellos agitados por una brisa que corría con el río. Llevaba una blusa ligera, transparente, que dejaba ver la orilla de sus pechos, una casaca suelta que aleteaba con sus movimientos y unos botines de taco alto color ladrillo. Se quedó un buen rato contemplando la estatua al perro desconocido de la entrada y, con aire melancólico, lamentó tener una vida “tan complicada”, si no, le hubiera gustado adoptar un cachorrito. Tomé nota, mentalmente: ése sería mi regalo el día de su cumpleaños, si conseguía averiguarlo.

La estreché por la cintura, la atraje hacia mí y le dije que si se decidía a dejar a su marido y casarse conmigo me comprometía a que tuviera una vida normal y criara todos los perros que se le antojara. En vez de contestarme, me preguntó, burlándose:

- La idea de pasar la noche contigo te hace el hombre más feliz del mundo? Te lo pregunto, para que me digas una de esas huchaferías que tanto te gusta decirme

- Nada podría hacerme más feliz – le dije, apretando mis labios contra los suyos – hace años que sueño con eso, guerrillera

- Cuántas veces me vas a hacer el amor? – siguió, con el mismo tono burlón

- Todas las que pueda, niña mala. Diez, si me da el cuerpo

- Te permito sólo dos – me advirtió, mordiéndome la oreja – una al acostarnos y otra al despertarnos. Eso sí, nada de levantarse tempranito. Para no tener nunca arrugas, necesito ocho horas de sueño como mínimo

Nunca había estado tan juguetona como esa mañana. Y creo que nunca lo estaría después tampoco. No la recordaba tan natural, abandonándose al instante, sin posar, sin inventarse un rol, mientras aspiraba la tibieza del día y se dejaba invadir por la luz. Parecía más nena de lo que era, casi una adolescente, y no una mujer de cerca de treinta años. Comimos un sándwich de jamón con pepinillos y un vaso de vino en una cafetería, a orillas del río, y luego fuimos al Cine. Le propuse que fuéramos a mi departamento a descansar hasta la hora de la cena, pero no quiso, meternos en la casa ahora me daría malas ideas. Más bien, aprovechando la tarde tan bonita, que camináramos un poco. Estuvimos entrando y saliendo de galerías y nos sentamos a tomar un refresco en una terraza. Hacía mucho que no me sentía tan contento, optimista y esperanzado. Hasta que leí en un periódico: “El Ejército detruye el cuartel general de la guerrillera peruana. Mueren Luis de la Puente y varios líderes del MIR”. Corrí a comprar el periódico al quiosco de la esquina. “Luis de la Puente, Agustín Sierra y un puñado de seguidores habían conseguido huir pero los comandos, luego de una larga cacería, los cercaron y les dieron muerte”.

- No sé por qué pones esa cara, tú sabías que eso ocurriría tarde o temprano – se sorprendió Lali – tú mismo me dijiste muchas veces que eso sólo podía terminar así

- Lo decía como un conjuro, para que no ocurriera

Se lo había dicho y lo había pensado y temido, por supuesto, pero otra cosa era saber que había ocurrido y que Agus, el buen amigo y compañero de mis primeros tiempos en París, era ahora un cadáver pudriéndose, tal vez después de haber sido ejecutado, y sin duda torturado si los soldados lo cogieron vivo. Le propuse a Lali que nos olvidáramos del tema y que no dejáramos que esa noticia estropeara el regalo de los dioses que era tenerla para mí todo un fin de semana. Pero, no pude concentrarme. A lo largo de toda la cena, el fantasma de mi amigo estuvo quitándome el apetito y el humor.

- Me parece que no estás para celebrar – me dijo, compasiva, a la hora del postre – quieres que lo dejemos para otra vez?

Protesté que no y le besé las manos y le juré que, pese a la horrible noticia, pasar una noche con ella era lo más maravilloso que me había ocurrido nunca. Pero, cuando llegamos a mi departamento y ella sacó de su maletín un coqueto baby doll, su escobilla de dientes y una muda de ropa para el día siguiente, y nos tendimos sobre la cama y comencé a acariciarla, me di cuenta, avergonzado y humillado, que no estaba en condiciones para hacerle el amor.

- A esto, los franceses le llaman un fiasco – dijo, riéndose – sabes que es la primera vez que me pasa con un hombre?

- Cuántos has tenido? Deja que adivine. Diez?, Veinte?

- Soy pésima en matemáticas – se enojó. Y se vengó con una orden – más bien, hazme terminar con tu boca. Yo no tengo por qué guardar luto. Apenas conocí a tu amigo Agus, y, además, acuérdate, por su culpa tuve que ir a Cuba.

Y, sin más, con la misma naturalidad con que hubiera encendido un cigarro, abrió las piernas y se tendió de espaldas, con un brazo sobre los ojos, en esa inmovilidad total, de concentración profunda en que, olvidándose de mí y del mundo, acostumbraba sumirse y esperar su placer. Cuando terminó, me susurró un: “Gracias, Peter”. Casi de inmediato, se quedó dormida. Yo estuve desvelado mucho rato, con una angustia que me estrujaba la garganta. Tuve un sueño difícil, con pesadillas que al día siguiente apenas recordaba.

Desperté cerca de las nueve de la mañana. Ya no había sol. Ella dormía, dándome la espalda. Parecía muy joven y frágil, con ese cuerpo de niña, apenas conmovido por una respiración ligera y espaciada. Nadie, viéndola así, se hubiera imaginado la vida difícil que debió haber llevado desde que nació. Traté de imaginarme la infancia que tu¬vo, por ser pobre en ese infierno que es el Perú para los po¬bres, y su adolescencia, acaso todavía peor, las mil entregas, sacrificios, concesiones, que habría debido de hacer, en el Perú, en Cuba, para salir adelante y llegar donde había llegado. Y lo dura y fría que la había vuelto el tener que defenderse con uñas y dientes, todas las camas por las que debió pasar para no ser aplastada en ese campo de batalla que sus experiencias la habían convencido era la vida. Sentía una inmensa ternura por ella. Estaba seguro que la querría siempre, para mi dicha y también mi desdicha. Verla y sentirla respirar me inflamaron. Comencé a besarle la espalda, muy despacio, el culito respingado, el cuello y los hombros, y, haciéndola ladearse, los pechos y la boca. Ella simulaba dormir, pero estaba ya despierta, pues se acomodó de espaldas de mane¬ra que pudiera recibirme. La sentí húmeda, y, por primera vez, pude entrar en ella sin dificultad, sin sentirme hacien¬do el amor a una virgen. La quería, la quería, no podía vivir sin ella. Le rogué que dejara a monsieur Arnoux y se vinie¬ra conmigo, ganaría mucho dinero, la engreiría, le costea¬ría todos los caprichos, le...

- Vaya, te has liberado - se echó a reír - y hasta te aguantaste más que otras veces. Creí que te habías vuel¬to impotente, después del fiasco de anoche.

Le propuse prepararle el desayuno, pero ella prefirió que saliésemos a tomarlo a la calle, estaba antojada de un croissant. Nos duchamos juntos, me dejó jabonarla y secarla y, sentado en la cama, verla vestirse, peinarse y arreglarse. Yo mismo le calcé los mocasines, besándole antes, uno por uno, los dedos de los pies. Fuimos de la mano por unas mediaslunas que crujían como si acabaran de salir del horno.

- Si esa vez, en lugar de despacharme a Cuba, me hubieras hecho quedar contigo aquí en París, Cuánto habríamos durado, Peter?

- Toda la vida. Te habría hecho tan feliz que no me hubieras dejado nunca - dejó de hablar en broma y me miró, muy seria

- Qué ingenuo y qué iluso eres - me dijo, desafiándome con sus ojos - No me conoces. Yo sólo me quedaría para siempre con un hombre que fuera muy, muy rico y poderoso. Tú nunca lo serás, por desgracia.

- Y si el dinero no fuera la felicidad, niña mala?

- Felicidad, no sé ni me importa lo que es, Peter. De lo que sí estoy segura es que no es esa cosa romántica y cursi que es para ti. El dinero da seguridad, te defiende, te permite gozar a fondo de la vida sin preocu¬parte por el mañana. La única felicidad que se puede tocar - se me quedó mirando, con esa expresión fría que se agudizaba a veces de manera extraña y parecía congelar la vida a su alrededor - Tú eres buena gente, pero tienes un terrible defecto: tu falta de ambición. Estás contento con lo que has conseguido, no? Pero eso es nada, niño bueno. Por eso no podría ser tu mujer. Yo nunca estaré contenta con lo que tenga. Siempre querré más.

No supe qué contestarle, porque, aunque me do¬liese, había dicho algo cierto. Para mí la felicidad era tener¬la a ella y vivir en París. Antes de regresar al departamento, Lali se le¬vantó a telefonear. Volvió con la cara preocupada.

- Lo siento, pero tengo que irme, niño bueno. Se me han complicado las cosas - No me dio más explicaciones ni aceptó que la lle¬vara a su casa o donde tenía que ir. Subimos a que reco¬giera su maletín de mano y la acompañé a tomar un taxi a la estación, junto al metro - Pese a todo, fue un bonito fin de semana - se despidió, rozándome los labios - Chau, mon amour.

Al volver a mi casa, sorprendido por su brusca partida, descubrí que había dejado olvidada su escobilla de dientes en el cuarto de baño. Una preciosa escobillita que llevaba impresa en el estuche la firma del fabricante: Guer-lain. Olvidada? A lo mejor, no. A lo mejor era un olvido deliberado para dejarme un recuerdo de esa noche triste y ese despertar feliz.

Esa semana no pude verla ni hablar con ella y, la siguiente, sin conseguir tampoco despedirme - su teléfono no contestaba a ninguna hora - partí a Viena, a trabajar una quincena de días en la Junta de Energía Atómica. Varias veces llamé a la niña ma¬la, pero nadie contestaba el teléfono o sonaba siempre ocu¬pado. No me atrevía a telefonear a Robert Arnoux a la Unesco para no despertar sus sospechas. Terminados los quince días, viajé a Italia sin pasar por París. Tampoco desde Roma pude hablar con ella. Apenas volví a Francia, la llamé. Sin éxi¬to, por supuesto. Qué pasaba? Empecé a pensar, angustiado, en un accidente, una enfermedad, una tragedia do¬méstica.

Después de nuevos intentos infructuosos de ha¬blar con Lali, decidí ir a la Unesco a buscar a su marido, con el pretexto de invitarlos a cenar. Desde la puerta divisé la cara desmoronada y el bigotito mosca de monsieur Arnoux. Dio un extraño respingo al verme, y lo no¬té más hosco que nunca, como si mi presencia le desagra¬dara. Estaba enfermo? Parecía haber envejecido diez años en las pocas semanas que no lo veía. Me estiró una mano encogida sin decir una palabra, y esperó que yo habla¬ra, clavándome una mirada perforante.
- He estado trabajando fuera de París, en Viena y en Roma, este último mes. Me gustaría invitarlos a cenar una de estas noches que tengan libre - Me siguió mirando, sin responder. Estaba muy pálido ahora, tenía una expresión desolada y fruncía la boca, como si le costara esfuerzo hablar. Me temblaron las ma¬nos. Me iba a decir que su mujer había muerto?

- Entonces, usted no está enterado - murmuró, con sequedad - O juega una comedia? - Desconcertado, no supe qué responderle - Toda la Unesco lo sabe - añadió, bajito, con sorna - Soy el hazmerreír de la organización. Mi mujer me ha dejado, y ni siquiera sé por quién. Pensé que era por usted, señor Lanzani.

Se le cortó la voz antes de terminar de decir mi apellido. La barbilla le temblaba y me pareció que le chocaban los dientes. Balbuceé que lo sentía, no estaba al corriente de nada, repetí tontamente que este mes había estado trabajando fuera de París, en Viena y Roma. Y me despedí, sin que monsieur Arnoux me devolviera el hasta luego.

La sorpresa y el disgusto fueron tan grandes que, en el ascensor, me vino una arcada y, en el bañito del pa¬sillo, vomité. Con quién se había ido? Seguiría viviendo en París con su amante? Un pensamiento me acompañó todos los días siguientes: ese fin de semana que me regaló era una despedida. Para que yo tuviera algo especial que añorar. Las sobras que se echan al perro, Peter. Unos días siniestros siguieron a aquella brevísima visita a mon¬sieur Arnoux. Por primera vez en mi vida, padecí de in¬somnio. Me pasaba las noches sudando, con la mente en blanco, apretando la escobillita de dientes que había guardado como un amuleto en mi velador, rumian¬do mi despecho y mis celos. Al día siguiente estaba hecho una ruina, el cuerpo cortado por escalofríos y sin ánimos para nada, ni ganas de comer. El médico me recetó unos Nembutales que, más que dormirme, me desmayaban. Todo el tiempo me maldecía por lo estúpido que fui aquella vez, despachándola a Cuba, anteponiendo mi amistad con Agus al amor que sentía por ella. Si la hubiera retenido, seguiríamos juntos y la vida no sería este desvelo, este vacío, esta bilis.

Gracias a la rutina del trabajo en la Unesco fui saliendo poco a poco de la crisis en que me dejó la desaparición de la ex chilenita, la ex guerrillera, la ex madame Arnoux. Có¬mo se llamaba ahora? Qué personalidad, qué nombre, qué historia había adoptado en esta nueva etapa de su vida? Su nuevo amante debía ser muy importante, bastante más que ese asesor del Director de la Unesco, ya muy modesto para sus ambiciones, al que había dejado hecho un trapo. Me lo había advertido claramente aquella última mañana: “Yo sólo me quedaría para siempre con un hombre que fuera muy rico y poderoso”. Estaba seguro de que, esta vez sí, no la vería más. Tenías que sobreponerte y olvidar a la peruanita milcaras, convencerte de que ella fue sólo un mal sueño, niño bueno.

Pero a los pocos días de haber retomado el trabajo en la Unesco, monsieur Arnoux se presentó en el cubícu¬lo que era mi oficina, mientras yo traducía un informe sobre la educación bilingüe en los países del África subsahariana.

- Lamento haber sido brusco con usted el otro día - me dijo, incómodo - Estaba en muy mal estado de ánimo en aquel momento.

Me propuso que cenáramos juntos. Y, aunque sa¬bía que aquella cena sería catastrófica para mi estado de ánimo, la curiosidad, oír hablar de ella, saber qué pasó, fueron más fuertes, y acepté. Me preguntó desde cuándo la co¬nocía. Le mentí que sólo desde 1960 o 1961, en París, cuando pasó rumbo a Cuba como una de las becadas del MIR para recibir entrenamiento guerrillero.
- Es decir, no sabe usted nada de su pasado, de su familia - asintió el señor Arnoux, como hablando solo - Yo siempre supe que me mentía. Respecto a su familia y a su infancia, quiero decir. Pero, la excusaba. Me parecían mentiras piadosas, para disimular una niñez y una juven¬tud que la avergonzaban. Porque ella debe ser de una clase social muy modesta, no es verdad?

- No le gustaba hablar de eso. Nunca me contó nada de su familia. Pero, sin duda, sí, de una clase muy modesta.

- A mí me daba pena, adivinaba toda esa monta¬ña de prejuicios de la sociedad peruana, los grandes apelli¬dos, el racismo - me interrumpió - Que había estado en el Sophianum, el mejor colegio de monjas de Lima, donde se educaban las chicas de la alta sociedad. Que su padre era dueño de una hacienda algodonera. Que había roto con su familia por idealismo, para hacerse revolucionaria. Nunca le interesó la revolución, estoy seguro! Jamás le oí una sola opinión política desde que la conocí. Hubiera he¬cho cualquier cosa para salir de Cuba. Hasta casarse con¬migo. Cuando salimos, le propuse un viaje al Perú, para conocer a su familia. Me contó otras fábulas, por supues¬to. Que, por haber estado en el MIR y en Cuba, si ponía los pies en el Perú la meterían presa. Yo le perdonaba esas fantasías. Comprendía que nacían de su inseguridad. Le habían contagiado esos prejuicios sociales y raciales, tan fuertes en los países sudamericanos. Por eso me inventó esa biografía de niña aristócrata que nunca fue.

A ratos tenía la impresión de que monsieur Arnoux se olvidaba de mí. Incluso su mirada se perdía en algún punto del vacío y bajaba tanto la voz que sus pala¬bras se volvían un murmullo inaudible. Otras veces, vol¬viendo en sí, me miraba con desconfianza y odio y me urgía a decirle si yo estaba enterado de que ella tenía un aman¬te. Yo era su compatriota, su amigo, no me había hecho nunca confidencias?

- Jamás me dijo una palabra. Nunca lo sospeché. Yo creía que ustedes se llevaban muy bien, que eran felices.

- Yo también lo creía - murmuró, cabizbajo. Pi¬dió otra botella de vino. Y añadió, con la vista velada y la voz acida - No tenía necesidad de hacer lo que hizo. Fue feo, fue sucio, fue desleal actuar así conmigo. Yo le había dado mi nombre, me desvivía por hacerla feliz. Puse en peligro mi carrera para sacarla de Cuba. La deslealtad no puede llegar a esos extremos. Tanto cálculo, tanta hipocresía, es inhumano. No sabía qué decirle, cualquier frase de consuelo me saldría falsa y ridícula. De pronto, comprendí que tanta desesperación no sólo se debía al abandono. Había algo más que quería contarme, pero le costaba trabajo.

- Los ahorros de toda mi vida - susurró, mirándome de manera acusadora, como si yo fuera culpable de su tragedia - Usted se da cuenta? Soy un hombre mayor, no estoy en condiciones de reha¬cer toda una vida. Lo comprende? No sólo engañarme vaya usted a saber con quién, un gángster con el que de¬bió planear la fechoría. Además, eso: mandarse mudar con todo el dinero de la cuenta que teníamos en Suiza. Yo le había dado esa prueba de confianza, lo ve usted? Una cuenta conjunta. Por si tenía yo un accidente, una muer¬te súbita. Para que los impuestos a la sucesión no se lle¬varan todo lo que había ahorrado en una vida de trabajo y sacrificio. Se da cuenta qué deslealtad? Fue a Suiza a hacer un depósito y se llevó todo, todo, y me dejó en la ruina. Ella sabía que no podía denunciarla sin delatarme, sin arruinar mi reputación y mi cargo. Sabía que si la denunciaba sería el primer perjudicado, por tener cuentas secretas, por evadir impuestos. Se da cuenta qué bien planeado? Cree usted posible tanta crueldad, con alguien que sólo le dio amor, devoción?

Iba y volvía sobre el mismo tema, con intervalos en los que bebíamos vino, callados, cada uno absorto en sus propios pensamientos. Era perverso preguntarme qué le dolía más, el abandono o el robo de su cuenta secreta en Suiza? Yo sentía lástima por él, y remordimientos de conciencia, pero no sabía cómo animarlo. Me limitaba a intercalar frases breves, amistosas, de tiempo en tiempo. En realidad, no quería conversar conmigo. Me había invitado porque necesitaba que alguien lo escuchara, decir en voz alta ante un testigo cosas que desde la desaparición de su mujer le quemaban el corazón.

- Disculpe usted, necesitaba desahogarme - me dijo al fin, cuando queda¬mos solitarios, observados con miradas impacientes por los mozos - Le agradezco su paciencia. Es¬pero que esta catarsis me haga bien.

Le dije que, dentro de un tiempo, todo esto queda¬ría atrás, que no había mal que durara cien años. Y, mien¬tras hablaba, me sentí completamente hipócrita, tan culpa¬ble como si yo hubiera planeado la fuga de Lali y el saqueo de su cuenta secreta.

- Si se la encuentra alguna vez, dígaselo, por favor. No necesitaba hacer eso. Yo le hubiera dado todo. Quería mi dinero? Se lo hubiera dado. Pero, no así, no así.

Nos despedimos en la puerta del restaurante, bajo el resplandor de las luces de la Torre Eiffel. Fue la última vez que vi al maltratado monsieur Robert Arnoux.
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Vie Sep 30, 2011 6:58 am

¿que le pasa por la cabeza a lali para hacer lo que hace????
estoy muy intrigada, es muy buena la nove.
Espero más pronto!!
Un beso.
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Sáb Oct 01, 2011 10:03 pm

III. Londres (Parte I)

En la segunda mitad de los sesenta, Londres desplazó a París como la ciudad de las modas que, partiendo de Europa, se desparramaban por el mundo. Así, en los años finales de los sesenta, pasé muchas temporadas en Inglaterra. Aquellos fueron unos años de mucho trabajo para mí, aunque, como hubiera dicho la niña mala, de mediocres logros: saltar de traductor a intérprete. Como la primera vez, llené el hueco de su desaparición abrumándome de obligaciones. Retomé mis clases de ruso y de interpretación. Estuve dos veranos en Rusia, por dos meses cada vez, siguiendo cursos intensivos en lengua rusa especiales para intérpretes, en unos recintos universitarios desolados, donde nos sentíamos como en un internado de jesuitas.

Unos dos años después de mi última cena con Robert Arnoux, tuve una relación sentimental con Nina, funcionaria de la Unesco, atractiva y simpática, pero vegetariana, abstemia – no tomaba licor – y católica al cien por cien, con la que la compenetración era perfecta solo cuando hacíamos el amor, pues en todo lo demás no encajábamos. En algún momento contemplamos la posibilidad de vivir juntos, pero los dos nos asustamos – sobretodo, yo – con la perspectiva de la cohabitación siendo tan diferentes y no existiendo, en el fondo, entre nosotros, ni sombra de verdadero amor. Nuestra relación se marchitó por aburrimiento y un buen día dejamos de vernos y llamarnos.

Me costó trabajo obtener mis primeros contratos como intérprete, a pesar de superar todas las pruebas y tener los diplomas correspondientes. Sólo los conseguí cuando, al inglés y al francés, pude añadir el ruso entre los idiomas que traducía al español. Los contratos como intérprete me hicieron viajar mucho por Europa y con frecuencia a Londres, sobre todo para conferencias y seminarios económicos. Un buen día de 1970, en el consulado de Perú, donde había ido a renovar mi pasaporte, me encontré con un amigo de infancia y compañero de colegio que hacía lo mismo: Gastón Dalmau.

Estaba convertido en un hippy, pero al estilo elegante. Estaba alto y delgado como toda una figura, con su cabello rubio y sus ojos claros. Fuimos a tomar un café, en los alrededores del consulado, y la conversación resultó tan interesante que lo invité a almorzar a un bar. Estuvimos juntos más de dos horas, él hablando y yo escuchando e intercalando monosílabos. Estuvo en la Escuela de Bellas Artes de Lima y llegó a participar en una exhibición colectiva en el Instituto de Arte Contemporáneo. Luego su padre lo envió a seguir un curso de diseño y color a Londres. Su padre dejó de mandarle dinero cuando él decidió que no regresaría al Perú; entonces, empezó a vivir como artista callejero, haciendo retratos a turistas y pintando con tiza estructuras del país. Durmió a las afueras de lugares públicos, o en asilos religiosos e hizo largas colas en las parroquias e instituciones de beneficiencia donde repartían un plato de sopa caliente.

Su suerte cambió cuando un día, él estaba pintanto retratos a carboncillo por un par de libras esterlinas cada uno, cuando inesperadamente, una señora con una sombrilla para el sol y unos guantes de gasa le pidió que retratara a la perrita que paseaba. A la señora le encantó, pero no le pudo pagar porque le habían robado su cartera; así que le entregó una tarjeta y le dijo: “Si alguna vez pasa por aquí, toque la puerta, para que salude a su nueva amiga”. Ella, enfermera jubilada, viuda y sin hijos, se convirtió en el hada madrina cuya varita mágica sacó a Gastón de las calles de Londres y, poco a poco, lo fue limpiando, alimentando, vistiendo y, finalmente, insertando al medio más inglés de los ingleses.

Gastón iba a su casa una vez por semana, bañaba y peinaba a su perrita, la ayudaba a podar y regar el jardín, y a veces, la acompañaba a hacer las compras. La ayudaba a cocinar – le enseño las recetas peruanas de la papa rellena, el ají de gallina y el ceviche – le lavaba los platos y luego tenían conversaciones en las que escuchaban música y le contaba sus mil y un aventuras.

De visitarla una vez por semana, Gastón pasó a dos, a tres y, finalmente, a vivir con la señora, quien le arre¬gló el cuartito que había sido el de su esposo, pues en los últimos años tuvieron cuartos separados. La convi¬vencia, contrariamente a lo que Gastón temía, fue perfecta. La dueña de casa no intentaba entrometerse para nada en la vida de Gastón, ni le preguntaba por qué algunas noches se quedaba a dormir afuera o llegaba a acostarse cuando los vecinos partían al trabajo. Luego de un tiempo, los amigos ricos de la señora, le pidieron que retratara a sus caballos de competencia y fue así como empezó a ganar dinero y volverle a dar un rumbo a su vida. Habían pasado cuatro años desde entonces. Había pintado por lo menos un centenar de óleos de caballos e innumerables dibujos, apuntes, bocetos a lá¬piz y a carboncillo y tenía tanto trabajo que los dueños de establos debían esperar semanas para que atendiera sus pedidos. Se había comprado una casita en el campo para sus temporadas en Londres. Todas las veces que venía a la ciudad iba a visitar a su hada madrina y a sacar de paseo a Esther, la perrita. Cuando.la perrita murió él y la señora la enterraron en el jardín de la casa.

Vi a Gastón Dalmau varias veces en el curso de aquel año, en todas mis idas a Londres, y lo tuve alojado unos días en mi piso de París durante unas vacaciones que se tomó. Era una excelente persona. Cada vez que yo iba a Londres a trabajar le avisaba con antelación y él se las arreglaba para darme por lo menos una noche de música pop y disipa¬ción londinense. Gracias a él hice cosas que nunca había hecho, pasar noches blancas en discotecas o en fiestas hippies en las que el olor de la hierba impregnaba el aire y se servían unos pasteles preparados con hachís que dispara¬ban al novato que era yo en unos gelatinosos viajes supra¬sensibles, a veces divertidos y a veces pesadillescos.

Lo que resultó para mí más sorprendente - y agradable, por qué no - fue lo fácil que resultaba en esas fiestas acariciar y hacer el amor a cualquier chica. En aquellos fines de se¬mana londinenses, que me regalaba a mí mismo luego de terminar un contrato de trabajo, gracias al retratista de ca¬ballos terminé haciendo cosas en las que no me reconocía: bailar como un desmelenado y sin zapatos, fumar hierba y, casi siempre, como remate de esas noches agitadas, hacer el amor, a menudo en los lugares más inaparentes, bajo las mesas, en cuartos de ba¬ño minúsculos, en clósets, en jardines, con alguna chica, a veces muy joven, con la que apenas cambiábamos palabra y de cuyo nombre no volvería a acordarme después de aquella vez.

Gas tuvo tanta confianza en mí, que me prestaba su departamento que tenía al otro lado de la ciudad, cuando él no lo estaba usando y yo tenía que viajar por trabajo. Era bastante cómodo y grande y me encantaba estar ahí. Un día en que por tercera o cuarta vez examinaba las fotografías que tenía Gas en su departamento, una de las fotos me llamó la atención. Tomada en medio de una fiesta, las personas risueñas que miraban a la cámara, tres o cuatro parejas, iban muy bien vestidas y con copas en las manos. Qué? Un mero parecido. Volví a escudriñarla y deseché la idea. Ese día regresaba a París. Los dos meses que estu¬ve sin volver a Londres aquella sospecha me estuvo ron¬dando hasta volverse una idea fija. Podía ser que la ex chilenita, la ex guerrillera, la ex madame Arnoux, estuvie¬ra ahora en Londres? Me lo pregunté muchas veces, acariciando entre los dedos la escobillita que ella dejó en mi departamento el último día que la vi y que yo llevaba siempre conmigo, como un amuleto. Demasiado improbable, demasiada casualidad, demasiado todo. Pero no conseguí arrancarme la sospecha - la ilusión - de la cabeza. Y empecé a contar los días para que un nuevo con¬trato me devolviera al departamento de Gas.

- La conoces? - se sorprendió Juan, cuando por fin pude señalarle la foto e interrogarlo - Es Mrs. Richardson, la mujer de ese tipo que ves allí, medio borracho. Ella es de origen mexicano, creo. Habla un in¬glés graciosísimo, te morirías de risa si la oyes. Seguro que la conoces?

- No, no es la persona que creía.

Pero estuve totalmente seguro de que sí era. Aque¬llo del “inglés graciosísimo” y su origen “mexicano” me convencieron. Tenía que ser ella. Y aunque, muchas veces, en los cuatro años corridos desde que desapareció de París me había dicho que era mucho mejor que hubiera sido así, porque aquella peruanita aventurera había causado ya bas-tantes desarreglos en mi vida, cuando tuve la certidumbre de que había reaparecido en una nueva encarnación de su mudable identidad, apenas a cincuenta millas de Lon¬dres, sentí un desasosiego, una urgencia irresistibles de volver a verla. Pasé muchas noches íntegramente despierto, en un estado de ansiedad que me hacía latir el corazón como atacado de taquicardia. Era posible que hubiera llegado allá? Qué aventuras, enredos, temeridades, la habían ca-tapultado a ese enclave de la sociedad más exclusiva del mundo? No me atreví a hacerle más preguntas a Gastón sobre Mrs. Richardson. Temía que si confirmaba la identidad de nuestra compatriota, ésta se viera en un conflicto. Si se hacía pasar por mexicana por algo complicado sería.

Me costó buen tiempo ir empujan¬do a Gas a que me llevara a conocer Newmarket, la ciudad donde se encontraba Lali. Le hacía muchas preguntas. Cómo eran las gentes de allí, las casas donde vivían, los rituales y tradiciones de que se rodeaban, las relaciones entre propietarios, jockeys y preparadores. Y en qué consistían las subastas en que se paga¬ban esas sumas extraordinarias por los caballos estrellas y có¬mo era posible que se subastara un caballo por partes, como si fuera desarmable.

Al fin, dio resultado. Había una subasta de caba¬llos de cierre de temporada y, luego, un criador italiano casado con una inglesa, el signar Ariosti, daba una cena en su casa a la que invitó a Gas. Mi amigo le preguntó si po¬día llevar a un compatriota y aquél dijo que encantado. Los diecisiete días que debí esperar para que llegara aque¬lla fecha los recuerdo como unas nebulosas con súbitos ataques de sudor frío y exaltaciones de adolescente, imagi¬nando que iba a ver a la peruanita, y unas noches insom¬nes en las que no hacía otra cosa que recriminarme: era un imbécil reincidente por seguir enamorado de una loca, de una aventurera, de una mujercita sin escrúpulos con la que ningún hombre, y yo menos que cualquier otro, podría mantener una relación estable, sin terminar pisoteado. Pe¬ro, en los intervalos de ese masoquismo, so¬brevenían otros, de alegría e ilusión: habría cambiado mucho?

La casa de Gastón Dalmau en el campo, a un par de millas de Newmarket, de madera, de un solo piso, más parecía taller de artista que vivienda. Me llevó a conocer la ciudad de be¬llas viviendas en torno de las cuales se divisaban los establos, las caballerizas y sus pistas de entrenamiento, que Gas me iba señalando, nombrándome a sus dueños y dueñas y contándome anécdotas sobre ellos. Yo apenas lo oía. Toda mi atención estaba con¬centrada en las gentes que cruzábamos con la esperanza de que apareciera de pronto entre ellas la silueta femenina que buscaba. No apareció ni en ese paseo, ni en el pequeño restaurante indio donde Gas me llevó esa noche, ni tampoco al día siguiente.

Pero, esa noche, nada más entrar a la mansión del signar Ariosti, sentí de golpe que se me secaba la garganta y que me dolían las uñas de manos y pies. Ahí estaba, a menos de diez metros, sentada en el brazo de un sofá, con una larga copa en la mano. Me miraba como si no me hubiera visto nunca en la vida. Antes de que yo pudiera dirigirle la palabra o acercarle la cara para besarle la mejilla, me estiró una mano desganada y me saludó en inglés como al perfecto extranjero: “How do you do?”. Y, sin darme tiempo a responderle, me volvió la espalda y se enfrascó de nuevo en la charla de la gente que la rodeaba. Al poco rato la oí contar como su padre la llevaba a ella de niña en la Ciudad de México, todas las semanas, a un concierto o a una ópera. Así le había inculcado una pasión por la música clásica.

No había cambiado mucho en estos cuatro años. Bien formada, de cintura estrecha, las piernas formadas y los tobillos finos. Parecía más segura de sí misma y más desenvuelta que antes y movía la cabeza al final de cada frase. Se había aclarado algo el pelo y lo llevaba más largo que en París, con unas ondas que no le recordaba; su maquillaje era más sencillo y natural que el recargado que acostumbraba llevar. Vestía una falda muy corta, que mostraba sus rodillas y una blusa escotada que dejaba al aire sus hombros y destacaba su cuello. Divisé su anillo de casada en el anular de su mano izquierda. Mr. Richardson, a quien Gastón me presentó era un señor de 60 años, con una camisa amarilla eléctrica y un pañuelo del mismo color que rebalsaba sobre su traje azul. Ebrio y eufórico, contaba chistes sobre sus andanzas por Japón que divertían mucho a los invitados. Gastón me explicó que era un hombre muy rico, que pasaba parte del año haciendo negocios en Asia, pero que el norte de su vida era los caballos.

Pese a mis esfuerzos, no conseguí en toda la noche, cambiar palabra con Lali. Cada vez que me le acercaba, ella se alejaba, con el pretexto de ir a saludar a alguien o poniéndose a secretearse con una amiga. Y, tampoco conseguí cruzar con ella una mirada, pues, aunque no me cabía la menor duda de que era perfectamente consciente de que yo estaba siempre persiguiéndola con la vista, no me daba la cara jamás, y, por el contrario, siempre se las arreglaba para ofrecerme la espalda o el perfil. A eso de las dos de la mañana, cuando la gente comenzaba a despedirse, en un impulso que debió haber sido efecto de las numerosas copas de champagne que había tomado, me aparté de una pareja que me interrogaba sobre mis experiencias como intérprete profesional, y esquivé a mi amigo Gastón, que por cuarta o quinta vez en la noche quería arrastrarme a una sala de pinturas, y crucé el salón hacia el grupo donde estaba Mrs. Richardson o Lali. La cogí del brazo con fuerza, y sonriéndole, la obligué a apartarse de quienes la rodeaban. Me miró con un desagrado que le torció la boca.

- Suéltame, fucking beast – murmuró, entre dientes – suéltame, me vas a meter en un lío

- Si no me llamas por teléfono, le diré a tu esposo que estás casada en Francia y que te persigue la policía en Suiza por vaciar la cuenta secreta de Monsieur Arnoux – le puse en la mano un papelito con el teléfono del departamento que me prestaba Gastón. Después de un instante, lanzó una carcajada, abriendo mucho los ojos

- Oh, my God! You are learning, niño bueno – exclamó, reponiéndose de la sorpresa, con un tonito de aprobación personal

Dio media vuelta y regresó al grupito del que yo la había arrancado. Estuve segurísimo de que no me llamaría. Yo era un testigo incómodo de un pasado que ella quería borrar a toda costa; si no, jamás hubiera actuado como lo había hecho toda la noche, esquivándome de esa manera. Sin embargo, me llamó dos días después, muy temprano. Apenas pudimos hablar porque, como solía hacerlo, se limitó a darme órdenes.

- Te espero mañana, a las tres, en el Hotel Russel. Conoces? Cerca del Museo Británico. Puntualidad inglesa, por favor

Estuve ahí con media hora de anticipación. Me sudaban las manos y respiraba con dificultad. El lugar no podía haber sido mejor elegido. Llegó con unos minutos de atraso, vestida con un traje marrón y unos zapatos y cartera negros y, un collar de perlas. Llevaba en el brazo un impermebale gris y un paraguas de la misma tela y color. Sin saludarme, ni sonreír, ni estirarme la mano, se sentó en el asiento frente a mí, cruzó las piernas y comenzó a reñirme.

- La otra noche hiciste una estupidez que no te perdono. No debiste dirigirme la palabra, no debiste cogerme del brazo, no debiste hablarme como si me conocieras. Has podido meterme en un lío. No te dabas cuenta que tenías que disimular? Dónde tienes la cabeza, Peter?

Era ella, tal cual. No nos veíamos hace cuatro años y no se le ocurría preguntarme cómo estaba, qué había hecho todo este tiempo, echarme siquiera una sonrisa o una palabra simpática por el reencuentro. Iba a lo suyo, sin distraerse en nada más.

- Estás muy linda – le dije, hablando con cierta dificultad, debido a la emoción – más todavía que hace cuatro años, cuando te llamabas Madame Arnoux. Te perdono tus insultos de la otra noche y tus tonterías de ahora, por lo linda que estás. Y, además, por si quieres saberlo, sí, sigo enamorado de ti. A pesar de todo. Loco por ti. Más que nunca antes. Te acuerdas de la escobilla que me dejaste de recuerdo la última vez que nos vimos? Es ésta. Desde entonces la llevo conmigo a todas partes, en el bolsillo. Me he vuelto un imbécil, por ti. Gracias por estar tan linda, chilenita.

No se reía, pero en sus ojos había brotado la lucecita irónica de épocas pasadas. Cogió la escobilla, la examinó y me la devolvió, murmurando: “No sé de qué me hablas”. Dejaba, sin la más mínima incomodidad, que la contemplara, a la vez que me observaba, estudiándome. Mis ojos la recorrían despacio, de abajo arriba, de arriba abajo, deteniéndose en sus rodillas, en su cuello, en sus orejas, en sus manos tan cuidadas, y en su nariz que parecía haberse afilado. Dejó que le cogiera las manos y se las besara, pero con su indiferencia de siempre, sin hacer el meno gesto de reciprocidad.

- Iba en serio tu amenaza de la otra noche? – me preguntó, al fin

- Muy en serio – le dije, besándole, dedo por dedo, el dorso, la palma de cada mano – con los años, me he vuelto como tú. Todo vale para conseguir lo que uno quiere. Son tus palabras, niña mala. Y yo, lo sabes de sobra, lo único que quiero en este mundo eres tú – quitó una de sus dos manos de las mías y me la pasó por la cabeza, despeinándome, en esa semicaricia un poco compasiva que ya me había hecho otras veces

- No, tú no eres capaz de esas cosas. Pero, sí debe ser cierto que todavía estás enamorado de mí

Pidió té para los dos y me explicó que su marido era un hombre muy celoso, y, lo peor, enfermo de celos. Husmeaba su pasado como un lobo. Por eso, estaba obligada a ser muy cuidadosa. Si hubiera sospechado la otra noche que nos conocíamos, le habría hecho una escena. No habría yo cometido la imprudencia de decirle a Gastón Dalmau quién era ella, no?

- No hubiera podido decírselo aunque hubiera querido – la tranquilicé – porque, la verdad, todavía no tengo la menor idea de quién eres tú

Terminó de reírse. Dejó que le cogiera la cabeza con mis dos manos y le juntara los labios bajo los míos, que la besaban con avidez, con ternura, con todo el amor que le tenía, los suyos permanecieron inmóviles.

- Te deseo – le susurré en el oído, mordisquénadole el borde de la oreja – estás más hermosa que nunca, peruanita. Te quiero, te deseo con toda mi alma, con todo mi cuerpo. En estos cuatro años no he hecho otra cosa que soñar contigo, que quererte y desearte. Y también maldecirte. Cada día, cada noche, todos los días – luego de un momento, me apartó con sus manos

- Tú debes ser la última persona en el mundo que todavía dice esas cosas a las mujeres – sonreía, divertida, mirándome como a un bicho raro – qué huachaferías me dices, Peter!

- Lo peor no es que las diga. Lo peor es que las siento. Sí, son verdad. Tú me conviertes en un personaje de telenovela. Nunca se las he dicho a nadie más que a ti.

- No debe vernos así nadie, jamás – dijo de pronto, cambiando de tono, ahora muy seria – lo último que quisiera es una escena de celos del pesado de mi marido. Y, ahora, tengo que irme, Petercito

- Tendré que esperar otros cuatro años para verte de nuevo?

- El viernes – precisó de inmediato, con una risita pícara, pasándome otra vez la mano por el pelo – aquí mismo. Tomaré un cuarto a tu nombre. No te preocupes, pichiruchi, lo pagaré yo. Traéte algún maletín, para disimular – le dije que estaba muy linda, pero que yo mismo me pagaría la habitación. Echó una carcajada, ahora sí espontánea

- Claro! – exclamó – tú eres un caballero y ellos no aceptan dineron de las mujeres – por tercera vez volvió a pasarme la mano por el pelo y esta vez yo se la cogí y la besé – creías que iba a hacer el amor contigo en ese lugarcito que te ha prestado Gastón? Todavía no te has dado cuenta que ahora yo estoy at the top

Un minuto después se había ido, luego de indicarme que no saliera del Hotel después de un tiempo, porque capaz su marido había mandado a alguien a que la siguiera. Le hice caso y apenas salí di una caminata por los parques de la ciudad. Estaba fatigado y feliz; la larga caminata me había serenado y me permitía pensar, sin el tumulto de ideas y sensaciones caóticas que había vivido desde mi visita a Newmarket. Cómo era posible que volver a verla después de tanto tiempo te trastornara así, Peter? Porque, era cierto todo lo que le había dicho: seguía loco por ella. Me bastó verla para reconocer que, aún sabiendo que cualquier relación con ella estaba condenada al fracaso, lo único que realmente deseaba, era tenerla, con todas sus mentiras, sus enredos, su egoísmo y sus desparaciones.
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Dom Oct 02, 2011 3:44 pm

Cada vez que leo un nuevo cap, me sorprendo mas...
Siguela por favor...
Un beso
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Lun Oct 03, 2011 2:23 pm

IV. Londres (Parte II)

El viernes, cuando llegué al Hotel, con un maletín de mano, el recepcionista, un hindú, me confirmó que la habitación estaba reservada a mi nombre por el día. Ya había sido pagada. El cuarto tenía vista a un parque y, aunque no era pequeño, lo parecía, porque estaba lleno de objetos, mesillas, lamparillas, animalitos, grabados, y unas telas con guerreros de ojos desorbitados, retorcidas barbas y otros. La niña mala llegó media hora después que yo, envuelta en un abrigo de cuero, un sombrero que le hacía juego y unas botas hastas las rodillas. Además del bolso llevaba una cartera con cuadernos y libros de unos cursos sobre arte moderno que, me explicó después, seguía tres veces por semana. Antes de mirarme, echó una ojeada a la habitación e hizo un pequeño signo de asentimiento, aprobando. Cuando, por fin, se dignó a mirarme, ya la tenía yo en mis brazos y había comenzado a desvestirla.

- Ten cuidado. No me vayas a arrugar la ropa

La desnudé con todas las precauciones del mundo, estudiando, como objetos preciosos y únicos, las prendas que llevaba encima, besando cada centímetro de piel que aparecía a mi vista, aspirando el aura suave, ligeramente perfumada, que brotaba de su cuerpo. Sentía deseo, emoción, ternura, mientras la besaba. Le besé los menudos pechos, largamanete, loco de dicha.

- No te habrás olvidado lo que me gusta, niño bueno – me susurró al oído, por fin

Y, sin esperar mi respuesta, se puso de espaldas, abriendo las piernas para hacer sitio a mi cabeza, a la vez que se cubría los ojos con el brazo derecho. Sentí que comenzaba a apartarse más y mejor de mí, del Hotel, de Londres, a concentrarse totalmente, con esa intensidad que yo no había visto nunca en ninguna mujer, en ese placer suyo, solitario, personal, egoísta, que mis labios habían aprendido a darle. Qué delicioso y exaltante era sentirla ronronear, mecerse, sumirse en el vértigo del deseo. Entré en ella con facilidad y la apreté con mucha fuerza. Se quejó, retorciéndose, tratando de zafarse de mi cuerpo, quejándose: “Me aplastas”.

- Por una vez en tu vida, dime que me quieres, niña mala. Aunque no sea cierto, dímelo. Quiero saber cómo suena, siquiera una vez – le rogué con mi boca pegada a la suya

Después, cuando habíamos terminado de hacer el amor, y conversábamos, desnudos sobre la colcha amarilla, mientras le acariciaba los pechos, la cintura, pegaba el oído a su ombligo y escuchaba los rumores profundos de su cuerpo, le pregunté por qué no me había dado gusto, diciéndome esa pequeña mentira al oído. No la había dicho tantas veces, a tantos?

- Por eso – me respondió en el acto, sin piedad – yo nunca he dicho “te quiero”, “te amo”, sintiéndolo de verdad. A nadie. Porque yo nunca he querido a nadie, Peter. Les he mentido a todos, siempre. Creo que el único hombre al que nunca le he mentido en la cama has sido tú.

- Vaya, viniendo de ti, eso es toda una declaración de amor. Has conseguido por fin eso que has buscado tanto, ahora que estás casada con un hombre rico y poderoso?

- Sí y no. Porque, aunque ahora tengo seguridad y puedo comprarme lo que quiero, estoy obligada a vivir en esta ciudad y pasarme la vida hablando de caballos

Lo dijo con una amargura que parecía salirle del fondo del alma. Y, entonces, de pronto, se sinceró conmigo de una manera inesperada, como si no pudiera ya guardar adentro todo aquello. Odiaba los caballos con todas sus fuerzas y también a todas sus amistades y relaciones de la ciudad, propietarios, preparadores, jockeys, empleados, perros y gatos y todas las personas que directa o indirectamente tenían que ver con los caballos. A ella esta vida había conseguido amargarle los días, y hasta las noches, porque, últimamente, tenía pesadillas con los caballos de Newmarket. Y, aunque no me lo dijo, era fácil adivinar que de su odio hacia los caballos y la ciudad tampoco se libraba su marido. Mr. David Richardson, le había dado permiso desde hacia algunos meses para que viniera a Londres a seguir cursos de historia del arte, a tomar clases de arreglos florales y hasta sesiones de yoga y de meditación que la distrajera un poco de los estragos psicológicos.

- Vaya, vaya, niña mala – me burlé yo, encantado de oír lo que me contaba – descubriste que no siempre el dinero es la felicidad? Tengo esperanzas de que un día de éstos despidas a Mr. Richardson y te cases conmigo. París es más divertido

Pero ella no tenía ganas de bromear. Su disgusto por la ciudad era todavía más grave de lo que me pareció aquella vez, un verdadero trauma. Creo que ni una sola tarde, de las muchas en que nos vimos e hicimos el amor en el curso de los dos años siguientes en las distintas habitaciones del Hotel, Lali dejó de desfogarse conmigo, insultando a la ciudad y a los caballos, cuya vida le parecía monótona, estúpida y la más tonta del mundo. Por qué, si era tan infeliz con la existencia que llevaba, no le ponía fin? Qué esperaba para separarse de David Richardson, un hombre con el que evidentemente no se había casado por amor?

- No me atrevo a pedirle el divorcio – me reconoció, una de esas tardes – no sé qué me pasaría

- No te pasaría nada. Estás casada con todas las de la ley, no? Aquí las parejas se divorcian sin ningún problema

- No lo sé – me dijo ella, yendo en las confidencias un poco más lejos que de costumbre – nos casamos en Gibraltar y no estoy segura de que mi matrimonio tenga la misma validez aquí. Tampoco sé cómo averiguarlo sin que David se entere. Tú no conoces a los ricos, Peter. Y, menos a David. Para casarse conmigo, tramó con sus abogados un divorcio en el que dejó a su primera mujer poco menos que en la calle. No quiero que me pase lo mismo. Él tiene los mejores abogados, las mejores relaciones. Y yo, en Inglaterra, soy menos que nadie, una pobre shit.

Nunca pude averiguar cómo lo había conocido, cuándo y de qué manera surgió ese romance. Era evidente que había hecho un mal cálculo creyendo que, con semejante conquista, conquistaría también esa libertad ilimitada que ella asociaba con la fortuna. No sólo no era feliz; a simple vista, más lo había sido como esposa del ex. Le conté de mi encuentro con él.

- Como buen francés, lo único que le dolía era la plata. Sus ahorros! Me usó para sacar plata de Francia a escondidas. No sólo la suya, también la de sus amigos. Habrían podido meterme presa, si se enteraban. Además, era un tacaño, lo peor que puede ser alguien en la vida

- Ya que eres tan fría y tan perversa, por qué no lo matas. Te evitarías los riesgos del divorcio y heredarás su fortuna

- Porque no sabría cómo hacerlo sin que me metan presa – me contestó, sin sonreír – te animarías tú? Te ofrezco el diez por ciento de su herencia. Es mucha, mucha plata

Jugábamos, pero yo no podía evitar, cuando le oía decirme esas barbaridades con tanta soltura, un escalofrío. Ya no era aquella niña vulnerable que había salido adelante gracia a una audacia y una determinación poco común; ahora era una mujer, convencida de que la vida era una jungla donde solo triunfaban los peores, dispuesta a todo para no ser vencida y seguir escalando posiciones. Incluso a despachar al otro mundo a su marido para herederarlo, si podía hacerlo con absoluta garantía de impunidad? “Por supuesto”, me decía, con esa mirada burlona y feroz. “Te doy miedo, niño bueno?

Esos dos años, en los cuales pasé largas temporadas en Londres, viendo a Lali una o dos veces por semana, fueron los más felices de mi vida hasta entonces. Gané menos dinero como intérprete, porque, por Londres, deseché muchos contratos en París y otras ciudades europeas, y, en cambio, acepté trabajos bastante mal pagados cuyo único atractivo era que me llevaban a Inglaterra. Pero, por nada del mundo hubiera cambiado la felicidad de llegar al Hotel, donde a todos los camareros y camareras llegué a conocerlos por sus nombres, y esperar, en estado de trance, la llegada de Lali. Cada vez me sorprendía con un vestido, una ropa interior, un perfume o unos zapatos nuevos. Una de aquellas tardes, como yo le había pedido, se trajo en una bolsa varios kimonos de su colección y me hizo una exhibición, andando y moviéndose por el cuarto con la sonrisa estereotipada de una geisha. Siempre noté, en su cuerpo menudo, una huella oriental, herencia de algún ancestro del que ella no tenía noticia, y que aquella tarde se me hizo más evidente que nunca.

Hacíamos el amor, conversábamos desnudos, mientras yo jugaba con sus cabellos y su cuerpo, y algunas veces, si lo permitía el tiempo, dábamos un paseo por un parque. Si llovía, nos metíamos a algún cine, y veíamos la película de la mano. En esos dos años yo me convencí de que, en mi caso al menos, era falso que el amor se emprobeciera o desapareciera con el uso. El mío crecía cada día. Yo estudiaba las galerías, los museos, los cinemas de arte, las exposiciones para proponerle paseos que pudieran divertirla, y, cada vez, también la sorprendía con un algún regalo de París. A veces, contenta con el regalo, me decía: “Te mereces un besito” y, por un segundo, me juntaba los labios. Apoyados en los míos, quietos, se dejaban besar por mí, sin responder.

Llegó a quererme un poco en aquellos dos años? Nunca me lo dijo, eso habría sido una demostración de debilidad que no se hubiera, ni me hubiera, perdonado. Pero, creo que llegó a acostumbrarse a mi devoción, a sentirse halagada por el amor que yo le daba. Le gustaba que le hiciera el amor y también, que le dijera de todas las formas posibles y de mil maneras que la amaba. “Que curislerías me vas a decir hoy día?”, era a veces su saludo. Una tarde, me fui imposible salir a reunirme con ella, tenía que trabajar. La llamé por teléfono al Hotel, dándole toda clase de disculpas. Sin responderme una palabra, me cortó. Volví a llamar y ya no estaba en la habitación. El viernes siguiente – nos veíamos los miércoles y viernes, por lo general – me hizo esperar más de dos horas, sin llamar para explicarme su tardanza. Apareció, por fin, con la cara fruncida, cuando yo ya no creía que vendría.

- No podías llamarme? – protesté – me has tenido con los nervios – no pude terminar porque una cachetada, lanzada con todas sus fuerzas, me cerró la boca

- Tú a mí no me dejas plantada, pichiruchi – tenía la voz descompuesta – tú, si tienes una cita conmigo…

No la dejé acabar la frase porque me abalancé sobre ella y con todo el peso de mi cuerpo la hice rodar sobre la cama. Se defendió un poco al principio, pero, no mucho después, dejó de resistir. Y, casi de inmediato, sentí que me besaba y abrazaba también, y me ayudaba a desnudarla. Nunca antes había hecho algo así. Por primera vez sentí su cuerpo enredándose con el mío, entrelazando las piernas, sus labios apretándose contra los míos y su lengua bailando con la mía. Sus manos se hundían en mi espalda, en mi cuello. Le rogué que me perdonara, jamás volvería a ocurrir, le agradecí que me hiciera tan feliz, que por primera vez me demostrara que también me quería. Entonces, la sentí sollozar y vi sus ojos mojados.

- Amor mío, corazón, no llores, y por esa tontería – la acaricié, limpiándole las lágrimas – no volverá a ocurrir, te lo prometo. Te amo, te amo

Después, cuando nos vestíamos, ella permanecía muda, con una expresión rencorosa, arrepentida de su debilidad. Traté de mejorarle el humor, bromeando.

- Ya dejaste de quererme, tán rápido? – me miró con cólera, un buen rato, y cuando habló su voz sonó muy dura

- No te equivoques, Peter. No creas que te he hecho esa escena porque me muero por ti. Ningún hombre me importa mucho y tú no eres la excepción. Pero tengo mi amor propio y a mí nadie me deja plantada en un cuarto de hotel

Le dije que estaba dolida de que yo hubiera descubierto que, a pesar de todas sus paradas, desplantes e insultos, algo sentía por mí. Fue el segundo error grave que cometí con Lali, desde aquel día que, en vez de retenerla en París, la animé a partir a Cuba a seguir su entrenamiento de guerrillera. Me miró muy seria, sin decir nada un buen rato y, por fin, murmuró, llena de desprecio.

- Eso crees? Ya verás que no es así, pichiruchi

Salió de la habitación, sin despedirse. Pensé que sería un malhumor pasajero, pero no supe de ella en toda la semana siguiente. Pasé el miércoles y el viernes esperándola en vano, acompañado en mi soledad. El siguiente miércoles, al llegar al Hotel, el consejer hindú me entregó una cartita. Me informaba que estaba partiendo a Japón con David. Ni siquiera me decía por cuánto tiempo ni que me llamaría apenas regresara a Inglaterra. Me llené de malios presentimientos y maldije mi error. Conociéndola, esta nota de dos frases podía ser una larga, y definitiva, despedida.

Dejé de ver a Gas cerca de un mes. Estuve trabajando en Ginebra y Bruselas y ninguna de las veces que lo llamé contestó el teléfono. Cuando regresé a Londres, mi vecina me dijo que Gas llevaba varios días, internado en un hospital. Lo tenían en el pabellón de enfermedades infecciosas, sometido a toda clase de exámenes. Había adelgazado mucho.

- Me siento más solo que un perro – me confesó – no sabes cuánto me alegra verte. He descubierto que, aunque conozco a un millón de gringos, tú eres el único amigo que tengo. Amigo de amistad a la peruana, la que llega hasta el corazón, quiero decir. Las amistades aquí son muy superficiales, la verdad. Los ingleses no tienen tiempo para la amistad – Gas era otra persona, la enfermedad le había hecho perder el optimismo, la seguridad, y lo había llenado de miedos – me estoy muriendo y no saben de qué – me dijo, la segunda o tercera vez que fui – no creo que me lo oculten para no asustarme, los médicos ingleses te dicen siempre la verdad, aunque sea espantosa. Lo que pasa es que no saben qué me pasa

Los exámenes no daban nada preciso, los médicos empezaron de pronto a hablar de un virus, no bien identificado, que atacaba el sistema inmunológico, lo que había vuelto a Gas propenso a toda clase de infec¬ciones. Se hallaba en un estado de extrema debilidad, con los ojos hundidos, los huesos saltados. To¬do el tiempo se pasaba las maños por la cara, como para comprobar que todavía estaba allí. Yo lo acompañaba to¬das las horas en que estaban autorizadas las visitas. Lo veía consumirse cada día más, al tiempo que se hundía en la de¬sesperación. Aún no era conocida la enfermedad del Sida, eso era lo que portaba Gas. Tomó la decisión de escribirle a su familia, con la que no había vuelto a tener relación hacía más de diez años; le contó sobre su vida como artista y todo lo que había hecho esos años, lejos de ellos. Dos semanas después, ellos llegaron a visitarlo; ellos tuvieron un efecto positivo sobre Gas. Recuperó la esperanza, el humor y pareció reponerse. Hasta lograba retener algunos de los alimentos que le traía mañana y tarde la enfermera, en tanto que, antes, todo lo que se llevaba a la boca le produ¬cía arcadas.

Con los padres de Gastón en Londres, pude regresar a París, a trabajar. Acepté los contratos que me proponían, aunque fueran de uno o dos días, pues, debi¬do al tiempo que permanecí en Inglaterra acompañando a Gas, mis ingresos habían caído en picada. Aunque Lali me lo había prohibido, comencé a llamar a su casa de Newmarket para averiguar cuándo regresarían los esposos de su viaje a Japón. La persona que me respondía, una empleada filipina, no lo sabía. Yo me hacía pasar cada vez por una persona diferente, pero tenía la sospecha de que la filipina me reconocía y me daba con el teléfono en las narices: “They are not yet back”.

Hasta que un día, cuando ya desesperaba de encontrarla nunca, la propia Lali me contestó el te¬léfono. Me reconoció al instante pues hubo un largo silencio. “Puedes hablar?’, le pregunté. Me contestó con voz cortante, llena de furia contenida: “No. Estás en París? Te llamaré a la Unesco o a tu casa, apenas pueda”. Y me cortó, con un golpe que subrayaba su disgusto. Me llamó ese mismo día, en la noche.

- Por haberte dejado plantada una vez, me pegas¬te y me hiciste aquel escándalo - me quejé, con acento cariñoso - qué tendría que hacerte yo por dejarme sin noticias tuyas cerca de tres meses?

- No vuelvas a llamar a Newmarket nunca más en tu vida - me riñó, con un desagrado que rechinaba en sus palabras - esto no es broma. Estoy en un problema muy serio con mi marido. No debemos vernos ni hablar¬nos, por un tiempo. Por favor. Te ruego. Si es verdad que me quieres, haz eso por mí. Nos veremos cuando todo esto pase, te prometo. Pero no me llames nunca más. Es¬toy en un lío y tengo que cuidarme.

- Espera, espera, no cortes. Dime al menos cómo sigue Gastón.

- Ya se murió. Sus padres se han llevado los restos a Lima. Vinieron a Newmarket a poner en venta su casita. Otra cosa, Peter. Evita venir a Londres por un tiempo, si no te importa. Porque, si vienes, sin quererlo me pue-des crear un problema muy serio. No te puedo decir más, ahora.

Y me cortó, sin decir adiós. Me quedé vacío y descompuesto. Sentí tanta cólera, tanta desmoralización, tanto desprecio de mí mismo, que tomé la resolución de arrancarme de la memoria y de mi corazón, a Lali. Era estúpido seguir amando a una persona tan insensible, que estaba harta de mí, que jugaba conmigo como si fuera un niño, que jamás me había de-mostrado la menor consideración. Esta vez sí te librarías de la peruanita, Juan Pedro Lanzani!

Varias semanas después recibí unas líneas, desde Lima, de los padres de Gastón. Me agradecían que les hubiera echado una mano y se disculpaban por no haber¬me escrito ni llamado, como yo les pedí. Su muerte me afectó mucho. Vol¬ví a quedar sin otro amigo íntimo, el que en cierta forma había reemplazado a Agustín. Desde que éste desapareció en las guerrillas, no había vuelto a tener en Europa una persona a la que estimara tanto y con la que me sin¬tiera tan próximo como el hippy peruano que llegó a ser retratista de caballos en Newmarket. Londres, Inglaterra, no serían los mismos sin él. Otra razón para no volver allá, por un buen tiempo.

Traté de poner en práctica mi decisión con la re¬ceta de costumbre: cargándome de trabajo. Aceptaba to¬dos los contratos y me pasaba semanas y meses viajando de una ciudad europea a otra, trabajando como intérpre¬te, en conferencias y congresos sobre todos los temas ima¬ginables. Seguí perfeccionando el ruso, lengua con la que estaba encari¬ñado, hasta adquirir en ella una desenvol¬tura equivalentes a las que tenía en francés y en inglés. Pese a que, hacía años, había obtenido el permiso de residencia en Francia, comencé a gestionar la nacionali¬dad francesa pues con un pasaporte francés se me abrirían mayores posibilidades de trabajo.

Un domingo de mayo, mientras me afeitaba y me disponía a aprovechar el día primaveral para dar un paseo, sonó el teléfono. Sin decirme “hola” o “buenos días”, la niña mala me gritó

- Le has contado tú a David que yo estaba casa¬da con Robert Arnoux en Francia?

Estuve a punto de colgarle el teléfono. Habían pa¬sado cuatro o cinco meses desde nuestra última conversa¬ción. Pero disimulé mi enojo.

- Debí hacerlo, pero no se me ocurrió, señora bígama. No sabes cuánto lamento no haberlo hecho. Ahora estarías presa, no?

- Contéstame y no te hagas el idiota - insistió su voz, echando chispas - no estoy para bromas ahora. Has sido tú? Una vez me amenazaste con contárselo, no creas que me he olvidado.

- No, no he sido yo. Qué te pasa? En qué líos andas ahora, salvajita? - hizo una pausa. La sentí respirar, ansiosa. Cuan¬do volvió a hablar, parecía quebrada, llorosa.

- Estábamos divorciándonos y la cosa iba bien. Pe¬ro, de pronto, no sé cómo, en estos días ha aparecido lo de mi matrimonio con Robert. David tiene los mejores abogados. El mío es un don nadie y ahora dice que si se prueba que estoy casada en Francia, mi matrimonio con David en Gibraltar queda nulo, de manera automática, y que puedo verme en un gran lío. David no me dará un centavo y, si se pone de acuerdo con Robert, pueden entablar contra mí una acción criminal, pedirme daños y perjuicios y no sé qué más. Hasta ir a la cárcel, de repente. Y me expulsarían del país. No has sido tú el del chisme, seguro? Bueno, me alegro, tú no me parecías de los que hacen esas cosas.

Hizo otra larga pausa y suspiró, como si se aguan¬tara un sollozo. Mientras me decía todo aquello, parecía sincera. Había hablado sin pizca de autocompasión.

- Lo siento mucho - le dije - la verdad, tu últi¬ma llamada me dejó tan dolido que decidí no verte, ni ha¬blarte, ni buscarte, ni acordarme de tu existencia nunca más.

- Ya no estás enamorado de mi? - se rió.

- Sí lo estoy, por lo visto. Para mi desgracia. Me parte el alma lo que me has contado. No quiero que te pase nada, quiero que sigas haciéndome todas las maldades del mundo. Puedo ayudarte de algún modo? Haré lo que me pidas. Porque te sigo queriendo con toda mi alma, niña mala - volvió a reírse.

- Por lo menos, me quedan tus huachaferías – exclamó - te llamaré, para que me lleves naranjas a la cárcel.
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Lun Oct 03, 2011 4:33 pm

Pobre Peter, no me puedo creer la cantidad de estupideces que se pueden llegar a hacer cuando se esta enamorado...
Me encanto el cap, necesito saber como sigue...
Un beso.
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Mar Oct 04, 2011 7:05 pm

V. Nicolás Riera

Nicolás Riera se jactaba de hablar doce lenguas y poder interpretarlas todas. Era un hombre de rulos rubios y unos ojos claros que te miraban siempre fijamente. Nadie podía creer su extraordinaria facilidad de que estaba dotado para los idiomas y su fabulosa aptitud para interpretarlos. Su vestimenta y sus temas de conversación no reflejaban este don. No solo era el mejor intérprete que conocí en todos los años en que me gané la vida ejerciciendo la profesión, también, el más original. Aunque generalmente traducía al inglés, cuando hacia falta interpretaba también al francés, al español y a otros idiomas, y siempre me maravilló la fluidez con que se expresaba en mi lengua, sin haber vivido jamás en un país hispanohablante.

Aunque habíamos coincido antes por razones de trabajo, mi amistad con él nació en la época en que, una vez más en la vida, perdí el contacto con Lali. Su separación de David Richardson fue una catástrofe cuando él pudo demostrar ante el tribunal que Mrs. Richardson era bígama, pues estaba casada ante la ley, también en Francia con un funcionario del que nunca se divorció. Ella, viendo la batalla perdida, optó por escapar de Inglaterra con rumbo desconocido. Pero pasó por París y, desde el aeropuerto, en marzo de 1974, me llamó por teléfono para despedirse. Me contó que las cosas le habían ido muy mal, que su ex marido había salido ganando en todos los sentidos, y que, harta de los tribunales y de abogados que le habían quitado la poca plata que tenía, se iba a donde nadie pudiera molestarle más la paciencia.

- Si quieres quedarte en París, mi casa es tuya – le dije, muy en serio – y, si quieres casarte otra vez, casémonos. A mí no me importa que seas bígama o trígama

- Quedarme en París para que Monsieur Robert Arnoux me denuncie a la policía o cosas peores? Ni loca. Gracias, de todos modos, Peter. Ya nos veremos alguna vez, cuando pase la tormenta

- Dónde te vas a quedar ahora?

- Te lo cuento la próxima vez que nos veamos. Un besito y no me metas muchos cuernos con las francesas

También esta vez estuve seguro de que nunca volvería a saber de ella. Como las veces anteriores, me hice el firme propósito, a mis treinta y ocho años, de enamorarme de alguien menos evasivo y complicado, una chica normal, con la que pudiera tener una relación sin sobresaltos, acaso hasta casarme con ella y tener hijos. Pero, no ocurrió así, porque en esta vida rara vez ocurren las cosas como los pichiruchis las planeamos. Pronto entré en una rutina de trabajo que, aunque a ratos me aburría, tampoco me desagradaba. Ser intérprete me parecía una profesión insignificante, pero, también, la que menos problemas morales plantea a quien la ejerce. Y me permitía viajar, ganar bastante bien y tomarme el tiempo libre que quisiera.

Aunque andaba siempre muy ocupado trabajando y haciendo cosas, por primera vez, en los setenta, mi vida empezó a parecerme bastante estéril, y mi futuro el de un irremediable solterón y un extranjero que nunca se integraría de verdad a la Francia de sus amores. Y recordaba siempre un apocalíptico sermón de Nicolás: “Si, de repente, nos sentimos morir y nos preguntamos: Qué huella dejaremos de nuestro paso por esta perrera? La respuesta honrada sería: Ninguna, no hemos hecho nada, salvo hablar por otros. Qué significa, si no, haber traducido millones de palabras de las que no recordamos una sola, porque ninguna merecía ser recordada?”.

Un día le dije que lo odiaba, porque aquella frase, que me volvía de tanto en tanto la memoria, me había convencido de la total inutilidad de mi existencia. Estábamos tomando una cerveza, luego de una jornada de trabajo en la Unesco, que celebraba su conferencia anual. Yo, en un arranque confidencial, le acaba de contar, sin detalles ni nombres, que hacia muchos años estaba enamorado de una mujer que aparecía y desaparecía en mi vida, incendiándola de felicidad por cortos períodos, y, después, dejándola seca, estéril, vacunada contra cualquier otro entusiasmo o amor.

- Enamorarse es un error – me dijo, haciéndole eco a mi desaparecido amigo Gastón, que compartía esa filosofía – a la mujer, atrápala por los cabellos, arróllala y a la cama. Yo no puedo practicarla porque ya tuve una mala experiencia con una chica que me abofeteó la cara. Por eso, a pesar de lo que pienso, trato a las damas, sobre todo a las putas, como a reinas.

- No te creo que no te hayas enamorado nunca, Nico

Reconoció que se había enamorado una vez en la vida, cuando era estudiante universitario en Berlín. De una chica rubia, de ojos claros y un cuerpo perfecto; se llamaba Eugenia. Él le propuso matrimonio y ella aceptó. Pero, en plenos preparativos matrimoniales, Euge, súbitamente, se fugó con un oficial norteamericano que concluía su servicio en Berlín. Desde ahí, tomó la decisión de nunca más enamorarse. Había cumplido; desde aquel episodio, solo frecuentaba prostitutas. Por qué llegué a tenerle a Nico tanta simpatía mientras todos nuestros colegas lo esquivaban como a un pesado insoportable? Tal vez porque su soledad se parecía a la mía, aunque fuéramos distintos en muchas otras cosas. Los dos nos habíamos dicho que nunca podríamos volver a vivir en nuestros países, pues yo en el Perú y él en Turquía nos hallaríamos seguramente más extranjeros que en Francia, donde, sin embargo, nos sentíamos también forasteros.

- No es culpa de Francia si seguimos siendo un par de extranjeros. Es culpa nuestra; una vocación, un destino. Como nuestra profesión de intérpretes, otra manera de ser siempre un extranjero, de estar sin estar, de ser pero no ser.

Sin duda tenía razón cuando me decía esas cosas. Esas conversaciones con Nico me dejaban siempre algo desmoralizado y a veces me producían desvelos. A él no parecía importarle mucho. Por eso, en 1979, cuando me anunció que había aceptado una oferta para viajar a Tokio y trabajar durante un año como intérprete exclusivo de la Mitsubishi, me sentí algo aliviado. Era una buena persona, un espécimen interesante, pero algo había en él que me entristecía y alarmaba, porque me revelaba ciertos secretos derroteros de mi propio destino.

Fui a despedirlo al aeropuerto y al estrecharle la mano junto al mostrador de Japan Air Lines sentí que me dejaba entre los dedos un pequeño objeto metálico. Era un pequeño soldado de la guardia del Emperador. “Lo tengo repetido”, me explicó. “Te traerá suerte, querido”. Lo puse en mi velador, junto a mi amuleto, aquella escobilla primorosa. Un par de meses después de su partida, Nicolás me escribió una larga carta. Estaba muy contento con su estancia en Tokio, aunque la gente de la Mitsubishi lo hacía trabajar tanto que en las noches se desplomaba en su cama, exhausto. Pero había actualizado su japonés, conocido gente simpática y no extrañaba nada al lluvioso París. Estaba saliendo con una abogada de la firma, divorciada y bella. “No temas, querido, fiel a mi promesa no me enamoraré de ella”. Debajo de su firma había puesto una posdata: “Saludos de la niña mala”. Cuando llegué a esta frase, la carta se me cayó de las manos y tuve que sentarme, presa de un vértigo.

Estaba en Japón? Cómo demonios se habían podido encontrar Nico y la peruanita traviesa en la populosa Tokio? Descarté la idea de que fuera ella la abogada, aunque con la ex chilenita, ex guerrilera, ex madame Arnoux y ex Mrs. Richardson, nada era imposible, incluso que anduviese camuflada de abogada japonesa. Aquello de “niña mala” revelaba que entre Nico y ella existía cierto grado de familiaridad; la chilenita tenía que haberle contado algo de nuestra larga y rara relación. Habrían hecho el amor? Descubrí, en los días siguientes, que la posdata me había alborotado la vida y devuelto al enfermizo y estúpido amor-pasión que me consumió tantos años, impidiéndome vivir normalmente. Y, sin embargo, a pesar de mis dudas, celos, a los angustiosos interrogantes, saber que la niña mala estaba ahí, real, viva, en un lugar concreto, aunque fuera lejísimo de París, me llenó la cabeza de fantasías. Otra vez. Fue como salir del limbo en que había vivido estos últimos cuatro años, desde que me llamó del aeropuerto para anunciarme que se fugaba.

Seguías pues, enamorado de ella, Peter? Sin la menor duda. Desde aquella posdata, día y noche se me aparecía todo el tiempo su carita, esa expresión insolente, sus ojos oscursos, su boca carnosa, y todo el cuerpo me ardía de deseos de tenerla en los brazos. La carta no llevaba remitente y Nicolás no se dignaba a darme su dirección ni su teléfono. Hice averiguaciones en la oficina de la Mitsubishi y me aconsejaron que escribiera al departamento de Recursos Humanos de la empresa en Tokio, cuya dirección me dieron. Así lo hice. Envié la carta sin muchas esperanzas de que llegara a sus manos; le preguntaba acerca de la niña mala, su teléfono, dirección, donde vivía, todo.

Cuando por fin tuve en mis manos la respuesta de Nicolás, temblaba de pies a cabeza. Era una carta de varias páginas. La leí despacio, deletreándola, para no perder una sílaba de lo que decía. Primero hablaba de su abogada japonesa, confesándome, algo avergonzado, que su promesa de no volver a enamorarse, se había hecho añicos. Ella lo había hecho rejuvenecer, llenarse de luz. Había redescubierto la pasión. Por fin, cuando temía que no dijese una palabra de Lali, lo hizo. La había visto solo una vez, después de recibir mi carta. Le costó mucho trabajo hablar con ella a solas, porque, por razones obvias, no quiso referirse a mí delante del señor con el que vive, o por lo menos con quien anda y se la suele ver, un ente que tenía mala fama y peor aspecto, alguien al que bastaba ver para sentir escalofríos y decirse: “A este sujeto no quisiera tenerlo yo como enemigo”.

Pero, al final, ayudado por la abogada, había conseguido hacer un aparte con Lali y transmitirle mi encargo. Ella le dijo que, como su amante era celoso, mejor que yo no le escribiera directamente a ella. Pero, si yo quería hacerle llegar unas líneas a través de Nicolás, estaría encantada de recibir noticias mías. Nicolás añadió: “Necesito decirte que estoy encantado de ser tu violinista o tu celestino. Lo haré tomando todas las precauciones del mundo, para que tus cartas no lleguen nunca a manos de ese que anda con Lali. Hablando en serio, Peter, ella es el amor de tu vida, o me equivoco?”.

Con quién andaba enredada ahora la peruanita? Un japonés, sin la menor duda. Lo habría conocido en los viajes que hacía al Oriente acompañando a Mr. Richardson. Según Nico, él asustaba. Se refería solo a su físico cuando decía que había en él algo que asustaba? A sus antecedentes? Un hombre con poder y dinero, por supuesto, elementos indispensables para conquistarla. Me carcomían los celos y, al mismo tiempo, se había adueñado de mí un curioso sentimiento en el que se mezclaban la envidia, la curiosidad y la admiración. Lali nunca dejaría de sorprenderme con sus indescriptibles audacias.

Veinte veces me dije que no debía ser tan idiota de escribirle, de tratar de reanudar con ella alguna forma de relación, porque saldría maltratado como siempre. Pero, antes de un par de días de leer la carta de Nico, le escribí unas líneas y comencé a maquinar la manera de dar un salto a su país. Mi carta era totalmente hipócrita, pues no quería meterla en aprietos. Me alegraba mucho haber tenido noticias de ella por nuestro amigo en común, saber que le iba tan bien y que estaba contenta en Tokio. Le contraba de mi vida en París, la rutina de trabajo que me llevaba a veces a otras ciudades europeas, y le anunciaba, que, vaya casualidad, en un futuro no lejano viajaría a Tokio, contratado como intérprete en una conferencia internacional. Esperaba verla, para recordar viejos tiempos. Como no sabía qué nombre utilizaba ahora, me limité a encabezar la carta así: “Querida peruanita”. Despaché la carta a la dirección de Nicolás, con unas líneas en que agradecía a éste sus gestiones, le confesaba mi envidia por saber que estaba feliz y enamorado, y le rogaba que si sabía de alguna conferencia o congreso que necesitara buenos intérpretes que hablaran español, francés, inglés y ruso me avisara, porque de pronto me habían invadido unas ganas de conocer Tokio.

Mis averiguaciones a ver si conseguía algún trabajo que me llevara a Japón no tuvieron éxito. No saber japonés me excluía de muchas conferencias locales y no había por el momento en Tokio reuniones de algún organismo de la ONU donde solo se exigieron los idiomas oficiales de las Naciones Unidas. Ir por mi cuenta, como turista, costaba un ojo de la cara – muy caro. Hasta que, recibí un llamado de mi antiguo jefe de la Unesco – ya se había retirado – me había conseguido una conferencia en Seúl, de cinco días. Ya tenía, pues, el pasaje de ida y vuelta. De Corea sería más barato darme un salto a Tokio. En esos días afiebrados, en los que me pasé de un lado a otro con las gestiones del viaje, el teléfono me despertó una madrugada:

- Todavía estás enamorado de mí?

Su misma voz, el mismo tonito burlón y risueño. Y, en el fondo, aquel deje del habla limeña que nunca había perdido del todo.

- Debo estarlo, niña mala. Si no, no se explica que, desde que supe que estás en Tokio, toqué todas las puertas para conseguir un contrato que me lleve allá aunque sea por un día. He conseguido uno, por fin, para Seúl. Iré dentro de un par de semanas. De ahí me daré un salto a Tokio, a verte. Aunque me mate a balazos ese jefe con el que andas, según me han dicho mis espías. Son, ésos síntomas de que estoy enamorado?

- Sí, creo que sí. Menos mal, niño bueno. Creía que, después de tanto tiempo, te habrías olvidado de mí. Eso te dijo tu amigo? Que estoy con un jefe de la mafia? – se echó a reír; pero, casi de inmediato, cambió de tema y me habló con una manerita cariñosa – me alegro de que vengas. Aunque, no nos veamos mucho, siempre me estoy acordando de ti. Te digo por qué? Porque eres el único amigo que me queda

- Yo no soy ni seré nunca tu amigo. No te has dado cuenta todavía? Soy tu amante, tu enamorado, la persona que desde chiquito está loco por la chilenita, la guerrillera, la esposa del funcionario, la del criador de caballos, la amante del mafioso. El pichiruchi que solo vive para desearte y pensar en ti. En Tokio no quiero que recordemos nada. Quiero tenerte en mis brazos, besarte, olerte, morderte, hacerte el amor – se volvió a reír, ahora con más ganas

- Todavía haces el amor? – me preguntó – bueno, menos mal. Nadie ma había vuelto a decir esas cosas desde la última vez que nos vimos. Me vas a decir muchas cuando vengas, Peter? Anda, dime otra.

- Las noches de luna llena salgo a ladrar al cielo y entonces veo tu carita retratada allá arriba. Ahora mismo, daría los diez años de mi vida que me quedan por verme reflejado en el fondo de tus ojos color oscuro – se estaba riendo, divertida, pero de pronto me interrumpió, asustada

- Tengo que cortar

Oí el clic del aparato. Ya no pude cerrar los ojos, presa de una mezcla de alegría e inquietud que me tuvieron desvelado hasta las siete de la mañana, hora en que me levantaba a prepararme el desayuno. Las dos semanas que faltaban para mi viaje a Seúl las pasé dedicado a cosas que, supongo, hacían esos ilusionados novios del pasado en los días que precedían a la boda, en la que los dos iban a perder la virginidad: comprarme ropa, zapatos, cortarme el pelo, recorrer boutiques y tiendas de señoras para elegir un regalo discreto y a la vez original, delicado, que le dijera esas cosas tiernas y bonitas que yo ansiaba decirle al oído. Todas las horas que dediqué a buscarle el regalo me decía que yo era todavía más imbécil de lo que había sido nunca antes y que merecía ser aún más maltratado. Al final, después de tanto buscar, terminé comprando una de las primeras cosas que vi y que me gustaron: un neceser con una colección de frasquitos de cristal para perfumes, cremas y lápices de labios, y una agenda y un lápiz.

La conferencia de Seúl fue agotadora. El día que llegué a Tokio, al comienzo de la tarde, caí rendido de sueño. Dormí cuatro o cinco horas de corrido y a la noche, después de una larga ducha fría para despertar, salí a cenar con Nico y su amor japonés. Hacía bromas, multiplicaba los gestos de atención a su amiga y con cualquier pretexto la besaba en las mejillas o la boca y le pasaba el brazo por la cintura, algo que a ella parecía incomodarle. A lo largo de toda la noche se acentuó mi imprensión de que la relación entre él y ella estaba lejos de funcionar tan bien como aseguraba Nico en sus cartas. Pero, me decía, ello se debe sin duda a que ella, no se acostumbra todavía a la manera expansiva, mediterránea, de Nicolás de exhibir ante el mundo la pasión que ha despertado en él. Ya se habituará.

Ella tomó la iniciativa de hablar de la niña mala. Lo hizo a la mitad de la cena y de la manera más natural del mundo, preguntándome si quería que la llamara para avisarle de mi llegada. Le rogué que lo hiciera y que le diera el número de mi hotel. Mejor eso que telefonearla yo mismo, teniendo en cuenta que el caballero con el que vivía era, por lo visto, un asesino japonés.

- Eso te ha contado este señor? – se rió – vaya tontería. El señor Fukuda es un hombre un poco raro, se dice que anda metido en negocios no muy claros, en África. Pero nunca he oído que se trate de un delicuente, ni nada parecido. Es muy celoso, eso sí. Por lo menos, es lo que dice Kuriko

- Kuriko?

- La niña mala

Lo dijo en español y se celebró ella misma su pequeña proeza lingüística, aplaudiendo. O sea que ahora se llamaba Kuriko. Esa noche al despedirnos, Nico se las arregló para hablar brevemente conmigo

- Qué te parece?

- Muy linda. Tenías toda la razón del mundo. Es un encanto

- Y eso que solo la estás viendo vestida – me guiñó el ojo y se golpeó el pecho – tenemos que hablar largo. Te asombrarás con los planes que tengo. Mañana te llamaré. Duerme, sueña y resucita

Pero quien me llamó, temprano, fue la niña mala. Me dio una hora para afeitarme, bañarme y vestirme. Cuando bajé, ya estaba esperándome, sentada en uno de los sillones de la recepción. Llevaba un impermeable claro, y debajo, una blusa color ladrillo y una falda marrón. Se le veían las rodillas, redondas y pulidas. Estaba más delgada que en mi recuerdo y con los ojos algo cansados. Pero nadie en el mundo hubiera creído que tenía ya más de cuarenta años. Se le alegró la cara cuando me vio y se puso de pie para que la abrazara. La besé en las mejillas y no me apartó sus labios cuando se los rocé con los míos.

- Te quiero mucho – balbuceé – gracias por seguir tan joven y tan linda, chilenita

- Ven, vamos a tomar el bus – me dijo, cogiéndome del brazo – conozco un sitio bonito, para conversar. Es un parque al que va todo Tokio a hacer picnic y a emborracharse. Allí podrás decirme algunas huachaferías

Prendida de mi brazo me llevó hasta un paradero, a dos o tres cuadras del hotel, donde subimos a un bus. Le entregué el neceser que le había traído y lo recibió sin excesivo entusiasmo. Me examinaba, entre divetida y curiosa.

- Te has vuelto una japonesita. En tu manera de vestirte, incluso en tus rasgos, en tus movimientos, hasta en el color de la piel. Desde cuando te llamas Kuriko?

- Así me han puesto mis amistades, no sé a quién se le ocurrió. Será que tengo algo de oriental. Tú me lo dijiste una vez en París, no te acuerdas?

- Claro que me acuerdo. Sabes que tenía miedo de que te hubieras puesto fea?

- En cambio, tú te has llenado de canas. Y de algunas arruguitas, aquí, debajo de los párpados – me apretó el brazo y los ojos se le llenaron de malicia. Bajó la voz – te gustaría que fuera tu geisha, niño bueno?

- Sí, también. Pero, sobre todo, mi mujer. He venido a Tokio a ofrecerte matrimonio por enésima vez. Esta vez te convenceré, te lo advierto. Y, a propósito, desde cuando andas en bus tú? Tu novio no te puede poner un auto con chofer y guardaespaldas?

- Aunque pudiera, no lo haría. Sería ostentación, lo que más odian los japoneses. Aquí está mal visto diferenciarse de los demás, en lo que sea. Por eso, los ricos se disfrazan de pobres y los pobres de ricos.

Bajamos en un parque lleno de gente, oficinistas que aprovechaban el descanso del mediodía para comer unos sándwiches y tomar unos refrescos bajo los árboles, rodeados de césped y estanques con peces de colores. Lali me llevó a un salón de té, en una esquina del parque. Había unas mesitas con cómodos sillones, entre biombos que guardaban una cierta privacidad. Apenas nos sentamos le besé las manos, la boca, los ojos. Estuve observándola largamente, respirándola.

- Paso el examen, Petercito?

- Con sobresaliente. Pero, te veo algo cansada, japonesita. La emoción de verme, después de cuatro años de tenerme completamente abandonado?

- Y la tensión en la que vivo, también – añadió, muy seria

- Qué maldades haces para vivir tan tensa? – se quedó mirándome, sin responderme, y me pasó la mano por los cabellos, en ese cariño medio amoroso y medio maternal que acostumbraba

- Cuántas canas te han salido – repitió, examinándome – yo te saqué algunas, no? Pronto tendré que decirte viejo bueno en ves de niño bueno
- Estás enamorada del tal Fukuda? Tenía la esperanza de que estuvieras con él solo por interés. Quién es? Por qué tiene tan mala fama? Qué hace?

- Muchas preguntas a la vez, Peter. Dime primero alguna de esas cosas de las telenovelas. Nadie me las dice, hace años

- No he perdido las esperanzas, japonesita. Voy a insistir y a insistir hasta que te vengas a vivir conmigo - le hablé bajito, mirándola a los ojos y besándole de tanto en tanto la mano que tenía entre las mías - a París, y, si no te gusta, donde tú quieras. Como intérprete puedo trabajar en cualquier parte del mundo. Te juro que te haré feliz, japonesita. Ya han pasado muchos años para que te quepa la menor duda: te amo tanto que haré cualquier cosa para retenerte a mi lado, cuando estemos juntos. Te gustan los gángsters? Me haré asaltante, secuestrador, estafador, narco, lo que quieras. Cuatro años sin saber de ti y, ahora, apenas puedo hablar, apenas pensar, de lo conmovido que estoy al sentirte tan cerca.

- No está mal – se rió y adelantó la cara y me dio un beso rápido en los labios. Pidió té y unas pastas en un japonés que la camarera le hizo repetir un par de veces. Después que trajeron lo pedido, y de servirme una taza, tardíamente respondió a mi pregunta

- No sé si es amor lo que siento por Fukuda. Pero, nunca en mi vida he dependido tanto de nadie como dependo de él. La verdad es que puede hacer conmigo lo que quiera

No lo decía con la alegría ni la euforia de alguien, como Nico, que ha descubierto el amor-pasión. Más bien, alarmada, sorprendida de que le ocurriera algo así a una persona como ella que se creía más allá de esas flaquezas. En sus ojos oscuros había algo angustioso.

- Bueno, si puede hacer contigo lo que quiera, es que te has enamorado, por fin. Espero que el tal Fukuda te haga sufrir como me haces sufrir tú a mí desde hace tantos años, mujer glacial – sentí que me cogía la mano y la acariciaba

- No es amor, te lo juro. No sé qué es, pero esto no puede ser amor. Una enfermedad, un vicio, más bien. Eso es Fukuda para mí

La historia que me contó era tal vez cierta, aunque seguramente dejó muchas cosas en la sombra, y disimuló, suavizó y embelleció otras. Me era difícil creerle ya nada de lo que me decía, porque desde que la conocí me había contado siempre más mentiras que verdades. Como me imaginé, había conocido a Fukuda años atrás, en uno de los viajes que hizo a Oriente con David Richardson, quien, en efecto, tenía negocios con el japonés. Este le había dicho a Lali alguna vez que era una lástima que una mujer como ella, de tanto carácter, se contentara con ser Mrs.Richardson, porque en el mundo de los negocios podría haber hecho una gran carrera. Cuando sintió que el mundo se le venía abajo porque su ex marido había descubierto su matrimonio con Arnoux, llamó a Fukuda, le contó lo que le ocurría y le propuso trabajar a sus órdenes, en lo que fuera. El japonés le mandó un pasaje de avión de Londres a Tokio.

- Cuando me llamaste del aeropuerto de París para despedirte venías a reunirte con él? – asintió

- Sí, pero en realidad te llamé desde el aeropuerto de Londres

La misma noche que llegó a Japón, Fukuda la hizo su amante. Pero no la llevó a vivir con él hasta un par de años después. Hasta entonces vivió sola, en una pensión, en un cuarto minúsculo, con un baño y una cocina pequeña. Si no hubiera viajado tanto, haciendo los mandados de Fukuda, se habría vuelto loca de claustrofobia y de soledad. Era la amante, pero una entre varias. Él nunca le ocultó que se acostaba con distintas mujeres. La llevaba a veces a pasar la noche con él, pero luego podían transcurrir semanas sin que la invitara a su casa. En qué consistían los mandados del señor Fukuda? Contrabandear drogas, diamantes, cuadros, armas, dinero? Muchas veces, ella ni siquiera lo sabía. Llevaba y traía lo que él le preparaba, en maletas, paquetes, bolsas o carteras, y hasta ahora, siempre había pasado las aduanas, las fronteras y los policías sin mucho problema. A los dos años de trabajar con él, Fukuda, satisfecho con sus servicios, la premió con un ascenso: “Mereces venir a vivir bajo mi mismo techo”.

- Vas a terminar acuchillada, asesinada, encerrada años de años en una horrible cárcel. Te has vuelto loca? Si me estás contanto la verdad, lo que haces es una estupidez. Cuando te agarren contrabandeando drogas o algo peor, crees que este mafioso se va a ocupar de ti?

- Ya sé que no, él mismo me lo ha advertido – me interrumpió – por lo menos, es muy franco conmigo

- Cuánto te debe querer, ya se ve

- A mi él no me quiere. Ni a mí, ni a nadie. Es como yo, en eso. Pero, tiene más carácter y es más fuerte que yo

Había pasado más de una hora desde que estábamos ahí y comenzaba a oscurecer. Yo no sabía qué decirle. Me sentía desmoralizado. Era la primera vez que me parecía totalmente entregada en cuerpo y alma a un hombre. Ahora sí, estaba clarísimo: la niña mala nunca sería tuya, pichiruchi.

- Has puesto una carita triste – me sonrió – te apena lo que te conté? Eres la única persona a la que hubiera podido contárselo. Y, además, necesitaba decírserlo a alguien. Pero, tal vez, he hecho mal. Me perdonas si te doy un beso?

- Me apena que, por primera vez en tu vida, ames de verdad a alguien y que no sea yo

- No, no, no es amor – repitió, moviendo la cabeza – es más complicado, una enfermedad más bien, ya te he dicho. Me hace sentirme viva, útil, activa. Pero no feliz. Es como una posesión. No te rías, no bromeo, a veces siento que estoy poseída por Fukuda.

- Si le tienes tanto miedo, me imagino que no te atreverás a hacer el amor conmigo. Y yo que vine especialmente a Tokio a pedirte que me lleves contigo – había estado muy seria mientras me contaba su vida con Fukuda pero, ahora, abriendo mucho los ojos, soltó una carcajada – te atreverías niña mala? – miró su reloj y estuvo unos momentos pensativa, calculando. De pronto pidió a la camarera que nos llamara un taxi

- No tengo mucho tiempo. Pero me da no sé que verte con esa cara de perrito maltratado. Vamos, aunque me arriesgo mucho haciendo esto

Fuimos al Cháteau Meguru, una casa de citas que funcionaba en un edificio, lleno de pasillos y escaleras oscuras que conducían a unos cuartos equipados con saunas, jacuzzis, camas con colchones de agua, espejos en las paredes y en el techo, y aparatos de radio y de televisión. Cuando la empecé a desnudar, y vi y toqué su piel suave, y olí su aroma, pese a mis esfuerzos por contenerme, la angustia que me cerraba el pecho desde que me contó su rendición incondicional a Fukuda, me venció. Rompí en llanto. Ella me dejó llorar un buen rato, sin decir nada. Sobreponiéndome, balbuceé unas disculpas, y sentí que me volvía a acariciar los cabellos.

- Aquí no hemos venido a ponernos tristes – me dijo – hazme cariños y dime que me quieres

Cuando estuvimos los dos desnudos vi que se había adelgazado mucho. En el pecho y en la espalda se le distinguían las costillas y la pequeña cicatriz de su vientre se había alargado. La besé despacio, mucho rato, por todo el cuerpo, susurrándole palabras de amor. No me importaba nada. Ni siquiera que estuviera hechizada por ese japonés. Me aterraba que, por las tareas en que éste la había metido, terminara muerta a balazos o en una cárcel africana. Pero yo movería cielo y tierra para rescatarla. Porque, para qué negarlo, la amaba cada día más. Y la amaría siempre, aunque me engañara con mil fukudas, porque ella era la mujercita más delicada y más bella de la creación: mi reina, mi princesita, mi torturadora, mi mentirosita, mi japonesita, mi único amor.

- Lo que me gusta, niño bueno – me ordenó, abriendo las piernas y atrayendo mi cabeza hacia su sexo

- No pienso regresar a París – ya habíamos terminado, ella se había levantado. Estaba desnuda, de espaldas, yendo en puntas de pie hacia el baño – me quedaré a vivir en Tokio y, si no puedo matar a Fukuda, me contentaré con ser tu perro, así como tú eres la perra de ese gángster

- Guau, guau – ladró
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Miér Oct 05, 2011 4:49 pm

Tebia que ser un genio nuestro premio nobel no Mais? Me encanta la novee, en especial con ellos!! Espero mas!
Besos
Angie
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Mais020291
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Jue Oct 06, 2011 6:02 pm

VI. Tokio

Al regresar a mi hotel, luego de mi “cita” con la niña mala, tenía un mensaje de Mitsuko, la novia de Nico. Quería verme a solas, para un asunto urgente. La llamé apenas me levanté y me pidió que nos tomáramos un café a media mañana, porque tenía que comunicarme algo importante. Apenas había colgado cuando sonó el teléfono. Era Lali. Le había contado a Fukuda que un viejo amigo peruano estaba en Tokio y él me invitaba esta noche, junto con Nico y su novia, a tomar una copa en su casa y luego a una cena-espectáculo, en el musical más popular. Había oído bien?

- Y, además, le he dicho que estos días te iba a llevar a hacer un poco de turismo. No me ha puesto ningún pero

- Qué generoso! – le contesté, indignado con lo que me acababa de contar – tú, pidiéndole permiso a un hombre! No te reconozco niña mala

- Me has hecho que me sonroje – susurró – creí que estarías feliz sabiendo que podremos vernos todos los días que estés en Tokio

- Estoy celoso. No te has dado cuenta? Antes, no me importaba, porque tus amantes o maridos tampoco te importaban a ti. Pero, este japonés sí te importa. No debiste decirme nunca que él puede hacer contigo lo que quiera. Ese puñal en el corazón me va a acompañar hasta la tumba – se rió, como si yo le hubiera dicho un chiste

- Ahora no tengo tiempo para tus huachaferías, niño bueno. Yo te voy a quitar los celos. Te he preparado un programa perfecto para todo el día. Ya vas a ver

Le pedí que me recogiera en la cafetería del hotel a mediodía y fui a la cita con Mitsuko. Cuando llegué, ella estaba ya ahí, fumando. Parecía muy nerviosa. Volvió a pedirme disculpas por su atrevimiento de llamarme, pero, me dijo, no tenía a quién dirigirse. Tal vez yo pudiera aconsejarla.

- Te refieres a tu relación con Nico? – le pregunté, sospechando lo que se venía

- Yo pensé que lo nuestro sería algo momentáneo. Una aventura agradable, pasajera, de esas que no comprometen. Pero Nico no lo entiende así. Quiere convertir esto en una relación para toda la vida. Se empeña en que nos casemos. Yo no volveré a casarme nunca. Ya pasé por un fracaso matrimonial y sé lo que es eso. La verdad, me está volviendo loca. No sé qué hacer para que esto termine de una vez. Como ustedes son tan amigos y él te estima tanto, pensé, en fin, espero que no te importe. Pensé que podrías ayudarme.

- Pero, en qué forma puedo ayudar?

- Hablándole, explicándola. Que yo no me voy a casar nunca con él. Que yo no quiero ni puedo continuar esta relación de la manera en que él quiere. Yo tengo muchas responsabilidades en la compañía y este asunto está afectando mi trabajo. A mí me ha costado mucho llegar a donde estoy.

- Lo siento mucho, pero no lo haré. Éste no es un asunto donde deban intervenir terceras personas, sino algo entre tú y él. Debes hablarle y cuanto antes. Porque Nico está muy enamorado de ti. Como no lo ha estado nunca antes de nadie. Y se hace muchas ilusiones. Él cree que tú lo quieres, también.

Le conté algo de lo que Nico me decía de ella en sus cartas. Cómo conocerla lo había hecho cambiar de manera de pensar sobre el amor.

- Yo la comprendo a esa chica – comentó, glacial – tu amigo puede ser, no sé cómo decirlo en inglés, abrumador, sofocante. A veces, cuando estamos juntos, me siento en una prisión. No me deja ningún espacio para ser yo misma, para respirar. Quiere tocarme todo el tiempo. A pesar de que le he explicado que aquí, en Japón, no se acostumbran esas expansiones en público. Entonces, crees que debo hablarle?

- No lo sé, no me hagas darte un consejo sobre algo tan personal. Yo lo único que quisiera es que mi amigo sufra lo menos posible. Y creo que, si no vas a seguir con él, si has decidido romper la relación, es preferible que lo hagas cuanto antes. Después, será peor.

Cuando se despidió, entre nuevas disculpas y cortesías, me sentí incómodo y desagrado. Hubiera preferido no haber tenido esa convesación, no enterarme de que mi amigo iba a ser brutalmente despertado del sueño en que estaba. Felizmente, no tuve que esperar mucho: Lali apareció en la entrada de la cafetería y fui a su encuentro, feliz de safar. Me bastó verla para que me sintiera mejor. Ella misma me alcanzó los labios para que la besara, cosa que no solía hacer, siempre era yo el que le buscaba la boca.

- Ven, vamos, te voy a llevar a los templos sintoístas, los más bonitos de Tokio. En todo hay animales; los consideran sagrados, encarnaciones. Y, mañana a los templos budistas, con sus jardines de arena y rocas, que los monjes rastrillan y cambian cada día. Preciosos, también.

Fue un día de intenso movimiento, subiendo y bajando de buses, del metro, a veces de taxis. Entré y salí de templos y de un enorme museo donde había huacos peruanos imitados. Pero, no creo haber puesto mayor atención en lo que veía, porque mis cinco sentidos estaban concentrados en Lali, que me tenía casi todo el tiempo de la mano y se mostraba raramente cariñosa. Me hacía bromas y coqueterías, y se reía, con los ojos brillantes, cada que me pedía al oído: “Ahora, otra huachafería, niño bueno”, y yo le daba gusto. A media tarde, nos sentamos en una mesa apartada de la cafetería del Museo de Antropología, a comer un sándwich.

- Cualquiera que no te conozca diría que estás enamorada de mí, niña mala. Creo que nunca, desde que te conocí en Miraflores, de chilenita, has estado así de cariñosa

- A lo mejor me he enamorado de ti, y no me acabo de dar cuenta – me dijo, pasándome la mano por los cabellos y acercándome la cara, para que viera lo irónico e insolentes que eran sus ojos – qué harías si te dijera que lo estoy y que nos podemos ir a vivir juntos?

- Me daría un infarto y me quedaría tieso aquí mismo. Lo estás?

- Estoy contenta, porque podemos vernos todos los días que pases en Tokio. Tenía esa preocupación, cómo hacer para verte a diario. Por eso me atreví a contárselo a Fukuda. Y ya ves qué bien salió

- El mafioso te dio permiso para que muestres a tu compatriota los encantos de Tokio. Odio a tu maldito jefe. Hubiera preferido no conocerlo, no verlo nunca. Esta noche voy a pasar un mal rato horrible viéndote con él. Te puedo pedir un favor? No lo toques, no lo beses, delante de mí – se echó a reír y me tapó la boca con la mano

- Calla, tonto, él no haría nunca esas cosas, ni conmigo ni con nadie. Ningún japonés las haría. Aquí hay una diferencia tan grande entre lo que se hace en público y en privado que las cosas más naturales para nosotros, a ellos les chocan. Él no es como tú. Fukuda, a mí, me trata como a su empleada. A veces, como a su puta. En cambio, tú, la verdad es la verdad, me has tratado siempre como a una princesa.

- Ahora, eres tú la que dice huachaferías – le cogí la cara con las manos y la besé - tampoco debiste decirme que ese japonés te trata como a su puta – le susurré al oído – no ves que es cómo si me despellejaras vivo?

- No te lo he dicho. Olvidémoslo, borrémoslo

Fukuda vivía en un barrio alejado del centro, una zona residencial donde alternaban edificios de seis, ocho pisos, muy modernos, con casitas tradicionales, de techos de tejas y jardines minúsculos, que parecían a punto de ser aplastadas por sus altísimos vecinos. Mitsuko y Nico ya estaban allí con copas de champagne en las manos. La niña mala llevaba un vestido largo, color mostaza, que le dejaba los hombros descu¬biertos, y una cadenita de oro en el cuello. Estaba maqui-llada como para una fiesta y sus cabellos recogidos en dos bandas. El peinado, que no le había visto antes, acentua¬ba su apariencia oriental. Se la hubiera podido tomar por una japonesa, ahora más que nunca. Me besó en la mejilla y le dijo en español al señor Fukuda:

- Éste es Juan Pedro Lanzani, el amigo del que te hablé

Fukuda hizo la venia de saludo japonesa. Y, me saludó alargándome la mano, en un español bastante comprensible. Algo que me sorprendió. Me alcanzó una copa de champagne y me señaló un asiento, al lado de Lali. Era un hombre bajito, casi esquelético. Llevaba unos anteojos os¬curos, de cristales redondos y montura de metal, que no se quitó en toda la noche, lo que aumentaba el malestar que me producía su persona, pues no sabía si sus ojos me estaban observando o no. Me sentía tan tenso e incómo¬do que, contra mi costumbre, esa noche bebí en exceso. Cuando el señor Fukuda se puso en pie, indican¬do de este modo que debíamos partir, yo llevaba tres co¬pas de champagne en el cuerpo y me había comenzado a dar vueltas la cabeza.

Había dos taxis esperando en la puerta del edifi¬cio para ir hacia el teatro, lugar donde nos invitó también Fukuda. A mí me tocó ir solo con Lali, porque así lo indicó, con un simple gesto imperativo, el señor Fukuda, quien se metió en el otro taxi con Nico y Mitsuko. Ape¬nas partimos sentí que la niña mala me cogía la mano y se la llevaba a las piernas, para que yo la tocara.

- No es acaso tan celoso? Cómo te deja venir sola conmigo?

- No pongas esa cara, tontito. Ya no me quieres, entonces?

- Te odio - le dije - nunca he sentido tantos celos como ahora. O sea que ese es el gran amor de tu vida?

- Deja de decir tonterías y, más bien, bésame.

Me echó los brazos al cuello, me ofreció su boca y sentí la puntita de su lengua enredándose en la mía. Me dejó besarla largamente, y ella respondía a mis besos con alegría.

- Te quiero, maldita sea, te quiero, te amo - le imploré, en el oído - vente conmigo, japonesita, ven, te juro que seremos muy felices.
- Cuidado, ya estamos llegando - se apartó de mí, sacó un kleenex de su cartera y se retocó la boca - limpíate los labios, te he dejado un poco de rouge.

El teatro restaurante era un music hall de gigan¬tesco escenario con mesas y mesitas escalonadas en una rampa que se abría como un abanico, bajo unos cande¬labros inmensos que arrojaban una luz potente sobre el enorme local. La mesa reservada por Fukuda estaba bas¬tante cerca del escenario y desde ella se tenía una perspec¬tiva magnífica. El espectáculo comenzó casi inmediatamen¬te después de nuestra llegada. Rememoraba los grandes éxitos de Broadway. Me gustó mucho la cena, sobre todo porque Lali no dejó de pasar su pie descalzo, por debajo de la mesa, sobre mi pierna. Estuvo al tanto de mí, tratando de apaciguar mis celos. A la salida, había otra vez dos taxis esperando y, como al venir, el señor Fukuda decidió que yo subiera solo con Lali a uno de ellos. El odiado japonés empezaba a caerme simpático con los privilegios que me concedía.

- Por lo menos, déjame llevarme el zapatito del pie con el que has estado tocándome toda la noche. Me acostaré con él, ya que no puedo hacerlo contigo. Y lo guardaré junto con la escobillita de Guerlain.

Pero, ante mi sorpresa, cuando llegamos al edifi¬cio de Fukuda, Lali, en lugar de despedirme, me cogió de la mano y me invitó a subir con ella a tomar en su departamento un trago. En el ascensor la besé, con desesperación. Le dije mientras la besaba que nunca le perdonaría que estuviera tan bella precisamente esta no¬che.

- Sigue, sigue con tus huachaferías, huachafito - se la veía halagada, risueña, muy dueña de sí misma.

Fukuda no estaba en la sala, “Voy a ver si ha llegado”, murmuró ella después de servirme un vaso de whisky en las rocas. Regresó al momento, con la cara encendida en una expresión provocadora.

- No ha venido. Te ganaste, niño bueno, eso sig¬nifica que no vendrá. Va a pasar la noche afuera.

No parecía muy apenada de que su enfermedad, su vicio, la hubiera abandonado. Por el contrario, la noti¬cia parecía alegrarla. Me explicó que Fukuda se desapa¬recía así, de pronto, luego de una cena o de un cine, sin decirle nada. Y que al día siguiente, al volver, no le daba la menor explicación.

- Quieres decir que se irá a pasar la noche con otra? Teniendo a la mujer más bella del mundo en su ca¬sa, el imbécil es capaz de irse a pasar la noche con otra?

- No todos los hombres tienen tan buen gusto como tú - dijo, dejándose caer sentada en mis ro¬dillas y echándome los brazos al cuello.

Mientras la abrazaba y la acariciaba y la besaba en el cuello, en los hombros, en las orejas, me decía que no podía ser posible que la suerte, o los dioses, o lo que fuera, hubieran sido tan generosos conmigo, concediéndome tanta felicidad.

- Estás segura que no va a volver? - le pregunté en un momento, en un sobresalto de lucidez.

- No, yo lo conozco, si no ha venido es que va a pasar la noche afuera. Por qué, Petercito? Tienes miedo?

- No, miedo no. Si hoy me pides que lo mate, lo mataré. Nunca he estado tan feliz en la vida, japonesita. Y tú no has estado nunca tan linda como esta noche.
- Ven, ven.

La seguí, resistiendo el vértigo. Los objetos de la sala se movían a mí alrededor, en cámara lenta. Me sentía tan feliz que, al pasar junto al gran ventanal desde el que se divisaba la ciudad, pensé que si corría uno de los crista¬les y me lanzaba al vacío flotaría como una pluma sobre aquel interminable manto de luces. Una ha¬bitación en penumbra, alfombrada, en la que tropecé y caí sobre una cama grande, con muchas almohadas. Sin que yo se lo pidiera, Lali había empezado a desnu¬darse. Y una vez que terminó me ayudó a hacerlo a mí.

- Qué esperas, tontito?

- Estás segura que no va a volver?

En vez de responderme, juntó su cuerpo al mío, se enroscó en mí y, buscándome la boca, me la llenó con su saliva. Nunca me había sentido tan excitado, tan conmovi¬do, tan dichoso. Estaba ocurriendo realmente todo esto? La niña mala jamás había sido tan ardiente, tan entusiasta, ja¬más había tomado tantas iniciativas en la cama. Siempre ha¬bía adoptado una actitud pasiva, casi indiferente, en la que parecía resignarse a ser besada, acariciada y amada, sin poner nada de su parte. Ahora, era ella la que me besaba y mordis¬queaba por todo el cuerpo y respondía a mis caricias con prontitud y una resolución que me maravillaba. “No quie¬res que te haga lo que te gusta?”, le murmuré. “Primero yo a ti”, me contestó, empujándome para que me tendiera de espaldas y abriera las piernas. Entonces, en uno de esos segundos o minutos de suspenso milagroso, cuando sentía que mi ser entero estaba en el máximo placer, vi a Fukuda.

Estaba medio cubierto por las sombras, junto a un gran aparato de televisión, como segregado por la oscuri¬dad de ese rincón del dormitorio, a dos o tres metros a lo más de la cama donde Lali y yo hacíamos el amor, sen¬tado en una silla o banquito, inmóvil y mudo como una esfinge, con sus eternos anteojos oscuros de gángster de película y con las dos manos en la bragueta.

Cogiendo a Lali de los cabellos, le dije al oído, en voz muy bajita, estúpi¬damente: “Pero, ahí está, ahí está Fukuda”. En vez de saltar de la cama, poner cara de espanto, echar a correr, alocarse, gritar, después de un segundo de vacilación en que comen¬zó a volver la cabeza hacia el rincón pero se arrepintió, la vi hacer lo único que nunca hubiera sospechado, ni querido, que hiciera: rodearme con los brazos y, adhiriéndose a mí con todas sus fuerzas para clavarme en esa cama, buscarme la boca y mordiéndome y decirme, desesperada, de prisa, con angustia:

- Y qué te importa que esté o no esté, tontito? No estás gozando, no te estoy haciendo gozar? No lo mires, olvídate de él.

Paralizado por el asombro, entendí todo: Fukuda no nos había sorprendido, estaba allí en complicidad con la niña mala, gozando de un espectáculo preparado por los dos. Yo había caído en una emboscada. Las sorpren¬dentes cosas que habían venido ocurriendo se aclaraban, habían sido cuidadosamente planeadas por el japonés y ejecutadas por ella, sumisa a las órdenes y deseos de aquél. Entendí la razón de lo efusiva que había sido conmigo Lali estos dos días, y, sobre todo, esta noche. No lo había hecho por mí, ni por ella, sino por él. Para complacer a su amo. Para que gozara su señor. El corazón me latía como si me fuera a reventar y apenas podía respirar. La aparté de un empujón y me incorporé a medias, retenido por ella, gritando:

- Te voy a matar, hijo de puta! Maldito!

Pero Fukuda ya no estaba en ese rincón, ni en el cuarto, y la niña mala, ahora, había cambiado de humor y me insultaba, la voz y la cara descompuestas por la rabia:

- Qué te pasa, idiota! Por qué haces ese escánda¬lo! - me golpeaba en la cara, en el pecho, donde podía, con las dos manos - no seas ridículo. Siempre has sido y serás un pobre diablo, qué otra cosa se podía esperar de ti, pichiruchi.

En la media oscuridad, a la vez que trataba de apar¬tarla, yo buscaba mi ropa en el suelo. No sé cómo la en¬contré, ni cómo me vestí y me calcé, ni cuánto duró esta escena. Lali había dejado de golpearme pero, sentada en la cama, chillaba, histérica, intercalando sollo¬zos y agravios:

- Te creías que iba a hacer esto por ti, muerto de hambre, fracasado, imbécil? Pero, quién eres tú, quién te has creído tú. Ah, te morirías si supieras cuánto te despre¬cio, cuánto te odio, cobarde.

Por fin, terminé de vestirme y casi corriendo salí. Abajo, en la puerta del edificio, temblando de frío y de cólera, tuve que esperar largo rato el taxi que me lla¬mó el portero. En mi cuarto de hotel, me tendí sobre la cama, ves¬tido. Me sentía fatigado, dolido y ofendido, y no tenía áni¬mo ni para quitarme la ropa. Estuve horas con la mente en blanco, desvelado, sintiéndome una porquería humana impregnada de estúpida inocencia, de ingenua imbecili¬dad. Todo el tiempo, me repetía: “Es tu culpa, Peter. La conocías. Sabías de lo que era capaz. Nunca te quiso, siempre te despreció. De qué lloras, pichiruchi. De qué te quejas, de qué te lamentas, huevón, co¬judo, imbécil. Eso eres, todo lo que ella te ha dicho y más. Quién te mandó enamorarte de ella? Tú tienes la culpa de todo y nadie más, Peter”.

Cuando amaneció me afeité, me bañé, pre¬paré mi maleta y llamé a Japan Air Lines, para adelantar mi regreso a París, que tenía obligatoriamente que hacer vía Corea. Conseguí sitio en el avión del mediodía a Seúl, de modo que tenía tiempo justo para llegar al aeropuerto de Narita. Llamé a Nico para despedirme, explicándole que debía regresar de urgencia a París, por un buen con¬trato de trabajo que acababan de ofrecerme. Él insistió en acompañarme a pesar de que hice todo lo que pude para disuadirlo. Cuando estaba en la recepción, pagando la cuen¬ta, me llamaron por teléfono. Apenas escuché en el auri¬cular la voz de la niña mala, colgué. Salí a la calle a esperar a Nico. Tomamos un bus, que iba recogiendo a pasajeros de distintos hoteles, de mo¬do que tardamos más de una hora en llegar a Narita. En el trayecto, mi amigo me preguntó si había tenido algún pro¬blema con Lali o con Fukuda, y yo le aseguré que no, que mi partida se debía a ese contrato exce¬lente que me habían propuesto. No me creyó pero no insistió.

Llegué dos días después a París, hecho una ruina física y moral. No había pegado los ojos ni probado bocado en las últimas cuarenta y ocho horas. Pero llegué, también decidido a no dejarme abatir del todo, a vencer la depre¬sión. Conocía la receta. Aquello se cura¬ba trabajando y ocupando el tiempo libre en quehaceres absorbentes, si no podían ser creativos ni útiles. Esta activi¬dad incesante me sacó, poco a poco, del bajón emo¬cional que me causó el viaje a Tokio. Pero no me quitó cierta tristeza íntima, cierta decepción profunda, que me acompañó mucho tiempo como un doble y que corroía como un ácido cualquier entusiasmo o interés que empeza¬ra a sentir por algo o por alguien. Y muchas noches tuve la misma sucia pesadilla en la que en un fondo espeso de sombras, veía la figurita de Fukuda, inmóvil en su banquito, inexpresivo como un Buda, masturbándose.

Luego de unos seis meses, al regresar a París de una de esas conferencias, me dieron en la Unesco una carta de Mitsuko. Nicolás se había quitado la vida tomando un frasco de somníferos en el pisito alquilado donde vivía. Su suicidio había sido una sorpresa para ella, porque, cuan¬do, a poco de partir yo de Tokio, Mitsuko, siguiendo mi consejo, se animó a hablarle, explicándole que no podían continuar juntos porque ella quería dedicarse a fondo a su profesión, Nico lo entendió muy bien. Se mostró muy comprensivo y no hizo ninguna escena. Habían manteni¬do una amistad distante; se veían de vez en cuando en un salón de té o un restaurante y hablaban con frecuencia por teléfo¬no. Nico le hizo saber que, terminado su contrato con la Mitsubishi, no pensaba renovarlo; regresaría a París, donde tenía un buen amigo. Por eso, a ella y a todos los que lo conocían, los había desconcertado su decisión de acabar con su vida. No le contesté ni le di el pésame. Me limité a guardar su carta en el cajoncito del velador donde tenía el soldado de plomo que Nico me regaló el día que partió a Tokio y la escobillita de dien¬tes de Guerlain.


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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Mar Oct 11, 2011 4:36 pm

me colgue mucho y cuando entre al foro de repente me doy cuenta que habia cap!!!!
me encanto, espero mas pronto...
un beso
Ione
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Mar Oct 11, 2011 7:46 pm

VII. El niño sin voz

No había hecho amigos entre mis vecinos, pese a todos los años que llevaba ahí; hasta que Pablo y Rocío Martínez vinieron a vivir a mi edificio. Pablo, un físico belga, tra¬bajaba como investigador en el Instituto Pasteur, y Elena, venezolana, era médico pediatra en el Hospital Cochin. Eran joviales, simpáticos, curiosos, cultos, y, desde el día en que los conocí, en plena mudanza, y me ofrecí a echarles una mano y darles informaciones sobre el barrio, nos hicimos amigos. Tomábamos café después de la cena, nos prestábamos libros y revistas, y alguna vez íbamos al cine, que estaba cerca, o llevábamos a Matías, su hijo, al circo, al Louvre y a otros museos de París.

Matías había nacido en Vietnam y eso era lo único que sabían de él. Lo habían adoptado cuando el niño tenía cuatro o cinco años - ni siquiera sobre su edad tenían cer¬teza absoluta. El niño adoptado era mudo. Su mudez no se debía a deficiencias orgánicas - tenía las cuerdas vocales intactas - sino a algún trauma de infancia, acaso un bom¬bardeo o alguna otra escena terrible de esa guerra de Vietnam que hizo de él un huérfano. Lo habían visto especialis¬tas y todos coincidían en que, con el tiempo, recuperaría el uso de la palabra, pero que no valía la pena, por el mo¬mento, imponerle más tratamientos. Matías no era sordo. Tenía un oído fino y la música lo entretenía; seguía los compases con el pie y movimientos de las manos o la cabeza. Rocío y Pablo se dirigían a él de viva voz y él le contestaba por signos y gestos expresivos y, a veces, por escrito, en una pizarra que llevaba colgada del cuello.

Tres o cuatro veces por semana, después de hacer sus tareas, Matías se metía a mi casa a ver el pro¬grama que sus padres, o yo, le sugeríamos. Esa hora que pasaba en mi salita comedor, con los ojos prendidos en la pequeña pantalla, viendo dibujos animados o un programa de adivinanzas, parecía petrificado. Sus ges¬tos y expresiones delataban su total entrega a las imágenes. A veces, al terminar el programa, se quedaba todavía un rato conmigo y conversábamos. Es decir, él me hacía pre¬guntas sobre todas las cosas imaginables y yo le contesta¬ba, o le leía un poema o un cuento de su libro de lecturas o de mi propia biblioteca. A mi regreso de uno de esos viajes de trabajo, a Bruselas, Matías me mostró en su pizarrón este mensaje: “Cuan¬do estabas de viaje, te llamó la niña mala”. La frase estaba escrita en francés, pero niña mala en español.

Era la cuarta vez que me llamaba, en el par de años transcurridos desde aquel episodio de Japón. La primera fue a los tres o cuatro meses de mi partida de To¬kio, cuando todavía andaba luchando por recomponerme de aquella experiencia que había dejado en mi memoria una llaga que aún dolía a veces. Hacía una consulta en la biblioteca de la Unesco y la bibliotecaria me transfi¬rió una llamada de la sala de intérpretes. Antes de decir “Aló?”, reconocí su voz:

- Todavía estás enojado conmigo, niño bueno? - corté, sintiendo que me temblaba la mano.

Tuve que encerrarme en un baño de la Unesco a vomitar. El resto del día estuve aturdido por aquella lla¬mada. Pero había tomado la decisión de no volver a ver a la niña mala, ni hablar con ella, e iba a cumplir. Conseguía olvidarla sólo a medias. Entregado a mi trabajo, a las obligaciones que me impo¬nía, pasaba a veces semanas sin recordarla. Pero, de pronto, algo me la traía a la memoria y era como si una so¬litaria se aposentara en mis entrañas y comenzara a devorarme el entusiasmo, las energías. Su segunda llamada me sorprendió en el Hotel Sacher, de Viena, en la única aventura que tuve en esos dos años, con una compañera de trabajo en una conferencia de la Junta de Energía Atómica.

- Me vas a cortar otra vez, pichiruchi?

Retuve unos segundos el aparato, mientras malde¬cía mentalmente a la Unesco por haberle dado mi teléfo¬no en Viena, pero corté cuando ella, luego de una pausa, comenzó a decir: “Vaya, por lo menos esta vez,,,”.Desde aquella noche, no había vuelto a tener ninguna relación sexual, y, la verdad, el asunto no me preocupaba en abso¬luto. A mis cuarenta y siete años había llegado a la com¬probación de que un hombre podía llevar una vida per¬fectamente normal sin hacer el amor. Porque mi vida era bastante normal, aunque vacía. Trabajaba mucho y cum¬plía con mi trabajo, para llenar el tiempo y cobrar un sueldo, no porque me interesara, y hasta mis estudios de ruso y la casi infinita tra¬ducción resultó un quehacer mecánico, que sólo muy de cuando en cuando se volvía entretenido. Incluso el cine, los conciertos, la lectura, los discos, eran más maneras de ocupar el tiempo que actividades que me entusiasmaran, como antes. También por eso le guardaba rencor a Lali. Por su culpa, las ilusiones que hacen de la existencia algo más que una suma de rutinas, se me habían apagado. A ratos, me sentía un viejo.

Tal vez por ese estado de ánimo, la llegada de Pablo, Rocío y Matías fue salvadora. La amistad de mis vecinos inyec¬tó un poco de humanidad y emoción a mi gris existencia. La tercera llamada de la niña mala fue a mi casa de París, por lo menos un año después de la de Viena. Era el amanecer, las cuatro o cinco de la mañana, y los timbrazos del teléfono me sacaron del sueño, asusta¬do. Timbró tantas veces que, por fin, abrí los ojos y a tientas busqué el auricular:

- No me cortes - en su voz se mezclaban la sú¬plica y la cólera - necesito hablar contigo, Peter

Le corté y, por supuesto, ya no pude pegar los ojos el resto de la noche. Para qué insistía en llamarme, cada cierto tiempo? Porque, en su intensa vida yo debía de ser una de las pocas cosas estables, el idiota fiel y enamorado, siempre allí, esperando la llama¬da para hacerla sentir que era todavía lo que sin duda ya estaba dejando de ser, lo que pronto no sería más: joven, bella, amada, codiciable. O, tal vez, necesitaba algo de mí? No era imposible. De pronto había aparecido en su vida algún huequito que el pichiruchi podía llenar. Y con ese helado carácter suyo, no vacilaba en buscarme, convencida de que no había dolor, humillación, que ella, con su infini¬to poder sobre mis sentimientos, no fuera capaz de borrar en dos minutos de conversación. Conociéndola, era seguro que no daría su brazo a torcer; seguiría insistiendo, cada cierto número de meses, de años. No, esta vez te equivoca¬bas. No volvería a contestarte el teléfono, peruanita.

Ahora había llamado por cuarta vez. De dónde? Se lo pregunté a Rochi pero, para mi sorpresa, me repuso que ella no había respondido esa llamada ni ninguna otra durante mi viaje a Bruselas.

- Entonces, fue Pablo. No te ha dicho nada?

- Él ni siquiera pone los pies en tu piso, llega del Instituto cuando Matías ya está cenando.

- Entonces, Matías habló con la niña mala? - Rochi palideció ligeramente.

- No se lo preguntes - me dijo, bajando la voz. Estaba blanca como el papel - no le hagas la menor alu¬sión a ese recado que te dio.

Era posible que Matías hubiera hablado con Lali? Era posible que, cuando sus padres no estaban cerca ni podían verlo ni oírlo, el niño rompiera su mudez?

- No pensemos en eso, no hablemos de eso - re¬pitió Rochi, haciendo un esfuerzo por componer la voz y aparentar naturalidad - lo que tiene que ocurrir, ocurri¬rá. A su debido tiempo. Si tratamos de forzarlo, lo em-peoraríamos todo. Siempre he sabido que iba a ocurrir, que va a ocurrir. Cambiemos de tema, Pitt. Qué es eso de la niña mala? Quién es? Cuéntame de ella, más bien.

Estábamos tomando café en su casa, después de la cena, y hablando bajo para no distraer a Pablo, que, en el cuarto contiguo, revisaba un informe que debía presentar al día siguiente en un seminario. Hacía rato que Matías se había ido a dormir.

- Una vieja historia - le respondí - no se la he contado a nadie, nunca. Pero, mira, creo que a ti sí te la voy a contar. Para que te olvides de lo que ha ocurrido con Mati.

Y se la conté. De principio a fin, desde los ya leja¬nos días de mi niñez, cuando la llegada de Cande y Lali, las falsas chilenitas, alborotó las tranquilas calles de Miraflores, hasta aquella noche de amor apasionado, en Tokio - la más hermosa noche de amor de mi vida - que brusca¬mente se cortó con la visión, en las sombras de aquella ha¬bitación, del señor Fukuda observándonos. No sé cuánto rato estuve hablando. No sé en qué momento apareció Pablo y se sentó junto a Rochi y, silencioso y atento como ella, se puso a escucharme. No sé en qué momento se me saltaron las lágrimas y, avergonzado por esa efusión senti¬mental, me callé. Tardé un buen rato en serenarme. Mien¬tras balbuceaba unas disculpas vi a Pablo ponerse de pie y volver con vasos y una botella de vino.

- Es lo único que tengo, vino - se excusó, dándome una palmada en el hombro - supongo que en casos como éste, corresponde un trago más noble.

- Whisky, vodka, ron o cognac, por supuesto! - dijo Rochi - esta casa es un desastre. Nunca tenemos lo que deberíamos tener. Somos unos anfitriones lamen¬tables, Peter.

- Te he fregado tu informe de mañana con mi numerito, Pablo.

- Algo mucho más interesante que mi informe - afirmó él - por lo demás, ese apodo te calza como un guante. Eso eres tú, aunque no te guste: un niño bueno.

- Sabes que es una maravillosa historia de amor? - exclamó Rochi, mirándome sorprendida - porque, eso es lo que es, en el fondo. Una maravillosa historia de amor.

- Me gustaría conocerla - dijo Pablo.

- Pasarás antes sobre mi cadáver - lo amenazó Rochi - tienes fotos de ella? Nos las muestras?

- No tengo ni una sola. Que recuerde, jamás nos tomamos una foto juntos.

- La próxima vez que llame, te ruego que contes¬tes ese teléfono - dijo Rochi - esta historia no puede terminar así, con un teléfono sonando y sonando

- Y, además - bajó la voz Pablo - tienes que preguntarle si Mati habló con ella.

- Estoy muerto de vergüenza - me disculpé, por segunda vez - el llanto y todo eso, quiero decir.

- Tú no te diste cuenta, pero Rochi también de¬rramó unos lagrimones - dijo Pablo
- Por la niña mala, por esa fantástica mujer! – Rochi alzó su copa - qué vida tan aburrida he tenido yo, santo Dios.

Nos bebimos la botella entera de vino y, con las risas y bromas, me sentí mejor. Ni una sola vez, en los días y semanas siguientes, mis amigos Martínez, para evitar que me sintiera incómodo, hicieron la menor referencia a lo que les conté. Y, entretanto, yo decidí, en efecto, que si la peruanita volvía a llamar, le contestaría. Para que me dije¬ra si, la vez anterior que llamó, había hablado con Mati. Sólo por eso? No sólo por eso. Desde que confesé mis amores, como si compartir con alguien esa historia la limpiara de toda la carga de rencor, celos, hu¬millación y susceptibilidad que arrastraba, empecé a espe¬rar aquella llamada con ansia y a temer que no ocurriera. Aplacaba mis senti¬mientos de culpa diciéndome que en ningún caso significa¬ría una recaída. Le hablaría como un amigo distante y mi frialdad sería la mejor prueba de que me había librado de ella de verdad.

La llamada sobrevino dos meses y medio después de la anterior. Yo estaba en la ducha, preparándome para ir a la Unesco, cuando sentí repiquetear el teléfono y tuve el presentimiento: “Es ella”. Corrí al dormitorio y descolgué el auricular, dejándome caer sobre la cama, mojado como estaba:

- Vas a colgarme también esta vez, niño bueno?

- Cómo estás, niña mala? - hubo un pequeño silencio y, por fin, una risita

- Vaya, vaya, por fin te dignas contestarme. A qué se debe este milagro, se puede saber? Ya se te pasó el colerón o me odias todavía? - tuve ganas de colgarle, al advertir el tonito ligeramente burlón y un relente de triunfo en sus palabras.

- Para qué me llamas - le pregunté - para qué me has llamado todas esas veces.

- Necesito hablar contigo - dijo, cambiando de tono.

- Dónde estás?

- Estoy aquí, en París, hace algún tiempo. Pode¬mos vernos un momento?

Me quedé helado. Tenía la seguridad de que ella seguía en Tokio, o en algún país lejano, y que nunca vol¬vería a poner los pies en Francia. Saber que estaba aquí y que podía verla en cualquier momento, me sumió en una confusión total.

- Sólo un ratito - insistió, pensando que mi silen¬cio anticipaba una negativa - lo que tengo que decirte es muy personal, prefiero no hacerlo por teléfono. Media ho¬ra, nada más. No es mucho para una vieja amiga, no?

La cité para dos días después, a la salida de la Unesco, a las seis de la tarde, en un bar. Cuando colgué, mi corazón tronaba en mi pecho. Antes de volver a la du¬cha debí quedarme sentado un rato, con la boca abierta, hasta que se normalizara mi respiración. Qué hacía ella en París? Trabajitos especiales por encargo de Fukuda? Me necesitaba para que le echara una mano en sus operaciones de contraban¬do, lavado de dinero y otros negocios mañosos? Había he¬cho una estupidez contestando el teléfono. La vieja historia iba a repetirse. Conversaríamos, yo volvería a rendirme a ese poder que ella había tenido siempre sobre mí, yo me haría toda clase de ilu¬siones, y, en el momento menos pensado, se desaparecería y yo quedaría maltrecho, lamiendo mis heridas como en Tokio. Hasta el próximo capítulo!

No les conté a Pablo y Rochi la llamada ni la cita y pasé esas cuarenta y ocho horas en estado sonambúlico, entre espasmos de lucidez y una niebla mental que se le¬vantaba de tanto en tanto para que pudiera entregarme a una sesión de masoquismo con insultos: imbécil, cretino, te mereces todo lo que te pasa, te ha pasado y te va a pasar. El día de la cita fue uno de esos días grises y moja¬dos de fines del otoño parisino, en los que ya casi no que¬dan hojas en los árboles ni luz en el cielo, el mal humor de la gente aumenta con el mal tiempo y se ve a hombres y mujeres por la calle emboscados en sus abrigos, bufandas, guantes y paraguas, apurados y repletos de odio contra el mundo. Al salir de la Unesco busqué un taxi, pero, como llovía y no había esperanza de encontrarlo, opté por el me¬tro. Bajé en la estación y desde la puer¬ta del bar la vi, sentada en la terraza, ante una taza de té.

La transformación de Lali era notable. No sólo parecía haber perdido diez kilos - estaba convertida en un esqueletito de mujer - sino envejecido diez años des¬de la inolvidable noche de Tokio. Vestía con la modestia y el descuido con que sólo recordaba haberla visto aquella remota mañana en que la recogí en el aeropuerto por encargo de Agus. Estaba despeinada y, en sus dedos delgadísimos, las uñas apare¬cían mal cortadas, sin limar, como si se las hubiera mor¬dido. Los huesos de la frente, de los pómulos, del mentón, sobresalían, estirando la piel, muy pálida. Sus ojos habían perdido la luz y ha¬bía en ellos algo asustadizo, que recordaba a ciertos animalitos tímidos. No tenía un solo adorno ni el menor ma¬quillaje.

- Qué trabajo me ha costado llegar a verte - dijo, por fin. Estiró la mano, me tocó el brazo e intentó una de esas sonrisas coquetas de antaño que esta vez no le salió bien - por lo menos, dime si se te ha pasado ya la furia y me odias un poquito menos.

- De eso, no vamos a hablar - le respondí - ni ahora ni nunca. Para qué me has llamado tantas veces?

- Me diste media hora: no? - dijo ella, soltándo¬me el brazo y enderezándose - tenemos tiempo. Cuén¬tame de ti. Te va bien? Tienes una amante? Siempre te ganas la vida haciendo lo mismo?

- Pichiruchi hasta la muerte- me reí yo, sin ga¬nas, pero ella seguía muy seria, examinándome.

- Con los años, te has vuelto susceptible, Peter. Antes, el rencor no te hubiera durado tanto tiempo - en sus ojitos, un segundo, apareció la antigua luz - dices siem¬pre huachaferías a las mujeres o ya no?

- Desde cuándo estás en París? Qué haces aquí? Trabajando para el gángster japonés?

Negó con la cabeza. Me pareció que iba a reírse, pero, más bien, se le endureció la expresión y le temblaron esos labios gruesos que seguían destacando nítidamente en su cara.

- Fukuda me largó, hace más de un año. Por eso me vine a París.

- Ahora comprendo por qué estás en ese estado calamitoso. Nunca me hubiera imaginado verte así, tan deshecha.

- Estuve bastante peor - reconoció ella, con aspereza - en algún momento, creí que me iba a morir. Las dos últimas veces que intenté hablar contigo, fue por eso. Para que, por lo menos, fueras tú quien me enterrara. Que¬ría pedirte que me hicieras cremar. Me horroriza la idea de que los gusanos se coman mi cadáver. En fin, ya pasó.

Hablaba con tranquilidad, aunque dejando entre¬ver en sus palabras una furia contenida. No parecía hacer un número de autocompasión, para impresionarme, o lo hacía con soberbia destreza. Más bien, describir un estado de cosas con objetividad, a distancia, como un policía o un notario.

- Intentaste suicidarte cuando el gran amor de tu vida te dejó? - negó con la cabeza y encogió los hombros

- Siempre me dijo que un día se cansaría de mí y me largaría. Estaba preparada. Él no hablaba por hablar. Pero, el momento en que lo hizo no fue el mejor, ni tam¬poco las razones que me dio para despedirme.

- Qué fue lo que pasó?

Le tembló la voz y la boca se le deformó en una mueca de odio. Los ojos se le llenaron de chispas. Era to¬do eso una farsa más para conmoverme?

- Estuve presa en Lagos, un par de meses que me parecieron un siglo - dijo ella, como si yo, de pronto, hubiera dejado de estar allí - la ciudad más horrible, más fea, y la gente más malvada del mundo. Nunca se te ocurra ir a Lagos. Cuando por fin pude salir de la cárcel, Fukuda me prohibió volver a Tokio. “Estás quemada, Kuriko.” Quemada en los dos sentidos de la palabra, quería decir. Porque estaba ya fichada por la policía internacio¬nal. Y quemada, porque, probablemente, los negros de Ni¬geria me habían contagiado el sida. Me cortó el teléfono, sin más, después de decirme que no debía verlo, ni escri¬birle, ni llamarlo, nunca jamás. Me largó así; como a una perra sarnosa. Ni siquiera me pagó el pasaje a París. El es un hombre frío y práctico, que sabe lo que le conviene. Yo ya no le convenía. El es lo más opuesto a ti que hay en el mundo. Por eso, Fukuda es rico y poderoso y tú eres y serás siempre un pichiruchi.

- Gracias. Después de todo, lo que has dicho es un elogio. Es cierto semejante dramón? No es otro de tus cuentos? Estuviste presa, de verdad?

- Presa y, encima, violada por la policía de Lagos - precisó ella, clavándome los ojos como si yo fuera el culpable de su desgracia - pero, no me pegaron el sida. Sólo úl¬ceras infecciosas. Algo asqueroso, pero no grave, si se cura a tiempo con antibióticos. Sólo que, en la maldita Lagos a mí me curaron mal y la infección casi me mata. Creí que me iba a morir. Por eso te llamé. Ahora, felizmente, ya estoy bien.

Lo que contaba podía ser cierto o falso, pero no era pose la ira inconmensurable que impregnaba todo lo que decía. Aunque, con ella, siempre era posible la representación. Me sentía desconcertado, confuso. Esperaba cualquier cosa de esta entrevista, menos semejante historia.

- Siento que hayas pasado por ese infierno - dije por fin, por decir algo, porque, qué se puede decir ante una revelación semejante? - si es verdad lo que me cuen¬tas. Ya ves, me ocurre una cosa tremenda contigo. Me has contado tantos cuentos en la vida, que ya me resulta difí¬cil creerte nada.

- No importa que no me creas - dijo, cogién¬dome otra vez del brazo y esforzándose por mostrarse cordial - ya sé que sigues ofendido, que nunca me vas a perdonar lo de Tokio. No importa. No quiero que me compadezcas. No quiero plata, tampoco. Lo que quiero, en realidad, es llamarte de vez en cuando y que, de tan¬to en tanto, nos tomemos un café juntos, como ahora. Na¬da más.

- Por qué no me dices la verdad? Por una vez en tu vida. Anda, dime la verdad.

- La verdad es que, por primera vez, me siento insegura, sin saber qué hacer. Muy sola. No me había pa¬sado hasta ahora, pese a que he tenido momentos muy di¬fíciles. Para que lo sepas, vivo enferma de miedo - habla¬ba con una sequedad orgullosa, en un tono y una actitud que parecían desmentir lo que decía. Me miraba a los ojos, sin pestañear. - el miedo es una enfermedad, también. Me paraliza, me anula. Yo no lo sabía y ahora lo sé. Conoz¬co algunas personas aquí en París, pero no me fío de na¬die. De ti, sí. Ésa es la verdad, me creas o no. Puedo lla¬marte, de tiempo en tiempo? Podremos vernos de cuando en cuando, así como hoy?

- No hay ningún problema. Claro que sí.

Conversamos cerca de una hora todavía, hasta que oscureció del todo y se encendieron las vitrinas de las tien¬das, las ventanas de los edificios y los faroles rojos y amarillos de los autos formaron un río de luces que fluía despacio por el boulevard, frente a la terra¬za de donde estábamos. Entonces, me acordé. Quién le había contestado el teléfono de mi casa la vez anterior que me llamó? Lo recordaba? Me miró intrigada, sin entender. Pero, luego, asin¬tió:

- Sí, una mujercita. Pensé que tenías una amante, pero después me di cuenta que era más bien una sirvienta. Una filipina?

- Un niño. Habló contigo? Estás segura?

- Me dijo que estabas de viaje, creo. Nada, dos palabras. Le dejé un mensaje, ya veo que te lo dio. A qué viene eso, ahora?

- Habló contigo? Estás segura?

- Dos palabras - repitió ella, asintiendo - de dónde salió ese niño? Lo has adoptado?

- Se llama Matías. Tiene nueve o diez años. Es vietnamita, hijo de dos vecinos, amigos míos. Estás segura de que habló contigo? Porque, ese niño es mudo. Ni sus padres ni yo le hemos oído nunca la voz.

Se desconcertó y por un buen momento, entrecerrando los ojos, consultó su memoria. Hizo varios gestos afirmativos con la cabeza. Sí, sí, lo recordaba clarísimo. Habían hablado en francés. Su voz era tan delgadita que a ella le pareció femenina. Medio chillona, medio exóti¬ca. Cambiaron muy pocas palabras. Que yo no estaba, que estaba de viaje. Y cuando ella le pidió que me dijera que ha¬bía llamado “la niña mala” - se lo dijo en español - la vocecita la interrumpió: “Qué, qué?”. Tuvo que deletrearle. Se acordaba muy bien. El niño le había hablado, no tenía la menor duda.

- Entonces, hiciste un milagro. Gracias a ti, Matías se ha puesto a hablar.

- Si tengo esos poderes, los voy a usar. Las brujas deben ganar un montón de plata en Francia, me figuro.

Cuando, un rato después, nos despedimos en la bo¬ca del metro Saint Germain y le pedí su teléfono y su di¬rección, no quiso dármelos. Ella me llamaría.

- No cambiarás nunca. Siempre misterios, siem¬pre cuentos, siempre secretos.

- Me ha hecho bien verte y hablar contigo, por fin - me calló - ya no me volverás a colgar el teléfono, espero.

- Dependerá de cómo te portes.

Se alzó en puntas de pie y sentí que su boca se fruncía en un rápido beso en mi mejilla. La vi desaparecer en la boca del metro. De espal¬das, tan delgadita, sin tacos, no parecía haber envejecido tanto como de frente. Aunque seguía lloviznando y hacía algo de frío, en vez de tomar el metro o un ómnibus, preferí caminar. Era mi único deporte ahora; mis idas al gimnasio duraron po¬cos meses. Los ejercicios me aburrían y más todavía el tipo de gente con la que me codeaba haciendo la cinta, las ba¬rras o los aerobics. En cambio, andar por esa ciudad llena de secretos y maravillas me entretenía, y en días de emo¬ciones fuertes como éste, una larga caminata, aunque fue¬ra bajo el paraguas, la lluvia y el viento, me haría bien.

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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Vie Oct 14, 2011 5:38 am

Pobre "niña mala" ahora me da pena...
Amo la nove, espero mas.
Gracias por leer la mia jaja
Besos
Ione
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Vie Oct 14, 2011 11:49 am

VIII: Kuriko

De las cosas que la niña mala me había contado, lo único absolutamente cierto, sin duda, era que Matías ha¬bía cambiado algunas frases con ella. El niño, podía hablar; seguramente ya lo había hecho antes, con gente que no lo conocía, en el colegio, en la calle. Era un pequeño misterio que tarde o temprano revelaría a sus padres. Caminaba por el boulevard Saint Germain cuando descubrí una pequeña tienda de soldaditos de plomo que me recordó a Nico y sus desgra¬ciados amores japoneses. Entré y le compré a Matías una cajita con seis jinetes de la guardia imperial rusa.

Qué más habría de cierto en la historia de la niña mala? Probablemente, que Fukuda la había largado de ma¬la manera y que estuvo enfer¬ma. Saltaba a la vista, bastaba ver esos huesos salientes, su palidez, sus ojeras. Y la historia de Lagos? Tal vez fuera verdad que tuvo problemas con la policía. Era un riesgo que corría en los negocios sucios en que la había enredado su amante japonés. No me lo dijo ella misma en Tokio, entusiasmada? La ingenua creía que esas aventuras de con¬trabandista y traficante, jugarse la libertad en los viajes africanos, condimentaban la vida, la hacían más gustosa y divertida. Si de verdad había es¬tado presa, era posible que la policía la violara.Violada por sa¬be Dios cuántos, brutalizada horas de horas, contagiada de una enfermedad y, luego, curada por “médicos” que usaban sondas sin desinfectar.

Me asaltó una sensación de vergüenza y de cólera. Si le había pasado todo aquello, incluso sólo al¬go de aquello, y estuvo al borde de la muerte, mi reacción tan fría, de incrédulo, había sido mezquina, la de un re¬sentido que sólo quería desfogar su orgullo herido por aquel mal rato de Tokio. Hubiera debido decirle algo ca¬riñoso, simular que la creía. Porque, aun cuando lo de la violación y la cárcel fueran mentiras, era cierto que anda¬ba hecha una ruina física. Y, sin duda, medio muerta de hambre. Te habías portado mal, Peter. Muy mal si era verdad que recurría a mí porque se sentía sola e insegura y yo era la única persona en el mundo en quien confiaba. Esto último debía ser exacto. Ella nunca me había amado, pero me tenía confianza, el cariño que despierta un criado leal.

Llegué a casa mojado de pies a cabeza y muerto de frío. Me di una ducha caliente, me puse ropa seca y me preparé un sandwich de queso y ja¬món que acompañé con un yogur de frutas. Con mi cajita de soldaditos de plomo bajo el brazo, fui a tocar la puerta a los Martínez. Matías estaba ya acostado y ellos terminaban de cenar unos espaguetis con albahaca. Me ofrecieron un plato pero sólo les acepté una taza de café. Mientras Pablo examinaba los soldaditos de plomo y bromeaba que con esos regalos yo quería hacer de su hijo un militarista, Rochi advirtió en mi algo raro.

- A ti te ha pasado algo, Pitt - me dijo, escrutándome los ojos - la niña mala te llamó?

- Acabo de estar con ella una hora. Está viviendo en París. Es una ruina humana y pasa apu¬ros, anda vestida como pordiosera – mal vestida. Dice que el japonés la largó, después de que la policía de Lagos la detuvo, en uno de esos viajes que hacía por África, ayudándolo en sus tráficos. Y que la violaron. Que la contagiaron de enfermedades. Y que, después, en un hospital de mala muerte, casi la rematan. Puede ser cierto. Puede ser falso. No lo sé. Dice que Fukuda la largó temiendo que la Interpol la tuviera fi¬chada y que los negros le hubieran contagiado el sida. Ver¬dad o invención? No tendré nunca maneras de saberlo.

- La saga se pone cada día más interesante - exclamó Pablo, estupefacto - sea o no cierto, es una historia formidable - él y Rochi se miraron y me miraron y yo sabía muy bien en qué pensaban. Asentí

- Se acuerda muy bien de la llamada que hizo a mi casa. Le contestó, en francés, una vocecita delgada, chillona, que le pareció la de una asiática. Le hizo repetir varias veces “niña mala”, en español. Eso no se lo puede haber inventado.

- Yo siempre creí que era cierto - murmuró Pablo. Tenía la voz alterada y había enrojecido, como si se ahogara de calor - le di todas las vueltas del mundo y llegué a la conclusión de que tenía que ser cierto. Cómo se iba a in¬ventar Mati lo de “niña mala”. Qué felicidad nos das con esta noticia - Rochi asentía, cogida de mi brazo. Sonreía y hacía pucheros, a la vez.

- Yo también supe siempre que Mati había habla¬do con ella - dijo, deletreando cada palabra - pero, por favor, no hay que hacer nada. Ni decirle nada al niño. To¬do vendrá solo. Si tratamos de forzarlo, puede haber un retroceso. Debe hacerlo él, romper esa barrera por su pro¬pio esfuerzo. Lo hará, en el momento debido, lo hará muy pronto, verán.

- Este es el momento de sacar el cognac - me gui¬ñó un ojo Pablo - ya ves, tomé mis precau¬ciones. Ahora estamos preparados para las sorpresas que nos das, de tanto en tanto.

Tomamos esa copa de cognac, sin hablar casi, sumidos en nuestras propias reflexiones. El licor me hizo bien, pues la caminata bajo la lluvia me había enfriado. Al despedirme, Rochi salió conmigo.

- No sé, se me acaba de ocurrir - dijo - tal vez tu amiga necesite un examen médico. Pregúntale. Si ella quiere, yo lo puedo arreglar en el Hospital Cochin. Sin que le cueste nada, quiero decir. Me ima¬gino que no tiene seguro, ni nada que se le parezca - se lo agradecí. Se lo consultaría, la próxima vez que habláramos - si es verdad, debió ser terrible para la pobre - murmuró - una cosa así deja cicatrices atroces en la memoria.

Al día siguiente, regresé rápido de la Unesco, para alcanzar a Matías. Veía en la televisión un programa de dibujos animados y tenía a su lado los seis jinetes de la guardia imperial rusa, formados en línea. Me mostró su pizarra: “Gracias por el lindo regalo, tío Peter”. Me estiró la mano, sonriendo. Me puse a leer mientras él, con la atención hipnótica de costumbre, se enfrascaba en su programa. Después, en vez de leerle algo, le hablé de Nico. Le conté de su colección de soldaditos de plomo, que yo había visto en su casa, y de su increíble facilidad para aprender idiomas. Era el mejor intérprete que había habido en el mundo. Cuando, en su pizarra, me preguntó si podía llevarlo a casa de Nico a ver sus batallas napoleónicas y le expliqué que había fallecido muy lejos de París, en Japón, él se entristeció. Le mostré el húsar que guardaba en mi velador y que me había regalado el día que par¬tió a Tokio. Al poco rato, Rochi vino a llevárselo.

Para no pensar mucho en la niña mala me fui a un cine, en el Barrio Latino. En la sala oscura y cálida, llena de estudiantes, en mi cabeza aparecía y reaparecía la imagen deteriorada, desastrada, de la chilenita. Ese día y todo el resto de la semana, su figura estu¬vo siempre en mi memoria, igual que la pregunta para la que no hallaba nunca respuesta: Me había dicho la ver¬dad? Era cierto lo de Lagos, lo de Fukuda? Me atormen¬taba el convencimiento de que nunca lo sabría con certe¬za total. Me llamó a los ocho días, a mi casa, también muy de mañana. Después de preguntarle cómo estaba “Bien, ahora ya bien, como te dije”, le propuse que comiéramos juntos, esa misma noche. Aceptó y quedamos en encon¬trarnos a las ocho. Llegué antes que ella y la esperé en una mesita junto a la ventana. Llegó casi enseguida. Mejor vestida que la última vez, pe¬ro también pobremente. Cómo había podido enfla¬quecer tanto? Parecía que podía trizarse, con un simple resbalón. Pidió pescado a la plancha y apenas probó un sorbo de vino durante la comida. Masticaba muy despacio, con desgana, y le costaba tragar. Era cierto que se sentía bien?
- Se me ha reducido el estómago y casi no tolero la comida - me explicó - con dos o tres bocados, me siento llena. Pero este pescado está muy rico.

- Por lo que más quieras, te suplico, júrame que es verdad todo lo que me contaste el otro día

- Nunca más me vas a creer nada de lo que te di¬ga, ya lo sé - tenía un aire fatigado, de hastío, y no pare¬cía importarle lo más mínimo que la creyera o no - no hablemos más de eso. Te lo conté para que me permitie¬ras verte, de cuando en cuando. Porque, aunque tampoco me lo creas, hablar contigo me hace bien - tuve ganas de besarle la mano, pero me contuve. Le transmití la propuesta de Rochi. Se me quedó miran¬do, desconcertada.

- Pero, ella sabe de mí, de nosotros?

Asentí. Pablo y Rochi sabían todo. En un arran¬que, les había contado toda “nuestra” historia. Eran muy buenos amigos, no tenía nada que temer de ellos. No la denunciarían a la policía como traficante de afrodisíacos. Le conté acerca de lo que Rochi me había propuesto.

- No sé por qué les hice esas confidencias. Tal vez porque, como todo el mundo, necesito de vez en cuando compartir con alguien las cosas que me angustian o me hacen feliz. Bueno, aceptas la propuesta de Rocío? - no parecía muy animada. Me miraba inquieta; aquella luz, había desaparecido de sus ojos. También la picardía, la burla.

- Déjame pensarlo - me dijo, al fin - veremos cómo me siento. Ahora, ya estoy bien. Lo único que nece¬sito es tranquilidad, descanso.

- No es verdad que estés bien - insistí - eres un fantasma. En la flacura en que estás, una simple gripe te puede llevar a la tumba. Y no tengo ganas de cargar con ese trabajito siniestro de incinerarte, etcétera. No quieres ponerte bonita otra vez? - se echó a reír.

- Ah, o sea que ahora te parezco fea. Gracias por la franqueza - me apretó la mano que yo le tenía siempre cogida y, un segundo, se animaron sus ojos - pero sigues enamorado de mí, Petercito?

- No, ya no. Tampoco volveré a enamorarme nun¬ca de ti. Pero no quiero que te mueras.

- Debe ser cierto que ya no me quieres, cuando no me has dicho ni una sola huachafería esta vez - reco¬noció, haciendo una mueca medio cómica - qué tengo que hacer para reconquistarte?

Se rió con la coquetería de los viejos tiempos y sus ojos se llenaron de brillos traviesos pero, de pronto, sin transición, sentí que la presión de su mano en la mía se aflojaba. Se le blanquearon los ojos, se puso lívida y abrió la boca, como si le faltara el aire. Si no hubiera estado yo a su lado, sosteniéndola, hubiera rodado al suelo. Le froté las sienes con la servilleta mojada, le hice beber un poqui¬to de agua. Se recuperó algo, pero siguió muy pálida, blan¬ca casi. Y, ahora, en sus ojos había un pánico animal.

- Me voy a morir - balbuceó, clavándome las uñas en el brazo.

- No te vas a morir. Te he permitido todas las canalladas del mundo desde que éramos niños, pero esta de morirte no. Te la prohíbo - sonrió, sin fuerzas.
- Ya era hora de que me dijeras alguna cosa boni¬ta - su voz era apenas audible - me hacía falta, aunque tampoco me lo creas.

Estuvimos hablando por un buen tiempo; cuando, un rato después, intenté que se pusiera de pie, le temblaron las piernas y se dejó caer en la silla, exhausta. Hice que un camarero trajera un taxi hasta la puerta del restaurante y que me ayudara a sacarla a la calle. La llevamos entre los dos, alzada en peso de la cintu¬ra. Cuando me oyó decirle al taxi que nos condujera al hospital más cercano se me prendió con desesperación: “No, no, a un hospital de ninguna manera, no, no”. Me vi obligado a rectificar y pedirle al taxista que nos llevara más bien a mi casa. En el trayecto - la tenía apoyada en mi hombro - volvió a perder el sentido por unos segun¬dos. Su cuerpo se ablandó y se chorreó en el asiento. Al enderezarla, sentí todos los huesecillos de su espalda. En la puerta del edificio, llamé por el intercomunicador a Pablo y Rochi, a pedirles que bajaran para ayudarme.

La subimos entre los tres a mi departamento y la acostamos en mi cama. Mis amigos no me preguntaron nada, pero miraban a la niña mala con una curiosidad vo¬raz, como a un resucitado. Rochi le prestó un camisón y le tomó la temperatura y la presión arterial. No tenía fiebre, pero su presión estaba bajísima. Cuando recuperó del todo el conocimiento, Rochi le hizo beber a sorbos una taza de té hirviendo, con dos pastillas que, le dijo, eran simples reconstituyentes. Al despedirse, me aseguró que no veía ningún peligro inminente, pero que si, en el curso de la noche, se sentía mal, la despertara. Ella misma llamaría al Hospital Cochin para que enviaran una ambulancia. En vista de esos desvanecimientos, era indispensable un exa¬men médico completo. Ella lo arreglaría todo, pero toma¬ría por lo menos un par de días. Cuando regresé al dormitorio, la encontré con los ojos muy abiertos.

- Debes estar maldiciendo la hora en que me contestaste el teléfono - dijo - sólo he venido a crearte pro¬blemas.

- Desde que te conozco, no has hecho más que crearme problemas. Es mi destino. Y no hay nada que ha¬cer contra el destino. Mira, aquí tienes, por sí la necesitas. Es la tuya. Eso sí, me la devuelves - y saqué del velador la escobillita de Guerlain. La examinó, divertida.

- O sea que la sigues guardando? Es la segunda galantería de la noche. Qué lujo. Dónde vas a dormir tú, se puede saber?

- El sofá de la salita es un sofá cama, así que no te hagas ilusiones. No hay la menor posibilidad de que duer¬ma contigo.

Se rió otra vez. Pero ese pequeño esfuerzo la fatigó y, encogiéndose bajo las sábanas, cerró los ojos. La abri¬gué con las frazadas y le puse también mi bata de levantar, a los pies. Fui a lavarme los dientes, a ponerme el piyama y a estirar el sofá cama de la salita. Cuando volví al dormi¬torio, ella dormía, respirando con normalidad. El resplan¬dor de la calle iluminaba su cara: siempre muy pálida, con la nariz afilada y, entre sus cabellos, asomaban sus lindas orejitas. Tenía la boca entreabierta, le palpitaban las aletas de la nariz y su expre¬sión era lánguida, de total abandono. AI rozarle los cabe-llos con mis labios sentí en mi cara su aliento. Me fui a acostar.

Casi de inmediato caí dormido, pero me desperté un par de veces en la noche y las dos me levanté en puntas de pie para ir a verla. Dormía, respirando parejo. Tenía la piel de la cara muy estirada y resaltaban sus huesos. Con la respiración, su pecho subía y bajaba las frazadas, ligera¬mente. Estuve adivinando su pequeño corazón, imagi¬nando cómo palpitaba cansado. A la mañana siguiente, preparaba el desayuno cuando la sentí levantarse. Apareció en la cocinita donde yo pasaba el café, envuelta en mi bata. Le quedaba enor¬me y parecía un payaso. Sus pies descalzos eran los de una niña.

- He dormido casi ocho horas - dijo, asombra¬da - no me ocurría hace siglos. Anoche me desmayé, no es cierto?

- Pura pose, para que te trajera a mi casa. Y, ya ves, lo conseguiste. Y hasta te metiste a mi cama

- Te fregué la noche, no?

- Y me vas a fregar el día, también. Porque te vas a quedar aquí, en cama, mientras Rochi arregla las cosas en el Hospital Cochin y pueden hacerte ese chequeo com¬pleto. No se admiten discusiones. Ha llegado el momen¬to de que imponga mi autoridad sobre ti, niña mala.

- Caramba, qué progresos. Hablas como si fueras mi amante.

Pero esta vez no logré que sonriera. Me miraba con la cara desencajada. Estaba muy có¬mica así, con sus pelos revueltos y esa bata que arrastraba por el suelo. Me acerqué a ella y la abracé. La sentí muy frágil, temblando. Pensé que si apretaba un poco el abra¬zo, se quebraría, como un pajarito.

- No te vas a morir - le aseguré en el oído, besándole apenas los cabellos - te van a hacer ese examen y, si algo anda mal, te vas a curar. Y vas a ponerte bonita otra vez, a ver si así consigues que me enamore de nuevo de ti. Y, ahora, ven, vamos a desayunar, no quiero llegar tarde a la Unesco.

Cuando estábamos tomando el café con tostadas, vino Rochi, ya de salida a su trabajo. Volvió a tomarle la temperatura y la tensión y la encontró mejor que la noche anterior. Pero le indicó que guardara cama todo el día y comiera cosas ligeritas. Trataría de prepararlo todo en el hospital para que pudiera trasladarse allí mañana mismo. Le preguntó a la niña mala qué le hacía falta y ella le en¬cargó una escobilla para el pelo. Antes de partir, le mostré las provisiones en la ne¬vera y el aparador, más que suficientes para que se prepara¬ra al mediodía una dieta de pollo o unos fideos con mante¬quilla. Yo me encargaría de la cena, al volver. Si se sentía mal, debía llamarme de inmediato a la Unesco. Asentía sin decir nada, mirándolo todo con expresión ida, como si no acabara de comprender las cosas que le pasaban.

La llamé a comienzos de la tarde. Se sentía bien. El baño con espuma en mi bañera la había hecho feliz, porque hacía lo menos seis meses que sólo tomaba duchas en baños públicos, siempre a la carrera. En la tarde, al re¬gresar, los encontré a ella y a Matías absorbidos en una pelí¬cula. Ambos parecían divertirse. Ella se había puesto uno de mis piyamas y, encima, la gran bata dentro de la cual pa¬recía perdida. Estaba bien peinada, con la cara fresca y sonriente. Matías me preguntó en su pizarrón, señalando a la niña mala: “Te vas a casar con ella, tío Peter?”.

- Ni muerto - le dije, poniendo cara de espan¬to - eso es lo que ella quisiera. Hace años que trata de seducirme. Pero yo no le hago caso.

- “Hazle caso”, me respondió, escribiendo de prisa en su pizarra. “Es simpática y será buena esposa.”

- Qué has hecho para comprarte a esta criatura, guerrillera?

- Le he contado cosas de Japón y de África. Es buenísimo en geografía. Se sabe las capitales mejor que yo.

Los tres días que la niña mala permaneció en mi casa, antes de que Rochi consiguiera sitio para ella en el Hospital Cochin, mi alojada y Matías se hicieron íntimos. Jugaban a las damas, se reían y bromeaban como si fueran de la misma edad. Se divertían tanto juntos que, aunque para guardar las apariencias mantenían prendida la televi¬sión, en realidad ni miraban la pantalla, concentrados en el Yan-Ken-Po. A veces, ella empezaba a leerle a Matías historias de Julio Verne, pero, después de unos cuantos renglones, se apartaba del texto y comenzaba a disparatar la historia hasta que él le arrancaba el libro de las manos, sacudido por las carcajadas. Las tres noches cenamos donde los Martínez. Lali ayudaba a Rochi a cocinar y a la¬var la vajilla. Y, mientras, conversaban y cambiaban bro¬mas. Era como si los cuatro fuésemos dos parejas amigas de toda la vida.

La segunda noche, ella se empeñó en dormir en el sofá cama y en devolverme el dormitorio. Tuve que darle gusto, porque me amenazó con que, si no, se largaba de la casa. Esos dos primeros días estuvo bien de ánimo; por lo menos, así me lo parecía, al anochecer, cuando volvía de la Unesco y la encontraba jugando con Mati. El ter¬cer día, todavía oscuro, me desperté, seguro de haber oído a alguien llorando. Escuché y no había duda: era un llanto bajito, entrecortado, con paréntesis de silencio. Fui a la sala comedor y la encontré encogida en su cama, tapándose la boca, empapada de lágrimas. Temblaba de pies a cabeza. Le limpié la cara, le alisé los cabellos, le traje un vaso de agua.

- Te sientes mal? Quieres que despierte a Rochi?

- Me voy a morir - dijo, muy quedo, lloriquean¬do - me contagiaron algo, allá en Lagos, que nadie sabe qué es. Dicen que no es el sida pero qué es, entonces. Ya casi no tengo fuerzas para nada. Ni para comer, ni para andar, ni para levantar un brazo. Así le pasaba a Gastón, allá en Newmarket, no te acuerdas? Y estoy todo el tiempo con una secreción abajo que parece pus. No es só¬lo el dolor. Es que, además, tengo tanto asco de mi cuer¬po y de todo desde lo de Lagos.

Estuvo sollozando un buen rato, quejándose de frío, a pesar de lo abrigada que estaba. Yo le secaba los ojos, le daba a beber sorbitos de agua, abatido por una sensa¬ción de impotencia. Qué darle, qué decirle, para sacarla de ese estado? Hasta que por fin sentí que se quedaba dor¬mida. Regresé a mi dormitorio con el pecho encogido. Sí, estaba gravísima, acaso con el sida y a lo mejor terminaría como el pobre Gas. Esa tarde, cuando regresé del trabajo, ella estaba preparada para ingresar al Hospital Cochin a la mañana siguiente. Había ido a traer sus cosas en un taxi y tenía una maleta y un maletín metidos en el clóset. La reñí. Por qué no me había esperado para que la acompañara a recoger su equipaje? Sin más, me repuso que le daba ver¬güenza que yo viera el cuchitril donde había estado vi¬viendo. A la mañana siguiente, llevándose sólo el pequeño maletín, partió con Rochi. Al despedirse, me murmuró al oído algo que me hizo feliz:

- Tú eres lo mejor que me ha pasado en la vida, niño bueno.

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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Vie Oct 14, 2011 11:50 am

IX: Cambios

Los dos días que iba a durar el examen médico se alargaron a cuatro y en ninguno de ellos la pude ver. El hospital era muy estricto con el horario y cuando yo salía de la Unesco ya era tarde para las visitas. Tampoco pude hablar por teléfono con ella. En las noches, Rochi me in¬formaba lo que había logrado averiguar. Soportaba con entereza los exámenes, análisis, interrogatorios y pincha¬zos. Rochi trabajaba en otro pabellón pero se arreglaba para pasar a verla un par de veces al día. En las tardes, cuan¬do alcanzaba a Mati frente al aparato de televisión, encon¬traba en su pizarrón la pregunta: “Cuándo va a volver?”.

El cuarto día en la noche, después de dar de cenar y acostar a Matías, Rochi volvió a mi casa a traerme noticias. Aunque todavía quedaba por conocer el resultado de un par de pruebas, le habían adelantado algunas conclusiones. El sida estaba descarta¬do, de manera categórica. Padecía de desnutrición extre¬ma y un estado de agudo abatimiento depresivo, de pérdi¬da del impulso vital. Requería un tratamiento psicológico inmediato, que la ayudara a recobrar la ilusión de vida; sin ella todo programa de recuperación física sería inefi¬caz. Lo de la violación probablemente era cierto; tenía huellas de desgarros y cicatrices tanto en la vagina como en el recto, y una herida supurante, producto de un instrumento metálico o de madera - ella no lo recordaba - introducido por la fuerza, que le había rajado una de las paredes vaginales. Era necesaria una intervención quirúrgica. Pero lo más delicado de su cuadro clínico era el fuerte estrés que, a consecuencia de aquella experiencia de Lagos y de lo incierto de su situación actual, la tenía agobiada, inse-gura, inapetente y presa de ataques de terror. Los desma¬yos eran consecuencia de aquel trauma. Corazón, cerebro, estómago funcionaban con normalidad.

- Le harán esa pequeña operación mañana temprano. El doctor Pineau, el cirujano, es un amigo y no cobrará nada. Sólo habrá que pagar el anestesista y las medicinas.

- Ningún problema, Rochi.

- Después de todo, las noticias no son tan malas, no es cierto? - me animó ella - hubiera podido ser mu¬cho peor, teniendo en cuenta la carnicería que hicieron con la pobre esos salvajes. El profesor Bourrichon reco¬mienda que pase un tiempo en una clínica de absoluto re¬poso, donde haya buenos psicólogos.

- Ya me ocuparé yo de conseguir lo que haga fal¬ta. Lo importante es encontrarle un buen especialista, que la saque de esto y vuelva a ser la que era, no el cadáver en que está convertida.

- Lo encontraremos, te prometo - me sonrió, dándome una palmada en el brazo - es el gran amor de tu vida, no?

- El único, Rochi. La única mujer que yo he que¬rido, desde que era una niña. He hecho lo imposible por olvidarla, pero, la verdad, es inútil. La querré siempre. La vida no tendría sentido para mí si ella se muere.

- Vaya suerte de esa chica, inspirar un amor así - se rió

A la mañana siguiente pedí permiso en la Unesco para estar en el Hospital Cochin durante la pequeña operación. El doctor habló conmigo unos minutos, delante de Rochi, mientras se quitaba los guantes de goma y se lavaba minuciosamente las manos con un jabón espumoso.

- Quedará perfectamente bien. Pero, eso sí, ya está usted al corriente de su estado. Tiene la vagina dañada, propensa a inflamarse y sangrar. También el recto está lastimado. Cualquier cosa puede irritarla y abrirle las heridas. Tendrá que controlarse, mi amigo. Hacer el amor con mucho cuidado y no muy seguido. Por lo menos estos dos primeros meses, le recomiendo contención. La señora ha sufrido una experiencia traumática. No fue una simple violación, sino, para que lo entienda, una verdadera masacre.

Estuve junto a Lali cuando la trajeron del quirófano a la gran sala común donde la tenían, - en un espacio aislado por dos biombos. Estaba mucho más pálida todavía, cadavérica y con los ojos entrecerrados. Al reconocerme, me estiró la mano. Cuando la tuve entre las mías, me pareció tan delgadita y pequeña como la de Matías.

- Estoy bien - me dijo, con fuerza, antes de que le preguntara cómo se sentía - el doctor que me operó era muy simpático. Y guapo - la besé en los cabellos, en sus lindas orejitas.

- Espero que no te pusieras a coquetear con él. Tú eres muy capaz.

Me hizo presión con su mano y, casi al instante, se quedó dormida. Durmió toda la mañana y sólo al comienzo de la tarde se despertó, quejándose de dolor. Por instrucciones del médico, una enfermera vino a ponerle una inyección. Poco después apareció Rochi, trayéndole una chompa. Se la puso sobre el camisón. Lali le preguntó por Matías y sonrió cuando supo que él preguntaba todo el tiempo por ella. Estuve a su lado buena parte de la tarde y la acompañé mientras comía, en una pequeña bandeja de plástico. Se llevaba las cucharadas a la boca sin ganas, sólo debido a mi insistencia.

- Sabes por qué se porta todo el mundo tan bien conmigo? - me dijo - por Rochi. Enfermeras y médicos la adoran. Es de lo más popular en el hospital.

Poco después nos echaron a las visitas. Esa noche, Rochi me tenía noticias. Habia hecho averiguaciones y consultado con el profesor Bourrichon. Éste le había sugerido una pequeña clínica privada, en Petit Clamart, donde había enviado ya a algunos pacientes, víctimas de depresión y desequilibrios nerviosos debido a maltratos, con buenos resultados. El director era un compañero de estudios suyo. Si queríamos, podía recomendarle el caso de Lali.

- No sabes cuánto te agradezco, Rochi. Parece el lugar indicado. Procedamos, cuanto antes - estábamos tomando una taza de café, después de cenar una tortilla, un poco de jamón y una ensalada, con un vaso de vino.

- Hay dos problemas - dijo Rochi incómoda - el primero, ya lo sabes, es una clínica privada y será bastante cara.

- Tengo algunos ahorros y, si no alcanzan, pediré un préstamo. Y, si es necesario, venderé este piso. El dinero no es un problema, lo importante es que se cure. Cuál es el otro?

- El pasaporte que presentó en el Hospital Cochin es falso. He tenido que hacer malabares para que la administración no la denuncie a la policía. Pero ella tiene que dejar mañana el hospital y no volver a poner los pies allí, por desgracia. Y no descarto que, apenas salga, avisen a las autoridades.

- Esa dama no dejará nunca de asombrarme - exclamó Pablo - ustedes se dan cuenta lo mediocres que son nuestras vidas comparadas con la de ella?
- Eso de los papeles se podría arreglar? - me preguntó Rochi - me imagino que será difícil, claro. No sé, podría ser un gran obstáculo en la clínica del doctor Zilacxy, de Petit Clamart. No la aceptarán si descubren que su situación en Francia es ilegal. Y hasta podrían denunciarla a la policía.

- No creo que nunca en su vida la niña mala haya tenido sus papeles en regla. Estoy segurísimo que no tiene un pasaporte, sino varios. Puede que alguno parezca menos falso que los otros. Le preguntaré.

- Terminaremos todos presos - lanzó una carcajada Pablo - a Rochi le impedirán ejercer la medicina y a mí me echarán del Instituto Pasteur. Bueno, así empezaremos por fin a vivir la verdadera vida.

Terminamos riéndonos los tres y esa risa compartida con mis dos amigos me hizo bien. Fue la primera noche en los últimos cuatro días que dormí de corrido hasta que sonó el despertador. Al día siguiente, al volver de la Unesco, encontré a la niña mala instalada en mi cama, con el ramo de flores que yo le había enviado puesto en un jarrón con agua, en el velador. Se sentía mejor, sin dolores. Rochi la había traído del Hospital Cochin y ayudado a subir, pero luego regresó a su trabajo. La acompañaba Matías, muy contento con la recién llegada. Cuando el niño partió, Lali me habló, en voz baja.

- Diles a Pablo y Rochi que vengan a tomar el café aquí, esta vez. Después que acuesten a Matías. Te ayudaré a prepararlo. Quiero agradecerles todo lo que Rochi ha hecho por mí.

No dejé que se levantara a ayudarme. Preparé el café y poco después tocaron la puerta los invitados. Llevé a Lali cargada – no pesaba nada – a sentarse con nosotros en la salita y la cubrí con una manta. Entonces, sin siquiera saludarlos, ella, con los ojos radiantes, les soltó la noticia.

- No se caigan muertos de la impresión, por favor. Esta tarde, después que Rochi nos dejó solos, Mati me abrazó y me dijo en español, clarito: "Te quiere mucho, niña mala". Dijo "quiere", no quiero.

Y, para que no quedara la menor duda de que nos decía la verdad, hizo algo que yo no había visto hacer desde mis tiempos de colegio: se llevó los dedos en cruz a la boca y los besó a la vez que decía: “Les juro, me lo dijo tal cual, con todas las letras”. Rochi se echó a llorar y, mientras derramaba lágrimas, se reía, abrazada a Lali. Había dicho Mati algo más? No. Cuando trató de iniciar con él una conversación, el niño volvió a su mutismo y a responderle en francés valiéndose de su pequeña pizarra. Pero, esa frase, demostraba de una vez por todas que Mati no era mudo. Durante un buen rato no hablamos de otra cosa. Los Martínez fijaron la estrategia a seguir. Ni ellos ni yo debíamos darnos por enterados. Como Mati había tomado la iniciativa de dirigirse a Lali, ésta, de la manera más natural, sin hacer presión alguna sobre él, trataría de entablar un nuevo diálogo, haciéndole preguntas, o dirigiéndose a él sin mirarlo, de manera distraída, evitando a toda costa que él fuera a sentirse vigilado o sometido a una prueba.

Luego, Rochi le habló a Lali de la clínica del doctor Zilacxy, en Petit Clamart. Las conclusiones del examen eran terminantes. La niña mala necesitaba aislarse por un tiempo en un lugar apropiado., de descanso absoluto, donde, a la vez que seguía un tratamiento dietético y de ejercicios que le devolviera las fuerzas, recibiera apoyo psicológico que la ayudara a borrar los recuerdos de aquella horrible experiencia.

- Quiere decir que estoy loca - preguntó.

- Siempre lo estuviste - asentí yo - pero, ahora, además, estás anémica y deprimida, y eso te lo pueden curar en esa clínica.
No me festejó, pero se rindió ante mi insistencia y aceptó que Rochi pidiera una cita al director de la clínica; ella nos acompañaría. Cuando los chicos partieron, Lali me miró llena de reproches.

- Y quién me va a pagar esa clínica? Si sabes muy bien que no tengo dónde caerme muerta

- Quién va a ser sino el imbecil de costumbre - le dije, acomodándole las almohadas - no te preocupes por la plata. No sabes que soy rico? - se prendió de uno de mis brazos con las dos manos.

- No eres rico, sino un pobre pichiruchi - dijo, furiosa - si lo fueras, no me hubiera ido ni a Cuba, ni a Londres ni a Japón. Me hubiera quedado contigo desde aquella vez, cuando me hiciste conocer París y me llevabas a esos restaurantes horribles, para mendigos. Siempre te he estado dejando por unos ricos que resultaron unas basuras. Y así he terminado, hecha un desastre. Estás contento que lo reconozca? Te gusta oírlo? Haces todo esto para demostrarme lo superior que eres a todos ellos, lo que me perdí contigo? Por qué lo haces, se puede saber?

- Por qué va a ser, Lali. Tal vez quiero ganar indulgencias e irme al cielo. También pudiera ser que esté enamorado de ti, todavía. Y, ahora, basta de adivinanzas. A dormir. El profesor Bourrichon dice que, hasta que estés repuesta del todo, debes tratar de dormir ocho horas diarias por lo menos.

Dos días después terminó mi contrato temporal con la Unesco y pude dedicarme a cuidarla todo el día. En el Hospital Cochin le habían prescrito una dieta a base de verduras, pescados y carnes hervidas, frutas y menestras, y prohibido el alcohol, incluso el vino, así como el café y todos los aderezos picantes. Debía hacer ejercicios y caminar cuando menos una hora al día. En las mañanas, luego del desayuno dábamos un paseo, tomados del brazo, al pie de la Torre Effeil y, a veces, si el tiempo lo permitía y ella estaba con ánimos, nos alejábamos por los muelles del Sena hasta la place de la Concorde. Yo dejaba que ella dirigiera la conversación, evitando, eso sí, que me hablara de Fukuda o del episodio de Lagos. No siempre era posible. Entonces, si ella empezaba a tocar el tema, me limitaba a escuchar lo que quería contarme, sin hacerle preguntas. Por las cosas que, de tanto en tanto, insinuaba en esos semimonólogos, deduje que su captura, en Nigeria, había tenido lugar el día que ella partía del país. Había pasado ya la aduana del aeropuerto y estaba en la cola de pasajeros, dirigiéndose al avión. Un par de policías la sacaron de allí, de buenas maneras; su actitud cambió por completo apenas la subieron a una camioneta con los vidrios pintados de negro y, sobre todo, cuando la bajaron en un edificio maloliente, donde había calabozos con rejas y olía a excremento y a orines.

- Yo creo que no me descubrieron, esa policía no era capaz de descubrir nada - decía, una y otra vez - me denunciaron. Pero, quién, quién? A veces, pienso que el propio Fukuda. Pero, por qué lo hubiera hecho? No tiene pies ni cabeza, no es cierto?

- Qué importa eso ahora. Ya pasó. Olvídalo, entiérralo. No te hace bien torturarte con esos recuerdos. Lo único que importa es que has sobrevivido y que pronto estarás completamente curada. Y que nunca te volverás a meter en esos enredos en que has perdido media vida

Al cuarto día, Rochi nos dijo que el doctor de la nueva clínica, nos recibiría el lunes al mediodía. El viernes, fui a hablar con el señor Chames, quién me ofreció un contrato de trabajo de dos semanas, en Helsinki. Lo acepté. Cuando regresé a casa, apenas abrí la puerta, oí voces y risitas en el dormitorio. Permanecí quieto, con la puerta entreabierta, escuchando. Hablaban en francés y una de las voces era la de Lali. La otra, delgadita, chillona, un poco vacilante, sólo podía ser la de Mati. Permanecí estático. No alcancé a entender lo que decían, pero estaban jugando a algo, tal vez a las damas, tal vez al Yan-Ken-Po y la pasaba muy bien. No me habían oído entrar. Cerré la puerta de la calle despacio ya avancé hasta el dormitorio, exclamando en voz alta, en francés:

- Apuesto a que juegan a las damas y que gana la niña mala.

Hubo un instantáneo silencio y cuando di un paso más y entré al dormitorio vi que tenían desplegado el tablero de damas en medio de la cama y que estaban sentados en las dos orillas opuestas, ambos inclinados sobre las fichas. La figura de Matías me miraba con los ojos llenos de orgullo. Y, entonces, abriendo mucho la boca, dijo en francés:

- Gana Mati!

- Me gana siempre, no hay derecho - aplaudió la niña mala - este niñito es un campeón.

- A ver, a ver, quiero ser juez de este partido - dije yo, dejándome caer en una esquina de la cama y escrutando el tablero. Trataba de fingir la más absoluta naturalidad, como si nada extraordinario estuviera pasando, pero apenas podía respirar.

Inclinado sobre las fichas, Mati observaba, estudiando el siguiente movimiento. Un instante, mi mirada y la de Lali se cruzaron. Ella sonrió y me guiñó un ojo.

- Gana otra vez! - exclamó Mati, aplaudiendo.

- Pues sí, ella no tiene dónde moverse. Ganaste. Choca esos cinco! - le estreché la mano y la niña mala le dio un beso.

- No volveré a jugar damas contigo, estoy harta de recibir estas palizas

- Se me ha ocurrido un juego más divertido todavía, Mati - improvisé yo - por qué no les damos a Rochi y Pablo la sorpresa de la vida? Vamos a montarles un espectáculo del que tus padres se acordarán el resto de sus días. Te gustaría?

El niño había adoptado una expresión cautelosa y esperaba inmóvil que yo continuara, sin comprometerse. Mientras yo desplegaba ante sus ojos ese plan que iba inventando a medida que se lo describía, me escuchaba, intrigado y algo intimidado, sin atreverse a rechazarlo; atraído y repelido a la vez por mi propuesta. Cuando terminé, estuvo quieto y mudo un buen rato todavía, mirando a la niña mala, mirándome a mí.

- Qué te parece, Marti? - insistí, siempre en francés - les damos esa sorpresa a tus papas? Te aseguro que no se olvidarán el resto de sus vidas.

- Bueno. Les damos esa sorpresa.

Lo hicimos tal como yo lo había improvisado, en medio de la emoción y el desconcierto en que me sumió oir a Matías. Cuando Rochi vino a recogerlo, Lali y yo le rogamos que, luego de cenar, volvieran, ella, Pablo y el niño, porque teníamos un postre riquísimo que queríamos convidarles. Ella, un poco sorprendida, dijo que bueno, sólo un ratito, porque, si no, al día siguiente al dormilón de Mati le costaba mucho despertar. Salí corriendo a la pastelería de los croissants. Por fortuna, estaba abierta. Compré una torta que tenía mucha crema, y, encima, unas fresas gordas y rojísimas.
Cuando Pablo, Rochi y Mati - ya en zapatillas y bata - llegaron, teníamos listo el café y la torta partida en tajadas, esperándolos. Entonces, de acuerdo al disparatado guión hecho por mí, Lali preguntó, en español:

- Cuántos idiomas creen ustedes que habla Matías?

Advertí que, en el acto, Pablo y Rochi, inmóviles, abrían un poco los ojos, como diciendo: "Qué está pasando aquí?".

- Yo creo que dos - aseguré - frances y español. Y ustedes, qué creen? Cuántos idiomas habla Mati, Rochi? Cuántos crees tú, Pablo? - los ojitos de Matías iban de sus padres a mí, de mí a la niña mala y de nuevo a sus padres. Estaba muy serio.

- No habla ninguno - balbuceó Rochi, mirándonos y evitando volver la cabeza hacia el niño - todavia no, por lo menos.

- Yo creo que... - dijo Pablo y se callo, abrumado, rogando con la mirada que le indicáramos lo que debía decir.

- En realidad, qué importa lo que nosotros creamos - intervino Lali - solo importa lo que diga el. Qué dices tú, Mati? Cuántos hablas?

- Habla francés - dijo la voz delgadita y chillona. Y, después de una brevísima pausa, cambiando de idioma - Matías habla español - Rochi y Pablo se habían quedado mirándolo, enmudecidos. La torta que Pablo tenía en la mano se deslizó del plato al suelo y aterrizó en su pantalón. El niño se echó a reír, llevándose una mano a la boca y, señalando la pierna de Pablo, exclamó, en francés:

- Ensucias pantalón.

Rochi se había puesto de pie y ahora, junto al niño, mirándolo, le acariciaba los cabellos con una mano y le pasaba la otra por los labios, una y otra vez. Pero, de los dos, el más conmovido era Pablo. Incapaz de decir nada, miraba a su hijo, a su mujer, a nosotros, como pidiendo que no lo despertáramos, que lo dejáramos soñar. Matías no dijo nada más esa noche. Sus padres se lo llevaron poco después y Lali, oficiando de dueña de casa, hizo un paquetito con la media torta que sobraba e insistió para que se lo quedaran. Yo le di la mano a Matías al despedirnos:

- Nos salió muy bien, no, Mati? Te debo, un regalo, por lo bien que te has portado. Otros seis soldaditos de plomo, para tu colección? - él hizo movimientos afirmativos con la cabeza. Cuando cerramos la puerta tras ellos, la niña mala exclamó:

- En este momento, son la pareja más feliz de la tierra - mucho más tarde, cuando ya estaba cogiendo el sueño, vi una silueta que se deslizaba en la salita comedor y, en silencio, se acercaba a mi sofá cama.Me tomó de la mano:

- Ven, ven conmigo - me ordenó.

- No puedo ni debo - le dije yo, levantándome y siguiéndola - el doctor Pineau me lo ha prohibido. Por dos meses al menos, no puedo tocarte ni menos hacerte el amor. Y no te tocaré, ni te haré el amor, hasta que estés sanita. Entendido?

Nos habíamos metido ya a su cama y ella se acurrucó contra mí y apoyó su cabeza en mi hombro. Sentí su cuerpo que era sólo hueso y pellejo y sus pequeños pies helados frotándose contra mis piernas y un escalofrío me corrió de la cabeza a los talones.

- No quiero que me hagas el amor - susurró, besándome en el cuello - quiero que me abraces, que me des calor y que me quites el miedo que siento. Me estoy muriendo de terror.

Su cuerpecito, temblaba como una hoja. La abracé, le froté la espalda, los brazos, la cintura, y mucho rato estuve diciéndole cosas dulces al oído. Nunca dejaría que nadie volviera a hacerle daño, tenía que poner mucho de su parte para que se restableciera pronto y recuperase las fuerzas, las ganas de vivir y de ser feliz. Y para que se pusiera bonita de nuevo. Me escuchaba muda, soldada a mí, recorrida a intervalos por sobresaltos que la hacían gemir y retorcerse. Mucho después, sentí que se dormía. Pero a lo largo de toda la noche, la sentí estremecerse, quejarse, presa de esos recurrentes ataques de pánico. Cuando la veía así, tan desamparada, me venían a la cabeza imágenes de lo sucedido en Lagos y sentía tristeza, cólera, feroces deseos de venganza contra sus victimarios.

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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Vie Oct 14, 2011 7:48 pm

GRACIAS por el regalo de los dos capitulos, tengo que decir que me emocione.
Espero más, muchos besos.
Ione
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Sáb Oct 15, 2011 1:17 pm

X: Verdades

La visita a la clínica de Petit Clamart resultó un paseo campestre. Ese día salió un sol radiante que hacía brillar los altos álamos y plátanos de la floresta. Llegamos allí al mediodía y el doctor nos hizo pasar de inmediato a su despacho.

- He leído el informe del Hospital Cochin, tienen ustedes suerte, la clínica está siempre llena y hay gente que espera mucho para ser admitida. Pero, como la señora es un caso especial pues viene recomendada por un viejo amigo, le podernos hacer un sitio.

Dijo que la paciente recibiría una alimentación especial, de acuerdo con una dietista, para que recobrara el peso perdido, y que un monitor personal dirigiría sus ejercicios físicos. Su médico de cabecera sería la doctora Roullin, especialista en traumas de la índole del que la señora había sido víctima. Podría recibir visitas dos veces por semana, entre las cinco y las siete de la noche. Además del tratamiento con la doctora Roullin, participaría en sesiones de terapia de grupo, que él dirigía.

Dijo que, luego de charlar con el profesor Bourrichon, ambos habían coincidido en que la paciente debería permanecer en la clínica, en principio, un mínimo de cuatro semanas. Luego, se vería si era aconsejable prolongar su permanencia o podía continuar su recuperación en casa. Sin discutirlo más, fuimos a la administración. Firmé un documento por el cual me comprometía a asumir todos los gastos y entregué un cheque. Lali alcanzó un pasaporte francés a la administradora y ésta, le pidió su carné de identidad. Rochi y yo nos mirábamos inquietos, esperando una catástrofe. Pero ella ya lo tenía todo planeado, así pareció.

- No lo tengo todavía, he vivido muchos años en el extranjero y acabo de volver a Francia. Ya sé que debo sacarlo. Lo haré cuanto antes - la administradora apuntó los datos del pasaporte en una libreta y se lo devolvió.

- Se interna mañana - nos despidió - llegue antes del mediodía, por favor.

En todo el viaje hasta casa, ella estuvo callada, con su mano en la mía. A ratos la sentía estremecerse. Apenas llegamos, me hizo sentar en el sillón de la sala y se dejó caer en mis rodillas. Tenía la nariz y las orejas heladas y temblaba de tal manera que no podía articular palabra. Le entrechocaban los dientes.

- La clínica te va a hacer bien - le dije yo, acariciándole el cuello, los hombros, calentándole con mi aliento las orejitas heladas - te van a cuidar, te van a engordar, te van a quitar estos ataques de miedo. Te van a poner bonita y podrás convertirte otra vez en el diablito que has sido siempre. Y, si la clínica no te gusta, te vienes aquí, al instante. En el momento que tú digas. No es una cárcel, sino un lugar de reposo

Apretada a mí no respondía nada, pero tembló mucho rato antes de calmarse. Entonces, preparé una taza de té con limón para los dos. Conversamos, mientras ella iba alistando su maleta para la clínica. Le alcancé un sobre donde había puesto billetes para que se llevara consigo.

- No es un regalo, sino un préstamo - le bromeé - me lo pagarás cuando seas rica. Te cobraré intereses altos.

- Cuánto te va a costar todo esto? - me preguntó, sin mirarme.

- Menos de lo que yo pensaba. Qué me importa lo que pago si puedo verte bonita de nuevo? Lo hago por puro interés, chilenita - no dijo nada un buen rato y siguió haciendo su maleta, enfurruñada.

- Tan fea me he puesto? - dijo, de pronto.

- Horrible - le dije yo - perdoname, pero te has convertido en un verdadero espanto de mujer.

- Mentira - me dijo, lanzándome una sandalia que se estrelló contra mi pecho - no debo estar tan fea cuando ayer, en la cama, tuviste el pajarito parado toda la noche. Estuviste aguantándote las ganas de hacerme el amor.

Se echó a reír y a partir de ese momento estuvo de mejor ánimo. Apenas terminó de hacer su maleta vino otra vez a sentarse en mis rodillas, a que la abrazara y le hiciera unos masajes suavecitos en la espalda y en los brazos. Allí estaba todavía, profundamente dormida, cuando, a eso de las seis, entró Mati a ver su programa de televisión. Desde la noche de la sorpresa a sus padres, se soltaba a hablar con ellos y con nosotros, pero sólo por momentos, porque el esfuerzo lo dejaba muy cansado. Y, entonces, volvía a la pizarra, que seguía llevando colgada del cuello, junto a un par de tizas en una bolsita. Esa noche no le oímos la voz hasta que se despidió, en español, con un: "Buenas noches, amigos". Después de cenar, fuimos a tomar café donde los Martínez y ellos le prometieron que irían a visitarla a la clínica y le pidieron que los llamara si necesitaba cualquier cosa mientras yo estuviera en Finlandia. Cuando regresamos a la casa, no me dejó estirar el sofá cama:

- Por qué no quieres dormir conmigo?- la abracé y la apreté contra mi cuerpo.

- Sabes muy bien por qué. Es un martirio tenerte desnuda a mi lado, deseándote como te deseo, y no poder tocarte.

- Tú no tienes remedio - dijo ella, indignada, como si la hubiera insultado - si tú fueras Fukuda, me harías el amor toda la noche, sin importarte que me desangrara o me muriera.

- Yo no soy Fukuda. Tampoco te has dado cuenta, todavía?

- Claro que me doy - repitió ella, echándome los brazos al cuello - y, por eso, esta noche vas a dormir conmigo. Porque nada me gusta tanto como martirizarte. No te habías dado cuenta?

- Claro, sí - le dije yo, besándola en los cabellos - me he dado cuenta de sobra, hace años. Hasta pareceria que me gusta. Hacemos la pareja perfecta: la sádica y el masoquista - dormimos juntos y cuando ella intentó acariciarme yo le cogí las manos y se las aparté.

- Hasta que estés completamente restablecida, castos como dos angelitos.

- Es verdad, eres un maricón. Abrázame fuerte para que se me quite el miedo, por lo menos.

Llegó la mañana en que fuimos a tomar el tren para que finalmente se quedara en el hospital. Todo el viaje hasta Petit Clamart ella estuvo muda y cabizbaja. Nos despedimos en la puerta de la clínica. Se me prendió como si no nos fuéramos a ver nunca más y me mojó la cara con sus lágrimas. Era tan linda cuando quería.

- A este paso, en cualquier momento terminarás enamorándote de mí.
- Te apuesto lo que quieras a que nunca, Petercito.

Partí a Helsinki esa misma tarde y las dos semanas que estuve allí, trabajando, hablé ruso sin parar todos los días, mañana y tarde. A los diez días de estar en Helsinki recibí una carta de la niña mala. Estaba bien instalada en la clínica a la que se adaptaba sin dificultad. No le daban dieta sino sobrealimentación, pero, como tenía que hacer bastante ejercicio en el gimnasio - y, además, nadaba, ayudada por un profesor, porque ella nunca había aprendido a nadar, sólo a flotar y a moverse en el agua como un perrito - eso le abría el apetito. Había asistido ya a dos sesiones con la doctora Roullin, que era bastante inteligente y la llevaba muy bien. No había tenido casi ocasión de charlar con los otros pacientes; sólo cambiaba saludos con algunos a la hora de las comidas. La única paciente con la que había conversado dos o tres veces era una chica alemana, anoréxica, muy tímida y asustadiza, pero buena gente. Me decía, también, que me extrañaba y que no hiciera "muchas porquerías en esas saunas finlandesas que, como todo el mundo sabe, son unos grandes centros de degeneración sexual".

Cuando regresé a París, luego de las dos semanas, la agencia del señor Chames me consiguió casi de inmediato otro contrato de cinco días, en Alejandría. Apenas estuve un día en Francia, de modo que no pude ir a visitar a la niña mala. Pero hablamos por teléfono, al atardecer. La encontré de buen ánimo, contenta sobre todo con la doctora Roullin, que, me dijo, le estaba haciendo un bien enorme. Qué quería que le trajera de Egipto? "Un camello", Añadió, en serio: "Ya sé qué: uno de esos vestidos de baile con la barriga al aire de las bailarinas arabes". Pensaba gratificarme, cuando saliera de la clínica, con un espectáculo de danza del vientre para mí sólito? "Cuando salga te voy a hacer unas cosas que ni sabes que existen, santito." Cuando le dije que la echaba mucho de menos, me repuso: "Yo también, creo". Estaba mejorando, sin duda.

A la tarde siguiente partí a El Cairo, donde, luego de cinco pesadas horas de vuelo, tuve que tomar otro avión, de una línea egipcia, para Alejandría. Uno de los intérpretes árabes de la conferencia, natural de Alejandría, me ayudó, el último día, a conseguir el encargo de la niña mala: un vestido de danzarina árabe, lleno de velos y pedrerías. Me la imaginé con él puesto, bajo la luna, al compás de flautas, tamborines, y demás instrumentos musicales árabes, y la deseé. Al día siguiente después de llegar a París, antes incluso de ver a los Martínez, fui a visitarla a la clínica. Me hicieron pasar a un salón bastante amplio donde había algunas personas sentadas en sillones, en lo que parecían grupos familiares. Esperé ahí, y de pronto la vi entrar, en bata de baño, una toalla en la cabeza a modo de turbante y sandalias. Estaba mucho mejor, por lo menos ya tenía color en su rostro.

- Te hice esperar, perdona, estaba en la piscina, nadando - me dijo, empinándose para besarme en la mejilla - no tenía idea que ibas a venir. Sólo ayer recibí tu cartita de Alejandría. De veras vamos a ir en luna de miel a una playa del sur de España?

Nos sentamos en esa misma esquina y ella acercó su silla a la mía hasta que nuestras rodillas se tocaron. Me estiró las dos manos para que se las cogiera y así estuvimos, con los dedos entrelazados, la hora que duró nuestra conversación. El cambio era notable. Se había repuesto, en efecto, y otra vez su cuerpo tenía formas y la piel de su cara ya no transparentaba los huesos ni lucía los pómulos hundidos. En sus ojos asomaban otra vez la vivacidad y la picardía de antaño. Movía sus gruesos labios con una coquetería que me recordaba a la niña mala de los tiempos prehistóricos. La noté segura, tranquila, contenta por lo bien que se sentía y porque, me aseguró, ya no le venían sino muy de vez en cuando esos ataques de miedo que los dos últimos años la habían puesto al borde de la locura y que me habían tenido bastante preocupado en los últimos días que estuve con ella.

- No necesitas decirme que estás mejor - le dije, besándole las manos y devorándola con los ojos - basta verte. Estás linda otra vez. Estoy tan impresionado que apenas sé lo que digo.

- Y eso que me has pescado saliendo de la piscina - me respondió, mirándome a los ojos de manera provocadora - esperate que me veas arreglada y maquillada. Te vas a caer de espaldas, Peter.

Los días siguientes me dediqué a limpiar, ordenar y embellecer el departamento para recibir a la paciente. Hice lavar y planchar las cortinas y las sábanas, contraté a una señora portuguesa para que me ayudara a barrer y encerar los pisos, sacudir las paredes, lavar la ropa, y compré flores para los cuatro jarrones de la casa. Puse el paquete con el vestido de baile egipcio en la cama del dormitorio, con una tarjetita risueña. La víspera del día en que ella iba a dejar la clínica estaba yo tan ilusionado como un chiquillo que sale con una chica por primera vez.
Fuimos a recogerla en el auto de Rochi, acompañados por Matías, que no tenía clases ese día. Pese a la lluvia y a la grisura del aire yo tenía la sensación de que el cielo enviaba chorros de luz dorada sobre Francia. Ella estaba ya lista, esperándonos a la entrada de la clínica, con su maleta a los pies. Se había peinado con cuidado, pintado un poco los labios, echado algo de colorete en las mejillas, arreglado las manos y alargado las pestañas con rímel. Tenía puesto un abrigo que yo no le había visto hasta entonces, color azul marino, con un cinturón de gran hebilla. Cuando la vio, a Matías se le iluminaron los ojos y corrió a abrazarla. Yo me quedé mirándola embelesado.

Aquélla fue una noche muy hermosa. Cenamos donde los Martinez muy ligero, aunque con una botella de champagne, y, apenas regresamos a la casa, nos abrazamos y nos besamos mucho rato. Al principio con ternura, luego con avidez, con pasión, con desesperación. Mis manos abrazaban todo su cuerpo y la ayudaron a desnudarse. Cuando estuvo desnuda la levanté en brazos y la llevé al dormitorio. Me miró con una de esas sonrisitas burlonas de antaño; esas que tanto extrañaba porque eran parte de su personalidad, de su ser.

- Me vas a hacer el amor? - me prococó - pero si todavía no se han cumplido los dos meses que ordenó el médico.

- Esta noche no me importa - le respondí - estás demasiado hermosa, y si no te hiciera el amor me moriría. Porque yo te quiero con toda mi alma.

- Ya me parecía raro que no me hubieras dicho todavía ninguna huachafería - se rió, mientras le besaba todo el cuerpo, despacio, empezando por los cabellos y terminando en la planta de los pies, con infinita delicadeza e inmenso amor, la sentí ronronear, encogerse y estirarse, excitada. Pero, apenas ingrese en ella, dio un aullido y rompió en llanto, haciendo muecas de dolor.

- Me duele, me duele - lloriqueó, retirándome con las dos manos - queria darte gusto esta noche, pero no puedo, me desgarra, me duele. Perdóname Peter, perdóname; pero, no, no puedo. Duele demasiado

Lloraba besándome en la boca con angustia y sus cabellos y sus lágrimas se me metían por los ojos y por la nariz. Se había echado a temblar como cuando le sobrevenían los ataques de terror. Yo le pedí perdón a mi vez, por haber sido un bruto, un irresponsable, un egoísta. La amaba, nunca la haría sufrir, ella era para mí lo más precioso, lo más dulce y tierno de la vida. Como el dolor no cedía, me levanté, desnudo, y traje del baño una toallita empapada en agua tibia y con ella le repasé el bajo vientre con suavidad, hasta que, poco a poco, el dolor fue cediendo. Nos abrigamos con la frazada; estaba arrepentido de haberla hecho sufrir. Hasta que estuviera completamente bien no se volvería a repetir lo de esta noche: haríamos una vida casta, su salud era más importante que mi placer. Me escuchaba sin decir nada, pegada a mí y totalmente inmóvil. Pero, mucho rato después, antes de quedarse dormida, con sus brazos alrededor de mi cuello y sus labios pegados a los míos, me susurró: "Tu carta de Alejandría la leí diez veces, por lo menos. Dormía con ella todas las noches".

A la mañana siguiente llamé desde la calle a la clínica de Petit Clamart y la secretaria del doctor Zilacxy me dio una cita para dos días después. En la tarde fui a la Unesco a explorar qué posibilidades había de un contrato, pero el jefe de intérpretes me dijo que por el resto del mes no había nada. Tampoco la agencia del señor Charnés tenía nada para mí de inmediato en París o alrededores, pero, como mi antiguo patrón vio que andaba necesitado de trabajo, me confió un alto de documentos para traducir, del ruso y del inglés, bastante bien pagados. Así que me instalé a trabajar en la salita comedor de mi casa, con mi máquina de escribir y mis diccionarios. Me impuse un horario de oficina. Lali me preparaba tacitas de café y se ocupaba de las comidas. De tanto en tanto, como lo haría una recién casada llena de atenciones por su marido, se venía a colgar de mis hombros y a darme un beso por la espalda, en el cuello o la oreja. Pero cuando llegaba Matias se olvidaba por completo de mí y se dedicaba a jugar con el niño como si fueran de la misma edad. En las noches, después de la cena, oíamos discos antes de dormir, y a veces ella se quedaba dormida en mis brazos.

No le dije que tenía cita en la clínica de Petit Clamart y salí de casa con el pretexto de una entrevista para un posible trabajo en una empresa de las afueras de París. Llegué a la clínica media hora antes de lo convenido, muerto de frío, y esperé en la sala de visitas. El doctor estaba acompañado por la doctora Roullin.

- Cómo la ha encontrado? - me preguntó el director a manera de saludo

- Magníficamente bien, doctor. Es otra persona. Se ha repuesto, le han vuelto las formas y los colores. La noto muy tranquila. Y han desaparecido esos ataques de terror que la atormentaban tanto. Ella les está muy agradecida. Y yo también, por supuesto.

- Bien, bien - dijo el doctor - sin embargo, le prevengo que, en estas cosas, uno no puede fiarse nunca de las apariencias.

- En qué cosas, doctor? - lo interrumpí intrigado.

- En las cosas de la mente, mi amigo - sonrió él - si usted prefiere llamarlo el espíritu, no tengo objeción. La señora está físicamente bien. Su organismo se ha recuperado, en efecto, gracias a la vida disciplinada, el buen régimen alimenticio y los ejercicios. Ahora, hay que procurar que siga las instrucciones que le hemos dado sobre comidas. No debe abandonar la gimnasia y la natación, que le han hecho mucho bien. Pero, en el aspecto psíquico, tendrá usted que mostrar mucha paciencia. Está bien orientada, me parece, aunque el camino que le queda por recorrer será largo.

Miró a la doctora Roullin, que hasta entonces no había abierto la boca. Ella asintió. Sus ojos penetrantes tenían algo que me sobresaltó. Vi que abría el folder que tenia en la mano y lo hojeaba, de prisa. Me iban a dar una mala noticia? Al menos eso parecía, por la manera en qué me mirababan, tratando de buscar las palabras correctas.

- Su amiga ha sufrido mucho - dijo la doctora Roullin, con tanta amabilidad que parecía querer decir algo muy distinto - ella tiene una verdadera olla de grillos en la cabeza. A consecuencia de lo lastimada que está. De lo que sufre todavía, más bien.

- Pero, también psicológicamente, la encuentro mucho mejor - dije yo, por decir algo. Los preámbulos de los dos médicos habían terminado por asustarme - bueno, supongo que, después de una experiencia como lo de Lagos, ninguna mujer se recupera nunca del todo - ubo un pequeño silencio y otro rápido cambio de miradas entre el director y la doctora.
- Esa violación probablemente nunca ocurrió, señor - sonrió la doctora Roullin, con afabilidad. E hizo un gesto como disculpándose.

- Es una fantasía construida para proteger a alguien, para borrar las pistas - añadió el doctor Zilacxy, sin darme tiempo a reaccionar - la doctora Roullin lo sospechó en la primera entrevista que tuvieron. Y luego lo confirmamos cuando la dormí. Lo curioso es que inventó eso para proteger a alguien que, durante mucho tiempo, años, usó y abusó de ella de manera sistemática. Usted estaba al tanto, no es verdad?

- Quién era el señor Fukuda - preguntó la doctora Roullin, con suavidad - ella habla de él con odio y, a la vez, reverencia. Su marido? Una aventura?

- Su amante - balbuceé - un personaje de negocios turbios, con el que vivió en Tokio varios años. Ella me explicó que la había abandonado cuando supo que, en Lagos, los policías que la detuvieron la violaron. Porque creyó que le habían contagiado el sida.

- Otra fantasía, ésta para protegerse a sí misma. Ese señor no la echó, tampoco. Ella escapó de él. Sus terrores vienen de ahí. Una mezcla de miedo y de remordimiento, por haber huido de una persona que ejercía un dominio absoluto sobre ella, que la había privado de soberanía, de orgullo, de autoestima y, casi, de razón - yo había abierto la boca, pasmado. No sabía qué decir.

- Miedo de que él pudiera perseguirla para vengarse y castigarla - encadenó la doctora Roullin, con el mismo tono amable y discreto - pero, que decidiera escapar de él, fue una gran cosa, señor. Un indicio de que él no había destruido por completo su personalidad. Ella conservaba, en el fondo, su dignidad. Su libre albedrío.

- Pero, esas heridas, esas llagas - pregunté, y me arrepentí al instante, adivinando lo que me iban a responder.

- Él la sometía a toda clase de maltratos, para su diversión - explicó el director, sin demasiados rodeos - era un exquisito y un técnico a la vez, en la administración de sus placeres. Usted debe hacerse una idea clara de lo que ella soportó, para poder ayudarla. No tengo más remedio que ponerlo al tanto de detalles desagradables. Sólo así estará en condiciones de darle todo el apoyo que necesita. La azotaba con unos cordones que no dejan marcas. La prestaba a sus amigos y guardaespaldas, en medio de orgías, para verlos, porque era también un voyeur. Lo peor, quizás, lo que ha dejado una marca más fuerte en su memoria, eran los vientos. Lo excitaban mucho, por lo visto. La hacía beber unos polvos que la llenaban de gases. Era una de las fantasías con que se gratificaba ese excéntrico señor: tenerla desnuda, a cuatro patas, como un perro, soltando gases.

- No sólo le destrozó el recto y la vagina, señor - dijo la doctora Roullin, con la misma suavidad y sin renunciar a la sonrisa - le destrozó la personalidad. Todo lo que había en ella de digno y de decente. Por eso, se lo repito: ella ha sufrido y sufrirá aún muchísimo, aunque las apariencias digan lo contrario. Y actuará a veces de una manera irracional - se me había secado la garganta y, como si me hubiera leído el pensamiento, el doctor me alcanzó un vaso de agua con burbujas.

- Ahora bien, hay que decirlo todo. No se equivoque usted. Ella no fue engañada. Fue una víctima voluntaria. Aguantó todo eso sabiendo muy bien lo que hacía. Llámelo usted amor retorcido, perversión, pulsión masoquista o, simplemente, sumisión ante una personalidad aplastante, a la que no conseguía oponer ninguna resistencia. Ella fue una víctima complaciente y aceptó de buena gana todos los caprichos de ese caballero. Eso, ahora, cuando toma conciencia de ello, la enfurece, la desespera.

- Será la convalecencia más lenta, la más difícil - dijo la doctora Roulling - recuperar su autoestima. Ella aceptó, quiso ser una esclava, o poco menos, y fue tratada como tal. Hasta que, un buen día, no sé cómo, no sé por qué, ella no lo sabe tampoco, se dio cuenta del peligro. Sintió, adivinó que, si seguía así, iba a acabar muy mal, lisiada, loca o muerta. Y, entonces., se fugó. No sé de dónde sacó fuerzas para hacerlo. Hay que admirarla por ello, le aseguro. Quienes llegan a ese extremo de dependencia, no suelen liberarse casi nunca.

- El pánico fue tan grande que se inventó toda esa historia de Lagos, la violación de los policías, que él la echó por temor al sida. Y llegó a creérsela, incluso. Vivir en esa ficción le daba razones para sentirse más segura, menos amenazada, que vivir en la verdad. Para todo el mundo es más difícil vivir en la verdad que en la mentira. Pero, más para alguien en su situación. Le va a costar mucho acostumbrarse de nuevo a la verdad - se calló y la doctora Roullin también permaneció con la boca cerrada. Yo bebía el agua a sorbitos, incapaz de decir nada. Me sentía congestionado y transpirando.

- Usted puede ayudarla - dijo la doctora Roullin, después de un momento - más todavía, señor. Usted, le sorprenderá oír esto, probablemente sea la única persona en el mundo que puede ayudarla. Mucho más que nosotros, le aseguro. El peligro es que ella se repliegue en su yo profundo, en una suerte de autismo. Usted puede ser su puente de comunicación con el mundo.

- Ella confía en usted, y creo que en nadie más - asintió el director - ella, ante usted, se siente, cómo le diré...

- Sucia - dijo la doctora Roullin - porque, para ella, aunque no se lo crea, usted es una especie de santo.

La risita que solté sonó muy falsa. Me sentí tonto, estúpido, tuve ganas de mandar al diablo a ese par y decirles que ambos justificaban la desconfianza que había tenido toda la vida por psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas, curas y brujos. Sentía algo raro en el pecho, un sentimiento que no podía llegar a explicar; compasión, ternura?

- Si tiene usted paciencia y, sobre todo, mucho cariño, ella puede reponer también su espíritu, así como se ha repuesto físicamente - dijo el director. Les pregunté, porque no sabía ya que más preguntarles, si Lali necesitaba volver a la clínica.

- Más bien, lo contrario - dijo la sonriente doctora Roullin - ella debe olvidarse de nosotros, que estuvo aquí, que esta clínica existe. Empezar su vida de nuevo y desde cero. Una vida muy distinta de la que ha tenido, con alguien que la quiera y la respete. Como usted.

- Una cosa más, señor - dijo el director, poniéndose de pie e indicándome así que la entrevista se acababa - a usted le parecerá raro. Pero, ella, y todos quienes viven buena parte de su vida encerrados en fantasías que se construyen para abolir la verdadera vida, saben y no saben lo que están haciendo. Quiero decir: a veces saben y otras no saben lo que hacen. Éste es mi consejo: no trate usted de forzarla a aceptar la realidad. Ayúdela, pero no la obligue, no la apresure. Ese aprendizaje es largo y difícil.

- Podría ser contraproducente y provocar una recaída. Ella, poco a poco, por su propio esfuerzo, tiene que ir reacomodándose, aceptando de nuevo la vida verdadera.

No entendí muy bien lo que querían decirme, pero tampoco traté de averiguarlo. Quería irme, salir de allí y no volver a acordarme de lo que había oído. Sabiendo muy bien que sería imposible. En el tren, de regreso a París, me vino una desmoralización profunda. La angustia me cerraba la garganta. No era sorprendente que hubiera inventado lo de Lagos. No se había pasado la vida inventando cosas? Pero me dolía saber que las heridas se las había causado Fukuda, al que me puse a odiar con todas mis fuerzas. Sometiéndola a qué prácticas? Ella se había prestado a todo eso. Al mismo tiempo que víctima, había sido una cómplice de Fukuda. Y pese a todos esos rencores y furias sólo quería llegar pronto a la casa para verla, tocarla, y hacerle saber que la amaba más que nunca. Pobrecita. Cuánto había sufrido. Era un milagro que estuviera viva. Yo dedicaría todo el resto de mi vida a sacarla de ese pozo. Imbécil! Así son todos los hombres enamorados? Tan imbéciles como yo?

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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Sáb Oct 15, 2011 8:12 pm

Pobre Lali, espero que Peter pueda ayudarle a que este mejor y todo se arregle.
Ame el cap!!!!
Besos.
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Mar Oct 18, 2011 5:43 pm

XI: Oportunidad

Cuando entré a la casa, encontré a Matias enseñándole a Lali a jugar ajedrez. Ella se quejaba de que era muy difícil y exigía pensar mucho, más sencillo y divertido era el juego de damas. "No, no, no", insistía la vocecita chillona del niño. "Matias te va a aprender." "Matias te va a enseñar, no aprender", lo corregía ella. Cuando el niño se fue, para disimular mi estado de ánimo, me puse a trabajar en las traducciones y estuve tecleando en la máquina hasta la hora de la cena. Como tenía la mesa del comedor ocupada con mis papeles, comíamos en la cocinita, en un pequeño tablero con dos taburetes. Ella había preparado una tortilla de queso y una ensalada.

- Qué te pasa? - me preguntó de pronto, mientras comíamos - te noto raro. Fuiste a la clínica, no? Por qué no me has contado nada? Te han dicho algo malo?

- No, al contrario - le aseguré - estás bien. Lo que me han dicho es que, ahora, necesitas olvidarte de la clínica, de la doctora Roullin y del pasado. Me lo dijeron ellos mismos: que los olvides, para que tu restablecimiento sea total.

En sus ojos vi que sabía que le ocultaba algo, pero no insistió. Fuimos a tomar el café donde los Martinez. Nuestros amigos andaban muy excitados. Pablo había recibido una oferta para pasar un par de años en la Universidad de Princeton, haciendo investigación. Como ellos hablaban todo el tiempo, yo casi no tuve necesidad de abrir la boca, sólo escuchar, o, más bien, simular que escuchaba, por lo que les quedé muy agradecido.

Las semanas y meses que siguieron fueron de mucho trabajo. Para ir pagando los préstamos y al mismo tiempo mantener los gastos corrientes que, ahora, viviendo la niña mala conmigo, habían aumentado, tuve que aceptar todos los contratos que se presentaban y, al mismo tiempo, en las noches, o muy temprano en las mañanas, dedicar dos o tres horas a traducir. No me importaba el exceso de trabajo. La verdad es que me sentía feliz viviendo con la mujer que amaba. Ella parecía restablecida del todo. Jamás hablábamos de Fukuda, ni de Lagos, ni de la clínica de Petit Clamart. Íbamos al cine, alguna vez a oír música y, los sábados, a cenar en algún restaurante no muy caro. En realidad, hacíamos actividades que cualquier pareja normal haría, sin recordar el pasado.

La inscribí en un gimnasio que tenía una piscina temperada, y ella iba allí, de buena gana, varias veces por semana, a hacer clases de aerobics con un monitor y a nadar. Ahora que había aprendido, la natación era su deporte favorito. El gimnasio había pasado a ser su pasatiempo favorito. Cuando yo no estaba, solía pasar buena parte del tiempo con los Martinez, quienes, finalmente, obtenido el permiso de Rochi, preparaban viaje a Estados Unidos para la primavera. Ellos la llevaban de tanto en tanto a ver una película, una exposición o a cenar en la calle. Matias había conseguido enseñarle el ajedrez y le daba las mismas palizas que en las damas.

Un día, Lali me dijo que, como se sentía ya perfectamente bien, lo que parecía cierto dado su buen aspecto y el amor a la vida que parecía haber recobrado, quería buscar un trabajo, para no perder el tiempo y para ayudarme con los gastos de la casa. Le mortificaba que yo me matara trabajando y que ella no hiciera otra cosa que ir al gimnasio y jugar con Matias. Pero, cuando empezó a buscar trabajo, surgió el problema de los papeles. Tenía tres pasaportes, uno peruano caducado, otro francés y otro inglés, los dos últimos falsos. En ninguna parte le darían un trabajo en regla, siendo ilegal. Pese a este obstáculo, siguió haciendo averiguaciones, contestando a los avisos de ofertas de empleos de oficinas de turismo, relaciones públicas, galerías de arte y compañías que trabajaban con España y América Latina y necesitaban personal con conocimientos de español. No me parecía nada fácil que, dada su precaria condición legal, encontrara un trabajo regular, pero no quería desilusionarla y la animaba a continuar sus búsquedas. Unos días antes del viaje de los Martinez a los Estados Unidos, en una cena de despedida que les ofrecimos, después de escuchar a Lali contar lo difícil que le estaba resultando conseguir un trabajo donde la aceptaran sin papeles, a Rochi se le ocurrió una idea. Grandiosa? Hasta ahora no encuentro respuesta.

- Y por qué no se casan? - se dirigió a mí - tienes la nacionalidad francesa, no es cierto? Pues, te casas con ella y le das la nacionalidad a tu mujer. Se acabaron los problemas legales. Será una francesita con todas las de la ley.

Lo dijo sin pensarlo, bromeando, y Pablo le siguió la cuerda: ese matrimonio debía esperar, él quería estar presente y ser testigo del novio, y, como no volverían a Francia antes de dos años, teníamos que guardar el proyecto hasta entonces. De vuelta a la casa, medio en serio medio en juego, le dije a la niña mala, que se estaba desvistiendo:

- Y si seguimos el consejo de Rochi? Ella tiene razón: si nos casamos, tu situación queda resuelta en el acto - terminó de ponerse el camisón y me miro, con las manos en la cintura, una sonrisita burlona y una actitud de gallito peleador. Me habló con toda la ironía de que era capaz:

- Me estás pidiendo en serio que me case contigo?

- Bueno, creo que sí. Si tú quieres. Para resolverte los problemas legales, pues. No vaya a ser que cualquier día te expulsen de Francia por ilegal.

- Yo sólo me caso por amor. No me casaría nunca con una persona que me hiciera una propuesta de matrimonio tan grosera como la que me acabas de hacer tú.

- Si quieres, me pongo de rodillas y, con una mano sobre el corazón, te ruego que seas mi mujercita adorada hasta el fin de los tiempos - dije, confundido, sin saber si ella siempre jugaba o se había puesto a hablar en serio.

- Hazlo - me ordenó - de rodillas, con las manos en el pecho. Dime las mejores huachaferías, a ver si me convences.

Me dejé caer dé rodillas y le rogué que se casara conmigo, mientras besaba sus pies, sus tobillos, sus rodillas, acariciaba sus nalgas, y la comparaba a las diosas del Olimpo, a Cleopatra. Por fin la cogí de la cintura y la obligué a tumbarse en la cama. Mientras la acariciaba y amaba, la sentí reírse, a la vez que me decía al oído: "Lo siento, pero he recibido mejores peticiones de mano que la suya, señor pichiruchi". Siempre que hacíamos el amor, yo debía tomar grandes precauciones para no dañarla. Y, aunque simulaba creerle que estaba cada vez mejor, el paso del tiempo me había convencido de que no era así y que aquellas heridas nunca desaparecerían del todo y limitarían para siempre nuestra vida sexual. Pero, aun así, esos amores difíciles y a veces incompletos me hacían gozar inmensamente. Aquella noche, cuando ya, exhaustos, estábamos hundiéndonos en el sueño, la amonesté.

- No me has dado una respuesta, guerrillera. Ésta debe ser la decimoquinta declaración de amor que te hago. Te vas a casar conmigo, sí o no?

- No lo sé - me respondió, muy en serio, abrazada a mí - tengo que pensarlo todavía.
Los Martinez partieron a Estados Unidos un día soleado, primaveral. Fuimos a despedirlos al aeropuerto: cuando Matias abrazo a Lali, los ojos se le llenaron de lágrimas. Los Martinez nos habían dejado la llave de su piso para que le echáramos un vistazo de cuando en cuando y evitáramos que lo invadiera el polvo. Como vi a Lali tan abatida por la partida de Matias, le propuse que, en vez de volver a la casa, diéramos un paseo o fuéramos a un cine. Luego la llevaría a cenar a un lugar que le gustaba mucho. Se había encariñado tanto con Matias que, mientras dábamos un paseo por los alrededores de Notre Dame, rumbo al restaurante, le dije bromeando que, si quería, una vez que nos casáramos podíamos adoptar un niño.

- Te he descubierto una vocación de mamá. Siempre creí que no querías tener hijos.

- Cuando estaba en Cuba, con ese comandante Pablo, me hice anudar las trompas porque él quería un hijo y a mí me horrorizaba la idea - me contestó, con sequedad - ahora me arrepiento.

- Adoptemos uno - la animé - no es lo mismo, acaso? No has visto la relación que tiene Mati con sus padres?

- No sé si es lo mismo - murmuró y sentí que su voz se había vuelto hostil - además, ni siquiera sé si me voy a casar contigo. Cambiemos de tema, por favor.

Se había puesto de muy mal humor y yo comprendí que, sin quererlo, había tocado algún rincón lastimado de su intimidad. Traté de distraerla, y la llevé a ver la catedral, un espectáculo que, con todos los años que llevaba en París, nunca dejaba de deslumbrarme. Lali me oía alabar a Notre Dame como si oyera llover, sumida en sus pensamientos. En la comida estuvo cabizbaja, enfurruñada, y apenas probó bocado. Y esa noche se durmió sin darme las buenas noches, como si yo tuviera la culpa de la partida de Matias. Dos días después, viajé a Londres, con un contrato de una semana de trabajo. Al despedirme de ella, muy de mañana, le dije:

- No importa que no nos casemos si no quieres, niña mala. Tampoco hace falta. Tengo que decirte una cosa, antes de partir. En mis cuarenta y siete años de vida, nunca he sido tan feliz como en estos meses que llevamos juntos. No sabría cómo pagarte la felicidad que me has dado.

- Apúrate, vas a perder el avión, empalagoso - me fue empujando ella hacia la puerta.

Estaba todavía de mal humor, recluida en sí misma mañana y tarde. Desde la partida de los Martinez casi no había podido conversar con ella. Tanto la afectaba la ida de Matias? Cada vez que salía en viaje de trabajo fuera de París, hablábamos cada dos días. Me llamaba ella, pues era más barato; los hoteles y pensiones recargaban bárbaramente las llamadas internacionales. Pero, a pesar de que yo le había dejado el teléfono del Hotel los dos primeros días en Londres la niña mala no me llamó. Al tercero, lo hice yo. La noté muy rara, evasiva, irritada. Me asusté, pensando que a lo mejor le habían vuelto los antiguos ataques de pánico. Me aseguró que no, se sentía bien. Extrañaba a Matias, entonces? Claro que lo extrañaba. Y a mí también me extrañaba un poquito?

- A ver, déjame pensarlo - me dijo, pero el tono de su voz no era el de una mujer que bromeaba - no, francamente, no te extraño mucho todavía.

Me quedó un mal gustito en la boca cuando colgué. Como dos días después tampoco me llamó, lo hice yo de nuevo, también muy temprano. No contestó el teléfono. Era imposible que saliera de la casa a las siete de la mañana: no lo hacía jamás. La única explicación era que seguía de mal humor - pero, de qué? - y que no quería contestarme, pues sabía muy bien que era yo quien la llamaba. Volví a llamarla en la noche y tampoco levantó el teléfono. Llamé cuatro o cinco veces en el curso de una noche de desvelo: silencio total. Los chirridos intermitentes del teléfono me persiguieron las veinticuatro horas siguientes hasta que, apenas terminada la última sesión, corrí al aeropuerto a tomar mi avión a París. Toda clase de pensamientos tenebrosos me hicieron infinito el viaje. Eran las dos y pico de la madrugada, cuando, bajo una lluviecita persistente, abrí la puerta de mi departamento. Estaba a oscuras, vacío, y sobre la cama había una cartita escrita a lápiz. "Ya me cansé de jugar al ama de casa pequeñoburguesa que te gustaría que fuera. No lo soy ni lo seré. Te agradezco mucho lo que has hecho por mí. Lo siento. Cuídate y no sufras mucho, niño bueno". Una vez más. Jamás se cansaría?

Desempaqué, me lavé los dientes, me acosté. Y estuve el resto de la noche pensando, divagando. Esto habías estado esperando, temiendo, no? Sabías que iba a ocurrir tarde o temprano, desde que, siete meses atrás, la instalaste a la niña mala en tu edificio. Aunque, por cobardía, hubieras tratado de no asumirlo, de esquivarlo, engañándote, diciéndote que ella, por fin, después de esas horribles experiencias con Fukuda, había renunciado a las aventuras, a los peligros, y se había resignado a vivir contigo. Pero siempre supiste, en el fondo de los fondos, que aquel espejismo duraría sólo lo que durase su convalecencia. Que la vida mediocre y aburrida que llevaba contigo la cansaría y que, una vez que recobrase la salud, la confianza en sí misma y se le evaporara el remordimiento o el miedo a Fukuda, se las arreglaría para encontrar a alguien más interesante, más rico y menos rutinario que tú, y emprendería una nueva travesura. Por qué aún mantenías la esperanza de que ella cambiaría?

Apenas hubo algo de luz, me levanté, me preparé un café y abrí la pequeña cajita de seguridad donde tenía siempre una cantidad de dinero en efectivo para los gastos del mes. Se lo había llevado todo, naturalmente. Quién sería, esta vez, el dichoso mortal? Cuándo y cómo lo habría conocido? Durante alguno de mis viajes de trabajo, sin duda. Tal vez en el gimnasio. Revisé todo el departamento y no quedaba rastro de ella. Se había llevado hasta el último imperdible. Se diría que nunca había estado acá. Me bañé, me vestí y salí a la calle, huyendo de esos dos cuartitos y medio donde, tal como se lo dije al despedirme, había sido más feliz que en ninguna otra parte, y donde sería a partir de ahora - una vez más! -inmensamente desgraciado. No había de qué sorprenderse: había ocurrido lo que siempre supiste iba a ocurrir; ella desapareciendo y tú, deshecho.

Hacía un día bonito, sin nubes, con un sol algo frío, y la primavera había llenado de verdura las calles de París. Caminé horas, metiéndome, cuando sentía que me iba a desmayar de fatiga, a un café a tomar algo. Al atardecer, comí un sandwich con una cerveza y luego entré a un cine, sin saber siquiera qué película daban. Me quedé dormido apenas me senté y desperté sólo cuando encendieron las luces. No recordaba una sola imagen. En la calle era ya de noche. Sentía mucha angustia y temía que se me salieran las lágrimas. No sólo eres capaz de decir huachaferías sino también de vivirlas, Peter. La verdad, la verdad, esta vez no iba a tener las fuerzas necesarias para, como había hecho las otras veces, recomponerme, reaccionar, y seguir jugando a que me olvidaba de la niña mala. Esta era la última vez que ella me hacía algo así, mi corazón no resistía más.

Subí por los muelles del Sena hasta el lejano Pont Mirabeau. Había decidido, con frialdad, sin dramatismo, que ésa era después de todo una manera digna de morir: saltando desde ese puente. Aguantando la respiración o tragando agua a borbotones, perdería rápidamente la conciencia y la muerte seguiría al instante. Si no podías tener lo único que querías en la vida, que era ella, mejor acabar de una vez y de este modo, pichiruchi. Llegué al Pont Mirabeau totalmente mojado. Ni siquiera había advertido que llovía. Avancé hasta la mitad del puente y sin vacilar me encaramé al borde metálico, donde, al empinarme para saltar - juro que iba a hacerlo - sentí un golpe de viento en la cara y, al mismo tiempo, dos brazos que me rodeaban las piernas y de un jalón me hacían trastabillar y caer de espaldas, en el asfalto del puente.

- Cuidado imbecil!

Era un chico que olía a vino y mugre, medio perdido dentro de un gran impermeable de plástico que le cubría la cabeza. Sin ayudarme a levantarme, me puso la botella de vino en la boca y me hizo beber un trago: algo caliente y fuerte, que me removió las entrañas. Un vino pasado, que se volvía ya vinagre. Tuve una arcada, pero no vomité; estaba más pendiente de lo que había pasado, aún no lo comprendía del todo. Él chico, exclamó:

- Hasta luego

Y vi que, dando media vuelta, se alejaba, tambaleándose, con su botella de vino agrio bailoteando en la mano. Regresé caminando hasta casa, riéndome de mí mismo, lleno de gratitud y admiración por ese vagabundo borracho que me había salvado la vida. Iba a saltar, lo hubiera hecho si él no me lo impedía. Me sentía estúpido, ridículo, avergonzado, y había comenzado a estornudar. Queria dormir, dormir el resto de la noche y de la vida. Cuando estaba abriendo la puerta de mi departamento descubrí una rayita de luz dentro. Crucé de dos saltos la salita comedor. Desde la puerta del dormitorio vi a Lali, de espaldas, probándose ante el espejo de la cómoda el vestido de bailarina árabe que le compré en El Cairo y que no creo que se hubiera puesto antes. Aunque tenía que haberme sentido, no se volvió a mirarme, como si hubiera entrado en el cuarto un fantasma.

- Qué haces tú acá? - dije, grité o rugí, paralizado en el umbral, sintiendo mi voz rarísima, como la de un hombre al que estrangulan. Con mucha calma, como si no pasara nada y toda esta escena fuera la más trivial del mundo, se volvió de medio lado y me miró, sonriendo:

- Cambié de idea y aquí me tienes de regreso - hablaba como si me revelara un chisme de salón. Y, pasando a cosas más importantes, me señaló su vestido y explicó - me quedaba un poco grande, pero creo que ahora va bien. Cómo me queda?

No pudo decir más porque yo, no sé cómo, había cruzado la habitación de un salto y la había abofeteado con todas mis fuerzas. Vi un brillo de terror en sus ojos, la vi remecerse, apoyarse en la cómoda, caer al suelo y la oí decir, acaso gritar, sin perder del todo la serenidad, esa calma teatral:

- Estás aprendiendo a tratar a las mujeres, Peter - yo me había dejado caer al suelo junto a ella y la tenía cogida de los hombros y la sacudía, enloquecido, vomitando mi despecho, mi furia, mi estupidez, mis celos:

- Es un milagro que no esté en el fondo del Sena, por tu culpa, por ti - se atropellaban las palabras en mi boca, se me trababa la lengua - estas últimas veinticuatro horas me has hecho morir mil veces. A qué juegas tú conmigo, dime a qué. Para eso me llamaste, me buscaste, cuando ya me había librado de ti? Hasta cuándo crees que voy a aguantar? Yo también tengo un límite. Te podría matar.

En ese momento me di cuenta de que, en efecto, hubiera podido matarla si seguía sacudiéndola así. Asustado, la solté. Ella estaba lívida y me miraba, boquiabierta, protegiéndose con los dos brazos levantados.

- No te reconozco, no eres tú - murmuró y se le cortó la voz. Se había comenzado a sobar la mejilla y la sien derecha, que, en la media luz, me parecieron hinchadas.

- Estuve a punto de matarme por ti - repetí, la voz impregnada de rencor y de odio - me subí a la baranda del puente para tirarme al río y me salvó un vagabundo. Un suicida, lo que faltaba en tu currículo. Tú crees que vas a seguir jugando así conmigo? Está visto que sólo matándome o matándote me libraré para siempre de ti.
- Mentira, tú no quieres matarte ni matarme - dijo, arrastrándose hacia mí - sino tener sexo conmigo. No es verdad? Yo también quiero. O, si esa palabra te molesta, que me hagas el amor.

Ella se había incorporado a medias para echarse en mis brazos y me tocaba la ropa, escandalizada: "Estás empapadito, te vas a resfriar, quítate esta ropa mojada, tontito". "Si quieres, después me matas, pero, ahorita, hazme el amor." Había recuperado la serenidad y ahora era dueña de la situación. El corazón se me salía por la boca y apenas podía respirar. Me ayudó a quitarme el saco, el pantalón, los zapatos, la camisa - todo parecía recién salido del agua- y, a la vez que me ayudaba a desvestirme, me pasaba la mano por los cabellos en esa rara, única caricia que se dignaba hacerme algunas veces. "Cómo te late el corazón, tontito", me dijo, un momento después, pegando su oreja a mi pecho. "Yo lo he puesto así?" Yo había comenzado a acariciarla también, sin que por ello hubiera dominado la rabia. Pero, a esos sentimientos se mezclaba ahora un deseo creciente - se había arrancado el vestido de bailarina y tendida sobre mí me secaba moviéndose sobre mi cuerpo - metiéndome la lengua en la boca. La besé, la acaricié, la abracé, sin la delicadeza de otras veces, más bien con rudeza, todavía herido, dolido, y, por fin, la obligué a ponerse debajo de mí. Ingrese en ella con brutalidad y la sentí aullar de dolor. Pero no me rechazó y, con el cuerpo tenso, esperó, quejándose, gimiendo despacito, que terminara. Sus lágrimas mojaban mi cara y yo las lamía. Estaba demacrada, con los ojos desorbitados y la cara descompuesta por el dolor. Nota de la autora: obsesión o amor? Están locos los dos, eso pienso yo. LOCOS.

- Es mejor que te vayas, que me dejes de verdad - le imploré, temblando de pies a cabeza -
hoy he estado a punto de matarme y casi te mato a ti. No quiero eso. Anda, búscate otro, uno que te haga vivir intensamente, como Fukuda. Uno que te azote, que te preste a sus amigos, te haga tragar polvos para que le sueltes pedos. Tú no eres para vivir con un aburrido como yo - ella me había pasado los brazos alrededor del cuello y me besaba en la boca mientras yo le hablaba. Todo su cuerpo se restregaba para ajustarse más al mío.

- No pienso irme ni ahora ni nunca - me susurró en el oído - no me preguntes por qué, porque ni muerta te lo voy a decir. Nunca te voy a decir que te quiero aunque te quiera.

En ese momento debo de haberme desmayado, o dormido de golpe, aunque ya, desde sus últimas palabras, sentí que me abandonaban las fuerzas y todo comenzaba a darme vueltas. Me desperté mucho después, en la habitación a oscuras, sintiendo una forma tibia metida dentro de mí. Estábamos acostados, bajo las sábanas y frazadas. Había cesado de llover hacía rato, sin duda, porque los cristales ya no estaban empañados. Lali estaba amarrada a mi cuerpo, sus piernas enredadas a las mías y su boca apoyada en mi mejilla. Sentí su corazón; latía, acompasado, dentro de mí. Se me había evaporado la cólera y ahora estaba lleno de arrepentimiento por haberla golpeado y haberla hecho sufrir mientras la amaba. La besé con ternura, tratando de no despertarla, y susurré sin ruido en su oído: "Te amo, te amo, te amo". No estaba dormida. Se apretó a mí y me habló poniendo sus labios sobre los míos, mientras entre palabra y palabra, su lengua picoteaba la mía:

- Tú nunca vas a vivir tranquilo conmigo, te lo advierto. Porque no quiero que te canses de mí, que te acostumbres a mí. Y, aunque vamos a casarnos para arreglar mis papeles, no seré nunca tu esposa. Yo quiero ser siempre tu amante, tu perrita, tu puta. Como esta noche. Porque así te tendré siempre loquito por mí.

Decía esas cosas besándome sin tregua y tratando de meterse enterita dentro de mi cuerpo.

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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Mar Oct 18, 2011 5:43 pm

XII. Carlos, constructor de rompebolas

Desde que el tío Ataúlfo me presentó a este sobri¬no suyo, Alfonso, me había llevado a conocer los barrios nuevos, y mostrado algunas casas rodeadas de parques, lagos y piscinas que parecían salidas de las pelí¬culas de Hollywood. Como me oyó decir un día que una de las cosas que más envidiaba de niño a mis amigos miraflorinos era que muchos de ellos fueran socios del Club Rega¬tas, me invitó a almorzar ahí. Y, tal como me lo dijo, las instalaciones del Club eran ahora modernísi¬mas, con sus canchas de tenis y frontón, sus piscinas olím¬pica y temperada y las dos nuevas playas ganadas al mar gracias a dos largos rompeolas, ideados por un señor llamado Carlos.

Había vuelto a Lima por un par de semanas, de manera un tanto precipitada, con la intención de despedir y enterrar al tío Ataúlfo que había muerto de un ataque al corazón; pero, sorprendetemente había sobrevivido. Aunque traté de alojarme en un hotel, él insistió pa¬ra llevarme a su casita de dos pisos, donde tenía sitio de sobra. Volvía a Lima después de casi veinte años. Me sentía un extranjero total, en una ciudad en la que casi no quedaba rastro de mis recuerdos. Mi tío siempre me preguntaba por qué mi esposa no había venido conmigo y la verdad es que nunca pude darle una explicación convincente por¬que yo tampoco la tenía. Ella dijo que no podía abandonar su trabajo porque, precisamente en esta época del año, la compañía tenía que hacer frente a una demanda abrumadora de con¬venciones, conferencias, bodas, banquetes y celebraciones de toda índole, lo que le impedía tomarse un par de sema¬nas de vacaciones. No le creí y se lo hice saber. Lali acabó entonces por reconocerme que no era cierto, que, en realidad, no quería venir a Li¬ma. “Y por qué? Se puede saber?”, la tentaba yo. “No ex¬trañas tanto la comida peruana? Pues, te propongo un par de semanas con todas las exquisiteces de la gastronomía nacional, el ceviche de corvina, el chupe de camarones, el arroz con pato, el lomito saltado, la causa y todo lo que se te antoje.” No hubo forma, ni en se¬rio ni en broma la convencí. No iría al Perú, ni ahora ni nunca. No volvería a poner los pies allá ni por un par de horas. Y cuando yo quise cance¬lar el viaje, para no dejarla sola, ella insistió en que viajara, alegando que, justamente en esta época, estarían en París los Martínez, a los que podía recurrir si en algún momen¬to necesitaba ayuda.

Que Lali encontrara ese trabajo había sido el mejor remedio para su estado de ánimo. Yo pensé que siendo la personita inquieta y libérrima que siempre había sido, trabajar en una com¬pañía que organizaba eventos sociales la aburriría muy pronto, y que sería una empleada tan poco competente que la despedirían. No fue así. Al contrario, al poco tiempo se ganó la confianza de su jefa. Y ocuparse, hacer cosas, asu¬mir obligaciones, aunque fuera pedir precios en hoteles y restaurantes, cotejarlos y negociar descuentos, averiguar lo que las empresas, asociaciones, familias, aspiraban a te¬ner en torno a sus encuentros, banquetes, aniver¬sarios, lo tomaba muy a pecho. A veces, debía via¬jar a provincias, entonces, me llamaba todas las noches, y me contaba, con lujo de detalles, sus quehaceres del día. Le había hecho bien tener su tiempo ocupado, adquirir responsabilidades y ganar dinero. Otra vez se vestía con coquetería, iba a pe¬luquerías, masajistas, manicuristas y pedicuristas, y cons¬tantemente estaba dándome la sorpresa de un cambio de maquillaje, peinado o atuendo. “Haces esto para estar a la moda o para tener siempre enamorado a tu marido?” “Lo hago sobre todo porque a los clientes les encanta ver¬me bonita y elegante. Te da celos?” Sí, me daba. Yo se¬guía enamorado de ella como un loco y creo que ella lo estaba también de mí, porque, salvo pequeñas crisis pasa¬jeras, desde aquella noche en que estuve a punto de suicidarme, advertía unos detalles en nuestra re¬lación antes impensables en ella. “Esta separación de dos semanas será una prueba”, me dijo, la noche de mi parti¬da. “A ver si te enamoras más de mí o me dejas por una de esas peruanitas traviesas, niño bueno.” “Para peruanitas traviesas, tengo de sobra contigo.”

Llevábamos dos años de casados y sentía que los dos estábamos felices. La niña mala estaba mucho mejor. Me costaba a veces verla haciendo una vida tan normal, entrete¬nida con su trabajo y, me parecía, contenta, o por lo menos resignada a esa vida, trabajando mucho toda la semana, preparando la comida en las noches y yendo al cine, al teatro, a una exposición o a un concierto y a cenar en la calle los fines de semana, casi siempre solos, o con los Martínez quienes seguían viviendo en Estados Unidos. Aunque dicen que sólo los imbéciles son felices, confieso que me sentía feliz. Compartir mis días y mis no¬ches con la niña mala me llenaba la vida. A pesar de lo ca¬riñosa que era conmigo, en comparación con lo glacial que había sido en el pasado, ella había conseguido, en efecto, hacerme vivir siempre intranquilo, con el miedo de que, un buen día, de la manera más inesperada, se esfumaría sin decirme adiós. No me acababa de entrar a la cabeza que Lali la chilenita aceptara que el resto de su vida fuera lo que era ahora: la de una parisina de clase media, sin sorpresas ni misterio, sumida en una estrictísima rutina y desprovista de aventuras.

El gobierno francés le concedió a Lali, la nacionalidad francesa, sin sospechar que antes ella había estado casada con el nombre de Madame Arnoux. Se había puesto otro nombre, al conseguir papeles falsos; mi tío Ataulfo nos había ayudado con todo el trámite. Nos casamos en la alcadía, inmediatamente después de que ella recibiera su nuevo pasaporte. Fue en octubre de 1982, al mediodía con la sola compañía de los Martínez, que oficiaron de testigos. No hubo banquete de bodas ni celebración alguna porque esa misma tarde partí yo a Roma con un contrato de dos semanas.

Nunca estuvimos tan unidos como en los meses que siguieron a nuestra reconciliación, llamémosla así, aque¬lla noche en la que el desconocido vagabundo surgió en medio de la lluvia y la oscuridad para salvarme la vida. En esa época todavía los ataques de terror le sobrevenían de cuando en cuando. Entonces, muy pálida y con grandes ojeras, no se apartaba de mí un solo segundo. Me seguía por toda la casa como un perrito faldero, tomada de mi mano, prendida de mi correa o mi camisa, porque ese contacto físico le daba la mínima seguridad sin la cual, me decía balbuceando, “me desinte¬graría”. Verla sufrir de esa manera me hacía sufrir a mí también. Y, algunas veces, la inseguridad que la poseía en medio de la crisis era tal que ni siquiera al baño podía ir sola; muerta de vergüenza, con los dientes chocándole, me pedía que entrara con ella y la tuviera de la mano mientras hacía sus necesidades.

Así que, al regresar a Lima sin Lali, me había juntado con los amigos de mi tío. Ellos me habían hablado mucho de Carlos, el arquitecto de los rompebolas.

- Te va a impresionar mucho Carlos - me aseguró Benjamín, el amigo de mi tío - es un loco lindo. Lo conozco hace vein¬te años y todavía me deja boquiabierto con las historias que cuenta. Es un mago, ya lo verá.

- Habría que ponerle una grabadora, te juro, tío Peter – dijo Alfonso - sus historias de los rompeolas son increíbles

Ese día me llevarían a conocerlo, iríamos en el carro de mi sobrino Alfonso. Ibamos siguiendo la carretera de la playa, al pie de los acantilados desnu¬dos y, a nuestra izquierda, un mar agitado y medio oculto por la neblina. Me sentía impaciente por conocer a esa maravilla de carne y hueso. Alfonso dijo que ojalá lo encontráramos en plena observación del mar. Entonces, Carlos se volvía un espectáculo: sentado en la playa con las piernas cruzadas como un Buda, inmóvil, petrifi¬cado, podía pasarse horas analizando las aguas. Y, entonces, de pronto a Benja se le ocurrió decir:

- Es un viejo lindo y fantaseador. Siempre anda contando extravagancias, porque también le dan delirios de grandeza. En una época se inventó que tenía una hija en París y que se lo iba a llevar a vivir allá, con ella!
Fue como si la mañana se hubiera quedado de re¬pente a oscuras. No sé exactamente qué sentí pero fueron muchas cosas y, en ese momento, supe por qué, desde que a Alfonso se le ocurrió contarme en el Regatas la historia de Carlos y los rompeolas de Lima, había sentido ansiedad, la extraña comezón que pre¬cede a lo inesperado, la premonición de un cataclismo o de un milagro, como si aquella historia contuviera algo que me concernía profundamente. A duras penas me aguanté las ganas de abrumar a preguntas a Benja por lo que acababa de decir.

Apenas bajamos de la camioneta, supe quién era Carloss sin necesidad de que me lo señala¬ran. No se quedaba quieto. Caminaba con las manos en los bolsillos, a la orilla. Era un cholo blancón y pobrísimo, con los pelos revueltos, alguien que había traspasado seguramente hacía tiempo esa edad donde comienza la vejez, un hombre de setenta, ochenta o noventa años, ya no se notaba la diferencia. Vestía una camisa azul, en la que apenas quedaba un botón y a la que el vien¬to de la fría y gris mañana inflaba, dejando ver el pecho huesudo del viejo.

- Ése es, verdad? - les pregunté.

- Quién va a ser, sino él - dijo Benja - Carlos! Carlos! – empezó a gritar - ven, aquí hay alguien que quiere conocerte. Vino desde Europa para verte la cara, aparece.

El viejo se detuvo y su cabeza dio un sobresalto. Nos miró, desconcertado. Luego, asintió y avanzó hacia noso¬tros, haciendo equilibrio sobre las piedras negras y plomi¬zas de la playa. Cuando estuvo más cerca, pude verlo mejor. Tenía las mejillas hundidas, como si hubiera perdido toda la dentadura, y le partía el mentón una hendidura que bien podía ser una cicatriz. Lo más vivo y potente de su persona eran sus ojos, pequeños y acuosos pero inten¬sos y beligerantes, que miraban sin pestañear, con fijeza insolente. Debía de ser muy viejo, sí, por las arrugas de su frente y las que rodeaban sus ojos y daban a su cuello la apariencia de una cresta de gallo, y por las manos nudosas de uñas negras que tendió para saludarnos.

- Eres tan famoso, Carloss, que, aunque no te lo creas, mi tío Peter ha venido desde Francia a co¬nocer al gran constructor de rompeolas de Lima - le dijo Alfonso, dándole una palmada en la espalda - quiere que le expliques cómo, por qué, sabes dónde se puede le¬vantar un rompeolas y dónde no.

- Eso no se explica - me estiró la mano el viejo, despidiendo una lluviecita de saliva al hablar - eso se sien¬te en las tripas. Mucho gusto, caballero. Es usted un fran¬chute, entonces?

- No, soy peruano. Pero vivo allá hace muchos años.

Apenas terminé de responder, se acercaron un par de hombres con botas y casacas de lona con unas letras amarillas estampadas que decían “Municipalidad del Callao” – policías que controlan las calles del barrio. Benja y Alfonso se retiraron para hablar con ellos, preguntaban si pasaba algo. El viejo se quedó a mi lado, pero no me miraba. Aho¬ra tenía de nuevo la vista clavada en el mar y, al mismo tiempo, movía despacito los labios, como rezando o ha¬blando solo.

- Carlos, me gustaría invitarlo a almorzar - le dije, en voz baja, rompiendo el silencio - para que me hable un poco de los rompeolas. Es un tema que me interesa muchísimo. Usted y yo solos. Aceptaría? – me clavó su mirada. Mi invitación lo había desconcertado

- A almorzar? - repitió, confuso – a donde?
- A donde usted quiera. A donde le guste. Usted elige el lugar y yo lo invito. Aceptaría?

- Y, cuándo?

- Ahora. Hoy, por ejemplo. Digamos que lo re¬cojo aquí mismo, a eso de las doce, y nos vamos a almor¬zar juntos donde usted escoja. Aceptaría?

Después de un rato, asintió, sin dejar de mirarme, como si yo, de pronto, me hubiera vuelto una amenaza para él. “Qué demonios puede querer este sujeto conmi¬go?”, decían sus ojos quietos y líquidos, de un color pardo amarillento. Cuando, media hora después, Carlos, Benja, Alfonso y los tipos de la Municipalidad acabaron de discutir – querían saber si Carlos había decidido o no construir un rompebolas en la playa – y los dos últimos su¬bieron a la camioneta les anuncié que yo me quedaría por aquí. Quería caminar un poco, recordando mi juventud, cuando a veces veníamos con mis amigos a los bailes del Regatas y a ena¬morar a unas mellizas rubiecitas, que vivían cerca de aquí y que participaban en los campeonatos de veleros del verano. Luego me regresaría a Miraflores en un taxi. Se quedaron un poco sorprendidos, pero, al final, partieron, no sin recomendarme que tuviera mucho cuidado; había aumentado la cantidad de robos.

Mientras daba un largo paseo, asombrándome por cómo había cambiado la ciudad, todo el tiempo me repetía: “Es impo¬sible. Es absurdo. Un disparate sin pies ni cabeza. Olví¬date de esa fantasía, Juan Pedro”. Era una demen¬cia suponer semejante asociación. Pero, al mismo tiempo, recapacitaba: ya me habían pasado bastantes cosas en la vida para saber que nada era imposible, que las más raras y locas coincidencias y ocurrencias podían suceder cuando estaba de por medio esa mujercita que era ahora mi mujer. A las doce llegué de nuevo a la playa, ahora casi enteramente cubierta por la neblina. Sorprendí a Carlos en la postura en que me lo había descrito Alfonso: sentado como un Buda, inmóvil, mirando fija¬mente el mar.

- Dónde quiere que vayamos a almorzar? - dudó un segundo y, después, señaló hacia el bo¬rroso y fantasmal horizonte del Callao.

- Allá, conozco un sitio. El Chim Pum Callao. Hacen buenos platos

- Estupendo. Vamos allá.

El Chim Pum Callao era un huequito oscuro. Los al¬rededores estaban llenos de vagos y chiquitos que ven¬dían dulces, loterías, maní, manzanas confitadas, en unos carritos de madera o en tablas tendidas. Carlos debía andar por aquí con frecuencia, porque saludaba con la mano a todos y algunos perros callejeros vinieron a enredarse en sus pies. Había unas diez mesitas rústicas, con asientos que eran bancas y, una radio tocaba a todo volumen una salsa de Rubén Blades. Nos sentamos en una mesa cerca de la puerta, pedimos ceviches (pescado crudo con ají, cebolla, maíz y camote), butifa¬rras (pan con jamón de pavo, cebolla, ají y lechuga) y una cerveza Pilsen bien helada.

- Qué es lo que usted quería saber, caballero? - me miraba lleno de curio¬sidad - a qué debo esta invitación, quiero decir.

- Cómo descubrió que tenía usted esa facultad pa¬ra adivinar las intenciones del mar - le pregunté - de niño? ¿De joven? Cuénteme. Todo lo que me pueda decir al respecto me interesa mucho.

Se encogió de hombros, como si no recordara o co¬mo si la cosa no mereciera que se ocuparan de ella. Murmuró: “No son cosas que pasan por mi cabe¬za y por eso no puedo explicarlo. Sé dónde se puede y dón¬de no. Pero, hay veces que me quedo en ayunas. Quiero decir, no siento nada”. Volvió a quedarse callado un buen rato. Sin embargo, apenas trajeron la cerveza y brindamos y nos tomamos un trago, se lanzó a hablar y a contarme su vida, con bastante desenvoltura. No había nacido en Lima, sino en la sierra – al sur del país - pero su familia se mudó a Lima cuando él estaba apenas empezando a caminar, de manera que no tenía ningún recuerdo de la sierra. Había aprendido a leer y escribir en la Escuela Fiscal Número 5, pero no terminó ni siquiera la primaria porque su padre lo puso a trabajar de vendedor de helados. De niño y de joven había sido un poco de todo, ayudante de carpintero, albañil, mandadero de una agencia de adua¬nas, hasta que por fin entró a trabajar como ayudante de una lancha pesquera. Ahí empezó a descubrir, sin darse cuenta có¬mo ni por qué, que él y el mar, se entendían. Desde entonces, no se hacía un rompeolas en toda la bahía de Lima sin que los maestros de obra o los ingenieros lo consultaran. No sólo en Lima sino a las demás provincias del Perú.

Hubo un silencio en el que continuamos comiendo y pedimos otra cerveza. Finalmente, me animé y me atreví a hacerle la pregunta que me quemaba la gargante hacía tres horas.

- Me han dicho que tiene usted una hija en París. Es cierto?

Se me quedó mirando, intrigado de que yo estu¬viera al tanto de esas intimidades de la familia. Antes de contestarme, se sobó la nariz con furia y espantó con un latigazo de su mano al invisible insecto.

- De esa ingrata, no quiero saber nada – gruñó – y, menos hablar de ella. Le juro que si, arrepentida, viniera a verme, le cerraría en la nariz la puer¬ta de mi casa.

Al verlo tan enojado, le pedí excusas por mi impertinencia. Había oído decir a uno de los ingenieros de esta mañana lo de su hija, y, como yo vivía también en París, me dio curiosidad, pensé que a lo mejor la conocía. No habría mencionado el asunto si hubiera sospechado que a él lo fastidiaba. Sin responder nada a mis explicaciones, Carlos siguió con su butifarra y bebiendo traguitos de cerveza. Como casi no le quedaban dientes, masti¬caba con dificultad, haciendo ruidos con la lengua, y se demoraba en tragar cada bocado.

- Porque ésa es una descastada, se lo juro – continuó - ni para el entierro de su madre mandó plata. Una egoísta, eso es lo que es. Se fue allá y nos dio la espalda. Se creerá muy arriba y que eso le da derecho a despreciarnos, ahora. Como si no llevara en sus venas la misma sangre de su padre y su madre.

Estaba hecho una verdadera furia. Al hablar, hacía unas muecas que le arrugaban más la cara. Murmuré de nuevo que sentía haberle tocado ese tema, no era ni in¬tención hacerle pasar un mal rato, que habláramos de otra cosa. Pero él no me escuchaba. En sus ojos fijos, las pupi¬las brillaban, líquidas y llameantes.

- Yo me rebajé a pedirle que me llevara allá, cuan¬do hubiera podido ordenárselo, para eso soy su padre - dijo, golpeando la mesa. Los labios le temblaban - me re¬bajé, me humillé. Ella no tenía que mantenerme, nada de eso. Yo trabajaría en lo que fuera. Lo único que le mendigué fue el pasaje. No para su madre, no para sus hermanos. Sólo a mí. Yo me mataría trabajando, ganaría, ahorraría e iría llevando al resto de la familia poco a po¬co. Era mucho pedir? Era poco, casi nada. Y qué fue lo que hizo? No contestarme más una carta. Ni una, nunca más, como si la espantara la idea de verme caer por allá. Es eso lo que hace una hija? Yo sé por qué digo que se vol¬vió una ingrata, caballero - respiró y se quedó unos minutos en silencio para después continuar - al principio sí se acordaba de su familia, eso también hay que decirlo. Bueno, muy de cuando en cuan¬do, pero algo es mejor que nada. No cuando estaba en Cuba; allá, parece, por las cosas de la política, no podía escribir cartas. Eso es al menos lo que dijo después, cuando se fue a vivir a Francia, ya casa¬da. Entonces, sí, de vez en cuando, para Fiestas Patrias, o mi cumpleaños, o para las Navidades, mandaba una carta y un chequecito. Hasta que le pedí el pasaje para Francia. Ahí cortó. Nunca más. Hasta hoy. Nos enterró. Ni siquiera cuando uno de sus hermanos le escribió pidiendo ayuda, para ponerle una lápi¬da de mármol a su madre, se dignó contestar.

Cuba, casada en París: qué duda podía caber. Quién sino ella. Ahora, yo me había puesto a temblar. Me sentía confundido, como si de la boca del viejo fuera a salir en cualquier momento una revelación terrible. Desde mi posición podía ver una de las zapatillas agujereadas del viejo, por la que asomaba un tobillo nudoso, con costras o suciedades, entre las que caminaba una hormiguita que él parecía no sentir. Era posible semejante coincidencia? Sí, lo era. Ahora no me cabía la menor duda.

- Yo creo que la conocí, alguna vez - dije, simu¬lando hablar por hablar, sin ningún interés personal - su hija estuvo becada en Cuba por un tiempo, no? Y, después, se casó con un diplomático francés, cierto? Un señor que se apellidaba Arnoux, si no me equivoco.

- No sé si era diplomático o qué, ella ni siquiera nos mandó una fotografía. Pero, era un franchute importante y ganaba buena plata, eso me dijeron. No tiene, en esos casos, una hija, obligaciones con la familia? Sobre todo, si su familia es pobre y pasa penalidades. Usted la conoció?

- Creo que sí, vagamente.

- El tipo ese, el franchute, tenía mucha plata?

- No lo sé. Si hablamos de la misma persona, era un funcionario de la Unesco. Una buena posición, sin duda. Su hija, las veces que la vi, estaba siempre muy bien vestida. Era una mujer guapa y elegante.

- Marianita siempre soñó con lo que no tenía, desde chiquita. Era muy viva, en el colegio sacaba premios. Eso sí, tenía delirios de grandeza desde que nació. No se con¬formaba con su suerte.

No pude contener la carcajada y el viejo se me quedó mirando, desconcertado. Lily la chilenita, la camarada Arlette, madame Robert Arnoux, Mrs. Richardson, Kuriko y madame Juan Pedro Lanzani, se llamaba, en realidad, Mariana. Nunca pensé llegar a este momento, saber su verdadero nombre.
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Miér Oct 19, 2011 6:04 am

Coincido con el comentario de la autora: estan los dos LOCOS!!!jajaj
Parece que ya se van arreglando las cosas (o eso espero)
Quiero más Mais..
Un beso.
Ione.
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Miér Oct 19, 2011 8:42 pm

XIII: Mi felicidad

- Nunca me hubiera imaginado que se llamaba Mariana - le expliqué pues no había entendió mi risa - yo la conocí con otro nombre, el de su marido, madame Robert Arnoux. En Francia se usa así, cuando una mujer se casa adopta el nombre y el ape¬llido de su marido.

- Vaya costumbre - comentó, sonriendo y alzando los hombros - hace mucho que no la ve?

- Mucho, sí. No sé siquiera si vive todavía en Pa¬rís. Siempre que se trate de la misma persona, claro. La peruana que le digo había estado en Cuba y se casó allá, en La Habana, con un diplomático francés. Él se la llevó luego a vivir a París, en los años sesenta. Allí nos vimos por última vez hará cuatro o cinco años. Recuerdo que ha¬blaba mucho de Miraflores, decía que había pasado su in¬fancia en ese barrio.

- Es la misma. Marianita vivió en Miraflores cuando era pequeña, porque su madre trabajó de cocine¬ra en una familia que vivía por allá. Los señores Arenas.

- En la calle Esperanza? – pregunté - el viejo asintió, clavándome los ojos, sorprendido.

- Eso también lo sabe usted? Cómo es que sabe tantas cosas de Marianita? - pensé: “Cómo reaccionaría si le digo: Porque ella es mi mujer?”.

- Bueno, ya se lo dije. Su hija se acordaba siem¬pre de Miraflores y de su casita de la calle Esperanza. Es un barrio donde yo viví de chico, también.

- Desde que era de este tamaño, Marianita se avergonzaba de nosotros - dijo, enfureciéndose otra vez - ella quería ser como los blancos y los ricos. Una vez ganó un concurso, en Radio América, imitando a los mexicanos, chilenos y, a los argentinos. Y tenía apenas nueve o diez años, creo. Como premio, le regalaron unos patines. Se conquistó a la familia esa donde su madre trabajaba de co¬cinera. Los señores Arenas. La trataban como a una niñita de la casa. La dejaban ser amiga de su hija. La maleducaron, pues. Desde entonces, se avergonza¬ba más de ser hija de su madre y de su padre. O sea, desde pequeña se veía lo desagradecida que sería de grande.

De pronto, a estas alturas de la conversación, em¬pecé a sentirme cansado. Qué hacía aquí, metiendo la nariz en esas intimidades? Qué más quieres sa¬ber, Peter? Para qué? Empecé a buscar un pretexto para despedirme, porque, de repente, el Chim Pum Ca¬llao se volvió una jaula. Carloss seguía hablando de su familia. Todo lo que contaba me deprimía y entristecía más. Por lo visto, tenía un montón de hijos, en tres mu¬jeres diferentes. Mariana era la hija heredera de su primera mujer, ya fallecida. “Dar de comer a doce bocas, mata”, repetía, con expresión resigna¬da. “A mí, me ha ido moliendo. No sé cómo tengo fuer¬zas todavía para seguir ganándome el pan, caballero.” En efecto, se lo veía gastado y frágil. Sólo sus ojos, vivos y dis¬puestos, mostraban voluntad de continuar; el resto de su cuerpo parecía vencido y acobardado.

Debían de haber pasado por lo menos dos horas desde que entramos al Chim Pum Callao. Todas las mesas, sal¬vo la nuestra, se habían quedado vacías. La patrona apagó la radio, insinuando que era hora de cerrar. Pedí la cuen¬ta, pagué y salimos a la vereda.

- Si alguna vez se vuelve usted a topar allá en Pa¬rís con Marianita, dígale que se acuerde de su padre y que no sea tan mala hija, que en la otra vida la pueden castigar - y, me dio la mano

Paré un taxi y le indiqué al chofer que me llevara a la calle Esperanza, en Miraflores. A esa casa donde Lali había trabajado. Al pasar junto a las casas del alrededor, el taxi se llenó de moscas. Las casas se confundían con las pirámides de basuras acumuladas allí quién sabe desde cuándo. Imaginaba a Lali de pequeña, a su madre trabajando como cocinera en esa casa de ricos. Imaginaba los mimos de que Mariana, la niña dotada de un instinto excepcionalmente desarro¬llado para la supervivencia y la adaptación, se fue valiendo hasta conquistar a los dueños de casa. Primero, se reirían de ella; luego, les gustaría lo viva que era la hijita de la cocinera. Le regalarían los zapatitos, los vestiditos, que iban quedando chicos a la verdadera niña de la casa, a Cande, la otra chilenita. Hasta que, al fin, alcanzaría el derecho de poder jugar, salir, de igual a igual, como una amiga, como una hermana, con la niña de la casa, aunque ésta fuera a un colegio privado y ella a una escuela del estado. Ahora sí estaba claro, después de treinta años, por qué la chilenita Lali de mi infancia no quería tener enamorado ni invitaba a nadie a su casa de la calle Esperanza. Y, sobre todo, estaba clarísimo por qué había decidido montar aquel teatro, desperuanizarse, creerse una chileni¬ta para ser admitida en Miraflores. Me sentía enternecido hasta las lágrimas. Estaba loco de impaciencia por tener a mi mujer en mis brazos, quería acariciarla, mimarla, pedir¬le perdón por la infancia que tuvo, hacerle cosquillas, con¬tarle chistes, hacer el payaso para escucharla reír, prome¬terle que nunca volvería a sufrir.

Claro que tenías razón, niña mala, de no querer volver al Perú, de odiar al país que te recordaba todo lo que habías aceptado, padecido y hecho para escapar de él. Hiciste muy bien en no acompañarme en este viaje, amor mío. Di un largo paseo por las calles de Miraflores, mientras sentía el pecho estrujado por la urgencia de verla, de oír su voz. Por supuesto, nunca le diría que había conocido a su padre. Por supuesto, jamás le confesaría que sabía su ver-dadero nombre.

Cuando llegué a su casa, el tío estaba ya acostado. La viejita Anastasia me había dejado la comida servida en la mesa, bajo una cubierta para que se conser¬vara caliente. Comí sólo un bocado y, apenas me levan¬té de la mesa, fui a encerrarme en la salita. Me molestaba hacer una llamada internacional, porque sabía que el tío no me dejaría pagársela, pero tenía tanta necesidad de hablar con la niña mala, de oír su voz, de decirle que la extrañaba, que me decidí. El teléfono sonó varias veces sin que nadie lo levantara. La diferencia de horas, claro! En París eran las cuatro de la madrugada. Pero, precisamente, era impo¬sible que la chilenita no oye¬ra el teléfono. Si estaba en el velador, junto a su oreja. Y ella tenía el sueño muy ligero. La única explicación era que hu¬biera salido en uno de esos viajes de trabajo a los que la enviaba Martine, su jefa. Subí a mi cuarto arrastrando los pies, frus¬trado y tristón. Por supuesto, no pude pegar los ojos por¬que cada vez que sentía llegar el sueño, me despertaba, sobresaltado y lúcido. Sería posible que? No, una idea estúpida, un ataque de celos ridículos en un cincuentón. Otro jueguecito, para tenerte intran¬quilo, Peter? Imposible, cómo hubiera podido sospe¬char ella que la ibas a llamar por teléfono hoy, a estas ho¬ras de la noche. La explicación lógica era que no estaba en casa porque había salido en viaje de trabajo.

La seguí llamando los tres días siguientes y nunca contestó el teléfono. Consumido por los celos, ya no vi nada, ni a nadie, y sólo conté los días eternos que faltaban para tomar el avión de vuelta a Europa. El tío Ataúlfo ad¬virtió mi nerviosismo, a pesar de que yo exageraba los es¬fuerzos por parecer normal, y acaso justamente por eso. Se limitó a preguntarme dos o tres veces si no me sentía bien, porque apenas probaba bocado. Al cuarto día partí de regreso a París. No dormí, no comí, las casi dieciocho horas que tomó el vuelo. Qué me esperaría esta vez, al abrir la puer¬ta de mi departamento? Otra cartita de la niña mala, diciéndome, con la frialdad de antaño, que había decidido partir porque ya estaba harta de esa aburrida vida de ama de casa pequeñoburguesa, cansada de preparar desayunos y tender camas? Podía seguir con esas gracias, a su edad?

No. Cuando abrí la puerta del departamento - la mano me temblaba y no conseguía encajar la llave en la cerradura - ahí estaba ella, esperán¬dome. Me abrió los brazos con una gran sonrisa:

- Por fin! Ya me estaba cansando de andar sólita y abandonada.

Se había vestido como para una fiesta, con un ves¬tido muy escotado y los hombros al aire. Cuando le pre¬gunté a qué se debían esas elegancias, me dijo, mordis¬queándome los labios:

- A ti, tonto, a quién se van a deber. Te he estado esperando desde la mañanita, llamando a Air France todo el tiempo. Me dijeron que el avión se había quedado va¬rias horas en la Guadalupe. A ver, déjame ver cómo te han tratado en Lima. Vienes con más canas, me parece. De tanto extrañarme, supongo.

Parecía contenta de verme y yo me sentía obviado y avergonzado. Me preguntó si quería tomar, comer algo, y, como me vio bostezando, me empujó hacia el dormitorio: “Anda, anda, échate a dormir un rato, yo me ocupo de tu maleta”. Me quité los zapatos, el pantalón y la camisa y, simulando dormir, la espié con los ojos entrecerrados. Desempacaba despacio, concentrada en lo que hacía, con mucho orden. Iba separando la ropa sucia y la metía en una bolsa que luego llevaría a la lavandería. La limpia, la acomodaba cuidadosamente en el clóset. Las medias, los pañuelos, el terno, la corbata. De tanto en tanto echaba una mirada a la cama y me parecía que su expresión se tranquilizaba al verme allí. Tenía cuarenta y ocho años y nadie lo creería viendo su silueta de modelo. Estaba muy bonita con ese vestido verde claro, que dejaba sus hom¬bros y parte de su espalda desnuda, y maquillada con tan¬to esmero. Se movía despacio, con gracia. En una de ésas la vi acercarse y sentí que me cubría con la col¬cha. Podía ser una farsa todo aquello? Jamás de los ja¬mases. Pero, por qué no, con ella la vida podía volverse en cualquier momento teatro, ficción. Le preguntaría por qué no me había contestado el teléfono estos últimos días? Trataría de averiguar si había estado en viaje de trabajo? O, mejor, te olvidabas de ese asunto y te sumergías en es¬ta tierna mentira de la felicidad doméstica? Sentía un can¬sancio infinito.

Más tarde, cuando estaba empezando a pescar el sueño de verdad, la sentí que se echaba a mi la¬do. “Qué tonta, te he despertado.” Estaba vuelta hacia mí, y con una de sus manos me revolvía los cabellos. “Estás llenándote de canas, viejito”, se rió.

- Te he extrañado - me dijo, de pronto, ponién¬dose muy seria. Me clavaba sus ojos color miel de una manera que, de golpe, me recordó la mirada fija del cons¬tructor de rompeolas - en las noches, no podía dormir, pensando en ti. Una noche lloré, pensando que te podía pasar algo, una enferme¬dad, un accidente. Que me llamarías para decirme que ha¬bías decidido quedarte en Lima con una peruanita y que no te vería más.

Nuestros cuerpos no se tocaban. Ella tenía siem¬pre su mano sobre mi cabeza, pero, ahora, pasaba las ye¬mas de sus dedos sobre mis cejas, mi boca, como para ve¬rificar que estaban de verdad allí. Sus ojos seguían muy serios. Había en el fondo de sus pupilas un brillo acuoso, como si estuviera conteniéndose las ganas de llorar.

- Una vez, hace un montón de años, en este mis¬mo cuarto me preguntaste qué era para mí la felicidad, te acuerdas, niño bueno? Y yo te dije que era el dinero, en¬contrar un hombre poderoso y muy rico. Me equivocaba. Ahora sé que tú eres para mí la felicidad.

Y, en ese momento, cuando iba a tomarla en mis brazos porque los ojos se le habían llenado de lágrimas, sonó el teléfono, haciéndonos dar un pequeño brinco a los dos.

- Ah, por fin! - exclamó la niña mala, levantan¬do el teléfono - el maldito teléfono. Lo arreglaron. Oui, oui, monsieur. Ca marche tres bien, maintenant! Merci.

Antes de que colgara yo había saltado sobre ella y la abrazaba, apretándola con todas mis fuerzas. La besaba con furia, con ternura, se me atropellaba la voz mientras le decía:

- Sabes qué es lo más bonito, lo que más me ha alegrado de todas esas cosas que me has dicho, chilenita? “Oui, oui, monsieur. Ca marche tres bien, maintenant".

Ella se echó a reír y murmuró que era la huachafería menos romántica de todas las que le había dicho hasta ahora. Mientras la desnudaba y me desnudaba yo, le dije al oído, sin dejar un momento de besarla: “Te llamé cua¬tro días seguidos, a todas horas, de noche, al amanecer, y, como no contestabas, me volví loco de desesperación. No comí, no viví, hasta ver que no te habías ido, que no estabas con un amante. Me ha vuelto la vida al cuerpo, niña mala”. La oía retorcerse con las carcajadas. Cuando me obligó con sus dos manos a apartarle la cara para mi¬rarme a los ojos, todavía la risa le impedía hablar. “De veras estabas loco de celos? Qué buena noticia, todavía es¬tás enamorado de mí como un loco, niño bueno.” Fue la primera vez que hicimos el amor sin dejar de reírnos.

Al fin, nos quedamos dormidos, entreverados y fe¬lices. En el sueño, de tanto en tanto, yo abría los ojos para verla. Nunca sería tan dichoso como ahora, jamás volvería a sentirme tan colmado. Nos despertamos ya de noche y, luego de ducharnos y vestirnos, llevé a la niña mala a ce¬nar, donde, como dos amantes en luna de miel, nos hablábamos bajito, mirándonos a los ojos, tomados de la mano, sonriendo, besándonos, mien¬tras bebíamos una botella de champagne. “Dime alguna cosa bonita”, me rogaba ella, de tanto en tanto. Al salir del restaurante, en la placita, sentados en una banca, había dos vagabundos. Lali se detuvo y me los señaló.

- Es ése, el de la derecha, el chico que te salvó la vida esa noche, en el Pont Mirabeau, no es cierto?

- No, no creo que fuera él.

- Sí, sí - taconeó ella, enojada, ansiosa - es él, dime que sí es él, Peter.

- Sí, sí, fue él, tienes razón.

- Dame toda la plata que tengas en la cartera - me ordenó - los billetes y el sencillo también.

Hice lo que me pedía. Ella, entonces, con el di¬nero en la mano, se acercó a los dos. La miraron como a un bicho raro, me imagino, pues estaba dema¬siado oscuro para verles las caras. Inclinada sobre él, la vi hablarle, entregarle el dinero, y, finalmente, vaya sorpresa, besar al vagabundo en las mejillas. Luego vino hacia mí, son¬riendo como una niña que acaba de hacer una buena ac¬ción. Se cogió de mi brazo y seguimos caminando.

- Ese chico creerá que ha tenido un sueño, que se le apareció un hada caída del cielo. Qué le dijiste?

- Muchas gracias por haberle sal¬vado la vida a mi felicidad.

- Te estás volviendo huachafita tú también, niña mala - la besé en los labios - dime otra, otra, por favor.
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Travesuras de la niña mala
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