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 Travesuras de la niña mala

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Mais020291
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Miér Oct 19, 2011 8:45 pm

XIV: Paula en Lavapiés

Después de un tiempo Paula y yo, nos mudamos al barrio de Lavapiés en Madrid. Nuestro piso era más pequeño que el que yo tenía antes, o al menos parecía, por lo lleno que estaba con modelos en cartón, papel y madera de Paula que invadían los dos cuartitos y hasta la cocina y el baño de la casa. No contábamos con mucho dinero, el trabajo de decoradora de Paula no ayudaba mucho y las novelas que me dieron a traducir no eran las mejores que habían escrito. Como siempre sospeché, las traducciones litera¬rias estaban pésimamente pagadas, muy por debajo de las comerciales. Pero yo ya no estaba en condiciones de hacer estas últimas, pues, debido al cansancio mental que me venía cuando hacía un esfuerzo de concentración prolon¬gado, avanzaba muy despacio.

No podría decir si Madrid me gustaba o no. Co¬nocía poco los otros barrios de la ciudad, en los que ape¬nas me había aventurado las veces que iba a un museo o a los espectáculos acompañando a Paula. Pero me sentía a gusto en Lavapiés; allí me sentía en casa. A veces, en las tardes, Paula venía a buscarme al Barbieri - una cafetería donde pasaba traduciendo y leyendo - y dá¬bamos un paseo por el barrio, que llegué a conocer como la palma de mi mano. En esos paseos, Paula hablaba sin descanso y yo escuchaba. Intervenía muy de cuando en cuando para darle un respiro y, mediante una pregunta u observación, ani¬marla a que continuara contándome en qué proyecto le gustaría estar metida. A veces no prestaba mucha atención a lo que me contaba, por fijarme tanto en la manera como lo hacía: con pasión, convicción, ilusión y alegría. Nunca conocí a nadie que se entregara de manera tan total a su vocación, que supiera de manera tan excluyente lo que quería hacer en la vida.

Nos habíamos conocido años atrás, en París, en una clínica donde yo me iba a hacer unos análi¬sis y ella a visitar a una amiga recién operada. En la media hora que compartimos la sala de espera me habló con tanto entusiasmo de una obra de Moliere, cuyos de¬corados había hecho ella, que fui a verla. La encontré en el teatro y, al terminar la función, le propuse que tomáramos una copa. Hacía dos años y medio que vivíamos juntos, el primer año en París y, luego, en Madrid. Paula era italiana, veinte años más joven que yo. Estudió arquitectura en Roma para dar gusto a sus padres, ambos arquitectos, y desde estudiante comenzó a trabajar como decoradora de teatro. Aunque hablaba muchísimo, mo¬viendo las manos como una italiana de caricatura, a mí no me aburría nunca. Gracias a ella, aprendí a ver los espectáculos con otros ojos, a prestar atención cuida¬dosa no sólo a las historias y a los personajes, también a los lugares y a la luz dentro de la cual se movían.

Nunca entendí por qué Paula estaba conmigo, qué agregaba yo a su vida. En lo que a ella más le intere¬saba en el mundo, su trabajo, yo podía ayudarla muy poco. Todo lo que sabía de escenografía teatral me lo había en¬señado ella, y las opiniones que podía darle eran superfluas, porque, como todo auténtico creador, ella sabía muy bien lo que quería hacer sin necesidad de asesoría. Sólo podía ser para ella como un compañero. La diferencia de veinte años de edad entre noso¬tros no parecía preocuparla. A mí, sí. Siempre me decía que la buena relación que teníamos se empobrecería cuan¬do yo fuera sesentón y, ella, todavía una mujer joven. En¬tonces, se enamoraría de alguien de su edad. Y partiría. Era atractiva, pese a lo poco que se ocupaba de su físico, en la calle los hombres la seguían con los ojos. Sin duda estaba conmigo porque me quería; no tenía ninguna otra razón.

Mi separación con Lali ocurrió de manera inesperada y brutal, como habían ocurrido siempre las desapariciones de la niña mala. Aunque esta vez no se trató propiamen¬te de una fuga, sino de una separación urbana, conversa¬da. Por eso mismo supe que, a diferencia de las otras, ésta sí era definitiva. La luna de miel que tuvimos, desde que volví a París de Lima, aterrado de que se hubiera ido porque no me contestó el teléfono tres o cuatro días, duró algunos meses. Al principio, ella estuvo tan cariñosa como la tarde que me recibió con aquellas demostraciones de amor. Conseguí un contrato de la Unesco de un mes y, al regre¬sar a la casa, ella había vuelto de su oficina antes y tenía preparada la cena. Una noche me esperó con la luz de la salita apagada y la mesa iluminada por unas velas román¬ticas. Luego, tuvo que hacer dos viajes de un par de días cada uno a la Costa Azul enviada por Martine y me llamó todas las noches. Qué más podía desear? Tenía la impre¬sión de que le había llegado la edad de la ra¬zón y de que nuestro matrimonio era ya irrompible.

Entonces, en algún momento que mi memoria no podría precisar, su humor y sus maneras comenzaron a cambiar. Fue un cambio discreto, que ella disimulaba, tal vez porque todavía tenía dudas. No me llamó la atención que la actitud tan apasionada de las primeras semanas cediera poco a poco el paso a una actitud más distante, ella había sido siempre así y lo inusitado era que se mostrara efusiva. Advertí que se distraía, que se perdía en unas cavilaciones que parecían llevársela fuera de mi alcance, con el ceño fruncido. De esas fugas volvía asustada, dando un respin¬go, cuando yo la regresaba a la realidad con una broma: “Qué tendrá la princesa de la boca de fresa? Por qué estará tan pensativa? Estará enamorada la princesa”. Se rubori¬zaba y me respondía con una risita forzada.

Una tarde, al regresar yo de la antigua oficina del señor Chames - éste se había retirado a pasar su vejez en el sur de España - donde por tercera o cuarta vez me di¬jeron que no tenían para mí trabajo alguno por el mo¬mento, apenas abrí la puerta del departamento y la vi, sentada en la sala con el maletín de mano que llevaba siempre en sus viajes, comprendí que ocurría algo grave, Estaba desencajada.

- Qué te pasa? - suspiró, tomando fuerzas; tenía unas ojeras azu¬les, le brillaban los ojos

- No he querido irme sin hablar contigo, para que no pienses que me estoy escapando - dijo con la voz helada - por lo que más quieras, te ruego que no me hagas una escena ni me amenaces con suicidarte. Ya no estamos ninguno en edad para esas cosas. Perdona que te hable con tanta crudeza, pero creo que es lo mejor.

Me dejé caer sobre el sillón, frente a ella. Sentí in¬finita fatiga. Tuve la sensación de estar oyendo un disco que repetía, cada vez más deformada, la misma frase mu¬sical. Ella estaba muy pálida siempre, pero, ahora, su ex¬presión era irritada, como si tener que estar allí dándome explicaciones la hubiera llenado de resentimiento con¬tra mí.

- Te consta que he tratado de adaptarme a este tipo de vida, para darte gusto, para pagarte lo que me ayu¬daste cuando estuve enferma. No puedo más. Esto no es vida pa¬ra mí. Si me sigo quedando contigo por compasión, ter¬minaría odiándote. Yo no quiero odiarte. Trata de com¬prenderme, si puedes.

Calló, esperando que yo le dijera algo, pero me sentía tan cansado que no tenía fuerzas ni ganas de decir¬le nada.

- Aquí me asfixio. Estos dos cuartitos son una cárcel y ya no los soporto. Yo sé cuál es mi límite. Me está matando esta rutina, esta mediocridad. A ti no te importa, tú estás contento, me¬jor para ti. Pero yo no soy como tú, yo no sé conformar¬me. He tratado, has visto que he tratado. No puedo. No voy a pasarme el resto de la vida a tu lado por compasión. Perdona que te hable con esta franqueza. Es mejor que se¬pas la verdad y que la aceptes, Peter.

- Quién es él? - le pregunté, al ver que callaba otra vez - puedo saber al menos con quién te vas?

- Me vas a hacer una escena de celos? - reaccio¬nó, indignada. Y con sarcasmo me recordó - yo soy una mujer libre, Peter. Nuestro matrimonio fue sólo para conseguirme los papeles. Así que no vengas a tomarme cuentas de nada.

- Ya veo que lo tienes todo decidido y que no hay mucho más que hablar - la interrumpí, poniéndome de pie - me voy a dar una vuelta, para que hagas con calma tus maletas.

- Ya están hechas

Lamenté que no se hubiera ido como otras veces, dejándome unas líneas. Cuando me dirigía hacia la puer¬ta, la oí decir a mis espaldas con una vocecita que quería ser apaciguadora:

- Por si acaso, no voy a reclamarte nada de lo que me corresponde por ser tu mujer. Ni un centavo.

“Eres muy amable”, pensé, cerrando despacito la puerta de calle. “Pero, lo único que podrías reclamarme serían deudas y la hipoteca de este piso que, al paso que vamos, muy pronto me van a embargar.” Al salir a la calle comenzó a llover. No había sacado paraguas, de manera que fui a refugiarme en el café de la esquina, donde estuve mucho rato, tomando a sorbitos una taza de té que se fue enfriando hasta volverse insípida.Quién sería esta vez el galán? Alguien que habría conocido gracias a su trabajo con Martine, en uno de esos congresos, conferencias y celebraciones que orga¬nizaban. Un buen trabajo de seducción, sin duda. Ella se conservaba muy bien, pero, de todos modos, ya tenía más de cincuenta años.

Regresé cerca de las once de la noche, y ya había partido, dejando las llaves en la salita comedor. Se ha¬bía llevado toda su ropa en las dos maletas que teníamos y echado a las bolsas de basura lo que estaba viejo o le so¬brava. No había tocado los francos que guardábamos en la pequeña caja fuerte en un armario de la sala. Conseguí no pensar mucho en ella los días, se¬manas y meses siguientes, en los que, sintiéndome una bolsa de huesos, piel y músculos desprovista de alma, andaba todo el día buscando trabajo. Me urgía porque necesi¬taba afrontar las deudas y los gastos diarios y porque sabía que la mejor manera de pasar este período era entregán¬dome con afán a una obligación.

Desde hacía al¬gunos días tenía continuas jaquecas, que pensé que se debía a mi mal estado de ánimo y a lo poco que dormía. Decidí ir al médico. La resonancia estableció que yo había padecido un pequeño ataque cerebral. Nada muy grave; el peligro había pasado. En adelante, debería cuidarme, hacer ejercicios, dietas equilibradas, controlarme la presión, poco alcohol y una vida tranquila. Mi trabajo podría verse disminuido, cabía esperar una mer¬ma de la concentración y de la memoria. Afortunadamente para mí, en esa época los Marínez vinieron a pasar un mes a París, esta vez con Matías. Había crecido mucho y en su manera de hablar y de ves¬tirse se había, vuelto un gringuito. La compañía de esos amigos fue muy oportuna. Hablar con ellos, bromear, salir a cenar, al cine, me devol¬vió un poco el gusto a la vida.

Pablo y Rochi insistieron en que vaya ver a un neurocirujano, decían que por pequeño que hubiera sido, un derra¬me cerebral podía tener consecuencias y que debía saber a qué atenerme. Me puse en manos del doctor Fierre Joudret, un hombre encantador y, hasta donde yo podía juzgar, un profesional competente. Me volvió a someter a toda clase de análisis y me prescribió un tratamiento para controlar la presión arterial y mante¬ner una buena circulación de la sangre. En su consultorio, en esos días, conocí una tarde a Paula.

Empezamos a tener problemas de dinero pues mis dolores de cabeza no me permitían trabajar como antes y tuve que renunciar a la Unesco. Fue ahí cuando Paula y yo, decidimos vender el departamento. Llegué a un acuerdo con un funcionario del Ministerio de las Fuerzas Armadas. El día que firmamos la minuta de venta, al salir yo de la notaría, una señora al verme se detu¬vo en seco y me quedó mirando. Sin reconocerla, la salu¬dé con una inclinación de cabeza.

- Soy Martine - dijo ella, secamente, sin estirar¬me la mano - no me recuerda?

- Estaba distraído - me disculpé - claro que la recuerdo muy bien. Cómo está, Martine – era la jefa de Lali

- Muy mal, cómo voy a estar. Pero, sepa que yo no me dejo pisotear. Sé muy bien defenderme. Le aseguro que este asunto no se va a quedar así.

- No sé de qué me habla, Martine. Ha tenido us¬ted problemas con mi esposa? Nosotros nos separamos ha¬ce algún tiempo, no se lo dijo? - se quedó muda y me examinó, desconcertada. Su mirada me decía que yo le parecía un bicho muy raro.

- Usted no sabe nada, entonces? – murmuró - vive en las nubes, entonces? Con quién cree usted que se largó esa mosquita muerta? No sabe que fue con mi marido?

- No, no lo sabía. Ella sólo me dijo que se iba y se fue. No he vuelto a saber nada de ella. Lo siento mucho, Martine.

- Yo le di todo, trabajo, amistad, mi confianza, pasando por alto lo de sus papeles, que nunca estuvieron muy claros. Le abrí mi casa. Y así me pagó, quitándome a mi marido. No porque se enamorara de él, sino por codi-cia. Por puro interés. No le importó destrozar a toda una familia. Le advierto que esto no se va a quedar así. Mis hijos no lo van a permitir. Ella sólo quiere arruinarlo, porque eso es lo que es, una cazafortunas. Mis hijos han emprendido ya las acciones legales y la lle¬varán a la cárcel. Y usted hubiera hecho mejor vigilando un poco más a su mujer.

- Lo siento mucho, debo partir, esta conversación no tiene sentido - le dije, alejándome a largos trancos, sintiéndome totalmente incómodo.

Traté de poner en orden mi cabeza. Se me debía haber subido algo la presión porque me sentía congestionado y aturdido. No conocía al marido de Martine, pero sí a uno de sus hijos, un hombre hecho y dere¬cho al qué había visto de paso, una sola vez. La nueva conquista de la niña mala debía de ser, pues, muy mayor, un vejestorio como imaginé. Lo había hecho para escapar del aburrimiento y la mediocridad de la vida que había tenido, y en busca de aquello que había sido su primera prioridad desde que, de niñita, descubrió la vida de perro de los pobres y lo bien que vivían los ricos: esa seguridad que sólo el dinero garantizaba. Cuando regresé a lo que había sido mi departamento, encontré a Paula extenuada. Había despacha¬do ya el camioncito al depósito con lo que no pudimos vender y algunos cajones de libros. Nos fuimos a instalar a un hotelito donde vivimos muchos meses, hasta la partida a España. Tuvimos que suprimir restaurantes caros, con¬ciertos, ir al cine no más de una vez por semana y sólo a los espectáculos para los que Paula conseguía invita¬ciones. Pero era un alivio vivir sin deudas.

Al año y medio de estar viviendo en Madrid, Paula llegó muy excitada a con¬tarme que había conocido a un bailarín y coreógrafo for¬midable y que iban a trabajar juntos en un proyecto fan¬tástico: Metamorfosis. Nunca vi a Paula trabajar con tanta felicidad en una escenografía como en ésta, ni hacer tantos bocetos y maquetas. Cada día me contaba con alegría el torrente de ideas que alborotaban su cabeza y los progresos que hacía el elenco. El éxito de Metamorfosis fue total y merecido. El grupo iba a dar cinco funciones y terminó dando diez. Hubo ar¬tículos muy positivos en la prensa y en todos se mencio¬naba, con elogios, la escenografía de Paula. Fui a ver el espectáculo tres veces. Siempre lo en¬contré lleno de público y el entusiasmo era idéntico al del día del estreno. La tercera vez, al terminar la función, al dirigirme hacia los camerines en busca de Paula, me di poco menos que de bruces con ella, en brazos del apuesto y sudoroso Mariano Torre, el bailarín. Se besaban con cierta furia y, al sentirme llegar, se soltaron, muy confundidos. Me hice el que no había advertido nada extraño y los felicité, asegurándoles que la función me había gustado todavía más que las dos veces anteriores. Más tarde, camino a la casa, Paula, a quien no¬taba muy incómoda, me encaró:

- Bueno, supongo que te debo una explicación por lo que has visto.

- No me debes ninguna, Paula. Tú eres una persona libre y yo lo soy también. Vivimos juntos y nos llevamos muy bien. Pero, eso no debe recortar en lo más mínimo nuestra libertad. No hablemos más del asunto.

- Sólo quiero que sepas que lo siento mucho. Aunque las apariencias digan otra cosa, te aseguro que no ha pasado absolutamente nada entre Mariano y yo. Lo de esta noche ha sido una tontería sin ninguna impor-tancia. Y no se va a repetir.

- Te creo. Olvidemos todo esto. Y no pongas esa cara, por favor. Tú eres bonita sobre todo cuando sonríes.

En efecto, los días siguientes no volvimos a hablar del tema, y ella hizo muchos esfuerzos para mostrarse ca¬riñosa. La verdad, no me afectó mucho saber que proba¬blemente había surgido un romance entre ella y el bailarín. Nunca me había hecho muchas ilu¬siones sobre lo que duraría nuestra relación. No me sentía herido ni humillado; sólo curioso por saber cuándo tendría que mudarme a vivir solo una vez más. Dos o tres semanas después, Paula me anunció que habían invitado a Mariano Torre a presentar Meta¬morfosis en Frankfurt, en un festival de danza moderna. Era una ocasión importante para que ella diera a conocer su trabajo en Alemania. Qué me parecía?

- Magnífico. Estoy seguro que Metamorfosis tendrá allá tanto éxito como en Madrid.

- Por supuesto que vendrás conmigo - se apre¬suró a decir ella - allá podrás seguir con las traduccio¬nes y...

Pero yo la acariñé y le dije que no fuera tonta ni pusiera esa cara de angustia. Yo no iría a Alemania, no teníamos dinero para eso. Me quedaría en Madrid traba¬jando en mi traducción. Yo tenía confianza en ella. Que preparara su viaje y se olvidara de todo lo demás, porque podía ser decisivo para su carrera. Se le salieron unos la¬grimones al abrazarme y decirme al oído: “Te juro que aquella tontería no se repetirá jamás”. Dos días después, mientras trabajaba en la tarde en el Café Barbieri, una elegan¬te silueta femenina se sentó de pronto en la mesa, frente a mí:

- No te voy a preguntar si sigues enamorado de mí, porque ya sé que no


Último capítulo. Si puedo, mañana dejo el Epílogo.
Escribí un nuevo corto, espero les guste Smile
http://hojasenblanco.foroargentina.net/t109-chiquititas#1876
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Jue Oct 20, 2011 7:13 pm

XIV: Luna en Lavapiés

Después de un tiempo Paula y yo, nos mudamos al barrio de Lavapiés en Madrid. Nuestro piso era más pequeño que el que yo tenía antes, o al menos parecía, por lo lleno que estaba con modelos en cartón, papel y madera de Paula que invadían los dos cuartitos y hasta la cocina y el baño de la casa. No contábamos con mucho dinero, el trabajo de decoradora de Paula no ayudaba mucho y las novelas que me dieron a traducir no eran las mejores que habían escrito. Como siempre sospeché, las traducciones litera¬rias estaban pésimamente pagadas, muy por debajo de las comerciales. Pero yo ya no estaba en condiciones de hacer estas últimas, pues, debido al cansancio mental que me venía cuando hacía un esfuerzo de concentración prolon¬gado, avanzaba muy despacio.

No podría decir si Madrid me gustaba o no. Co¬nocía poco los otros barrios de la ciudad, en los que ape¬nas me había aventurado las veces que iba a un museo o a los espectáculos acompañando a Paula. Pero me sentía a gusto en Lavapiés; allí me sentía en casa. A veces, en las tardes, Paula venía a buscarme al Barbieri – una cafetería donde pasaba traduciendo y leyendo - y dá¬bamos un paseo por el barrio, que llegué a conocer como la palma de mi mano. En esos paseos, Paula hablaba sin descanso y yo escuchaba. Intervenía muy de cuando en cuando para darle un respiro y, mediante una pregunta u observación, ani¬marla a que continuara contándome en qué proyecto le gustaría estar metida. A veces no prestaba mucha atención a lo que me contaba, por fijarme tanto en la manera como lo hacía: con pasión, convicción, ilusión y alegría. Nunca conocí a nadie que se entregara de manera tan total a su vocación, que supiera de manera tan excluyente lo que quería hacer en la vida.

Nos habíamos conocido años atrás, en París, en una clínica donde yo me iba a hacer unos análi¬sis y ella a visitar a una amiga recién operada. En la media hora que compartimos la sala de espera me habló con tanto entusiasmo de una obra de Moliere, cuyos de¬corados había hecho ella, que fui a verla. La encontré en el teatro y, al terminar la función, le propuse que tomáramos una copa. Hacía dos años y medio que vivíamos juntos, el primer año en París y, luego, en Madrid. Paula era italiana, veinte años más joven que yo. Estudió arquitectura en Roma para dar gusto a sus padres, ambos arquitectos, y desde estudiante comenzó a trabajar como decoradora de teatro. Aunque hablaba muchísimo, mo¬viendo las manos como una italiana de caricatura, a mí no me aburría nunca. Gracias a ella, aprendí a ver los espectáculos con otros ojos, a prestar atención cuida¬dosa no sólo a las historias y a los personajes, también a los lugares y a la luz dentro de la cual se movían.

Nunca entendí por qué Paula estaba conmigo, qué agregaba yo a su vida. En lo que a ella más le intere¬saba en el mundo, su trabajo, yo podía ayudarla muy poco. Todo lo que sabía de escenografía teatral me lo había en¬señado ella, y las opiniones que podía darle eran superfluas, porque, como todo auténtico creador, ella sabía muy bien lo que quería hacer sin necesidad de asesoría. Sólo podía ser para ella como un compañero. La diferencia de veinte años de edad entre noso¬tros no parecía preocuparla. A mí, sí. Siempre me decía que la buena relación que teníamos se empobrecería cuan¬do yo fuera sesentón y, ella, todavía una mujer joven. En¬tonces, se enamoraría de alguien de su edad. Y partiría. Era atractiva, pese a lo poco que se ocupaba de su físico, en la calle los hombres la seguían con los ojos. Sin duda estaba conmigo porque me quería; no tenía ninguna otra razón.

Mi separación con Lali ocurrió de manera inesperada y brutal, como habían ocurrido siempre las desapariciones de la niña mala. Aunque esta vez no se trató propiamen¬te de una fuga, sino de una separación urbana, conversa¬da. Por eso mismo supe que, a diferencia de las otras, ésta sí era definitiva. La luna de miel que tuvimos, desde que volví a París de Lima, aterrado de que se hubiera ido porque no me contestó el teléfono tres o cuatro días, duró algunos meses. Al principio, ella estuvo tan cariñosa como la tarde que me recibió con aquellas demostraciones de amor. Conseguí un contrato de la Unesco de un mes y, al regre¬sar a la casa, ella había vuelto de su oficina antes y tenía preparada la cena. Una noche me esperó con la luz de la salita apagada y la mesa iluminada por unas velas román¬ticas. Luego, tuvo que hacer dos viajes de un par de días cada uno a la Costa Azul enviada por Martine y me llamó todas las noches. Qué más podía desear? Tenía la impre¬sión de que le había llegado la edad de la ra¬zón y de que nuestro matrimonio era ya irrompible.

Entonces, en algún momento que mi memoria no podría precisar, su humor y sus maneras comenzaron a cambiar. Fue un cambio discreto, que ella disimulaba, tal vez porque todavía tenía dudas. No me llamó la atención que la actitud tan apasionada de las primeras semanas cediera poco a poco el paso a una actitud más distante, ella había sido siempre así y lo inusitado era que se mostrara efusiva. Advertí que se distraía, que se perdía en unas cavilaciones que parecían llevársela fuera de mi alcance, con el ceño fruncido. De esas fugas volvía asustada, dando un respin¬go, cuando yo la regresaba a la realidad con una broma: “Qué tendrá la princesa de la boca de fresa? Por qué estará tan pensativa? Estará enamorada la princesa”. Se rubori¬zaba y me respondía con una risita forzada.

Una tarde, al regresar yo de la antigua oficina del señor Chames - éste se había retirado a pasar su vejez en el sur de España - donde por tercera o cuarta vez me di¬jeron que no tenían para mí trabajo alguno por el mo¬mento, apenas abrí la puerta del departamento y la vi, sentada en la sala con el maletín de mano que llevaba siempre en sus viajes, comprendí que ocurría algo grave, Estaba desencajada.

- Qué te pasa? - suspiró, tomando fuerzas; tenía unas ojeras azu¬les, le brillaban los ojos

- No he querido irme sin hablar contigo, para que no pienses que me estoy escapando – dijo con la voz helada - por lo que más quieras, te ruego que no me hagas una escena ni me amenaces con suicidarte. Ya no estamos ninguno en edad para esas cosas. Perdona que te hable con tanta crudeza, pero creo que es lo mejor.

Me dejé caer sobre el sillón, frente a ella. Sentí in¬finita fatiga. Tuve la sensación de estar oyendo un disco que repetía, cada vez más deformada, la misma frase mu¬sical. Ella estaba muy pálida siempre, pero, ahora, su ex¬presión era irritada, como si tener que estar allí dándome explicaciones la hubiera llenado de resentimiento con¬tra mí.

- Te consta que he tratado de adaptarme a este tipo de vida, para darte gusto, para pagarte lo que me ayu¬daste cuando estuve enferma. No puedo más. Esto no es vida pa¬ra mí. Si me sigo quedando contigo por compasión, ter¬minaría odiándote. Yo no quiero odiarte. Trata de com¬prenderme, si puedes.

Calló, esperando que yo le dijera algo, pero me sentía tan cansado que no tenía fuerzas ni ganas de decir¬le nada.

- Aquí me asfixio. Estos dos cuartitos son una cárcel y ya no los soporto. Yo sé cuál es mi límite. Me está matando esta rutina, esta mediocridad. A ti no te importa, tú estás contento, me¬jor para ti. Pero yo no soy como tú, yo no sé conformar¬me. He tratado, has visto que he tratado. No puedo. No voy a pasarme el resto de la vida a tu lado por compasión. Perdona que te hable con esta franqueza. Es mejor que se¬pas la verdad y que la aceptes, Peter.

- Quién es él? - le pregunté, al ver que callaba otra vez - puedo saber al menos con quién te vas?

- Me vas a hacer una escena de celos? - reaccio¬nó, indignada. Y con sarcasmo me recordó - yo soy una mujer libre, Peter. Nuestro matrimonio fue sólo para conseguirme los papeles. Así que no vengas a tomarme cuentas de nada.

- Ya veo que lo tienes todo decidido y que no hay mucho más que hablar - la interrumpí, poniéndome de pie - me voy a dar una vuelta, para que hagas con calma tus maletas.

- Ya están hechas

Lamenté que no se hubiera ido como otras veces, dejándome unas líneas. Cuando me dirigía hacia la puer¬ta, la oí decir a mis espaldas con una vocecita que quería ser apaciguadora:

- Por si acaso, no voy a reclamarte nada de lo que me corresponde por ser tu mujer. Ni un centavo.

“Eres muy amable”, pensé, cerrando despacito la puerta de calle. “Pero, lo único que podrías reclamarme serían deudas y la hipoteca de este piso que, al paso que vamos, muy pronto me van a embargar.” Al salir a la calle comenzó a llover. No había sacado paraguas, de manera que fui a refugiarme en el café de la esquina, donde estuve mucho rato, tomando a sorbitos una taza de té que se fue enfriando hasta volverse insípida.Quién sería esta vez el galán? Alguien que habría conocido gracias a su trabajo con Martine, en uno de esos congresos, conferencias y celebraciones que orga¬nizaban. Un buen trabajo de seducción, sin duda. Ella se conservaba muy bien, pero, de todos modos, ya tenía más de cincuenta años.

Regresé cerca de las once de la noche, y ya había partido, dejando las llaves en la salita comedor. Se ha¬bía llevado toda su ropa en las dos maletas que teníamos y echado a las bolsas de basura lo que estaba viejo o le so¬brava. No había tocado los francos que guardábamos en la pequeña caja fuerte en un armario de la sala. Conseguí no pensar mucho en ella los días, se¬manas y meses siguientes, en los que, sintiéndome una bolsa de huesos, piel y músculos desprovista de alma, andaba todo el día buscando trabajo. Me urgía porque necesi¬taba afrontar las deudas y los gastos diarios y porque sabía que la mejor manera de pasar este período era entregán¬dome con afán a una obligación.

Desde hacía al¬gunos días tenía continuas jaquecas, que pensé que se debía a mi mal estado de ánimo y a lo poco que dormía. Decidí ir al médico. La resonancia estableció que yo había padecido un pequeño ataque cerebral. Nada muy grave; el peligro había pasado. En adelante, debería cuidarme, hacer ejercicios, dietas equilibradas, controlarme la presión, poco alcohol y una vida tranquila. Mi trabajo podría verse disminuido, cabía esperar una mer¬ma de la concentración y de la memoria. Afortunadamente para mí, en esa época los Marínez vinieron a pasar un mes a París, esta vez con Matías. Había crecido mucho y en su manera de hablar y de ves¬tirse se había, vuelto un gringuito. La compañía de esos amigos fue muy oportuna. Hablar con ellos, bromear, salir a cenar, al cine, me devol¬vió un poco el gusto a la vida.
Pablo y Rochi insistieron en que vaya ver a un neurocirujano, decían que por pequeño que hubiera sido, un derra¬me cerebral podía tener consecuencias y que debía saber a qué atenerme. Me puse en manos del doctor Fierre Joudret, un hombre encantador y, hasta donde yo podía juzgar, un profesional competente. Me volvió a someter a toda clase de análisis y me prescribió un tratamiento para controlar la presión arterial y mante¬ner una buena circulación de la sangre. En su consultorio, en esos días, conocí una tarde a Paula.

Empezamos a tener problemas de dinero pues mis dolores de cabeza no me permitían trabajar como antes y tuve que renunciar a la Unesco. Fue ahí cuando Paula y yo, decidimos vender el departamento. Llegué a un acuerdo con un funcionario del Ministerio de las Fuerzas Armadas. El día que firmamos la minuta de venta, al salir yo de la notaría, una señora al verme se detu¬vo en seco y me quedó mirando. Sin reconocerla, la salu¬dé con una inclinación de cabeza.
- Soy Martine - dijo ella, secamente, sin estirar¬me la mano - no me recuerda?

- Estaba distraído - me disculpé - claro que la recuerdo muy bien. Cómo está, Martine – era la jefa de Lali

- Muy mal, cómo voy a estar. Pero, sepa que yo no me dejo pisotear. Sé muy bien defenderme. Le aseguro que este asunto no se va a quedar así.

- No sé de qué me habla, Martine. Ha tenido us¬ted problemas con mi esposa? Nosotros nos separamos ha¬ce algún tiempo, no se lo dijo? - se quedó muda y me examinó, desconcertada. Su mirada me decía que yo le parecía un bicho muy raro.

- Usted no sabe nada, entonces? – murmuró - vive en las nubes, entonces? Con quién cree usted que se largó esa mosquita muerta? No sabe que fue con mi marido?

- No, no lo sabía. Ella sólo me dijo que se iba y se fue. No he vuelto a saber nada de ella. Lo siento mucho, Martine.

- Yo le di todo, trabajo, amistad, mi confianza, pasando por alto lo de sus papeles, que nunca estuvieron muy claros. Le abrí mi casa. Y así me pagó, quitándome a mi marido. No porque se enamorara de él, sino por codi-cia. Por puro interés. No le importó destrozar a toda una familia. Le advierto que esto no se va a quedar así. Mis hijos no lo van a permitir. Ella sólo quiere arruinarlo, porque eso es lo que es, una cazafortunas. Mis hijos han emprendido ya las acciones legales y la lle¬varán a la cárcel. Y usted hubiera hecho mejor vigilando un poco más a su mujer.

- Lo siento mucho, debo partir, esta conversación no tiene sentido - le dije, alejándome a largos trancos, sintiéndome totalmente incómodo.

Traté de poner en orden mi cabeza. Se me debía haber subido algo la presión porque me sentía congestionado y aturdido. No conocía al marido de Martine, pero sí a uno de sus hijos, un hombre hecho y dere¬cho al qué había visto de paso, una sola vez. La nueva conquista de la niña mala debía de ser, pues, muy mayor, un vejestorio como imaginé. Lo había hecho para escapar del aburrimiento y la mediocridad de la vida que había tenido, y en busca de aquello que había sido su primera prioridad desde que, de niñita, descubrió la vida de perro de los pobres y lo bien que vivían los ricos: esa seguridad que sólo el dinero garantizaba. Cuando regresé a lo que había sido mi departamento, encontré a Paula extenuada. Había despacha¬do ya el camioncito al depósito con lo que no pudimos vender y algunos cajones de libros. Nos fuimos a instalar a un hotelito donde vivimos muchos meses, hasta la partida a España. Tuvimos que suprimir restaurantes caros, con¬ciertos, ir al cine no más de una vez por semana y sólo a los espectáculos para los que Paula conseguía invita¬ciones. Pero era un alivio vivir sin deudas.

Al año y medio de estar viviendo en Madrid, Paula llegó muy excitada a con¬tarme que había conocido a un bailarín y coreógrafo for¬midable y que iban a trabajar juntos en un proyecto fan¬tástico: Metamorfosis. Nunca vi a Paula trabajar con tanta felicidad en una escenografía como en ésta, ni hacer tantos bocetos y maquetas. Cada día me contaba con alegría el torrente de ideas que alborotaban su cabeza y los progresos que hacía el elenco. El éxito de Metamorfosis fue total y merecido. El grupo iba a dar cinco funciones y terminó dando diez. Hubo ar¬tículos muy positivos en la prensa y en todos se mencio¬naba, con elogios, la escenografía de Paula. Fui a ver el espectáculo tres veces. Siempre lo en¬contré lleno de público y el entusiasmo era idéntico al del día del estreno. La tercera vez, al terminar la función, al dirigirme hacia los camerines en busca de Paula, me di poco menos que de bruces con ella, en brazos del apuesto y sudoroso Mariano Torre, el bailarín. Se besaban con cierta furia y, al sentirme llegar, se soltaron, muy confundidos. Me hice el que no había advertido nada extraño y los felicité, asegurándoles que la función me había gustado todavía más que las dos veces anteriores. Más tarde, camino a la casa, Paula, a quien no¬taba muy incómoda, me encaró:

- Bueno, supongo que te debo una explicación por lo que has visto.

- No me debes ninguna, Paula. Tú eres una persona libre y yo lo soy también. Vivimos juntos y nos llevamos muy bien. Pero, eso no debe recortar en lo más mínimo nuestra libertad. No hablemos más del asunto.

- Sólo quiero que sepas que lo siento mucho. Aunque las apariencias digan otra cosa, te aseguro que no ha pasado absolutamente nada entre Mariano y yo. Lo de esta noche ha sido una tontería sin ninguna impor-tancia. Y no se va a repetir.

- Te creo. Olvidemos todo esto. Y no pongas esa cara, por favor. Tú eres bonita sobre todo cuando sonríes.

En efecto, los días siguientes no volvimos a hablar del tema, y ella hizo muchos esfuerzos para mostrarse ca¬riñosa. La verdad, no me afectó mucho saber que proba¬blemente había surgido un romance entre ella y el bailarín. Nunca me había hecho muchas ilu¬siones sobre lo que duraría nuestra relación. No me sentía herido ni humillado; sólo curioso por saber cuándo tendría que mudarme a vivir solo una vez más. Dos o tres semanas después, Paula me anunció que habían invitado a Mariano Torre a presentar Meta¬morfosis en Frankfurt, en un festival de danza moderna. Era una ocasión importante para que ella diera a conocer su trabajo en Alemania. Qué me parecía?

- Magnífico. Estoy seguro que Metamorfosis tendrá allá tanto éxito como en Madrid.

- Por supuesto que vendrás conmigo - se apre¬suró a decir ella - allá podrás seguir con las traduccio¬nes y...

Pero yo la acariñé y le dije que no fuera tonta ni pusiera esa cara de angustia. Yo no iría a Alemania, no teníamos dinero para eso. Me quedaría en Madrid traba¬jando en mi traducción. Yo tenía confianza en ella. Que preparara su viaje y se olvidara de todo lo demás, porque podía ser decisivo para su carrera. Se le salieron unos la¬grimones al abrazarme y decirme al oído: “Te juro que aquella tontería no se repetirá jamás”. Dos días después, mientras trabajaba en la tarde en el Café Barbieri, una elegan¬te silueta femenina se sentó de pronto en la mesa, frente a mí:

- No te voy a preguntar si sigues enamorado de mí, porque ya sé que no

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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Jue Oct 20, 2011 7:18 pm

Son los dos capitulos iguales?????
Me perdi...espero más,
Siento no subir esque no me da la vida (prometo recompensa)
Un beso
Ione
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Jue Oct 20, 2011 7:23 pm

Epílogo

La sorpresa fue tan mayúscula que, no sé cómo, eché al suelo la botella de agua mineral medio llena, que se quebró en pedazos. Mientras la camarera se afanaba levantando los pedazos de vidrio, yo examinaba a la dama que, de la manera más ines¬perada, luego de tres años, bruscamente resucitaba en el momento y el lugar más inesperado del mundo: el Café Bar¬bieri de Lavapiés. El cuidado maquillaje no ocultaba lo demacrado de su rostro, los huesos salidos de sus pómulos y las pequeñas bolsas alrededor de los ojos. Habían pasado sólo tres, pero a ella le habían caído diez años encima. Era una vieja. Me miraba sin pestañear, sin humor y - colmo de los colmos! - me tomaba cuentas por mi mal comportamiento:

- Nunca hubiera creído que te pondrías a vivir con una mocosa que puede ser tu hija - repitió, indigna¬da - y, además, una hippy que seguro no se baña nunca. Qué bajo has caído, Juan Pedro Lanzani

Tenía ganas de apretarle el pescuezo y de echarme a reír a carcajadas. No, no era broma: me estaba haciendo una escena de celos! Ella a mí!

- Tú tienes ya 53 o 54 años, no? Y cuántos esa lolita? Veinte?

- Treinta y tres. Representa me¬nos, es verdad. Porque es una chica feliz y la felicidad re¬juvenece a la gente. Tú no pareces muy feliz, en cambio.

- Se baña alguna vez? O a la vejez te ha dado por eso, por la suciedad?

- He aprendido de Fukuda. He comprobado que las porquerías tienen también su gra¬cia, en la cama.

- Por si quieres saberlo, en este momento te odio con toda mi alma y quisiera que te murieras

- Cualquiera que no te conociera diría que estás celosa.

- Por si quieres saberlo, sí lo estoy. Pero, sobre to¬do, decepcionada de ti - le cogí la mano y la obligué a acercarse un poco, para decirle, sin que oyera nadie

- Qué significa esta payasada? Qué haces aquí? - me clavó las uñas en la mano antes de contestar¬me. Lo hizo bajando también la voz:

- No sabes cómo lamento haberte buscado todo este tiempo. Pero ya sé que esa hippy te va a meter cuernos y te va a dejar tirado co¬mo un trapo sucio. Y no sabes cuánto me alegro.

- Estoy perfectamente entrenado para eso, niña mala. En cuestión de cuernos y abandonos, sé todo lo que hay que saber y todavía más - le solté la mano pero, en el acto, ella me la volvió a coger.

- Me había jurado no decirte nada sobre esa hippy - dijo, suavizando la voz y la expresión - pero, ape¬nas te vi, no pude contenerme. Todavía me dan ganas de rasguñarte. Sé un poco más galante y pídeme una taza de té – hice lo que me pidió - la quieres a esa hippy asquerosa? La quieres más de lo que me querías a mí?

- A ti yo no creo que te haya querido nunca. Tú eras para mí lo que era Fukuda para ti: una enfermedad. Ahora me he curado, gracias a Paula.

- Si no me quisieras no te habrías puesto tan páli¬do ni tendrías tan quebrada la voz. No irás a ponerte a llorar, Petercito? Porque tú eres bastante lloroncito, si mal no recuerdo.

- Te prometo que no. Tienes la maldita costum¬bre de aparecer de pronto, como una pesadilla, en los mo¬mentos menos pensados. Ya no me hace gracia. La ver¬dad, no esperaba volver a verte nunca más. Qué es lo que quieres? Qué haces acá en Madrid?

Cuando le trajeron la taza de té, pude examinarla un poco mientras ella le echaba un terrón de azúcar, mo¬vía el líquido, y escudriñaba la cucharilla, el platito y la taza haciendo ascos. Sus tobillos eran otra vez dos cañitas de bambú. Ha¬bría estado enferma de nuevo? Sólo en la época de la clí¬nica de Pétit Clamart la había visto tan delgada. Se me ocurrió que, sin el enjuague al que probablemente debían su negrura, sus cabellos de¬bían ser ya grises, acaso blancos como los míos.

- Todo parece sucio aquí - dijo, de pronto, mi¬rando a su alrededor y exagerando la expresión de disgus¬to - la gente, el local, hay telarañas y polvo por todas partes. Hasta tú pareces sucio.

- Esta mañana me duché y me jaboné de arriba abajo, palabra.

- Pero estás vestido como un pordiosero - dijo ella, cogiéndome la mano otra vez.

- Y tú como una reina. No tienes miedo de que te asalten y te roben en un sitio de muertos de hambre como éste?

- En esta nueva etapa de mi vida estoy dispuesta a correr cualquier peligro por ti - se rió - además, tú, que eres un caballero, me defenderías hasta la muerte, no? O desde que te juntas con hippies ya dejaste de ser un caballerito miraflorino?

Se le había pasado la furia de un momento atrás y, ahora, apretándome la mano con firmeza, se reía. En sus ojos había un lejano recuerdo de aquellos ojos oscuros, una lucecita que encendía su cara demacrada y envejerida.

- Cómo me has encontrado?

- Me costó mucho trabajo. Meses. Mil averiguaciones, por todas partes. Y un montón de plata. Estaba muerta de susto, llegué a pensar que te habías suicidado. Esta vez de verdad.

- Esas estupideces se hacen sólo una vez, cuando uno está imbecilizado de amor por alguna mujer. Ya no es mi caso, felizmente.

- Tratando de encontrarte, me he peleado con los Martinez - me dijo de pronto, enfureciéndose otra vez - Rochi me trató muy mal. No me quiso dar tu dirección ni decirme nada sobre ti. Y se puso a tomarme cuentas. Que yo te había hecho desgraciado, que estuve a punto de ma¬tarte, que tuve la culpa de que te diera un ataque cerebral, que he sido la tragedia de tu vida.

- Rochi te dijo la pura verdad. Tú has sido la desgracia de mi vida.

- La mandé a la mierda. No pienso hablarle ni ver¬la nunca más. Lo siento por Mati, porque ya no creo que vuelva a verlo tampoco a él. Quién se ha creído esa idiota para tomarme cuentas a mí. No estará enamorada de ti, ésa?

- Se puede saber para qué me has buscado?

- Quería verte y hablar contigo - dijo, sonriendo otra vez - te extrañaba. Tú también a mí, un poquito?

- Tú reapareces y me buscas siempre entre dos amantes - le dije, tratando de zafarme de su mano. Esta vez lo logré - te ha echado el marido de Martine? Vie¬nes a hacer un intermedio en mis brazos hasta que caiga en tus redes el próximo vejete?

- Ya no - me interrumpió, volviendo a cogerme la mano y adoptando el tonito burlón de antaño - he decidido poner punto final a mis locuras. Voy a pasar mis últimos años con mi marido. Siendo una esposa modelo - me eché a reír y ella se rió también. Me rascaba la mano con sus deditos y yo tenía cada vez más ganas de sacarle los ojos.

- Tienes un marido, tú? Se puede saber quién es?

- Todavía soy tu mujer y puedo probarlo, tengo los certificados. Tú eres mi marido. Ya no te acuerdas que nos casamos?

- Fue una farsa, para conseguirte papeles. Nunca has sido mi mujer de verdad. Has estado conmigo por épocas, cuando tenías problemas, mientras no conseguías algo mejor. Me vas a decir para qué me has buscado? Esta vez, si es que estás en problemas, no po¬dría ayudarte aunque quisiera. Pero tampoco quiero. No tengo un centavo y vivo con una muchacha a la que quie¬ro y que me quiere.

- Una hippy mugrienta que te va a largar en cualquier momento - dijo, enojándose otra vez - que no se ocupa dé ti para nada, a juzgar por la manera como andas vestido. En cambio, de ahora en adelante yo te voy a cui¬dar. Me voy a ocupar de ti las veinticuatro horas del día. Como una esposa modelo. Para eso he venido, ya lo sabes.

Hablaba con la carita de burla de otros tiempos, desmintiendo con el irónico brillo de sus ojos las palabras que me iba diciendo. De tanto en tanto, tomaba un sorbito de té. Ese jueguecito estúpido consiguió irritarme.

- Sabes una cosa, niña mala? - le dije atrayéndola un poco para poder hablarle en voz muy baja, con toda la cólera que tenía acumulada - te acuerdas de esa noche, en el departamento, en que estuve a punto de apretarte el pescuezo? Mil veces he lamentado no haberlo hecho.

- Todavía tengo ese vestido de bailarina árabe - susurró, con toda la picardía que le quedaba - me acuerdo muy bien de esa noche. Me pegaste y después hi¬cimos el amor riquísimo. Me dijiste unas cositas muy bo¬nitas. Hoy, no me has dicho ni una sola todavía. Estoy por creer que es verdad que ya no me quieres.

Tenía ganas de abofetearla, de sacarla del Café Barbieri a puntapiés, de hacerle todo el daño físico y mo¬ral que un ser humano puede hacer a otro, y, al mismo tiempo, gran imbécil, tenía ganas de tomarla en mis bra¬zos, preguntarle por qué estaba tan delgadita y acabada, y acariñarla y besarla. Me ponía los pelos de punta imaginar que ella pudiera leer mis pensamientos.
- Si quieres que reconozca que me he portado mal contigo y que he sido una egoísta, lo reconozco - me susurró, acercándome la cara, pero yo le alejé la mía - si quieres que me pase el resto de la vida diciéndote que Rochi tiene razón, que te he hecho daño y no he sabido valo¬rar tu amor y esas idioteces, bueno, lo haré. Eso es lo que quieres para que se te quite el rencor, Peter?

- Quiero que te vayas. Que de una vez por todas y para siempre desaparezcas de mi vida.

- Vaya, una huachafería. Ya era hora, niño bueno.

- No te creo una palabra de lo que dices. Sé muy bien que me buscas porque crees que te puedo echar una mano en alguno de tus enredos, ahora que ese pobre ve¬jete te ha echado.

- No me echó, lo eché yo a él. Mejor dicho, se lo entregué enterito a sus hijitos que tanto extrañaban a su papito. Debías estar¬me agradecido, niño bueno. Si supieras los dolores de ca¬beza y la plata que te ahorré yéndome con él, me besarías las manos. No sabes lo cara que le ha costado al pobre esta aventura - lanzó una risita penetrante, burlona, malvada a más no poder - me acusaron de haberlo secuestrado. Presentaron certificados médicos falsos al juez, diciendo que su padre tenía demen¬cia senil, que no sabía lo que hacía cuando se escapó conmigo. La verdad, no valía la pena perder el tiempo pelean¬do por él. Se lo devolví encantada. Que ellos y Martine le limpien los mocos y le tomen la presión arterial dos veces al día.

- Eres la persona más perversa que he conocido, niña mala. Un monstruo de egoísmo y de insensibilidad. Capaz de apuñalar con la mayor frialdad a las personas que mejor se portan contigo.

- Bueno, sí, tal vez sea así - asintió ella - a mí también me han dado muchas puñaladas en la vida, te aseguro. No me arrepiento de nada de lo que he hecho. Bueno, salvo de haberte hecho sufrir a ti. He decidido cambiar. Por eso estoy aquí.

- Quien no te conozca que te compre. Se te ocu¬rre que voy a tomar en serio ese numérico de esposa arrepentida? Tú, niña mala?

- Sí, yo. He venido a buscarte porque te quiero. Porque te necesito. Porque no puedo vivir con nadie que no seas tú. Aunque te parezca un poco tarde, ahora ya lo sé. Por eso, de ahora en adelante, aunque me muera de ham-bre y tenga que vivir como una hippy, voy a vivir contigo. Y con nadie más. Te gustaría que me vuelva una hippy y deje de bañarme? Que me vista como el espantapájaros con el que andas? Lo que tú quieras - tuvo un ataque de tos y se le enrojecieron los ojos por el fuerte espasmo. Bebió un trago de mi vaso de agua - no te importa que salgamos de aquí? Con este humo y este polvo no puedo respirar. Todo el mundo fuma aquí en España. Es una de las cosas que no me gusta de este país. Donde vayas, la gente te echa encima bocanadas de humo.

Pedí la cuenta, pagué y salimos. Cuando llegamos a la calle y la vi a la luz del día, me quedé espantado con su flacura. Sentada, sólo había advertido la delgadez de su cara. Pero, ahora, de pie, sin penumbra, era un desecho humano. Se había curvado un poco y caminaba insegura, como sorteando obstáculos. Sus pechos parecían haberse reducido hasta casi desaparecer y los huesitos de los hom¬bros resaltaban, nítidos, por debajo de la blusa. Además de una cartera llevaba una carpeta abultada.

- Si te parece que me he vuelto muy flaca, muy fea y muy vieja, no me lo digas, por favor. Dónde pode¬mos ir?

- A ningún sitio. Aquí, en Lavapiés, todos los ca¬fés son tan viejos y polvorientos como éste. Y todos están llenos de fumadores. Así que mejor nos despedimos aquí.

- Necesito hablar contigo. No será muy largo, te prometo - estaba cogida de mi brazo y sus dedos, tan delgaditos, tan huesudos, parecían los de una niñita.

- Quieres ir a mi casa? - le dije, arrepintiéndome al tiempo que se lo proponía - vivo aquí cerca. Pero, te advierto, te dará más asco que este café.

- Vamos a donde sea. Eso sí, si apa¬rece esa hippy maloliente, le sacaré los ojos.

- Ella está en Alemania, no te preocupes.

La subida de los cuatro pisos fue larga y complica¬da. Subía los peldaños muy despacio y en cada rellano se detenía a descansar. En ningún momento se soltó de mi brazo. Cuando llegamos al último piso había palidecido todavía más y tenía la frente con brillos de sudor. Apenas entramos, se dejó caer en el silloncito de la sala y respiró hondo. Luego, sin decir palabra, ni moverse del sitio, comenzó a examinar todo lo que tenía alrededor, con los ojos muy graves y el ceño y la frente fruncidos: los modelos y los dibujos y los trapos de Paula desparramados por doquier, las revistas y los libros apilados en los rin¬cones y en los estantes, el desbarajuste generalizado. Cuando llegó a la cama desarreglada, vi que su semblante se demu¬daba. Fui a la cocinita a traerle una botella de agua mineral. La encontré en el mismo sitio, mirando fijamente la cama.

- Tú tenías la manía del orden y de la limpieza, Peter. Me parece increíble que vivas en semejante pocilga.

Me senté a su lado y me invadió una gran tristeza. Lo que decía era cierto. Mi pisito de París, pequeño y modesto, siempre estuvo impecablemente lim¬pio y ordenado. En cambio, este burdel reflejaba muy bien tu irreversible decadencia, Peter.

- Necesito que firmes algunos papeles - dijo la niña mala, señalándome la carpeta, que había puesto en el suelo.

- El único papel que te firmaría a ti sería el del divorcio, si ese matrimonio todavía vale - le respondí - conociéndote, no me extrañaría que me hagas firmar cualquier enredo y que termine en la cárcel. Hace cuarenta años que te conozco, chilenita.

- Me conoces mal. Tal vez, a otros les podría hacer maldades. Pero a ti, no.

- A mí me has hecho las peores maldades que pue¬de hacerle una mujer a un hombre. Me has hecho creer que me querías, mientras que, con toda la tranquilidad del mundo, seducías a otros caballeros porque tenían más dinero, y me largabas sin el menor cargo de conciencia. No lo has hecho una sino dos, tres veces. Dejándome des¬trozado, aturdido, sin ánimos de nada. Y, encima, tienes una vez más el atrevimiento de volver a decirme, con la cara más fresca, que quieres que vivamos juntos de nuevo. La verdad, eres como para exhibirte en los circos.

- Estoy arrepentida. No volveré a hacerte ningu¬na mala pasada.

- No tendrás ocasión, porque nunca volveré a vi¬vir contigo. A ti nadie te ha querido como yo, nadie ha he¬cho todo lo que yo... Bueno, me siento estúpido diciéndote estas tonterías. Qué es lo que quieres de mí?

- Dos cosas. Que dejes a esa hippy sucia y te vengas a vivir conmigo. Y que firmes esos pape¬les. No hay ninguna trampa. Te he traspasado todo lo que tengo. Una casita en el sur de Francia, y unas acciones de la Electricidad de Francia. Todo está puesto a tu nombre. Pero tienes que firmar esos papeles para que el traspaso valga. Léelos, consulta un abogado. No lo hago por mí, sino por ti. Para dejarte todo lo que tengo.

- Muchas gracias, pero no te puedo aceptar ese regalo tan generoso. Porque, probablemente, esa casita y esas acciones son robadas a mañosos y no tengo ninguna gana de ser testaferro tuyo o del gángster de turno para el que estás trabajando. No será otra vez el famoso Fukuda? - entonces, antes de que yo pudiera atajarla, me echó los brazos al cuello y se prendió de mí con todas sus fuerzas.

- Deja de reñirme y de decirme maldades - se quejó, mientras me besaba el cuello - ime más bien que estás contento de verme. Dime que me has extrañado y que me quieres a mí, no a esta hippy con la que vives en este chiquero.

Yo no me atrevía a apartada, aterrado de sentir el esqueleto que era su cuerpo, una cintura, unas espaldas, unos brazos en los que parecían haber desaparecido todos los músculos, quedar sólo los huesos y el pellejo. La frágil, delicada personita que se apretaba contra mí despedía una fragancia que me hacía pensar en un jardín lleno de flores. No pude seguir simulando más.

- Por qué estás tan flaquita? - le pregunté al oído.

- Dime primero que me quieres. Que a esta hippy no la quieres, que te pusiste a vivir con ella sólo por des¬pecho, porque te dejé. Dímelo. Desde que supe que esta¬bas con ella me estoy muriendo de celos a poquitos.

Yo sentía ahora su pequeño corazón, latiendo con¬tra el mío. Le busqué la boca y la besé, largamente. Sentía su lengüita enredada en la mía, y tragaba su saliva. Cuan¬do metí la mano por debajo de su blusa y le acaricié la es¬palda sentí en mis dedos todas sus costillas y la columna vertebral, como si no los separara de mis dedos ni una ín¬fima película de carne. No tenía pechos; sus pezones, di¬minutos, estaban a ras de piel.

- Por qué estás tan flaquita? - le volví a preguntar - has estado enferma? Qué has tenido?

- No puedo hacer el amor contigo, no me toques ahí. Me han operado, me han sacado todo. No quiero que me veas desnuda. Tengo el cuerpo lleno de cicatrices. No quiero que tengas asco de mí.

Lloraba con desesperación y no conseguía calmar¬la. Entonces, la senté en mis rodillas y la acaricié mucho rato, como solía hacerlo en París, cuando tenía los ataques de miedo. También su potito se había escurrido, como sus pechos, y sus muslos eran tan delgaditos como sus brazos. Parecía uno de esos cadáveres vivientes que muestran las fotografías de los campos de concentración. La acariñaba, la besaba, le decía que la quería, que yo la cuidaría, y, al mismo tiempo, tenía un indescriptible horror porque es¬taba absolutamente seguro de que ella no había estado gra¬ve, que lo estaba ahora y que muy pronto iba a morir. Na¬die podía enflaquecer así y recuperarse.

- Todavía no me has dicho que me quieres más que a esa hippy, niño bueno.

- Claro que te quiero más que a ella y que a na¬die, niña mala. Tú eres la única mujer que yo he querido y quiero en el mundo. Y, aunque me has hecho maldades, me has dado también una felicidad maravillosa. Ven, quie¬ro tenerte en mis brazos desnuda y hacerte el amor.

La llevé a la cama, la tendí y la desnudé. Ella, con los ojos cerrados, se dejó desnudar, ladeándose, para ex¬ponerme su cuerpo lo menos posible. Pero, yo, acaricián¬dola, besándola, la hice desencogerse y estirarse. No la ha¬bían operado sino destrozado. Le habían sacado los pechos y repuesto los pezones con torpeza, dejando las gruesas cicatrices circulares, como dos rojizas corolas. Pero, la cicatriz peor arrancaba de su vagina y subía hasta el ombligo, serpenteando, una costra entre marrón y rosada que pare¬cía reciente. La impresión que tuve fue tan grande que, sin darme cuenta de lo que hacía, la cubrí con la sábana. Y supe que nunca más podría hacerle el amor.

- Yo no quería que me vieras así y que tuvieras asco de tu mujer. Pero...

- Pero yo te quiero y añora te voy a cuidar hasta que estés completamente curada. Por qué no me llamas¬te, para que yo te acompañara?

- No te encontraba por ninguna parte. Hace me¬ses que te busco. Era lo que más me desesperaba: morirme sin volver a verte.

La habían operado la segunda vez apenas hacía tres semanas. El tumor en la vagina había sido detectado muy tarde y aunque lo extrajeron, la quimio¬terapia sólo retardaría lo inevitable y además, en el estado de debilidad extrema en que se encontraba, probablemen¬te no la resistiría. La operación de los pechos fue un año antes, en Marsella. Por su extrema debilidad no habían podido intervenirla de nuevo, para reconstruirle el busto. El marido de Martine se portó muy bien con ella, la cuidó luego de enterarse que tenía cáncer. Volvió donde su fa¬milia, despidiéndose de la niña mala con generosidad: le compró la casita en Séte que ahora ella pretendía traspasar¬me y le colocó en el banco unas acciones de la Electricidad de Francia que le permitieran vivir sin angustias económi¬cas lo que le quedaba de vida. Ella había comenzado a bus¬carme hacía un año por lo menos, hasta dar conmigo en Madrid, gracias a una agencia de detectives.

Me contó todo esto en una larguísima conversación que duró toda la tarde y buena parte de la noche, echados en la cama, ella apretada contra mí. Se había vuelto a vestir. A ratos se callaba para que yo pudiera besarla y decirle que la quería. Me contó esa historia sin dramatismo, con aparente objeti¬vidad, sin autocompasión, pero, eso sí, con alivio, conten¬ta, como si luego de contármela pudiera morirse en paz.

Duró 37 días más, en los que se portó, tal como me había jurado que lo haría, como una esposa modelo. Por lo menos, cuando los terribles dolores no la tenían acostada y sedada con morfina. Me trasladé a vivir con ella a un aparthotel de Los Jerónimos, donde estaba alojada, llevándome una sola maleta con cuatro co¬sas que ponerme y algunos libros, y dejé a Paula una carta muy hipócrita y digna, diciéndole que había decidi¬do partir, devolviéndole la libertad. A los tres días partimos la niña ma¬la y yo, en tren, a su casita de las afueras de Séte, en lo alto de una colina. Era una casita pequeña, austera, bonita, bien arreglada, con un pequeño jardín. Durante dos semanas, ella estuvo tan bien, tan con-tenta, que, contra toda razón, pensé que podía recuperar¬se. Una tarde, sentados en el jardín, a la hora del crepúscu¬lo, me dijo que, si algún día se me ocurría escribir nuestra historia de amor, que no la hiciera quedar muy mal por¬que, entonces, su fantasma vendría a jalarme los pies to¬das las noches.

- Y por qué se te ha ocurrido eso?

- Porque siempre has querido ser un escritor y no te atrevías. Ahora que te vas a quedar sólito, puedes aprovechar, así no me extrañarás tanto. Por lo menos, confiesa que te he dado tema para una novela. No, niño bueno?


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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   Vie Oct 21, 2011 4:10 am

Me encanto la nove Mais,
No me esperaba el final en serio.
Espero que escribas otra pronto.
Un beso, Ione.
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MensajeTema: Re: Travesuras de la niña mala   

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Travesuras de la niña mala
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