Escribiendo Hojas En Un Libro

“Escribir es como mostrar una huella digital del alma” Mario Bellatín,
 
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 Escándalo en primavera (laliter)

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MensajeTema: Escándalo en primavera (laliter)   Mar Oct 11, 2011 8:06 am

Hola, soy Ione, es la primera vez que me animo a subir algo que no sea ningun texto profundo y trascendental jaja pero hace poco lei una novela que me encanto y quiero compartira con todo el mundo.
No se si podre subir muy seguido pero prometo hacer el esfuerzo si hay al menos una persona que me lea.
Vengo con un pequeño resumen para que sepais de que va la nove y si hay comentarios esta noche posteo el prologo.
Espero que os guste.
Un beso.
Ione


Escándalo en primavera


"Quiero que hagas todo lo que alguna vez imaginaste que harías conmigo..." Con estas atrevidas palabras, Lali Esposito, la ultima Florero que quedaba soltera, sella su destino con el unico hombre que nunca creyó que le atraería.
Después de haber pasado tres temporadas en Londres buscando marido para Lali, el padre de ésta le advierte, de forma clara y contundente, que si no consigue encontrar de inmediato un marido apropiado, habrá de casarse con el que él ha escogido para ella, que no es otro que el frio y distante Juan Pedro Lanzani. Sin embargo, pronto nacerá entre éste y Lali una fuerte atracción. Atracción que irá creciendo hasta transformarse en una pasión arrolladora...pero entonces las cosas tomarán un giro inesperado.
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Mar Oct 11, 2011 7:16 pm

Prólogo

-He tomado una decisión respecto al futuro de Lali -anunció Juan Esposito a su esposa y a su hija-. Aun que a los Esposito no nos gusta admitir una derrota, no podemos ignorar la realidad.

-¿De qué realidad está hablando, padre? -preguntó Lali.

-No estás hecha para la nobleza británica. -Esposito frunció el ceño y añadió-: O quizá la nobleza no está hecha para ti. He recibido una pobre contrapartida a mi inversión en la incesante búsqueda de un marido para ti. ¿Sabes lo que esto significa, Lali?

-¿Qué soy una acción de bajo rendimiento? -arriesgó ella.

Era difícil admitir que Lali era una mujer adulta de veintidós años. Era baja, delgada y de cabello oscuro, y todavía gozaba de la soltura y la espontaneidad de una niña, mientras que otras mujeres de su edad ya se habían convertido en damas serias y formales. Sentada con las rodillas dobladas, en aquellos momentos parecía una muñeca de porcelana abandonada en un extremo del sofá. A Esposito le molestó ver que su hija sostenía un libro en su regazo y que señalaba con un dedo la página que estaba leyendo. Resultaba evidente que Lali estaba esperando a que su padre terminara de hablar para reanudar la lectura.

-¡Deja ese libro! -ordenó el señor Esposito.

-Sí, padre.

Lali abrió el libro con disimulo para memorizar el numero de la página y lo dejó a un lado. Aquel geto exasperó a Esposito. Libros, libros…, la mera visión de un libro había llegado a representar para él el vergonzoso fracaso de su hija en el mercado matrimonial.

Mientras daba chupadas a su enorme cigarrillo, Esposito se sentó en uno de los sillones de la suite del hotel en el que se hospedaban hacía dos años. Mercedes, su esposa, estaba cerca de él. Esposito era un hombre robusto y fornido, tan expansivo como en sus dimensiones físicas como en su temperamento.

No se había arrepentido de elegir a Mercedes como esposa. Su ambición encajaba a la perfección con la de él. Mercedes era una mujer implacable, siempre presionando a los demás para lograr un lugar en la sociedad para los Esposito. Fue ella quien insistió en que como no lograban introducirse en los ambientes selectos de Nueva York, debían llevar a sus hijas a Inglaterra.

Con Candela, su hija mayor, sin duda lo habían logrado. De algún modo, Candela había conseguido atrapar a lord Sierra, un primer premio, un hombre de linaje impecable y había sido una buena adquisición. Sin embargo, en aquellos momentos había que recortar gastos.

Esposito reflexionó acerca de sus cinco hijos y se preguntó cómo se podía ser que se parecieran tan poco a él. Candela era la única que parecía haber heredado algo del espíritu agresivo de Esposito. Sin embargo, era una mujer y, en consecuencia, su empuje era un autentico desperdicio.

Y después estaba Lali, de todos era a la que menos entendía. A lo largo de los años, los esfuerzos de Esposito para cambiar a Lali se habían encontrado con una fuerte resistencia. A ella le gustaba su forma de ser y querer cambiar algo era como intentar pegar gelatina en el tronco de un árbol.

Mercedes intervino en la conversación con voz tensa.

-Querido, falta mucho para que termine la temporada. En mi opinión, hasta ahora Lali ha realizado progresos notables. Lord Sierra la a presentado a varios caballeros prometedores que están sumamente interesados en tener al conde cómo cuñado.

-Considero muy revelador -declaró Esposito de forma insinuante- que para estos “caballeros prometedores” lo atractivo sea tener a Sierra como su cuñado y no a Lali como esposa. -Esposito taladró a Lali con la mirada-. ¿Es probable que alguno de estos caballeros pida tu mano?

Lali titubeó mientras una expresión reflexiva aparecía en sus entornados ojos oscuros.

-No, padre -reconoció al final con franqueza.

-Lo que me temía. -Esposito entrelazó sus gruesos dedos sobre la barriga y contempló a las dos silenciosas mujeres de una forma autoritaria-. Tu fracaso se ha convertido en un serio inconveniente hija. Me disgusta el gasto innecesario que estamos realizando en vestidos y fruslerías, me disgusta el tedio que supone llevarte de baile improductivo en baile improductivo. Y, aún más importante, me disgusta que esta empresa me haya retenido en Inglaterra cuando mi presencia es tan necesaria en Nueva York. Por lo tanto, he decidido elegir un marido para ti.

Lali lo miró con desconcierto.

-¿Y en quién ha pensado, padre?

-En Peter Lanzani.

Ella lo contempló como si se hubiera vuelto loco y Mercedes dio un respingo.

-¡Eso no tiene sentido Esposito! ¡Ningún sentido! Ese enlace no supondría ninguna ventaja para nosotros ni para Lali. El señor Lanzani no es un aristócrata ni posee bienes significativos.

-Es uno de los Lanzani de Boston -replicó Esposito-, una familia nada despreciable; de buen nombre e ilustre linaje. ¡Y lo que es más importante, Lanzani siente una gran devoción por mí y dispone de una de las mentes empresariales más capaces que he conocido en mi vida! Lo quiero como hijo político. Quiero que herede mi compañía cuando llegue el momento.

-¡Tienes tres hijos que heredarán la compañía por derecho de nacimiento! -exclamó Mercedes con vehemencia.

-A ninguno de ellos le importa nada mi compañía. No sienten ningún interés por ella. -Esposito pensó en Peter Lanzani, quien llevaba prosperando bajo su tutela durante casi diez años, y sintió una punzada de orgullo-. Ninguno de ellos tiene la apasionada ambición y la firmeza de carácter de Lanzani -continuo Esposito-. Lo convertiré en padre de mis herederos.

-¡Has perdido la cabeza! -grito Mercedes con rabia.

Lali intervino con un tono de voz calmado que estuvo a punto de suavizar la agitación de su padre.

-Debo señalar que, en este asunto, se necesita mi cooperación. Sobre todo ahora que hemos llegado a la cuestión de engendrar herederos. Y le aseguro que ningún poder sobre la tierra podrá obligarme a tener hijos con un hombre que ni siquiera me gusta.

-Ya va siendo hora de que empieces a pensar en serle útil a alguien -bramó Esposito. Siempre había formado parte de su naturaleza aplastar las rebeliones con una fuerza todavía mayor-. En mi opinión, deberías desear tener un marido y hogar propios en lugar de continuar con tu existencia parasitaria.

Lali se estremeció como si la hubieran abofeteado.

-Yo no soy ningún parasito.

-¿Ah , no? Entonces explícame de qué forma se ha beneficiado el mundo de tu presencia en él. ¿Qué has hecho por los demás?

Al verse enfrentada a la tarea de justificar su existencia, Lali contempló a su padre con frialdad y guardó silencio.

-Éste es mi ultimátum -declaró Esposito-. Encuentra un marido apropiado antes de finales de mayo o te entregaré a Lanzani.
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Miér Oct 12, 2011 5:06 pm

Se ve muy buena... me da penita Lali

espero el proximo!
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Jue Oct 13, 2011 5:10 pm

Capítulo 1


—No debería contarte esto —Lali murmuraba mientras se paseaba de un lado para el otro en el salón de la mansión Marsden la noche siguiente—. En tu condición no debes preocuparte por nada. Pero no puedo guardármelo para mí por más tiempo o estallaré, lo que será probablemente infinitamente más angustioso para ti.
Su hermana mayor levantó la cabeza del hombro confortable de lord Sierra.
—Dímelo —dijo Candela, intentando controlar otra ola de náuseas—. Solo me angustio cuando los secretos son sobre mí. —Se reclinó sobre el sofá largo, liberándose del brazo de lord Sierra que inmediatamente colocó en su boca un azucarillo con sabor a limón. Cerró los ojos cuando se lo tragó, sus pestañas oscuras se cerraron como medias lunas contra sus suaves mejillas.
—¿Mejor? —Sierra preguntó suavemente, limpiando con un dedo un poco de azúcar en la comisura de sus labios.
Cande asintió con la cabeza, terriblemente pálida.
—Si, creo que eso ayuda. ¡Uf!. Reza para que sea un niño, Agustin, porque esta es tu única oportunidad de tener un heredero. ¡No voy a sufrir nunca más esto!
—Abre la boca —dijo, y le colocó otro azucarillo en los labios.
Normalmente Lali habría estado conmovida por ser testigo de la intimidad de los Sierra... Era infrecuente que alguien viera a Candela tan vulnerable, o a Agustin tan paciente y preocupado. Pero Lali estaba tan distraída por sus propios problemas, que apenas notó su interacción cuando espetó.
—Papa me ha dado un ultimátum. Esta noche él…
—Espera —murmuró el conde, ajustando la postura de Candela la colocó más cerca de él, ella se inclinó aún más sobre su marido, que le puso la mano sobre la curva del estómago. El murmuró algo indescifrable en su pelo de ébano desordenado, y ella asintió con un suspiro.
Alguien que presenciara la ternura con que Sierra cuidaba de su joven esposa no podría si no sorprenderse de los cambios producidos en el conde, que había sido conocido siempre como un hombre naturalmente frío. Se había vuelto una persona mucho más accesible, sonreía más, y sus estándares sobre el comportamiento apropiado eran mucho más flexibles, lo cual era una buena cosa si uno tenía a Candela como esposa y a Lali como cuñada.
Los ojos de Sierra, de un marrón oscuro, parecieron casi negros, cuando se concentró en Lali. Aunque no dijo una palabra, Lali leyó en su mirada fija el deseo de proteger a Candela de cualquier cosa que pudiera agitar su paz.
Repentinamente Lali se sintió avergonzada por haberse precipitado a venir a contarle a su hermana lo ocurrido con su padre. Debía haberse guardado sus problemas en vez de acudir a ella como una niña asustada. Pero entonces, los ojos marrones de Candela la miraron, tibios y sonrientes, y un millón de recuerdos de infancia bailaron en el aire entre ellas de la misma manera que luciérnagas alborozadas. La intimidad entre hermanas era algo que, incluso el más protector de los maridos, no podía alterar.
—Vamos, cuéntamelo —dijo Candela, acomodándose contra el hombro de Sierra—. ¿Qué dijo el ogro?
—Que si no encuentro a alguien con quien casarme para final de mayo, tendré que aceptar el que ha elegido para mí. Y adivina quién es. ¡Adivina!
—No imagino quien —dijo Candela—. Papá es tremendamente exigente, es difícil que apruebe a alguien.
—¡Oh!, a él si lo aprueba —Lali respondió siniestramente—. Hay una persona en el mundo que papá aprueba al cien por cien.
Ahora, incluso Sierra estaba empezando a parecer interesado.
—¿Es alguien a quien conozco?
—Lo conocerá pronto —dijo Lali—. Mi padre lo ha invitado, llegará a Hampshire la próxima semana para la caza del ciervo y los festejos.
Sierra intentó recordar los nombres que Juan Esposito le había pedido que incluyera en la lista de invitados para la caza de primavera.
—¿El estadounidense? —preguntó—. ¿El señor Lanzani?
—Sí.
Cande miró fijamente a Lali sin comprender y de súbito enterró la cara en el hombro de su esposo con un grito ahogado. Al principio Lali temía que estuviera llorando, pero rápidamente se dio cuenta de que Candela se estaba riendo, con una risita nerviosa.
—No... No puede ser... ¡Qué absurdo!... tu nunca podrías...
—No lo encontrarías tan divertido si fueras tú quien tuviera que casarse con él —dijo Lali frunciendo el ceño sin entender su diversión.
Sierra miró de una hermana a la otra.
—¿Qué es lo que está mal en el señor Lanzani? Creo que su padre ha comentado que es un caballero bastante respetable.
—Todo está mal en él —dijo Candela, dando un último bufido de risa.
—Pero tu padre lo aprecia —apuntó Sierra.
—Oh —se burló Cande—. Mi padre se siente halagado porque el señor Lanzani se esfuerza en imitarlo y graba en su memoria cada palabra que él dice.
El conde consideró sus palabras mientras sacaba otro azucarillo de limón y lo ponía en los labios de Candela que emitió un sonido de placer cuando el dulce se derritió en su garganta.
—¿Tu padre está equivocado al creer que el señor Lanzani es inteligente? —Sierra preguntó a Lali.
—Es inteligente —admitió—. Pero una no puede tener una conversación con él, hace miles de preguntas, y lo absorbe todo pero nunca dice nada.
—Quizás Lanzani es tímido —señaló Sierra.
Ahora fue Lali quien no pudo contener la risa.
—Le garantizo, milord, que el señor Lanzani no es tímido. El es... —se detuvo encontrando difícil transformar sus ideas en palabras.
Peter Lanzani poseía una frialdad innata que era acompañada siempre por un aire insufrible de superioridad. Uno nunca podía decirle cualquier cosa sin que él la supiera ya; lo sabía todo. Debido a que Lali había crecido en una familia poblada de naturalezas intransigentes, para ella había tenido poco interés una persona aún más rígida e inflexible.
En su opinión, no hablaba en favor del señor Lanzani que armonizara tan bien con los Esposito.
Quizás habría sido más tolerable si hubiera tenido algún atractivo, pero el señor Lanzani no había sido el objeto de gracia alguna. Ningún sentido del humor, ningún vestigio de amabilidad, y por añadidura, ninguna belleza física: alto y desgarbado, tan torpe que sus brazos y piernas parecían colgar de él como sarmientos. Recordó la manera en que su abrigo colgaba de sus amplios hombros sin llenarlo, de manera que parecía que no había nada dentro.
—Sería más fácil enumerar todas las cosas que el señor Lanzani no es —dijo Lali definitivamente—. Para ser sincera, no existe ninguna razón por la que él deba gustarme.
—Ni siquiera es atractivo —añadió Candela—. Es un saco de huesos. —Acarició el musculoso pecho de su esposo, en un elogio silencioso de su musculosa constitución.
Sierra parecía divertido.
—¿Lanzani posee algún rasgo positivo?
Ambas hermanas consideraron la pregunta.
—Tiene dientes bonitos —dijo al fin Lali de mala gana.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó Candela—. ¡Nunca sonríe!
—Vuestra valoración de él es muy negativa —comentó Sierra—. Tal vez el señor Lanzani ha cambiado desde que usted lo vio por última vez, Lali.
—No tanto como para que acceda a casarme con él —señaló Lali.
—No deberías casarte con él si no lo deseas —dijo Candela con vehemencia, revolviéndose en los brazos de su esposo—. ¿Tengo razón, Sierra?
—Sí, mi amor —murmuró, apartando un mechón de pelo de su cara.
—Y no permitirás que mi padre aleje a Lali de mí —insistió Cande.
—Por supuesto que no, siempre se puede llegar a algún acuerdo.
Candela se desplomó contra él, teniendo fe absoluta en las capacidades de su marido.
—Ya está —farfulló a Lali—. No hay porqué preocuparse... ¿lo ves? Sierra lo tiene todo... —hizo una pausa para bostezar intensamente— …controlado...
Lali sonrío con ternura al ver que a su hermana se le cerraban los ojos, vio como Sierra miraba fijamente a Cande, así que se puso en pie y murmuró una despedida. Él respondió con una inclinación de cabeza cortés, sin desviar su atención del rostro soñoliento de Candela. Y Lali no pudo evitar preguntarse si algún hombre, algún día, la miraría a ella de esa manera, como si fuera un tesoro precioso en sus brazos.
Lali no dudaba de que su cuñado trataría de ayudarla de cualquier manera posible, aunque fuera solamente por Candela. Pero su fe en la influencia del conde fue atenuada por el conocimiento de la voluntad inflexible de su padre.
Aunque ella lo desafiara con todos los medios a su disposición, Lali tenía un mal presentimiento, las probabilidades no estaban a su favor.
Se detuvo un momento en la puerta del salón y miró a la pareja en el sofá con un gesto de preocupación. Candela se había quedado completamente dormida, su cabeza se hundía en el pecho de Sierra. Cuando el conde levantó la mirada hacia Daisy vio su tristeza y arqueó una ceja en una pregunta silenciosa.
—Mi padre... —comenzó Lali, instintivamente se mordió el labio. Su cuñado era socio comercial de su padre, no era apropiado ir al conde de Sierra con quejas sobre tan importante aliado. Pero la paciencia en su expresión la animó a continuar—Me llamó parásito —dijo, hablando en susurros para evitar perturbar a Candela—. Me pidió que le dijera en qué se ha beneficiado el mundo con mi existencia, o si alguna vez había hecho algo por alguien.
—¿Y qué contestó usted? —preguntó Sierra.
—No pude pensar en algo que decir.
Los ojos de color café del conde eran indescifrables. Hizo un ademán para que ella se acercara al sofá, y cuando obedeció, para su asombro, apretó su mano afectuosamente. El conde, generalmente circunspecto, no había hecho nunca una cosa así.
—Lali —dijo suavemente—, la mayoría de las vidas no se distinguen por grandes logros. Son importantes por un número infinito de pequeñas cosas. Cada vez que usted es generosa con los demás, o pone en alguien una sonrisa, da significado a su vida. No dude de su valor, querida. El mundo sería un lugar más triste sin Lali Esposito en él.

Pocas personas negarían que la propiedad de Stony Cross Park era uno de los lugares más hermosos de Inglaterra. El condado de Hampshire poseía una variedad infinita de terreno, desde bosques impenetrables a praderas floreadas, de los pantanos hasta los peñascos de piedra color miel en la rivera del río Itchen.
La vida resplandecía por todos lados, los pequeños brotes que surgían del manto de hojas caídas al pie de los envejecidos robles y cedros, las campánulas que brillaban intensamente en la parte más oscura del bosque.
Saltamontes que saltaban por las praderas llenas de bocas de dragón y jacintos, mientras que azules fresias se mezclaban con los blancos pétalos de las flores silvestres. Olía a primavera, el aire saturado del olor del seto y el verde césped.
Después de doce horas de viaje en carruaje, que Candela describió como un infierno, los Sierra, los Esposito, y los diversos invitados se alegraron de llegar a la propiedad de Stony Cross Park por fin.
El cielo era de un color diferente en Hampshire, un color azul más suave, y el aire estaba lleno de una tranquilidad dichosa. No había sonidos metálicos de ruedas y pezuñas sobre calles pavimentadas, o vendedores y mendigos, o silbatos de fábrica, ni ninguna señal del ajetreo de la ciudad. Aquí solo se oía el cantar de los petirrojos en los setos, el murmullo de pájaros carpinteros entre los árboles, y el chapoteo de los martines pescadores alimentándose en el río.
Candela, que había considerado el país mortalmente aburrido antes, era feliz por estar de regreso. Para ella el aire puro del campo fue como un bálsamo, y después de su primera noche en la casa solariega se sintió mucho mejor de lo que se sentía hacía semanas. Ahora su embarazo ya era visible y vestía trajes holgados propios de su estado, era la etapa en que no era apropiado asistir a eventos sociales. En su propiedad, sin embargo, Candela tendría una relativa libertad, aunque restringiría sus interacciones con los invitados a grupos pequeños.
Lali fue instalada en el que era su dormitorio favorito de la casa, para su placer. La habitación era encantadora, había pertenecido a lady Lucia, hermana de Sierra, que ahora residía en América con su marido y su hijo. El rasgo más encantador del dormitorio era un gabinete diminuto al que estaba conectado, que había sido traído de Francia especialmente y vuelto a montar; originariamente perteneció al mobiliario de una residencia lujosa del siglo diecisiete y estaba equipado con un diván que era perfecto para dormir la siesta o leer.
Acurrucada con uno de sus libros en una esquina del diván, Lali se sentía oculta del resto del mundo. ¡Oh, si tan solo pudiera quedarse aquí en Stony Cross y vivir con su hermana para siempre! Pero incluso cuando la idea pasó por su mente, supo que nunca sería totalmente feliz así. Quería su propia vida... su propio marido, sus propios niños.
Era la primera vez que Lali y su madre se habían vuelto aliadas. Estaban unidas en su deseo de evitar un matrimonio con el odioso Peter Lanzani.
—Ese desafortunado joven —Mercedes había exclamado—. No tengo la menor duda de que fue él quien puso la absurda idea en la cabeza de tu padre... Siempre he sospechado que él...
—¿Sospechado, qué? —preguntó Lali, pero su madre cerró con fuerza sus labios hasta que fueron una línea rígida.
Cuando Mercedes examinó detenidamente la lista de invitados, informó a Lali que un gran número de caballeros candidatos para esposo se estaban alojando en la casa solariega.
—Aunque no están directamente en la línea de sucesión, pertenecen a familias nobles —dijo Mercedes—. Y uno nunca sabe... A veces ocurre una desgracia... una enfermedad fatal o un accidente grave. ¡Algunos miembros de la familia podrían desaparecer y luego tu marido heredaría el título! —Con la esperanza de que una desgracia les sucediera a los futuros suegros de Lali, Mercedes volvió a centrarse en su lista de invitados.
Lali estaba impaciente por que Euge y Riera llegaran a la mansión al final de la semana. Extrañaba a Euge terriblemente, especialmente desde que Rochi estaba ocupada con su bebé y Candela se movía demasiado despacio para acompañarla en las caminatas rápidas que ella tanto disfrutaba.
En el tercer día después de su llegada a Hampshire, Lali fue a dar un paseo por la tarde. Tomó el camino que había atravesado en muchas otras visitas previas. Llevaba un sencillo vestido de muselina azul con detalles de flores, un par de robustas botas para caminar, y una pamela de paja atada con cintas.
Andando deprisa por un camino más allá de las praderas brillantes decoradas con flores amarillas y rojas, Lali consideró su problema.
¿Por qué era tan difícil encontrar un hombre para ella?
No es que ella no deseara enamorarse de alguien. A decir verdad, lo deseaba tanto que parecía terriblemente injusto no haber encontrado a alguien todavía, ella lo había intentado, pero siempre fallaba algo.
Si un caballero tenía la edad correcta, era pasivo o pomposo. Si era amable e interesante, era lo suficientemente viejo para ser su abuelo o tenía algún otro problema, como tener mal aliento o escupir mientras hablaba.
Lali sabía que no era una gran belleza. Era demasiado pequeña y etérea, y aunque había sido elogiada por sus ojos oscuros y su pelo negro en contraste con su piel blanca, también había oído que las palabras “menuda y delicada” y “traviesa” le eran aplicadas muchas veces. Las mujeres menudas y delicadas no atraían a los hombres como las rubias bellezas esculturales.
También se decía de ella que pasaba demasiado tiempo con sus libros, lo que era probablemente cierto. Si fuera posible, Lali dedicaría la mayoría de su tiempo en leer y soñar. Cualquier caballero sensato llegaría a la conclusión de que no sería una esposa preparada para la dirección y administración de un hogar. Y tendría razón.
Lali no se había preocupado nunca por el contenido de la despensa o que cantidad de jabón era necesaria para la colada diaria. Estaba más interesada en las novelas, la poesía y la historia, que hacían volar su mente a un mundo de fantasía mientras miraba fijamente a través de una ventana sin ver nada... En su imaginación vivía aventuras exóticas, viajaba en alfombras mágicas, navegaba por grandes océanos, buscando tesoros en islas tropicales.
Y había caballeros emocionantes en los sueños de Lali, inspirados por los relatos de héroes gallardos y nobles que solía leer. Estos hombres imaginarios eran mucho más excitantes e interesantes que los hombres ordinarios... Hablaban de forma hermosa, destacaban en las peleas de espada y los duelos, y sus besos producían desmayos en las mujeres.
Por supuesto, Lali no era tan ingenua como para creer que tales hombres existían, pero tenía que admitir que con todas estas ideas románticas en la cabeza, los hombres reales parecían... bien, terriblemente aburridos en comparación.
Levantando la cara hacia el sol que brillaba a través de la copa de los árboles, Lali entonó una melodía popular que la gente llamaba “La vieja criada en el desván”:

Vendrá un hombre rico, vendrá un hombre pobre.
Vendrá el tonto o el listo.
¡Pues ninguno vendrá!
¡Y por pena te casarás!

Pronto llegó al objetivo de su paseo. Ella y las demás floreros habían estado antes allí. Un pozo de los deseos. De acuerdo con la tradición local, fue habitado por un mago que cumpliría tu deseo si lanzabas un alfiler en él. El único peligro consistía en estar demasiado cerca al hacerlo, porque el mago podría tirar de ti para llevarte con él a vivir para siempre.
En otras ocasiones, Lali había pedido deseos para sus amigas y se habían hecho realidad siempre. Ahora necesitaba un poco de magia para sí misma.
Poniendo su pamela suavemente en el suelo, Lali se acercó al hueco en la piedra que chapoteaba agua y miró el fondo fangoso del pozo. Metió la mano en el bolsillo de su vestido y sacó una cajita de alfileres.
—Bien —dijo con solemnidad—, puesto que he tenido tan mala suerte a la hora de encontrar el hombre que siempre deseé, le dejo la elección al destino, no pongo ningún requisito, ninguna condición. Esto es lo que pido... El hombre perfecto para mí. Estoy dispuesta a aceptarlo.
Sacó los alfileres de la cajita, y los tiró en el pozo, reflejaron la luz del sol antes de golpear la superficie del agua y deslizarse bajo su superficie oscura.
—Me gustaría que todos estos alfileres fueran para el mismo deseo —dijo al fin. Se quedó allí de pie un momento, con los ojos cerrados. Escuchando el sonido del agua, el revolotear de un colibrí atrapando un insecto en el aire, y el zumbido de una libélula.
Hubo un ruidito repentino detrás de ella, como el sonido de un pie pisando una ramita.
Lali se dio la vuelta y vio la forma oscura de un hombre venir hacia ella. Estaba solo a unos pasos. La conmoción de descubrir a alguien tan cerca cuando había pensado que estaba sola hizo que su corazón latiera más rápidamente.
Era tan alto y musculoso como el marido de Rochi, aunque parecía algo más joven, aún no tendría treinta años.
—Perdóneme —dijo con una voz profunda cuando vio su expresión—. No quería asustarla.
—¡Oh!, usted no me ha asustado —mintió alegremente, su pulso todavía desbocado—. Solo estoy un poco... sorprendida.
Se acercó a ella con un andar relajado, las manos en los bolsillos.
—Llegué a la mansión hace un par de horas —dijo—. Me dijeron que estaba usted paseando por este sendero.
Había algo familiar en él. Estaba mirando a Lali como si esperara que ella lo conociera. Ella sintió la inquietud que acompaña al intento de recordar a alguien que ya nos ha sido presentado.
—¿Es usted un invitado de lord Sierra? —preguntó, tratando de recordar desesperadamente.
Le ofreció una mirada curiosa y sonrío ligeramente.
—Sí, señorita Esposito.
Sabía su nombre. Lali lo miró aún más confusa. No entendía cómo podía haber olvidado a un hombre tan atractivo. Era fuerte y muy masculino, no guapo, pero definitivamente varonil y hermoso, demasiado perfecto para ser un hombre corriente. Sus ojos eran del color del cielo en una mañana clara, un azul intenso, aún mas intenso en contraste con su piel bronceada. Había algo en él, una clase de fuerza interior que hizo que ella diera un paso atrás ante la intensidad de su mirada.
Inclinó un poco la cabeza para mirarla y un destello caoba se reflejo por la superficie de su pelo marrón oscuro. Su grueso cabello estaba cortado con un estilo mas informal, distinto al que los europeos preferían. Un estilo americano. Lali se dio cuenta entonces de su acento americano. Y ese olor fresco y limpio que emitía... si, pensó, sorprendida, era la fragancia de... ¡el jabón de la marca Esposito!
Repentinamente Lali se dio cuenta de quién era él y sus rodillas estuvieron a punto de doblarse.
—Usted —susurró, sus ojos se abrieron asombrados al contemplar el rostro de Peter Lanzani.


Espero que os guste el cap... apareció Peter.
Un beso a todas, comenten, necesito opiniones.
Gracias a todas las que lean.
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Vie Oct 14, 2011 3:06 am

Ayyy a mi me encanta!
Que lindoo que justo pidio el deseo y aparecio Peter!

Quiero mas!
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Vie Oct 14, 2011 7:09 pm

Capítulo 2


Lali perdió el equilibrio y debió de tambalearse un poco, porque él extendió los brazos y la agarró suavemente, sus manos rodeando sus brazos.
—El señor Lanzani —susurró en un murmullo ahogado, intentando alejarse de él instintivamente.
—Se va usted a caer en el pozo. Venga conmigo.
La sostuvo suavemente pero con firmeza separándola varios pasos del burbujeo del agua.
Molesta por que la arrastraran estando todavía algo aturdida, Lali se tensó en sus brazos. Algunas cosas en él no habían cambiado, pensaba intranquila. Peter Lanzani era tan dominante como siempre.
No podía dejar de mirarlo fijamente. ¡Dios mío!, nunca había visto tal transformación en una persona. El anterior “saco de huesos”, como Candela lo había descrito, se había convertido en un hombre grande y fuerte que irradiaba salud y vigor. Estaba vestido con un traje elegante, aunque algo pasado de moda, un poco mas holgado en comparación con los trajes ajustados que se usaban en ese momento. Aún así, la tela era de calidad y no ocultaba su fuerte musculatura.
Los cambios producidos en él no eran solo físicos. La madurez le había dado un aire de seguridad y confianza en si mismo, tenía la mirada de un hombre que conocía sus habilidades. Lali recordó como era cuándo empezó a trabajar con su padre... Había sido un oportunista, flacucho y de mirada fría, vestido con ropas caras, pero raídas y zapatos viejos y desgastados.
“Esa es la esencia del viejo Boston”, había dicho su padre con indulgencia cuándo sus hijos se habían burlado de Peter Lanzani y sus zapatos viejos. “Hacer que un par de zapatos o un abrigo duren para siempre. Ahorrar debe ser una religión, sin importar el volumen de la fortuna familiar”.
Lali se soltó de sus brazos.
—Esta usted muy cambiado —dijo, tratando de reponerse.
—Usted no —respondió él. Era imposible saber si el comentario fue un cumplido o una crítica—. ¿Qué estaba haciendo en el pozo?
—Era... pensé... —Lali buscó en vano una explicación sensata, pero no podía pensar en nada—. Es un pozo de los deseos.
Su expresión era solemne, pero había un parpadeo sospechoso en sus astutos ojos azules como si algo lo divirtiera.
—Usted se toma esto en serio, ¿no es cierto?
—Todos los habitantes del pueblo vienen a pedir deseos al pozo —respondió Lali de mal humor—. Es un pozo de los deseos legendario.
La estaba mirando atentamente de la misma manera que ella siempre había odiado, fijamente, absorbiéndolo todo, sin que se le escapara ningún detalle. Lali sintió que enrojecía bajo su intenso escrutinio.
—¿Qué pidió usted? —preguntó.
—Eso es privado.
—Conociéndola —dijo—, podría ser cualquier cosa.
—Usted no me conoce en absoluto —dijo separándose más de él. La idea de que su padre la diera en matrimonio a un hombre que era tan inapropiado para ella en todos los sentidos le parecía... una locura. El matrimonio con él sería un negocio, un intercambio de dinero y responsabilidades. Sólo sentirían decepción y desprecio mutuo. Y estaba segura de que él no se sentía atraído por ella tampoco. Nunca se casaría con una mujer como ella si no fuera por el aliciente de tener algún día la empresa de su padre.
—Quizás no —concedió él. Pero sus palabras sonaron falsas. Porque él pensó que sabía exactamente quién y qué era ella. Sus miradas fijas se enfrentaron, midiéndose y desafiándose.
—Teniendo en cuenta que es un pozo legendario —dijo Lanzani—, odiaría pasar por alto una oportunidad tan buena—. Metió la mano en un bolsillo, rebuscó un poco y sacó una moneda de plata grande. Lali estaba acostumbrada a ver dinero americano.
—Se supone que debe usted tirar un alfiler —dijo.
—No tengo un alfiler.
—Es una moneda de cinco dólares —dijo Lali—. No irá usted a tirar eso, ¿verdad?
—No voy a tirarla —dijo él—, voy a invertirla. Explíqueme cual es el procedimiento adecuado para hacer esto, es mucho dinero para malgastarlo.
—Se está burlando de mí.
—Me lo tomo muy en serio. Y puesto que nunca he hecho esto antes, un poco de ayuda sería bienvenida. —Esperó su respuesta, y cuando fue evidente que ella no iba a decir nada, una sonrisa asomó en una esquina de su boca—. Voy a tirar esta moneda al pozo aunque no me ayude.
Lali se maldijo en voz baja. Aunque era obvio que se estaba burlando de ella, no podía resistirse. Un deseo no era algo para tomarse en broma, especialmente uno de cinco dólares, ¡caramba!
Se acercó al pozo y dijo secamente.
—Primero póngase la moneda en la palma de la mano.
Rápidamente él se puso a su lado.
—¿Y después?
—Cierre los ojos y concéntrese en lo que usted más desea. —Hubo un matiz sarcástico en su voz cuando añadió—. Y tiene que ser un deseo personal. No puede ser algo sobre fusiones empresariales o fideicomisos bancarios.
—Aunque usted no lo crea, pienso en otras cosas además de los negocios.
Lali le ofreció una mirada escéptica, y él la sorprendió con una pequeña sonrisa.
¿Alguna vez lo había visto sonreír antes? Quizás una o dos veces. Tenía un vago recuerdo de la ocasión, cuando su cara era tan enjuta y delgada que más que una sonrisa parecía una fría mueca grotesca por donde asomaban unos dientes blancos. Pero esta sonrisa era diferente... pícara y divertida... y la desarmó. Sintió un destello de tibieza que hizo que se preguntara qué clase de hombre se ocultaba detrás de su imagen sobria.
Lali volvió al presente cuando la sonrisa desapareció y él se convirtió de nuevo en el habitual hombre de piedra.
—Cierre los ojos —le ordenó—. Sáquelo todo de su mente excepto el deseo.
Sus espesas pestañas se cerraron, dándole la oportunidad de examinarlo con detenimiento. No era un rostro común... era demasiado anguloso, tenía una nariz demasiado larga, y una mandíbula ancha y obstinada
Pero todo el conjunto no carecía de belleza. Los ángulos austeros de su cara eran compensados por sus hermosos ojos, la suavidad de sus pestañas negras y una amplia boca que insinuaba sensualidad.
—¿Y ahora qué? —murmuró, sus ojos todavía estaban cerrados.
Mirándolo fijamente, Lali se horrorizó por el deseo que se apoderó de ella de acercarse a él y tocar la piel bronceada de sus mejillas con la yema de los dedos.
—Cuando vea el deseo con claridad en su mente —se las arregló para decir—, abra los ojos y tire la moneda en el pozo.
Sus pestañas se abrieron para revelar unos ojos tan brillantes como un fuego de color azul.
Sin mirar al pozo, lanzó la moneda directamente en el centro.
Lali se dio cuenta de que su corazón había empezado a palpitar como cuando había leído los pasajes más espeluznantes de La Historia de Penélope, en la que fue capturada por un bandido que la encerró en una habitación de la torre hasta que accediera a entregarle su virtud.
Lali supo que la novela era absurda incluso antes de terminar de leerla, pero eso no había impedido que la disfrutara. Y quedó perversamente decepcionada cuando Penélope había sido rescatada de la ruina inminente por un héroe soso llamado Reginald, quien no era tan interesante como el malvado.
Por supuesto, la posibilidad de estar encerrada en la habitación de una torre sin ningún libro no le había resultado atractivo en absoluto. Pero los monólogos amenazadores del malvado sobre la belleza de Penélope, y su deseo por ella, y la amenaza de que la forzaría, le habían parecido muy interesantes.
Sólo era cuestión de mala suerte que Peter Lanzani se pareciera tanto al apuesto bandido que Lali había imaginado.
—¿Qué pidió usted? —preguntó.
Una mueca apareció en su boca.
—Eso es privado.
Lali frunció el ceño cuando reconoció el eco de sus propias palabras.
Reparó en su pamela, que estaba en el suelo, la recogió y echó a andar por el sendero. Necesitaba escapar de él, la perturbaba.
—Regreso a la casa —dijo girando el rostro—. Que tenga un buen día, señor Lanzani. Disfrute de su paseo.
Para su consternación, él la alcanzó con sólo unos pasos y se ajustó al paso de ella.
—La acompañaré.
Se negó a mirarlo.
—Preferiría que no lo hiciera.
—¿Por qué no? Vamos en la misma dirección.
—Porque prefiero caminar en silencio.
—Seré silencioso entonces —y siguió caminando junto a ella.
Pensó que no tenía sentido oponerse cuando era obvio que estaba decidido a hacerlo y cerró los labios con firmeza. El paisaje del bosque era tan hermoso como antes, pero ahora ella se sentía incapaz de disfrutarlo.
No se sorprendió de que Lanzani hubiera hecho caso omiso de sus objeciones. Sin duda, él trataría el asunto de su matrimonio de la misma manera. Sin importarle lo qué ella quería, o lo que le inquietaba. Dejaría de lado sus deseos e insistiría en salirse con la suya.
Debía pensar que era tan influenciable como un niño. Con su gran arrogancia, quizás pensaba que se sentiría agradecida de que se hubiera dignado a casarse con ella. Se preguntaba si se tomaría la molestia de proponerle matrimonio siquiera. Muy probablemente tiraría un anillo en su regazo y le ordenaría que se lo pusiera.
Mientras continuaba la horrorosa caminata, Lali tuvo que luchar contra el deseo de salir corriendo. Las piernas de Lanzani eran tan largas que daba un paso por cada dos suyos. Un nudo de resentimiento se alojó en su garganta, ahogándola.
Pensó que el paseo era un símbolo de su futuro. Podría caminar tan rápido como pudiera y llegar muy lejos, pero jamás lograría dejarlo atrás, jamás volvería a ser libre.
No pudo soportar por más tiempo el tenso silencio.
—¿Fue usted quien puso la idea en la cabeza de mi padre? —exclamó.
—¿Qué idea?
— ¡Oh! no sea condescendiente conmigo —dijo con irritación—. Usted sabe a que me refiero.
—No, no lo sé.
Al parecer insistía en jugar con ella.
—El negocio que usted hizo con mi padre —dijo—. Usted quiere casarse conmigo para poder heredar la compañía.
Lanzani se paró con tal brusquedad que en otras circunstancias la habría hecho reír. Como si hubiera chocado contra una pared invisible. Daisy también se paró, cruzándose de brazos dio media vuelta para enfrentarse cara a cara con él.
Su expresión no reflejaba absolutamente nada.
—Yo no…
Su voz sonaba rota cuando intentó hablar y tuvo que carraspear antes de poder decir:
—No sé de que diablos está hablando usted.
—¿Seguro que no? —Lali preguntó débilmente.
Así que su suposición no había sido correcta, su padre todavía no le había planteado su plan a Lanzani.
Si uno pudiera morir de mortificación, Lali habría expirado en ese mismo momento. Sintió como se abría la herida mas profunda de toda su vida. No era necesario que Lanzani lo dijera, nunca habría estado de acuerdo con la posibilidad de unirse en matrimonio con una florero.
El crujido de las hojas movidas por el viento y el gorjeo de los pájaros se hizo mucho mas intenso en el silencio que siguió. Aunque era imposible leer los pensamientos de Lanzani, Lali percibía que estaba analizando rápidamente todas las posibilidades y conclusiones.
—Mi padre habló como si ya fuera un acuerdo establecido —dijo—. Pensaba que usted había hablado con él durante su última visita a Nueva York.
—Nunca me mencionó algo de esa índole. La idea de casarme con usted nunca ha pasado por mi mente. Y no tengo ambición de heredar la compañía.
—Usted no tiene nada más que ambición.
—Es cierto —dijo, mirándola atentamente—. Pero no tengo la necesidad de casarme con usted para asegurar mi porvenir.
—Mi padre pudo pensar que usted aceptaría en el acto la oportunidad de convertirse en su yerno, puesto que usted le tiene un gran afecto.
—He aprendido muchísimo de él —fue su réplica cautelosa.
—Estoy segura de ello —Lali se refugio tras una expresión desdeñosa—. El le ha enseñado muchas cosas que lo han beneficiado en el mundo de los negocios. Pero nada que lo beneficiara en la empresa de la vida.
—Usted desaprueba los métodos de su padre —afirmó rápidamente.
—Sí, ha vendido su corazón y su alma por la compañía y hace caso omiso de las personas que lo quieren.
—Gracias a eso usted dispone de muchos lujos —señaló—. Incluyendo la oportunidad de casarse con un par británico.
—¡Los lujos no significan nada para mi! Solo anhelo vivir una vida tranquila.
—¿Para sentarse en una biblioteca a solas y leer? —sugirió él con demasiada suavidad—. ¿Para caminar por el jardín? ¿Para disfrutar de la compañía de sus amigos?
—¡Sí!
—Los libros son costosos, y las casas bonitas con jardines aún mas, alguien tiene que pagar para que usted disfrute de una vida tranquila.
Esa afirmación estaba tan cerca de las palabras de su padre llamándola parásito, que Lali se estremeció.
Cuando Lanzani vio su reacción, su expresión cambió. Empezó a decir otra cosa, pero Lali lo interrumpió bruscamente.
—No es de su incumbencia cómo vivo mi vida o quién paga por lo que hago. Guárdese sus opiniones para usted, no tiene ningún derecho a opinar sobre mi vida.
—Lo tengo si mi futuro está siendo ligado al suyo.
—¡No es así!
—Lo es en un sentido hipotético.
¡Oh!, Lali odiaba a las personas que utilizaban retóricas cuando discutían.
—Nuestro matrimonio será cualquier cosa menos hipotético —le dijo—. Mi padre me ha dado hasta final de mayo para que encuentre otro hombre con quien casarme.
Lanzani la miró fijamente con súbito interés.
—Puedo adivinar qué clase de hombre está buscando, un rubio aristócrata sensible y delicado, divertido y con tiempo libre suficiente para tonterías caballerosas.
—¡Si! —le interrumpió Lali, preguntándose cómo se las había arreglado para que la descripción de tal caballero lo hiciera parecer un necio.
—Eso imaginaba —la presunción en su voz tensó sus nervios—. La única explicación posible para que una joven como usted siguiera sin un compromiso después de tres temporadas es que es usted tremendamente exigente. Usted no quiere nada menos que el hombre perfecto. Por eso su padre está forzando las cosas.
Ella se distrajo momentáneamente por las palabras “una joven como usted” como si ella fuera una belleza. Decidió que el comentario había sido hecho solo con un profundo sarcasmo, y entonces sintió que la ira la consumía.
—No aspiro a casarme con el hombre perfecto —dijo apretando los dientes. A diferencia de su hermana mayor, que poseía mucha fluidez verbal, ella encontraba difícil hablar cuando estaba enfadada—. ¡Sé muy bien que no existe!
—¿Entonces por qué no ha conseguido usted a alguien cuando incluso su hermana se las ha arreglado para atrapar a un marido?
—¿Qué quiere usted decir con “incluso mi hermana”?
—“Cásese con Candela y consiga un millón”—la frase ofensiva había causado mucha diversión en los círculos de la sociedad de Manhatanville—. ¿Por qué cree que nadie en Nueva York se atrevió a proponerle matrimonio a su hermana a pesar de su enorme dote? Porque esa mujer es la peor pesadilla para un hombre.
Eso la hirió.
—Mi hermana es una joya y Sierra tiene el buen gusto de reconocerlo. Podría haberse casado con cualquiera, pero la quería a ella. ¡Le desafío a que se atreva a exponer su opinión sobre ella delante del conde! —Lali dio la vuelta y continuó el sendero, caminando tan rápido como sus pequeñas piernas le permitían.
Lanzani la alcanzó fácilmente, con las manos hundidas en los bolsillos.
—Para finales de mayo... —meditó, sin el más leve indicio de cansancio a pesar del ritmo de los pasos de Lali—. Sólo faltan dos meses escasos. ¿Cómo va usted a encontrar a un pretendiente en tan poco tiempo?
—Me pondré en una esquina de la calle con un cartel si tengo que hacerlo.
—Mis más sinceros deseos de que tenga éxito, señorita Esposito. En todo caso, no sé si estaré dispuesto a ser el elegido por omisión.
—¡Usted no será el elegido aunque no haya ningún otro! Le garantizo señor Lanzani que nada en el mundo entero me hará acceder a ser su esposa. Compadezco a la pobre mujer que se case con usted, no puedo imaginar a nadie que merezca tener a un pedante tan frío e indiferente por esposo.
—Espere... —su tono se suavizó como si buscara el principio de una reconciliación—, Lali...
—¡No pronuncie mi nombre!
—Tiene usted razón. Eso ha sido inapropiado. Le pido perdón. Lo que quise decir, señorita Esposito, es que no hay necesidad de esta hostilidad. Estamos afrontando una cuestión que tiene mucha importancia para ambos. Espero que podamos ser lo suficientemente sensatos como para encontrar una solución aceptable a tiempo. Intentemos tratar este tema con cortesía.
—Hay solamente una solución —dijo ella con gravedad—. Y es que usted le diga a mi padre que se niega a casarse conmigo bajo cualquier circunstancia de manera categórica. Prométame eso y yo trataré de ser cortés con usted.
Lanzani se detuvo en el sendero, lo que forzó a Lali a detenerse también. Girando la cabeza para mirarlo, levantó las cejas con expectación. Dios sabía que no sería para él una promesa difícil de hacer, teniendo en cuenta sus anteriores declaraciones. Pero le estaba ofreciendo una mirada larga e incomprensible, con las manos todavía en los bolsillos, y el cuerpo tenso en silencio. Parecía como si estuviera esperando algo.
Su mirada se deslizó sobre ella en una franca evaluación, y había un brillo extraño en sus ojos que le produjo un escalofrío hasta la médula de los huesos. La estaba mirando, pensó, de la misma manera que un tigre al acecho. Lo miró sin parpadear, tratando de percibir sus pensamientos desesperadamente, intentando discernir el anhelo y la necesidad que percibía en su mirada. ¿Pero necesidad de qué? No de ella, indudablemente.
—No —dijo él suavemente, como si hablara consigo mismo.
Lali agitó la cabeza perpleja. Tenía los labios secos, y tuvo que humedecerselos antes de poder hablar. La turbó que su mirada siguiera el pequeño movimiento de su lengua.
—¿Ese es un “no” de....”No, no me casaré con usted”? —preguntó.
—Es un “no”... —respondió él— de... “No, no voy a prometerle eso”.
Y con esas palabras, pasó por su lado y continuó hacia la mansión, dejándola que continuara sola, lo cual hizo Lali después de tropezar varias veces.

—Se comporta de esa manera para mortificarte —dijo Candela con disgusto cuando Lali le relató lo ocurrido, horas mas tarde. Estaban sentadas en el saloncito privado de la casa con sus dos amigas más íntimas, Rochi Martinez y Euge Riera. Formaban el cuarteto de las floreros que por varios motivos no habían conseguido atraer ningún pretendiente dos años atrás.
Existía la creencia popular en la sociedad victoriana de que las mujeres, con su naturaleza voluble y menor inteligencia, no podían tener la misma calidad de amistad que los hombres. Solo los hombres podían ser leales, y podían ser capaces de ser amigos honestos y fiables.
Lali pensaba que eso era absurdo. Ella y las floreros....Bueno las ex floreros... compartían el regalo de una profunda confianza afectuosa. Se ayudaron y se apoyaron sin pizca de competición o celos. Lali adoraba a Rochi y a Euge tanto como a Candela. Podía imaginarse a si misma, parloteando sobre sus nietos, tomando té y bollos y viajando con ellas cuando fueran ancianas, damas de cabellos blancos y lengua sarcástica.
—Y no creo en absoluto eso de que él señor Lanzani no sabía nada sobre el asunto de la boda —continuó Candela—. Es un mentiroso y un aliado de papá. Por supuesto que quiere heredar la compañía.
Candela y Eugenia estaban sentadas en sillas tapizadas de brocado junto a la ventana, mientras que Lali y Rocio holgazaneaban sobre la alfombra entre el montón de ropa que formaban sus faldas. Una niña rolliza con una masa de rizos oscuros gateaba de un lado al otro entre ellas, deteniéndose de vez en cuando para examinar con concentración algo de la alfombra con sus deditos pequeños.
El bebé, Isabelle, hija de Rocio y Pablo Martinez había nacido diez meses atrás. Seguramente ninguna niña había sido jamás más adorada que esta por cada miembro de la familia, incluyendo su padre.
Contra toda expectativa el viril y masculino señor Martinez no se había disgustado en absoluto por que su primogénito fuera niña. Adoraba a su hija, no mostraba ningún pudor en mostrarlo en público, arrullándola como pocos padres se atreverían a hacer. Martinez le pidió a Rochi que le diera más hijas en el futuro, afirmando con picardía que siempre había sido su deseo ser querido por muchas mujeres.
Como se podía haber esperado, la niña era excepcionalmente hermosa; sería difícil para Rochi volver a dar a luz un descendiente tan espectacular.
Tomando en brazos a Isabelle, Lali besó su cuello sedoso antes de ponerla sobre la alfombra otra vez.
—Tendrías que haberlo oído hablar —dijo Lali—. Su arrogancia es increíble. Lanzani ha llegado a la conclusión de que es culpa mía que todavía siga soltera. Dijo que debo ser demasiado exigente. Me dio una conferencia sobre el coste de mis libros y dijo que alguien tenía que pagar por mi estilo de vida lleno de lujos.
—¿Cómo se atreve? —exclamó Candela, con la cara de un intenso escarlata por la rabia.
Lali lamentó inmediatamente haber dicho nada. El médico de la familia había aconsejado que Candela no debía disgustarse por nada ahora que estaba en su último mes de embarazo. Había sufrido un aborto el año anterior. La pérdida había sido difícil para Cande, por no mencionar que inesperada, dada su fuerte constitución.
A pesar de que los médicos le aseguraron que no fue culpa suya, Cande había estado triste y apagada durante mucho tiempo después. Pero gracias a la ternura de Sierra y el cariño de sus amigos, Candela había vuelto a ser, poco a poco, la misma de siempre.
Ahora que Candela había concebido otra vez estaba muy pendiente de su embarazo, consciente de la posibilidad de otro aborto espontáneo. Desafortunadamente, no era una de esas mujeres que florecían durante la gestación. Solía estar mareada, con nauseas e irritable por las restricciones que le imponía su condición.
—No pienso permitir esa boda —exclamó Cande—. ¡No vas casarte con Peter Lanzani, y mandaré a papá al diablo si trata de enviarte lejos de Inglaterra!
Todavía sentada en el suelo, Lali extendió la mano y la colocó sobre la rodilla de su hermana mayor, intentando calmarla. Forzó una sonrisa tranquilizadora cuando miró la cara enfurruñada de Candela.
—Todo irá bien —le dijo—. Ya pensaremos en algo. —Habían estado siempre muy unidas. La falta de afecto de sus padres había provocado que se refugiaran la una en la otra en busca de apoyo y cariño.
Euge, la más silenciosa de las cuatro amigas, habló con un tartamudeo leve que aparecía siempre que se ponía nerviosa o la embargaba la emoción. Cuando se habían conocido dos años antes, el tartamudeo de Euge había sido tan severo que convertía la conversación con ella en algo muy complicado. Pero desde que dejó su horrorosa familia y se casó con lord Riera, Euge había adquirido una mayor confianza en si misma.
—¿Pe... ro... aceptaría el señor Lanzani realmente una novia que él no ha elegido? —Eugenia colocó un bucle rojo brillante que había resbalado sobre su frente—. Si lo que dijo es cierto, su situación financiera no es un motivo para casarse con Lali.
—El dinero no es el único motivo —respondió Candela, retorciéndose en la silla para encontrar una posición más cómoda. Sus manos descansando sobre la generosa curva de su estómago—. Padre ha hecho de Lanzani su hijo adoptivo, ya que ninguno de nuestros hermanos cumple sus expectativas.
—¿No aprueba a ninguno de sus hijos? ¿En que sentido? —preguntó con perplejidad Rochi. Se inclinó para besar los pequeños pies de su hija, que le respondió con un gorgojeo de alegría.
—En lo que se refiere a la compañía —Candela aclaró—. Busca un hombre eficiente, insensible y sin escrúpulos. Un hombre que pondría el beneficio de la compañía por encima de todo lo demás en su vida—. Papa y el señor Lanzani hablan en la misma lengua en ese asunto. Nuestro hermano Juanse ha tratado de hacerse un lugar en la compañía, pero papá siempre lo menosprecia comparándolo con el señor Lanzani.
—Y el señor Swift gana siempre —dijo Lali—. Pobre Juanse.
—Nuestros otros dos hermanos ni siquiera se molestan en intentarlo —dijo Candela.
—¿Pero que opina el verdadero padre del señor Lanzani? —preguntó Euge—. ¿No tiene ninguna objeción en que su hijo herede de otro hombre?
—Bueno, esa es la parte más triste —respondió Lali—. El señor Lanzani pertenece a una conocida familia de New England. Se instalaron en Plymouth y algunos de ellos terminaron en Boston hace unos cien años. El apellido Lanzani es conocido por su origen distinguido, pero solamente algunos de ellos se las han arreglado para conservar su dinero. Como papá dice siempre, una generación lo gana, la segunda lo gasta, y la tercera sólo hereda el nombre. Por supuesto, cuando hablamos de Boston, el proceso tarda diez generaciones en lugar de tres.
—Estas divagando querida —interrumpió Candela—. Volvamos al asunto.
—Perdón. Lali sonrió brevemente antes de continuar—. Bien, sospechamos que el señor Lanzani y su familia no tienen buenas relaciones porque no habla de ellos casi nunca. Y rara vez, viaja a Massachussets para visitarlos. Incluso si el padre del señor Lanzani se opusiera a que su hijo se uniera a nuestra familia y heredara la compañía, no tendríamos modo de averiguarlo.
Las cuatro mujeres guardaron silencio por un momento considerando la situación.
—Encontraremos a alguien apropiado para Lali —dijo Euge—. Ahora que no tenemos la limitación de buscar sólo un caballero con título, será mucho más fácil. Existen muchos caballeros aceptables de buena familia.
—El señor Martinez tiene muchos conocidos solteros —dijo Rochi—. Podría presentártelos.
—Te lo agradezco —dijo Lali— pero no me atrae la idea de casarme con un comerciante. Nunca podría ser feliz con un insensible hombre de negocios. —Hizo una pausa, y dijo a modo de disculpa—. Sin ánimo de ofender al señor Martinez, por supuesto.
Rochi se río.
—Yo no diría que todos los comerciantes son hombres insensibles. El señor Martinez puede ser muy delicado y cariñoso de vez en cuando.
Todas la miraron con recelo, ninguna de ellas era capaz de imaginar al robusto esposo de Rochi siendo delicado y cariñoso. El señor Martinez era inteligente y simpático, pero parecía tan insensible a cualquier emoción como un elefante al zumbar de un mosquito.
—Te tomamos la palabra Rochi... bien... —dijo Candela mirando a Euge—, ¿preguntarás a lord Riera si él conoce a algún caballero conveniente para Lali? Ahora que hemos ampliado nuestra definición de “apropiado”, debe ser capaz de encontrar a un candidato decente. El cielo sabe que posee información sobre cualquier hombre en Inglaterra con dos chelines en el bolsillo.
—Le preguntaré —dijo Euge contundentemente—. Estoy segura que podemos conocer a algunos candidatos presentables.
Su esposo era propietario del Jenner’s, el club de juego exclusivo que el padre de Euge había fundado hacía tiempo. Lord Riera estaba empujando el negocio a un éxito que no había conocido nunca antes. Dirigía el club de manera exigente, guardando archivos meticulosos sobre la vida privada y los balances financieros de cada uno de sus miembros.
—Gracias —murmuró Lali sinceramente. Con la mente aún en el club comentó—: Me pregunto... si lord Riera podría averiguar algo sobre la familia del señor Rolan... Quizás es descendiente de un noble irlandés o algo por el estilo.
Un breve silencio inundó la habitación como una ráfaga de aire frío. Lali fue consciente de las miradas que intercambiaron su hermana y sus amigas. Se molestó con ellas y consigo misma por mencionar al hombre que dirigía el club de juego junto a Riera.
Rolan era un medio gitano joven de pelo oscuro y ojos color avellana. Se habían visto sólo una vez, y Rolan le había robado un beso. Tres besos, para ser exactos, y aquella había sido, con mucho, la experiencia más erótica de toda su vida. También su única experiencia erótica.
Rolan la había besado como si fuera toda una mujer, en lugar de la hermana pequeña de alguien, con una sensualidad que había insinuado todas las cosas prohibidas que había detrás de los besos. Lali deseaba abofetearse, por haber soñado con esos besos por lo menos mil veces.
—Creo que él no es apropiado querida —dijo Euge muy suavemente, y Lali sonrío con demasiada intensidad.
—¡Oh, claro, por supuesto que no! Pero ya sabes cómo es mi imaginación... Quiere indagar en cualquier misterio.
—Debemos centrarnos en la realidad, Lali —dijo Candela con severidad—. Nada de sueños y fantasías... Y no más pensamientos sobre Rolan. Sólo te distraerá de tu objetivo.
El primer impulso de Lali fue contestarle a su hermana cuando se puso mandona como siempre. Sin embargo, cuando la miró, vio en sus ojos del color del pan de jengibre, una sombra de miedo y sintió que la inundaba una montaña de amor protector.
—Tienes razón Candela —dijo forzando una sonrisa—. No tienes porqué preocuparte, haré cualquier cosa para quedarme aquí contigo, incluso casarme con un hombre a quien no amo.
Se hizo otro silencio, y luego habló Euge.
—Encontraremos un hombre que te guste, Lali. Y tendremos la esperanza de que crezca entre vosotros el cariño mutuo. —Una sonrisa traviesa apareció en sus labios llenos—. A veces ocurre así.


Me alegro de que te guste Mais, pero me parece que voy a dejar
de subir capitulos tan largos porque no voy a tener tanto tiempo.
Las conversaciones entre Lali, Cande, Rochi y Euge no se porque
me recuerda a las rondas de amigas jaja
Espero que os guste el nuevo cap,
Muchos besos.
Ione
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Sáb Oct 15, 2011 5:58 pm

Porque ya no existen novelas como estas? PORQUE?! son hermosas, dulces, tiernas y te hacen suspirar Razz

me encanto el capi!!!!! lanzani es un tierno!! y, lali... date cuenta hijita.. no vas a conseguir a nadie mas aparte de peter jajajaja

no importa si no puedes subir capis tan largos, mientras lo hagas seguido, encantada Very Happy

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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Sáb Oct 15, 2011 6:58 pm

Capítulo 3


“El negocio que usted hizo con mi padre....”
El eco de la voz de Lali se quedó en la mente de Peter mucho después de dejarla en el sendero. Debía hablar con Juan Esposito a la primera oportunidad y preguntarle qué diablos estaba tramando. Pero con el alboroto de los invitados llegando en ese momento no tendría ocasión probablemente hasta esa noche.
Peter se preguntaba si al viejo señor Esposito de verdad se le había metido en la cabeza casarlo con Lali. Dios mío. A lo largo de los años Peter había tenido muchos pensamientos con respecto a Lali Esposito, pero ninguno de ellos había implicado el matrimonio. Esa posibilidad había sido tan remota que no era ni siquiera digna de considerar. Así que Peter jamás se atrevió a besarla, o a bailar con ella, ni tan siquiera a compartir un paseo, sabía que los resultados serían desastrosos.
Los secretos de su pasado atormentaban su presente y ponían en peligro su futuro. Peter era consciente de que la nueva identidad que se había creado, podría hacerse añicos en cualquier momento. Sería tan sencillo como sumar dos mas dos... que alguien lo reconociera, alguien que supiera quién era él realmente. Lali merecía un marido que fuera honrado y honesto, no uno que había construido su vida sobre una mentira.
Pero eso no impedía que Peter la amara. Amaba a Lali, tan intensamente que le parecía que su amor irradiaba de cada uno de los poros de su piel. Era amable, dulce, ingeniosa, excesivamente razonable y, a la vez, ridículamente romántica, sus hermosos ojos oscuros brillaban llenos de sueños. En algunas ocasiones, en las que su mente estaba demasiado ocupada con sus pensamientos como para centrarse en lo que estaba haciendo, podía llegar a ser patosa. Solía llegar tarde a la cena porque estaba demasiado involucrada en su lectura. Perdía dedales, zapatillas y lápices frecuentemente. Y adoraba mirar las estrellas. Nunca olvidaría la imagen de Lali, una noche, apoyada sobre la barandilla del balcón. Su rostro levantado hacia el cielo con melancolía, había despertado en Peter el deseo abrasador de subir la pared a zancadas y besarla con toda la fuerza de sus sentimientos.
Peter había imaginado tenerla en su cama, más veces de las que podía recordar. Si ese sueño alguna vez, se hubiera hecho realidad, él hubiera sido tan gentil con ella... La hubiera adorado. Se habría dedicado a complacerla por entero. Anhelaba el tacto de su pelo en la yema de sus dedos, la blanda textura de sus pechos en sus manos, recorrer la suave piel de sus hombros con sus labios. El peso de su cuerpo en sus brazos mientras dormía. Deseaba todo eso, y mucho más.
Peter estaba sorprendido de que nadie hubiera adivinado sus sentimientos. Lali debería haber sido capaz de verlo sólo con mirarlo. Afortunadamente para Peter no había sido así. Ella lo miraba como a un empleado más de la empresa de su padre, y Peter había estado agradecido por eso.
Algo había cambiado, sin embargo. Pensó en la manera en que Lali lo había mirado cuando la encontró junto al pozo, el asombro en su expresión. ¿Su aspecto era realmente tan diferente?
Distraídamente Peter metió las manos en los bolsillos recorriendo la mansión de Stony Cross Park. Nunca se había preocupado por su aspecto aparte de cortarse el pelo y tener la cara limpia. La educación severa de New England había extinguido cualquier atisbo de vanidad, los ciudadanos de Boston aborrecían la pomposidad y él había hecho todo lo posible por evitar la moda y la elegancia.
Sin embargo, en los dos últimos años Juan Esposito había insistido en que Peter visitara a su sastre en Park Avenue, y a un peluquero en lugar de un barbero, también en que se hiciera la manicura de vez en cuando, como correspondía a un caballero de su posición. Por insistencia del señor Esposito, Peter había contratado a un cocinero y un ama de llaves, y en consecuencia, había estado comiendo mejor últimamente. Todo esto, unido al hecho de que ya no era tan sólo un joven, sino un hombre adulto, le daba una imagen de madurez. Se preguntaba si eso resultaba atractivo para Lali, y se maldijo inmediatamente por tal inquietud.
Pero la manera en que lo había mirado hoy... como si lo estuviera viendo, realmente, por primera vez....
Nunca le había dedicado ni siquiera una mirada en ninguna de las ocasiones en que había visitado la casa de su familia en Fifth Avenue. A su memoria volvió la imagen de la primera vez que había visto a Lali, fue en una cena íntima, a la que asistía sólo su familia.
El grandioso comedor brillaba con la intensidad de las luces de una lámpara de araña de cristal, las paredes cubiertas de un grueso papel dorado con detalles en oro. Cuatro espejos inmensos, los más grandes que había visto jamás, forraban una de las paredes del comedor.
Dos de los hijos varones del señor Esposito habían estado presentes, eran dos jóvenes robustos que doblaban con facilidad el peso de Peter. Mercedes y Juan Esposito estaban sentados, cada uno, en un extremo opuesto de la mesa. Sus dos hijas, Candela y Lali, estaban sentadas a un lado, con las sillas muy cerca, intercambiando codazos y cuchicheos.
Juan Esposito trataba a sus hijas de una manera peculiar, o bien las ignoraba, o bien las criticaba con dureza. La hermana mayor, Candela, respondía a los comentarios de su padre con insolencia.
Pero Lali, que por aquel entonces tenía unos quince años, miraba a su padre como si lo analizara, divertida, y eso molestaba a su padre, más de lo que creía que era capaz de soportar. Eso había hecho sonreír a Peter. Con su piel blanca y luminosa, sus exóticos ojos con destellos del color de la canela, Lali Esposito, parecía haber salido de un bosque encantado poblado de criaturas míticas.
Peter se percató inmediatamente de que cualquier conversación en la que Lali participaba, solía tomar una dirección inesperada y simpática. Se había divertido en secreto cuando Juan Esposito había castigado a Lali ante todos ellos, por su más reciente travesura. Al parecer, habían tenido problemas con ratones en la casa últimamente, tal vez porque todas las trampas que pusieron habían fallado.
Uno de los criados había informado que Lali había estado andando a hurtadillas por la casa de noche, quitando todas las trampas deliberadamente para librar a los ratones de una muerte segura.
—¿Es verdad eso, hija? —preguntó su padre, su mirada estaba llena de ira cuando miró fijamente a Lali.
—Podría ser —había afirmado—. O podría haber otra explicación.
—¿Y cual sería? —preguntó el señor Esposito con acidez.
El tono de su voz se llenó de alegría.
—¡Creo que tenemos en nuestra casa a los ratones más inteligentes de Nueva York!
A partir de ese momento, Peter nunca había rechazado una invitación a la mansión de los Esposito, no sólo por complacer al señor Esposito, también por la oportunidad de volver a ver a Lali. La había mirado furtivamente cuanto le había sido posible, sabiendo que eso sería todo lo que alguna vez tendría de ella. Y los momentos que había pasado en su compañía, sin importar la fría cortesía con que ella lo trataba, fueron las únicas veces en su vida en que había sido realmente feliz.
Intentando aclarar sus pensamientos, Peter caminó por los anchos corredores de la casa solariega. Nunca antes había viajado, pero sin duda Inglaterra era exactamente lo que había imaginado, jardines cuidados y colinas verdes, y el pueblo rústico a los pies de la imponente propiedad de Stony Cross.
La casa y su mobiliario eran antiguos y encantadoramente envejecidos, pero en cada esquina había algún florero de valor incalculable o una estatua o pintura que había visto en libros de arte. Quizás un poco fría en invierno, pero con abundancia de chimeneas, alfombras gruesas y cortinas de terciopelo, uno no podía afirmar que vivir allí fuera incómodo.
Cuando Juan Esposito, a través de su secretario, le había escrito requiriendo su presencia para supervisar el establecimiento de una delegación de su compañía de jabón en Inglaterra, el impulso inicial de Peter, había sido negarse. Disfrutaba con los desafíos y las responsabilidades. Pero estar cerca de Lali, aunque sólo fuera en el mismo país, era más de lo que Peter podía soportar. Su presencia lo afectaba de tal manera que parecía que le clavaran miles de flechas, por el infinito deseo por ella, que prometía seguir insatisfecho.
Fueron las últimas líneas de la carta del secretario, informando sobre el bienestar de la familia Esposito, lo que habían llamado su atención.
Hay dudas razonables, había escrito el secretario, sobre si la joven señorita Esposito tendrá éxito en encontrar a un caballero apropiado para casarse. Por lo tanto el señor Esposito ha decidido llevarla de vuelta a Nueva York, si todavía no está comprometida al final de la primavera...
Este hecho había dejado a Peter en un dilema. Si Lali regresaba a Nueva York, Peter se quedaría en Inglaterra. Se encargaría del negocio, aceptando el puesto en Bristol, y esperando que Lali se las arreglara para atrapar a un marido. Si tenía éxito y se casaba, Peter encontraría un suplente para su puesto y volvería de nuevo a Nueva York.
Mientras existiera un océano entre ellos, todo iría bien.
Al cruzar el vestíbulo principal Peter vio a lord Sierra. El conde estaba en compañía de un hombre moreno y robusto, que poseía un aire de pirata a pesar de su atuendo elegante. Peter suponía que era Pablo Martinez, su socio, y según se decía, su mejor amigo. El éxito financiero del señor Martinez era, según todos los informes, más que notable, a pesar de ser hijo de un carnicero, sin rastro de sangre aristócrata.
—Señor Lanzani —dijo lord Sierra con cortesía, cuando se encontraron al pie de la imponente escalera—. Parece que ha regresado pronto de su caminata. Espero que el paisaje fuera de su agrado.
—Las vistas eran magníficas, milord —respondió Peter—. Me encantaría volver a recorrer la propiedad. Volví pronto porque me encontré con la señorita Esposito por el camino.
—Ah. —El rostro de Sierra era impasible—. Sin duda, fue una sorpresa para la señorita Esposito.
No muy agradable al parecer, pensó Peter, quien sostuvo la mirada fija del conde sin parpadear. Una de sus habilidades más útiles era la de ser capaz de leer la más leve alteración en la postura o la expresión de la gente, adivinando sus pensamientos. Pero Sierra era un hombre excepcionalmente controlado. Peter le admiró por ello.
—Creo, que la señorita Esposito ha recibido algunas sorpresas recientemente —respondió Peter. Era un intento deliberado de averiguar si Sierra sabía algo sobre el posible matrimonio concertado con Lali.
El conde respondió solamente con un ligerísimo movimiento de sus cejas, como si encontrara el comentario interesante pero no digno de una respuesta. ¡Maldito!, pensó Peter mientras crecía aún más su admiración por él.
Lord Sierra se volvió hacia el hombre que estaba a su lado.
—Martinez, me gustaría presentarte a Peter Lanzani, el caballero americano que te mencioné antes. Lanzani, este es el señor Pablo Martinez.
Se dieron la mano firmemente. Martinez tendría entre cinco y diez años más que Peter y vio en su mirada que sería un digno rival en una pelea. Un hombre audaz y confiado que se burlaba de las pretensiones y las ínfulas de la clase alta.
—He oído hablar de sus logros con el ferrocarril— le dijo Peter a Pablo—. Hay mucho interés en Nueva York por la combinación de la artesanía británica con los métodos de fabricación americanos.
Pablo sonrío sardónicamente.
—Me complacería mucho atribuirme todo el mérito, pero la modestia me obliga a revelarle que Sierra tiene algo que ver con todo esto. Él y su cuñado son mis socios comerciales.
—Una asociación de éxito, obviamente —respondió Peter.
Martinez se dirigió a Sierra.
—Tiene talento para los halagos —comentó—. ¿Podemos contratarlo?
La boca Sierra se ensanchó con una sonrisa.
—Mi suegro se opondría. Necesita el talento del señor Lanzani para la nueva delegación de su fábrica en Bristol.
Peter decidió empujar la conversación en una dirección diferente.
—He leído acerca del nuevo movimiento en el Parlamento para la nacionalización de la industria británica del ferrocarril —le dijo a Sierra—. Estoy interesado en escuchar sus ideas sobre el tema, milord.
—¡Dios mío!, mejor no hablemos de ese tema —dijo Martinez.
Sierra frunció el ceño.
—Lo último que el pueblo necesita es que el gobierno tome el control de la industria. ¡Dios nos libre de la interferencia de los políticos! El gobierno controlaría los ferrocarriles tan ineficazmente como hace todo lo demás. Y el monopolio sofocaría la habilidad de la industria para competir, como resultado los impuestos serían más altos, por no mencionar...
—Por no mencionar —le interrumpió el Martinez astutamente—, el hecho de que Sierra y yo no desearíamos que el gobierno menguara nuestras futuras ganancias.
Sierra le dirigió una mirada severa.
—Mi mayor interés es el bienestar del pueblo.
—¡Pues eres afortunado! —comentó Martinez—, de que en este caso lo que es mejor para el pueblo, es también lo mejor para ti.
Peter refrenó una sonrisa.
Volviendo su atención hacia él, Sierra le dijo a Peter:
—Como puede ver, el señor Martinez no pasa por alto ninguna oportunidad de burlarse de mí.
—Me burlo de todo el mundo —dijo Martinez—. Lo que ocurre es que eres el objetivo que esta disponible más a menudo.
Sierra se dirigió de nuevo a Peter y dijo:
—Martinez y yo nos dirigimos a la terraza trasera a fumar un cigarro. ¿Se nos unirá usted?
Peter negó con la cabeza.
—Se lo agradezco, pero no fumo.
—Tampoco yo —dijo Sierra con pesar—. Tenía la costumbre de disfrutar un cigarro de vez en cuando, pero desafortunadamente el olor del tabaco es desagradable para la condesa en su actual condición.
Peter tardó un momento en recordar que “la condesa” era Candela Esposito. La peleona e irascible Candela, era ahora lady Sierra.
—Usted y yo conversaremos mientras Martinez se fuma un cigarro —le informó el conde—. Venga con nosotros.
La “invitación” no admitía la posibilidad de una negativa, pero Peter no obstante, lo intentó.
—Gracias, milord, pero hay cierto asunto que debo aclarar con alguien...
—Ese alguien será el señor Esposito, espero.
Maldito, pensó Peter. Lo sabe. Incluso si no hubiera pronunciado esas palabras, lo habría distinguido en la manera en que el conde lo estaba mirando. Sierra estaba al tanto de la intención del señor Esposito de casarlo con Lali... y sorprendentemente, Sierra tenía algo que decir al respecto.
—Usted hablará del tema conmigo primero —sentenció el conde.
Peter echó un vistazo a Pablo Martinez, que le devolvió una mirada insulsa a cambio.
—Estoy seguro —dijo Peter— de que al señor Martinez le aburrirán tremendamente mis asuntos personales.
—En absoluto —dijo Martinez alegremente—. Me gusta estar enterado de los asuntos de los demás. Particularmente si son de índole personal.
Los tres se dirigieron a la terraza, desde la cual se podían ver los jardines bien cuidados separados por senderos de grava y setos esculpidos. Un pequeño huerto en el que había perales se divisaba a través del paisaje verde. La brisa se extendía por los jardines con el perfume de las flores. El movimiento del agua del río cercano se oía junto al crujido del viento en los árboles.
Sentado en una de las mesas de la terraza, Peter se esforzó por relajarse en su silla. Él y Sierra observaron a Pablo Martinez cortar la punta de un cigarro. Peter se quedó callado, esperando con paciencia que Sierra comenzara a hablar.
—¿Cuánto tiempo hace que —le preguntó lord Sierra repentinamente— está usted al tanto de los planes de boda del señor Esposito?
Peter respondió sin el menor titubeo.
—Aproximadamente una hora y quince minutos.
—¿No es idea suya, entonces?
—En absoluto —le aseguró Peter.
El conde se acomodó en su asiento, uniendo las manos por encima de su estómago plano, y mirándolo con los ojos entrecerrados.
—Usted tiene mucho que ganar con esa boda.
—Milord —continuó Peter con frialdad—, si tengo algún talento, es el de ganar dinero. No tengo porqué casarme para eso.
—Me alegra oírlo —respondió el conde—. Tengo una pregunta que hacerle, pero primero le aclararé mi posición. Le tengo un gran cariño a mi cuñada y considero que está bajo mi protección. Como conoce a la familia Esposito, estará usted al tanto de la estrecha relación entre la condesa y su hermana, indudablemente. Si algo hiciera a Lali desdichada, mi esposa, por consiguiente, sufriría... Y no permitiré eso.
—Comprendo —dijo Peter concisamente. No dejaba de ser una ironía el hecho de que estaba siendo advertido de que se alejara de Lali cuando él ya había decidido hacer todo lo posible para evitar casarse con ella. Estaba tentado de mandar a Sierra al infierno. En vez de eso, mantuvo la boca cerrada y se mostró sereno.
—Lali tiene un espíritu único —dijo Sierra—. Una naturaleza dulce y romántica. Si es forzada a un matrimonio sin amor, eso la destrozará. Se merece un marido que la ame tal cual es, que sea su refugio y la proteja de las realidades más severas del mundo. Un marido que permita que ella siga teniendo sueños.
Era sorprendente oír esas palabras de Sierra, que era universalmente conocido como un hombre pragmático y equilibrado.
—¿Cuál es su pregunta, milord? —preguntó Peter.
—¿Me dará usted su palabra de que no se casará con mi cuñada?
Peter sostuvo la mirada de los fríos ojos negros del conde. No era prudente contrariar a un hombre como Sierra, que no estaba acostumbrado a que le negaran nada. Pero Peter había tolerado durante años la bravuconería de Juan Esposito, cuando otros hombres huían por miedo a su ira.
Aunque el señor Esposito podía ser un bravucón despiadado y sarcástico no había nada que él respetara más que a un hombre dispuesto a hacerle frente. Y así Peter se había vuelto el portador en la empresa de las malas o incómodas noticias, que todos los demás no eran capaces de decirle.
Esa había sido la escuela de Peter, así que el intento de Sierra de dominarlo, no tenía ningún efecto sobre él.
—Me temo que no, milord —dijo Peter cortésmente.
Pablo Martinez dejó caer su cigarro.
—¿No me dará usted su palabra? —preguntó Sierra con incredulidad.
—No.
Peter se agachó rápidamente para recuperar el cigarro y se lo devolvió a Martinez, que le dirigió una mirada de advertencia, como si tratara de evitar que saltara por un precipicio.
—¿Por qué no? —exigió Sierra—. ¿Porque no quiere usted perder su posición en la empresa del señor Esposito?
—No, el señor Esposito no puede permitirse el lujo de perderme ahora mismo. —Peter sonrío ligeramente en un intento de quitar arrogancia a sus palabras—. Conozco mejor que nadie la producción, administración, y comercialización de la empresa Esposito... Me he ganado la confianza del viejo. No puede prescindir de mí, incluso aunque me niegue a casarme con su hija.
—Entonces será muy fácil para usted olvidarse del asunto —dijo el conde—. Quiero su palabra, Lanzani. Ahora.
Un hombre más débil habría sido intimidado por la autoridad de Sierra.
—Si usted me ofreciera el incentivo adecuado, podría considerarlo —contestó Peter imperturbable—. Por ejemplo, si usted promete darme el puesto de jefe de la delegación y garantizármelo por lo menos durante, digamos... tres años.
Sierra le dirigió una mirada incrédula.
El tenso silencio fue roto por las carcajadas de Pablo Martinez.
—¡Caramba este chico tiene acero en las venas! —exclamó—. Hazme caso, Sierra, tenemos que contratarlo.
—No soy barato —dijo Peter, lo que causó que Martinez se riera tan fuerte que casi dejó caer su cigarro otra vez.
Incluso Sierra sonrío de mala gana.
—Maldita sea —refunfuñó—. No voy a hacer tal cosa, no cuando hay tanto en juego. Al menos hasta que no esté convencido de que es usted el hombre apropiado para el puesto.
—Entonces parece que estamos en un callejón sin salida —dijo Peter con jovialidad—. Por ahora.
Los dos hombres más maduros intercambiaron una mirada, acordando hablar de la situación mas tarde, a solas. Eso causó una punzada de curiosidad en Peter, pero se encogió de hombros, sabiendo que no podría adivinar que tramaban. Por lo menos, había dejado claro que no podía ser intimidado, y la firmeza su posición.
Además... Apenas podía dar su palabra sobre un tema que Esposito aún no le había mencionado.
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Dom Oct 16, 2011 6:01 pm

ay!! peter ya esta enamorado de lali!! es un dulce Razz

me trae mala espina pablo!
quiero mas!
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Lun Oct 17, 2011 10:00 am

Capítulo 4 (Parte 1)


—Desde luego, se que Lali no es gran cosa —decía Juan Esposito mas tarde esa noche, caminando de un lado para el otro en el despacho privado anexo a su habitación. Él y Peter habían acordado verse después de la cena mientras los demás invitados seguían en el salón—. Es más pequeña de lo normal y delicada. “Ponle un nombre sencillo y práctico a la niña”, le dije a mi esposa cuando nació. Jane o Constance o algo por el estilo. Pero ella escogió Mariana..., ¡que te parece!… Fue idea de un primo suyo por parte de madre. Y luego degeneró aún más cuando Candela, que por entonces sólo tenía cuatro años, descubrió que Mariana era el nombre francés de una maldita e insignificante flor. A partir de entonces Candela la llamó Lali, y después...
Mientras Esposito continuaba divagando, Peter pensó en lo perfecto que era ese nombre para ella, la pequeña flor de pétalos blancos que parecía tan delicada y sin embargo, era excepcionalmente resistente. Decía mucho en favor de Lali, que habiendo pertenecido a una familia de personalidades tan dominantes, ella hubiera permanecido fiel a su propio carácter.
—… por supuesto, te compensaré bien —decía Juan Esposito—. Te conozco lo suficiente como para saber que elegirías a una mujer muy diferente para ti, una mujer con ideas más prácticas, en lugar de la inconstante ensoñación de una muchacha como Lali.
—Eso no será necesario —Peter le interrumpió tranquilamente—. Lali... es decir, la señorita Esposito, es completamente —Hermosa. Deseable. Encantadora.— aceptable. Casarse con una mujer como la señorita Esposito es suficiente recompensa.
—Bien —Esposito lanzó un gruñido, evidentemente poco convencido—. Es muy caballeroso por tu parte decir eso. Pero aún así, te ofreceré una dote generosa, más acciones en la compañía, y así sucesivamente. Estarás muy satisfecho con nuestro acuerdo, te lo aseguro. En cuanto a los preparativos para la boda...
—Aún no he aceptado —le interrumpió Peter.
Esposito dejó de ir de un lado para otro y le miró de manera inquisitiva.
—Para empezar —continuó cuidadosamente—, es posible que la señorita Esposito encuentre a un pretendiente en los próximos dos meses.
—No encontrará a ninguno de tu valía —dijo Esposito engreídamente.
Peter respondió con seriedad, a pesar de su diversión.
—Gracias. Pero creo que la señorita Esposito no comparte la alta opinión que tiene usted sobre mí.
El señor Espositos hizo un ademán desdeñoso.
—Bah. La mente de una mujer es tan voluble como el clima inglés. Puedes hacerla cambiar de opinión. Regálale unas flores, hazle algunos cumplidos... mejor aún, cita algo de uno de esos malditos libros de poesía que ella lee. Es fácil cortejar a una mujer, Swift, todo lo que tienes que hacer es...
—Señor Esposito —le interrumpió Peter con una repentina alarma. ¡Dios mío!, lo último que necesitaba era una explicación de las técnicas de seducción de su jefe—. Creo que puedo encargarme de eso yo solo. Ese no es el problema.
—Entonces ¿cual?... Ah —Esposito le ofreció una sonrisa de hombre de mundo—. Comprendo.
—¿Lo comprende? —preguntó Peter con aprensión.
—Obviamente, tienes miedo de mi reacción si decides que mi hija no es capaz de satisfacer tus necesidades. Puedes estar tranquilo, mientras actúes con discreción, no diré una palabra.
Peter suspiró y se frotó los ojos, de pronto se sintió hastiado. Todo esto era demasiado, ¡caramba! acababa de llegar de otro país, apenas hacía unas horas que había bajado del barco.
—Me está usted diciendo que mirará para otro lado si le soy infiel a mi esposa —era una afirmación, no una pregunta.
—Nosotros los hombres tenemos tentaciones. A veces nos desviamos del camino correcto. Así son las cosas.
—No para mí —dijo Peter monótonamente—. Cumplo mi palabra, tanto en los negocios como en mi vida privada. Si le prometo ser fiel a una mujer lo seré sin excepción. Pase lo que pase.
El grueso bigote de Esposito tembló con diversión.
—Eres demasiado joven para tener una conciencia tan sensible.
—¿Los hombres más maduros no tienen conciencia? —Peter preguntó con una burla afectuosa.
—Algunas veces, los escrúpulos tienen un precio demasiado caro. Descubrirás eso algún día.
—¡Dios mío!, espero que no. —Peter se dejó caer en una silla y enterró la cabeza en las manos, con los dedos hundidos entre su espeso pelo.
Después de un prolongado silencio Esposito aventuró:
—¿Realmente sería tan terrible tener a Lali como esposa? Tienes que casarte algún día. Y esta boda tiene muchas ventajas. La empresa, por ejemplo. Tú la controlarás cuando yo muera.
—Usted nos sobrevivirá a todos —refunfuñó Peter.
Esposito dejó escapar una risita.
—Quiero que tú tengas la compañía —insistió él. Era la primera vez que hablaba con tanta franqueza sobre el tema—. Eres más capaz que ninguno de mis hijos. La compañía estará mucho más segura en tus manos que en las de ellos. Tienes un don... la habilidad de entrar en un lugar y dominar el espacio... no le tienes miedo a nadie, y todos lo saben, y te aprecian. Cásate con mi hija, Lanzani, y levanta mi empresa. Cuando vuelvas a casa, te daré Nueva York.
—¿Podría añadir también Rhode Island? No es muy grande.
Esposito hizo caso omiso a su sarcástica pregunta.
—Tengo ambiciones para ti más allá de la compañía. Estoy relacionado con hombres poderosos, que también han reparado en ti. Te ayudaré a conseguir algo que tu mente no es capaz siquiera de concebir... Y el precio es muy pequeño. Toma a mi hija y engendra mis nietos. Eso es todo lo que te pido.
—Eso es todo —repitió Peter aturdido.
Cuando Peter empezó a trabajar en la compañía Esposito hacía diez años, no imaginaba que su jefe llegaría a ser un padre para él. Esposito era como un baúl de explosivos, pequeño, redondo y tan irascible que se podía pronosticar uno de sus arranques de furia, tan sólo por el hecho de ver su calva enrojecer. Pero el señor Esposito era hábil con los números, increíblemente perspicaz y calculador, también generoso con quienes le complacían, era un hombre que mantenía su palabra y cumplía sus obligaciones.
Peter había aprendido muchísimo de Juan Esposito, cómo olfatear el defecto de un adversario y ponerlo a tu favor, cuándo presionar y cuándo contenerse... Y había aprendido también, que era positivo descargar tu agresividad en los negocios, sin llegar nunca a la grosería. Los hombres de negocios de Nueva York, los de verdad, no los petulantes de clase alta, no te respetaban a menos que mostraras cierta cantidad de pugnacidad.
Al mismo tiempo, Peter había aprendido a moldear su carácter con la diplomacia, después de comprender que era algo necesario para abrirse camino. No había ganado carisma fácilmente, debido a su naturaleza cautelosa. Pero lo había adquirido como un instrumento necesario para hacer bien su trabajo.
Juan Esposito había apoyado a Peter en todo momento y lo había dirigido en un par de negocios precarios. Peter había estado agradecido por su orientación. Y no podía si no apreciar a su irritable patrón, pues había algo de verdad en la opinión de Esposito de que eran parecidos.
Cómo un hombre como Esposito había engendrado una hija como Lali era uno de los grandes misterios de la vida.
—Necesito un poco de tiempo para pensarlo —dijo Peter.
—¿Que necesitas pensar? —protestó Esposito—. Como ya te he dicho... —se interrumpió cuando vio la expresión de Peter—. Muy bien. Muy bien. Supongo que no hay necesidad de una respuesta inmediata. Hablaremos de ello mas adelante.
—¿Hablaste con el señor Lanzani? —preguntó Candela cuando Agustin entró en su dormitorio. Se había quedado dormida esperándole, y luchaba por encontrar una postura cómoda sentada en la cama.
—¡Oh si! Hablé con él —respondió Agustin con pesar, se quitó el abrigo y lo colocó sobre el respaldo una silla de la época de Luis XIV.
—Tenía razón, ¿verdad? Es abominable. Detestable. Cuéntame qué te dijo.
Agustin miró fijamente a su esposa embarazada, estaba tan hermosa con su pelo largo suelto y sus párpados aún pesados por el sueño que su corazón se saltó un latido.
—Todavía no —murmuró, sentándose sobre la cama—. Primero quiero mirarte un rato.
Candela sonrío y se pasó las manos por el pelo, oscuro y alborotado.
—Estoy hecha un asco.
—No. —Él se acercó bajando la voz—. Cada parte de ti es encantadora. —Sus manos se deslizaron suavemente sobre las curvas de su cuerpo, con caricias suaves— ¿Qué puedo hacer por usted milady? —susurró.
Ella siguió riéndose.
—Sólo con mirarme se dará usted cuenta de que ya ha hecho bastante, milord. —Rodeándolo con sus brazos esbeltos, le colocó la cabeza sobre sus pechos—. Agustin —dijo contra su pelo—, nunca podría tener hijos de otro hombre, solo tuyos.
—Eso me tranquiliza.
—Me siento tan hinchada... Y tan incómoda. ¿Sería algo malo decir que no me gusta estar así?
—Desde luego que no —la voz de Agustin sonó amortiguada por tener la cabeza en la hendidura de sus pechos—. A mi no me gustaría tampoco.
Eso dibujó una sonrisa en ella. Soltándolo, se recostó contra las almohadas.
—Quiero saber qué te dijo el señor Lanzani. ¿De que hablasteis ese espantapájaros odioso y tú?
—Yo no lo llamaría espantapájaros, precisamente. Parece que ha cambiado desde que lo viste por última vez.
—Hmm. — Candeka no parecía muy convencida—. Sigue siendo feo, seguro.
—Debido a que rara vez pienso en el atractivo masculino —dijo Agustin—, no soy un buen juez. Pero creo que casi nadie describiría al señor Lanzani como un hombre feo.
—¿Estás diciendo que es atractivo?
—Creo que muchos dirían que si.
Candela puso una mano delante de su cara.
—¿Cuántos dedos hay aquí?
—Tres —dijo Agustin divertido—. Mi amor, ¿qué estás haciendo?
—Comprobar tu visión. Creo que te falla. Aquí, sigue el movimiento de mi dedo.
—¿Por qué no sigues tu el movimiento del mío? —sugirió, mientras lo hundía en su corpiño.
Candela le agarró la mano y lo miró enfadada.
—Agustin, esto es serio. ¡El futuro de Lali está en peligro!
Agustin se enderezó.
—Está bien.
—Dime que te dijo —le apremió ella.
—Informé al señor Lanzani de que no permitiré que nadie haga a Lali desdichada. Y le exigí que me diera su palabra de que no iba a casarse con ella.
—¡Oh!, ¡menos mal! —dijo Candela con un suspiro de alivio.
—Y se negó.
—¿Cómo? —su boca se abrió por el asombro—. ¡Pero si a ti nadie te contraría!
—Aparentemente, nadie informó al señor Lanzani sobre eso —dijo.
—Agustin, vas a hacer algo, ¿verdad? No dejarás que obliguen a Lali a casarse con Lanzani.
—Tranquila cariño. Te lo prometo, nadie obligará a Lali a casarse contra su voluntad. Sin embargo... —Agustin vaciló, preguntándose cuánto debería revelar—. Mi opinión sobre Peter Lanzani es algo diferente de la tuya.
Candela arqueó las cejas.
—Mi opinión es más fiable. Yo le conozco hace más tiempo.
—Lo conocías hace muchos años —dijo Agustin—. Las personas cambian, Candela. Creo que gran parte de lo que tu padre afirma sobre Lanzani es verdad.
—¿Tú también, Agustin?
Agustin, divertido por la mueca teatral que hizo su esposa, deslizó una mano bajo las sabanas, cogiendo uno de sus pies desnudos, empezó a masajear el empeine con los pulgares. Candela suspiró y se relajó contra las almohadas.
Agustin consideró lo que había descubierto sobre Lanzani hasta ahora. Era un joven inteligente, hábil y bien educado. Parecía un hombre con clase. Agustin se sentía cómodo en compañía de hombres así.
Aparentemente, la boda de Peter Lanzani con Lali Esposito estaba fuera de lugar. Pero Agustin no estaba de acuerdo con la opinión de Candela, de que Lali debía casarse con un hombre que poseyera la misma naturaleza romántica y sensible. No habría equilibrio en tal unión. Después de todo, un barco siempre necesita un ancla.
—Debemos enviar a Lali a Londres lo antes posible —se lamentó Candela—. La temporada social está en su mejor momento, y ella está aquí, encerrada en Hampshire lejos de todas las fiestas y soirées.
—Fue idea suya venir aquí —le recordó Agustin, y cogió su otro pie—. Nunca se perdonaría no asistir al parto.
—¡Oh! pero yo no estoy de acuerdo. Preferiría que Lali conociera a caballeros apropiados en lugar de esperar el nacimiento del bebé aquí conmigo. Si no lo hace, se le agotará el plazo y tendrá que casarse con Peter Lanzani, se mudará con él a Nueva York y entonces nunca volveré a verla…
—Ya había pensado en eso, por eso invité a tantos caballeros a Stony Cross Park para la temporada de caza —dijo Agustin.
—¿Eso hiciste? —su cabeza se levantó de la almohada.
—Riera y yo hicimos una lista y examinamos cada candidato detalladamente. Escogimos una docena. Cualquiera de ellos sería aceptable para tu hermana.
—¡Oh!, Agustin, eres el mas inteligente y el mas maravilloso de los hombres.
El sacudió la cabeza por el elogio de su esposa, y con una sonrisa recordó la reunión con Sebastián.
—Déjame decirte que Riera es muy meticuloso. Si fuera una mujer, ningún hombre sería lo suficientemente bueno para él.
—Nunca lo son —le dijo Candela con soltura—. Por eso nosotras tenemos un refrán... “Si apuntas alto, siéntate a esperar”.
El resopló.
—¿Eso es lo que tú hiciste?
Una sonrisa curvó sus labios.
—No, milord. Yo apunté alto y conseguí mucho más de lo que había soñado. —Y se río tontamente cuando él gateó sobre su cuerpo y la besó profundamente.


Gracias por los comentarios,
espero que os guste el cap...
Besos. Ione.
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Mar Oct 18, 2011 5:41 pm

Cande y Agus son unos dulces totales!
Qué necesita Peter para convencerse de casarse?
Más! Very Happy
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Vie Oct 21, 2011 6:33 am

Capítulo 4 (parte 2)



El sol aún no había salido, cuando un grupo de invitados empeñados en pescar truchas, compartieron un desayuno rápido en la terraza trasera y salieron vestidos de manera informal con trajes de tweed y camisas de lino. Criados somnolientos siguieron a los caballeros a las aguas llenas de truchas, llevando las cañas, y cestos que contenían gusanos y diversas herramientas de pesca. Los hombres estarían entretenidos buena parte de la mañana, mientras las damas dormían.
Todas las damas exceptuando a Lali. Adoraba la pesca, pero sabía que no sería bienvenida en un grupo exclusivamente masculino. En el pasado, ella y Candela habían ido a pescar a menudo, pero indudablemente, su hermana mayor no estaba en condiciones de hacerlo ahora.
Lali había intentado persuadir a Eugenia y a Rocio para que la acompañaran al lago artificial que Sierra mantenía generosamente abastecido de truchas, pero ninguna de ellas se había entusiasmado con la idea.
—Hace un día precioso —había intentado convencerlas Lali—. Yo os enseñaré a tirar el anzuelo. ¡No iréis a quedaros encerradas en una mañana de primavera tan hermosa!
Pero Rochi decidió que dormir hasta tarde era una idea mejor, y como Riera había decidido no ir a pescar, Euge optó por quedarse en la cama con él.
—Te divertirías mucho más si vinieras a pescar conmigo —le había dicho Lali.
—No —había dicho contundentemente Eugenia—. No lo creo.
Sintiéndose un poquito sola, Lali desayunó y partió hacia el lago, llevando su caña de pescar favorita, bobinas y carretes.
Era una mañana gloriosa, corría una suave brisa. El invierno había quedado atrás dejando al sol inundarlo todo de reflejos brillantes. Lali cruzó una pradera de césped cubierta de ranúnculos, milenramas, y rosados pétalos de flores.
Al pasar al lado de un árbol de moras, Lali vio movimiento en el borde del agua... dos chicos... sujetaban algo, un animal o un pájaro... ¿un ganso? La criatura estaba protestando con graznidos furiosos, moviendo las alas con violencia, mientras los muchachos se reían.
—Eh, chicos —les llamó Lali—. ¿Qué es eso? ¿Qué estáis haciendo?
Viendo al intruso, los muchachos dieron un grito y echaron a correr, tan deprisa que sus piernas se convirtieron en una mancha borrosa.
Lali aceleró el paso y se acercó al ganso. Eran un Greylag nacional inmenso, una raza conocida por su plumaje gris, cuello grueso y pico de color naranja.
—Pobrecito —murmuró Lali cuando vio que tenía una pata enganchada. Cuando se acercó a él, el indignado ganso intentó picarle. Haciendo una pausa, Lali dejó su equipo de pesca a un lado—. Estoy tratando de ayudarte —le dijo al agresivo ganso—. Pero con esa actitud no adelantas nada. Intenta controlar tu mal humor... —Avanzando lentamente hacia el ganso, Lali investigó el origen del problema—. Oh —dijo—. Esos bribones... te hacían pescar para ellos ¿verdad?
El ganso emitió un graznido confirmándolo.
Le habían atado hilo de pescar en la pata, y le habían enganchado una cuchara de metal con un agujero, en el agujero colocaron un gancho. Si no hubiera sentido lástima por el animal, Lali se habría echado a reír.
Era ingenioso. Cuando el ganso nadara en el agua, la cuchara de metal se reflejaría en el agua como los pequeños insectos. Cuando las truchas, atraídas por la cuchara, mordieran el anzuelo, se quedarían atrapadas y el ganso las remolcaría hasta la orilla. Pero el gancho se había enganchado en alguna zarza, atrapando al pobre ganso.
Lali le habló con voz suave y se acercó a la zarza con movimientos lentos. El bicho se quedo quieto y la miró con sus ojos de color morado.
—Pero que bonito eres —Lali se movía con cuidado, intentando llegar a las patas—. Y que grande... Si tienes un poco de paciencia... ¡ay! —Repentinamente el ganso le dio un picotazo en el brazo.
Retrocediendo rápidamente, Lali echó un vistazo a la pequeña marca en su piel, que estaba empezando a hincharse. Miró con el ceño fruncido al animal.
—¡Criatura desagradecida! Sólo por esto debería dejarte aquí tal como estás.
Frotándose el brazo, Lali se preguntó si podría usar su caña de pescar para desenganchar el hilo de la zarza... pero todavía tendría que desenredar la cuchara de la pata del ganso o volvería a enredarse en cualquier otro sitio. Tendría que volver a la casa a buscar ayuda.
Cuando se agachó para recoger su equipo de pesca, escuchó un ruido. Alguien silbaba una melodía curiosamente familiar. Lali escuchó atentamente, recordando la melodía. Era una canción popular en Nueva York se llamaba “El final de un día perfecto”.
Alguien estaba caminando hacia ella en dirección al río. Era un hombre con la ropa empapada, llevando una cesta de pesca y un viejo sombrero. Vestía un abrigo de tweed y pantalones informales, y era imposible no notar la manera en que las capas de su ropa se adherían a los contornos de su cuerpo. Sus sentidos se alteraron al reconocerlo, acelerándole el pulso.
El hombre dejó de silbar cuando la vio. Sus ojos eran más azules que el cielo, destacando sobre su rostro bronceado. Cuando se quitó el sombrero con cortesía, el brillo del sol creó reflejos caobas en su pelo.
—¡Maldita sea! —se dijo Lali. No sólo porque era la última persona que esperaba ver en ese momento, sino también porque tuvo que admitir que Peter Lanzani era extraordinariamente apuesto. Ella no quería encontrarlo tan atractivo. Ni sentir tal curiosidad por él, ese deseo de ver su interior y descubrir sus anhelos y temores secretos. ¿Por qué no se había interesado nunca antes por él? Había sido quizás demasiado inmadura. Quizás no era él quien había cambiado, sino ella.
Lanzani se acercó a ella con cautela.
—Señorita Esposito.
—Buenos días, señor Lanzani. ¿Por qué no está usted pescando con los demás?
—Mi cesta está llena. He pescado tanto, que creía que iba a avergonzar a los demás si continuaba.
—Qué modesto es usted —dijo Lali con ironía—. ¿Dónde está su caña?
—Se la dejé a Sierra.
—¿Por qué?
Soltando su cesta, volvió a colocarse el sombrero.
—La traje conmigo de América. Es una caña articulada con la punta flexible, lo que multiplica la fuerza del carrete.
—¿Y eso es efectivo? —dijo Lali.
—En los modelos británicos no —señaló Lanzani—. Pero en los estados federales hemos hecho algunas mejoras. Tan pronto como Sierra ha comprendido el nuevo sistema, me ha quitado la caña prácticamente de las manos. La está utilizando en este momento.
Sabiendo que su cuñado adoraba los avances tecnológicos, Lali sonrío con cariño. Sintió la mirada de Lanzani sobre ella, no quería mirarle, pero se encontró haciéndolo de todos modos.
Era difícil reconciliar la imagen del joven odioso que tenía en su memoria con este espécimen de virilidad. Era como un dólar nuevo, brillante y perfecto. La luz de la mañana se reflejaba en su piel y en sus largas pestañas, dejando al descubierto las diminutas arrugas alrededor de sus ojos. Quería tocar su cara, hacerlo sonreír y sentir la curva de sus labios debajo de sus dedos.
El silencio se alargó, tenso e inoportuno hasta que fue roto por un graznido del ganso.
Lanzani le echó un vistazo al ave.
—Veo que tiene usted compañía. —Cuando Lali le explicó lo qué habían estado haciendo con el ganso los dos muchachos, Lanzani se echó a reír—. Esos muchachos son listos.
El comentario no le pareció a Lali demasiado compasivo.
—Quiero ayudarlo —dijo—, pero cuando traté de acercarme, me picó. Supuse que un animal doméstico no me atacaría.
—Los gansos Greylag no son conocidos por ser mansos —le informó Lanzani—. En especial los machos. Estaba intentando dejarle claro quién era él jefe.
—Pues lo consiguió —dijo Lali frotándose el brazo.
Lanzani frunció el ceño cuando vio la contusión en su brazo.
—¿Ahí fue donde le picó? Déjeme ver.
—No es necesario, estoy bien... —empezó a decirle pero ya se había adelantado y sus largos dedos rodearon su muñeca. Pasó el pulgar de su otra mano por encima de la marca morada.
—Su piel es muy sensible... —murmuró, con la oscura cabeza inclinada sobre su brazo.
El corazón de Lali dio unos cuantos latidos irregulares antes de descontrolarse por completo. Percibió su olor... El olía como el campo, el sol, el agua, la hierba verde. Un olor suave... a sudor, a hombre... como un incienso tentador. Luchó contra el deseo de levantar los brazos hacia su cuerpo... de deslizar las manos por su pecho. La intensa necesidad la asustó.
Levantó la mirada y se encontró con sus ojos azules mirándola fijamente.
—Yo… —Nerviosa, soltó su mano de un tirón—. ¿Qué vamos a hacer?
—¿Con el ganso? —Hizo un gesto con los hombros—. Podríamos retorcerle el pescuezo y llevarlo a casa para la cena.
La sugerencia hizo que Lali y el ganso Greylag lo miraran indignados.
—Es una broma muy mala, señor Lanzani.
—No bromeaba.
Lali se colocó entre Lanzani y el ganso.
—Me las arreglaré yo sola. Usted ya puede marcharse.
—No le aconsejo que lo convierta en su mascota, lo encontrará en su plato tarde o temprano si permanece en Stony Cross Park el tiempo suficientemente.
—No quisiera parecer hipócrita —dijo ella—. Pero preferiría no comerme a un ganso que me conoce.
Aunque Lanzani no sonreía, Lali se dio cuenta de que su comentario le hizo gracia.
—Dejemos los temas filosóficos, la cuestión es cómo piensa usted soltarle la pata —dijo—. Puede darle muchos mas picotazos.
—Si usted lo sujetara, yo podría soltar la cuchara y...
—Ni hablar —dijo él—. Ni por todo el té de China.
—Esa expresión nunca ha tenido sentido para mi —le contestó ella—. En términos de producción mundial, la India cultiva mucho más té que China.
Lanzani frunció los labios, pensativo.
—Ya que China es el principal productor de cáñamo —dijo—, supongo que se podría decir: “Ni por todo el cáñamo de China”… aunque no tiene el mismo efecto. Comoquiera que prefiera formular la frase, no voy a ayudar al ganso. —Y recogió su cesta.
—Por favor —dijo ella.
Lanzani la miró.
—Por favor —repitió Lali.
Ningún caballero podría decir que no a una dama que había rogado dos veces.
Murmurando entre dientes, él volvió a dejar la cesta en el suelo.
Una amplia sonrisa se dibujó en los labios de Lali.
—Gracias —dijo.
Sin embargo, dejó de sonreír cuando él comentó.
—Pero me debe usted algo por esto.
—Naturalmente —replicó ella—. No esperaba que usted hiciera algo a cambio de nada.
—Y cuando le reclame el favor, no vaya siquiera a pensar en negarse, sin importar lo que sea.
—Dentro de lo razonable. No voy a casarme con usted solo porque ha rescatado a un pobre ganso.
—Créame —le dijo él con seriedad—, el matrimonio no será parte del trato. —Empezó a quitarse el abrigo, no sin dificultad, porque estaba mojado, revelando sus amplios hombros.
—¿Q-qué está usted haciendo? —Lali abrió mucho los ojos.
Su boca hizo una mueca de exasperación.
—No voy a dejar que ese bicho arruine mi abrigo.
—No tiene que armar tanto escándalo por algunas plumas en su abrigo.
—No son las plumas lo que me preocupa —dijo secamente.
—¡Oh! —Lali luchó por refrenar una sonrisa.
Lo observó quitarse el abrigo y el chaleco. Su camisa blanca se adhería a su cuerpo, al estar mojada era casi transparente, se pegaba a su musculoso abdomen y desaparecía debajo de la cinturilla de sus pantalones. Las mangas se tensaban sobre sus hombros y la superficie poderosa de su espalda. Colocó su ropa cuidadosamente sobre la cesta para que no se ensuciara. Una leve brisa jugaba con su cabello, alborotándole el flequillo.
Lo absurdo de la situación... El ganso, Peter Lanzani mojado y en mangas de camisa... puso una sonrisa nerviosa en los labios de Lali. Se tapó la boca, pero se le escapó de todos modos.
El sacudió la cabeza, y una sonrisa iluminó su cara. Lali se percató de que sus sonrisas nunca duraban mucho tiempo, se esfumaban tan rápidamente como aparecían. Como una estrella fugaz, un fenómeno breve y extraordinario.
—Si usted le cuenta esto a alguien, pequeña pícara... me las pagará. —Las palabras eran amenazadoras, pero algo en su tono... un toque de sensualidad... produjo un escalofrío en su espina dorsal.
—No pienso decírselo a nadie —dijo Lali con un jadeo—. Saldría tan mal parada como usted.
Lanzani metió la mano en su abrigo, extrajo una pequeña navaja y se la pasó. ¿Era su imaginación, o sus dedos se demoraron en su mano más de lo necesario?
—¿Para que es esto? —preguntó con inquietud.
—Para cortar el hilo de la pata, tenga cuidado, esta muy afilado, no me gustaría que cortara una arteria por casualidad.
—No se preocupe, no le haré daño.
—Me refería a mí, no al ganso. —Miró al impaciente animal—. Si te pones difícil —le dijo al ganso— serás paté antes de la hora de la cena.
El ave levantó las alas amenazadoramente para parecer más grande.
El dio un paso en su dirección y adelantó un pie para frenar su libertad de movimientos. La criatura aleteó y graznó, se quedó quieto un momento antes de lanzarse sobre él. Entonces Lanzani lo agarró con fuerza, perjurando mientras trataba de evitar el poderoso pico. Una nube de plumas se elevó en el aire.
—No lo ahogue —gritó Lali, al ver que Lanzani lo agarraba del pescuezo.
La réplica de Lanzani se perdió por el forcejeo y los bocinazos del ganso. De algún modo, Lanzani consiguió contener al ave hasta que fue una mole retorciéndose en sus brazos. Despeinado y cubierto de plumas, miró furioso a Lali.
—Terminemos de una vez, corte el hilo de pescar —rugió él.
Ella obedeció a toda prisa, poniéndose de rodillas a su lado. Mientras él lo tenía agarrado, con cuidado, ella cogió el pie fangoso del animal, el ganso graznó y dio un tirón a su pata.
—Vamos mujer, no sea tan delicada —escuchó decir a Lanzani con impaciencia—. Agarre la pata y hágalo ya.
Si no fuera por las treinta libras de ganso furioso que había entre ellos Lali habría mirado enfadada a Peter Lanzani. En cambio, agarro la pata con firmeza y pasó la punta del cuchillo por el hilo cuidadosamente. Lanzani tenía razón, la hoja estaba perversamente afilada. Con un solo movimiento lo cortó limpiamente en dos.
—Ya está —dijo triunfalmente, cerrando la navaja—. Puede soltar a nuestro amigo emplumado, señor Lanzani.
—Gracias —fue su réplica sardónica.
Pero cuando Lanzani abrió los brazos y soltó al ave, esta reaccionó inesperadamente, buscando venganza, culpando a su captor de todos sus infortunios, la criatura le dio un picotazo en la cara.
—¡Ay! —perdió el equilibrio y cayó sobre su trasero, mientras se llevaba una mano al ojo, el ganso se fue corriendo a gran velocidad con un graznido triunfador.
—¡Señor Lanzani! —Lali gateó sentándose a horcajadas sobre él. Tiró de su mano—. Déjeme ver.
—Estoy bien —dijo, frotándose el ojo.
—Déjeme ver —repitió, agarrando su cabeza con las manos.
—Voy a pedir estofado de ganso para cenar —farfulló, dejando que girara su cara hacia ella.
—Usted no hará semejante cosa. —Lali inspeccionó la pequeña herida sobre la ceja y usó su manga para secar una gota de sangre—. Es de mala educación comerse a alguien después de salvarle la vida. —Un temblor de risa se reflejó en su voz—. Afortunadamente el ganso tenía mala puntería. Creo que no se le pondrá el ojo morado.
—Me alegra ver que usted encuentra esto divertido —farfulló—. Está usted cubierta de plumas, ¿sabe?
—Usted también. —Su pelo estaba lleno de pelusas blancas y plumas grises. A Lali se le escapó la risa, como las burbujas que escapan de la superficie de una charca. Empezó a quitar plumas de su pelo, las suaves hebras le hacían cosquillas en los dedos.
El la miró y se percató de que se le había soltado el pelo de las horquillas. Con suavidad empezó a tirar de las plumas que tenía enganchadas.
Durante un silencioso minuto trabajaron el uno sobre el otro. Lali estaba tan concentrada en la tarea, que no reparó en lo inapropiado de la situación. Por primera vez, estaba lo suficientemente cerca de él como para ver los diversos tonos de azul de sus ojos, y el anillo azul cobalto que rodeaba su iris. La textura de su piel, dorada por el sol y la incipiente barba sobre su mandíbula.
Se dio cuenta de que Lanzani evitaba su mirada deliberadamente, concentrándose en encontrar cada diminuto trozo de plumón en su pelo. De repente fue consciente del contacto entre sus cuerpos, la fuerza sólida de él debajo de ella, su aliento caliente en la mejilla. Su ropa estaba húmeda, pero el calor de su piel la quemaba en todos los lugares en que tocaba la suya.
Estaban unidos en un medio abrazo mientras cada célula de la piel de Lali estallaba en un fuego líquido. Fascinada, desorientada, se relajó sobre él, sintiendo el zumbido de su pulso en las venas. No tenía más plumas, pero Lali se encontró hundiendo los dedos en su pelo oscuro.
Seria tan fácil que la hiciera rodar debajo de él, presionándola con su peso sobre la tierra húmeda. Sintió la firmeza de sus muslos por entre las capas de tela, provocando en ella el primitivo instinto de abrirse a él, y dejarlo moverse sobre ella.
Escuchó a Lanzani soltar el aliento. La agarro por los brazos y la bajó de su regazo abruptamente.
Aterrizando en el césped al lado de él con un ruido sordo, Lali trató de reaccionar. En silencio, encontró la navaja en el suelo y se la devolvió.
Después de guardársela en el bolsillo, él se sacudió las plumas y la tierra de los pantalones y cambió de posición.
Preguntándose por qué estaba sentado en esa postura tan extraña, Lali se puso en pie.
—Bien —dijo vacilante—, supongo que tendré que entrar en la casa por la puerta de los criados. Si mamá me ve así le dará una apoplejía.
—Vuelvo al río —dijo Lanzani con voz ronca—. Quiero ver cómo le va con el carrete a Sierra. Y puede que pesque un poco más.
Lali frunció el ceño cuando se dio cuenta de que la estaba evitando deliberadamente.
—Pensaba que estaría usted harto de mojarse con el agua fría del río por hoy —dijo
—Por lo visto no —dijo él entre dientes, dándole la espalda mientras cogía su chaleco y su abrigo.
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Vie Oct 21, 2011 6:39 am

Capítulo 5



Perpleja y confundida, Lali se alejó con pasos rápidos del lago.
Decidió que no podría contarle a nadie lo que acababa de ocurrir, aunque habría adorado divertir a Candela con la historia del ganso. Pero no quería revelar que había visto algo diferente en Peter Lanzani, y que ella se había sentido peligrosamente atraída por él. No significaba nada, en realidad.
Aunque Lali todavía era inocente, el escaso conocimiento que poseía en relación a los temas sexuales le impulsaba a creer que su cuerpo podía responder a la excitación sin ninguna participación del corazón. Había sentido esa respuesta por Camilo Rolan una vez. La desconcertó darse cuenta de que había sentido lo mismo con Peter Lanzani. Dos hombres tan diferentes, uno romántico, el otro reservado. Uno era un gitano joven, apuesto, que había inundado de imágenes sensuales su exótica imaginación… El otro un hombre de negocios ambicioso y pragmático.
Lali había conocido un desfile interminable de hombres como Peter durante sus años en Fifth Avenue. Querían la perfección en una mujer, una esposa que fuera una excelente anfitriona, diera las mejores cenas y fiestas, llevara los mejores trajes, y diera a luz hijos saludables que jugaran en el cuarto de los niños mientras sus padres trataban los temas de la empresa en el estudio.
Y Peter Lanzani, con su enorme ambición, el hombre que su padre había escogido por su gran talento y su mente brillante, sería el marido más exigente posible. Querría a una esposa que basara su vida entera alrededor de sus objetivos, y la juzgaría duramente cuando no lo complaciera. No tenía ningún futuro con un hombre así.
Pero Peter tenía una cosa a su favor: había ayudado al ganso.

Mientras Lali volvía a la casa, se arreglaba y se vestía con un traje de día fresco, sus amigas y su hermana habían bajado a desayunar té y tostadas. Estaban sentadas en una de las mesas redondas junto a la ventana, cuando Lali entró en la sala.
Rochi colocó a Isabelle sobre su hombro, frotando su pequeña espalda con un suave masaje. Algunas de las otras mesas estaban ocupadas, principalmente por mujeres, aunque había media docena de hombres presentes, incluyendo a lord Riera.
—Buenos días —dijo Lali, y miró a su hermana—. ¿Cómo has dormido querida?
—Muy bien. —Candela estaba encantadora, sus ojos brillaban, tenía el pelo peinado hacia atrás, prendido en una red de seda rosa en la nuca—. Dormí con las ventanas abiertas, y la brisa procedente del lago era muy placentera. ¿Fuiste a pescar esta mañana?
—No —improvisó Lali.— Sólo caminé.
Eugenia se inclinó hacia Rochi para coger al bebé.
—Dámela —dijo. El bebé estaba mordiéndose el puño desesperadamente y babeando en abundancia. Con la pequeña en sus brazos, Eugenia explicó el malestar de la niña a Lali le estaban saliendo los dientes.
—Lleva toda la mañana muy irritable —explicó Rochi.
Lali vio que sus luminosos ojos azules parecían cansados, los ojos de una madre joven. El toque de cansancio solo aumentó la belleza de Rochi, perfilando la perfección de sus rasgos.
—¿No es algo pronto para que le salgan los dientes? —preguntó Lali.
—Es una Martinez —dijo Rochi—. Y los Martinez son inusitadamente precoces. Según mi marido, todos en su familia nacen prácticamente con los dientes. —Miró al bebé con preocupación—. Creo que debería llevármela a otro sitio.
Algunas miradas de desaprobación fueron lanzadas en su dirección. No era común que los niños, especialmente los bebés, estuvieran en compañía de los adultos. Era costumbre vestir a los pequeños con volantes blancos y cintas, presentarlos brevemente para la aprobación general, y luego devolverlos rápidamente con la niñera.
—Tonterías —dijo Candela inmediatamente, sin molestarse en bajar la voz—. Isabelle no está molestando, sólo está un poco nerviosa. Creo que los invitados son capaces de tener un poco de paciencia.
—Voy a probar con la cuchara otra vez —murmuró Rochi, su culta voz teñida de preocupación. Cogió una cuchara de plata de una taza con hielo y azúcar, y le dijo a Lali—. Mi madre sugirió este remedio, al parecer siempre fue efectivo con mi hermano Joaquin.
Lali se sentaba al lado de Eugenia, mirando al bebe mientras mordía la cuchara. Isabelle había estado llorando y tenía algunas lágrimas alrededor de los ojos. Cuando gimió, se hicieron visibles sus encías inflamadas, y Lali hizo una mueca compadeciéndose de la criatura.
—Necesita una siesta —dijo Rochi—. Pero le duele demasiado para poder dormir.
—Pobrecita.
Cuando Eugenia trató de calmar al bebé, se produjo un pequeño alboroto al otro lado de la estancia. La aparición de alguien había causado un murmullo de interés. Girando sobre su asiento, Lali divisó el cuerpo alto y magnifico de Peter Lanzani.
Así que él no había vuelto al río. Debió esperar hasta que Lali se alejó lo suficiente, para poder volver a la casa sin tener que acompañarla.
Como su padre, el señor Lanzani encontraba poco en ella que fuera digno de interés. Lali se dijo que le traía sin cuidado, pero descubrirlo le molestó.
Se había puesto un impecable traje gris oscuro con un chaleco dorado, una corbata negra recién planchada lucía en su cuello con un nudo perfecto. Aunque se había puesto de moda en Europa que los hombres llevaran las patillas largas y el cabello peinado en suaves ondas, parecía que el estilo no había alcanzado América todavía. Peter Lanzani estaba recién afeitado, su abundante cabello marrón oscuro, largo hasta el cuello, le daba un atractivo aire juvenil.
Lali le observó encubiertamente cuando las presentaciones fueron hechas. Vio la aprobación en el rostro de los caballeros más mayores cuando le saludaron, y los celos en los caballeros más jóvenes. Y el interés coqueto de las mujeres.
—¡Cielos! —murmuró Rochi—. ¿Quién es ése?
Candela respondió de mal humor.
—Es el señor Lanzani.
Los ojos de Rochi y Euge se abrieron desmesuradamente.
—¿El mismo señor Lanzani que describiste como un saco de hu-huesos? —preguntó Euge.
—¿El mismo al que llamaste plato de espinacas machacadas? —añadió Rochi.
Candela frunció el ceño. Desviando su atención de Lanzani, dejó caer un terrón de azúcar en su té.
—Supongo que no es tan horroroso como lo describí —admitió—. Pero no os dejéis engañar por su apariencia. En cuanto conozcáis al hombre interior, cambiareis de opinión sobre el hombre exterior.
—C-creo que hay algunas damas a quienes les gustaría conocer mas íntimamente cualquiera de esas dos partes —observó Euge, causando que Rochi se riera con disimulo sobre su taza de té.
Lali echó un vistazo a su alrededor y descubrió que era cierto. Varías damas estaban coqueteando con él, riéndose tontamente, ofreciéndole sus manos para que las besara.
—Todo ese escándalo se debe a que es americano y por lo tanto una novedad —dijo Candela entre dientes—. Si alguno de mis hermanos estuviera aquí, estoy segura de que las damas no repararían en el señor Lanzani.
Aunque a Lali le habría gustado estar de acuerdo, estaba bastante segura de que sus hermanos no causarían tanta conmoción como el señor Lanzani. A pesar de ser herederos de una gran fortuna, los hermanos Esposito no poseían el refinado magnetismo de Lanzani.
—Nos está mirando —informó Rochi. La preocupación otorgaba una tensión sutil a su postura—. Frunciendo el ceño como todos los demás. El bebé está haciendo demasiado escándalo. Me la llevaré a otro sitio.
—No irás a ninguna parte —la detuvo Canela—. Ésta es mi casa, y tú eres mi amiga, y si alguien se siente incomodo por el ruido que hace el bebé, tiene mi permiso para marcharse.
—Viene hacia aquí —cuchicheó Euge—. Silencio.
Lali miró fijamente su taza de té, con la tensión enrollándose en su estómago.
Lanzani se acercó a la mesa y les dedicó una reverencia cortés.
—Milady —dijo a Canela—. Es un placer volver a verla. Mis más sinceras felicitaciones por su matrimonio con lord Sierra, y... —Vaciló, porque aunque Candela estaba obviamente embarazada, sería descortés hacer referencia a su condición— …tiene usted muy buen aspecto —concluyó.
—Tengo el tamaño de un establo —dijo Cande con rotundidad, frustrando su intento de diplomacia.
La boca de Lanzani se endureció como si estuviera luchando por sofocar una sonrisa.
—En absoluto —dijo suavemente, y echó un vistazo a Rochi y a Euge que esperaron a que Candela hiciera las presentaciones.
Candela obedeció de mala gana.
—Les presento al señor Lanzani —farfulló, agitando la mano en su dirección—. La señora de Pablo Martinez y lady Riera.
El señor Lanzani hizo una hábil inclinación sobre la mano de Rochi. Habría dedicado la misma cortesía a Eugenia si no fuera porque estaba abrazando al bebé. Los gimoteos de Isabelle iban en aumento y se convertirían en un llanto estridente pronto a menos que se hiciera algo al respecto.
—Ésta es mi hija Isabelle —dijo Rochi en tono apenado—. Tiene problemas de dentición.
Eso hará que se marche inmediatamente, pensó Lali. No había nada más terrorífico para un hombre que el llanto de un bebé.
—Ah —el Señor Lanzani metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y rebuscó entre una colección de artículos que repiqueteaban ¿Qué diablos tenía ahí? Miró cuando sacó su navaja, una bobina de hilo de pescar y un pañuelo blanco limpio.
—Señor Lanzani, ¿qué está haciendo usted? —preguntó Eugenia con una sonrisa curiosa.
—Improvisar algo. —Con una cucharilla puso un poco de hielo en el centro del pañuelo, retorció la tela, y lo ató con el hilo de pescar. Después de guardar la navaja en su bolsillo, extendió los brazos con decisión para coger a la niña.
Con cuidado, Eugen le entregó al bebé. Las cuatro mujeres lo miraron con asombro cuando Lanzani cogió a Isabelle en brazos con facilidad. Le entregó el pañuelo a la niña, que empezó a mordisquearlo con entusiasmo, aunque no dejó de llorar.
Ajeno a las miradas sorprendidas de los demás invitados, Lanzani caminó hasta la ventana y empezó a murmurarle palabras al bebé. Al parecer, le estaba contando una historia de alguna clase. Después de uno o dos minutos la niña se calmó.
Cuando Lanzani regresó a la mesa Isabelle estaba suspirando medio dormida, su boca se cerraba con fuerza sobre la bolsa de hielo improvisada.
—Oh, señor Lanzani —dijo Rocio agradecida, cogiendo a la niña en sus brazos— ¡Que inteligente es usted! Gracias.
—¿Qué le estaba usted diciendo? —preguntó Candela.
El la miró y respondió suavemente.
—Quería distraerla hasta que el hielo le calmara las encías. Así que le di una explicación detallada del acuerdo de Buttonwood de 1792.
Lali se dirigió a él por primera vez.
—¿Qué es eso?
Lanzani la miró entonces, su expresión era amable y educada, y por un segundo Lali creyó que había soñado los sucesos de aquella mañana. Pero su piel y sus sentidos todavía conservaban el tacto de él, la dureza de su cuerpo.
—El acuerdo de Buttonwood dio como resultado la formación de la Bolsa de Valores de Nueva York —dijo Lanzani—. Pensaba que era información importante, pero la señorita Isabelle perdió el interés cuando empecé hablar sobre la estructuración de honorarios.
—Ya veo —dijo Lali—. Usted aburrió a la niña para que se durmiera.
—Debería oír mi descripción del desequilibrio de mercado a raíz de la crisis del 37 —dijo Lanzani—. Me han comentado que es más efectivo que el láudano.
Mirando fijamente sus ojos verdes, Lali se río entre dientes de mala gana, él le dedicó una de sus sonrisas breves y deslumbrantes. Su rostro tenía una expresión afectuosa.
La atención de Lali se centró en ella por un instante, como si estuviera fascinado por algo que había en sus ojos. Repentinamente desvió su mirada fija de la suya y volvió a hacer una reverencia.
—Las dejaré disfrutar de su té. Ha sido un placer, señoras. —Echando un vistazo a Rochi, añadió con gravedad—. Tiene usted una hija encantadora, señora. Pasaré por alto su falta de interés por mi conferencia.
—Es usted muy amable, señor —respondió Rochi, con una mirada risueña.
Lanzani se dirigió al otro lado de la estancia, mientras las cuatro jóvenes se centraban en el desayuno, removiendo el te con la cucharilla, y alisando la servilleta sobre su regazo.
Euge fue la primera en hablar.
—Tenías razón —le dijo a Candela—. Es completamente horroroso.
—Sí —estuvo de acuerdo Rochi—. Cuando una lo mira, las primeras palabras que vienen a su mente son “espinaca machacada”.
—Cerrad la boca las dos —gruñó Cande en respuesta a su sarcasmo, y le dio un mordisco a su tostada.

Candela insistió en arrastrar a Lali a la parte este del jardín esa tarde, donde la mayoría de los jóvenes estaban jugando a los bolos. Normalmente a Lali no le habría importado, pero acababa de llegar a la parte más interesante de la novela que estaba leyendo. Una institutriz llamada Honoria acababa de encontrarse con un fantasma en el ático. “¿Quién es usted?” Honoria había preguntado temblando al fantasma que, sorprendentemente, se parecía mucho a su antiguo amor lord Clayworth. El fantasma estaba a punto de contestar cuándo Candela le había arrancado el libro de las manos y la había empujado fuera de la biblioteca.
—¡Maldita sea! —se quejó Lali— Maldita sea, Cande… ¡estaba en la mejor parte del libro!
—Mientras hablamos hay al menos media docena de caballeros apropiados jugando a los bolos en el césped —dijo resueltamente su hermana—. Y jugar con ellos será más productivo para ti que leer sola.
—No lo creo, no se jugar a los bolos.
—Bueno. Pídeles que te enseñen. Si hay algo que un hombre adora, es enseñarle a una mujer cómo hacer algo.
Se acercaron a la pista de césped donde se jugaba el partido, había sillas y mesas colocadas para los invitados que deseaban observar el juego. Un grupo de jugadores lanzaba grandes pelotas de madera a lo largo del césped, riéndose cuando alguno de ellos las enviaba a la zanja estrecha que había en un lateral de la pista.
—Hmm —dijo Candela, observando la reunión—. Tenemos competencia —Lali conocía a las tres mujeres a las que se refería su hermana: la señorita Giannina Inchausti, lady Paula Recca, y la señorita Belen Chavanne—. Habría preferido no invitar a mujeres solteras a Hampshire —dijo Candela—, pero lord Sierra dijo que eso sería demasiado obvio. Afortunadamente, tú eres más bonita que cualquiera de ellas. Aunque seas más bajita.
—No soy bajita —protestó Lali.
—Menuda, entonces.
—No me gusta esa palabra. Me hace parecer insignificante.
—Es mejor que enana —dijo Cande—. Que es la única otra palabra que se me ocurre para describir tu falta de estatura. —Sonrió con entusiasmo ante el ceño fruncido de Lali—. No hagas muecas, querida. Te he traído a un buffet de solteros para que puedas escoger al que quieras. ¡Oh no!
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Él está jugando.
No había necesidad de preguntar a quien se refería Candela... El fastidio en su voz dejó su identidad perfectamente clara.
Inspeccionando al grupo, Lali vio a Peter Lanzani al final de la pista de césped junto a otros jóvenes, pendiente de como median la distancia entre los bolos. Igual que los demás, estaba vestido con pantalones de color claro, una camisa blanca, y un chaleco. Estaba delgado y en forma, su postura relajada reflejaba su confianza en su condición física.
Su intensa mirada lo examinaba todo. Parecía tomarse el juego en serio. Peter Lanzani era un hombre que siempre hacía las cosas lo mejor posible, incluso un informal partido sobre el césped.
Lali estaba segura de que hacía de su vida una competición. Y eso no concordaba con su idea sobre los jóvenes de clase alta de Boston, o Nueva York. Hijos mimados siempre conscientes de que no les era necesario trabajar para conseguir lo que deseaban. Se preguntaba si el señor Lanzani alguna vez hacía algo sólo por el placer de hacerlo.
—Tratan de averiguar cual es el mejor tiro —dijo Candela—. Es decir, cual de ellos lanzó el bolo más cerca de la pelota blanca del final de la pista.
—¿Cómo sabes tanto sobre el juego? —preguntó Lali.
Candela sonrío irónicamente.
—Sierra me enseñó a jugar. Es tan bueno jugando a los bolos, que generalmente solo se sienta a observar porque nadie más gana cuando él juega.
Se acercaron al grupo de sillas, donde Sierra estaba sentado junto a Euge y lord Riera, los Arrechabaleta, y un comandante en jefe jubilado y su esposa. Lali fue a sentarse, pero Candela la empujó hacia la pista de bolos.
—Ve —le ordenó Candela en el mismo tono que usaría para enviar a un perro a buscar un palo.
Suspirando, Lali le dedicó un pensamiento nostálgico a su novela incompleta y caminó con pesar hacia el césped. Había sido presentada al menos a dos de los caballeros presentes. Las posibilidades no eran tan malas, en realidad. Estaba el señor Vazquez, un hombre agradable de unos treinta años, algo metido en carnes, pero no obstante atractivo. Y el señor D' Alessandro, de constitución atlética, ojos verdes y grueso cabello oscuro.
Había dos hombres a quienes no había visto en Stony Cross antes, el señor Gaston Dalmau, que parecía un erudito con sus lentes y su abrigo ligeramente arrugado... Y lord Amadeo, un caballero rubio y apuesto, de mediana altura.
Amadeo se acercó a Lali inmediatamente, ofreciéndose a explicarle las reglas del partido. Lali trató de no mirar sobre su hombro al señor Lanzani, que estaba rodeado por las otras damas. Reían y coqueteaban abiertamente con él, pidiendo su consejo sobre cómo sujetar la pelota apropiadamente y cuántos pasos debían darse antes de lanzarla sobre el césped.
Lanzani parecía ignorar a Lali. Pero cuando ella se inclinó para recoger una bola de madera de la pila que había en el suelo, sintió un hormigueo en la nunca. Sabía que la estaba mirando.
Lali lamentaba haberle pedido que la ayudara con el ganso. El episodio había puesto de manifiesto algo que escapaba de su control, ahora era consciente de él, de una manera perturbadora, pero no podía evitarlo. “No seas ridícula”, se dijo Lali. “Empieza a jugar”. Y se esforzó por escuchar los consejos sobre la estrategia del juego del señor Amadeo.
Observándoles, Sierra comentó en un susurro:
—Lali está progresando con lord Amadeo. Es uno de los mejores candidatos. Tiene la edad correcta, está bien educado, y es un caballero agradable.
Candela miró al señor Amadeo de forma especulativa. Era incluso de la estatura adecuada, no demasiado alto para Lali, que odiaba que las personas destacaran sobre ella.
—Tiene un nombre raro —reflexionó Candela en voz alta—. ¿De donde es?
—De Thurso —respondió lord Riera, que estaba sentado al lado de Evie.
Existía una tregua incómoda entre Candela y lord Riera después de lo sucedido. Aunque él nunca llegaría a gustarle, Candela había decidido tolerarlo, puesto que había sido amigo íntimo de lord Sierra durante años.
Candela sabía que podría pedirle a su marido que terminara con esa amistad y el lo haría, pero lo quería demasiado como para pedirle eso. Lord Riera era bueno para Agustin. Con su ingenio y perspicacia, ayudaba a equilibrar la sobrecargada vida de su marido. Agustin, uno de los hombres más poderosos de Inglaterra, corría el riesgo de que todo el mundo lo tratara con excesiva seriedad.
Otro punto a favor de lord Riera era que parecía ser un buen marido para Eugenia. La adoraba, en realidad. Uno nunca hubiera imaginado que Eugenia, una florero tímida, y lord Riera, un golfo sin corazón, formaran tan buena pareja.
Riera era un hombre seguro de sí mismo y sofisticado, poseía una belleza masculina tan deslumbrante, que las mujeres retenían el aliento al mirarlo. Pero bastaba una sola palabra de Eugenia, para hacerlo venir corriendo. Aunque su relación era más sosegada, al menos en apariencia, que la de Rochi con Martinez o la suya con Sierra, algo intenso, misterioso y apasionado fluía entre ellos dos.
Y mientras Eugenia fuera feliz, Candela sería cordial con lord Riera.
—Thurso —repitió Candela con desconfianza, mirando alternativamente a lord Riera y a su marido—. Eso no está en Inglaterra.
Los dos hombres intercambiaron una mirada, y Agustin respondió con calma.
—Esta en Escocia, en realidad.
Los ojos de Candela se abrieron
—¿El señor Amadeo es escocés? Pero si no tiene acento.
—Pasó la mayoría de sus años de formación en internados ingleses y luego en Oxford —dijo lord Riera.
—Hmm. —Los conocimientos de Candela sobre geografía escocesa eran más bien limitados, nunca había oído hablar de Thurso—. ¿Y dónde está Thurso exactamente? ¿Justo en la frontera?
Lord Sierra le sostuvo la mirada.
—Un poco más al norte. Cerca de las islas Orkney.
—¿Al norte del continente? —exclamó Candela. Le costó mucho esfuerzo reducir su tono de voz a un susurro furioso—. ¿Por qué no nos ahorramos todos el esfuerzo de buscarle esposo y desterramos a Lali a Siberia? ¡Probablemente el tiempo sería más apacible allí! ¡Cielos!, ¿cómo puede haberos parecido el señor Amadeo un buen candidato?
—Tuve que escogerlo —protestó Riera—. Posee tres propiedades y todo un linaje de sangre noble. Y cada vez que viene al club mis ganancias nocturnas se elevan al menos cinco mil libras.
—Entonces es que es un derrochador —dijo Candela.
—Eso lo hace todavía más apropiado para Lali —dijo Lord Riera—. Algún día necesitará el dinero de su familia.
—No me importa lo apropiado que sea, mi objetivo es que mi hermana se quede en este país. ¿Cuándo podré ver a Lali si ella está en la maldita Escocia?
—Esta más cerca que Norte América —apuntó Lord Sierra en un tono práctico.
Candela recurrió a Eugenia con la esperanza de conseguir un aliado.
—Euge, ¡di algo!
—No importa de donde sea lord Amadeo —dijo ella. Inclinándose hacia Candela, alcanzó una hebra de cabello que se había enredado en el cuello de su vestido—. Lali no se va a casar con el.
—¿Por qué estas tan segura? —preguntó Candela cautelosamente.
Eugenia le sonrío.
—¡Oh!... Sólo es un presentimiento.

Con el fin de terminar cuanto antes y regresar con la novela, Lali puso toda su destreza en el juego para terminar lo antes posible. El primer jugador hizo rodar la pelota blanca, que llamaban Jack, hasta el final de la pista de hierba sin rozar el borde. El objetivo era hacer rodar las tres pelotas de madera, llamadas bolos, lo más cerca posible de la pelota Jack.
La única parte difícil era que las bolas de madera, de manera deliberada, eran menos redondas en un lado, por lo que nunca rodaban totalmente en línea recta. Lali aprendió a compensar esa asimetría lanzando hacia la derecha o la izquierda según se necesitara. Era una gran extensión de césped bien cortado, de tierra dura, lo que era sumamente apropiado para el juego y para que Lali acabara antes ya que tenía prisa por regresar con Honoria y su fantasma.
Debido a que eran el mismo número de mujeres que de hombres, los jugadores fueron divididos en equipos de dos. Lali fue emparejada con Amadeo, que era un jugador muy competente.
—Es usted muy buena, señorita Esposito —exclamó Lord Amadeo—. ¿Esta segura de que no había jugado nunca antes?
—Nunca —respondió Lali alegremente. Cogiendo una esfera de madera, la tiró por el lado de la derecha—. Deben ser sus adecuadas instrucciones, milord. —Dio dos pasos adelante para posicionarse en el borde de la línea de salida, retrocedió un poco y lanzó la bola. Golpeó otro bolo de un adversario eliminándolo del camino y se quedó exactamente a dos pulgadas del Jack. Habían ganado la partida.
—Bien hecho —dijo el señor Dalmau, parando para sacar lustre a sus lentes, sonrío a Lali y añadió—: Usted se mueve con tal gracia, señorita Esposito, que es encantador presenciar su destreza.
—No tiene nada que ver con la destreza —dijo Lali recatadamente—. Es la suerte de los principiantes, me temo.
Lady Miranda, una joven rubia esbelta con una tez de porcelana, estaba revisando sus delicadas manos ansiosa.
—Creo que me he estropeado una uña —anunció.
—Vayamos a buscar donde sentarnos —dijo el señor Dalmau inmediatamente, como si se hubiera hecho daño en un brazo, y los dos salieron de la pista dejando el juego.
Lali pensó que hubiera sido mejor haber perdido el partido de manera deliberada, porque ahora tendría que jugar otra partida obligatoriamente. Pero era injusto para su compañero de equipo perderlo a propósito. Y lord Amadeo parecía absolutamente encantado con su éxito.
—Ahora —dijo Amadeo—, veamos con quien vamos a vernos las caras en la fase final.
Miraron a los dos equipos que competían. El señor Lanzani y la señorita Inchausti contra el señor D' Alessandro y la señorita Chavanne. El señor D' Alessandro era un jugador irregular, combinando tiros brillantes con otros inoportunos, mientras que la señorita Chavanne era bastante más constante. Giannina Inchausti era mala hasta la desesperación y reía de manera incontrolable intentando simular que jugaba. Esa risa sin descanso, era extremadamente irritante, pero no parecía molestar a Peter Lanzani.
Lanzani era un jugador táctico y agresivo, consideraba cada tiro cuidadosamente, exhibiendo destreza y libertad de movimientos. Lali notaba que no mostraba ningún remordimiento cuando enviaba las bolas de los adversarios fuera de la pista, o cambiaba de lugar la bola Jack para su ventaja.
—Un jugador temible —comentó lord Amadeo en un susurro a Lali, con los ojos brillantes—. ¿Cree usted que podremos vencerle?
Repentinamente Lali se olvidó de la novela que la aguardaba dentro de la casa. La posibilidad de jugar contra Peter Lanzani la llenó de expectación.
—Sería difícil, pero podríamos intentarlo ¿no le parece?
Lord Amadeo rió en señal de apreciación.
—Podemos, indudablemente.
Lanzani y la señorita Inchausti ganaron esa partida, y los otros dejaron el césped con exclamaciones de admiración.
Los cuatro jugadores dejaron los bolos y el Jack en una esquina, y regresaron a la línea de salida. Cada equipo disponía de cuatro bolas en total, dos tiros para cada jugador.
Lali giró la cara y se encontró con Peter Lanzani, que la miró por primera vez desde que había llegado. Su mirada, directa y estimulante, hizo que su corazón latiera mas deprisa, sintiendo la sangre correr por sus venas. Tenía el pelo despeinado y le caía sobre la frente, el sol calentaba su cuerpo dándole un brillo sutil de transpiración a su piel.
—Lancemos una moneda para saber quien comienza —sugirió lord Amadeo.
Lanzani asintió con la cabeza, recorriendo a Lali con la mirada.
Giannina Inchausti gritó con deleite cuando ella y Lanzani ganaron el derecho de lanzar primero. Hábilmente Lanzani lanzó primero el Jack, enviándolo muy lejos, al límite de la pista.
La señorita Inchausti cogió uno de los bolos, sujetándolo cerca de su seno, eso hizo sospechar a Lali, que creyó que era un truco deliberado para llamar la atención sobre sus pechos generosos.
—Usted debe aconsejarme, señor Lanzani —dijo, con una mirada desvalida y moviendo las pestañas—. ¿Debo lanzarlo hacia la derecha o hacia la izquierda?
Lanzani se acercó a ella, volviendo a colocar la pelota en sus manos. La señorita Inchausti irradiaba placer por ser el centro de su atención. Le murmuró al oído unos consejos, señalando el mejor sendero para la pelota mientras la señorita Inchausti se inclinaba más hacia él, hasta que sus cabezas casi se rozaron. Lali sintió crecer en el pecho una espiral de fastidio, los músculos de su garganta se tensaron como si los apretaran con un sacacorchos.
Por fin Lanzani retrocedió un poco. La señorita Inchausti caminó hacia adelante con algunos pasos garbosos, lanzando la pelota. Pero la dirección era incorrecta y la pelota se tambaleó y cayó justo en el centro de la pista de césped. El resto del partido sería mucho más difícil con una bola en ese lugar a menos que alguien sacrificara uno de sus tiros para desplazarla a un lado.
—¡Caramba! —murmuró Lali para sí misma.
La señorita Inchausti se deshacía en risitas tontas.
—Pobre de mi, creo que he enredado terriblemente las cosas ¿no es cierto?
—En absoluto —contestó el señor Lanzani rápidamente—. No hay diversión si no hay desafío.
Con irritación Lali se preguntaba por qué estaba siendo tan simpático con la señorita Inchausti. Se preguntó si era la clase de hombre al que le atraían las mujeres ridículas.
—Su turno —la instó lord Amadeo, pasándole uno de los bolos a Lali.
Curvó los dedos alrededor de la superficie hasta encontrar las pequeñas marcas de la esfera, dándole la vuelta, colocó las marcas sobre las palmas de sus manos. Mirando fijamente la lejana pelota blanca, buscó la dirección que quería que su bolo siguiera. Dio tres pasos, balanceó un poco el brazo y la lanzó con un movimiento rápido. El bolo cruzó el césped, evitando la pelota de la señorita Inchausti con facilidad, y girando en el último segundo para aterrizar con precisión delante del Jack.
—¡Brillante! —exclamó lord Amadeo, mientras que los espectadores aclamaban y aplaudían.
Daisy miró furtivamente a Matthew Swift. La estaba mirando con una leve sonrisa, su intenso escrutinio parecía traspasar su piel y llegarle hasta los huesos. El tiempo se detuvo para Lali. No recordaba, si es que alguna vez había sucedido, que ningún hombre la hubiera mirado de esa manera.
—¿Usted ha hecho eso a propósito? —le preguntó el señor Lanzani—. ¿O ha sido un golpe de suerte?
—Ha sido a propósito —respondió Lali.
—Déjeme que lo dude.
Lali se encolerizó.
—¿Por qué?
—Porque ningún jugador inexperto podría planear un lanzamiento así y mucho menos realizarlo.
—¿Esta usted dudando de mi honestidad, señor Lanzani? —Sin esperar su respuesta, Lali hizo señas a su hermana, que los estaba mirando—. Candela, ¿alguna vez he jugado a los bolos antes?
—Ciertamente no —fue la enfática respuesta de Cande.
Girando el rostro hacia Lanzani, Lali le dirigió una mirada desafiante.
—Para hacer algo así —le explicó Lanzani—, usted tendría que haber calculado la velocidad, el ángulo necesario para compensar la tendencia de la pelota, y el punto exacto donde perdería fuerza y giraría. También habría tenido en cuenta la posibilidad de que soplara viento. Además de necesitar experiencia para llevarlo a cabo.
—¿Así es cómo usted juega? —preguntó Lanzani alegremente—. Yo sólo preveo por dónde quiero que vaya la pelota, y luego la hago rodar.
—¿Suerte e intuición? —Le dirigió una mirada de superioridad—. No se puede ganar un partido solo con eso.
Por toda respuesta Lali se alejó de él y cruzó los brazos.
—Su turno —le dijo.
Lanzani se agachó y recogió un bolo con una mano. Cuando ajustó sus dedos alrededor del objeto, caminó hasta la línea de salida y examinó el césped. Incluso irritada como estaba, Lali sintió una punzada de placer en el estómago cuando lo miró. Reflexionando sobre la sensación, se preguntó cómo era posible que el provocara tal respuesta en ella. Mirar su cuerpo, el modo en que él se movía, la llenaba de una embarazosa emoción.
Lanzani liberó la pelota con un firme movimiento. Esta se deslizó obediente por el césped, reproduciendo a la perfección el lanzamiento de Lali, aunque con más ímpetu, golpeando la pelota de Lali limpiamente, ocupó su lugar justo en frente del Jack.
—Ha enviado mi pelota a la zanja —protestó Daisy—. ¿Eso es legal?
—¡Oh, sí! —dijo lord Amadeo—. Un poco despiadado, pero perfectamente legal. En la mecánica del juego recibe el nombre de bolo muerto.
—¿Mi bolo está muerto? —preguntó Lali con indignación.
Miró al señor Lazani con el ceño fruncido y el le devolvió una mirada implacable.
—Cuando hieras a un enemigo, hazlo de tal manera que le sea imposible vengarse.
—Solo usted citaría a Maquiavelo durante un partido de bolos —dijo Lali apretando los dientes.
—Perdón —señaló cortésmente lord Amadeo—, pero creo que es mi turno. Como ninguno de ellos le prestaba atención, se encogió de hombros y camino hacia la línea de salida. Su pelota se precipitó por el césped y frenó un poco más allá del Jack.
—Juego siempre para ganar —le dijo Lanzani a Lali.
—¡Oh, caray! —dijo Lali con exasperación—, habla usted exactamente igual que mi padre. ¿Alguna vez ha considerado la posibilidad de que algunas personas juegan por pura diversión? ¿Como una actividad agradable para pasar el rato? ¿O todo tiene que derivar en un conflicto a vida o muerte?
—Si no se juega para ganar, el juego no tiene sentido.
En vista de que había perdido totalmente la atención de Lanzani, Giannina Inchausti decidió intervenir.
—Imagino que ahora es mi turno, señor Lanzani ¿Sería usted tan amable de alcanzarme uno de los bolos por favor?
Lanzani obedeció sin dirigirle ni siquiera una mirada, su atención estaba centrada en el delicado y tenso rostro de Lali.
—Tome —dijo bruscamente, depositando la pelota en las manos de la señorita Inchausti.
—Quizás usted podría ayudarme... —comenzó a decir la señorita Inchausti, pero su voz se perdió cuando Lanzani y Lali continuaron peleando.
—Bien señor Lanzani —dijo Lali imperturbable—. Si usted no puede disfrutar de un simple partido de bolos sin convertirlo en una guerra, usted tendrá una guerra. Jugaremos por puntos.
Lali no estaba segura de quien se había aproximado primero, pero de pronto estaban allí de pie, muy cerca el uno del otro, él inclinó la cabeza hacia ella.
—Usted nunca podría vencerme —dijo el señor Lanznai con un susurro—. Usted no tiene experiencia, y además es una mujer. No sería un juego justo a menos que yo estuviera en desventaja.
—Su compañera es la señorita Inchausti —replicó Lali—. En mi opinión, esa es una gran desventaja. ¿Y está usted insinuando que las mujeres no son capaces de jugar a los bolos tan bien como los hombres?
—No. Se lo estoy diciendo sin rodeos.
Lali sintió crecer en su interior una ola de indignación, unida a un ardiente deseo de aporrearlo en la cabeza.
—Es la guerra —exclamó, andando con paso majestuoso hacia la pista de césped.
Años mas tarde, todavía lo llamarían el partido de bolos más sanguinario que se presenció en Stony Cross Park. El juego fue ampliado a treinta puntos, y luego a cincuenta, y luego Lali perdió la cuenta. Discutieron por cada pulgada de terreno y cada regla del juego. Estudiaban cada lanzamiento como si el destino de las naciones dependiera de ello. Y sobre todo, se esmeraban por enviar sus respectivos bolos a la zanja.
—¡Bolo muerto! —cacareó Lali después de ejecutar un tiro perfecto que envió la pelota de Lanzani fuera del césped.
—Quizás deban recordarle, señorita Esposito —dijo el señor Lanzani—, que el objetivo del juego no es mantenerme a mi fuera de la pista, se supone que usted debe intentar acercar su bolo lo máximo posible al Jack.
—¡Eso no será muy probable mientras usted siga golpeándolos para enviarlos fuera de la maldita pista! —Lali escuchó el jadeo de la señorita Inchausti. Lali no se reconocía a si misma, ella nunca juraba, pero en esas circunstancias era imposible mantener la serenidad.
—Dejaré de golpear sus bolos —anunció Lanzani—, si usted deja de golpear los míos.
Lali consideró la proposición durante medio segundo. Pero realmente era muy placentero enviar sus bolos a la zanja.
—Ni hablar, ni por todo el cáñamo de China, señor Lanzani.
—Muy bien. —Recogiendo su castigado bolo, el señor Lanzani lo lanzó con un movimiento poderoso, golpeó el bolo de Lali con tanta violencia que un chasquido ensordecedor llenó el aire.
Lali observó con la boca abierta como las dos mitades de su bolo caían en la zanja.
—¡Lo ha roto! —exclamó, volviéndose hacia él con los puños cerrados—. ¡Y no le tocaba a usted lanzar! Se suponía que era el turno de la señorita Inchausti, ¡es usted un sinvergüenza despiadado!
—¡Oh no! —dijo la señorita Inchausti con inquietud—. Me siento absolutamente feliz de haberle cedido mi turno al señor Lanzani para que lanzara en mi lugar... Su destreza es mucho mayor que... —su voz perdió intensidad cuando se dio cuenta de que nadie la estaba escuchando.
—Su turno —le dijo Lanzani a lord Amadeo, que parecía muy sorprendido por el nivel de agresividad que había alcanzado el partido.
—¡Oh, no, no lo es! —Lali arrancó la pelota de las manos de Amadeo—. El es demasiado caballero para golpear su bolo. Pero yo no.
—No —estuvo de acuerdo Lanzani—. Usted, definitivamente no es un caballero.
Lali anduvo a zancadas hacia la línea de salida, se colocó y lanzó el bolo con todas sus fuerzas. Este se precipitó por el césped enviando el bolo de Lanzani al borde de la pista, donde se tambaleó vacilante antes de caer en la zanja. Envió a Lanzani una mirada vengativa, y él le respondió inclinando la cabeza con una felicitación burlona.
—Sin duda —comentó Amadeo—, juega usted de manera excepcional, señorita Esposito, nunca he visto a alguien sin experiencia hacerlo tan bien. ¿Cómo se las arregla usted para lanzarlo siempre con tanta perfección?
—No puede haber grandes dificultades donde abunda la buena voluntad —respondió ella, y vio transformarse el gesto de Lanzani con una amplia sonrisa cuando reconoció la cita de Maquiavelo.
El partido siguió. Y siguió. La tarde dio paso a la noche. Lali se percató de que lord Amadeo, la señorita Inchausti y la mayoría de los espectadores se habían marchado. Estaba claro que a lord Sierra le habría gustado irse también, pero Lali y el señor Lanzani lo llamaban para arbitrar o medir la distancia entre los bolos, su criterio era el único en el que ambos confiaban.
Pasó una hora, y después otra, el juego los absorbía demasiado como para pensar en el hambre, la sed, o el cansancio. En algún momento, Lali no estaba segura de cuando exactamente, la competitividad dio paso al reconocimiento a regañadientes de la destreza del otro. Cuando el señor Lanzani la elogió por un lanzamiento magistral o cuando se encontró a si misma disfrutando de verlo hacer cálculos silenciosos, de la manera en que sus ojos se entrecerraban e inclinaba un poco la cabeza... Estaba cautivada. Existían pocas ocasiones en la vida de Lali en las que la realidad fuera más entretenida que su mundo de fantasía. Pero ésta era una de ellas.
—Muchachos —el tono sardónico de lord Sierra provocó que lo miraran sin comprender. Se había levantado de la silla y estiraba los músculos adormecidos—. Me temo que esto ha durado ya bastante tiempo. Estáis invitados a continuar jugando, pero os pido permiso para marcharme.
—¿Pero quién arbitrará? —protestó Lali.
—Ya que nadie ha llevado la cuenta del tanteo durante la última media hora —dijo secamente el conde—, creo que no hay necesidad de mi criterio.
—Si que la hay —discutió Lali, y se dirigió al señor Lanzani—. ¿Cuántos puntos llevamos?
—No lo sé.
Mientras se miraban fijamente, Lali, avergonzada, apenas pudo contener una risita.
Los ojos de Lali brillaron de diversión
—Creo que ha ganado usted —dijo.
—¡Oh!, no sea condescendiente conmigo —dijo Lali—. Ha ganado usted. Puedo aceptar una derrota. Forma parte del juego.
—No estoy siendo condescendiente. Hemos estado empatados durante... —Lanzani buscó en el bolsillo de su chaleco y sacó un reloj—… dos horas.
—Lo que quiere decir que con toda probabilidad usted mantuvo su anterior ventaja.
—Pero usted la hizo añicos después de la tercera ronda.
—¡Oh, caramba! —Se oyó a lo lejos la voz de Candela. Parecía totalmente molesta, se había retirado a su habitación para una siesta y al salir de la casa los había encontrado todavía en la pista de césped—. Lleváis peleando toda la tarde como un par de hurones, y ahora seguís discutiendo por quién ganó. Si alguien no le pone fin a esto, seguiréis peleando aquí hasta la medianoche. Daisy, estás cubierta de polvo y tu pelo es un nido de pájaros. Entra en la casa y arréglate. Ahora.
—No tienes por que gritar —le respondió Lali con tranquilidad, siguiendo a su hermana. Miró por encima del hombro a Peter Lanzani... y le dedicó una mirada cálida, por primera vez, luego se volvió y aceleró el paso.
Lanzani empezó a recoger los bolos de madera.
—Déjelos —dijo Sierra—. Los criados pondrán las cosas en orden. Mejor vaya a prepararse para la cena que comenzará en, aproximadamente, una hora.
Obedientemente Peter dejó caer los bolos y se dirigió hacia la casa con Sierra. Observó, la menuda figura de Lali hasta que desapareció de la vista.
A Sierra no le pasó desapercibida la mirada fascinada de Peter.
—Tiene una manera única de cortejar a una mujer —comentó el conde—. Nunca habría pensado que vencer a Lali en un partido de bolos pudiera captar su interés, pero al parecer, ha funcionado.
Peter se concentró en el camino, adiestrando su tono para parecer indiferente.
—No estoy cortejando a la señorita Esposito.
—Entonces interpreté mal su evidente pasión por los bolos.
Peter le lanzó una mirada defensiva.
—Admito que la encuentro muy divertida. Pero eso no quiere decir que quiera casarme con ella.
—Las hermanas Esposito son algo peligrosas. Cuando una de ellas atrae tu interés, todo lo que sabes es que es la criatura más provocadora con la que has tropezado en tu vida. A pesar de encontrarla exasperante, uno apenas puede esperar a volver a verla. Es como una enfermedad incurable que se extiende por todas las células de tu organismo sin remedio. Sólo existe ella. Todas las demás mujeres empiezan a parecerte aburridas e insulsas en comparación. La deseas hasta que piensas que te volverás loco y no puedes dejar de pensar en ella.
—No tengo ni idea de lo que está usted hablando —le interrumpió Peter, palideciendo. El no iba a sucumbir a esa enfermedad incurable. Un hombre tenía opciones en la vida. Y no importaba lo que creyera lord Sierra, no era más que deseo físico. Un impuro, poderoso e intenso deseo que podría llevarte a la locura... Pero podía ser vencido con fuerza de voluntad.
—Si usted lo dice —dijo lord Sierra, pareciendo poco convencido.

Perdon!!!!
Siento no haber posteado antes
pero he tenido una semana un poco ocupada...
Capitulo y medio para compensar jaja
Espero que os guste.
Un beso.
Ione.
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Vero_me
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Dom Oct 23, 2011 4:35 pm

me encanta me encantaaaa!!! espero mas!!!!
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Ione_nav
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Lun Oct 24, 2011 5:59 pm

Capítulo 6


Delante del espejo, colocado sobre un tocador de madera de cerezo, Peter anudaba su corbata blanca y almidonada con hábiles movimientos.
Estaba hambriento, pero pensar en bajar a la cena formal en el comedor lo colmaba de inquietud. Se sentía como si estuviera caminando sobre un tablón estrecho a gran altura y cualquier paso en falso pudiera hacerlo caer.
Nunca debería haberse permitido aceptar el desafío de Lali, nunca debería haber jugado con ella ese maldito partido de bolos.
Pero Lali estaba tan adorable mientras jugaban, ella centraba toda su atención en él, y esa había sido una tentación imposible de resistir.
Estaba provocadora, la mujer seductora que siempre había deseado encontrar. Lali era la combinación de la furia de una tormenta y el suave arco iris unidos en un mismo paquete.
¡Cielos! como quería llevársela a la cama. Peter se sorprendió de que lord Amadeo o cualquier otro hombre, pudiera razonar adecuadamente en su presencia.
Era hora de tomar el control de la situación.
Haría todo lo que fuese necesario para desviar su interés hacia lord Amadeo.
Comparado con los demás solteros presentes, el lord escocés era el mejor partido.
Amadeo y Lali tendrían una vida tranquila, bien ordenada, y aunque Amadeo pudiera buscar compañía femenina de vez en cuando, como hacían la mayor parte de los hombres de la nobleza, Lali estaría demasiado ocupada con su familia y sus libros para notarlo. Y en el caso de que no fuera así, siempre podría aprender a hacer la vista gorda a sus indiscreciones y refugiarse en sus fantasías.
Y Amadeo nunca apreciaría el regalo inimaginable de tener a Lali en su vida.
Peter bajó las escaleras que conducían al vestíbulo de mal humor y se unió a la elegante multitud que aguardaba para ir al comedor. Las mujeres lucían vestidos de colores vistosos bordados con pedrería y ajustados corpiños. Los hombres vestían de blanco y negro, la sencillez de su atavío servía como telón de fondo para realzar la ostentación de las mujeres.
—El señor Lanzani por fin —Juan Esposito le ofreció una calurosa bienvenida—. Venga aquí quiero que recite las últimas estimaciones de producción para estos muchachos. —En opinión del Señor Esposito, ningún momento era inadecuado para hablar de negocios.
Obedientemente Peter se unió al grupo de media docena de hombres que se hallaban de pie en una esquina, y recitó los números que su patrón le pedía.
Una de las mejores habilidades de Peter era su capacidad para almacenar durante mucho tiempo información en su memoria. Le gustaban los números, sus reglas y secretos, la forma en que algo complejo podía reducirse a algo simple. En las matemáticas, a diferencia de la vida, había siempre una solución, una respuesta definida.
Pero mientras Peter estaba hablando, captó con la mirada a Lali y a sus amigas, de pie junto a Candela, y la mitad de su cerebro quedó puntualmente bloqueada.
Lali llevaba un vestido de noche de satén color crema que se ceñía como un guante a su estrecha cintura, con un corpiño que empujaba sus pequeños y muy bien formados pechos hacia arriba sobresaliendo sobre el escote. Cintas de raso amarillas se trenzaban ingeniosamente para sostener el corpiño en su lugar. Llevaba el pelo en un recogido alto del que caían algunos rizos sueltos sobre el cuello y los hombros. Lucía delicada y perfecta, como una de esas delicias de la bandeja de los postres que uno nunca se atrevía a comer.
Peter quiso tirar de su corpiño hacia abajo, hasta que sus brazos quedaran apresados por aquellas cuerdas de satén. Quería arrastrar la boca por su piel blanca y suave, hasta encontrar las puntas de sus pechos, y hacerla retorcerse de placer.
—¿Pero realmente piensa usted... —le llegó la voz del señor Dalmau— que hay alguna posibilidad de ampliar el mercado? Después de todo, hablamos de las clases inferiores. Sea cual sea su nacionalidad, es un hecho conocido que a ellos no les gusta bañarse a menudo.
Peter centró su atención en el caballero, alto y bien vestido, su pelo rubio brillaba intensamente bajo la luz de las lámparas de araña. Antes de que él contestara, recordó que no había probablemente ninguna malicia en la pregunta. Aquellos de las clases privilegiadas a menudo tenían ideas erróneas en cuanto a los pobres, si se molestaban en considerarlos alguna vez.
—En realidad —dijo Peter suavemente— los índices disponibles indican que en cuanto el jabón sea fabricado en serie a un precio económico, el mercado aumentará aproximadamente el diez por ciento por año. La gente de todas las clases sociales quiere estar limpia, señor Dalmau. El problema es que el jabón de buena calidad siempre fue un artículo de lujo y por lo tanto difícil de obtener.
—Fabricación en serie —reflexionaba Dalmau en voz alta, su cara enjuta reflejaba sus pensamientos—. Hay algo desagradable en esa frase… parece un modo de permitir a las clases inferiores imitar a la nobleza.
Peter echó un vistazo al círculo de hombres, notando que la calva del señor Esposito enrojecía, lo que nunca era una buena señal, y que lord Sierra se mantenía en silencio, sin expresión en sus ojos negros.
—Eso es exactamente, señor Dalmau —dijo Peter en tono grave—. La fabricación en serie de artículos como la ropa y el jabón dará a los pobres la posibilidad de vivir con las mismas normas de salud y dignidad que el resto de nosotros.
—¿Pero cómo va uno a saber quien es quien? —protestó Dalmau.
Peter le espetó.
—Creo que no le entiendo.
Lord Amadeo participó en la discusión.
—Creo que lo que el señor Dalmau pregunta... —dijo él— es como será uno capaz de discernir la diferencia entre una dependienta y una dama si ambas están limpias y vestidas de modo similar. Y si un caballero no es capaz de diferenciarlas por su aspecto, ¿cómo sabrá como tratarlas?
Atontado por el esnobismo de la pregunta, Peter consideró su respuesta con cuidado.
—Yo siempre pensé que todas las mujeres deberían ser tratadas con el debido respeto fuera cual fuera su origen.
—Bien dicho —dijo Sierra bruscamente, cuando Amadeo abrió la boca para discutir.
Nadie deseó contradecir al conde, pero el señor Dalmau presionó:
—Sierra, ¿no ve usted nada malo en alentar a los pobres a vivir por encima de su condición? ¿Esa concesión no es pretender que no hay ninguna diferencia entre ellos y nosotros?
—Lo único malo que yo veo —dijo lord Sierra tranquilamente— está en la gente que desalienta a quienes quieren superarse a si mismos, por miedo a que perdamos nuestra superioridad.
La declaración mejoró la opinión que Peter tenía del conde.
Preocupado por la cuestión de la hipotética dependienta, lord Amadeo habló al señor Dalmau.
—No tema, Dalmau no importa si una mujer está bien vestida o no, un caballero siempre puede descubrir las pistas que traicionan su verdadera identidad. Una dama siempre tiene una voz suave, bien modulada, mientras que una dependienta habla con un tono estridente y un acento vulgar.
—Desde luego —dijo Dalmau con alivio. Sufrió un temblor leve mientras añadía— Una dependienta vestida de galas, que habla en cockney… es como pasar las uñas sobre una pizarra.
—Sí —dijo lord Amadeo con una risita—. O como ver una común margarita en un ramo de rosas.
El comentario fue irreflexivo, desde luego, pero se hizo un silencio repentino cuando Amadeo comprendió que sin querer acababa de insultar a la hija del señor Esposito, o más bien el nombre de su hija.
—Una flor versátil, la margarita —comentó Peter, rompiendo el silencio—. Encantadora en su frescura y simplicidad. Yo siempre pensé que van bien en cualquier clase de arreglo floral.
El grupo entero retumbó en un acuerdo inmediato: “Ciertamente” y “Sin duda”.
Sierra dirigió una mirada de aprobación a Peter.
Un rato más tarde, sin saber si por una planificación anterior o por un cambio de sitios de última hora, Peter descubrió que había sido colocado a la izquierda de Sierra en la mesa principal. La sorpresa fue evidente en las caras de muchos invitados, no en vano, se había dado un lugar de honor a un joven de posición insignificante.
Escondiendo su propia sorpresa, Peter observó a Juan Esposito que estaba radiante sonriendo a Candela de oreja a oreja con orgullo paternal,… y Candela le dirigía a su marido una mirada enfurecida que habría llenado de terror el corazón de un hombre más débil.
Después de una cena tranquila los invitados se dispersaron en varios grupos. Algunos caballeros tomaron oporto y cigarros en la terraza trasera, algunas damas tomaron té, mientras que otros invitados se dirigieron a la sala preparada para los juegos.
Cuando Peter se dirigía hacia la terraza, sintió un golpecito sobre su hombro. Al darse la vuelta se encontró con los ojos traviesos de Giannina Inchausti. Ella era una criatura alegre cuya habilidad primaria parecía ser la capacidad de llamar la atención.
—Señor Lanzani —dijo—, insisto en que usted se nos una en la sala. No le permitiré rechazarme. Lady Miranda y yo hemos planificado algunos juegos que pienso que usted encontrará bastante entretenidos. —Ella bajó un párpado en un astuto guiño—. Está todo preparado, ya verá.
—Preparado… —repitió Peter con recelo.
—Por supuesto —ella se rió tontamente—. Hemos decidido ser un poco malvados esta tarde.
A Peter nunca le habían gustado los juegos de salón, requerían una frivolidad que él nunca había sido capaz de tener. Además era por todos sabido, que en la atmósfera permisiva de la sociedad británica, las prendas de estos juegos a menudo consistían en trucos y en comportamientos potencialmente escandalosos. Peter tenía una aversión innata y muy sensible al escándalo. Y si él alguna vez se viera enredado en uno, tendría que ser por una muy buena razón. No como el resultado de algún tonto juego de salón.
Antes de contestar, sin embargo, Peter notó algo en la periferia de su visión… un destello amarillo. Era Lali, su mano descansaba ligeramente sobre el brazo de lord Amadeo mientras se dirigían al vestíbulo que conducía al salón.
La parte lógica del cerebro de Peter advirtió que si Lali iba a ser indulgente con el comportamiento escandaloso de Amadeo, era asunto suyo. Pero una parte más profunda, más primitiva de él reaccionó con una posesividad que hizo que sus pies tuvieran vida propia.
Dio media vuelta.
—¡Oh!, encantador —exclamó Giannina Inchausti, apoyando su mano sobre su brazo—. Tendremos mucha diversión.
Fue un descubrimiento nuevo e inoportuno, saber que un fuerte impulso podía tomar el control del resto de su cuerpo. Frunciendo el ceño, acompañó a la señorita Inchausti, mientras ella soltaba una diatriba de tonterías.
Un grupo de caballeros y damas se habían reunido en la sala, riendo y charlando. La anticipación se percibía en el aire. Y se respiraba picardía, como si algunos de los participantes hubieran sido advertidos de que estaban a punto de participar en algo atrevido.
Peter se quedó de pie cerca de la puerta, su mirada instantáneamente encontró a Lali. Ella estaba sentada cerca del hogar con Amadeo quien se apoyaba en el brazo de su silla.
—El primer juego —dijo lady Miranda con una sonrisa— será una ronda de Animales —Ella esperó que una ola de sonrisitas se extinguiese antes de continuar—. Para aquellos de ustedes que desconocen las reglas, son bastante simples. Cada señora seleccionará a un compañero masculino para ella, y a cada caballero le será asignado un animal en particular para imitar: el perro, el cerdo, el asno, y así sucesivamente. Las damas serán conducidas a otra estancia con los ojos vendados, y cuando vuelvan, intentarán localizar a sus compañeros. Los caballeros ayudarán a las damas haciendo el sonido correcto del animal. La última señora en encontrar a su compañero tendrá que pagar una prenda.
Peter gimió por dentro. Él odiaba los juegos que no tenían ningún otro objetivo que hacer pasar por tontos a los participantes. Como un hombre que no disfrutaba estando en un aprieto, ya sea voluntariamente o de alguna otra manera, esta era la clase de situación que el intentaba evitar.
Echando un vistazo a Lali, vio que ella no se reía tontamente como otras damas. Tenía una mirada serena. Era su manera de ser distinta de la muchedumbre, de no comportarse como las mujeres cabeza de chorlito que tenía alrededor. ¡Cielos! No era asombroso que ella fuera una de las florero, si esto era todo lo que esperaban los jóvenes de una posible esposa.
—Usted será mi compañero, señor Lanzani —le gritó la señorita Inchausti.
—Será un honor —Peter se inclinó con cortesía, y ella se deshizo en risitas como si él hubiera dicho algo infinitamente divertido. Peter nunca había conocido a una mujer que se riera tan tontamente sin cesar. Temía que ella pudiera tener un ataque si no paraba.
Se pusieron trozos de papel dentro de un sombrero, y Peter cogió uno cuando llegó su turno.
—La vaca —informó con frialdad a la señorita Inchausti, y ella volvió a reír.
Sintiéndose un idiota, Peter se mantuvo apartado, mientras la señorita Inchausti y todas las otras damas abandonaban la sala.
Los caballeros se colocaron estratégicamente, riéndose divertidos de los golpes que, preveían, podrían sufrir las mujeres por andar con los ojos vendados.
Algunos se dedicaron a hacer prácticas.
— ¡Squawk!
— ¡Miauuu!
—¡Croak!
Para después reír a carcajadas. Cuando las damas con sus ojos vendados volvieron a la sala, el lugar estalló en gritos de animales. Como el sonido de un zoológico rabioso. Las damas intentaban encontrar a sus compañeros, buscando el rebuzno, el pío, o los resoplidos.
Peter pidió a Dios que no entraran en ese momento Sierra, Martinez, o el señor Esposito, y lo vieran así. Nunca sería capaz de olvidar tal humillación.
La voz de Giannina Inchausti fue un golpe mortal a su dignidad.
—¿Dónde está el señor Vaca?
Peter dio un suspiro.
—Muuu —dijo él con gravedad.
La risa tonta de la señorita Inchausti inundó el aire. Ella caminaba despacio entre los invitados, sus manos probaban a tientas cada forma masculina que encontraba. Aumentaban los chirridos y graznidos mientras ella caminaba entre el gentío.
—Oh, señor Vaca —anunció la señorita Inchausti—. ¡Necesito que usted me ayude un poco más!
Peter frunció el ceño.
—Muuu.
—Una vez más —trinó ella.
Fue una suerte para Giannina Inchausti que ella tuviera los ojos vendados, pues eso la protegió de la ira de Peter.
—Muuu.
Risitas, risitas, y más risitas. La señorita Inchausti se acercaba, con los brazos extendidos, abriendo y cerrando los dedos en el aire. Y entonces ella encontró su espalda, colocó las manos en su cintura y las fue deslizando hacia abajo. Peter agarró sus muñecas y tiró firmemente de ellas hacia arriba
—¿Lo he encontrado señor Vaca? —preguntó ella disimulando, inclinándose sobre él.
Él la empujó con firmeza.
—Sí.
—¡Hurra por mí! —gritó ella, quitándose la venda de los ojos.
Otras parejas también se habían encontrado, los ruidos de animales se calmaban uno a uno a medida que las damas localizaban a su compañero. Finalmente sólo se oía un sonido… una torpe vibración de insecto. ¿Una chicharra? ¿Un grillo?
Peter estiró el cuello para ver quien hacía ese ruido, y quien era su desafortunada compañera. Hubo una exclamación y más risas. La muchedumbre se separó para revelar a Lali Esposito quitándose la venda de los ojos, mientras que Amadeo se encogía de hombros con una excusa.
—Ese no es el ruido que hace un grillo —protestó Lali, completamente ruborizada—. ¿Qué es ese ruido que hacía con la garganta?
—Lo hago lo mejor que puedo —contestó Amadeo desvalido.
¡Ay, Cielos! Peter cerró los ojos brevemente. Era Lali.
Giannina Inchausti parecía excesivamente contenta.
— ¡Qué desagradable! —murmuró.
—Nada de peleas —intervino lady Miranda alegremente, moviéndose para ponerse entre Lali y lord Amadeo—. ¡Debe usted pagar la prenda, querida!
La sonrisa de Lali vaciló.
—¿Y cuál es la prenda?
—Este es “el juego de las florero” —explicó lady Miranda—, usted debe ponerse de pie contra la pared y elegir uno de los papelitos que hay dentro de un sombrero con los nombres de los caballeros. El elegido debe besarla, si la rechaza, usted permanecerá contra la pared y seguirá eligiendo nombres hasta que alguien consienta en su oferta.
Lali mantuvo la sonrisa, aunque su cara se tornó blanca, tenía dos franjas rojas de color en lo alto de las mejillas.
“Maldita sea”, pensó ferozmente Peter.
Era un problema. Este incidente daría pie a rumores que fácilmente podrían producir un escándalo. Él no podía permitirlo. Por el bien de su familia, y el de ella. Y el suyo propio… pero eso era algo en lo que él no quería pensar.
Automáticamente dio un paso al frente, pero la señorita Inchausti agarró su brazo. Sus largas uñas se hundieron en la tela de su chaqueta.
—No debe intervenir —le advirtió—. ¡Quien juega debe estar dispuesto a aceptar la prenda! —Sonreía, pero había una dureza en sus ojos que a Peter no le gustó. Ella tenía la intención de gozar cada segundo de la humillación de Lali.
Criaturas peligrosas, las mujeres.
Echando un vistazo alrededor de la estancia, Peter vio la anticipación en las caras de los caballeros. Ningún hombre allí iba a dejar pasar una oportunidad de besar a Lali Esposito. Peter tuvo muchas ganas de estrellar algunas cabezas y sacar a Lali de allí a empujones. En cambio, sólo pudo observar cómo le dieron el sombrero y ella metía la mano dentro con dedos inestables.
Lali sacó un trozo de papel, y lo leyó en silencio, sus finas cejas oscuras se unieron en un punto. El silencio inundó la sala, todos los presentes retenían el aliento… y entonces Lalidijo el nombre sin mirar.
—El señor Lanzani.
Ella volvió a meter el papel dentro del sombrero antes de que nadie pudiera verlo.
Peter sentía el corazón golpeando salvajemente en el pecho. No estaba seguro de si la situación acababa de mejorar o había empeorado drásticamente.
—Eso es imposible —silbó la señorita Inchausti—. No puede ser usted.
Peter le dirigió una mirada distraída.
—¿Por qué no?
—¡Porque no puse su nombre dentro del sombrero!
Él no dejó que su rostro reflejara ninguna emoción.
—Obviamente alguien hizo —dijo y liberó su brazo de los dedos de la señorita Inchausti
Mientras Peter se acercaba a Lali la sala estaba en silencio, pero de pronto comenzó un murmullo de risitas tontas entre los invitados. Lali controló su expresión admirablemente, aunque su rostro era un derroche de colores. Su cuerpo delgado estaba tan tenso como la cuerda de un arco. Tenía una sonrisa descuidada en los labios, pero Peter vio el ritmo alocado de su pulso en la garganta. Quería poner la boca sobre aquel punto y acariciarlo con la lengua.
De pie, frente a ella, Peter sostuvo su mirada fijamente, tratando de leer sus pensamientos.
¿Cuál de los dos tenía el control de la situación?
Aparentemente él,… pero fue Lali quien pronunció su nombre.
Ella lo había escogido. ¿Por qué?
—Le oí a usted durante el juego —dijo Lali, tan suavemente que nadie más pudo distinguir las palabras—. Parecía usted una vaca con problemas digestivos.
—A juzgar por los resultados, mi vaca era mejor que el grillo de Amadeo —señaló Peter.
—Eso no era un grillo. Era el ruido que hace uno cuando se limpia una flema de la garganta.
Peter se ahogó con una risa repentina. Lali estaba tan enfadada y tan adorable que reír era todo lo que podía hacer para no estrecharla entre sus brazos. En cambio dijo:
—Terminemos con esto ¿De acuerdo?
Le habría gustado que Lali no fuera tan propensa a ruborizarse. Su piel blanca hacia el sonrojo aún más evidente, logrando que sus mejillas quedaran como amapolas escarlatas.
Hubo una interrupción colectiva de aliento en el grupo cuando Peter dio un paso más hacia ella, hasta que sus cuerpos estuvieron casi rozándose. Lali inclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, tenía los labios ligeramente abiertos. Peter cogió su mano y la acercó a sus labios depositando en sus dedos un casto beso.
Los ojos de Lali se abrieron y lo miró atontada.
Los invitados volvieron a reír, y algunos los regañaron juguetonamente.
Después de escuchar las bromas pícaras que le dedicaron algunos caballeros, Peter volvió a centrar su atención en Lali.
—Señorita Esposito usted ha mencionado antes que deseaba ir a ver a su hermana —le dijo en un tono agradable pero con firmeza—. ¿Me permite acompañarla?
—¡Pero usted no puede marcharse! —exclamó Giannina Inchausti a su espalda— ¡Acabamos de comenzar!
—No, gracias —le dijo Lali a Peter—. Estoy segura de que mi hermana no se molestará por que me quede un poco más aquí y me divierta.
Peter le dedicó una dura y penetrante mirada. Se dio cuenta, por el cambio repentino en su expresión, de que ella había entendido el mensaje.
Él le estaba pidiendo el favor.
“Venga conmigo ahora”, ordenaba su mirada, “y no discuta”.
Él vio también que Lali deseaba rechazarlo, pero ella tenía sentido del honor y le debía un favor. Una deuda era una deuda
Lali tragó con fuerza.
—Por otra parte… —casi se ahogó con las palabras— …realmente prometí sentarme con mi hermana mientras ella tomaba el té.
Peter le presentó su brazo.
—A su servicio, señorita Esposito.
Hubo algunas protestas, pero cuando llegaron a las puertas de la sala, el grupo ya estaba ocupado organizando otro juego. El cielo sabía lo que los escándalos menores provocaban en un salón. Si él y Lali, no estaban presentes, tanto mejor.
Lali arrebató su mano de su brazo en cuanto entraron en el vestíbulo. Avanzaron varios pasos y llegaron hasta la puerta abierta de la biblioteca. Viendo que estaba vacía, Lali entró sin decir una palabra.
Peter entró después de ella y cerró la puerta para tener algo de privacidad. No era apropiado, pero nadie peleaba en el vestíbulo.
—¿Por qué hizo usted eso? —exigió Lali, girándose hacia él inmediatamente.
—¿Sacarla de allí? —desconcertado, Peter adoptó un tono severo—. Ese lugar no era apropiado para usted, y usted lo sabe.
Lali estaba tan furiosa que de sus ojos oscuros saltaban chispas.
—¿Y cual es el lugar apropiado para mi, señor Lanzani? ¿La biblioteca? ¿Para leer a solas?
—Es preferible eso antes que causar un escándalo.
—No, no es preferible. ¡Yo estaba exactamente dónde debía estar, y haciendo lo que todos los demás hacían, y todo estaba sumamente bien hasta que usted lo arruinó!
—¿Yo? —Peter no podía creer lo que escuchaba—. ¿Yo le arruiné la velada?
—Sí.
—¿Cómo?
Ella lo miró airadamente acusándolo.
—Usted no quiso besarme.
—Yo… —eso lo pilló desprevenido, Peter la miró fijamente en desconcierto—. Sí la besé.
—En la mano —dijo Lali con desdén— lo que no significa absolutamente nada.
Peter no estaba seguro de cómo sucedió, pero de pronto se oyó a si mismo defendiéndose de las acusaciones de Lali.
—Usted debería estar agradecida.
—¿Por qué?
—¿No es obvio? Salvé su reputación.
—Si me hubiera besado —replicó Lali—, si habría hecho algo por mi reputación. Pero usted me rechazó públicamente, lo que significa que Amadeo y el Dalmau, y todos los demás caballeros creen que sucede algo malo conmigo.
—Yo no la rechacé.
—¡Pues eso es lo que ha parecido, es usted un canalla!
—No soy un canalla. Si la hubiera besado en público, entonces sí sería un canalla —Peter hizo una pausa antes de agregar con irritación—, y en usted no hay nada malo. ¿Por qué diablos dirían algo así de usted?
—Soy una florero. Nadie quiere besarme.
Esto era demasiado. Lali Esposito estaba furiosa con él porque no la había besado, algo que él había soñado durante toda su vida. Se había comportado de manera honorable, maldición, y en vez de apreciarlo ella estaba enfadada.
—¿…tan poco deseable soy? —despotricaba Lali—. ¿De verdad habría sido tan desagradable besarme?
Él la había deseado durante tanto tiempo... Se había recordado a sí mismo mil veces todos los motivos por los que él nunca podría tenerla. Había sido más fácil al saber que ella lo detestaba y que no había ninguna razón para tener esperanzas. Pero la posibilidad de que sus sentimientos hubieran cambiado, de que ella pudiera quererlo, lo llenó de una emoción que lo mareaba.
Un minuto mas y perdería la cordura.
—… no sé cómo hacer lo que se supone que hacen las mujeres, para atraer a los hombres —decía Lali furiosamente—. Y cuando por fin tengo una posibilidad de ganar un poco de experiencia, usted... —ella le miró y frunció el ceño cuando vio su cara—. ¿Por qué me mira usted de esa manera?
—¿De que manera?
—Como si le doliera algo.
Dolor. Sí. La clase de dolor que un hombre experimentaba cuando sentía lujuria por una mujer durante años y se encontraba solo con ella, aguantando sus quejas porque no la había besado, cuando todo que él ansiaba era arrancarle la ropa y poseerla allí mismo, en el suelo.
¿Ella quería experiencia? Peter estaba dispuesto a darle la mayor experiencia de su vida. Su cuerpo se había puesto tan insoportablemente duro que el roce de la tela de los pantalones era suficiente para hacerlo estremecerse. Luchando por controlarse, él se concentró en respirar. Respiración. Pero estaba cada vez más excitado, hasta que una niebla roja se instaló en los bordes de su visión.
No fue consciente del movimiento, pero de repente sus manos estaban sobre ella, justo debajo de sus brazos donde el satén amarillo permitía sentir el calor de su cuerpo. Era ligera y flexible, como una gata… él podría levantarla fácilmente, apoyarla contra la pared y…
Los ojos oscuros de Lali se agrandaron asustados.
—¿Qué está usted haciendo?
—Quiero que me conteste a una pregunta —consiguió decir Peter—. ¿Por qué pronunció mi nombre en el salón de juegos?
Las emociones cruzaron su cara en una rápida sucesión… sorpresa, culpa, vergüenza. Cada pulgada expuesta de su piel se tornó rosada.
—No sé lo que quiere decir. Su nombre estaba escrito en el papel. No tenía ninguna otra opción sólo…
—Está usted mintiendo —dijo Peter concisamente. Su corazón se detuvo cuando ella no contestó. Lali no iba a negarlo. Su rubor se hizo más intenso casi carmesí—. Mi nombre no estaba en aquel papel —dijo él con gran esfuerzo—. Pero usted lo dijo de todos modos. ¿Por qué?
Ambos sabían que sólo podría haber una razón. Peter cerró los ojos brevemente. Su pulso latía desbocado y un calor abrasador corría por sus venas.
Oyó la voz indecisa de Lali.
—Solamente quería saber lo qué usted… cómo usted… yo solamente quería…
Era la tentación en su forma más brutal. Peter trató de alejarse de ella, pero sus manos no liberaban sus curvas enfundadas en satén. Se sentía tan bien sosteniéndola. Él miró fijamente su boca exquisita, la hendidura sutil pero deliciosa en el centro de su labio inferior. Un beso, pensó él desesperadamente. Podría tener al menos eso. Pero una vez empezara… no estaba seguro de si podría parar.
—Lali… —Él trató de encontrar palabras para aligerar la situación, pero era difícil hablar coherentemente—. Voy a decirle a su padre… en cuanto tenga oportunidad… que yo no puedo casarme con usted bajo ninguna circunstancia.
Ella todavía no lo miraba.
—¿Por qué no se lo ha dicho todavía a mi padre?
Porque él había deseado que se fijara en él.
Porque por un breve periodo de tiempo, él deseaba sentir lo que significaba tener lo que siempre había soñado a su alcance.
—Para molestarla —dijo él.
—¡Pues lo ha conseguido!
—Pero nunca consideré la posibilidad seriamente. Yo nunca podría casarme con usted.
—Porque soy una florero —dijo ella con aspereza.
—No. No es por eso...
—Porque no soy deseable.
—Lali, pare ahora mismo...
—No valgo ni un solo beso.
—Está bien —algo se quebró en Peter, rompiendo el control de su sensatez—. Maldita sea, usted gana. La besaré.
—¿Por qué?
—Porque si no lo hago usted nunca dejará de reprochármelo.
—¡Ahora ya es demasiado tarde! Debería haberlo hecho antes en el salón, pero no lo hizo, y tampoco permitió que cualquier otro hombre lo hiciera, y ahora tendré que conformarme con el beso mediocre que usted me dé como premio de consolación.
—¿Mediocre?
Eso fue un error. Peter pudo ver que Lali se dio cuenta en el mismo instante en que pronunció las palabras.
Ella acababa de sellar su destino.
—Y-yo quise decir... que sería un beso indiferente —dijo ella con un jadeo, tratando de alejarse de él—. Es obvio que usted no quiere besarme y por lo tanto…
—Usted ha dicho mediocre —La sujetó con fuerza contra él—. Lo que significa que ahora tengo que demostrarle que no será así.
—No, usted no… —dijo ella rápidamente—. Realmente. Usted no… —Lali emitió un pequeño grito cuando él le puso una mano en la nuca, el sonido quedó amortiguado cuando Peter inclinó la cabeza para besarla.

Perdon por la tardanza...
Espero que os guste el cap.
Gracias por los comentarios.
Besos. Ione.
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Vero_me
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Mar Oct 25, 2011 6:10 pm

Aaaaaaaahhh!!! no puedes dejarlo ahi!!!! quiero mas........
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Ione_nav
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Miér Oct 26, 2011 5:55 am

Capítulo 7



Peter supo que era un error en el mismo instante en que sus labios se encontraron. Porque nada podría igualar jamás la maravillosa sensación de tener a Lali entre sus brazos... Estaba arruinado para toda la vida, sin remedio. Que el cielo lo ayudara, pero no le importaba.
Su boca era suave y caliente, como la luz del sol, como el resplandor del fuego consumiendo la madera. Ella jadeó cuando él tocó su labio inferior con la punta de la lengua. Despacio, Lali subió las manos hasta sus hombros, él sintió sus dedos en la nuca, se aferraban a su pelo como si quisiera impedirle escapar. Pero no había ninguna posibilidad de que eso sucediera, nada podría haberlo hecho parar.
Los dedos de Peter temblaban cuando acariciaron la línea exquisita de su mandíbula, levantando con cuidado su rostro hacia arriba. El sabor de sus labios, suavemente dulces, avivó el fuego de su deseo amenazándolo con perder el control… entonces él introdujo la lengua en la seda húmeda del interior de su boca, y en un instante el beso se hizo mas profundo, mas intenso, hasta que ella empezó a gemir con su cuerpo moldeado contra él.
Él le dejó sentir su fuerza, el poder de su cuerpo, su brazo musculoso sostenía su espalda cuando separó las piernas para situarla entre sus poderosos muslos. Peter sentía su cuerpo pegado al suyo, sus pechos atrapados entre los encajes y el corsé. Casi lo vence el impulso salvaje de arrancar esos obstáculos y encontrar la carne sensible que se escondía debajo.
En cambio, él hundió los dedos en su pelo, dejando su boca le inclinó la cabeza y sostuvo su peso con una mano, exponiendo la suave y blanca piel de su garganta para él. Besó el lugar donde latía su pulso desbocado, deslizó los labios suavemente dejando un sendero de besos. Cuando él alcanzó un punto sensible, sintió la vibración de un gemido ahogado en su garganta.
Así sería hacer el amor con ella, pensó deslumbrado… sentiría el dulce temblor de su carne cuando él entrara en ella, su cálido aliento, los suspiros desvalidos que escaparan de su garganta. Sentiría su piel, caliente y femenina, perfumada con el aroma del té, el talco y una pizca de sal. El encontró su boca otra vez, la abrió, invadiéndola de nuevo, sintiendo su calor en la lengua, y un sabor íntimo que lo volvió loco.
Lali debería frenarlo antes de que fuera demasiado tarde, pero en lugar de eso cedía maleable, rindiéndose, tentándolo a traspasar todos los límites. Peter la besaba con profundos, frenéticos besos, atrayendo su cuerpo rítmicamente contra el suyo. Lali sentía las piernas débiles bajo la falda de su vestido, con cuidado el colocó un muslo entre ellas. Ella se retorció con un deseo inocente y un intenso rubor le cubrió el rostro, como el color de las amapolas que florecen a finales del verano. Si hubiera entendido exactamente lo que él quería de ella, habría hecho mucho más que ruborizarse. Se habría desmayado en el acto.
Separando la boca de la suya, Peter apoyó una mejilla en un lado de su cabeza.
—Creo —dijo él con dificultad—, que esto contesta a la pregunta acerca de si la encuentro deseable o no.
Lali encontró la fuerza para deshacerse de su abrazo y alejarse de él, se dio la vuelta y fijó la mirada en la fila de libros encuadernados en cuero que tenía delante para no mirarle. Sus pequeñas manos se aferraron a la estantería caoba mientras luchaba por controlar el ritmo turbulento de su respiración.
Peter estaba de pie detrás de ella, alzando las manos cubrió las de ella. Lali se tensó contra su pecho cuando él poso los labios detrás de su oreja.
—No lo haga —dijo ella con voz apagada, intentando alejarse de él.
Pero Peter no podía parar. Bajando la cabeza, hundió la nariz en la suave curva de su cuello. Soltó una de sus manos y la colocó con la palma abierta sobre la piel desnuda encima del corsé, donde sobresalía la curva de sus pechos. Lali levantó la mano y la colocó encima de la suya, como si sus esfuerzos combinados fueran necesarios para contener las palpitaciones de su imprudente corazón.
Peter tensó todos los músculos en un intento de frenar el impulso de agarrarla y llevarla al sofá más cercano. Quería hacer el amor con ella, enterrarse dentro de ella hasta que los recuerdos amargos se disolvieran en su dulzura. Pero aquella posibilidad le había sido robada mucho antes de que ellos se conocieran.
Él no tenía nada que ofrecerle. Su vida, su nombre, su identidad… todo era una ilusión. Él no era el hombre que ella pensaba que era. Y era sólo cuestión de tiempo que lo averiguara.
A disgusto él comprendió que inconscientemente había agarrado su falda con una mano con intención de levantarla. El satén brillaba entre sus dedos. Él pensó en su cuerpo envuelto en todas esas prendas y lazos, y el placer impío que debería ser desnudarla completamente. Trazar un mapa de su cuerpo con la boca y las yemas de los dedos, aprendiendo cada curva, cada hendidura y cada lugar secreto.
Mirando su mano como si perteneciera a otra persona, Peter desenrolló sus dedos uno a uno hasta soltar la tela. Le dio la vuelta para ver su rostro, indagando en sus oscuras profundidades.
—Peter —dijo ella suavemente.
Era la primera vez que ella usaba su nombre de pila.
Él luchó por ocultar la intensidad de su respuesta al sonido de su voz.
—¿Sí?
—La manera en la que usted se expresó antes… usted no dijo que no se casaría conmigo bajo ninguna circunstancia… dijo que usted no puede. ¿Por qué?
—Ya que eso no va a ocurrir —dijo él— los motivos no tienen importancia.
Lali frunció el ceño, tenía los labios hinchados por sus besos.
Él se apartó para dejarla ir.
Obedeciendo esa señal silenciosa, Lali comenzó a alejarse. Rozándolo al pasar.
Apenas dio unos pasos cuando Peter alargó el brazo y agarró con suavidad una de sus muñecas... y de pronto ella estaba en sus brazos otra vez. El no pudo contenerse y volvió a tomar su boca, besándola como si ella le perteneciera, como si ya estuviera dentro de ella.
“Esto es lo que siento por ti”, le dijo con sus intensos y apasionados besos, consumido por el deseo. “Esto es lo que quiero”. Él sintió como el cuerpo de Lali se tensaba de nuevo, percibió su excitación y comprendió que podría tenerla en ese mismo instante, aquí y ahora, si le levantaba el vestido y…
No, se dijo ferozmente. Esto ya había llegado demasiado lejos. Sabía que estaba muy cerca de perder el control. Separó su boca de la suya con un profundo suspiro y la apartó de él.
Lali salió de la biblioteca inmediatamente. Arrastrando a su paso el dobladillo de su vestido amarillo, se detuvo un segundo en la puerta antes de desaparecer como el último rayo de sol que resbala sobre el horizonte.
Y Peter se preguntó con tristeza como podría tratarla con normalidad cuando volviera a verla.

Existía la costumbre de que la dueña de una propiedad, actuara como la “Señora Generosidad” para los arrendatarios y aldeanos locales. Esto implicaba ayudar, dar asistencia y consejo, así como donar artículos necesarios como alimento y ropa para los que lo necesitaban. Candela había realizado esos deberes de buen grado hasta ahora, pero su actual condición lo hacía imposible.
No se podía contar con Mercedes para sustituirla. Su trato era demasiado áspero e impaciente para tal actividad. No le gustaba estar alrededor de la gente enferma, hacía sentir a los ancianos incómodos, y algo en su voz causaba el llanto y los gritos de los niños inevitablemente.
Por lo tanto Lali era la opción lógica. A Lali no le importaba en absoluto hacer esas visitas Le gustaba el carro con el pony, entregar a los aldeanos ropa y provisiones, leerles a aquellos con mala visión, y escuchar sus problemas. Dada la naturaleza informal del encargo, no tenía que vestirse a la moda, ni preocuparse por la etiqueta.
Había otra razón por la que Lali se alegraba de tener que ir al pueblo… la mantenía ocupada y lejos de la casa, y así podía concentrar sus pensamientos en otra cosa que no fuera Peter Lanzani.
Habían pasado tres días desde aquel terrible juego de salón y sus consecuencias, es decir, que Peter la besara a conciencia. Él se comportaba con ella como siempre, con frialdad y cortesía.
Lali casi creía que había sido un sueño, excepto porque siempre que ella estaba cerca de Lanzani, sus nervios se alteraban, y su estómago se movía, arriba y abajo como un gorrión borracho.
Quería hablar de ello con alguien, pero eso también la mortificaba, de algún modo le parecía una traición, aunque no estaba segura de hacia quien. Todo lo que ella sabía era que no se sentía bien. No dormía bien, y por consiguiente estaba torpe y distraída todo el día.
Pensando que podría estar enferma, habló con el ama de llaves, le describió lo que le ocurría y ella le dio una repugnante cucharada de aceite de castor. Eso no había ayudado en lo más mínimo. El peor de todos sus males era que no podía refugiarse en sus libros. Había leído las mismas páginas una y otra vez, sin que lograran captar su interés.
Lali no tenía ni idea de cómo conseguir estar bien otra vez. Pensó que la ayudaría dejar de pensar en ella misma y hacer algo por los demás.
Así que a media mañana, Lali dispuso un carro grande arrastrado por un robusto pony color marrón llamado Hubert. El carro fue cargado de recipientes de porcelana llenos de alimentos cubiertos por paños, hormas de queso, piezas de cordero, nabos, tocino, té y botellas de oporto.
Hacer estas visitas era generalmente una tarea bastante agradable, los aldeanos parecían disfrutar de la presencia alegre de Lali. Algunos de ellos la hicieron reír cuando describieron con picardía las antiguas visitas de la condesa, madre de lord Sierra.
La condesa viuda distribuía las viandas de mala gana, esperando un gran espectáculo de gratitud. Si las mujeres no hacían una reverencia con la suficiente inclinación, la condesa viuda preguntaba ácidamente si sus rodillas tenían algún problema. También esperaba ser consultada acerca de los nombres que les ponían a sus niños, los instruía con sus opiniones sobre la religión y lo que deberían saber referente a la higiene. Como si todavía fuera poco, la condesa entregaba los alimentos mezclados en un revoltijo poco apetitoso. Mezclaba la carne, las verduras y los caramelos, en un mismo recipiente.
—¡Qué señora tan amable! —exclamó Lali, disponiendo tarros y paños de tela sobre la mesa—. ¡Qué bruja mala y vieja era! Igual que la de los cuentos de hadas… —Ella entretuvo a los niños con una representación dramática de Hansel y Gretel que les hizo reír y chillar escondidos bajo la mesa, mirándola embelesados.
Hacia el final del día, Lali había llenado un pequeño libro de notas con encargos, como localizar a un especialista que examinara los ojos cansados del anciano señor Cruz o traer otra botella del tónico del ama de llaves para las dolencias digestivas del señor Vazquez.
Prometiendo que ella derivaría todas las cuestiones directamente a lord y lady Sierra, Lali se subió en el carro, ahora vacío, y partió de nuevo hacia Stony Cross Park.
Casi había llegado el crepúsculo, las sombras largas de los robles y los castaños cruzaban el camino sin pavimentar que llevaba al pueblo. Esta parte de Inglaterra aún no había sido deforestada para alimentar las flotas y las fábricas que habían prosperado en las principales ciudades. Los bosques, todavía primitivos, parecían de otro mundo, con pequeños senderos medio enterrados entre las gruesas ramas de los árboles llenas de hojas. Entre las sombras crecientes se enroscaban el vapor y el misterio, como centinelas de un mundo de druidas y unicornios. Un búho marrón cruzó la vereda, pareciendo una polilla en el cielo oscurecido.
El camino estaba tranquilo excepto por el traqueteo de las ruedas del carro y el clop-clop de los cascos de Hubert. Lali mantuvo con un apretón firme las riendas cuando el pony aceleró su paso. Hubert parecía nervioso, sacudiendo la cabeza de un lado a otro.
—Tranquilo, muchacho —le dijo Lali con calma, reduciendo la velocidad de su paso cuando el eje del carro se agitó sobre un camino en mal estado—. No te gusta el bosque, ¿verdad?, no te preocupes, llegaremos al camino principal muy pronto.
El pony siguió su marcha hasta que la vegetación disminuyó y el denso follaje desapareció. Entraron en el camino de tierra seca, el bosque quedó a un lado y por el otro se extendía un prado.
—Ya está, miedoso —dijo Lali despreocupadamente— no hay por que preocuparse, ¿lo ves?
Pero fue demasiado confiada.
Lali oyó unos ruidos que provenían del bosque, como si unos pasos quebraran hojas y ramas al caminar. Hubert se movió inquieto y balanceó su cabeza hacia el ruido. El gruñido áspero de un animal hizo que a Lali se le erizara el vello de la nuca.
¡Cielos!, ¿qué era eso?
Con alarmante brusquedad apareció una forma enorme y voluminosa que se dirigía hacia el carro desde el bosque.
Todo sucedió demasiado deprisa como para comprenderlo. Lali agarró las riendas cuando Hubert tiró hacia adelante relinchando presa del pánico, su agitación provocó que el carro traqueteara como si fuera el juguete de un niño.
Lali intentó en vano mantenerse en el asiento, el carro golpeó un surco profundo y ella fue lanzada fuera del vehículo. Hubert siguió su carrera sin orden ni concierto por el camino mientras que Lali aterrizó sobre la dura tierra con un golpe que la desorientó.
La fuerza del impacto la hizo jadear, como si le faltara el aire. Vio la sombra de una criatura enorme, monstruosa, precipitarse hacia ella, en ese momento el sonido de un disparo rasgó el aire, retumbando en sus oídos.
Escuchó el aullido terrorífico de un animal… y luego nada.
Lali trató de incorporarse, pero no tenía fuerzas y se derrumbó sobre el estómago, con espasmos en los pulmones. Se sentía como si la hubieran clavado al suelo con tornillos. Afortunadamente, el primer impacto fue sobre su trasero, era consciente del daño que se habría hecho al precipitarse sobre el camino, si no hubiera sido así.
De pronto, el retumbar de cascos hizo vibrar el suelo bajo su mejilla. Fue capaz de un mínimo esfuerzo para apoyarse sobre los codos y levantar la barbilla.
Tres jinetes, no, cuatro, galopaban hacia ella, el ruido de los cascos de los caballos se oía entre la nube de polvo que provocaban a su paso. Uno de los hombres se adelantó y bajó de su caballo antes de que éste se hubiera detenido acercándose a ella con grandes pasos.
Lali parpadeó por la sorpresa cuando él se arrodilló a su lado y la levantó con un solo movimiento, colocándole la cabeza sobre su brazo, y de pronto, se encontró mirando el bronceado rostro de Peter Lanzani.
—Lali —su voz tenía un matiz que ella nunca le había escuchado antes, áspero y urgente. Acunándola en un brazo, él movió su mano libre sobre su cuerpo buscando heridas—. ¿Estás herida?
Lali trató de explicar que algo asustó al caballo y ella cayó al suelo golpeándose, él pareció entender sus sonidos incoherentes.
—Está bien —dijo él—. No intentes hablar. Respira lentamente. —Lali se removió inquieta, y el ajustó su postura—. Apóyate en mí. —Le pasó una mano por el pelo, apartándolo de su cara. La sintió temblar en sus brazos, y la acercó más hacia él—. Cálmate cariño. Tranquila. Ahora estás a salvo.
Lali cerró los ojos para ocultar su asombro. Peter Lanzani murmuraba palabras cariñosas y la sostenía entre sus fuertes brazos, sintió que los huesos se le derretían como si fueran almíbar.
Los años de peleas salvajes con sus hermanos le habían enseñado a Lali a recuperarse rápidamente de una caída. En cualquier otra circunstancia ella se levantaría de un salto y se sacudiría el polvo del vestido. Pero cada célula de su cuerpo estaba saturada de placer, intentó conservar ese momento, hacerlo tan largo como fuera posible.
Los tiernos dedos de Peter acariciaron su cara.
—Mírame, mi amor. Dime donde te duele.
Lali levantó las pestañas, su rostro estaba muy cerca, justo sobre el suyo. Se perdió en su mirada, quedó prisionera de sus extraordinarios ojos azules, sintió que se hundía en sus profundidades violetas.
—Tiene los dientes bonitos —le dijo ella—. Pero sus ojos son… aún más bonitos.
Peter frunció el ceño, y pasó la yema del pulgar sobre su mejilla. Su toque provocó un rubor en la superficie de su piel.
—¿Puede decirme su nombre?
Ella parpadeó.
—¿Ha olvidado como me llamo?
—No, lo que quiero saber es si usted lo ha olvidado.
—Nunca sería tan tonta como para olvidar mi propio nombre —dijo ella—. Soy Lali Esposito.
—¿Cuándo es su cumpleaños?
Ella no pudo reprimir una sonrisa torcida. ¿Cómo sabrá que le digo el día correcto?
—Su cumpleaños —insistió él.
—El cinco de marzo.
Peter hizo una mueca con ironía.
—No juegue conmigo, diablillo.
—Bueno, es el diez de octubre. ¿Cómo sabe usted cuando es mi cumpleaños?
En lugar de contestar, Lanzani levantó la mirada hacía los hombres que le acompañaban, que habían llegado hasta ellos.
—No tiene las pupilas dilatadas —dijo él—, y está despierta. Tampoco hay ninguna fractura.
—Gracias al cielo —se oyó la voz de lord Sierra.
Mirando por encima de los amplios hombros de Peter Lanzani, Lali vio que su cuñado estaba de pie detrás de ellos. El señor Dalmau y lord Amadeo también estaban allí, con expresión compasiva.
Lord Sierra sostenía un rifle en una mano, se agachó a su lado.
—Regresábamos de pasar la tarde en una partida de caza —dijo el conde—. Fue pura casualidad que pasáramos por aquí y te encontráramos.
—Podría jurar que era un jabalí —informó Lali.
—Eso no es posible —comentó lord Amadeo con una sonrisita afectada—. Su imaginación le ha jugado una mala pasada, señorita Espostio. No hay ningún jabalí en Inglaterra desde hace cientos de años.
—Pero yo lo vi… —repuso ella a la defensiva.
—Está bien —murmuró Lanzani, abrazándola mas fuerte—. Yo también lo vi.
Sierratenía una expresión de pesar.
—La señorita Esposito no está completamente equivocada —le dijo a lord Amadeo—. Hemos tenido problemas en la comunidad, algunos cerdos se escaparon y parieron una camada o dos, ahora son animales salvajes. El mes pasado una mujer que iba a caballo fue atacada por uno de ellos.
—¿Piensa que fui atacada por un cerdo furioso? —preguntó Lali, luchando por sentarse, Lanzani mantuvo un brazo en su espalda y la recostó en su costado cálido.
Un último rayo de sol brillaba en el horizonte, se reflejó en sus ojos y por un momento la cegó. Apartando los ojos de la luz, Lali hundió la cara en el pecho de Lanzani y sintió el roce de su barbilla en el pelo.
—Furioso no —repuso Sierra refiriéndose al cerdo—. Salvaje, y por lo tanto peligroso. Los cerdos domésticos en libertad fácilmente pueden volverse agresivos y bastante grandes. Yo estimaría que este puede pesar, al menos trescientas libras. —Los ojos de Lanzani expresaron perplejidad, la libra era una medida británica así que el conde aclaró—: aproximadamente ciento treinta kilos.
Lanzani ayudó a Lali a ponerse en pie, sosteniéndola contra su robusto cuerpo.
—Despacio —murmuró—. ¿Está usted mareada? ¿Tiene náuseas?
Lali se sentía muy bien. Pero era tan delicioso estar allí de pie apoyada en él que ella dijo jadeando:
—Si, tal vez un poco mareada.
Peter levantó la mano y le acunó la cabeza contra su hombro. Lali sentía un ardiente calor extendiéndose por su cuerpo, se sentía flotar cobijada en la protección de sus brazos, contra la maravillosa solidez de su cuerpo. Todo por Peter Lanzani, el hombre menos romántico que había conocido. Una sorpresa tras otra.
—Yo la llevaré —dijo Lanzani cerca de su oído. Su piel palpitó de placer en respuesta—. ¿Cree usted que podría montar delante de mí?
Una avalancha de pensamientos inundó a Lali, sintiendo una emoción desvergonzada de anticipación ante la perspectiva de montar junto a el. Soñó con apoyarse en su espalda cuando él la subiera a su caballo, y en secreto cumplir una fantasía o dos, como fingir que era una aventurera secuestrada por un bandido seductor…
—Temo que no sería lo más prudente —interrumpió lord Amadeo con una sonrisa—. Tal como están las cosas entre ustedes dos…
Lali palideció, pensó en un primer momento que él se refería a aquellos momentos tórridos en la biblioteca. Pero no era posible que lord Amadeo pudiera saber eso. Ella no se lo había contado a nadie, y el señor Lanzani se cerraba como una almeja en lo referente a su vida privada. No, Amado debía referirse a su rivalidad jugando a los bolos.
—Creo que sería mejor que yo escoltara a la señorita Esposito hasta la casa —sugirió lord Amadeo—. Para prevenir cualquier posibilidad de una discusión.
Lali le dio un vistazo a la cara sonriente del vizconde y deseó que hubiese mantenido la boca cerrada. Se dispuso a protestar, pero Lanzani se le adelantó.
—Creo que tiene razón, milord.
Oh, ¡caray! Lali se disgustó cuando Lanzani, como si se sintiera aliviado, la alejo del refugio caliente de su cuerpo.
Sierra examinó las huellas en la tierra a su alrededor con expresión severa.
—Tendré que encontrar al animal y darle caza.
—Espero que no sea por culpa mía —repuso Lali con inquietud.
—Hay sangre en las huellas —contestó el conde— lo que significa que está herido. Es mejor eso que dejarlo sufriendo.
El señor Dalmau fue a buscar su arma.
—¡Iré con usted, Milord! —señaló.
Mientras tanto lord Amadeo ya había montado en su caballo.
—Acomódela aquí —le ordenó a Lanzani—. La llevaré sana y salva hasta la casa.
Peter levantó el rostro de Lali hacia él y extrajo un pañuelo blanco de su bolsillo.
—Si todavía se siente mal cuando lleguemos a casa —dijo él, limpiándole suavemente las manchas de suciedad— llamaré al doctor, ¿de acuerdo?
A pesar de su voz autoritaria había tal ternura en su mirada, que Lali quiso meterse dentro de su chaqueta y acurrucarse en su pecho para oír los latidos de su corazón.
—¿Va usted también? —le preguntó— ¿O se queda con lord Sierra?
—Estaré justo detrás de usted —guardó el pañuelo en su bolsillo, se inclinó y la cogió en brazos con facilidad—. Agárrese a mí.
Lali puso los brazos alrededor de su cuello, un cosquilleo le subió por la muñeca cuando notó la piel caliente de su nuca y las hebras sedosas de su cabello. La llevaba como si ella no pesara nada, su pecho era sólido como una roca, su cálido aliento le acariciaba la mejilla. El olor de su piel era como el sol, como la primavera. Apenas pudo contenerse para no hundir la nariz en su cuello.
Desconcertada por la intensa atracción que sentía hacia él, Lali permaneció en silencio mientras Lanzani la acercaba hasta lord Amadeo, sentado sobre un enorme bayo. El vizconde la colocó delante de él, entre el borde de la silla de montar y sus piernas.
Lord Amadeo era un hombre apuesto, elegante, de cabellos morenos y destacada constitución. Pero el tacto de sus brazos alrededor de ella, su cuerpo delgado, su esencia… de alguna manera... algo no estaba bien. El contacto de su mano en su cintura era extraño y ajeno.
Lali podría haber llorado de frustración. “¿Por qué? ¿Por qué no podía quererlo a él en lugar de querer al hombre equivocado para ella?”, se preguntó.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Candela cuando Lali entró en la sala Marsden. Estaba reclinada sobre el sofá con un periódico en las manos—. Parece que te hubiera atropellado un carro.
—En realidad, tuve un encuentro con un cerdo maleducado.—Candela rió y dejó a un lado el periódico.
—¿Quién era el cerdo?
—No era una metáfora. Era un cerdo —sentándose en una silla cercana, Lali le relató lo ocurrido, dándole un tono gracioso.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Candela con preocupación.
—Perfectamente —le aseguró Lali—. Y Hubert también. Llegó a los establos al mismo tiempo que lord Amadeo y yo.
—Fue una suerte.
— Sí, Hubert es tan inteligente que encontró el camino a casa.
—No, no hablo del pony. Me refiero a la cabalgata a casa con lord Amadeo. No es que yo esté alentándote para que lo elijas, pero por otra parte…
—Él no era con quien yo quería montar a caballo —Lali desvió la mirada hacia la falda manchada de su vestido y se concentró en una hebra de la muselina.
—Nadie puede culparte por ello —dijo Candela—. Lord Amadeo es agradable, pero bastante inofensivo. Comprendo que prefieras montar con el señor Dalmau.
—No —dijo Daisy—. No me refería al señor Dalmau. Quien quería que me trajera a casa era…
—No —Candela levantó las manos y se tapó los oídos—. No me lo digas. ¡No quiero oírlo!
Lali la miró muy seria.
—¿Qué ocurre?
Candela hizo una mueca.
— ¡Maldita sea ! —refunfuñó ella—. ¡Maldita, maldita sea! Hijo de…
—Cuando el bebé nazca —le advirtió Lali con una sonrisa— tendrás que dejar de usar ese lenguaje obsceno.
—Entonces lo usaré todo lo que pueda hasta que llegue el momento.
—¿Estás segura de que es un varón?
—Eso espero, por que Agustin necesita un heredero y nunca más pasaré por esto —Candela se restregó los ojos cansados con las manos—. Bien... la única opción que queda es Peter Lanzani —dijo en un tono cascarrabias—. Deduzco que era con él con quien querías montar a caballo.
—Sí… yo... me siento atraída por él.
Era un alivio poder decirlo en voz alta. Lali, que había tenido un nudo en la garganta, finalmente soltó el aliento en un largo y lento suspiro.
—¿Te atrae su físico?
—Todo lo demás también.
Candela descansó la mejilla en una mano cerrada en un puño y la miró fijamente
—¿Es porque papá quiere esa boda? —preguntó—. ¿Esperas complacerlo de algún modo?
—Oh, no. En todo caso, la aprobación de papá sería un motivo en contra del señor Lanzani. Me importa un bledo complacerle… sé muy bien que es imposible.
—Entonces no comprendo por qué querrías a un hombre que es tan obviamente inapropiado para ti. No eres una atolondrada, Lali. Impulsiva, sí, romántica, ciertamente. Pero eres también práctica y bastante inteligente como para entender las consecuencias de implicarte con un hombre como él. Creo que el problema es que estás desesperada. ¡Eres la última de nosotras que está soltera, y papá te ha hecho ese estúpido ultimátum, y…
— ¡No estoy desesperada!
—Estas pensando en casarte con Peter Lanzani, yo diría que esa es una señal de desesperación extrema.
Lali nunca había sido acusada de tener mal carácter, esa distinción siempre acompañaba a Candela. Pero la indignación le llenó el pecho como el fuego de una caldera de vapor, tuvo que luchar para controlarse y no explotar.
Echarle un vistazo al vientre de su hermana la ayudó a calmarse. Candela sufría ahora muchas incomodidades y también nuevas inquietudes. Lali no quería añadirle una más.
—No he dicho nada sobre casarme con él —contestó—. Simplemente quiero averiguar más cosas sobre él. Sobre el hombre que es. No veo ningún problema en eso.
—No creo que lo consigas —discutió Candela con una poderosa convicción—. Precisamente, él no te mostrará quién es realmente, te engañará. Su misión en la vida es la de averiguar lo que la gente quiere y fabricarlo para ellos, todo para su propio beneficio. Tu has visto como ha logrado convertirse en el hijo que papá siempre ha querido. Ahora pretenderá ser la clase de hombre que tú siempre has deseado.
—Él no podría saber que… —trató de decir Lali, pero Candela la interrumpió inflamada, con una prisa descortés, incapaz de tener un pensamiento racional.
—Él no tiene ningún interés en ti, en tu corazón, en tu mente, en la persona que tú eres… él quiere controlar una parte de la empresa, y te ve como el modo de conseguirlo. Desde luego tratará de gustarte… tratará de fascinarte hasta el día siguiente de la boda cuando averigües que era todo una ilusión. ¡Es igual que papá, Lali! Él te anulará y te convertirá en alguien como mamá. ¿Esa es la vida que quieres?
—Desde luego que no.
Por primera vez Lali comprendió que no podía confiar en la opinión de su hermana mayor sobre algo tan importante. Había tantas otras cosas que le quería contar… no todo lo que Peter Lanzani le había dicho o había hecho podría haber sido deliberado. Él podría haber insistido en que ella montara a caballo con él hacia la casa, y en cambio la había entregado a lord Amadeo sin una protesta. Quería contarle que Lanzani la había besado, y que había sido glorioso, y lo mucho que ese sentimiento la había preocupado.
Pero no existía ningún argumento válido cuando Cande estaba de ese humor, sería una conversación sin sentido.
El silencio que las envolvió era sofocante.
—¿Y bien? —exigió Candela—. ¿Qué vas a hacer?
Lali se frotó una mancha de suciedad en el brazo y dijo con pesar:
—Para empezar, pienso que lo mejor sería darme un baño.
—¡Sabes a que me refiero!
—¿Qué quieres que haga Candela? —preguntó Lali tan sumisa que hizo que su hermana frunciera el ceño.
—¡Dile a Peter Lanzani que es un sapo asqueroso y que no hay ninguna posibilidad, ni aún en el infierno, de casarte con él!

Espero que os guste... GRACIAS POR TODO!!
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Miér Oct 26, 2011 7:25 pm

Capítulo 8


—…
y entonces se marchó —explicaba Candela con vehemencia—, sin decirme lo que iba a hacer o lo que pensaba realmente. ¡Oh, caray!, y sé que hay cosas que no me ha contado…
—Querida —la interrumpió Rochi con tacto— ¿estás segura de que le diste la oportunidad de contártelo todo?
—¿Qué quieres decir? Estaba sentada justo delante de mí. Tenía toda mi atención y la escuchaba con mis dos oídos. ¿Qué otra oportunidad necesitaba?
Agitada e incapaz de dormir, Candela había descubierto que Rochi estaba también despierta a causa de la incomodidad de su hija, quien finalmente se durmió. Ellas se habían visto desde los respectivos balcones de sus dormitorios, y se habían hecho señas para encontrarse abajo. Era medianoche. Por sugerencia de Rochi dieron un paseo por la sala Marsden, una habitación larga y rectangular con severos retratos familiares y obras de arte de inapreciable valor. Ataviadas con batas de dormir, serpentearon por la galería cogidas del brazo, al ritmo del paso lento de Candela que arrastraba los pies.
Candela había recurrido a la compañía de Rochi frecuentemente durante el transcurso del embarazo. Rochi entendía lo que le sucedía, habiéndolo experimentado ella misma recientemente. La presencia tranquila de Rochi era un bálsamo reconfortante para Candela.
—Lo que quiero decir —dijo Rochi—, es que quizás estabas tan pendiente de contarle a Lali como te sentías tú que olvidaste preguntarle como se sentía ella.
Candela balbuceó con indignación:
—Pero ella… pero… yo —se detuvo y lo consideró un momento—. Tienes razón —admitió bruscamente—. No le pregunté. Estaba tan horrorizada por la idea de que Lali se sintiera atraída por Peter Lanzani, que supongo que realmente no quise hablar de ello. Quise ordenarle qué hacer y luego dar por terminado el asunto.
Giraron al final de la galería y pasaron por delante de una fila de paisajes.
—¿Piensas que ha habido alguna intimidad entre ellos? —preguntó Rochi. Viendo la alarma de Candela aclaró—: Como un beso… un abrazo…
—¡Oh, Cielos! —Candela sacudió la cabeza—. No lo sé. Lali es tan inocente. Sería tan fácil para esa serpiente seducirla.
—En mi opinión, él está sinceramente prendado de ella. ¿Qué joven no lo estaría? Lali es adorable, encantadora e inteligente.
—Y rica —señaló Candela.
Eso hizo reír a Rochi.
—El dinero nunca está de más —convino ella—. Pero en esta ocasión, creo que hay más que eso.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Querida, es obvio. ¿Te has fijado en el modo en que se miran el uno al otro? Se siente… en el aire.
Candela frunció el ceño.
—¿Podemos detenernos un momento? Me duele un poco la espalda.
Rochi accedió inmediatamente, ayudándola a alcanzar uno de los mullidos bancos que había en el centro de la galería.
—Creo que no falta mucho para que el bebé nazca —murmuró Rochi—. Yo hasta aventuraría a decir que llegará un poco antes de lo que el doctor predijo.
—Gracias al cielo. Nunca he deseado nada tanto como que acabe el embarazo. —Candela hizo una tentativa de verse las zapatillas por encima de la curva de su barriga. Sus pensamientos volvieron a Lali—. Siempre seré honesta con ella en cuanto a mis opiniones —dijo ella bruscamente—. Yo veo a Peter Lanzani como lo que es, aunque ella no sea capaz de verlo.
—Creo que ella ya sabe lo que opinas —repuso Rochi secamente—. Pero en última instancia lo que haga es decisión suya. Estoy segura de que cuando tratabas de aclarar tus sentimientos hacia lord Sierra, Lali no trató de influirte de ningún modo.
—Esta situación es completamente diferente —protestó Candela—. ¡Peter Lanzani es un reptil! Y además, si Lali se casara con él, se la llevaría a América y yo no volvería a verla.
—Y a ti te gustaría que ella siempre se quedara debajo de tus alas —murmuró Rochi.
Candela se dio la vuelta para dirigirle una mirada funesta.
—¿Sugieres que soy lo bastante egoísta para impedirle vivir su propia vida, sólo porque quiero mantenerla cerca de mí?
Sin inmutarse por su ira, Rochi sonrió comprensiva.
—Siempre habéis estado las dos juntas, ¿verdad? Siempre fuiste su fuente exclusiva de amor y compañerismo. Pero todo cambia, querida. Tienes tu propia familia ahora, un marido y un niño… y no deberías desear menos que eso para Lali.
A Candela comenzó a picarle la nariz. Miró por encima de Rochi y para su mortificación, su visión se tornó húmeda y borrosa.
—Prometo que aprobaré el próximo hombre por el que se interese Lali. No importa quien sea. Siempre que no sea el señor Lanzani...
—No te gustara ningún hombre por el que se interese —Rochi deslizó el brazo alrededor de sus hombros y añadió cariñosamente—. Eres algo posesiva, querida.
—Y tú eres increíblemente irritante —dijo Candela, descansando la cabeza sobre el hombro suave de Rochi. Se sorbió la nariz mientras Rochi la sostuvo con un firme abrazo consolador que la propia madre de Candela nunca había sido capaz de darle. Era un alivio tan grande que deseaba gritar, sin embargo era un poco embarazoso también—. Odio ser una fuente de agua —masculló.
—Es debido a tu estado —la calmó Rochi—. Es completamente normal. Volverás a ser la misma después de que la criatura haya nacido.
—Será un varón —le dijo Candela, limpiándose los ojos con los dedos—. Y luego arreglaremos un matrimonio entre nuestros hijos, así Isabelle podrá ser una condesa.
—Tenía la impresión de que no creías en matrimonios arreglados.
—Y así era, pero probablemente a nuestros hijos no se les pueda confiar una decisión tan importante como la de elegir con quien casarse.
—Tienes razón. Tendremos que elegir por ellos.
Compartieron la broma en silencio, y Candela sintió que su humor mejoraba un poco.
—Tengo una idea —dijo Rochi—. Vamos a la cocina y hurguemos en la despensa. Apuesto a que todavía queda alguna torta de grosella de las que tomamos en el postre. Y deliciosa mermelada de fresa...
Candela levantó la cabeza y se secó algunas lágrimas que tenía en la nariz con la manga.
—¿Realmente piensas que los dulces harán que me sienta mejor?
Rochi sonrió.
—No te harán daño ¿verdad?
Candela lo pensó un segundo.
—Vamos —dijo, y Rochi tiró de ella para levantarla del banco.

El sol de la mañana irrumpió en el vestíbulo principal cuando las doncellas retiraron las cortinas y las recogieron con cordones con borlas de seda. Lali se dirigió hacia la sala del desayuno, sabiendo que era poco probable que alguno de los invitados estuviera despierto. Trató de dormir un poco más pero estaba extrañamente inquieta y agitada, hasta que finalmente saltó de la cama y se vistió.
Los criados estaban ocupados abrillantando la plata, lustrando la madera, aireando las grandes alfombras, y acarreando cestas con ropa de cama. Se oían los sonidos metálicos y los tintineos de la vajilla desde la cocina, se estaban preparando las viandas para el desayuno.
La puerta del estudio privado de lord Sierra estaba abierta, y al pasar Lali echó un vistazo dentro de la habitación metiendo la cabeza por el marco artesonado de madera. Era una estancia amplia y sencilla, provista con una hilera de vidrieras que dejaban traspasar un arco iris de luz hasta el suelo alfombrado. Lali se detuvo con una sonrisa cuando vio a alguien sentado detrás del enorme escritorio.
Por el contorno de su cabeza oscura y sus amplios hombros reconoció al señor Martinez, que a menudo utilizaba el estudio de lord Sierra cuando se alojaba en Stony Cross Park.
—Buenos días… —anunció ella, haciendo una pausa cuando él se dio la vuelta para mirarla.
Lali sintió una punzada de entusiasmo cuando descubrió que no era el señor Martinez, sino Matthew Swift.
Él se levantó de la silla, y Lali dijo tímidamente:
—No, por favor, siento haberle interrumpido…
Su voz se fue apagando cuando percibió que había algo diferente en él. Llevaba un par de gafas finas con montura de acero.
Gafas, sobre aquel rostro de rasgos duros… tenía el cabello desordenado como si se hubiera estado pasando la mano sobre él. Todo esto unido a la plenitud de sus músculos y su masculina virilidad convertían la escena en algo increíblemente… sensual.
—¿Desde cuándo lleva usted gafas? —logró preguntar Lali.
—Desde hace aproximadamente un año. —Él sonrió con timidez y se quitó las gafas con una mano—. Las necesito para leer. Paso demasiadas horas estudiando minuciosamente contratos e informes.
—Son… son muy favorecedoras.
—¿De veras? —el señor Lanzani continuó sonriendo y, sacudió la cabeza, como si nunca se le hubiera ocurrido preguntarse si le favorecían. Él metió las gafas en el bolsillo de su chaleco—. ¿Cómo se encuentra usted? —preguntó suavemente.
Lali tardó un momento en comprender que él se refería a su caída del carro.
—Oh, estoy bastante bien, gracias.
Él la miraba fijamente de esa manera tan suya, analizándola, algo que siempre la ponía nerviosa. Pero en ese momento, su mirada no parecía crítica. De hecho, él la miraba como si fuera la única cosa importante en el mundo. Ella acarició la falda de su vestido rosado de muselina con adornos florales.
—Se levanta usted temprano —dijo Lanzani.
—Por lo general sí. No puedo imaginar por qué algunas personas se quedan tanto tiempo en la cama por la mañana. Nadie puede dormir tanto. —Cuando Lali terminó de hablar se le ocurrió que quizás había algo más que la gente hacía en la cama además de dormir, y su rostro se tornó escarlata.
Afortunadamente Lanzani no se burló de ella, aunque vio una sonrisa sutil acechar en la comisura de sus labios. Dejando de lado el tema peligroso del hábito de dormir, Peter señaló la montaña de papeles que tenía detrás de él.
—Me dispongo a ir a Bristol pronto. Algunas cuestiones deben ser resueltas antes de que decidamos abrir una fábrica allí.
—¿Lord Sierra ha decidido que usted se encargará del proyecto?
—Sí. Aunque al parecer tendré que hacerlo con la aprobación de un consejo asesor.
—Mi cuñado puede ser un poco controlador —admitió Lali—. Pero una vez que él descubra lo capaz que es usted, creo que aflojará las riendas bastante.
Él la miró con curiosidad.
—Eso suena casi como un elogio, señorita Esposito.
Ella se encogió de hombros con indiferencia.
—Por encima de todos los defectos que usted pueda tener, su formalidad es legendaria. Mi padre siempre dice que uno puede poner su reloj en hora, sólo observando cuando entra y cuando sale usted.
Un tono divertido y sardónico inundó su voz al responder.
—Formal. Es un adjetivo que hace parecer a un hombre fascinante.
Por una vez, Lali estuvo de acuerdo con su declaración sarcástica. Cuando alguien decía que un hombre era “formal” o “agradable”, estaba dedicándole un débil cumplido. Pero ella había pasado tres temporadas observando los caprichos de caballeros libertinos, despreocupados e irresponsables. La formalidad era una maravillosa cualidad en un hombre. Se preguntó por qué ella nunca la había apreciado antes.
—Señor Lanzani… —Lali trató de parecer despreocupada pero sin éxito—. He estado preguntándome algo…
—¿Sí? —Él dio un paso hacia atrás cuando ella se acercó, como si necesitara mantener una cierta distancia entre ellos.
Lali lo miró atentamente.
—Ya que no hay ninguna posibilidad de que usted y yo… ya que el matrimonio está fuera de… Me preguntaba, ¿usted quiere casarse algún día?
Él la miró perplejo y se quedó en blanco.
—El matrimonio no entra dentro de mis planes, no creo que eso suceda nunca.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Por qué no? —exigió ella—. ¿Es que usted valora demasiado su libertad? ¿O piensa divertirse persiguiendo faldas?
El señor Lanzani se echó a reír, un sonido tan cálido que Lali sintió su risa como una caricia de terciopelo bajando por su espalda.
—No. Siempre pensé que sería una pérdida de tiempo perseguir a una multitud de mujeres cuando sería suficiente con la mujer adecuada.
—¿Cómo define usted a esa mujer?
—¿Me está preguntando con qué mujer querría casarme? —Su risa fue mucho más intensa que de costumbre, erizando el fino vello de la nuca de Lali—. Supongo que lo sabré cuando la encuentre.
Esforzándose por parecer indiferente, Lali se dirigió hacia las ventanas. Levantó una mano, mirando el mosaico de colores que la luz dibujaba sobre la palidez de su piel.
—Puedo imaginar cómo sería esa mujer. —Ella se mantuvo de espaldas a Lanzani—. Más alta que yo, en primer lugar.
—La mayoría de las mujeres lo son —repuso él.
—Una experta en cuestiones domesticas —continuó Lali—. No sería una soñadora. Mantendría su mente ocupada en asuntos prácticos, manejaría a los criados a la perfección, nunca se dejaría engañar por el pescadero o el carnicero al hacer la compra.
—Si realmente tuviera algún deseo de casarme —dijo el señor Lanzani—, acaba usted de quitármelo completamente.
—Usted no tendrá ninguna dificultad para encontrar una mujer así —continuó Lali, sonando más malhumorada de lo que habría deseado—. Hay cientos de ellas en Manhatanville. Tal vez miles.
—¿Qué le hace suponer que yo querría una esposa convencional?
Sus sentidos zumbaron cuando lo sintió acercarse a ella.
—Porque usted es como mi padre —dijo ella.
—No del todo.
—Y si usted se casara con una mujer que no fuera así, esa mujer acabaría siendo para usted un… parásito.
Sintió la suave presión de las manos del señor Lali sobre sus hombros. Él le dio la vuelta para mirarla. Sus ojos azules ardían cuando buscó los suyos, y ella tuvo la desagradable sospecha de que leía sus pensamientos con demasiada exactitud.
—Prefiero pensar —dijo él despacio—, que yo nunca sería un hombre tan cruel. O tan idiota.
Sentía su mirada en el escote de su vestido, sobre la piel de sus pechos. Con mucha suavidad, él paseó los pulgares por encima de sus clavículas, hasta que Lali sintió la carne de gallina bajo las mangas de su vestido.
—Todo lo que yo querría de una esposa —murmuró él—, es que ella sintiera algo por mí. Que se sintiera feliz al verme volver a casa cada día.
Su respiración se aceleró por el roce de sus dedos.
—Eso no es pedir demasiado.
— ¿Verdad que no?
Sus yemas habían alcanzado la base de su garganta, que se onduló cuando ella intentó tragar. Él parpadeó y apartó las manos rápidamente, sin saber que hacer con ellas hasta que las metió en los bolsillos de su chaqueta.
Pero no se movió. Lali se preguntaba si el sentiría el mismo deseo irresistible que ella, una necesidad que la paralizaba y que sólo podría ser apaciguada con más caricias.
Aclarando fuertemente la garganta, Lali enderezó la espalda y se irguió en toda su dudosa altura de cinco pies y una pulgada.
—¿Señor Lanzani?
—¿Sí, señorita Esposito?
—Tengo que pedirle un favor.
Él clavó la mirada en ella.
—¿Cuál?
—En cuanto usted le diga a mi padre que no va a casarse conmigo definitivamente, él se va a sentir… muy contrariado. Usted sabe como es.
—Si, lo sé —dijo Lanzani con seriedad. Cualquiera que conociera a Juan Esposito era consciente de que para él, la decepción era el paso previo en el camino hacia la grave ofensa.
—Tengo miedo de que eso cause algunas repercusiones desagradables para mí. Mi padre ya está disgustado porque no he encontrado a nadie que cumpliera con sus requisitos. Si imagina que deliberadamente he hecho algo para frustrar sus proyectos para nosotros… bueno…, eso hará mi situación… más difícil.
—Entiendo —Peter conocía a su padre incluso mejor que Lali—. No le diré nada —dijo él con serenidad—. Y haré lo que pueda para facilitarle a usted las cosas. Me voy a Bristol dentro de dos días, tres como máximo. Lord Amadeo y los demás caballeros… bueno ninguno de ellos es estúpido, tienen una idea precisa de por qué les invitaron aquí, y no habrían venido si no estuvieran interesados. No debería costarle demasiado conseguir una proposición de alguno de ellos.
Lali supuso que debería agradecer su interés por empujarla en los brazos de otro hombre. Sin embargo, su entusiasmo le produjo una punzada de acidez. Y cuando una se siente como una avispa, la principal inclinación es picar.
—Aprecio su interés —dijo ella—. Gracias. Ha sido usted de mucha ayuda señor Lanzani. Sobre todo brindándome alguna experiencia, para mí muy necesaria. La próxima vez que bese a un hombre, lord Amadeo, por ejemplo, sabré mucho más acerca del tema.
Lali se sintió llena de una satisfacción vengativa cuando vio como apretaba los labios.
—Para servirla siempre que usted me necesite —dijo él en un gruñido.
Percibió que sus manos estaban medio levantadas como si estuviera a punto de estrangularla o de sacudirla, Lali le ofreció su más radiante sonrisa y se deslizó fuera de su alcance.

A lo largo del día, la luz del sol de las primeras horas de la mañana, fue sofocada por nubes que formaron una gran alfombra gris en el cielo. La lluvia comenzó a caer regularmente, embarrando los caminos sin empedrar, mojando los prados, y apresurando a personas y a animales a buscar refugio.
Así era Hampshire en primavera, inestable y malicioso, jugando travesuras con quienes se confiaban. Si uno se aventuraba a salir con el paraguas una mañana húmeda, Hampshire producía la luz del sol como por arte de magia. Si uno salía sin él, seguro que el cielo vertía cubos de agua sobre tu cabeza.
Los invitados estaban reunidos en varios grupos… algunos en el salón de música, otros en la sala de billar o en la sala de juegos, tomando el té o realizando representaciones teatrales. Algunas damas se dedicaban a su bordado, mientras los caballeros leían, hablaban o bebían en la biblioteca. En ninguna conversación faltaba una mención al tema de cuando podría terminarse la tormenta.
A Lali por lo general le gustaban los días lluviosos. Enroscarse al lado del fuego del hogar con un libro era el mayor placer imaginable. Pero todavía estaba en un estado irritable en el que la palabra impresa había perdido su magia. Serpenteó por las salas observando discretamente las actividades de los invitados. Haciendo una pausa en el umbral de la sala de billar, observó detenidamente cómo los caballeros giraban perezosamente alrededor de la mesa con bebidas y palos de billar en la mano. Los chasquidos que emitían las pelotas de marfil al chocar proporcionaban un matiz arrítmico al zumbido de la conversación masculina. Sus ojos quedaron atrapados por la visión de Peter Lanzani en mangas de camisa, inclinándose sobre la mesa para realizar un tiro que resultó perfecto.
Sus manos eran hábiles con el taco, sus ojos azules examinaban concienzudamente la disposición de las bolas sobre la mesa. Algunos rizos rebeldes caían sobre su frente una vez más, y Lali tuvo ganas de empujarlos hacia atrás. Como Lanzani coló la pelota con maestría por uno de los huecos de la mesa, se oyeron algunos aplausos, algunas risas y el ruido de algunas monedas que cambiaron de manos. Desde su posición, Lanzani mostró una de sus infrecuentes sonrisas e hizo una observación a su opositor, que resultó ser lord Sierra.
Sierra rió por el comentario y rodeó la mesa, llevaba entre los dientes un cigarro apagado, mientras consideraba sus opciones. La atmósfera de relajado placer masculino era inequívoca.
Cuando Sierra dio la vuelta a la mesa, descubrió a Lali observando la sala desde la puerta. Su cuñado le guiñó un ojo. Ella se inhibió como una tortuga dentro de su caparazón. Se sintió ridícula por estar allí de pie dedicándole miradas furtivas a Peter Lanzani.
Regañándose en silencio, Lali se alejo del cuarto de billar, en dirección al vestíbulo. Subió la magnifica escalera sin parar hasta que llegó al salón principal.
Rochi y Euge acompañaban a Candela, que estaba tumbada sobre el sofá. Estaba pálida y en tensión, con la frente arrugada en un ceño. Tenía los brazos alrededor de su barriga.
—Han sido veinte minutos —dijo Euge, dirigió la mirada al reloj sobre la chimenea.
—Todavía no vienen con regularidad —comentó Rochi. Ella cepillaba el abundante pelo negro de Candela y lo trenzaba con dedos diestros.
—¿Quien no viene con regularidad? —preguntó Lali entrando con ímpetu en la estancia—. ¿Y por qué estás mirando el… —Ella palideció de pronto cuando comprendió—. ¡Oh cielos! ¿Tienes dolores de parto, Candela?
Su hermana sacudió la cabeza, mirando perpleja.
—No son dolores de parto exactamente. Sólo una especie de contracción. Empezaron después de comer, y luego tuve otra una hora más tarde, y otra media hora más tarde, la última ha sido hace veinte minutos.
—¿Lo sabe Sierra? —preguntó Lali jadeando—. ¿Debo ir a llamarlo?
—No —dijeron las tres mujeres inmediatamente.
—No hay ninguna necesidad de preocuparlo todavía —añadió Candela—. Déjale disfrutar de la tarde con sus amigos. En cuanto lo averigüe, estará aquí dando vueltas y ladrando órdenes, y nadie tendrá paz. Sobre todo yo.
—¿Y mamá? ¿Voy a buscarla? —Lali tuvo que preguntarlo, aunque estaba segura de la respuesta. Mercedes no era una persona consoladora, y a pesar del hecho de que ella había dado a luz a cinco niños, era delicada con respecto a la mención de cualquier clase de función corporal.
—Ya estoy bastante nerviosa —dijo Candela secamente—. No, no le digas nada a mamá. Ella se sentiría obligada a sentarse aquí conmigo para mantener las apariencias, y eso me pondría tan inquieta como un gato. Ahora mismo todo que necesito es a vosotras tres.
A pesar de su tono sardónico, ella alcanzó la mano de Lali y la apretó con fuerza. El parto era un momento desagradable, sobre todo la primera vez, y Candela no sería ninguna excepción.
—Rochi dice que estas contracciones podrían aparecer y desaparecer durante días —le dijo a Lali, cruzando los ojos cómicamente.
—Está bien querida. No esperemos lo peor. —Conservando la mano de Candela, Lali se sentó a sus pies sobre la alfombra.
El cuarto estaba en silencio excepto por el tictac del reloj sobre la chimenea, y el sonido del cepillo alisando el pelo de Candela. Entre las hermanas unidas por las manos, la presión de sus pulsos se mezclaba en latidos estables. Lali no estaba segura si era ella quien le daba tranquilidad a su hermana o al revés. Había llegado el momento para Candela, y Lali tuvo miedo por ella, por que sufriera dolor, por las posibles complicaciones y por el hecho de que la vida nunca sería la misma después.
Echó un vistazo a Eugenia, que le dirigió una sonrisa, y a Rochi, cuyo semblante era sereno. Ellas se ayudarían en todos los problemas o temores de sus vidas, pensó Lali, y de repente se sintió abrumada por el amor hacia todas ellas.
—Nunca viviré lejos de vosotras —dijo—. Quiero que las cuatro estemos juntas para siempre. Nunca podría perder a ninguna de vosotras.
Rochi le dio un golpecito con el pie cariñosamente.
—Lali… nunca se puede perder a una amiga de verdad.
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Vero_me
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Miér Oct 26, 2011 8:08 pm

nose si me acaba de gustar la actitud de Candela.....pero igual estoy enganchadisssima!!!!! y peter?? pobrecito....me encanta quiero mas!!
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Jue Oct 27, 2011 5:36 pm

Capítulo 9



A medida de que la tarde avanzaba, la tormenta se hizo más intensa, algo inusual para esa época del año. La lluvia impulsada por el viento golpeaba las ventanas, los árboles y los meticulosamente arreglados setos, los relámpagos iluminaban el cielo. Las cuatro amigas se quedaron en la sala Marsden, controlando el ritmo de las contracciones de Candela hasta que fueron regulares y en intervalos de diez minutos. Candela estaba cansada e inquieta, aunque trataba de ocultarlo. Lali sospechó que a su hermana le resultaba difícil rendirse al proceso inevitable de la naturaleza que en ese momento dominaba su cuerpo.
—Posiblemente no estés muy cómoda en el sofá —le dijo Rochi, tirando de Candela para levantarla—. Venga, querida. Hora de acostarse.
—Creo que debería... —comenzó Lali, pensando que había llegado el momento de avisar a Sierra.
— Sí, creo que si —dijo Rochi.
Aliviada por la perspectiva de tener algo que hacer en lugar de observar sintiéndose inútil, Lali preguntó:
—Y luego, ¿qué? ¿Necesitaremos sábanas o toallas?
—Sí, sí —le dijo Rochi volviendo la cabeza por encima del hombro, mientras ayudaba a Candela a levantarse, le pasó un brazo por la espalda y la sujetó con firmeza
—Necesitaremos tijeras y una bolsa de agua caliente. Y dile al ama de llaves que haga subir algún aceite de valeriana, y también té de hierbas, de agripalma o de mostaza silvestre.
Mientras las demás ayudaban a Candela a llegar a su habitación, Lali bajó apresuradamente las escaleras. Fue a la sala de billar y la encontró vacía, luego correteó a la biblioteca y también al salón principal. Parecía que Sierra no se encontraba en ninguna parte. Controlando su impaciencia, Lali se esforzó por caminar con más calma al ver a algunos invitados en el vestíbulo, y se dirigió hacia el estudio de Sierra. Fue un alivio encontrarlo por fin allí acompañado por su padre, el señor Martinez, y Peter Lanzani. Los tres estaban manteniendo una conversación animada que incluía frases como “carencias en la red de distribución“ y “ganancias por unidad”.
Advirtiendo su presencia, los hombres dirigieron la mirada hacia ella. Sierra que estaba apoyado en el escritorio, se enderezó al verla.
—Milord —dijo Lali—, ¿puedo hablar con usted?
Aunque ella habló con calma, algo en su expresión debió de alertarlo. Rápidamente se acercó a ella.
—¿Qué ocurre Lali?
—Es sobre mi hermana —susurró ella—. Parece que el parto ha comenzado.
Lali nunca había visto al conde con una mirada como esa, de desconcierto.
—Es demasiado pronto —dijo él.
—Al parecer el bebé cree que no es así.
—Pero… si aún no es el momento. —El conde pareció sinceramente confundido de que su hijo no hubiera cumplido con el calendario y anticipara su llegada.
—No necesariamente —contestó Lali razonablemente—. Es posible que el doctor se equivocara al calcular la fecha del nacimiento. En última instancia es sólo una aproximación.
Sierra frunció el ceño.
—¡Esperaba mucha más exactitud! Es casi un mes antes de lo… previsto —un nuevo pensamiento pasó por su mente haciéndolo palidecer—. ¿El bebé es prematuro?
Aunque Lali había tenido en cuenta la misma posibilidad, sacudió la cabeza inmediatamente.
—Algunas mujeres tardan más, otras un poco menos, y mi hermana no es muy robusta, estoy segura de que el bebé está bien. —Ella le sonrió con seguridad—. Candela ha tenido dolores durante cuatro o cinco horas, y ahora cada diez minutos más o menos, según Rochi.
—¿Ha estado de parto durante horas y nadie me ha informado? —exclamó Sierra ultrajado.
—Bueno, no es técnicamente un parto a no ser que los intervalos entre las contracciones sean regulares, y ella dijo que no quería que le molestaran a usted hasta...
Sierra soltó una maldición que asustó a Lali. Se dio la vuelta para señalar con un dedo dominante pero tembloroso a Pablo Martinez.
—Doctor —ladró, y salió corriendo de allí.
Pablo Martinez no pareció sorprendido por el comportamiento primitivo de Sierra.
—Pobre —dijo con una leve sonrisa, y se acercó al escritorio para guardar una pluma en su funda.
—¿Por qué lo llamó a usted “Doctor”? —preguntó Juan Esposito, empezando a sentir los efectos de una tarde de brandy.
—Creo que quiere que vaya a buscar al doctor —contestó el señor Martinez—. Lo que tengo intención de hacer inmediatamente.
Lamentablemente tuvieron dificultades para traer al doctor, un anciano venerable que vivía en el pueblo. El lacayo que enviaron a buscarle regresó con malas noticias, mientras escoltaba al doctor al vehículo de lord Sierra, el pobre hombre se había lastimado.
—¿Cómo? —exclamó Sierra, habiendo salido del dormitorio para recibir el informe del lacayo.
Una pequeña multitud incluyendo a Lali, Euge, lord Riera, el señor Martinez, y el señor Lanzani, esperaban en el vestíbulo. Rochi seguía dentro de la habitación con Candela.
—Milord —le contestó el lacayo con pesar —el doctor resbaló sobre el camino mojado y se cayó antes de que yo pudiera cogerlo. Se lastimó la pierna. Él dice que no cree que esté rota, pero en todo caso no podrá venir para ayudar a lady Sierra.
Un destello salvaje apareció en los ojos oscuros del conde.
—¿Por qué no le dio usted el brazo? ¡Cielos, ese hombre es un fósil! Es obvio que no se podía confiar en que anduviera solo por el suelo mojado.
—Si es tan endeble —preguntó Pablo Martinez con voz serena—, ¿entonces cómo suponías que esa vieja reliquia sería de ayuda para lady Sierra?
El conde frunció el ceño.
—Ese doctor sabe más sobre partos que cualquiera de por aquí e incluso de Portsmouth. Ese anciano ha traído al mundo a varias generaciones Marsden.
—A este paso... —señaló lord Riera—, la última generación Marsden va a llegar sin ninguna ayuda. —Se dio la vuelta hacia el lacayo—. A no ser que el doctor tuviera alguna sugerencia de cómo reemplazarlo...
—Sí, milord —repuso el lacayo con incomodidad—. Me dijo que hay una comadrona en el pueblo.
—Entonces vaya a buscarla inmediatamente —ladró Sierra.
—Ya lo he hecho, milord. Pero… la mujer está un poco… achispada.
Lord Sierra frunció el ceño.
—Tráigala de todos modos. En este momento no voy a preocuparme por nimiedades como una copa de vino o dos.
—Eh, milord… en realidad está un poco mas que achispada.
El conde lo miró fijamente con incredulidad.
—Maldita sea... ¿está borracha?
—Cree que ella es la reina. Me regañó porque le pise la cola de su vestido real.
Se hizo un breve silencio mientras el grupo digería la información.
—Voy a matar a alguien —exclamó el conde sin dirigirse a nadie en particular.
De repente se oyó un grito de Candela desde el dormitorio, que hizo palidecer a su marido.
—¡Agustin!
—Ya voy —gritó lord Sierra, se dio la vuelta para mirar al lacayo con un brillo amenazador en los ojos—. Encuentre a alguien —le espetó—. Un doctor. Una comadrona. Una curandera. Simplemente traiga… a alguien… ahora.
Cuando Sierra desapareció en el dormitorio el aire pareció temblar siguiendo su estela, como después de un relámpago. Un repique de truenos retumbó en el cielo, agitando las lámparas de araña y haciendo vibrar el suelo.
El lacayo estaba al borde de las lágrimas.
—Diez años al servicio de su señoría y ahora seré despedido…
—Vuelva a ver al doctor —dijo Pablo Martinez—, y averigüe si su pierna está mejor. Si no, pregúntele si hay algún aprendiz o estudiante de medicina, alguien que pueda suplirlo. Mientras tanto yo iré a caballo hasta el siguiente pueblo para buscar a alguien.
Peter Lanzani, que había estado silencioso hasta ahora, preguntó:
—¿Qué camino tomará usted?
—El camino principal hacia el este —contestó Martinez.
—Entonces yo iré hacia el oeste.
Lali miró a Lanzani con sorpresa y gratitud. La tormenta hacía el encargo peligroso, además de incómodo. El hecho de que él estuviera dispuesto a hacer algo así por Candela, que no había ocultado su aversión hacia él, elevó sobremanera la opinión que Lali tenía sobre él.
—Supongo que yo tendré que ir hacia el sur —repuso lord Riera secamente—. Esta mujer tenía que tener el bebé durante un diluvio de dimensiones bíblicas...
—¿Por qué no mejor se queda aquí con Sierra? —preguntó Pablo Martinez en un tono sardónico.
Riera le lanzó una mirada sin una pizca de diversión.
—Iré a buscar mi sombrero.

Dos horas después de que los hombres se marcharan, el parto empezó a progresar. Los dolores se hicieron tan agudos que dejaban a Candela sin aliento. Agarraba la mano de su marido con tal fuerza que Agustin tenía los nudillos blancos, aunque a él parecía no afectarle. Sierra se mostraba paciente y tierno, le limpiaba la cara con un paño húmedo, procuraba que bebiera la infusión de agripalma a sorbos, incluso le daba masajes en la espalda y en las piernas para ayudarla a relajarse.
Rochi demostró ser tan competente que Lali dudó de que una comadrona pudiera haberlo hecho mejor. Colocaba la bolsa de agua caliente a Candela en la espalda y en el vientre y le hablaba acerca de los dolores, recordándole que si ella misma, había logrado sobrevivir a eso, Candela seguramente también podría.
Candela temblaba después de cada contracción dolorosa.
Rochi le cogió la mano con firmeza.
—No tienes que estar callada, querida. Grita o maldice si eso te ayuda.
Candela sacudió la cabeza débilmente.
—Apenas tengo energía para gritar. Conservaré mejor las fuerzas si no lo hago.
—Yo hice lo mismo. Aunque te advierto que la gente no te tendrá tanta compasión si lo soportas tan estoicamente.
—No quiero compasión —jadeó Candela, cerrando los ojos ante otra contracción—. Lo único que quiero… es que se termine.
Sierra tenía las facciones tensas, y Lali pensó que si Candela quisiera compasión, solo tendría que reparar en su marido que la miraba con ojos atormentados.
—Se supone que no deberías estar aquí —le dijo Candela a Agustin cuando la contracción terminó. Ella se aferró a su mano como si fuera un salvavidas—. Se supone que deberías estar abajo bebiendo brandy y paseando inquieto.
—¡Cielos, mujer! —refunfuñó lord Sierra, limpiando su cara sudorosa con un el paño—. Yo soy responsable de esto. No voy a dejarte afrontar las consecuencias tu sola.
Eso ocasionó una débil sonrisa en los labios resecos de Candela.
Se oyó un golpe en la puerta y Lali se levantó para ver quien era. Abriéndola un palmo, vio a Peter Lanzani, empapado, lleno de fango y jadeante. Una ola de alivio la inundó.
—Gracias al cielo —exclamó—. Nadie ha vuelto todavía. ¿Encontró usted a alguien?
—Sí y no.
La experiencia le había enseñado a Lali que cuando alguien contesta “sí y no” los resultados raras veces son lo qué uno habría deseado.
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó con cautela.
—Traje a un hombre, subirá en un momento… se está lavando. Los caminos se han convertido en un lodazal… hundidos y enfangados… truena como en el infierno… fue un milagro que el caballo no se desbocara o se rompiera una pata. —Lanzani se quitó el sombrero y se secó la frente con la manga, dejando una mancha de barro por su cara.
—¿Pero realmente encontró un médico? —insistió Lali dándole una toalla limpia de una cesta que había al lado de la puerta.
—No. Los vecinos me dijeron que el doctor se ha marchado a Brighton y estará fuera dos semanas.
—¿Y una comadrona?
—Fue imposible traerla —dijo el señor Lanzani concisamente—. Se encontraba ayudando a otras dos mujeres que estaban de parto en el pueblo. Cuando hablé con ella me comentó que estas circunstancias suelen darse durante una fuerte tormenta, dice que algo en el aire provoca el nacimiento de los bebes.
Lali lo miró confundida.
—¿Entonces a quien trajo usted?
Un hombre medio calvo con suaves ojos negros apareció al lado de Peter. Tenía las ropas húmedas, pero estaba limpio, más limpio que el señor Lanzani, en cualquier caso, y su aspecto era respetable.
—Buenas tardes señorita —dijo él con timidez
—Este es el señor Merritt —le dijo Peter a Lali—. Es un veterinario.
—¿Un qué? —Si bien la puerta estaba prácticamente cerrada, la conversación pudo ser oída por los ocupantes de la habitación. La voz aguda de Candela se oyó desde la cama.
—¿Me ha traído un médico de animales?
—Me lo recomendaron ampliamente —dijo Lanzani.
Como Candela estaba cubierta con la ropa de cama, Lali abrió la puerta un poco más para permitirle a Candela ver al hombre.
—¿Qué experiencia tiene usted? —le exigió Candela al señor Merritt.
—Ayer traje al mundo a los cachorros de una hembra de buldog. Y antes de eso…
—Suficiente —dijo Sierra de repente, cuando Candela le agarró la mano sintiendo el inicio de otra contracción—. Entre…
Lali le permitió entrar en el dormitorio, y ella salió con otra toalla limpia.
—Habría ido a otro pueblo pero... —dijo Lanzani, su voz ronca tenía una nota de disculpa —los pantanos y los arroyos se han desbordado y los caminos están intransitables. No sé si el señor Merrit será de ayuda pero no iba a volver sin nadie. —Él cerró los ojos un momento, estaba ojeroso y pálido, y Lali comprendió que había sido extenuante cabalgar en medio de la tormenta.
“Formal y responsable”, pensó Daisy. Con los dedos en una esquina de la toalla, limpió el barro que Peter tenía en la cara y le secó las mejillas que estaban rasposas por la barba de un día. Fascinada por el vello oscuro de su mandíbula tuvo que controlarse para no acariciarlo con la yema de los dedos.
Peter se dejó hacer, inclinando la cabeza para facilitarle la tarea.
—Espero que los demás tengan más éxito en la búsqueda de un médico.
—No podrán volver a tiempo —contestó Lali—. El parto ha avanzado mucho en la última hora.
Él movió la cabeza hacia atrás como si el toque ligero de sus dedos lo molestara.
—¿No va a volver a entrar?
Lali sacudió la cabeza.
—Mi presencia está de más, como se suele decir. Candela odia que haya mucha gente en la habitación y Rochi es mucho más capaz que yo para ayudarla. Pero me quedaré cerca por si acaso… me llama.
Quitándole la toalla de las manos, Peter se la restregó por detrás de la cabeza, donde la lluvia había empapado su abundante cabello dejándolo aún mas negro y brillante.
—Volveré en un momento —dijo él—. Voy a lavarme y a ponerme ropa seca.
—Mis padres y lady Riera están en la sala Marsden —dijo Lali—. Puede reunirse con ellos… es mucho más cómodo que esperar aquí.
Pero cuando Lanzani terminó de cambiarse, no se dirigió allí sino que volvió donde se encontraba Lali.
Ella estaba sentada en el pasillo con las piernas cruzadas, apoyando la espalda contra la pared. Perdida en sus pensamientos, no se percató de su presencia hasta que él estuvo justo a su lado. Peter la miró a los ojos, iba vestido con ropa limpia aunque tenía el pelo húmedo todavía.
—¿Puedo?
Lali no estaba segura de lo que él preguntaba, pero se encontró asintiendo de todos modos. Lanzani se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, con una postura idéntica a la suya. Ella nunca se había sentado de esa manera delante de un caballero, y sin duda nunca había imaginado hacerlo delante de Peter Lanzani. Cortésmente él le dio una pequeña copa llena de un líquido rojo.
Lali aceptó la copa sorprendida y la acercó a su nariz con cautela.
—Madeira —exclamó con una sonrisa—. Gracias. Aunque la celebración es un poco prematura ya que el bebé todavía no ha nacido.
—No es para celebrarlo. La ayudará a relajarse.
—¿Cómo sabía cual era mi vino favorito? —preguntó ella.
Él se encogió de hombros.
—Una casualidad afortunada.
Pero de algún modo ella sabía que no había sido la suerte.
Hablaron poco, compartiendo un silencio curiosamente agradable.
—¿Qué hora es? —preguntaba Lali de vez en cuando y él consultaba su reloj de bolsillo.
Intrigada por el tintineo de los objetos que llevaba en el bolsillo de su chaqueta, Lali comentó:
—¿Qué lleva ahí? Enséñemelo
—Nada interesante, se lo aseguro —dijo el señor Lanzani sacándose del bolsillo toda una colección de artículos. Los colocó sobre el regazo de Lali que se dispuso a investigar.
—Es usted como un hurón —le dijo con una sonrisa. Había un cuchillo plegable, hilo de pescar, algunas monedas, la punta de una pluma, sus gafas, una latita de jabón de la marca Esposito, por supuesto, y un sobrecito de papel encerado que contenía polvo de corteza de sauce.
Sosteniendo el sobre entre el pulgar y el índice, Lali preguntó:
—¿Padece usted de jaquecas, señor Lanzani?
—Yo no. Pero su padre sí, las padece siempre que recibe malas noticias. Y por lo general soy yo quien se las comunica.
Lali se rió y hurgó en el montón sacando una diminuta cajita de fósforos de plata.
—¿Para que lleva fósforos? Creí que usted no fumaba.
—Uno nunca sabe cuando será necesario hacer un fuego.
Lali levantó una cajita de alfileres y arqueó las cejas de manera inquisidora.
—Los uso para unir documentos —explicó él—. Pero han sido útiles en otras ocasiones.
Ella exclamó con un tono burlón:
—¿Existe alguna emergencia para la cual usted no esté preparado, señor Lanzani?
—Señorita Esposito, si dispusiera de los bolsillos suficientes, podría salvar el mundo.
Fue el modo en que lo dijo, con una especie de arrogancia triste pretendiendo divertirla, lo que derrumbó las defensas de Lali. Sonrió sintiendo una cálida sensación de bienestar, aunque sabía perfectamente que sus sentimientos hacía él sólo empeorarían su situación. Inclinándose sobre su regazo, cogió un puñado de pequeñas tarjetas atadas con un hilo.
—Me dieron instrucciones de traer a Inglaterra tarjetas de visita —dijo el señor Lanzani—. Aunque no estoy seguro de que sean útiles aquí.
—Por supuesto que no, usted nunca debe dejar una tarjeta de presentación cuando visite a un inglés —le aconsejó Lali—. Está mal visto aquí. Implica que usted está tratando de reunir dinero con algún fin.
—Generalmente es así.
Lali volvió a reír. Reparó en otro objeto intrigante, y lo cogió para inspeccionarlo.
Un botón.
Arrugó la frente mientras lo miraba con atención, el botón tenía el grabado de un molino de viento. Por el otro lado tenía una fina placa de cristal, sujeta por una tira de cobre. Dentro de la placa se distinguía un mechón de pelo negro.
Lanzani se puso pálido y alargó la mano para quitárselo, pero ella cerró la mano.
A Lali se le aceleró el pulso.
—Yo he visto esto antes —exclamó—. Eran cinco... mi madre hizo un chaleco para mi padre con cinco botones. Uno con el grabado de un molino de viento, el otro de un árbol, el otro de un puente… nos cortó un mechón de pelo a cada uno de sus hijos y los puso dentro de los botones. Recuerdo cuando me lo cortó a mi, lo hizo en la nuca para que no se me notara.
Sin mirarla, Lanzani recuperó los demás objetos y los volvió a guardar en su bolsillo.
Se quedó callado y Lali esperó en vano una explicación. Finalmente ella alargó la mano y le tocó el brazo.
Peter no se movió, y clavó los ojos en su mano, sobre la manga de su chaqueta.
—¿Cómo consiguió usted esto? —susurró ella.
Lanzani tardo tanto tiempo en contestar que ella pensó que ya no lo haría.
Después de un momento él confesó con irritación:
—Su padre llevó el chaleco a las oficinas de la empresa. Le gustó a todo el mundo. Pero ese mismo día tuvo un arranque de mal genio, golpeó un frasco de tinta y se le derramó encima, Cómo es lógico el chaleco se estropeó. Pensando en el disgusto que tendría su madre me lo dio a mí para que me deshiciera de él.
—Pero usted guardó este botón —Lali sentía una opresión en el pecho que no la dejaba respirar, el corazón le latía frenético—. El molino de viento. Era el mío. ¿Ha… ha guardado usted un mechón de mi pelo durante todos estos años?
Peter volvió a guardar silencio.
Lali nunca supo que habría contestado, porque el momento se rompió por el sonido de la voz de Rochi en el pasillo.
—¡Laaaliiii!
Con el botón en la mano, Lali intentó levantarse. El señor Lanzani la ayudo a ponerse en pie, agarrándola por la muñeca con una mano tiró de ella con cuidado. Cuando estuvo en pie, le tendió la otra mano abierta y le dirigió una mirada inescrutable.
Lali se dio cuenta de que quería que le devolviera el botón, y dejó escapar una risita incrédula.
—Es mío —protestó ella. No porque quisiera el maldito botón, sino porque le parecía muy extraño que él hubiera tenido esa pequeña parte de ella durante tantos años. La asustó lo que eso podría significar.
Lanzani permaneció inmóvil y en silencio, esperando con una paciencia inflexible hasta que Lali abrió la mano y dejó caer el botón sobre su palma. Él volvió a guardarlo en su bolsillo como una urraca posesiva y la soltó.
Desconcertada, Lali se dirigió hacia el cuarto de su hermana. Cuando oyó el llanto de un bebé, retuvo el aliento con expectación. Estaba sólo a unos pasos de la puerta de la habitación, pero le parecieron millas.
Rochi la esperaba en la puerta, se la veía débil y cansada, pero lucía una sonrisa radiante en el rostro. Llevaba en los brazos un pequeño bulto envuelto en lino al que limpiaba con una esponja. Lali se llevó la mano a la boca y sacudió ligeramente la cabeza, sonrió aunque los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Oh, Dios mío… — exclamó mirando al bebé que estaba un poco colorado, tenía el pelo negro y unos brillantes ojos oscuros.
—Dile hola a tu sobrina —le dijo Rochi, dándole con delicadeza al bebé.
Lali la cogió con cuidado, asombrada por lo bonita que era.
—¿Y mi hermana… ?
—Candela está bien —le informó Rochi—. Lo ha hecho estupendamente.
Con la niña en los brazos, Lali entró en el dormitorio. Candela descansaba contra un montón de almohadas con los ojos cerrados. Se la veía muy pequeña en la gran cama, tenía el pelo peinado en dos trenzas como una niña. Sierra, que estaba a su lado, parecía que acababa de luchar la batalla de Waterloo él solo, sin ayuda de nadie.
El veterinario estaba en el lavabo, enjabonándose las manos. Al mirar a Lali le sonrió y ella le contestó con otra sonrisa.
—Felicidades, señor Merritt —le dijo—. Parece que ha añadido usted una nueva especie a su repertorio de nacimientos.
Candela abrió los ojos al oír su voz.
—¿Lali?
Lali se acercó a la cama con el bebé en los brazos.
—¡Oh, Cande, es la cosita más hermosa que he visto nunca!
Su hermana sonrió y dijo con voz somnolienta.
—Para mí también. ¿Podrías... —hizo una pausa para bostezar—, ...enseñársela a papá y mamá?
— Sí, desde luego. ¿Cómo se va a llamar?
—Merritt.
—¿Le vas a poner el nombre del veterinario?
—Bueno... demostró ser bastante eficiente —contestó Candela—. Y Agustin me ha dicho que puedo elegir su nombre.
El conde arropó a su esposa con cariño y la besó en la frente.
—Aún no tienes un heredero —susurró Candela con una tierna sonrisa—. Supongo que tendremos que tener otro hijo.
—No, no lo tendremos —contestó lord Sierra con voz ronca—. No pasaré por esto nunca más.
Divertida, Lali miró a Merritt, que dormía en sus brazos.
—Se la presentaré a los demás —dijo con suavidad.
Al salir al pasillo, se sorprendió de encontrarlo vacío.
Peter Lanzani se había ido.

Cuando Lali se levantó a la mañana siguiente, sintió un gran alivio al saber que el señor Martinez y lord Riera habían regresado sin percances a Stony Cross Park. Lord Riera encontró el camino del sur infranqueable, el señor Martinez había tenido más suerte. Halló a un médico en un pueblo vecino, pero el hombre se negó a viajar en medio de una tormenta tan peligrosa. Al parecer el señor Martinez tuvo que intimidarlo para obligarle a venir. En cuanto llegaron a Stony Cross Park, el doctor examinó a Candela y a Merritt y dictaminó que las dos estaban en excelentes condiciones. Según él, la niña era pequeñita pero estaba perfectamente formada, y tenía buenos pulmones.
Los invitados recibieron las noticias del nacimiento con algunos murmullos de pesar por el sexo del bebé. Sin embargo al contemplar el rostro de lord Sierra sosteniendo a su hija recién nacida, oyendo como le susurraba que compraría ponis, castillos y reinos enteros para ella, Lali comprendió que él no podría ser más feliz aunque Merritt hubiera sido un varón.
Lali compartió el desayuno con Euge, siendo consciente del peculiar enredo de sus emociones. Aparte de la alegría que le provocó el nacimiento de su sobrina y la tranquilidad de que su hermana estaba bien, se sentía… nerviosa, mareada e irritable.
Todo por culpa de Peter Lanzani.
Lali agradecía no haberlo visto todavía. Después del episodio del botón la noche anterior, no estaba segura de cómo debía reaccionar.
—Euge... —le suplicó en privado—. Tengo que contarte algo. ¿Quieres dar un paseo por los jardines conmigo? —Ahora que la tormenta había terminado, un tímido sol asomaba por el cielo.
—Claro. Por supuesto Aunque está todo lleno de barro…
—No saldremos del camino de grava. Pero tiene que ser fuera. Es demasiado íntimo para contártelo aquí.
Eugenia abrió mucho los ojos, y se bebió el té tan rápido que debió escaldarse la lengua.
La tormenta había desarreglado el jardín, había hojas y capullos de flores dispersos por todas partes, pequeños troncos y ramas llenaban el sendero, por lo general impecable. El aire estaba perfumado por el olor de los pétalos húmedos y de la tierra mojada por la lluvia. Disfrutando de ese delicioso aroma, las dos amigas dieron un paseo por el camino cubierto de grava. Ambas llevaban un chal sobre los hombros, caminaron mientras la brisa las empujaba con la impaciencia de un niño travieso.
Lali se sintió aliviada de poder hablar de sus preocupaciones con Euge. Le contó todo lo ocurrido entre ella y Peter Lanzani, incluyendo el beso y el descubrimiento del botón que él llevaba en su bolsillo. Euge sabía escuchar, quizás debido a su eterna batalla contra el tartamudeo.
—No sé que pensar —dijo Lali con tristeza—. No entiendo mis sentimientos hacia el. No sé por qué el señor Lanzani me parece diferente ahora y porque me siento atraída por el. Todo era mucho más fácil cuando le odiaba. Pero anoche cuando descubrí ese maldito botón…
—Hasta anoche no se te había ocurrido pensar que él pudiera tener sentimientos hacia ti... ¿verdad? —murmuró Euge.
—Sí, eso es.
—¿Lali… es posible que sus actos hayan sido premeditados? ¿Que te engañe, y que ese botón en su bolsillo haya sido una especie de es-estratagema?
—No. Si le hubieras visto la cara... Parecía desesperado cuando se dio cuenta de que debía explicarme porqué tenía ese botón. Oh, Euge… —Lali le dio una patada a un guijarro con aire taciturno—. Tengo la terrible sospecha de que Peter Lanzani puede tener todo lo que yo siempre he deseado en un hombre.
—Pero si te casas con él, tendrías que volver a Nueva York —repuso Euge.
—Sí, tarde o temprano, y no puedo marcharme. No quiero vivir lejos de mi hermana y de todas vosotras. Además me gusta Inglaterra, aquí puedo ser yo misma, mucho más que en Nueva York.
Euge consideró el problema con calma.
—¿Qué ocurriría si el señor Lanzani estuviera dispuesto a vivir aquí permanentemente?
—Eso no sucederá. Hay muchas mas oportunidades en Nueva York… y si él se quedara aquí tendría el inconveniente de no pertenecer a la nobleza.
—Pero... ¿y si estuviera dispuesto a intentarlo? —la presionó Euge.
—Aún en ese caso, nunca podría llegar a ser la clase de esposa que él necesita.
—Creo que deberíais mantener una conversación, y ser sinceros —dijo Euge con decisión—. El señor Lanzani es un hombre maduro e inteligente que seguramente no espera que te conviertas en algo que no eres.
—No serviría de mucho, de todos modos —dijo Lali con tristeza—. Lo ha dejado muy claro, no puede casarse conmigo bajo ninguna circunstancia. Esas fueron sus palabras exactas.
—¿Que es lo que le disgusta, tú o la idea del matrimonio?
—No lo sé. Todo lo que sé es que debe sentir algo por mí si lleva un mechón de mi pelo en el bolsillo. —Al recordar como había cerrado la mano alrededor del botón, de manera tan posesiva, sintió un temblor nada desagradable bajándole por la espalda. —Euge... — preguntó—, ¿cómo sabes que estás enamorada?
Euge consideró la pregunta mientras bordeaba un seto lleno de prímulas de diversos colores.
—Estoy s-segura de que supones que debo decir algo sabio y provechoso —dijo ella con gesto humilde—. Pero mi situación fue diferente de la tuya. Nicolas y yo no esperábamos enamorarnos. Nos cogió por sorpresa.
—Sí, pero ¿cómo lo supiste?
—Fue en el instante en que comprendí que él estaba dispuesto a morir por mí. No creo que nadie, ni siquiera Nicolas, creyera que él fuese capaz de ese sacrificio. Eso me enseñó que puedes asumir que conoces a una persona bastante bien… pero que esa persona puede s-sorprenderte. Todo pareció cambiar a partir de ese momento y de repente él se transformó en lo más importante en el mundo para mí. No, no lo más importante… lo más necesario. Oh, lamento no poder expresarme con más claridad…
—Entiendo —murmuró Lali, aunque no lo entendía muy bien y eso la llenó de tristeza. Se preguntaba si alguna vez sería capaz de amar a un hombre de esa manera. Quizás había volcado sus sentimientos más profundos sobre su hermana y sus amigas… quizás no quedaba nada para alguien más.
Caminaban siguiendo una hilera de arbustos de enebro detrás de los cuales se extendía un sendero empedrado que bordeaba la casa. De pronto oyeron unas voces masculinas manteniendo una conversación. El volumen de las voces no era normal. De hecho, hablaban en susurros delatando que la conversación era algo privado, y por lo tanto misterioso. Lali se detuvo entre los arbustos y le hizo señas a Euge para que se mantuviera quieta y callada.
— … no parece muy robusta para engendrar… —decía uno de los caballeros.
El comentario tuvo como contestación un murmullo indignado.
—¿Delicada? ¡Santo cielo! Esa mujer tiene el coraje para escalar el Mont Blanc con un cortaplumas y un cordel, sus hijos serán fuertes y sanos.
Lali y Euge se miraron la una a la otra con mutuo asombro. Ambas voces eran fácilmente reconocibles como las de lord Amadeo y Peter Lanzani.
—A decir verdad... —dijo lord Amadeo con escepticismo—. Mi impresión es que es una muchacha a la que le gustan demasiado los libros. Es más bien una intelectual.
—Sí, le gustan los libros. Pero también resulta que le gusta la aventura. Tiene una imaginación notable acompañada de un apasionado entusiasmo por la vida y una constitución de hierro. No encontrará una igual a este lado del Atlántico o del otro, de dónde vengo.
—Nunca tuve ninguna intención de considerar el otro lado del Atlántico —dijo lord Amadeo con sequedad—. Las muchachas inglesas poseen todas las características que yo deseo en una esposa.
Lali comprendió que hablaban de ella y se quedó boquiabierta. Se sentía dividida entre el placer por la descripción que Peter había hecho de ella, y la indignación porque trataba de venderla a lord Amadeo como si fuera una botella de tónico en el carro de un vendedor callejero.
—Deseo una esposa equilibrada —prosiguió lord Amadeo—, afable… tranquila.
—¿Tranquila? ¿Y no espera que sea inteligente? ¿No es mejor una muchacha segura de si misma que no intente imitar algún pálido ideal de feminidad subordinada?
—Respóndame a una pregunta —repuso lord Amadeo.
—¿Sí?
—Si esa joven es tan notable, ¿por qué no se casa usted con ella?
Lali retuvo el aliento, esforzándose por oír la respuesta del señor Lanzani. Pero para su profunda frustración su voz sonó amortiguada por los arbustos.
—¡Caray! —murmuró y se dispuso a seguirlos.
Euge le dio un tirón sujetándola por la espalda.
—No —susurró bruscamente—. No seas imprudente, Lali. Fue una suerte que no nos vieran.
— ¡Pero quiero escuchar el resto de la conversación!
—Yo también —Euge la miró con los ojos muy abiertos—. Lali… —le dijo maravillada—… creo que Peter Lanzani está enamorado de ti.

Espero que les guste... comenten, no les cuesta nada Sad
Proximamente mas...
Besos. Ione.
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Vero_me
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Jue Oct 27, 2011 6:42 pm

AAAAh!! yo también quería que escuchara la respuesta... quiero que hablen. Que tierno y que romántico que Peter guardara el botón, eso demuestra el tiempo que lleva enamorado de ella espero maaaas!!
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Ione_nav
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Dom Oct 30, 2011 7:57 pm

Capítulo 10

Lali no entendía por qué la idea de que Peter Lanzani estuviera enamorado de ella debería poner su mundo entero del revés. Pero así era.
—Si él está enamorado... —le dijo a Euge confundida— entonces ¿por qué se empeña en emparejarme con lord Amadeo? Sería más fácil para él aceptar la propuesta de mi padre. Tendría una compensación económica, hasta podría llegar a regatear por mí, ¿qué lo detiene?
—Tal vez quiera averiguar si sientes algo por él.
—No, la mente del señor Lanzani no funciona así, él es como mi padre. Son hombres de negocios. Depredadores. Si el señor Lanzani me quisiera, no se molestaría en pedirme permiso, es como si un león le preguntara a un antílope si le importaría ser el almuerzo, es absurdo.
—De veras creo que deberíais tener una conversación —declaró Euge.
—Oh, el señor Lanzani sólo le daría vueltas al asunto y hablaría con rodeos, exactamente como ha hecho hasta ahora. A no ser que…
—A no ser que, ¿que?
—A no ser que encontrara algún modo de que baje la guardia. Y forzarlo a ser honesto, a que confesara que siente algo por mí.
—¿Cómo esperas conseguir eso?
—No lo sé. Piensa en ello, Euge, sabes cien veces más sobre hombres que yo. Estás casada, y rodeada de hombres en el club. ¿Según tu opinión, qué camino es el más rápido para conducir a un hombre al límite de su cordura y hacerlo admitir algo que no quiere admitir?
Halagada por dar esa imagen de mujer de mundo, Euge meditó la respuesta.
—Ponerlo celoso, supongo. He visto a caballeros luchar como perros rabiosos en el callejón que hay detrás del club por los f-favores de alguna dama en particular.
— ¡Hmmm….!. Me pregunto si yo conseguiría darle celos al señor Lanzani.
—Estoy segura de que es posible —dijo Euge—. Después de todo, es un hombre.

Esa misma tarde Lali arrinconó a lord Amadeo cuando entró en la biblioteca para coger un libro de uno de los estantes.
—Buenas tardes, milord —le dijo Lali con intensidad, fingiendo no notar la mirada de aprensión en sus ojos. Sofocó una sonrisa, pensando que después de la manera en que Peter Lanzani le había hecho campaña, probablemente el pobre Amadeo se sentiría como un zorro en una cacería.
Recuperándose rápidamente, lord Amadeo le respondió con una sonrisa agradable.
—Buenas tardes, señorita Esposito. ¿Cómo se encuentran su hermana y el bebé?
—Ambos están bastante bien, gracias —Lali se acercó a él e inspeccionó el libro que tenía en las manos—. Historia de Cartografía Militar. Bueno. Suena bastante, er… interesante.
—Sí, lo es —le aseguró lord Amadeo—. Y asombrosamente instructivo. Aunque me temo que ha perdido calidad con la traducción. Hay que leerlo en el alemán original para apreciar el inmenso valor de la obra.
—¿Alguna vez lee usted novelas, milord?
Él la miró sinceramente horrorizado por la pregunta.
—Oh, nunca leo novelas. Me enseñaron cuando era niño que sólo hay que leer libros que instruyen la mente o mejoran el carácter.
A Lali le molestó su tono de superioridad.
—¡Una verdadera lástima! —susurró.
—¿Hmmm?
—Es muy hermoso... —contestó rápidamente, fingiendo examinar los grabados de la encuadernación de cuero del manual. Le dirigió lo que esperaba fuera una sonrisa serena—. ¿Es usted un apasionado lector, milord?
—Trato de no ser nunca apasionado con nada. Hago de la moderación una máxima en mi vida.
—Yo no tengo ninguna máxima. Si la tuviera siempre la impugnaría.
Amadeo sonrío.
—¿Admite usted que tiene una naturaleza voluble?
—Prefiero pensar que soy de mente abierta —dijo Lali—. Puedo ver la sabiduría en una gran variedad de opiniones.
—Ah.
Lali prácticamente podía leer sus pensamientos, para él su supuesta carencia de prejuicios no la favorecía en absoluto.
—Me gustaría oír más acerca de sus opiniones, milord. ¿Quizás durante un paseo por los jardines?
—Yo… er… —era un descaro imperdonable que una muchacha invitara a un caballero a dar un paseo por los alrededores. Sin embargo, la naturaleza caballerosa de Amadeo no le permitía rechazarla—. Desde luego, señorita Esposito. Quizás mañana…
—Ahora sería un buen momento —dijo ella con entusiasmo.
—Ahora... —repuso suavemente—. Sí. Sería estupendo.
Se colgó de su brazo antes de que pudiera ofrecérselo, y lo condujo hasta la puerta.
—Vamos.
Sin ninguna otra opción, salvo dejarse arrastrar por la risueña joven, Amadeo se encontró de pronto bajando las grandes escaleras de mármol que conducían a la terraza trasera.
—Milord —le dijo Lali—, tengo que confesarle algo. Estoy ideando un pequeño complot y esperaba contar con su ayuda.
—Un pequeño complot —repitió el con voz frívola—. Y necesita usted mi ayuda... Es decir, er…
—Es algo inofensivo, por supuesto —continuó Lali—. Mi propósito es alentar las atenciones de cierto caballero, que al parecer es algo reticente en lo referente a cortejarme.
—¿Reticente? —La voz de Amadeo se convirtió en un chirrido estridente.
Lali pensó que había sobrevalorado su capacidad mental cuando se hizo evidente que todo lo que se le ocurría era repetir sus palabras como un loro.
—Sí, reticente. Pero tengo la impresión de que debajo de esa actitud reacia existe un sentimiento muy distinto —lord Amadeo, por lo general tan elegante y lleno de gracia, tropezó con un pequeño desnivel del sendero.
—¿Por… por qué tiene esa impresión, señorita Esposito?
—Intuición femenina, milord.
—Señorita Esposito —exclamó él—, si he dicho o he hecho alguna cosa que pudiera darle la impresión equivocada de que yo… que yo…
—No, no me refiero a usted —le dijo Lali sin rodeos.
—¿No? ¿Entonces a quién?
—Me refiero al señor Lanzani.
Su repentina alegría fue casi palpable.
—El señor Lanzani. Sí. Sí. Señorita Esposito, ha estado hablándome de sus virtudes sin descanso… no es que haya sido desagradable oír hablar de sus encantos, por supuesto.
Lali sonrió.
—Mucho me temo que el señor Lanzani seguirá como un faisán escondido en un campo de trigo, hasta que algo le obligue a ponerse en movimiento. Pero si a usted no le molestara dar la impresión de que tiene algún interés en mí… alguna excursión en coche, algún paseo, un baile o dos… quizás eso pueda darle el valor que necesita para declararse.
—Será un placer —contestó Amadeo, encontrando el papel de conspirador mucho más atractivo que el de objetivo para el matrimonio—. Le aseguro, señorita Esposito, que puedo simular cortejarla de manera muy convincente.

—Quiero que retrase su viaje una semana.
Peter, que había estado sujetando unas hojas de papel con un alfiler, se pinchó un dedo accidentalmente. Retirando el alfiler, no hizo caso del diminuto punto de sangre y miró fijamente a lord Sierra sin comprender. El hombre, que había estado encerrado con su esposa y su hija recién nacida durante al menos treinta y seis horas, de repente, había decidido hablar con Peter la noche anterior a su viaje a Bristol y emitir una orden que no tenía sentido en absoluto.
Peter repuso con voz controlada:
—¿Puedo preguntar por qué, milord?
—Porque he decido acompañarlo. Y mis obligaciones no me permiten partir mañana.
Según tenía entendido Peter, la agenda del conde giraba únicamente alrededor de Candela y el bebé.
—No hay ninguna necesidad de que me acompañe —dijo él, ofendido por la alusión a que él no podría manejar solo las cosas—. Sé todo lo que hay que saber sobre este negocio, y lo que requerirá.
—Sin embargo, es usted extranjero —repuso lord Sierra con una mirada inescrutable—. Y la mención de mi nombre le abrirá puertas que de otra manera le estarían vedadas.
—Si duda usted de mi capacidad de negociación…
—En absoluto. Tengo completa fe en sus habilidades, que en América serían más que suficientes, pero aquí, y en un proyecto de tal magnitud, usted necesitará el patrocinio de alguien notorio en la alta sociedad. Alguien como yo.
—No estamos en la edad media, milord. Que me aspen si tengo que representar el espectáculo del perro y el pony (pequeños circos que viajaban por áreas rurales), acompañado de un noble inglés para cerrar un trato de negocios.
—Visto de esa manera... —repuso lord Sierra sardónicamente—, tampoco a mi me entusiasma la idea de ser parte de un espectáculo. Especialmente teniendo una hija recién nacida y una esposa que aún no se ha recuperado del parto.
—No puedo esperar una semana —explotó Peter—. Ya he concertado algunas citas. He acordado encontrarme con los encargados de los muelles y los dueños de la central de abastecimiento de agua local.
—Entonces tendrá que volver a planificar esas reuniones.
—Si cree usted que no habrá quejas…
—La noticia de que le acompañaré la próxima semana será suficiente para reprimir la mayor parte de las quejas.
De cualquier otro hombre tal declaración sería una arrogancia. Sin embargo, lord Sierra se limitó a exponer un simple hecho.
—¿Lo sabe el señor Esposito? —le exigió Peter.
— Sí. Y después de oír mi opinión sobre el asunto, ha estado de acuerdo.
—¿Y qué se supone que voy a hacer aquí durante una semana?
El conde arqueó una ceja, era un hombre cuya hospitalidad nunca había sido cuestionada. Gente de todas las edades, nacionalidades y clases sociales deseaban ser invitados a Stony Cross Park. Peter era probablemente la única persona en Inglaterra que no quería estar allí.
Para Peter eso carecía de importancia. Llevaba demasiado tiempo sin trabajar. Estaba harto de entretenimientos vacíos, cansado de chácharas, de paisajes hermosos, del aire fresco del campo, de la paz y la tranquilidad. Él quería actividad, maldita sea. Por no mencionar que extrañaba el olor a carbón de la ciudad, y el bullicio de las calles llenas de tráfico.
Sobre todo quería estar lejos de Lali Esposito. Era una tortura constante tenerla tan cerca y no poder tocarla. Era imposible tratarla con fría cortesía cuando su cabeza estaba llena de tórridas imágenes en las que la veía en sus brazos, la seducía, y encontraba con la boca los sitios más dulces y más vulnerables de su cuerpo. Y ese era sólo el principio. Peter quería horas, días, semanas a solas con ella… quería ser el centro de todos sus pensamientos y sus sonrisas, conocer todos sus secretos. Anhelaba la libertad de desnudar su alma delante de ella.
Todo lo que nunca podría tener.
—Tiene a su disposición muchos entretenimientos en el condado y sus alrededores —le dijo lord Sierra en respuesta a su pregunta—. Si lo que usted desea es compañía femenina, le sugiero que la busque en la taberna del pueblo.
Peter había oído a algunos invitados masculinos jactarse de pasar una tarde primaveral retozando con un par de mozas de taberna de exuberantes pechos. Si pudiera sentirse satisfecho con algo tan sencillo como buscar la compañía de una moza de pueblo rolliza, en lugar de esa poderosa tentación que dominaba su mente y su corazón.
Se suponía que el amor era una emoción vertiginosa que lo inundaba a uno de felicidad. Como expresaban los absurdos versos escritos en las tarjetas del día de San Valentín decoradas con ilustraciones. Pero no era así en absoluto. Era un constante, febril, y sombrío sentimiento… una adicción que no podía superarse.
Un deseo profundo y peligroso. Y él no era un hombre temerario.
Pero Peter sabía que si se quedaba en Stony Cross más tiempo, iba a hacer una locura.
—Me voy a Bristol —dijo desesperado—. Volveré a planificar las reuniones. No haré nada sin su permiso. Pero al menos obtendré información de la empresa local de transporte y examinaré sus caballos…
—Lanzani —le interrumpió el conde. Algo en su voz serena, una matiz de… ¿compasión?… ¿simpatía?… hizo que Peter se pusiera rígido y a la defensiva—. Entiendo la razón de su urgencia.
—No, usted no lo entiende.
—Lo entiendo más de lo que usted cree. Y según mi experiencia, su problema no se solucionará escapando. Nunca podrá usted alejarse lo suficiente.
Peter se puso rígido, mirando sin parpadear a Sierra. El conde podría estar refiriéndose a Lali o al oscuro pasado de Peter. En ambos casos tenía razón probablemente.
Pero eso no cambiaba nada.
—A veces huir es la única opción —repuso Peter con brusquedad, y dejó la estancia sin mirar atrás.

Finalmente Peter no se marchó a Bristol. Él sabía que lamentaría su decisión… pero todavía no tenía ni idea de cuánto.
Los días que siguieron fueron para Peter una cruel tortura y los recordaría para el resto de su vida.
Había vivido momentos muy duros, sabía lo que era el dolor físico, la escasez, el hambre y el miedo. Pero ninguno de aquellos males se asemejaba ni de cerca a la agonía de contemplar el cortejo que lord Amadeo dedicaba a Lali Esposito.
Parecía que las semillas que había sembrado en Amadeo sobre los encantos de Lali habían echado raíces satisfactoriamente. El escocés no se separaba de Lali, charlando, coqueteando, paseando su mirada por todo su cuerpo con una confianza ofensiva. Y lo mismo ocurría con Lali, estaba cautivada por él, pendiente de cada una de sus palabras, dejando cualquier cosa que estuviera haciendo en cuanto aparecía Amadeo.
El lunes salieron de picnic.
El martes optaron por un paseo en coche.
El miércoles fueron a recoger flores silvestres.
El jueves pescaron en el lago, y volvieron con la ropa húmeda y bronceados por el sol, sonriendo felices por una broma que no compartieron con nadie más.
El viernes bailaron juntos en una improvisada velada musical, hacían tan buena pareja que uno de los invitados comentó que era un placer mirarlos.
El sábado Peter se despertó queriendo matar a alguien.
Su humor no mejoró después del comentario agrio que Juan Esposito le hizo al finalizar el desayuno.
—La está engatusando —se lamentó el señor Esposito, empujando a Peter dentro del estudio para hablar en privado—. Ese bastardo escocés ha pasado últimamente demasiado tiempo con Lali, rezumando encanto y diciendo todas esas tonterías que les gusta oír a las mujeres. Si tienes alguna intención de casarte con mi hija, debes saber que tu oportunidad se está esfumando. Has hecho todo lo posible por evitarla, te has mostrado taciturno y distante, y durante toda la semana has tenido una expresión malhumorada que asustaría a un niño y haría huir a cualquier animal. Tu manera de cortejar a una mujer confirma todo que he oído sobre los Bostonianos.
—Quizás lord Amadeo es más apropiado para ella —dijo Peter con voz inexpresiva—. Parece que han desarrollado un afecto mutuo.
—¡No se trata de afecto, se trata de matrimonio! —la calva del señor Esposito enrojeció.
—¿Tienes idea de los intereses que están en juego?
—¿Aparte de los financieros?
—¿Qué otra clase de intereses pueden ser?
Peter le dirigió una mirada afectada.
—El corazón de su hija, su futura felicidad, ella…
—¡Bah! La gente no se casa para ser feliz. O si lo hacen, pronto descubren que el matrimonio no es más que bazofia.
A pesar de su estado de ánimo, Peter sonrió ligeramente.
—Si espera usted motivarme para que me case —dijo él—. No lo está consiguiendo.
—¿No es suficiente motivación esto? —el señor Esposito metió la mano en el bolsillo de su chaleco, extrajo un brillante dólar de plata y se lo lanzó a Peter con el pulgar. La moneda voló en el aire reflejando la luz. Peter la atrapó con un acto reflejo, cerrando la mano—. Cásate con Lali —le dijo el señor Esposito—, y conseguirás más. Muchas más de las que un hombre podría gastar en toda una vida.
De pronto, escucharon una voz femenina desde la puerta del estudio.
—Encantador...
Era Candela, llevaba un vestido de día rosado y un chal. Sus ojos estaban tan oscuros como la obsidiana, los clavó en su padre con un sentimiento cercano al odio.
—¿Existe alguien en su vida que sea algo más para usted que un simple peón, padre? —le preguntó agriamente.
—Esta es una conversación entre hombres —replicó el señor Esposito, enrojeciendo por la culpa, la cólera, o una combinación de las dos—. No es de tu incumbencia.
—Lali me incumbe —dijo Candela, con una voz suave pero fría—. Os mataría a los dos antes de permitir que la hicierais desdichada —se dio la vuelta y se perdió por el pasillo sin darle a su padre la oportunidad de contestar.
Maldiciendo, el señor Esposito abandonó el estudio y se marchó en dirección opuesta.
Al quedarse solo en la estancia, Peter tiró la moneda sobre el escritorio.

—Todo este esfuerzo por un hombre al que no le importo —murmuraba Lali refunfuñado y maldiciendo en silencio a Peter Lanzani.
Amadeo estaba sentado sobre el borde de piedra de una fuente del jardín, obedientemente quieto mientras ella dibujaba su retrato. Lali nunca había tenido un excepcional talento para el dibujo, pero había agotado todas las demás actividades que una joven y un caballero soltero podían hacer.
—¿Cómo dice? —le preguntó el lord escocés.
— ¡He dicho que tiene usted un cabello muy elegante!
Amadeo era un caballero muy agradable, educado, de moralidad intachable y completamente convencional. Con tristeza Lali admitió que a pesar de todo su empeño en volver medio loco de celos a Peter Lanzani, sólo había conseguido volverse ella misma medio loca de aburrimiento.
Lali hizo una pausa y se llevó el dorso de la mano hasta los labios, sofocando un bostezo trató de aparentar estar absorta en su dibujo.
Había sido una de las semanas más miserables de su vida. Un día tras otro de aburrimiento mortal, fingiendo disfrutar de la compañía de un hombre que no podía haberle interesado menos. Por supuesto, lord Amadeo no era responsable de eso, él se había esforzado por entretenerla, pero para Lali había quedado muy claro, que no tenían nada en común y que nunca lo tendrían.
Amadeo no parecía compartir esa opinión. Hablaba sin parar durante horas de nada en concreto. Podría llenar diarios enteros con todos los chismes de sociedad que mencionaba sobre personas que DaLali no conocía, y emitía largos discursos sobre cosas absurdas como los colores ideales para decorar la sala de caza de su propiedad en Thurso, o el resumen detallado de los estudios que había seguido en la escuela. No logró encontrar nada interesante en ninguna de esas historias.
Amadeo, por su parte, tampoco parecía interesado en los temas de conversación de Lali. El no encontró divertidas sus travesuras infantiles con Candela, y si ella decía algo como “Mire esa nube, ¿no le parece que tiene la forma de un gallo?”, la miraba fijamente como si estuviera loca.
A Amadeo pareció disgustarle que Lali conversara sobre las leyes de desigualdad social preguntándole que diferencia veía él entre pobre digno y pobre indigno.
—Al parecer milord... —había dicho ella—, la ley está diseñada para castigar a la gente que más ayuda necesita.
—Algunas personas son pobres por su propia elección, a causa de su debilidad moral, y por lo tanto uno no puede ayudarles.
—¿Se refiere usted a las mujeres sin moral, por ejemplo? Pero y si esas mujeres no tuvieran otra…
—No hablaremos de las mujeres sin moral señorita Esposito —había contestado él, mirándola horrorizado.
Por consiguiente, los temas de conversación se hicieron cada vez más limitados, sobre todo porque lord Amadeo encontraba difícil seguir a Lali cuando cambiaba rápidamente de tema. Mucho después de que ella hubiera terminado de hablar sobre algo en concreto, él seguía preguntando por ello.
—Creí que estábamos hablando del caniche de su tía —señaló confundido esa misma mañana, a lo que Lali contestó con impaciencia.
—No, dejé de hablar de ese tema hace cinco minutos, en este momento estaba relatándole mi última visita a la ópera.
—¿Pero cómo pasamos del caniche a la ópera?
Se arrepentía de haber reclutado a Amadeo para ayudarle con su plan, sobre todo porque había comprobado que era totalmente ineficaz. Peter Lanzani no se había mostrado celoso ni un por un segundo, seguía conservando su habitual semblante impertérrito, y apenas le había dedicado una mirada durante esos días.
—¿Por qué frunce usted el ceño, dulzura? —le preguntó Amadeo, mirándola a los ojos.
¿Dulzura? Nunca antes se había dirigido a ella con palabras cariñosas. Lali clavó los ojos en él por encima del bloc de dibujo. Él la miraba de una manera que la hizo sentirse inquieta
—No se mueva, por favor —le dijo remilgadamente—. Estoy dibujando su barbilla.
Concentrada en su dibujo, Lali pensó que no quería ser mala pero… ¿su cabeza tenía realmente esa forma tan oval? ¿Y tenía de verdad los ojos tan juntos? Era algo curioso que una persona resultara atractiva, hasta que uno examinaba sus rasgos con más atención, perdiendo la mayor parte de su encanto. Decidió que dibujar a las personas no era su fuerte. De ahora en adelante se centraría en plantas o frutas.
—Esta semana ha tenido un efecto extraño sobre mí —comentó Amadeo en voz alta—. Me siento… distinto.
—¿Está usted enfermo? —le preguntó Lali con preocupación, cerrando el bloc de dibujo—. Creo que le he hecho sentarse al sol demasiado tiempo.
—No, me siento raro, pero de otro modo. Lo que quiero decir es que me siento… maravillosamente. —Amadeo la miraba de aquel modo extraño otra vez—. Mejor de lo que me he sentido jamás.
—Debe ser por el aire de campo —Lali se levantó, sacudió la falda de su vestido y se acercó a él—. Es muy vigorizante.
—No es el aire de campo lo que hace que me sienta así —dijo Amadeo en voz baja—. Es usted, señorita Esposito.
Lali abrió la boca.
—¿Yo?
—Usted. —Él se levantó y le puso las manos en los hombros.
La sorpresa la hizo tartamudear.
—Milord… yo…. yo…
—Estos días pasados en su compañía me han hecho reflexionar profundamente.
Lali se volvió para mirar a su alrededor, sus ojos inspeccionaron los arbustos cubiertos de rosas trepadoras.
—¿Está el señor Lanzani cerca? —susurró ella—. ¿Por eso me habla de esa manera?
—No, le hablo desde mi corazón —apasionadamente Amadeo la acercó más a él, hasta que el bloc de dibujo quedó aplastado entre ellos—. Me ha abierto usted los ojos, señorita Esposito. Me ha enseñado a ver las cosas de manera diferente, quiero encontrar formas en las nubes, y escribir algo parecido a un poema. Quiero leer novelas. Quiero hacer de la vida una aventura…
—¡Eso está muy bien! —dijo Lali, intentando soltarse.
—…con usted.
“¡Oh, no!”
—Esta usted bromeando —dijo ella suavemente.
—Estoy enamorado —declaró él.
—No soy la mujer apropiada para usted.
—Estoy decidido.
—Y yo estoy… sorprendida.
—Usted pequeña criatura —exclamó él—, es todo lo que dijo el señor Lanzani. La magia de una tormenta unida a un arco iris. Inteligente, encantadora y deseable…
—Espere un momento —Lali lo miró asombrada—. ¿Pet... quiero decir, el señor Lanzani dijo eso?
—Sí, sí, sí… —y antes de que ella pudiera reaccionar, lord Amadeo agachó la cabeza y la besó.
El bloc de dibujo resbaló de sus manos. Lali permaneció pasiva en sus brazos, esperando sentir algo.
Objetivamente hablando, no había nada malo en su beso. No era ni demasiado seco ni demasiado mojado, ni demasiado brusco o demasiado suave. Era…
Aburrido.
Vacío.
“Maldición”. Lali se apartó frunciendo el ceño. Se sintió culpable por haber disfrutado tan poco del beso. Y se sintió peor cuando se dio cuenta de que Amadeo lo había disfrutado bastante.
—Mi querida señorita Esposito —murmuró coquetamente—. No imaginaba que sus labios fueran tan dulces.
Intentó besarla otra vez y Lali retrocedió con un pequeño jadeo.
—¡Milord, le ruego que se controle!
—No puedo.
Él la siguió lentamente alrededor de la fuente hasta que parecieron un par de gatos persiguiéndose. De repente, se lanzó hacia ella, agarrándola por la manga de su vestido. Lali lo empujó con todas sus fuerzas para soltarse, y por el forcejeo la muselina blanca de su vestido se rasgó
Después de eso escuchó un chapoteo ruidoso y algunas gotas de agua le mojaron la cara.
Lali parpadeó, de pronto Amadeo había desaparecido de su vista. Temiendo lo peor se tapó los ojos con las manos, como si eso pudiera cambiar la situación.
—¿Milord? —preguntó con cautela—. ¿Se… se ha caído usted en la fuente?
—No —fue su ácida respuesta—. Usted me ha tirado a la fuente.
—Fue completamente involuntario, se lo aseguro —Lali hizo un esfuerzo y lo miró.
Lord Amadeo se puso en pie, el agua chorreaba por su pelo y su ropa, tenía los bolsillos de la chaqueta inundados. Al parecer, el chapuzón en la fuente había enfriado bastante sus pasiones.
Él frunció el ceño, guardaba silencio, sintiéndose ultrajado. De pronto, abrió mucho los ojos, y metió la mano en uno de los bolsillos llenos de agua. Una rana diminuta salió del bolsillo y volvió a la fuente con un salto.
Lali trató de ahogar la risa, pero cuanto más lo intentaba más difícil se le hacía, hasta que finalmente estalló con una carcajada.
—Lo lamento —jadeó tapándose la boca con las manos, mientras la risa se le escapaba incontenible—. Lo lamento tanto,…oh —y se inclinó riéndose hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas.
La tensión entre ellos disminuyó cuando Amadeo empezó a reírse a regañadientes. Dio un paso fuera de la fuente, mojando el suelo de grava.
—Según el cuento un beso transforma al sapo en un príncipe —comentó con sequedad—. Lamentablemente en mi caso no parece haber funcionado.
Lali se sintió inundada por una oleada de compasión y simpatía, aún riendo se acercó a él con cuidado, le puso las dos manos en la cara mojada y le dio un fugaz beso en los labios.
Lord Amadeo abrió mucho los ojos.
—Usted es un príncipe muy bien parecido —le dijo Lali con una sonrisa—. Solo que no es mi príncipe, cuando la mujer apropiada le encuentre… será muy afortunada.
Se inclinó para recoger su bloc de dibujo y se encaminó hacia la Mansión.

Por una paradoja del destino, Lali volvió a la casa por el camino que lindaba con la casita rural para caballeros, una pequeña residencia anexa a la casa principal, bastante cerca de la orilla del río, lo que le proporcionaba magníficas vistas del agua. Algunos de los invitados masculinos habían decidido aprovecharse del aislamiento del lugar durante su estancia en Stony Cross. En esos momentos se encontraba vacía, la partida de caza había terminado el día anterior y la mayor parte de los invitados ya se habían marchado.
Excepto Peter Lanzani, por supuesto.
Sumida en sus pensamientos, Lali caminaba lentamente bordeando uno de los muros de la pequeña casa. Sus pensamientos se tornaron sombríos cuando pensó en su padre, que estaba tan decidido a casarla con Peter Lanzani… en Candela, decidida a que se casara con alguien, que no fuera Lanzani… y en su madre, que no estaría satisfecha con ningún caballero, a menos que fuera un noble. Mercedes se disgustaría mucho cuando supiera que Lali había rechazado a Amadeo.
Meditando sobre la semana pasada, Lali comprendió que su empeño por captar la atención de Peter no había sido un juego para ella. Se sentía desesperada. Deseaba con toda su alma ser sincera con él, poder hablarle francamente, sin ocultarle nada. En lugar de poner de manifiesto los sentimientos de Peter con su plan, lo único que había conseguido era aclarar los suyos.
Cuando estaba con él, la inundaba una sensación maravillosa, más apasionante que cualquier novela que hubiera leído o cualquier sueño que hubiera tenido.
Un sentimiento real y verdadero.
Era increíble que el hombre al que siempre consideró frío y desapasionado, en realidad fuera alguien con tanta gentileza, sensualidad y ternura. Alguien que había llevado en secreto un mechón de su cabello en el bolsillo.
Oyendo que alguien se acercaba, Lali levantó la mirada, lo que vio la hizo temblar de la cabeza a los pies.
Peter Lanzani caminaba en su dirección con grandes zancadas y semblante sombrío.
Parecía tener prisa por llegar a alguna parte.
Se detuvo bruscamente cuando la vio y se puso pálido.
Se miraron fijamente el uno al otro en un tenso silencio.
Las cejas de Lali se unieron en un ceño. Se esforzó por mantener ese semblante en lugar de echarse en sus brazos y empezar a llorar. La intensidad de su anhelo la conmocionó.
—Señor Lanzani —le saludó nerviosa.
—Señorita Esposito. —Él la miró como si prefiriera estar en cualquier parte menos allí con ella.
Sus alterados nervios dieron un brinco cuando él alargó la mano para coger el bloc de dibujo.
Sin pensar, ella le dejó cogerlo.
Sus ojos se estrecharon cuando vio el dibujo de Amadeo.
—¿Por qué lo ha dibujado con barba? —le preguntó.
—No es la barba —dijo Lali al instante—. Es un juego de sombras.
—Pues parece que no se ha afeitado en tres meses.
—No le pedí su opinión sobre mi trabajo —le espetó ella y agarró el bloc de dibujo, pero él no lo soltó—. Suéltelo —le exigió, tirando con toda sus fuerzas—, o voy a…
—¿Qué va a hacer? ¿Dibujarme a mí también? —Él liberó el bloc con tal brusquedad que ella retrocedió unos pasos por el impulso, el levantó las manos y dijo con sorna—. Ni se le ocurra.
Lali se abalanzó sobre él y le golpeó en el pecho con el bloc. Odiaba que él la hiciera sentirse tan viva. Odiaba el modo en que sus sentidos bebían de su presencia como la tierra seca que absorbe la lluvia. Odiaba su hermoso rostro, su cuerpo viril y su boca, que la tentaba más de lo que tenía derecho a tentarla la boca de un hombre.
La sonrisa de Peter desapareció cuando su mirada se deslizó sobre ella y reparó en su vestido rasgado.
—¿Qué le ha pasado a su vestido?
—No es nada. Tuve una especie de… bueno… de altercado, podríamos llamarlo así, con lord Amadeo.
Era la palabra más inocente que encontró Lali para describir el encuentro, que desde luego había sido inofensivo. Estaba segura de que ninguna connotación desagradable podía unirse a la palabra “altercado”.
Pero al parecer la definición de Lanzani de la palabra abarcaba mucho más que la suya. Su expresión se volvió lúgubre y sus ojos azules ardieron.
—Voy a matarlo —dijo él con voz gutural—. Ese escocés se atrevió a… ¿Dónde está?
—No, no —repuso Lali precipitadamente—, usted me ha entendió mal, no ha sido nada de eso...
Dejó caer el bloc de dibujo, y se abrazó a él, usando todo su peso para frenarlo cuando él se dirigió hacia el jardín. Era como intentar detener a un toro. La arrastró con él varios pasos.
—¡Espere un momento! ¿Qué le da derecho a inmiscuirse en mis asuntos?
Respirando agitadamente Peter se detuvo y examinó intensamente su rostro ruborizado.
—¿Te tocó? ¿Te forzó a…?
—Usted es como el perro del hortelano que ni come ni deja comer —le gritó Lali con vehemencia—. Usted no me quiere… así que no le importa si otro hombre lo hace. ¡Déjeme tranquila, vuelva a sus planes para construir una inmensa fábrica y ganar montañas de dinero! Espero que se convierta en el hombre más rico del mundo y que consiga todo que lo quiera, y que llegue el día en que mire a su alrededor y se pregunte por qué nadie le ama y por qué es usted tan des…
Sus palabras se perdieron cuando él la besó en la boca con fuerza, castigándola. Una emoción salvaje la atravesó como un relámpago, y apartó la cara con un jadeo.
—…graciado —concluyó, justo antes de que él le sujetara la cabeza en las manos y la besara otra vez.
Esta vez su beso fue más suave, lleno de urgencia sensual. El corazón de Lali latía frenético, acelerando su sangre acalorada por el placer y dilatando sus venas. Ella colocó las manos sobre sus musculosas muñecas, las yemas de sus dedos encontraron el latido de su pulso desbocado, igual que el de ella.
Cada vez que pensaba que Peter pondría fin al beso, él la besaba más profundamente.
Ella respondió febrilmente, sentía las piernas tan débiles que pensó que se doblaría como una muñeca de trapo.
Rompiendo el contacto con sus labios, exclamó con un susurro angustiado.
—Peter… llévame a alguna parte.
—No.
—Sí. Necesito… necesito estar a solas contigo.
Jadeando tortuosamente, Peter la abrazó con más fuerza atrayéndola contra su duro pecho. Apretó los labios contra su pelo con fuerza.
—No puedo hacer eso, no sé si podré controlarme —dijo finalmente.
—Sólo para hablar. Por favor. No podemos hablar aquí fuera. Si me dejas ahora me moriré.
Incluso confundido como se sentía, Peter no pudo reprimir una sonrisa por esa dramática declaración.
—No, no te morirás.
—Sólo para hablar —repitió Lali acercándose más a él—. Yo no… no te tentaré.
—Cariño —dijo con un suspiro—, tú me tientas solo con estar en la misma habitación que yo.
Lali sintió un nudo ardiente en la garganta.
Temiendo que cualquier cosa que dijera lo empujara a marcharse, guardó silencio y se apretó contra él, esperando que la comunicación silenciosa entre sus cuerpos lo hiciera cambiar de opinión.
Con un gemido estrangulado, Peter la cogió de la mano y se dirigió hacia la casa para caballeros.
—Que el cielo nos ayude si alguien nos ve.
Lali tuvo la tentación de bromear diciéndole que en ese caso tendría que casarse con ella, pero se mordió la lengua y apretó el paso junto a él.


Ya estoy aca con otro cap!!!
Gracias por los comentarios Vero_me y
gracias también a las lectoras fantasma...
No se pierdan el proximo cap que la cosa se pone interesante.
Un beso. Ione
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Vero_me
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Dom Oct 30, 2011 8:51 pm

Ioneee!!!! Me encantaa!!! Me encantaaa!!! Se está poniendo muy interesante...el momento suplica y él cediendo a sido genial, no se si podré aguantar hasta el próximo.... Por finnn se acerca el momento, Necesito declaración!!! aquí estaré para el siguiente y como siempre Quiero maaaaass!!!!
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Lun Oct 31, 2011 6:18 am

Capítulo 11



El interior de la casa estaba oscuro y húmedo, las paredes estaban revestidas con madera de palisandro, las ventanas cubiertas con cortinas de terciopelo y seda color rubí, los muebles, aunque encantadores, eran muy antiguos.
Sin soltarla, Peter la condujo a una habitación en la parte de atrás.
Cuando Lali entró en la habitación, se percató de que era su dormitorio. Sintió el corazón latir con fuerza dentro del corsé. La habitación estaba meticulosamente ordenada, el olor de la madera pulida con cera de abejas impregnaba el aire, de la ventana colgaba una cortina color crema que dejaba entrar la luz del día.
Algunos artículos estaban pulcramente organizados en el tocador: un peine, un cepillo de dientes, polvos dentífricos y jabón, y en el palanganero, una hoja de afeitar y un afilador. No había ninguna pomada, ni ceras, colonias o cremas, ningún alfiler de corbata, ni ningún anillo. Desde luego, no se podía describir a Peter como un petimetre.
El cerró la puerta y se puso frente a ella. Parecía muy grande en la pequeña habitación, su presencia lo eclipsaba todo. A Lali se le secó la boca cuando clavó los ojos en él. Quería tocarlo… quería sentir su piel contra la suya.
—¿Qué hay entre Amadeo y tú? —exigió él.
—Nada. Sólo amistad. Al menos por mi parte.
—¿Y por la suya?
—Sospecho que... bueno, él pareció afirmar que estaba interesado en mí… ya sabes…
—Sí, lo sé —dijo él con voz espesa—. Y si bien no puedo soportar a ese bastardo, tampoco puedo culparlo por desearte. No después de la forma en que le has incitado coqueteando con él toda la semana.
—Si estás tratando de insinuar que he estado actuando como una descarada...
—No intentes negarlo. Vi como coqueteabas con él. La forma en que te acercabas a él cuando te hablaba… las sonrisas, los vestidos provocativos…
—¿Vestidos provocativos? —preguntó Lali sorprendida.
—Como ese.
Lali bajó la mirada hacia su recatado vestido blanco que le cubría el cuello y la mayor parte de los brazos. Una monja no le encontraría ningún defecto. Ella le dirigió una mirada sarcástica.
—He estado intentando darte celos. Me habría ahorrado mucho esfuerzo si hubieras mostrado tu disgusto abiertamente.
—¿Tratabas de ponerme celoso deliberadamente? —explotó el—. ¿Y qué querías lograr con eso? ¿Esa es tu idea de una broma divertida?
Un rubor repentino se extendió por su cara.
—Creí que sentías algo por mí… y quería obligarte a que lo admitieras.
Peter abrió la boca y volvió a cerrarla, parecía haber perdido la capacidad de hablar.
Lali se preguntaba inquieta que estaría pensando. Después de un momento él sacudió la cabeza y puso las manos sobre el tocador como si necesitara apoyarse en algo.
—¿Estás enfadado? —le preguntó insegura.
Su voz era un susurro cuando contestó.
—Un diez por ciento de mí está enfadado.
—¿Y el otro noventa por ciento?
—Esa parte está a punto de tumbarte sobre esa cama y...
Peter guardo silencio de pronto y tragó con fuerza.
—Lali, eres demasiado inocente para entender el peligro en el que te encuentras. Necesito todo mi autocontrol para mantener las manos lejos de ti. No juegues conmigo, cariño. Es demasiado fácil para ti torturarme, y estoy a punto de llegar a mi límite. Y para aclarar tus dudas... yo tengo celos de cada hombre que esté a menos de un metro de ti, de la ropa que cubre tu piel y del aire que respiras. Los celos me consumen cada momento que pasas lejos de mí.
Atontada Lali susurró:
—Pero tú nunca has mostrado esos sentimientos...
—Durante todos estos años he acumulado mil recuerdos tuyos, cada mirada, cada palabra que me has dirigido. Cuando visitaba la casa de tu familia en un día festivo, o cuando estaba invitado a cenar, apenas podía esperar para entrar por la puerta y poder verte. —Sus labios se curvaron con una sonrisa evocadora—. Tú... entre los miembros de tu familia, todos ellos tan obstinados, me gustaba ver la sutileza con que tratabas con ellos. Eres para mí todo lo que una mujer debería ser. Y te he querido cada segundo de mi vida desde que te conocí.
Lali sintió un profundo pesar.
—Yo... nunca fui muy agradable contigo —le dijo atormentada.
—Fue mejor así, créeme. Si hubieras sido agradable conmigo, yo probablemente habría cometido una locura.
Peter levantó una mano cuando ella dio un paso para acercarse a él.
—No. No lo hagas. Ya te lo he dicho, no puedo casarme contigo, es imposible. Eso no va a cambiar. Como no cambiara el hecho de que te amo.
Sus ojos color zafiro ardían cuando recorrieron su delicada figura.
—Cielos, como te amo —susurró.
Leli luchó con el anhelo de lanzarse a sus brazos.
—Yo también te quiero. Tanto que no puedo renunciar a ti sin saber por qué.
—Si fuera posible explicarte mis motivos, créeme que lo haría. —Inclinó la cabeza apesadumbrado.
Lali se obligó a hacer la pregunta que mas temía.
—¿Ya estás casado?
El la miró a los ojos.
—Cielos, no.
El alivio la inundó.
—Entonces si no es eso, cualquier otra cosa tiene solución, cuéntame lo que...
—Tu no sabes nada del mundo, si hubieras vivido un poco mas —contestó de mal humor— no dirías cosas como “cualquier otra cosa tiene solución”.
Él se alejó del tocador, y se dirigió hacia la puerta.
Guardó silencio durante un largo momento, como si estuviera meditando sobre algo.
Lali estaba muy quieta, sosteniendo su mirada. Todo lo que ella podía hacer era tener paciencia. Esperó en silencio sin atreverse siquiera a parpadear.
Peter aparto la vista, tenía una expresión distante. Sus ojos se volvieron duros y fríos, como si fueran acero color cobalto.
—Hace mucho tiempo —dijo finalmente—, me gané un enemigo, un enemigo poderoso, sin embargo, yo no fui responsable de lo que ocurrió. Como consecuencia me vi obligado a abandonar Boston. Y tengo buenas razones para creer que ese hombre volverá para atormentarme algún día. He vivido con esa espada colgando sobre mi cabeza durante años. No te quiero cerca de mí cuando finalmente me alcance.
—Pero debe haber algo que se pueda hacer —dijo Lali con impaciencia, determinada a enfrentar a ese enemigo desconocido con cualquier medio a su alcance—. Si me contaras algo más, si me dijeras su nombre y…
—No. —Su voz era suave, pero la manera en que lo dijo hizo callar a Lali—. He sido todo lo honesto contigo que he podido, Lali. Espero que no traiciones mi confianza.
Hizo un gesto hacia la puerta.
—Ahora debes marcharte.
—¿Así sin mas? —preguntó aturdida—. ¿Después de todo lo que me has dicho quieres que me marche?
— Sí... y procura que nadie te vea.
—No es justo que impongas tu parecer sobre este asunto.
—La vida no suele ser justa —dijo él—. Incluso para una Esposito.
Los pensamientos de Lali se agolpaban en su mente mientras observaba su perfil decidido. Peter no hacía algo así por mera obstinación. Estaba convencido de que debía mantenerse lejos de ella. Él no dejaba ninguna vía de dialogo, ninguna posibilidad de negociación.
—¿Voy a buscar a lord Amadeo, entonces? —preguntó, esperando provocarlo.
—Sí.
Lali frunció el ceño.
—Me gustaría que fueras consecuente con tus sentimientos. Hace unos minutos estabas a punto de hacerlo puré.
—Si es lo que tú quieres, no tengo ningún derecho a oponerme.
—Se supone que tú me quieres, ¡eso te da derecho a opinar! —Lali caminó airadamente hasta la puerta—. ¿Por qué siempre dicen que las mujeres somos ilógicas cuándo los hombres lo son cien veces más? Primero quieren algo, después ya no lo quieren, luego toman decisiones irracionales basadas en secretos que no quieren explicar y se supone que nadie puede hacerles preguntas porque la palabra de un hombre es ley.
Cuando iba a poner la mano en el pomo de la puerta, vio la llave en la cerradura, y detuvo la mano en el aire.
Miró de soslayo a Peter, que se había colocado al otro lado del tocador para mantener una distancia segura entre ellos.
Aunque Lali era la más serena de todos los Esposito, no era una cobarde. Y no aceptaría una derrota sin luchar.
—Me obligas a tomar medidas desesperadas —le dijo.
—No hay nada que puedas hacer —respondió con suavidad.
Él no le dejaba ninguna otra opción.
Lali le dio la vuelta a la llave en la cerradura y la sacó despacio.
El “clic” sonó extrañamente ruidoso en el silencio de la habitación
Se dio la vuelta y muy despacio, Lali separó el cuello de su vestido de su pecho, y sostuvo la llave encima del hueco abierto.
Peter abrió los ojos de par en par cuando entendió lo que se proponía.
—No... tú no...
Cuando él empezó a rodear el tocador, Lali dejó caer la llave dentro de su vestido, esta se deslizó debajo del corsé. Ella encogió el estómago dejándola resbalar hasta que sintió el frío del metal en su ombligo.
—¡Maldita sea! —Peter la alcanzó con una velocidad sorprendente. Él extendió una mano para tocarla, pero la apartó hacia atrás rápidamente como si se hubiera quemado.
—Sácala de ahí —le ordenó, con el rostro congestionado por la indignación.
—No puedo.
—¡Hablo en serio, Lali!
—Ha bajado muy adentro. Tendré que quitarme el vestido.
La miró como si quisiera matarla. Pero ella también pudo sentir la fuerza de su anhelo. Respiraba con dificultad y un calor abrasador irradiaba de su cuerpo.
Su susurro fue como un rugido.
—No me hagas esto.
Lali esperó su próximo movimiento pacientemente.
Él le dio la espalda, con el cuerpo en tensión, las costuras de su chaqueta se ceñían sobre su poderosa musculatura. Tenía los puños apretados luchando por controlarse. Hizo una temblorosa inspiración, y luego otra.
—Quítate el vestido —dijo con voz ronca, como si acabara de despertarse de un sueño profundo.
Tratando de no irritarlo mas de lo necesario, Lali le contestó apaciblemente.
—No puedo hacerlo sola. Los botones están en la espalda.
Peter murmuró algo entre dientes. Después de un largo silencio se dio la vuelta para mirarla. Su mandíbula parecía esculpida en hierro.
—No voy a caer en esto tan fácilmente. Puedo resistirme a ti, Lali. Tengo muchos años de práctica. Date la vuelta.
Lali obedeció e inclinó la cabeza hacia adelante, podía sentir su mirada fija sobre la fila interminable de botones de perlas.
—¿Cómo consigues desvestirte? —masculló el—. Nunca he visto tal cantidad de botones en una prenda.
—Está de moda.
—Es ridículo.
—Puedes enviar una carta de protesta al libro para damas Godey’s —le sugirió ella.
Con un bufido desdeñoso, Peter se dispuso a soltar el primer botón. Intentó desabrocharlo evitando cualquier contacto con su piel.
—Es más fácil si deslizas los dedos debajo del ojal —le dijo Lali—. Y luego sacas el botón a través de...
—Estate quieta —gruñó el.
Ella cerró la boca.
Peter luchó con los botones otro minuto mas, finalmente con un gruñido de impaciencia siguió su consejo, deslizando los dedos entre el vestido y su piel. Cuando ella sintió sus nudillos rozarle la piel, un escalofrío le recorrió la espalda.
La tarea resultó ser espantosamente lenta. Lali podía sentirlo forcejear con los mismos botones una y otra vez.
—¿Puedo sentarme por favor? —preguntó suavemente—. Estoy cansada de estar de pie.
—No hay ningún sitio donde sentarse.
—Sí lo hay. —Alejándose de él, Lali fue hasta la cama de cuatro postes e intentó subirse encima. Desafortunadamente la cama era muy alta, un antiguo modelo Sheraton construida para evitar los rigores del invierno y poder colocar un brasero debajo. El borde del colchón quedaba a la altura de sus pechos. Dándose impulso, ella intentó subir las caderas a la cama.
Pero la gravedad la derrotó.
—Normalmente —dijo Lali, luchando y retorciéndose con los pies colgando— colocan un escalón... —ella cerró las manos sobre la colcha, agarrando la tela— para camas así de altas. —Esforzándose por subir una rodilla sobre el borde del colchón, ella comentó—: Cielos… si alguien se cayera de esta cama en plena noche… sería fatal.
Sintió las manos de Peter alrededor de su cintura.
—La cama no es tan alta —contestó el. Levantándola como si fuera una niña, la subió sobre el colchón—. Es que eres muy bajita.
—No soy bajita. Solo estoy... verticalmente desfavorecida.
—Está bien. Ponte derecha —Peter se subió a la cama, su peso oprimió el colchón detrás de ella y sus manos regresaron a la parte posterior de su vestido.
Sentir el leve temblor de sus dedos contra su piel, le dio valor a Lali para comentar:
—Nunca me han gustado los hombres altos. Pero tú me haces sentir...
—Si no te callas —la interrumpió de manera concisa— voy a estrangularte.
Lali guardó silencio, podía oír el ritmo de su respiración que ahora era más profunda, menos controlada, sin embargo sus dedos empezaron a trabajar con más seguridad desabrochando el vestido, por fin soltó el último botón de la hilera y el vestido se abrió, las mangas resbalaron por sus hombros.
—¿Dónde está? —preguntó él.
—¿La llave?
—Sí, Lali, la llave —contestó, con un tono de voz funesto.
—Se ha metido dentro del corsé. Lo que significa… que tendré que quitármelo también.
El no reaccionó ante esa declaración, no emitió ningún sonido, ni se movió. Lali se dio la vuelta para mirarle.
Él parecía aturdido. Sus ojos parecían extremadamente azules en contraste con su rostro congestionado. Se percató de que él libraba una salvaje batalla interior para no tocarla.
Mortificada por la vergüenza, Lali sacó los brazos de las mangas. Deslizó el vestido hasta sus caderas y librándose de todas las capas de tela blanca y encajes, las dejó caer al suelo en un montón.
Peter clavó los ojos en el vestido como si fuera alguna clase de animal exótico que nunca había visto antes. Lentamente sus ojos regresaron hasta Lali, y un sonido estrangulado surgió de su garganta cuando ella empezó a desabrocharse el corsé.
Ella se sintió tímidamente perversa, desvistiéndose delante de él. Pero la animó a continuar el hecho de que el parecía incapaz de apartar los ojos de cada pulgada expuesta de su piel. Cuando soltó el último gancho de metal, ella desató los cordones del corsé y lo dejó caer junto al vestido. Todo lo que cubría sus pechos era una fina camisola arrugada.
La llave se deslizó hasta su regazo. Cerrando los dedos alrededor del objeto de metal, Lali le miró a los ojos con cautela.
Peter cerró los ojos, su frente dibujada con profundos surcos a causa de la concentración.
—Esto no va a ocurrir —dijo para sí mismo, más que para ella.
Lali se inclinó hacia delante y depositó la llave en el bolsillo de su chaqueta. Agarrando el dobladillo de la camisola, se lo sacó por la cabeza. Un hormigueo recorrió todo su cuerpo. Estaba tan nerviosa que le castañeaban los dientes.
—Me he quitado la camisola —le dijo—. ¿No quieres mirar?
—No.
Pero abrió los ojos, y su mirada encontró sus pechos pequeños, con pezones rosados que destacaban sobre su piel blanca. Peter dejó escapar el aire con un siseó a través de sus dientes apretados. Se quedó muy quieto, mirándola fijamente cuando ella empezó a soltarle la corbata y a desabrocharle los botones del chaleco y la camisa. Lali se sonrojó de la cabeza a los pies, pero continuó tenazmente, levantándose sobre las rodillas para deslizar la chaqueta por sus hombros.
Él se movió como si estuviera soñando, muy despacio saco los brazos de las mangas de la chaqueta y la dejó caer junto con el chaleco.
Nerviosa, Lali empujó su camisa abierta con determinación, deslizando la mirada por su pecho y su abdomen. Su piel brillaba como el satén, se tensaba sobre la amplia extensión de sus músculos. Ella tocó el relieve de sus costillas, arrastrando las yemas de los dedos a través de su vientre.
Repentinamente Peter agarró su mano, la sostuvo indeciso, sin saber si apartarla o apretarla más contra él.
Sus dedos se cerraron sobre los de ella. Ella clavó la mirada en sus ojos verdes atormentados.
—Peter —susurró—. Estoy aquí. Soy tuya. Quiero hacer todo lo que siempre has deseado hacer conmigo.
Él dejó de respirar. Su voluntad se fue a pique, se derrumbó, y de pronto nada tuvo importancia excepto las demandas de un deseo que había sido reprimido demasiado tiempo. Con un áspero gemido de rendición, él la levantó y la sentó a horcajadas sobre su regazo. El calor de su piel traspasó la fina tela de sus calzas, y Lali jadeó cuando la hendidura suave de su cuerpo acunó una dureza desconocida para ella.
Peter tomó su boca, mientras sus manos se deslizaban inquietas por todo su cuerpo. Cuando sus dedos alcanzaron la curva de uno de sus pechos, su sangre corrió frenética por sus venas y se sintió listo y a punto de explotar. Ella tiró nerviosamente de su camisa, intentando deslizar las manos por debajo, intentando arrancarla de su cuerpo.
Tumbándola sobre la cama, Peter se detuvo para quitarse la camisa, dejando al descubierto los magníficos contornos de su pecho y sus hombros. Él bajó su cuerpo hasta el de ella, y gimió por el tacto con su piel desnuda. Lali se sintió inundada por su olor, la esencia limpia de su piel viril. Él poseyó su boca con besos extremadamente sensuales, sus manos recorrieron con ternura su cuerpo medio desnudo. Su pulgar describió un círculo perezoso sobre su pezón, poniéndolo duro y más oscuro, hasta que ella se arqueó con una suplica silenciosa.
Comprendiendo lo que deseaba, él se inclinó y tomó un pezón con su boca, succionándolo suavemente, acariciándolo con la lengua. Lali gimió y tembló en sus brazos. Sus sentidos enviaron una corriente de placer por todo su cuerpo cuando él le dedicó atención a su otro pecho, besando el pezón, su lengua enviaba olas de calor sobre su piel.
—¿Sabes lo que quiero de ti? —le oyó preguntar con voz ronca—. ¿Sabes lo que va a ocurrir si no nos detenemos?
—Sí.
Peter levantó la cabeza y la miró extrañado.
—No soy tan inocente como piensas —le dijo Lali muy seria—. He leído mucho.
Él giró la cara, y ella tuvo la impresión de que escondía una sonrisa. Al mirarla de nuevo sus ojos transmitieron una ternura desgarradora.
—Lali Esposito —dijo con dificultad—. Vendería mi alma a cambio de una hora contigo.
—¿Ese es el tiempo que dura esto? ¿Una hora?
El respondió con pesar.
—Cariño, en este momento sería un milagro si durase más de un minuto.
Ella enroscó los brazos alrededor de su cuello.
—Tienes que hacer el amor conmigo —le dijo—. Porque si no lo haces, nunca dejaré de reprochártelo.
Peter acunó su cuerpo contra el suyo, y la besó en la frente, guardó silencio por tanto tiempo que ella temió que fuera a rechazarla. Pero entonces su mano bajó lentamente por su cuerpo, y su corazón dio un salto de excitación. Él envolvió las cintas de sus calzas con los dedos y tiró de ellas para aflojarlas.
La piel de su ombligo se tensó cuando ella aguantó la respiración, asaltada por la vergüenza cuando su mano resbaló debajo de la fina tela, el tocó su vello púbico, presionando con la palma de la mano los suaves rizos. Jugó con sus tiernos pliegues, rozando, frotando con suavidad. Con la yema de un dedo le acarició un lugar tan sensible que ella dio un brinco por la sorpresa. Mirando fijamente su cara ruborizada, Peter abrió con ternura los labios de su pubis.
—Lali... cariño —susurró el—. Eres tan suave… tan delicada… ¿dónde quieres que te toque? ¿Aquí? O quizás aquí…
—Ahí —suplicó ella, cuando sus dedos se deslizaron de nuevo por el sensible botón—. Sí… oh, ahí…
El dibujó con su boca un reguero ardiente de besos desde su cuello hasta su pezón, mientras que al mismo tiempo sus dedos indagaban en su intimidad. Cuando él la tocó más profundamente, ella sintió una humedad desconcertante en ese lugar secreto. Ella no había esperado algo así, lo que hizo que se preguntara si estaba tan bien informada como creía.
Consternada, ella comenzó a decir algo pero guardó silencio de golpe cuanto sintió como introducía un dedo dentro de ella. Eso no era lo que ella había imaginado, de ninguna manera.
Peter levantó la cabeza de sus pechos, sus ojos estaban llenos de un lánguido calor. Observó su rostro mientras hundía sus dedos más profundamente en el interior de su cuerpo, sondeando con un suave masaje que la llevó a una altura insoportable de placer. Ella se arqueó emitiendo un gemido sensual, respondiendo a sus besos con un fervor incontrolado.
—¿Te gusta que te haga esto? —le susurró
—Si, yo... —ella se esforzó por hablar entre suspiros de placer—. Creí… que iba a dolerme.
—Esto no. —Una sonrisa apareció en su boca—. Más tarde, sin embargo, puede que tengas algún motivo para quejarte. —Una gota de sudor resbaló por su cara cuando él sintió las pulsaciones de su cuerpo alrededor de sus dedos.
—No sé si podré ser delicado —le dijo de repente—. Te he deseado demasiado tiempo.
—Confío en ti —susurró ella.
Peter negó con la cabeza, sacando sus dedos fuera de ella.
—Te equivocas, estás en la cama con el último hombre en el mundo en que deberías confiar, y estás a punto de cometer el error más grande de toda tu vida.
—¿Esta es tu idea de una seducción?
—Pensé que debería advertirte por última vez. Ahora estas perdida.
—Oh, bien —Lali se movió para ayudarle mientras él le quitaba las calzas y las medias.
Abrió mucho los ojos cuando el empezó a desabrocharse los pantalones. A pesar de su inocencia, se inclinó para ayudarle, curiosa. Sus labios temblaron cuando él sintió el tacto de su pequeña mano deslizándose dentro de sus pantalones. Ella acarició su miembro con cuidado, aprendiendo su longitud y su dureza, absorta por el modo en que su cuerpo temblaba.
—¿Cómo debo tocarte? —le preguntó con un susurró.
Peter movió la cabeza con una sonrisa insegura.
—Lali… mejor no vuelvas a tocarme así.
—¿Lo he hecho mal? —le preguntó con preocupación.
—No, no —la atrajo hacia él, depositando besos por su mejilla, su oreja y su pelo—, lo haces demasiado bien.
La tumbó de nuevo sobre las almohadas y recorrió suavemente con las manos todo su cuerpo. Él se libró de los pantalones y colocó su cuerpo sobre el suyo. Lali tembló por el contacto con su piel, su suavidad, su calor. Sentía una oleada de sensaciones a la vez, todo era demasiado excitante, la caliente humedad de su boca, las caricias de sus dedos, el vello de su pecho sobre sus senos, su abdomen...
Peter trazó un círculo con la lengua alrededor de su ombligo enviando llamas de fuego a través de sus venas. Confundida, fue consciente del lugar al que se acercaba, y se movió inquieta debajo de él.
No pareciendo darse cuenta del lugar donde la besaba, Peter continuó, deslizando los labios más abajo hasta que Lali dio un gritito agudo y le empujó apartándole la cabeza.
—¿Qué te ocurre? —preguntó, apoyándose en los codos.
Intensamente ruborizada, Lali apenas podía hablar.
—Estas demasiado cerca de mi… bueno, tu... sin querer…
Su voz se quebró, y la comprensión amaneció en los ojos de Peter. Rápidamente él agacho la cabeza para ocultar su expresión, y los hombros le temblaron ligeramente. Él contestó muy despacio todavía sin mirarla.
—No ha sido sin querer. Esa era mi intención.
Lali se quedó atónita.
—Pero ibas a besarme en... —ella se interrumpió cuando su mirada encontró la de él, la risa bailaba en sus ojos verdes.
No estaba avergonzado... se estaba riendo
—¿Porqué te escandalizas? —le preguntó él—. Creí que habías leído mucho.
—Bueno..., nadie escribiría sobre algo así.
Él se encogió de hombros, sus ojos brillaban risueños.
—Eres toda una autoridad literaria.
—Te burlas de mí —dijo ella.
—Solo un poquito —susurró, y besó su abdomen otra vez sujetándole las piernas con las manos.
Ella empezó a parlotear nerviosa cuando sintió su boca rondando por su ingle.
—En algunas de las novelas que he leído, se mencionaban algunas cosas, por supuesto… —ella inspiró con fuerza cuando el mordisqueó la piel interna de su muslo—… Pero… supongo que estaban escritos con tanta ambigüedad que no en-entendí bien… oh, por favor, creo que no deberías hacer eso…
—¿Qué no haga que?... ¿te refieres a... esto?
—Definitivamente me refiero a eso —ella se retorció para librarse de él.
Pero sus manos estaban aferradas a sus muslos, manteniéndolos abiertos mientras hacía travesuras con la lengua. Ella empezó a temblar cuando el encontró el botón sensible que había tocado antes. Su boca era suave, cálida y exigente, su lengua la poseyó, succionando hasta que un torrente de excitación empezó a inundarla, y cuando ella le rogó que se detuviera él la atormentó un poco más, lamiendo, indagando más y más profundamente, hasta que el placer explotó en su interior y ella gritó sorprendida.
Después de un largo momento Peter se irguió para mirarla. Lali lo abrazó con fuerza poniendo los brazos y las piernas alrededor de él. Él se acomodó entre sus piernas abiertas, temblando por el esfuerzo que le suponía ser considerado. Empezó a penetrarla abriéndose paso dentro de ella. Peter murmuraba palabras de amor contra su cuello, tratando de calmarla al mismo tiempo que empujaba un poco mas, tomándola, poseyéndola.
Cuando estaban completamente unidos él se mantuvo quieto dentro de ella, esperando a que su cuerpo se adaptara para no causarle más dolor. Lo sentía tan duro dentro de ella, que se sintió poseída, invadida, completamente indefensa y al mismo tiempo… sintió que él le pertenecía, que era suyo por completo. Lali sabía que había poseído su mente y su corazón del mismo modo que él había poseído su cuerpo. Queriendo darle el mismo placer que él le había dado, arqueó las caderas sensualmente.
—Lali… no, no te muevas.
Ella repitió el movimiento otra vez, y otra vez, esforzándose por estar más cerca de él. Él gimió y comenzó a moverse con un ritmo sutil. La besó con fuerza, y se estremeció por la intensidad de su clímax.
Durante unos minutos, solo se oyó el sonido de sus respiraciones, mientras Peter descansaba la cabeza contra su pecho. Él salió de ella con cuidado y la silenció con sus labios cuando ella protestó.
—Déjame cuidar de ti.
Lali no comprendió lo que él quiso decir, pero sentía tal languidez que cerró los ojos cuando él dejó la cama. Él regresó al instante con un paño húmedo, limpió con cuidado el sudor que cubría su cuerpo y la carne irritada entre sus muslos.
Cuando él se tumbó a su lado, ella se acurrucó contra él, suspirando de placer cuando él los cubrió a ambos con las sabanas. Ella apoyó la mejilla contra su pecho y pudo oír el latido firme de su corazón.
Lali pensó que debería sentirse avergonzada, por encerrarse con el en su dormitorio y seducirle. Pero en lugar de eso se sentía triunfante. Y extrañamente satisfecha como si hubieran compartido una intimidad que fuera más allá de la intimidad física.
Lali quiso preguntarle miles de cosas, saberlo todo sobre él, nunca había tenido tal curiosidad por otra persona. Pero quizás debería tener un poco de paciencia hasta que ambos se adaptaran a las nuevas circunstancias.
Cuando el calor de sus cuerpos se mezcló debajo de la ropa de cama, Lali sintió que la vencía el sueño. Nunca había sospechado qué fuera tan agradable yacer en los brazos de un hombre, respirar su olor, sentir como la rodeaba su fuerza.
—No te quedes dormida —la avisó—. Tenemos que salir de aquí.
—No estoy durmiendo. Sólo… —dijo en medio de un bostezo— …descansando los ojos.
—Sólo un minuto. —Su mano le acarició el pelo y bajó por su espalda con una caricia. Eso fue todo lo que ella necesito para dejarse arrastrar por un olvido dulce y profundo.

Lali se despertó al escuchar el repiqueteo de la lluvia golpeando el techo, y una suave brisa que entraba por la ventana abierta. El inestable clima de Hampshire había decidido enfriar la tarde con un aguacero, de esos que normalmente no duran más de media hora y dejan la tierra esponjosa y fragante.
Parpadeando, Lali miró el entorno desconocido en el que se encontraba, el dormitorio de un hombre… se percató del musculoso cuerpo masculino a su espalda, que respiraba contra su pelo. Ella se tensó por la sorpresa pero se quedó muy quieta, preguntándose si Peter estaría despierto. Su respiración no cambió. Pero deslizó un brazo hacia su cuerpo, rodeándole la cintura.
Con cariño, la atrajo hacia él, y juntos observaron la lluvia en silencio. Lali intentó recordar si alguna vez en su vida se había sentido tan segura y feliz. No, decidió. Nada podía compararse a esto.
Sintiendo su sonrisa, Peter murmuró.
—Te gusta la lluvia...
— Sí. —Ella le acarició una pierna con los dedos del pie, asombrada por la dureza de su pantorrilla—. Algunas cosas son mejores cuando llueve. Por ejemplo leer, o dormir…, o esto.
—¿Estar en la cama conmigo? —dijo con diversión.
Lali asintió.
—Es como si fuéramos las únicas dos personas en el mundo.
Él dejo vagar su mano por la línea de su clavícula, y por su cuello.
—¿Te hice daño Lali? —le susurró al oído.
—Bueno, fue bastante incómodo cuando tú… —ella se detuvo y se sonrojó—. Pero lo esperaba. Mis amigas me dijeron que mejora después de la primera vez.
Las yemas de sus dedos dibujaron el contorno de su oreja, y la curva acalorada de su mejilla.
—Me esmeraré para que así sea —dijo él con voz risueña.
—¿Te arrepientes de lo que ha pasado? —Cerró la mano con fuerza mientras esperaba tensa su respuesta.
—Cielos, no. —Él acercó su pequeño puño hasta su boca y lo abrió con un beso, luego colocó la palma sobre su mejilla—. Esto es lo que yo he querido toda mi vida Y lo único que sabía que nunca podría tener. Estoy sorprendido. Horrorizado incluso. Pero nunca estaré arrepentido.
Lali se dio la vuelta y se acurrucó contra él, con uno de sus muslos entre los de ella.
La lluvia golpeaba enérgicamente la casa, algunas gotas se colaron por la ventana. Considerando la idea de levantarse de la cama, Lali se estremeció de disgusto, y Peter subió las sabanas sobre su hombro desnudo.
—¿Lali —le preguntó— ¿dónde está la maldita llave?
—La metí en el bolsillo de tu chaqueta —le explicó ella— ¿No lo viste? ¿No?… Bueno, supongo que estabas distraído en ese momento. —Ella deslizó la mano por su pecho, deteniéndose en un pezón—. Probablemente sigas enfadado conmigo por encerrarnos en la habitación.
—Estoy enfurecido —estuvo de acuerdo él—. Pero quiero que lo hagas todas las noches después de que estamos casados.
—¿Vamos a casarnos? —exclamó Lali, levantando la cabeza.
Su mirada era cálida, pero no hubo ningún indicio de alegría en su voz.
—Sí, vamos a casarnos. Aunque probablemente me odiarás por ello algún día.
—Por qué iba yo a... oh —Lali recordó lo que él le había contado, la posibilidad de que su pasado lo persiguiera algún día—. Nunca podría odiarte —afirmó ella—. Y no me dan miedo tus secretos, Peter. Sea lo que sea, lo afrontaré contigo Aunque deberías saber que encuentro exasperante que hagas comentarios como ese y no quieras darme una explicación.
Peter empezó a reírse.
—Esa es sólo una de las muchas cosas que encuentras exasperantes en mí.
—Cierto. —Ella se colocó encima de él y acarició con la nariz su pecho como un gatito curioso—. Pero me gusta mucho más un hombre exasperante que un hombre cortés.
Dos hendiduras aparecieron en su frente bronceada.
—¿Como lord Amadeo?
— Sí, él es mucho más agradable que tu. —Experimentalmente Lali puso la boca sobre uno de sus pezones y lo tocó con su lengua—. ¿Sientes lo mismo que yo cuando te hago esto?
—No. Aunque aprecio el esfuerzo. —Él cogió su cara con las dos manos—. ¿Amadeo te besó?
Ella asintió con la cabeza entre sus manos.
—Sólo una vez.
Los celos tiñeron su voz.
—¿Te gustó?
—Quería que me gustara. Lo intenté. —Ella cerró los ojos y restregó una mejilla por la palma de su mano—. Pero no era en absoluto como tus besos.
—Lali —susurró el, y cambió de posición hasta que la tuvo debajo de él otra vez—. Nunca creí que esto pudiera ocurrir. —Sus dedos acariciaron los delicados ángulos de su cara, la curva sonriente de sus labios—. Pero ahora me parece imposible que haya sido capaz de resistirme a ti tanto tiempo.
Sus sentidos se alteraron por las caricias de sus dedos.
—¿Peter… qué ocurrirá ahora? ¿Hablaras con mi padre?
—Todavía no. En interés de conservar el decoro, voy a esperar hasta que regrese de Bristol. Para entonces la mayor parte de los invitados se habrán marchado, y tu familia podrá manejar esta situación en privado.
—Mi padre se sentirá feliz. Pero mi madre tendrá un ataque de rabia. Y Cande…
—Estallará —dijo el.
—Mis hermanos no te tienen mucho afecto tampoco —dijo Lali con un suspiro.
—¿De veras? —exclamó él con fingida sorpresa.
Lali miró con preocupación su rostro bronceado.
—¿Qué pasará si cambias de idea? ¿Qué pasará si regresas y me dices que estabas equivocado, que no quieres casarse conmigo, y…
—No —repuso Peter acariciando los rizos desordenados de su pelo—. No hay vuelta atrás. Te he robado la inocencia. No voy a eludir mi responsabilidad.
Lali frunció el ceño, disgustada por sus palabras.
—¿Qué te pasa? —preguntó él.
—El modo en que hablas… tu responsabilidad… como si tuvieras que enmendar algún terrible error. No es precisamente romántico, especialmente en estas circunstancias.
—Oh. —Peter sonrió repentinamente—. No soy un hombre romántico, cariño. Creo que ya lo sabías. —Agachó la cabeza y la besó en el cuello, y le mordisqueó la oreja—. Pero soy responsable de ti ahora. —Él descendió hasta su hombro—. De tu seguridad… tu bienestar… tu placer… y yo me tomo mis responsabilidades muy en serio…
Él besó sus pechos, dibujando los pezones con el calor de su boca. Su mano se abrió paso entre sus muslos y jugó con la hendidura que había entre ellos.
Un gemido de placer escapó de su garganta, y él sonrió.
—Me gustan los ruidos que haces —exclamó él—. Como jadeas cuando hago esto… y esto… y como gritas cuando estoy dentro de ti…
Con el rostro ardiendo ella intentó guardar silencio, pero él consiguió arrancarle otro gemido indefenso.
—¿Peter? —enroscó los dedos de los pies cuando él se deslizó más abajo, haciéndole cosquillas en el ombligo con la lengua.
Su voz sonó amortiguada por las sabanas que cubrían su cabeza.
—¿Qué, charlatana?
—¿Vas a hacer... —se detuvo con una exclamación cuando él le separó las rodillas—, lo que hiciste antes?
—Eso parece.
—Pero si ya habíamos terminado... —La razón por la que él querría hacer el amor con ella dos veces seguidas, de pronto ya no fue importante, porque lo sintió investigando la piel sensible de su ingle y la parte interna de sus muslos. Se sintió arrullada por los movimientos suaves… perezosos de su lengua… mordisqueando, jugueteando con su carne… bajando más hasta que él encontró aquella cumbre minúscula que la hizo sollozar y gemir... sí, ahí, sí…
Él la martirizaba con una delicadeza enloquecedora, parando, para luego continuar describiendo círculos rápidos… hasta que ella sujetó con las manos su cabeza y la sostuvo allí, entre sus muslos, arqueándose y temblando por el placer.
Él la elevó hasta una altura insoportable de placer, por encima de la tormenta, por encima del cielo… y cuando ella volvió en sí, estaba en sus brazos, mientras el sonido apacible de la lluvia primaveral calmaba los intensos latidos de su corazón.


Para que luego digan...soy lo mas bueno de este mundo jajajaj
Espero que os guste el cap.
Vero_me aqui tienes tu declaracion.
Un beso. Ione.
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Vero_me
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   Lun Oct 31, 2011 6:58 pm

Para empezar tengo que decir que lo he vuelto a leer porque antes llegaba tarde al trabajo y lo leí deprisa y me perdí la mitad de las cosas, y ahora que decir.... GENIAL!!!! jaja no en serio me encantó, por fin Peter le dijo lo que sentía Mi Declaración!!! ja! Esa inocencia de Lali me hizo reír.. lo que después de esto no se que puede pasar...Candela no lo va a permitir..y Benjamín...bueno de ese no hago comentario jjaj. Después de mi discurso.... solo queda decirte QUIERO MAAAAAAS!!! Y GRACIAS a TI Wink
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MensajeTema: Re: Escándalo en primavera (laliter)   

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Escándalo en primavera (laliter)
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