Escribiendo Hojas En Un Libro

“Escribir es como mostrar una huella digital del alma” Mario Bellatín,
 
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 La Cortesana

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Vero_me
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Jue Nov 24, 2011 4:14 pm

Puede ser que cada vez me guste mas???? no me esperaba PARA NADA lo que ha pasado, ni mucho menos la oferta de Peter, si eso sucede va a resultar muy interesante.....no me los imagino debajo de el mismo techo
Al final Eugenia tiene los joyas que tanto quería grrr

Sin nada mas que decir (porque realmente estoy en blanco) espero con ansias el próximo.
Nenaaaaaa quiero mas!!!!

Besos cariñeteeeee
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Vie Nov 25, 2011 8:50 pm

CAPÍTULO 11



Un beso largo, largo, un beso de amor, de juventud y de belleza,
concentrado en un solo lugar cual rayos procedentes de las alturas.
Esos besos pertenecen a la primera época, en la que el corazón,
el alma y el sentido se mueven a la par, y la sangre es lava;
el pulso, una hoguera; y cada beso, un terremoto.
El poder de esos besos reside, creo yo, en su duración.
LORD BYRON
Don Juan, Canto I



Peter estaba encajando por fin las piezas del rompecabezas y no le gustaba en absoluto la imagen resultante de sus conjeturas.
Cartas robadas.
Esmeraldas robadas.
Al parecer, los ladrones se habían llevado las cartas equivocadas. Esposito no se lo habría tomado con tanto humor, porque estaba seguro de que no era fingido, si se hubieran llevado las que estaban buscando de verdad. ¿Qué había en las cartas desaparecidas para que su robo le hiciera tanta gracia?
¿O lo que le hacía gracia era el error en sí?
A él no le hacía ni pizca.
Alguien que para empezar no supiera leer y que además entendiera poco el inglés podría haber cometido fácilmente ese error.
Y ese alguien no tenía por qué ser Eugenia Suarez. ¿Quién más, aparte de Eugenia, estaba tan loco para llevarse unas esmeraldas y dejar atrás diamantes, rubíes, perlas y zafiros?
La conclusión lógica era que alguien había ordenado a Eugenia que robara las cartas. Y ese alguien había sobreestimado la inteligencia de Eugenia y subestimado la de Lali.
¿Su ex marido?
«Están jugando una partida, y matarla sería como admitir que ha perdido», le había dicho Rochi, refiriéndose a madame Esposito y a su ex marido.
Sin embargo, el hecho de que alguien hubiera implicado a la desequilibrada Eugenia indicaba cierta disposición a matar. Intentó recordar algún comentario que delatara la existencia de una relación entre Suarez y Rinaldi. No recordó nada.
¿Estaría equivocado? ¿Estaría pasando por alto algún detalle que debería tener en cuenta? De ser así, tampoco sería tan sorprendente. Avanzaba a tientas en la oscuridad, porque no entendía el juego en el que se enfrentaban Lali y Rinaldi. Y seguiría avanzando a tientas a menos que pusiera fin al juego que Lali mantenía con él.
Se volvió hacia Caridad y utilizó el francés que había perfeccionado décadas antes y que lo había ayudado a librarse de la guillotina en más de una ocasión.
—Madame necesita un baño. Mientras lo preparan, que los criados reparen el estropicio de la cama. Tú, entretanto, comenzarás a ordenar el vestidor y redactarás el inventario que madame ha ordenado. Deberás incluir en él todos los objetos desaparecidos, por insignificantes que sean. Una vez que madame se haya bañado, haya descansado y se le haya ofrecido un informe meticuloso, decidirá cómo actuar.
Caridad inclinó la cabeza.
—Oui, monsieur —asintió, y se apresuró a salir de la estancia.
Lali la siguió con la mirada y después miró a Peter.
—¿Quién eres? —le preguntó—. ¿Uno de los Borbones desaparecidos? Caridad jamás se dignaría a obedecer a ningún hombre, ni siquiera a Magny, y, sin embargo, a ti te obedece.
—Es por mi encanto —afirmó él—. Resulta irresistible.
Esos preciosos ojos verdes se entrecerraron.
—Le he ordenado que haga precisamente lo que estaba ansiando hacer —le explicó—. Está demasiado preocupada por ti para prestar a tus cosas la atención necesaria. Una vez que te hayas bañado y que hayas descansado, será capaz de concentrarse en su trabajo. Y tú tampoco podrás pensar con claridad hasta que te hayas tomado el tiempo necesario para recuperarte.
—¿Por no haber dormido en toda la noche? —precisó—. Ya estoy acostumbrada a eso.
—Por haberte llevado una impresión mayúscula.
—Cierto. La idea de un trío de monjas ladronas todavía me tiene anonadada.
—No eran monjas de verdad —le aseguró—. Y no se trataba de un simple robo. ¿De qué va todo esto, Esposito?
La vio encogerse de hombros antes de inclinarse para recoger un frasco del suelo.
Se acercó a ella.
—¿Tan estúpido me crees? Sé que aquí está pasando algo. ¿Qué estás ocultando? ¿Cómo quieres que te ayude si no me cuentas nada?
—¿Quién ha dicho que necesito ayuda?
—La semana pasada te atacaron un par de rufianes, supuestamente porque iban tras tus joyas...
—¿Cómo que supuestamente? ¿Es que no estás seguro? Según me dijiste, el hombre al que atraparon confesó que fue un intento de robo.
—Unos días después, te registran la casa —prosiguió él—.
¿Cuántas pruebas más necesitas para admitir que hay gato encerrado? ¿Por qué han robado las cartas de tu ex marido?
—Y mis esmeraldas —añadió ella—. Tal vez las malvadas monjas se asustaron por algo mientras registraban mi vestidor y simplemente cogieron lo que tenían más a mano. Es posible que confundieran las cartas con pagarés bancarios. O quizá las tomaron por cartas de amor apasionadas y pensaron que podrían venderlas a algún folletín. Si es así, van a llevarse una desilusión. Solo hay aburridos comentarios jactanciosos y muchos nombres de personas conocidas...
—Lali...
—¡No es asunto tuyo! —exclamó ella—. ¡No quiero que me ayudes!
—Tu comportamiento es absurdo —afirmó—. ¿Estás embarazada?
El frasco voló directo a su cabeza. Peter se agachó para que pasara por encima y acabó impactando contra el respaldo de una silla, tras lo cual cayó al suelo sin romperse. Debía de ser un frasco muy pesado. De no haberse agachado, podría haberle abierto la cabeza.
—¿¡Embarazada!? —gritó—. ¿¡Embarazada!? ¿Por qué no me preguntas si estoy en esos días del mes?
—En fin, ¿lo estás?
—¡Eres un idiota! No estoy embarazada. No estoy en esos días del mes. Estoy cansada, sucia y necesito darme un baño. Y dormir un poco. Y te quiero fuera de mi casa. ¡Va vía! —exclamó, y alzó una mano para indicarle que se marchara con ese gesto tan irritante.
Peter meneó la cabeza y miró hacia el techo, cubierto completamente por las alegres criaturas mitológicas. ¿No era eso lo que acababa de decirle poco antes, que necesitaba un baño y un poco de descanso?
Se acercó a ella y la alzó en brazos.
—Bájame —le ordenó ella.
—Voy a encargarme de que te des un baño —le aseguró—. En el canal.
Lali se debatió, pero fue en vano. El bruto que había intentado estrangularla en la góndola era tres veces más corpulento que ella y no pudo hacer nada para librarse del hombre que la llevaba en brazos.
Recordó la facilidad con la que Lanzani lo había reducido, la facilidad con la que lo había arrojado al canal.
—No te atreverás.
En lugar de hablar, Lanzani salió del dormitorio y enfiló el portego en dirección a las ventanas orientadas al canal. Ventanas con balcones. Directamente sobre el agua.
—¿Sabes nadar? —le preguntó.
—Sí.
—En ese caso, no tienes por qué preocuparte, ¿verdad? —Lanzani... —le advirtió.
—En esta época del año el agua está fría y resulta estimulante —le aseguró—. Justo lo que necesitas para librarte de la confusión mental.
Estaba confusa, cierto. Y también reconocía que se estaba comportando como una zorra desalmada.
Apoyó la cabeza en su hombro.
—Lo siento —se disculpó—. Soy muy... excitable, ya lo sé.
—No. Estás como un cencerro —la corrigió.
—No quiero sentir nada por ti —confesó ella.
—Las palabras almibaradas no van a servirte de nada —replicó Lanzani sin detenerse siquiera—. No me he caído de un guindo.
—¡Está bien! —exclamó—. Ahógame. Me harás un favor.
—No. Sabes nadar, lo has admitido. Además, eres hermosa. Seguro que un romántico veneciano te sacará del agua antes de que la corriente te arrastre hasta el mar.
Lali se aferró a su cuello con fuerza.
—Lo siento —repitió—. No te enfades conmigo. —Sintió que las lágrimas comenzaban a resbalar por sus mejillas. Otra vez. Aquello era horrible. Peor de lo que había imaginado. Y eso que creía que ya se había imaginado lo peor.
Le daba miedo perderlo. Tenía que estar loca. Ojalá lo estuviera. Porque la alternativa era demasiado espantosa para pensarlo siquiera. ¡Cinco días! ¡Lo conocía desde hacía apenas cinco días!
—Soy inmune a las lágrimas —soltó él—. Voy a hacerlo por tu propio bien.
—Voy-voy a gri-gritar pidiendo ayuda —le avisó—. Los criados ven-vendrán a res-rescatarme.
—Tendrán que ser muy rá-rápidos —se burló él.
Acababan de llegar a las ventanas del portego.
—Lanzani...
El brazo que tenía bajo las rodillas se movió un poco para aferrar el picaporte de la ventana.
—No lo harás —dijo.
—Espera y verás —la desafió.
Se percató de que varias cabezas se asomaban por las puertas de las distintas estancias.
—Los criados no lo permitirán.
—Sí que lo harán —la contradijo—. Son italianos. Lo entenderán perfectamente.
Abrió la altísima ventana y salió al balcón con ella en brazos. Era muy estrecho y apenas había medio metro hasta la balaustrada de piedra, donde la dejó.
—Si me sueltas, te arrastraré conmigo —lo amenazó, al tiempo que se aferraba con fuerza a su cuello.
Lanzani hizo ademán de zafarse de sus manos.
No tendría el menor problema para librarse de ella.
Y ese era el problema.
Lali se soltó y, antes de que pudiera pensarlo dos veces, giró el cuerpo y saltó.
—Merda —lo oyó decir.
No pasó mucho tiempo. Apenas una vida, durante la cual se le paró el corazón y parpadeó, atónito, mientras soltaba esa única palabra y se quitaba los zapatos. Apenas pasó una vida mientras se lanzaba al agua tras ella.
La cogió antes de que pudiera alejarse nadando... o intentarlo. Un desafío considerable, teniendo en cuenta el impedimento de las faldas, las enaguas y el corsé. Nadó con ella los escasos metros que los separaban del embarcadero, subió, tiró de ella para sacarla del agua, la obligó a ponerse en pie y la zarandeó.
—No vuelvas... —zarandeo— a hacerlo... —zarandeo— jamás.
Ella se limitó a mirarlo, chorreando agua. Sus ojos marrones lo miraban con ternura, poseídos por el fantasma.
—No me mires así—le dijo él.
—No te estoy mirando de ninguna manera —protestó ella.
La abrazó. Le besó la frente mojada, la nariz y las mejillas. Le pasó las manos por el pelo empapado y esperó a que su corazón recobrara su ritmo normal. Pero no lo hizo. Siguió latiendo de forma errática por el miedo, la furia y no sabía qué otra cosa más. No sabía cómo refrenarlo. No sabía qué podía hacer para recuperar el control.
Sin embargo, sus labios se apoderaron de los labios de Lali y la besó como si se estuviera ahogando. Fue un beso ardoroso, apasionado y largo, y ella le correspondió con el mismo frenesí.
Era una mujer descarada, intrépida y desvergonzada; lo opuesto a lo que él quería. Pero la deseaba de todas formas, y el apasionado besó le aflojó las rodillas.
Claro que no se dejó arrastrar mientras duró y fue consciente en todo momento del lugar donde se encontraban. Sabía que no podía permitir que el sentido común lo abandonara. Y menos en esos momentos. Tenía que estar alerta por el bien de Lali.
Sí, y también por el rey y por su patria.
La última idea tuvo el mismo efecto que un bofetón.
Se apartó de ella.
—Debería haberme quedado donde estaba y decirte adiós —dijo Peter—. Ciao, debería haber dicho. Debería haberte dicho adiós con la mano mientras pensaba «¡Menos mal que se va!». Eso debería haber hecho. Porque tenerte cerca solo me crea problemas.
Lali lo abrazó por la cintura y lo estrechó con fuerza.
—Apestas a agua del canal —comentó él—. Necesitas un baño.
—Y tú también —la oyó decir con la voz amortiguada por la tela empapada de su chaqueta.
—¿Tu bañera es grande? —quiso saber.
—Soy una gran prostituta —contestó—. ¿Tú qué crees?
La distancia hasta el cuarto de baño era corta, ya que se encontraba en una de las acogedoras estancias de la entreplanta situada entre la planta baja y el primer piso. La bañera era muy grande, tal como correspondía a una cortesana, pero todavía no la había utilizado en compañía de un hombre.
La luz entraba por una ventanita orientada al patio. Pese a eso y aunque el día fuera soleado, esa estancia en particular era una de las más oscuras del palazzo. Un criado estaba encendiendo las velas cuando entraron. Ya había encendido el fuego en la chimenea.
La luz parpadeaba en una estancia que a ella le parecía una cueva fastuosa.
La bañera estaba situada a un lado de la chimenea. Al otro había un triclinio. Varias pilas de toallas esponjosas, pulcramente dobladas, descansaban sobre las distintas mesas.
Había amueblado el cuarto de baño fiel al estilo que había visto en los mosaicos romanos para que no desentonara con los frescos. En lugar de los putti, los santos y los mártires que prevalecían en el resto del palazzo, en ese lugar la luz parpadeaba sobre imágenes de dioses y diosas, ninfas y sátiros, comida y vino, bailes y posturas sensuales. El aroma del incienso que ardía en los braseros perfumaba el aire, tal como lo había hecho en los lejanos días de la República.
Era una estancia privada. Un refugio al que nunca llevaba a nadie.
Sin embargo, los criados ya lo habían preparado todo y, dadas las circunstancias, era absurdo y desconsiderado ordenarles que comenzaran de nuevo y subieran agua hasta el primer piso. Lali estaba helada y empapada. Lanzani estaba helado y empapado. ¿Qué más daba si le dejaba entrar en su santuario? ¿Qué sentido tenía intentar mantenerlo alejado de su vida?
—Eres una caja de sorpresas —dijo él mientras observaba la estancia—. Pensaba que llevarían una bañera portátil a tu dormitorio o a tu vestidor.
—Arriba hay una bañera más pequeña —dijo—. Más que nada para satisfacer el capricho de algún caballero que quiera verme mientras me baño, pero esta estancia es solo para mí.
El criado salió y Caridad entró con rapidez llevando una cesta cargada de jabones, cremas y perfumes. De uno de sus brazos colgaba un camisón. La doncella la miró con gesto hosco, después miró a Lanzani y apretó los labios.
—Madame cogerá frío.
—Yo me encargo de que eso no ocurra —le aseguró él al tiempo que le quitaba la cesta y el camisón—. A madame le encanta desquiciarme y...
—Y a monsieur le encanta devolverme el favor —concluyó ella.
—De todas formas, me encargaré de que no le pase nada —dijo Lanzani—. Puedes irte. Ya gritará si te necesita.
Caridad la miró.
—Puedes irte —repitió ella para confirmar la orden.
La doncella se marchó.
—Toda la servidumbre sabe qué ha pasado —dijo él—. Toda la ciudad lo sabrá dentro de cinco minutos.
—Me perturbas—le soltó.
—El sentimiento es mutuo.
—No me gusta sentirme perturbada.
—¿A quién le gusta?
—He pasado los últimos cinco años de mi vida evitando esa sensación —añadió.
Lo vio examinar los tarros, los frasquitos y los jabones que había llevado Caridad. Eligió un frasco y después soltó la cesta sobre la mesa situada frente a la bañera. Lo destapó para oler el contenido y vertió unas gotitas en el agua.
—Empiezo a entenderlo —confesó él.
—Eres un hombre —replicó—. Es imposible que lo entiendas. Los hombres ostentáis el poder. Lo controláis todo. Promulgáis leyes oficiales y establecéis las normas no escritas que rigen todo lo demás.
—Tu marido te rompió el corazón —soltó sin más.
¿Qué podía hacer? ¿Seguir mintiendo? ¿Seguir fingiendo eternamente? Esa estrategia funcionaba con los demás, pero con ese hombre las mentiras la dejaban confundida y asqueada.
—Sí —admitió, dejando caer los hombros. Estaba cansada. Muy cansada.
—Ven aquí—le dijo él.
Y fue, por supuesto. Era lo único que quería hacer. Acercarse a él, sentirse en sus brazos.
Sin embargo, no la abrazó. La obligó a darse la vuelta para desabrocharle el vestido.
—Con este vestido te pareces a Isis —lo oyó decir—. Después de que se cayera al Nilo.
Lali sonrió pese al cansancio y a las viejas heridas.
—¿Se cayó al Nilo?
—A lo mejor la empujaron, ¿quién sabe? —señaló él. Le desató el lazo de la cintura y el vestido cayó de golpe. De haber estado seco, se habría deslizado con suavidad—. Me gusta este diseño —confesó mientras le daba un tirón al vestido para bajárselo por las caderas.
—Era un vestido precioso —dijo—. Si estuviera seco, se deslizaría sobre las enaguas con suavidad.
Claro que como en esos momentos no estaba seco, tuvo que ser él quien se lo quitara. Y una vez que pasó sus rodillas, cayó por su propio peso con un sonido muy poco seductor.
Lanzani siguió ayudándola, en esta ocasión con las cintas húmedas de las enaguas.
—Estoy seguro de que estar mojada y sucia te gusta casi tanto como sentirte perturbada —dijo—. Deberías haberlo pensado antes de saltar al canal.
—Ibas a tirarme al agua.
—¿Y tú vas y saltas para privarme de ese placer?
—No estaba pensando con claridad —adujo.
—Me parece que ya te lo he dicho. En más de una ocasión. ¡Al diavolo!
—¿Qué pasa?
—No puedo desatarte las cintas —respondió—. Si me paro a hacerlo y sigo con las del corsé, cogerás una neumonía. Y el agua se habrá enfriado. Voy a cortarlas. De todas formas, no creo que tengas problemas para reemplazarlas siendo como eres la gran prostituta de Babilonia, más rica que Cleopatra.
Lali comenzó a respirar de forma entrecortada.
—No llores —lo oyó decir.
—No-no estoy llorando —le aseguró.
Sintió que las cintas cedían.
En un abrir y cerrar de ojos, Lanzani le quitó las enaguas, el corsé y la camisola. Solo le quedaban las medias, las ligas y los escarpines, manchados por culpa del agua.
Lo oyó contener el aliento.
Se dio la vuelta para mirarlo.
Estaba observándola de arriba abajo y de abajo arriba con un cortaplumas en la mano derecha.
—Voy a desmayarme.
—No seas tonto —le dijo—. Has visto cientos de mujeres desnudas.
—No soy tonto —protestó él—. Soy medio italiano y tú... —Le pasó la mano izquierda por encima de un pecho—. Creo que eres el octavo pecado capital. Y que por ti merece la pena pasar la eternidad en el infierno. —Se arrodilló e introdujo la hoja del cortaplumas bajo una liga para cortarla. Le bajó la media, le quitó el zapato y le pasó la media por el empeine para quitársela. Después le dio un beso en la rodilla.
Le temblaban tanto las piernas que se vio obligada a ponerle una mano en un hombro para sostenerse. Entretanto, Lanzani le cortó la otra liga y repitió el ritual.
—Se me ocurre un sinfín de cosas que hacer en este momento —dijo él mientras le acariciaba un muslo—. Pero el agua se va a enfriar y hueles mal, igual que yo.
Lanzani se enderezó, soltó el cortaplumas e hizo ademán de quitarse la chaqueta empapada. La prenda era ajustada, como mandaban los cánones, de modo que se le pegaba como una segunda piel.
Se acercó para ayudarlo.
Él le indicó con un gesto que se alejara.
—Métete en la bañera —le ordenó.
—No podrás quitártela solo —repuso ella. Posiblemente necesitaría dos criados para librarse de la chaqueta.
—Mira y verás. Métete en la bañera —insistió.
Y lo hizo. Soltó un suspiro en cuanto tocó el agua. Estaba calentita y olía a limón.
Cerró los ojos y se echó hacia atrás para apoyar el cuello en las toallas que el criado había colocado en el borde.
—Este cuarto de baño es maravilloso —admitió Lanzani.
Lali abrió los ojos para mirarlo. James estaba colocando la chaqueta en el respaldo de una silla. Saltaba a la vista que era un hombre acostumbrado a valerse sin la ayuda de un criado.
Ese hombre... Sabía tan poco sobre él... Cinco días. Y aun así...
—Ninfas y sátiros retozando en las paredes —prosiguió él mientras se desabrochaba el chaleco—. Velas e incienso. Es tu pequeño templo, ¿verdad? El templo de Lali, diosa del canal.
—Es el templo de las vírgenes vestales —lo corrigió—. Hasta ahora nunca había traído a ningún hombre.
—¿Soy el primero? —le preguntó. Se detuvo con el chaleco a medio quitar.
—No sabes lo afortunado que eres —respondió.
Una vez que se quitó el chaleco, lo dejó cuidadosamente sobre la silla.
—Me hago una idea —repuso él—. Sobre todo ahora que te he visto desnuda.
—Los halagos no son necesarios. No necesito palabras almibaradas.
—¿Alguna vez te he halagado? —protestó Lanzani mientras se desabrochaba el botón del cuello de la camisa, que tenía pegada al torso. La prenda se abrió al instante, revelando parte de su musculoso torso, que a la luz de las velas brillaba con un tono broncíneo—. Creo que te he llamado idiota unas cuantas veces, y eso solo contando lo de esta mañana. —Se sentó en la silla, encima del chaleco mojado, para quitarse las medias—. Y pensar que he estado a punto de ponerme botas... Nos habríamos ahogado los dos. O tú lo habrías hecho cuando hubiera acabado de quitármelas.
—No sé qué hacer —confesó ella.
Lanzani se puso en pie y se pasó la camisa por la cabeza.
—Espera un minuto —le dijo—. Ya se me ocurrirá algo. —Y comenzó a desabrocharse los pantalones.
La observó meter la cabeza bajo el agua y cuando salió creyó estar viendo a una de las ninfas de los frescos. Pero mucho más hermosa.
Sí, había visto incontables mujeres desnudas, en eso ella llevaba razón. Tal vez Lali no fuera perfecta. Sus pechos, turgentes y redondeados, podrían haber sido un poco más generosos; su cintura, un poco más estrecha,..
No. No podía ser objetivo. Porque lo que veía era la perfección hecha mujer, uña diosa.
Se bajó los pantalones empapados, se los quitó con la ayuda de los pies y se metió en la bañera.
Ella dobló las piernas para dejarle espacio.
Al principio se limitó a disfrutar del calor del agua que lo rodeaba y del maravilloso olor que flotaba en el aire de la acogedora estancia. Se metió bajo el agua tal como había hecho ella y volvió a sacar la cabeza. Se apoyó en las esponjosas toallas que descansaban sobre el borde de la bañera y contempló el techo, donde las ninfas y los sátiros retozaban entre racimos de uvas y jarras de vino mientras Pan tocaba su flauta.
—Siempre pensé que las estancias de la entreplanta se utilizaban como despachos y oficinas, como las de la planta baja —explicó ella—. Pero me dijeron que la última generación de la familia comenzó a usarlas como gabinetes y salitas de estar. Así que reconvertí ésta en mi cuarto de baño privado porque está más cerca de la cocina y para los criados es más cómodo calentar el agua allí y traerla hasta aquí. Además, me gustan los frescos.
Peter se incorporó para coger un trozo de jabón de la cesta que descansaba en la mesa. Metió la mano bajo el agua y la agarró por un tobillo.
—Necesitas un baño, náyade mía —le dijo—. Y voy a encargarme de que te bañas bien.
—¿Prometes que no vas a hacerme ninguna ahogadilla? —le preguntó.
—No —respondió al tiempo que le alzaba un pie y comenzaba a enjabonárselo con mucha parsimonia.
Siguió subiendo por la pantorrilla, acariciándola a placer una y otra vez antes de llegar a la rodilla. Se fue acercando a ella a medida que la enjabonaba. Sin embargo, cuando llegó a su entrepierna pasó por encima y no se detuvo hasta llegar a su ombligo. La escuchó contener el aliento y siguió hacia la otra pierna para enjabonarla en dirección contraria a la primera.
—No estás siendo muy... meticuloso —le dijo Lali con voz queda.
—Dame tiempo —replicó.
—Ni hablar. Dame tiempo tú —lo contradijo—. Me toca —dijo mientras extendía un brazo para coger una esponja de la cesta.
La humedeció y le quitó el jabón de las manos para frotarlo sobre la esponja hasta crear una buena capa de espuma. Se acercó a él y le rodeó la cintura con las piernas, de modo que arribos quedaron en el centro de la bañera. Comenzó a pasarle la esponja por el cuello, los hombros, el pecho y más abajo... allí donde su verga se tensaba con la esperanza de alcanzar su mano... o cualquier otra parte femenina que estuviera por los alrededores.
Sin embargo, tendría que esperar.
Peter extendió una mano.
—Me toca —dijo entonces él.
Repitió lo que ella había hecho, deslizando la esponja por su cuello y sus hombros, pero siguió por los brazos. Le frotó las manos, los dedos y las palmas, y volvió a subir. Se concentró en sus pechos, en esos pechos perfectos y turgentes, y los acarició despacio y con adoración. Mientras tanto, las palabras salieron de sus labios con facilidad, como si estuvieran aguardando ese momento. Y le dijo en voz baja, utilizando la lengua de Dante, que la pasión lo consumía, que la deseaba desde el momento que la vio...
Ella alzó los brazos y le enterró los dedos en el pelo sonriendo. Era la sonrisa de una niña pícara y traviesa.
Estaba hipnotizado. Se le cayó la esponja y sus manos comenzaron a deslizarse sobre ella, piel contra piel. Pasaron sobre su cuello, sobre la delicada curva de sus hombros y bajaron por sus brazos. Se demoraron en sus dedos y volvieron a subir hasta posarse en sus pechos. Todo ello sin apartar la mirada de ese rostro que no parecía de este mundo, mientras ella seguía jugando con su pelo. Todo ello murmurándole palabras de amor en la lengua de su madre, como el romántico que no era.
Los ojos marrones de Lali se clavaron en los suyos.
Sus miradas se fundieron un instante.
Hasta que ella acercó su boca a la de él, apenas rozándola.
—Per quanto ancora mi farai aspettare? —«¿Hasta cuándo vas a hacerme esperar?», le preguntó Peter sin apartarse de esos labios que lo torturaban—. Baciami. —«Bésame.»
Ella sonrió.
Él deslizó los labios sobre esa sonrisa.
—Baciami —repitió.
La sonrisa que sus labios recorrieron era la de la ramera, de ahí que esperara encontrarse con el beso de la ramera, si bien no era eso lo que quería, aunque él tampoco podía decirle lo que quería de verdad.
—Baciami —insistió.
Y ella lo besó.
Con timidez. Con dulzura. Con ternura. Con tanta ternura que él se estremeció, aunque se dijo que era por culpa del agua, que se estaba enfriando.
Sin embargo, no había timidez. No había dulzura. No había ternura. Ella no era así.
Pero sí lo era. Esa mujer calentaba su frío y yermo corazón. La abrazó para pegarla a su cuerpo. Sus piernas lo estrecharon mientras seguían besándose, cada vez con más ardor, hasta que creyó ahogarse en ese beso. La abrazó con fuerza, como si no quisiera que se marchara, como si temiera que se la arrancaran de los brazos y pudiera perderla para siempre. Tal vez fue en ese momento cuando comprendió qué le había pasado al verla tirarse por el balcón. O tal vez sintió algo que no terminó de comprender hasta mucho después.
Las manos de Lali abandonaron su pelo y se deslizaron por su cara, por su mentón, por su pecho. Peter puso fin al beso para aferrar esas manos y besarle los nudillos, las puntas de los dedos y, por último, las palmas.
Entretanto, ella le besó el dorso de la mano e introdujo la mano libre bajo el agua. Sus dedos se cerraron en torno a su verga. Él gimió. Lo silenció con sus labios y le robó el alma con otro beso demoledor. Sin pérdida de tiempo, la soltó y metió una mano bajo el agua para apartar la de ella. Acto seguido y mucho más deprisa de lo que había pretendido, se hundió en su cuerpo, sin dejar de abrazarla, como si temiera que el mundo llegase a su fin si la soltaba.
«Despacio —se dijo—. Haz que dure para siempre.»
Lo intentó, pero ella no paraba de besarle la cara y el cuello, y sus manos eran tan suaves, y nada era real... El agua se agitó en torno a ellos mientras se movían el uno contra el otro.
Cejó en el empeño de controlar lo que estaba experimentando y dejó que la marea lo arrastrara. Una marea que los fue elevando hasta que llegaron a lo más alto y la sintió estremecerse sobre él, y el mundo se hizo pedazos. Cuando el placer lo inundó, se dejó llevar, feliz y a la deriva, aunque sabía que se estaba ahogando.

Nuevo capi, espero que os guste!!!
Muchos besos, dejar comentarios porfa, no os cuesta nada.
Gracias a los que leen la nove (aunque no comenten "malas" jaja)
Ione
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Sáb Nov 26, 2011 8:49 pm

Al finnnnnnnnn terminé de leer!! Jajaja, perdón Ione, he estado y estoy con miles de cosas de la universidad. Pero, hoy me estoy dando mi tiempito para leerme todas las noves que he dejado jajajaa
Amé este último capítulo... aunque los dos sean tannn diferentes, siguen siendo tiernos y dulces, sobre todo Peter que me llena de amor.

Espero más prontoooooo, espero poder leer!
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Dom Nov 27, 2011 12:16 pm

Buenas, como les va? Todo bien por aca? Por dios, que manera de leer y tratar de no perder el hilo de las cosas ...... pero al fin llegue a la meta !!!!!!!!!!
Me lei todo lo que subiste y te digo la verdad, me enamore de este Peter que por momentos parece frio, calculador, manipulador pero que cuando esta frente a Lali surge el Peter tierno, enamorado, manipulado y que haria cuaquier cosa por ella.
Me mareo un poco con tantos nombres dando vueltas por ahi, pero de a poco se que las cosas se van a ir aclarando ....
Me enamore mal del baño de Lali !!!!!!!!!! Pero mal, eh ..... si tuviera lugar en casa, haria una cosa, con una bañera enorme ( con jacuzzi ), con las paredes adornas y seria mi santuario en el mundo ..... que envidia sana que le tengo por dios !!!!!!!!

Bueno, aca voy a seguir, espero que estes bien y te digo la verdad, si los capis son largos, empeza a cortarlos como lo estuviste haciendo, es mas facil para vos de subir y mas facil para nosotras de leer ......

Espero mas prontito y aca estoy para lo que necesites ..... como vos me prestas tus orejas yo te presto las mias, para eso estoy.

Besos enormes y animos amiguis !!!!!!!!!!!

Lau
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Dom Nov 27, 2011 1:44 pm

CAPÍTULO 12



Se ruborizan, y nosotros las creemos; al menos yo siempre lo he hecho; no tiene sentido, de todas formas, intentar responder, ya que su elocuencia se vuelve bastante profusa.
Y cuando por fin se quedan sin aliento, suspiran, bajan sus miradas con languidez, y dejan escapar una lagrimilla o dos, y después hacemos las paces; Y después... y después... y, bueno, después nos sentamos a cenar.

LORD BYRON
Don Juan, Canto I


Lazani la estaba besando con mucha dulzura. Una delicada lluvia de besos en la nariz, las mejillas, la frente, las orejas, el cuello y los hombros. Ella le devolvió los besos de la misma manera, como una jovencita con su primer amor. Y cuando él se detuvo y se apartó un poco para mirarla, fue consciente de que lo estaba mirando arrobada, pero no podía evitarlo.
Llevaba demasiado tiempo entumecida, incapaz de sentir, aunque no se había dado cuenta. Hasta ese momento. Tal parecía que el largo y sensual ritual del baño se hubiera llevado no ya sus pecados, porque estaba demasiado apegada a ellos, sino algún tipo de coraza que le había impedido experimentar los sentimientos en profundidad, en su totalidad.
En ese momento sentía profundamente.
La alegría corría por sus venas. No se trataba del mero placer físico del sexo, sino de una felicidad maravillosa que le alegraba el corazón.
Peter la ayudó a erguirse, y ella se levantó como si estuviera hipnotizada. Era incapaz de dejar de mirarlo, de contemplar su apuesto rostro.
Ya se preguntaría más tarde por qué lo estaba haciendo, pero en ese momento solo era capaz de mirarlo como una tonta.
—No me mires así —dijo él.
—¿Así cómo? —preguntó ella como si no supiera que su cara era la de una jovencita desesperadamente enamorada.
Lo vio extender la mano para coger una toalla seca.
—Me vas a dar ideas —le aseguró, envolviéndola con la toalla, y luego ayudándola a salir de la bañera—. No debería haberte entretenido tanto tiempo. Si te resfrías, Caridad me matará.
—Pero ha sido divertido —repuso ella.
—Divertido —repitió él mientras fruncía el ceño y cogía otra toalla que le colocó en la cabeza a modo de turbante con la misma habilidad que habría demostrado su doncella.
—Vaya, veo que has hecho esto antes.
—Nunca —la contradijo—. Eres la primera.
Ojalá fuera verdad. Ojalá hubiera sido su primer hombre. Ojalá pudiera convencerse de que Lanzani sentía lo mismo que ella.
Pero sabía que deseaba un imposible.
Sin embargo, se dijo, de haber sido su primera vez, no habría apreciado como se merecía lo que había sucedido. Porque carecería de la experiencia necesaria para saborearlo, para guardarlo en la memoria.
—Siéntate junto al fuego —le ordenó él.
Caminó hacia el sofá y se sentó.
Lo observó coger otra toalla para secarse el pelo con vigor. Cuando terminó, los rizos negros se agitaron alrededor de su cabeza. Ansiaba enterrar los dedos en ese pelo una vez más. Ansiaba tocarlo por todas partes. Dejó que su mirada vagase con ansia por su cuerpo. Después se obligó a apartar la vista. Se recostó en el sofá y clavó la mirada en el fuego.
No se dio cuenta de que se estaba quedando dormida.
Y no lo oyó marcharse.
Peter se había enrollado una toalla a la cintura y había salido en busca de algún criado que les llevara algo que comer y que mandase a buscar su ropa.
Encontró a uno antes de lo que esperaba.
García estaba sentado en la escalera, esperándolo.
Arnaldo ya había cruzado el canal para ir a buscarle una muda de ropa. García se la había llevado. Junto con un mensaje.
—Es de San Lázaro —dijo su ayuda de cámara—. Quieren que vaya. «Sin pérdida de tiempo», me ordenaron que le dijera, señor.


—Monsieur ha dejado una nota, madame —dijo Caridad al tiempo que se la ofrecía.
Amor mío:
¡Esos malditos monjes! Tenía una cita con ellos en San Lázaro esta mañana. Y no sé por qué, se me olvidó. Creo que por culpa de una jovencita muy molesta. Perdóname. Cena conmigo esta noche en mi casa y te compensaré.
Caramente,
C

Lali sabía que era una tonta sin remedio. Antes de que la tristeza y la desilusión pudieran apoderarse de ella, escribió rápidamente una nota que las ahuyentó. Aunque lo intentó, no fue capaz de evitar que el alivio y la felicidad la embargaran. Se echó a reír por lo bajo.
Y cuando Caridad le dijo enfadada que tenía que comer algo y descansar bien, le dio la razón con una sonrisa.
Tenía que recuperar fuerzas para esa noche.


Mientras tanto, en una zona menos elegante de Venecia
Una virgen de porcelana salió volando por el salón de los aposentos de Eugenia Suarez y se estrelló contra el marco de la puerta.
Los dos jóvenes que esperaban para cobrar sus honorarios tenían la vista clavada en la mano de Eugenia, por si tiraba algo más. Sin embargo, estaba más desconcertada que furiosa y su estallido acabó pronto, como solía pasar.
—Estas no son las cartas —dijo una vez que volvió a sentarse.
Los dos jóvenes se miraron entre sí y luego a ella.
—Se las enseñé —protestó el más bajo—. Y usted dijo: «Sí, vámonos». Nos metió prisa. No nos dio tiempo para coger algunas joyas.
—¡Os dije que eran falsas! —mintió—. ¿Quieres que la puta inglesa se ría de lo tontos que sois? ¿Crees que tiene sus joyas buenas en su casa, en un cajón donde cualquiera puede cogerlas?
Ni siquiera ella, que sabía de las joyas, había dado crédito al principio. Pero la inglesa era una puta rica con muchos criados. A esas damas arrogantes nunca se les pasaba por la cabeza que alguien les robase. Siempre se llevaban las manos a la cabeza, escandalizadas y furiosas, cuando sucedía:
Aunque el mensajero había insinuado que podría coger lo que quisiera, Eugenia sabía que era mejor no hacerlo. Cuando se robaba a los ricos, las autoridades, normalmente vagas, se volvían muy eficientes... y los austríacos no eran vagos, ni mucho menos. Habían apresado a Piero en un abrir y cerrar de ojos. Claro que Piero era un imbécil. Además, saltaba a la vista que la famosa puta inglesa no era una puttana cualquiera a los ojos del gobernador veneciano. Si se hubieran llevado todas las joyas que habían encontrado, habrían salido a buscarlos sin pérdida de tiempo... Y si llegaran a atraparlos, las valiosas cartas caerían en las manos equivocadas.
Sabía el riesgo que corría al llevarse las esmeraldas. Pero solo era un juego de gemas entre las incontables riquezas... y era magnífico, tal como había prometido el mensajero. Dignas de una reina.
Todo eso era demasiado complicado para explicarlo a ese par de idiotas. Y, además, no sabían que ella se había llevado algo. Sin embargo, y de momento, no le preocupaba que la persiguieran por un insignificante juego de esmeraldas.
Las cartas le preocupaban muchísimo más.
—Estas son de su puño y letra —dijo más para sí que para ellos—. Pero las fechas son de este año y también del pasado. Las que queremos son antiguas. ¿Dónde están los nombres que me dijeron que buscara? No los veo por ninguna parte. ¿Por qué él sigue escribiendo a la mujer que odia?
Sus compinches la miraron como si acabara de pedirles que le explicaran el Teorema de Pitágoras. Eran un par de adolescentes, ya que un hombre hecho y derecho con la sombra de una barba no podía hacerse pasar por monja. Los vio encogerse de hombros, ese gesto universal de «No sé».
Dobló las cartas, las ató con una cinta y las dejó sobre la mesa.
—Él me lo explicará —dijo—. Y será mejor que sea una explicación muy buena o se arrepentirá. —Miró a los muchachos—. No son las cartas que queremos. Y ya estoy harta de jugar con la gran dama, con la puta inglesa. Se acabó.
—¿Hemos terminado? —preguntó el más bajo.
—¿Terminado? ¿Es que el sol siciliano te ha reblandecido el cerebro? ¿Cómo vamos a terminar si estas cartas no son las que quiero?
—Pero ha dicho «Se acabó...».
—Se acabó lo de ir de puntillas —puntualizó—. Se acabó lo de ir registrando por todas partes. La próxima vez lo haremos bien. —Tal como deberían haberlo hecho los dos imbéciles de Bruno y Piero—. La próxima vez vamos a hacer que ella nos lo diga.
Desenfundó su puñal, lo sostuvo a la luz. Y sonrió.


El monasterio de San Lázaro de los Armenios se alzaba entre hileras de cipreses y preciosos jardines en la pequeña isla de Lido. A principios del siglo anterior, el antiguo hospital de leprosos fue cedido a un monje armenio procedente de Morea, a quien los turcos habían obligado a huir de su tierra. Allí era donde Byron había intentado aprender armenio. No lo consiguió, seguramente por la cantidad de mujeres que lo distrajeron.
Peter solo tenía una mujer que lo distrajera. Claro que para su capacidad de raciocinio ella sola era más peligrosa que todo el harén de Byron.
Intentar olvidarla era un imposible, sobre todo porque era el tema de la conversación que estaba manteniendo.
Estaba paseando relajadamente —o fingiendo que paseaba relajadamente porque por dentro reventaba de impaciencia— por el claustro con lord Quentin. El hombre que, hacía ya una eternidad, había evitado que cayera en una carrera criminal ilícita al ofrecerle una carrera criminal dentro los márgenes de la ley.
Lord Quentin, que le sacaba diez años, también había comenzado su andadura en el mundo de los secretos y las conspiraciones a una edad muy temprana. En muchos aspectos era mucho más adecuado que él para el trabajo, gracias a su estatura media, a su apariencia corriente y a su habilidad para pasar desapercibido, exactamente igual que hacía García. Los hombres como él rara vez necesitaban disfrazarse, por la sencilla razón de que la gente no se fijaba en ellos.
—Si la señora Esposito se entera de que estás aquí y de que he estado hablando contigo, ya puedo irme a mi casa —dijo Peter.
—Conozco muy bien los riesgos —respondió Quentin—. Pero tenía que hablar contigo en persona. Me he enterado del ataque de la otra noche.
—Cosa que me sorprendió —reconoció—. Nadie me dijo que ella estuviera en peligro.
—No esperábamos que Rinaldi actuara tan deprisa.
—Tarde o temprano se iba a enterar de que le hiciste una visita a su mujer —repuso Peter—. Tiene agentes en la zona. Aunque en realidad no le hacen falta. Seguramente ella se lo contó en una carta. —Si Rinaldi escribía a Lali, seguramente, ella debía de contestarle.
—Se mantienen en contacto, sí, pero a menos que utilicen un código secreto, es todo muy trivial: quién estuvo en qué fiesta y qué dijo. Hay cosas más jugosas en los folletines de cotilleos. —Quentin meneó la cabeza—. Lo más probable es que se lo oliera en cuanto supo que yo estaba en Italia. Pero esperaba haber vuelto a casa antes de que se enterase. ¿Quién iba a imaginar que la dama se mostrara tan cabezota con las cartas que queremos? Sobre todo después de lo que él le hizo. Estaba seguro de que aprovecharía al vuelo la oportunidad de arruinarlo. De haberlo sabido, no me habría dirigido a ella directamente.
Eso zanjaba una cuestión: las cartas que no eran de amor de Rinaldi y cuya ausencia había notado Caridad carecían de importancia, al menos para la misión. La indiferencia de Lali por su paradero no era fingida. En realidad le importaba un comino dónde estuvieran.
—De cualquier modo —prosiguió Quentin—, no pareces estar haciendo progresos. ¿Qué demonios has estado haciendo toda esta semana? Aparte de dejar al borde de la muerte a un informador en potencia.
—Hasta donde sé, Piero sigue vivo —le recordó.
—Me refería al otro —puntualizó Quentin—. Lo encontramos ayer, y nos costó vida y milagros apresarlo sin llamar la atención.
—¿Bruno? ¿Está vivo?
—No gracias a ti. ¿En qué estabas pensando?
—En evitar que matara a la señora Esposito.
—Pues estuviste a punto de evitar que respondiera a nuestras preguntas de forma permanente —dijo Quentin—. ¿Esa molesta mujer también te ha echado el guante a ti?
«Sí —pensó—. Y tanto que me lo ha echado.»
En cambio, dijo:
—Estaba a punto de sonsacarle la información que necesitamos cuando me mandaste llamar. ¿Ha sido solo para quejarte de que estoy tardando mucho?
Quentin echó un vistazo a su alrededor. El claustro rodeaba un jardín bastante amplio. Dos monjes paseaban a la sombra por uno de los laterales del jardín, lo bastante lejos para que no pudieran oír nada.
—Nuestro amigo Bruno está demasiado enfermo para sernos de utilidad —explicó Quentin—. Neumonía, tráquea dañada, hombro dislocado y algunas cosillas más. Lo único bueno es la fiebre. Ha estado delirando. Entre otras cosas, ha dicho algo acerca de unas cartas y ha mencionado varias veces a Eugenia Suarez.
El débil vestigio de esperanza —la esperanza de estar totalmente equivocado— murió al punto. Sus conclusiones eran ciertas, y la situación, tal como ya había deducido, era un embrollo de proporciones épicas que estaba a punto de liarse todavía más.
¿Qué esperaba?, se preguntó.
—Ah, ya veo que hemos tenido suerte, sí —dijo—. La buena de Eugenia. La recuerdo muy bien. Esa dulce criaturita que juró cortarme los huevos a trozos y muy despacio a la menor oportunidad. La misma que, según tenía entendido, estaba encerrada en la mazmorra más oscura de Roma. La misma que, según parece, no está encerrada en ningún sitio, dado que anoche estaba en Venecia, registrando el palazzo Neroni.
No quería ni imaginarse lo que Marta habría hecho si Lali Esposito hubiera estado en casa. Sin embargo, su cabeza se lo imaginó de todas maneras y se le revolvió el estómago.
—Esto no pinta bien. —Quentin se detuvo y meneó la cabeza. Acto seguido, se acercó a un banco de piedra y se sentó con expresión cansada.
Peter se sentó a su lado, también cansado. Estaba furioso, sí, pero era algo habitual en él. Los planes se desbarataban. Los malhechores se escapaban de entre los dedos. Los documentos acababan en las manos equivocadas. Y los compañeros eran asesinados, a veces de la peor manera. Así era su trabajo. No había tardado mucho en aprenderlo. Trataba con seres humanos. Todos eran falibles. No todos eran de fiar.
—¿Estás seguro de que ha sido Suarez? —preguntó Quentin.
—¡Iban vestidos de puñeteras monjas! Se metieron en la casa y le echaron algo a la comida. El mismo método que usó en los otros robos. Se llevaron un fajo de cartas, las equivocadas, y las esmeraldas. Ninguna otra joya. Solo las esmeraldas. ¿Quién va a ser si no?
—Así que Rinaldi la ha enviado para que se encargue de su ex mujer —dijo Quentin—. Cabrón.
—¿Cómo diantre la ha contratado?
—Sabrá Dios... —Quentin miró a su alrededor—. Solo llevamos dieciocho meses siguiéndole los pasos... desde que descifraste el código. A lo mejor la conoció hace años, cuando nadie le prestaba atención. O es posible que uno de sus agentes en Italia la escogiera para hacer el trabajito. Tienen que haber pagado una fortuna para sacarla de la prisión.
—Eso me huele a que Rinaldi la conoce bien, ya sea en persona o por su reputación —observó—. Yo también la habría elegido para hacer semejante trabajo de estar en su lugar. No destaca por su inteligencia, pero es más lista que el hambre, atrevida y muy terca.
Su inteligencia y atrevimiento la habían llevado a realizar una serie de robos de joyas impresionantes durante el año anterior. Sin embargo, tanto Peter como sus socios habían dejado el asunto en manos de las autoridades locales, hasta el robo de las esmeraldas. En ese caso en concreto, los agentes británicos se habían involucrado para hacer un favor a un importante aliado. El aliado había correspondido al favor firmando un tratado crucial.
—El instinto me decía que el primer ataque contra la señora Esposito no era un simple robo —prosiguió Peter—. Pero no parecía trabajo de Suarez.
—Incapacitaste a sus mejores hombres en Roma —le recordó Quentin—. Está usando lo único que tiene disponible. Me apuesto lo que quieras a que la pareja de la otra noche no siguió sus órdenes. Cometieron algún fallo.
Peter guardó silencio mientras reflexionaba.
—La señora Esposito llevaba un juego de zafiros impresionante. Seguro que les picó la avaricia. Al parecer Bruno carece de mi poder sobrehumano para contenerse. Las brillantes joyas y la hermosa mujer lo distrajeron. ¿Qué posibilidades tiene una bestia como él de ponerle las manos encima a una mujer hermosa y de alcurnia? Demasiada tentación para tan poco cerebro. Y yo lo interrumpí antes de que su compinche pudiera recordarle lo que se suponía que tenía que hacer.
—Me gustaría saber qué se supone exactamente que tenían que hacer —señaló Quentin—. Nuestro amigo Bruno no ha sido muy esclarecedor.
—Se suponía que debían aterrorizarla. —Como ya estaba al tanto de la participación de Eugenia Suarez, lo veía todo muy claro—. Eran matones enviados para asustar a la señora Esposito y obligarla a contarles dónde estaban las cartas. Si eso no funcionaba, la secuestrarían y la torturarían hasta que confesara. —Se le hizo un nudo en el estómago y se le desbocó el corazón. Se puso en pie—. En cuanto salté a la góndola la semana pasada, supe que me estaba metiendo en un mare di merda. Será mejor que vuelva a Venecia.
Quentin también se levantó.
—Por mi parte, será mejor que me asegure de que Goetz se entera de que hay una peligrosa criminal suelta en Venecia. Llegados a este punto, no importa quién encuentre a Suarez, siempre y cuando alguien la encuentre y acabe entre rejas. Lo último que nos hace falta es que le pase algo a la señora Esposito. Su muerte sería...
—Un maldito inconveniente —concluyó Peter—. Sí, lo sé.

Bueno chicas aqui os dejo otro capitulo...
Lau voy a hacerte caso y los voy a subir un poco mas cortos,
me alegro de que os guste y que comenteis, no os imaginais cuanto ayuda.
Muchos besos a todas!!!
GRACIAS por TANTO.
Ione
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Vero_me
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Dom Nov 27, 2011 10:21 pm

Creo que me he enamorado de los poemas de Lord Byron.
Ya iba un poco retrasada con la historia y han sido dos capítulos suficientes para que pasasen bastantes cosas, pasa que no ha sido una semana demasiado buena y no he podido pasar antes....
Igual entrometerme en esta historia me da un rayito de luz para, por lo menos, despejar de la cabeza de pensamientos que a veces no valen la pena.
Y como quiero saber como sigue estaré por aquí para averiguarlo.
Mañana me paso por tu historia para no perderme ningún detalle y dejarte un poquito de mis palabras.
Espero que estés bien guapa. Un beso cariño!
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Lun Nov 28, 2011 5:52 pm

Tuvo la sensación de que tardaba una eternidad en volver a Venecia. Se pasó todo el camino mordiéndose las uñas, aunque el sentido común le decía que era improbable que Eugenia Esposito atacara a plena luz del día, y aunque había tomado precauciones. Antes de abandonar San Lázaro había enviado un mensaje a Pablo, sugiriéndole que volviera a hacer de perro guardián. Y para asegurarse de que el príncipe no interpretaba ningún otro papel, también envió un mensaje a Rocio.
Ambos se habrían enterado a esas alturas del robo perpetrado por las supuestas monjas. Seguramente habrían corrido al palazzo Neroni sin que él los avisara. Pero quería asegurarse de que se quedaban con Lali hasta que él llegase. Suarez jamás la atacaría si tenía invitados importantes, y mucho menos si pertenecían a la realeza. Hasta el gobierno más indulgente y corrupto reuniría a sus tropas para dar caza a cualquiera que molestase a unos invitados importantes.
De todas formas, se pasó todo el trayecto de vuelta de un humor de perros y consumido por la impaciencia. Y Zeggio y García pagaron el pato, ya que lo irritaron aún más con esas dichosas miraditas que intercambiaban.
Cuando llegó al canal y vio las dos góndolas atracadas junto al palazzo Neroni, James empezó a relajarse un poco.
Sin embargo, siguió en tensión mientras se cambiaba de ropa y daba un montón de órdenes ininteligibles para la cena de esa noche. Cuando los criados le informaron de que la góndola de la señora Esposito estaba cruzando el canal, bajó la escalera a toda prisa. En cuanto la vio entrar en la planta baja, se abalanzó sobre ella para abrazarla con fuerza y la besó con tanto ímpetu que los dos acabaron jadeando.
Peter puso fin al beso a regañadientes para dejarla respirar.
—¡Dios, creí que esos malditos monjes no iban a soltarme nunca! —exclamó.
Ella lo miró como lo había mirado antes, con el fantasma en sus exóticos ojos marrones, de modo que él solo vio a una muchacha, a una muchacha muy hermosa, que lo miraba con adoración.
Eso era lo que siempre había deseado, que una muchacha lo mirase así, con el corazón en los ojos, pero siempre imaginó que sería de otra manera. Se imaginó a una muchacha inocente con un corazón puro y bondadoso que no sabía nada del lado más oscuro de la vida, que se había reservado para él y que se mantendría fiel, que nunca lo engañaría.
—Qué malos son los monjes —dijo ella—. ¿Te han obligado a estudiar armenio contra tu voluntad? Al final Byron admitió que era superior a sus fuerzas.
—El muy puñetero tardó un siglo en llegar, el monje que tenía la llave de la biblioteca, digo —mintió. Y entendió la ironía de su situación de inmediato: él, que solo mentía a los demás, insistía en la pureza y la honestidad en una mujer—. Pero hoy había más visitantes, y se le ocurrió llevarnos a todos de paseo por la sala y enseñarnos hasta el último libro que había. Y luego a los demás se les ocurrió hacer preguntas idiotas, que él respondió con voz seria, mucha parsimonia y todo lujo de detalles.
Ella extendió un brazo y le colocó la mano en la mejilla.
—Pobrecillo. Menudo calvario has soportado.
Peter volvió la cabeza para besarle la palma. Aspiró el aroma de su piel, mezclado con el sugerente perfume del jazmín.
—Y todo para nada —protestó él—. No escuché ni media palabra. Tenía la cabeza en Venecia y en el palazzo Neroni, donde una jovencita muy molesta estaría durmiendo... y me pasé casi todo el tiempo preguntándome si estaría soñando conmigo.
Ella apartó la mano y la mirada.
—Cuidado, señor. Empieza a sonar romántico.
—Seguramente por la falta de sueño —repuso él—. Se me habrá pasado por la mañana.
—Según cómo pases la noche, ¿no? —soltó ella. La sombra de esa muchacha desapareció de sus ojos marrones y fue sustituida por un brillo pícaro.
—Tengo un plan —dijo él.
Se trataba de representar una orgía romana, le explicó Lanzani.
El problema era que no contaba con los muebles apropiados para imitar el estilo. Y por eso había ordenado a los criados que sacaran casi todos los muebles, extendieran alfombras y cojines por el suelo de una de las estancias del primer piso orientadas al canal y esparcieran pétalos de flores por todas partes. Iban a tener que conformarse con un serrallo turco. Peter sería el sultán y ella tendría que interpretar a todas las mujeres del harén.
Su forma de mirarla al decirlo hizo que Lali se sintiera como si fuera todas las mujeres del mundo... o al menos como todas las mujeres que él podía desear.
Supuso que otros hombres la veían de ese modo.
Pero recordó su abrazo cuando bajó de la góndola, y también su beso, tan apasionado y frenético que por un momento creyó que el gesto tenía algo de desesperado.
Ella también había sentido esa desesperación. Pablo y Rocio se habían enterado del asunto de las monjas ladronas y habían estado esperando a que se despertara. Lo había pasado fatal intentando calmar sus miedos e intentando mantener después una conversación racional. Y todo mientras deseaba con todas sus fuerzas cruzar el canal. Estar en los brazos de ese hombre.
Solo el orgullo había evitado que saliera corriendo de la casa en camisón. El orgullo la instaba a ponerse un vestido que le hiciera la boca agua. Era escarlata, el color perfecto para una ramera, con un escote muy bajo tanto en el pecho como en la espalda. Se veía un trocito del tatuaje de su espalda, de la marca de su pecado.
Sabía que él, como hombre que era, no podía sentir la misma desesperación que la consumía, tonta de ella... La pasión salvaje que sentía solo era lujuria, que ella misma había avivado de forma premeditada. Lo que él experimentaba solo era la pasión irrefrenable propia de los comienzos de una aventura.
Mientras cenaban intentó no construir castillos en el aire. Era muy difícil evitarlo, sobre todo cuanto él la trataba con tanta ternura y consideración.
Recostados como debieron de hacerlo sus antecesores romanos, él fue dándole trocitos de un sinfín de manjares: aceitunas y tostadas; marisco maravillosamente cocinado; fruta y queso.
Después de comer siguió tendida con la cabeza en un cojín mientras él se echaba de lado y se apoyaba en un codo. Sus miradas se fundieron en una especie de intimidad muy extraña, como si fueran... amigos, mientras... charlaban.
Le describió el monasterio y le dijo que los monjes habían convertido en un altar la habitación donde Byron había estudiado.
—¿Tú también vas a estudiar allí? —le preguntó ella.
Peter parpadeó.
—¿Yo?
—¿No has venido aquí para estudiar armenio con los monjes?
—Me pareció una buena idea en su día —respondió—. Pero el armenio es imposible. No me extraña que Byron se diera por vencido. Prefiero estudiarte a ti.
—No de cerca —dijo—. Y nunca a la luz del día. Ninguna mujer saldría bien parada de semejante escrutinio.
—¿Cómo? ¿Crees que la luz del mediodía destruiría mis ilusiones? ¿Crees que me queda alguna, tontorrona?
Era muy tonta. Cuando le sonreía de esa manera, como si le tuviera verdadero cariño, y miraba sus ojos verdes, se olvidaba de todo lo que había aprendido a lo largo de los últimos cinco años. Todas sus ilusiones y sus delirios regresaban.
—El sol es más benévolo con las mujeres en Inglaterra —dijo Lali—. No tienen que enfrentarse a su fiero resplandor, porque rara vez resplandece.
—«Esa pobre vela que reluce sobre el maloliente y humeante caldero de Londres» —repuso él, citando a Byron.
—En ocasiones echo de menos esa pobre vela —admitió Lali.
—¿Lo bastante para volver?
Lali sintió una repentina y sorprendente punzada de añoranza que llevaba muchísimo sin sentir.
Tal vez fue eso lo que le soltó la lengua. O tal vez su forma de observarla, de prestarle tanta atención, escuchando de verdad lo que decía, como muy pocos hombres lo hacían. Ni siquiera a ella la escuchaban, porque estaban más pendientes de su forma de hablar y de sus gestos que del significado de sus palabras.
Conocía ese defecto de los hombres. Lo utilizaba para manipularlos. Pero con él era imposible.
—En ocasiones deseo volver... a casa —confesó—. Sé que es una tontería. En el continente solo soy una divorciada. En muchos lugares se considera una posición bastante respetable. Me invitan a casi todas partes, salvo a las reuniones sociales de los ingleses. El hecho de haberme librado de sus tediosas e infinitas reglas y de esa hipocresía tan peculiar debería alegrarme.
—Pero eso no impide que sigas siendo una extranjera —señaló él—. Es normal que de vez en cuando eches de menos el mundo donde creciste.
Era normal que él lo entendiera, y no tenía nada que ver con ser almas gemelas, se dijo. Esa relación no existía entre hombres y mujeres. Lo había aprendido del modo más duro. Él entendía cómo se sentía porque también era un vagabundo. Nada más conocerse le había contado que pasaba muy poco tiempo en Inglaterra.
—Echo de menos las voces —prosiguió ella—. Echo de menos el sonido de mi lengua con todos sus acentos, con todas sus variantes. Y también echo de menos la alta sociedad, la temporada social. Te aseguro que eso se me daba muy bien. Era una buena anfitriona. Hice todo lo que tenía que hacer. De verdad que fui una buena esposa. Amaba a mi marido. Quería ser la mejor esposa del mundo. Creía que era parte del trato, que seríamos buenos el uno con el otro en la medida de lo posible. Creía que si amabas a alguien y te casabas con ese alguien, era para siempre, tal como dicen los votos matrimoniales.
Sintió un nudo en la garganta y comenzó a llorar. Se enjugó las lágrimas mientras decía:
—¡Maldito seas, Lanzani! ¿Qué tienes tú para que me eche a llorar? ¿Cómo has dejado que me regodee en mi malogrado matrimonio? ¿Qué vino me has dado para ponerme tan melancólica?
Peter extendió una mano para acariciarle la mejilla con sus largos dedos.
—¿Melancólica o furiosa? —le preguntó él—. A veces las mujeres lloran porque están furiosas. A diferencia de los hombres, no se les permite ventilar sus sentimientos mediante la violencia física. Tirar a alguien al canal, por ejemplo, es un buen método para lidiar con muchas de las emociones molestas que bullen en nuestro interior.
Lali soltó una carcajada y el desconcertante dolor desapareció, como si nunca hubiera existido. Y cuando él apartó la mano, deseó que no lo hubiera hecho.
—Cierto —convino—. A las mujeres se nos entrena para sonreír y poner buena cara... o para aliviar nuestros sentimientos con palabras.
—Podrías escribir una novela, una especie de roman à clef, como Glenarvon, de Caroline Lamb —sugirió—. Recuerda lo elegantemente que destrozó a su amado Byron.
Meneó la cabeza. Se incorporó, cogió la copa de vino y tomó un sorbo. Contempló el líquido como si este pudiera decirle qué hacer, qué decir, hasta dónde confiar.
—Tengo mi propio método —confesó al cabo de un momento—. Más directo. Escribo a Rinaldi al menos una vez a la semana.
Lanzani enarcó las cejas.
—¿Tan a menudo?
—Pues sí. Soy muy fiel... en mi correspondencia.
—¿Le escribes para despotricar contra él después de todo este tiempo?
Lali soltó una carcajada al ver su expresión desconcertada.
—Claro que no. Así creería que soy infeliz y que estoy sufriendo. Le hago saber lo maravillosa que es mi vida. Le cuento quién viene a visitarme y de qué hablamos, quién me invita aquí o allá, quién ha encargado un retrato mío a algún artista famoso, quién me ha comprado esto o aquello y cuánto vale el regalo. Mis cartas están llenas de personajes de renombre, pintores, poetas y dramaturgos. Gente así. Pero lo más importante es que están plagadas de los nombres de la realeza y la aristocracia europea... justo la gente con la que a él le gusta codearse. Sé que leer esas cosas lo saca de sus casillas, y es una venganza muy placentera.
Se hizo el silencio.
Lali bebió un poco más para darse valor.
—Creo que es lo justo. Logró poner a todos mis amigos en mi contra. Mi padre ya había desaparecido. No tenía a nadie que me protegiera. Evidentemente, Rinaldi esperaba que acabara en el arroyo al poco tiempo.
—Pero te has convertido en una reina.
—Una reina de putas, pero en el continente es casi lo mismo que ser una reina de verdad —señaló—. ¿Sabes que en algunas cortes europeas había un puesto oficial como amante del rey? En Francia era así, y me han dicho que en Gilenia también.
La expresión de Peter cambió, y se volvió pétrea al instante. Se incorporó; tenía el semblante serio.
—¿Querías ocupar esa posición al lado de Pablo? ¿He desbaratado tus cuidadosos planes?
—No quiero pertenecer a ningún hombre —respondió ella—, ya sea rey o no. —Se obligó a reír—. Señor, tranquilícese o tendré que creer que está celoso.
—Lo estoy —le aseguró—. ¿Vas a contar esto también a tu ex marido?
—¡Válgame Dios, no! —exclamó—. Solo eres un hijo menor. Le importaría un comino.
—Es ridículo, lo sabes, ¿no? —masculló él—. Es un juego muy ridículo y peligroso. Tu matrimonio terminó hace cinco años.
—Es él quien no lo deja correr —afirmó—. ¿Por qué voy hacerlo yo? Me atormenta con los eventos sociales a los que asiste. Me cuenta quién estaba allí y qué dijo. Sabe que lo echo de menos. Sabe que echo de menos a mis supuestos amigos. Y por eso se asegura de echar sal a la herida. Sé que quiere que todo el mundo me desprecie y que acabe sin un penique... y por eso lo atormento con mi éxito. ¿Qué harías tú en mi lugar?
Lanzani le quitó la copa de la mano y la dejó a un lado.
—Primero, yo nunca te habría dejado marchar —contestó. Y se acercó con increíble rapidez para abrazarla. La besó con furia, con pasión, y después con tanto ardor que ella no supo dónde estaba. Echó la cabeza hacia atrás para que tomase todo lo que quisiera, para que hiciese lo que quisiera. En un abrir y cerrar de ojos estaba tumbada de espaldas, riéndose, mientras él le levantaba las faldas.

Os dejo la 2º parte del capitulo 12.
Espero que os guste.
Muchos besos y GRACIAS por los comentarios!!
Ione
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Mar Nov 29, 2011 7:43 pm

Aayyyyyy!! ya va tomando forma esto!!!!
por que me da la sensación de que se aproxima algo malo?
me gusta, me gusta mucho, me meto en la historia sin que nadie me invite jajaj
de verdad esto me encanta
cariñeteeee quiero mas (solo para variar un poco) jajaja

LA RISA ES LA MEJOR MEDICINA

Besotes guapisimaaa!!!
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Miér Nov 30, 2011 7:29 pm

CAPÍTULO 13


El corazón, como el cielo, forma parte del paraíso y, al igual que el cielo, cambia de la noche al día. Las nubes y los truenos deben cubrirlo en ocasiones; la oscuridad y la destrucción, reinar en las alturas. Pero una vez calcinado, resquebrajado y dividido, las tormentas se diluyen con las gotas de agua. Los ojos por fin derraman la sangre del corazón en forma de lágrimas. Tal cual es el clima inglés hoy en día.
LORD BYRON
Don Juan, Canto II



Peter estaba enfadado por un centenar de razones. Lali estaba enzarzada en un juego peligroso con un hombre peligroso. La perseguía una de las peores criminales de Italia —y la descripción se quedaba corta—. Le había mentido y ella lo odiaría en cuanto se enterase de la verdad. Y debía enterarse, lo antes posible, por su propio bien.
Había mucho más, muchísimo más, pero no estaba de humor para reflexionar acerca del más mínimo matiz de su estado mental. Lidiaba con ello del modo en que lidiaban los hombres con los sentimientos poderosos: entrando en acción. Así que la conquistó con un beso apasionado e impaciente. Su impaciencia debió de resultarle graciosa, porque sintió su risa en los labios. Y ella siguió riéndose mientras la tumbaba de espaldas y le alzaba las faldas. En ese momento comprendió, sumido en la vorágine de sentimientos que lo embargaba, lo que le había intrigado de ella desde el principio: su carácter entusiasta. En ese momento lo comprendió. Lali tenía emociones profundas, vivencias profundas, amores profundos... e iba a odiarlo con la misma intensidad.
No se molestó en desnudarla ni en desnudarse. Se desabrochó los pantalones y se los bajó tal como lo había hecho en el Campanile. La impaciencia lo consumía como a un crío. No reparó en su falta de delicadeza, ni ella tampoco.
Lali le enterró los dedos en el pelo y le susurró un sinfín de palabras subidas de tono. En inglés y después en italiano con un marcado acento inglés, cosa que lo excitó mucho más. Al oírla se echó a reír. No pudo evitarlo. Sin embargo, la risa era producto de la excitación. De la impaciencia, de la desquiciante lujuria y de la alegría incontenible que le provocaba esa mujer. La alegría de tocarla y de descubrir que ese delicado lugar situado entre sus muslos también estaba preparado. Notó el roce de sus dedos mientras la penetraba. La caricia le robó la razón y acalló la furia mientras se perdía de nuevo en ella, en su cuerpo. En esa ocasión ni siquiera intentó hacerse con el control. Fue una unión rápida, febril; una carrera hacia el clímax y la satisfacción.
Se apartó de ella y rodó, llevándola consigo. La abrazó con fuerza, pegando su trasero contra su entrepierna y se concentró en la sensación de tenerla entre los brazos, donde encajaba a la perfección. Intentó no pensar en lo que le depararía el futuro más cercano. Se negó a preguntarse qué haría cuando ella lo odiara.
Porque de momento no lo odiaba.
Lali tendría que saber la verdad pronto... demasiado pronto. No podía seguir jugando con ella. No les quedaba tiempo. Corría un terrible peligro.
Pero todavía no tenía por qué saber la verdad.
Todavía les quedaba esa noche.
La luna había aparecido en el firmamento durante su febril encuentro amoroso. Su tenue luz penetraba a través de las alargadas ventanas y confería un brillo perlado a la piel de la mujer que abrazaba.
La besó en ese punto situado tras la oreja donde tanto le gustaba que la besaran y la notó estremecerse, como siempre sucedía cuando la besaba justo ahí. La besó en la nuca y se apartó para desabrocharle los corchetes del vestido. Le desnudó la espalda y el chocante tatuaje quedó a la vista. Inclinó la cabeza para besar la serpiente.
Y siguió desnudándola. Le quitó el vestido, las enaguas, el corsé y la camisola. Ella le permitió hacer las veces de doncella, sonriendo mientras la obligaba a girarse a un lado y a otro hasta que estuvo desnuda. Después procedió a hacer lo propio con su ropa, sin prisas en esa ocasión.
La vio tumbarse de espaldas para observarlo con las manos entrelazadas bajo la cabeza. Sus ojos verdes recorrieron su cuerpo, y eso bastó para que su verga cobrara vida.
En esa ocasión, sin embargo, debía esperar.
Porque en esa ocasión iba a hacerlo todo muy despacio. Iba a explorarla y a memorizar su cuerpo por entero.
Ya se había deleitado con cada centímetro de piel que había ido dejando a la vista, que había ido tocando. En esa ocasión se embriagó con su aroma y dejó que su impronta quedara grabada a fuego en su memoria. En esa ocasión memorizó todas las curvas que sus dedos acariciaban: el elegante arco de su cuello, la delicada caída de sus hombros, la plenitud de sus pechos y su peso en las manos... Resiguió con las puntas de los dedos el contorno de su cintura y sus caderas, la voluptuosa curva de su trasero. Exploró la elegante forma de sus piernas y se deslizó por ellas hasta llegar a sus pies.
Le besó los dedos, los tobillos y las rodillas. Y desde allí siguió subiendo hasta llegar a ese lugar tan suave y delicado. Decidido a complacerla con la boca y las manos, se concentró en memorizar su olor, su sabor. Sus suspiros de placer, sus risitas y su quedo grito cuando alcanzó el clímax.
Siguió subiendo mientras la besaba, mientras guardaba su recuerdo en la memoria, mientras alargaba el momento hasta el máximo. Pero a la postre, cuando estaba a punto de perder por completo el control, la penetró y comenzaron a moverse juntos, despacio y con gran ternura. Lali lo besó y sus manos le acariciaron la cara y el cuello. Sus labios siguieron el recorrido de sus dedos. Esos besos y esas caricias, la ternura que irradiaban, lo apuñalaron cientos de veces en el corazón.
Pero la besó del mismo modo. Besos de Judas, pero tiernos igualmente. Por desgracia para él.
Y cuando sus cuerpos por fin se estremecieron juntos, se dejó llevar con más pesar del que debería, del que le gustaría sentir. Se dejó llevar, dejó que la marea plateada lo arrastrara por última vez.
Lali durmió como un bebé por segunda vez en menos de un día. Y habría seguido durmiendo si él no se hubiera movido. Porque la despertó y en ese momento oyó el ruido.
Medio dormida, fue consciente de que él se levantaba y se ponía los pantalones.
—Esa zorra —lo oyó decir de camino a la ventana—. ¿Está loca? ¡Ah, ya veo!
Y eso la espabiló del todo. Logró encontrar la camisola y se la pasó por la cabeza mientras corría hacia la ventana.
Al otro lado del canal, las llamas se extendían por la planta baja del palazzo Neroni.
—¡Dios mío! —gritó Lali, horrorizada y sin dar crédito a lo que veía por un instante. Acto seguido, se dio la vuelta y comenzó a buscar su ropa.
—Detente —le dijo Lanzani, aferrándola por un brazo y obligándola a enderezarse—. A mí también me engañó en un primer momento. Pero tu casa no va a arder. No pueden correr ese riesgo. Es una diversión —le aseguró mientras la conducía de nuevo a la ventana—. Mira. Han empleado algún tipo de artefacto incendiario. Seguramente fuegos artificiales. Algo con lo que hacer mucho escándalo de manera espectacular. Así despiertan a todo el mundo en plena noche, y el pánico está servido. Tus criados estarán corriendo de un lado para otro, descuidando la vigilancia y...
—¿Qué estás diciendo? —lo interrumpió—. No podemos quedarnos aquí. Puede haber heridos.
—Es una diversión —repitió con énfasis, como si estuviera hablando a una niña.
Lali tuvo la sensación de que él quería decirle algo más, pero Peter guardó silencio y siguió mirándola como si no la estuviera viendo realmente. Después lo vio asentir con la cabeza.
—Posiblemente sea una trampa. No te conviene salir corriendo. Es posible que alguien te esté esperando.
—¿A mí?—le preguntó ella.
—Sí.
El temor que sentía por lo que pudiera pasar a sus criados y a su casa dio paso a otra sensación mucho más profunda e inquietante. Tuvo la impresión de que el mundo se agrietaba bajo sus pies y no sabía muy bien dónde pisar para no hundirse.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó—. ¿Por qué yo? ¿Qué sabes de todo esto?
—Voy a decírtelo —respondió él— y me odiarás. —La soltó del brazo.
—Lanzani.
Lali sentía náuseas. ¡Había confiado en él! Quería seguir confiando en él. Y aun así no podía librarse de la sensación de estar en medio de arenas movedizas. ¿Qué tenía que decirle? Recordó la noche que se conocieron. La noche que mató a un hombre con extrema facilidad.
—Pero antes de decírtelo, tengo que pedirte prestada tu ropa.
—¿¡Qué!?
Peter no le contestó, y ella se limitó a mirarlo mientras intentaba encontrar el sentido a algo que no tenía sentido alguno. De todas las respuestas que había esperado escuchar, algunas buenas y otras intolerables, esa era la última que podía haberse imaginado.
Siguió mirándolo boquiabierta mientras él recogía su ropa del suelo. Después lo vio enderezarse con las prendas sujetas contra el pecho.
—Tengo que hacerme pasar por ti —le dijo.
El miedo y las náuseas desaparecieron. No sabía si reír o llorar. Conocía a algunos hombres a los que les gustaba vestirse con ropa de mujer. Algunos eran muy viriles. Sin embargo, no le hizo ni pizca de gracia.
—Mi ropa te quedará pequeña —le recordó.
—Lo arreglaremos —replicó él, aferrando las prendas contra su pecho.
—Lanzani, tu talla es dos veces la mía y ¡ese es mi segundo vestido favorito!
Él miró la ropa que sostenía como si fuera un niño que protegiera con uñas y dientes su juguete preferido.
—¿No me merezco tu segundo vestido favorito?
—¡Mi favorito está destrozado! ¡Lo arrojaste al canal, conmigo dentro!
—Yo no te tiré al canal —señaló—. Te tiraste tú sólita.
—Porque me estabas mirando como si fueras a tirarme —adujo ella.
Los labios de Peter esbozaron una sonrisa torcida y de repente pareció un niño, el niño más malo que había pisado la faz de la Tierra. Se acercó a ella sin soltar la ropa.
—Dios, voy a echarte de menos —dijo, y la besó apasionadamente.
El beso derritió su cuerpo y a punto estuvo de derretirle también el cerebro. Sin embargo, algo no encajaba. La había distraído. Con el vestido. ¿Otra diversión?
Se alejó de ella.
—Volveré pronto —le aseguró.
—Dime adónde vas —le ordenó—. Dime qué vas a hacer.
—Las explicaciones nos robarían demasiado tiempo.
—No. Lanzani, no soy imbécil.
Sin embargo, ya había salido por la puerta. Corrió hacia el vano y lo observó alejarse por el portego.
—Lanzani... —lo llamó.
—Luego —respondió él.
Contuvo un juramento, pero se negó a correr tras él vestida solo con la camisola para que todos sus criados la miraran... sin haber pagado. Además, por mucho que lo persiguiera, Lanzani haría lo que se le había metido entre ceja y ceja.
—¡No te atrevas a estropearlo! —le gritó.
No era la primera vez que Peter se vestía de mujer. Claro que en esas otras ocasiones las prendas habían sido elegidas con esmero, cortadas para una mujer corpulenta y adaptadas a su altura y a su anchura de hombros.
El vestido de Lali era demasiado pequeño, mucho más pequeño de lo que había pensado, tal como comprobó mientras intentaba ponérselo en una de las mohosas estancias de la planta baja.
—Tendremos que cortarlo, señor —dijo García.
—Ni hablar —replicó—. Me mataría. Es su segundo vestido favorito y ya le he destrozado el primero.
García miró a Zeggio con esa expresión tan irritante.
—Señor, no tenemos tiempo para descoserlo —le recordó el ayuda de cámara en un tono exageradamente paciente.
—No, no —terció Zeggio—. No hace falta quitar las costuras. Vamos a hacer una cosa, señor. Muy fácil. Dejamos desabrochada la parte del pecho.
—El corpiño —puntualizó él.
—Eso. Lo dejamos abierto. De ese modo podremos ponerle el vestido por los pies y luego subirlo —dijo, describiendo con gestos el proceso de subírselo por las piernas—. Ahí —señaló las caderas— no es tan ancho como aquí —señaló el pecho y los hombros—. Recuerde que no hace falta que vean todo el vestido. Desde aquí es suficiente —señaló desde la cintura hacia abajo—. Es suficiente para que se vea el color y para taparle las piernas, para ocultar los pantalones. Se pone el chal en la cabeza y sobre los hombros y nadie verá que lleva el escote del vestido en la cintura. Es de noche. ¿Cómo van a verlo bien dentro del felze a la luz de la luna?
—Bien pensado —convino Peter. Sé le debería haber ocurrido a él. Debería haber visto de inmediato lo que debía hacer con el vestido. Estaba acostumbrado a solucionar los problemas al instante.
—Así podrá moverse con más facilidad —señaló García—. Querrá tener los brazos libres para cuando intenten matarlo.
Por supuesto que necesitaba tener los brazos libres. Lo sabía muy bien. La idea era engañar a los asaltantes para que lo atacaran... El vestido estaba sentenciado de todas formas.
¿Qué más daba? Lali iba a odiarle igualmente.
En fin... Por el rey y por la patria. Una vez más.
La habían encerrado.
Una vez que volvió a entrar en el dormitorio, un criado le llevó una bandeja con comida y algo de beber. Al salir cerró la puerta y ella creyó que estaba protegiendo su estado de semi-desnudez de las miradas curiosas de la servidumbre.
Comiendo se entretendría un rato mientras esperaba, pero no tenía hambre. Miró la comida y acabó dejándola tal cual. Se acercó a la puerta. Tal vez algún miembro de la servidumbre supiera qué estaba tramando su señor. Era una seductora, se recordó. Podría sonsacar la información a cualquiera.
La puerta no se abría.
Lo intentó con otras dos puertas más, pero fue en vano.
¿La había encerrado por el bien de ella o porque a él le resultaba conveniente? Posiblemente Lanzani pensara que ambas cosas eran lo mismo. ¿Quién iba a querer al lado a un incordio de mujer?
Consideró la idea de gritar, pero llegó a la conclusión de que no le serviría de nada. Si él había dado órdenes a los criados, le obedecerían. ¡Le obedecía hasta su doncella, por Dios!
Paseó nerviosa de un lado para otro un rato, hasta que se dio cuenta de que se estaba frotando los brazos. La única prenda que le había dejado era la camisola que llevaba puesta. Aunque la noche no era demasiado fría y el fuego crepitaba en la chimenea, le resultaba imposible entrar en calor. Cogió una de las alfombras y se la echó por los hombros. En ese momento comprendió que el frío procedía de su interior. De la duda y del compañero preferido de esta: el miedo.
Se obligó a pensar con calma.
Lanzani le había dicho que el fuego y el ruido solo eran una diversión, una trampa. Alguien estaba en las cercanías del palazzo Neroni o en el interior, aguardándola. Quienquiera que fuese no estaba interesado en sus joyas. Quería las cartas. Se había cansado de buscarlas y quería obligarla a revelar dónde las había escondido.
Rinaldi debía de estar muy asustado.
Por fin... después de cinco años.
Claro que antes no había tenido motivos para asustarse. La había arruinado hasta el extremo de que nadie habría creído nada de lo que ella dijera sobre su ex marido. En aquella época ni siquiera estaba segura de que las cartas significaran lo que suponía que significaban. Aunque sí sabía que eran importantes. Si no, ¿qué sentido tenía que las guardara en un cajón cerrado con llave?
La visita de Quentin ese verano había despejado las pocas dudas que le quedaban. Si esas cartas no fueran importantes, no se las habría pedido y no habría vuelto varias veces para intentar convencerla de que se las entregara. Según él, sus colegas habían reunido ciertas pistas, otras piezas del rompecabezas que llevaban años intentando montar.
El problema era que, conociendo lo cruel y lo retorcido que era su ex marido, no le habría extrañado en absoluto que Quentin estuviera bajo sus órdenes.
Le resultaba lógico que Rinaldi quisiera atar cualquier cabo suelto después de haber alcanzado tanta popularidad. Sabía muy bien que aspiraba a reemplazar a lord Liverpool como primer ministro. Entretanto, y gracias a las cartas que le enviaba de forma periódica, sabía que ella se movía en las altas esferas y se codeaba con hombres influyentes. Extranjeros, sí... pero algunos extranjeros tenían influencia en Whitehall. Un aristócrata extranjero o algún miembro de la realeza de otro país lograrían hacerse con la atención de las personas indicadas, allí donde una ex esposa no podría hacerlo.
Recordó lo que Magny le había dicho sobre los padres de Lanzani. Habían arriesgado su vida para salvar de la guillotina a los nobles franceses y a otras personas. Había muchos otros extranjeros cuyas simpatías no estaban del lado francés y que estarían muy contentos de abatir a un traidor.
Rinaldi tenía motivos para estar asustado en su situación actual. Y eso le daría un motivo para actuar... tal como Magny le había advertido más de una vez de un tiempo a esa parte.
Pero Magny confiaba en Quentin tan poco como ella.
El conde no confiaba en nadie.
Y a ella le iría mejor si hiciera lo mismo.
Inquieta, se acercó a la ventana. La luz de la luna menguante, tres cuartos de su esfera total, bañaba el canal. La confusión que poco antes reinaba en su palazzo parecía estar remitiendo, al igual que el fuego. Quedaban pocos curiosos en los balcones cercanos.
Lanzani tenía razón. No había sido un incendio en toda regla. En esas casas antiguas era raro poder extinguir un incendio tan rápidamente y con esa facilidad. Y, en cierto modo, resultaba muy irónico el hecho de que una casa construida sobre una laguna, sujeta por una estructura de madera que se hundía en el agua, quedara reducida a cenizas. Sin embargo, ella presenció semejante suceso el primer año que pasó en Venecia. Y sabía que el Palacio Ducal había ardido varias veces a lo largo de los siglos.
No obstante, y de acuerdo con Lanzani, esos eran incendios reales, mientras que lo que sucedía en su casa era una diversión.
«Tengo que hacerme pasar por ti», le había dicho.
Vio la góndola atravesar el canal en dirección a su casa. En su interior había una mujer... con su vestido rojo. El color se distinguía perfectamente pese a la oscuridad de la noche, tal como a ella le gustaba. Le encantaba el intenso contraste entre un color llamativo y el negro de la góndola. ¿Y qué color era más intenso que el rojo?
Pegó la nariz al cristal.
«Tengo que hacerme pasar por ti.»
Era él.
Tenía que hacerse pasar por ella para que mordieran el anzuelo.
El corazón le dio un vuelco antes de comenzar a latir con tal rapidez que la dejó sin aliento.
Observó la góndola deslizarse por el canal. La distancia era muy corta. Cuando se detuvo, las puertas del embarcadero se abrieron de golpe y varias figuras oscuras aparecieron súbitamente y se abalanzaron sobre la góndola, lanzando a los gondoleros al agua.
La hoja de un cuchillo brilló a la luz de la luna. El portador corrió hacia el felze.
Era una emboscada y en esa ocasión no pensaban correr el menor riesgo, descubrió Peter.
En esa ocasión no eran dos rufianes, sino al menos seis. Debían de haberse escondido en la planta baja durante el alboroto que había ocasionado el fuego. En ese momento salieron por la puerta del palazzo y corrieron hacia la góndola.
Uliva y Zeggio esperaban un ataque, pero no de esa magnitud. Peter estaba sacando el puñal: cuando vio que ambos hombres eran arrojados al agua. El tipo que se abalanzó sobre él, cuchillo en mano, titubeó cuando lo vio salir de la cabina directo a por él. Sin embargo, tropezó con el bajo del vestido y cayó de bruces al suelo. Sintió el movimiento de su atacante, ya que no alcanzó a verlo, y rodó antes de que le asestara una puñalada en la espalda. Acto seguido, contraatacó dándole una patada en los tobillos, y su enemigo cayó al embarcadero. Acababa de ponerse de rodillas, blandiendo su cuchillo, cuando oyó que una mujer gritaba: '
—¡Cuidado!
Se agachó de forma instintiva, de modo que la maza le pasó a escasos centímetros de la cabeza antes de estrellarse contra el embarcadero.
—¡Aiuto! ¡Aiuto! ¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Asesinos!
La voz femenina reverberó en el silencio de la noche. Los perros comenzaron a ladrar y a aullar. Los atacantes se quedaron petrificados un instante, observando los alrededores. La gente comenzó a asomarse a los balcones profiriendo alaridos.
Peter aprovechó el momento de distracción para atacar al enemigo. Arrebató la maza al que había intentando aplastarle el cráneo con ella, mientras Zeggio volvía a subir a la góndola y reducía al del puñal.
Los demás intentaron huir, pero los criados de Lali habían salido en tromba hacia el embarcadero. Peter dejó que se encargaran de los asaltantes y se volvió hacia la dirección de la que procedían los gritos. Vio a Lali agarrada a uno de los postes donde se amarraban las góndolas.
Podía volver a su casa nadando, le dijo Lali toda indignada cuando la subió a la góndola. Solo eran unos cuantos metros, señaló. Se había detenido para recobrar el aliento después de gritar.
Sin embargo, la trasladaron sin pérdida de tiempo de la góndola a la planta baja del palazzo Neroni.
Todos los criados estaban presentes; algunos iban acompañados por los bandidos que habían capturado, pero todos portaban armas improvisadas: candelabros, cuchillos de cocina, jarras, bandejas y botellas. Cuando vieron que Lanzani entraba con ella en brazos, bajaron las armas.
Lanzani la zarandeó.
—No vuelvas... —zarandeo— a hacerlo... —zarandeo— jamás.
—Estaba creando una diversión —adujo ella.
—Ahora sí que estás creando una diversión —replicó él—. Llevas una camisola empapada. Lo mismo daría que estuvieras desnuda. Y todo el mundo está mirando.
—Ni hablar —soltó—. Soy una ramera. Tienen que pagar para verme.
—Voy a matarte —la amenazó antes de darse la vuelta—. Zeggio, cierra la boca y trae el chal de la señora antes de que coja una pulmonía.
Lo último que preocupaba a Lali era coger un resfriado, ocupada como estaba mirándolo. Llevaba puesta la camisa, el chaleco y su vestido, este último del revés, de modo que el corpiño le caía sobre el trasero.
Lanzani se dio cuenta de que lo estaba observando.
—No me cabía —alegó.
—Te lo dije.
Zeggio se acercó con el chal y Lanzani se lo arrancó de las manos para echárselo por encima de los hombros y taparla. Acto seguido, la obligó a caminar hacia la escalera.
Caridad, que acababa de abrirse paso entre dos de las ayudantes de la cocinera, exclamó:
—¡Oh, madame!
—Lo sé —asintió ella—. Acaba de destrozar mi segundo vestido favorito.
—No está destrozado —la contradijo él—. He tenido mucho cuidado para no mancharlo de sangre. ¿Te has fijado en que esta vez no me he lanzado al agua para salvarte? Mira. —Se dio la vuelta con mucha elegancia para que pudiera apreciarlo, como si llevara toda la vida poniéndose vestidos...
Lali se echó a reír. No pudo evitarlo. Era un excelente imitador. Hasta ese momento había pasado por alto...
Un imitador.
Cientos de imágenes le pasaron por la cabeza. El gracioso español, que se convirtió en un personaje mucho más peligroso en un abrir y cerrar de ojos. El hombre de piernas largas sentado en su góndola, el que se quitó el sombrero en el café Florian y le hizo una florida reverencia... con el pelo negro aplastado por la pomada. La condesa de Monet mirando de arriba abajo su cuerpo alto y fuerte, sin reparar en su pelo. Ese mismo cuerpo alto y fuerte.
Recordó otro cuerpo con la misma altura y corpulencia. Volvió a ver las piernas musculosas y largas ataviadas con las calzas del criado... en el palco de La Fenice. El criado que derramó el vino encima de Pablo. El criado cuyo cuerpo le hizo la boca agua.
¡Ese cuerpo!
Recordó lo que había dicho antes de que se llevara su vestido: «Voy a decírtelo y me odiarás».
—Tú —le dijo—. Eras tú.
Lo vio quedarse petrificado. La expresión juguetona desapareció y sus ojos se tornaron suspicaces.
—¿Era yo?
—Tú —repitió, buscando las palabras adecuadas que no lograba encontrar por culpa del torbellino de imágenes que tenía en la cabeza. El Campanile. Haciendo el amor. El serrallo. Haciendo el amor—. El criado. El español. Tú. Quienquiera que seas.
Su semblante se crispó.
—Caridad, será mejor que lleves a madame arriba.
En ese momento Lali se volvió hacia su doncella, le quitó la bandeja de las manos y la arrojó contra Peter. El se agachó para esquivarla, y la fuente acabó estrellándose contra el suelo.
—¡Cerdo! —gritó—. ¡Donnola! —le insultó en italiano, el italiano obsceno de las calles—. Eres un cerdo asqueroso. Debería haber dejado que te matasen. Ojalá te maten y acabes pudriéndote en el infierno. Como vuelvas a acercarte otra vez a mí, te corto las pelotas.
Y voló escalera arriba con Caridad a la zaga.
Peter la observó mientras subía y carraspeó.
—Tampoco ha ido tan mal...
—Desde luego, señor —convino García.
—Signore, eso no es nada —comentó Zeggio—. Cosas de mujeres. Siempre amenazan con cortar las pelotas. Es como cuando los hombres decimos: «Mañana empezaré a serte fiel». Son palabras vacías.
—Huecas. Son palabras huecas —lo corrigió Peter.
Echó un vistazo a los criados que lo miraban con la decepción pintada en sus rostros. Hasta los asaltantes parecían decepcionados. Todos esperaban que fuera tras ella y protagonizara una gran escena. Muchos gritos que acabarían en un apasionado revolcón.
«Italianos...», pensó.
Pero en ese momento recordó que él también era italiano.
—¡Per tutti i diavoli dell'inferno!
«¡Por todos los demonios del infierno!»
Y salió corriendo escalera arriba.
—¡Vai al diavolo! —gritó ella—. ¡Vai all'inferno!
«¡Vete al diablo! ¡Vete al infierno!»
Sí... el típico intercambio de perlas de sabiduría...
—¡Eres una desagradecida insoportable! —la acusó a voz en grito.
Lali había llegado al arco que daba acceso al primer piso. Se detuvo y se dio la vuelta para mirarlo. Sus exóticos ojos verdes chispeaban furiosos.
—¡Eres un cerdo traidor y mentiroso! —chilló—. Solo sirves para dar problemas y eso es lo único que has hecho desde que apareciste. Yo tenía una vida maravillosa, una vida tranquila y agradable... ¡hasta que tú apareciste en Venecia! —Se volvió y enfiló el portego hecha una furia, dejando tras de sí las huellas mojadas de sus zapatos.
—¡Tu vida era una merda y lo sabes muy bien! —gritó él—. Nada de esto habría pasado si tuvieras una pizca de sentido común. ¡Tú tienes la culpa de todo esto!
—¡Mi vida era perfecta!
La alcanzó en ese momento. Ella comenzó a andar más deprisa, pero sus esfuerzos por dejarlo atrás fueron en vano.
—Una perfecta mentira —la corrigió.
—Mira quién fue a hablar. Yo no voy por ahí fingiendo ser...
—¡Eso es lo único que haces! —la interrumpió Peter—. ¡Fingir, entretenerte con tus jueguecitos y mentir! ¿Por qué no llamarte actriz? Es una palabra mucho más digna... y podría decirse que tu profesión requiere grandes dosis de actuación. Como la mía.
La vio entrar por una puerta. Caridad intentó cerrarla antes de que él la traspasara, pero se lo impidió.
—Como la mía —repitió en voz más baja—. ¿Sería posible seguir hablando sin que nos escuchen los criados?
—¿Qué te parece si en vez de hablar te apuñalo delante de ellos? —le soltó.
—Allez-vous en —le dijo a Caridad con voz queda.
—No te atrevas —advirtió Lali a la doncella.
Caridad miró a su señora y luego a él, y salió de la estancia a toda prisa.
—¡Caridad! —gritó Lali mientras la seguía.
Para impedir que se marchara, Peter le cerró el paso.
—Te odio —le dijo.
Por supuesto que lo odiaba. Le había mentido desde el principio. Había traicionado la confianza del fantasma de esa chiquilla inocente que de vez en cuando asomaba a sus ojos. Bajó la vista al vestido que se había llevado sin darle la menor explicación porque le asustaba lo que sucedería cuando se lo explicara. Observó el vestido que se había llevado cuando huyó como un cobarde dejándola atrás... después de haberse entregado el uno al otro como solo lo hacían quienes se amaban de verdad.
Peter se bajó el vestido por las caderas y lo dejó caer al suelo. Apartó los pies y se agachó para recogerlo. Se lo ofreció.
Lali se lo arrancó de las manos y se lo llevó al pecho, sin prestar atención a las manchas que el chal húmedo y la camisola dejarían en la seda.
—Sé que me odias —le aseguró él—. Sé que no puedes ni verme ahora mismo. Dime dónde están las cartas y me marcharé.

Capitulo 13!!!!
Nos leemos por aqui chicas.
Espero que os guste y comenteis.
Muchos besos.
Ione
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Miér Nov 30, 2011 9:38 pm

Soleteeeee!!! Aaaaaaaah!
Me a encantado desde el principio hasta el final, esa pelea, esa pelea me la he imaginado tal cual estaba pasando.
Aaaaah!!!! a sido verdaderamente genial
y ese final pidiéndole las cartas.......necesito saber como sigue jajajaj

woow me lo he pasado en grande leyendo este capitulo
Nenaaaa como te quierooo!!!
te mando besosssssss carineteeeee
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LauCami
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Miér Nov 30, 2011 11:44 pm

POr fin !!!!!!!!! ya era hora de leer el tan ansiado capitulo donde se sabe la verdad aunque a medias tintas.
Te juro que me imaginaba las escenas en la cabeza y no pare de reirme desde que empezo hasta que termino.
De verdad, haberte decidido a subir esta nove fue lo mejor que se te haya ocurrido ...... jajajajajajjajajaja, me imagino la pelea entre los dos y muero mal !!!!!!!!!!!!!

Mas alla de todo, ya sabes que la novela me encanta en todo su sentido y mas alla de reirme, se que este capitulo era el tan ansiado por todas las que leen y no comentan como las locas que si lo hacemos.
Mori con la ultima parte cuando le pide las famosas cartas no puedo esperar a ver la reaccion de Lali a ese pedido.

Me alegro de que hayas encontrado el capi ya que me habia asustado con el tweet que me mandaste pero bueno, lo mejor se hizo esperar no?
Ya sabes que estoy aca para lo que necesites, asi que me sumo al pedido de la muchachada .....

QUIERO MAS CAPITULOS !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! POR FAVOR

Besotes enormes y cuento con vos.

Lau

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Uno espera muchas cosas de la vida pero uno no se da cuenta de que esta en uno saber que hacer para que dichas cosas se cumplan. Tenemos que aprender a vivir la vida de una manera mucho mas simple y sincera



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MensajeTema: Re: La Cortesana   Jue Dic 01, 2011 6:42 pm

Al fin vuelvo!!!!!!!
Quierooo mass, no lo puedes dejar así, está super interesante!!
Quiero saber cómo va a reaccionar Lali!!!
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Jue Dic 01, 2011 7:07 pm

CAPÍTULO 14



¡Ay, el amor de las mujeres! Se sabe que es algo encantador y también espantoso; pues algunas todo lo echan a su suerte, y si pierden, la vida no les reporta más que las burlas del pasado, y su venganza es como el ataque de un tigre: rápida, letal y devastadora; y por más real que sea la tortura que sufren, también sienten el dolor que infligen.
LORD BYRON
Don Juan, Canto II


—Te odio —dijo Lali.
Estaba empapada y debería tener frío, pero hervía de rabia y humillación. No acababa de creerse que hubiera sido tan idiota. Eso era peor, muchísimo peor, que la idiotez que cometió con Mateo Talarico. Porque entonces tuvo como excusas su juventud y su inocencia. ¿Qué excusa tenía a los veintisiete años, después de un despertar tan abrupto cinco años antes, y tras los meses que había pasado estudiando con Fanchon Noirot para no ser una tonta?
Había conocido a ese hombre hacía una semana —sin contar las veces que se habían cruzado sin saber que era él—, pero no lo conocía en absoluto. Menos de una semana con él y se había... enamorado.
Ojalá pudiera llamarlo de otra manera, pero ¿cómo llamarlo después de haber saltado al canal para salvarlo? Se moría de la vergüenza al recordarlo. Durante un momento, durante un maravilloso instante, justo antes de darse cuenta de los motivos por los que estaba allí, todo le había parecido muy... romántico.
—Te odio —repitió—. Pero más me odio a mí misma, si cabe.
Lanzani cerró la puerta.
—Lo siento —se disculpó—. Pero tienes que decirme dónde están las cartas. Por tu propia seguridad.
—¿Qué cartas? —preguntó, tal como le había preguntado una y otra vez a lord Quentin.
—Lali...
Esta echó un vistazo a su alrededor. Había caminado sin prestar atención y había abierto una puerta al azar. De entre todas las que podía haber elegido, tuvo que ser la del Puttinferno. En esos momentos los niños la miraban y se reían a carcajadas mientras señalaban con sus regordetes dedos no a la Gran Prostituta, sino a la Gran Idiota.
Levantó la vista al techo. ¿Cuántos niños molestos había allí arriba? ¿Se habían multiplicado desde la última vez que los miró, al igual que sus problemas?
—También los odio a ellos.
—Lali, no tenemos tiempos para tus jueguecitos —dijo él.
—No estoy jugando —replicó.
—Las cartas —insistió.
—¿Qué cartas? —volvió a preguntar. «¿De qué lado estás?», era lo que quería preguntar de verdad. Pero ¿qué sentido tenía? ¿Por qué iba a decirle la verdad? La verdad no importaba. Solo importaban las cartas. Al cuerno con la cartas. Y al cuerno con él.
—Voy a explicártelo todo —le oyó decir.
—No quiero tus explicaciones. Ojalá pudiera comprender por qué he arriesgado mi vida, y mi dignidad, que es lo peor de todo, por ti.
—Sé que no vas a creerme, pero te lo explicaré de todas maneras —insistió él—. Después te sonsacaré la información si es preciso... porque nos estamos jugando algo mucho más importante que tú o que yo, mucho más importante que los sentimientos de cualquiera de los dos.
—¡Cabrón! —exclamó.
—Sí, lo soy, porque me ayuda a seguir con vida —admitió—. Así es como hago mi trabajo. Siendo un cabrón. Si no fuera por ti, no tendría un trabajo que hacer. Si no fuera por ti, a estas alturas estaría en Inglaterra, aprendiendo a ser humano de nuevo. A lo mejor incluso estaría cortejando a una virgen de buena cuna, engatusando a alguna inocentona para que se casara y tuviera hijos conmigo. Podría estar pasando los días en mi club, leyendo los periódicos o mirando por la ventana y haciendo apuestas o bromas sobre cualquiera que pasara por delante. Podría estar luciendo mi hermoso caballo y mis dotes como jinete en Hyde Park, echando un ojo a las muchachas casaderas y a sus acompañantes. Podría estar bailando con jovencitas vestidas de blanco en Almack's. Podría estar emborrachándome e intercambiando chistes verdes con los caballeros después de que las damas se hubieran levantado de la mesa. Podría estar entre gente normal, llevando una vida normal. Pero no. Te negaste a ayudar a Quentin. Por un puñado de cartas. Eso era lo único que quería. Pero te negaste a ayudar a un grupo de leales británicos a capturar a un hombre que se ha vendido a nuestros enemigos. Por tu culpa no pude volver a Inglaterra. Tuve que venir aquí... ¡y herir tus puñeteros sentimientos!
Su conciencia la aguijoneó lo bastante fuerte para dar un respingo. Reconocía las imágenes que él había creado y comprendía a la perfección lo que echaba de menos, lo que ansiaba. Era el mismo mundo que ella añoraba en ocasiones, pese a la felicidad y la libertad que había encontrado tras abandonarlo. El mundo que había dejado —el que la había echado— no era el mejor mundo, pero le resultaba familiar y tenía sus recompensas. Le gustaba la vida que había llevado antes de que todo se torciera. En cualquier caso, sabía de primera mano lo que era sentirse forzosamente apartada del que una vez fue su hogar.
—¿Por qué iba a fiarme de Quentin? —le preguntó—. ¿Sabes la cantidad de hombres que me han mentido? ¿Sabes cuánta gente en la que confiaba se volvió contra mí? ¿Sabes lo que se siente cuando todas las personas a quienes conocías, todas sin excepción, se vuelven contra ti... y todo por la palabra de un hombre? ¿Cómo podía estar segura de que Quentin no estaba del lado de Rinaldi? Todos lo estaban. Todos y cada uno de ellos. Incluso mis abogados me despreciaban.
—Quentin y yo no estamos del lado de Rinaldi —le aseguró—. Hace diez años tu ex marido me traicionó, junto a cinco compañeros más. Nos vendió a los agentes de Napoleón y acabamos en L'Abbaye. Nos torturaron. Durante semanas.
Lali cerró los ojos un instante. Había oído rumores sobre las prisiones parisienses. L'Abbaye era infame. Fanchon Noirot le había hablado sobre algunos de sus amigos que habían acabado allí. Los pocos que salieron vivos murieron en la guillotina. Abrió los ojos y se encontró con su penetrante mirada.
—«... quedaron todos muertos» —citó del libro de Job—. «Solo yo pude escapar para traerte la noticia.» Pero ¿por qué ibas a creerme?
Desde luego, ¿por qué? Y aun así, le estaba costando no hacerlo. Su tensa expresión le indicaba que había visto o escuchado a sus compañeros morir... de una forma horrible, no le cabía duda. Además, sabía muy bien de lo que era capaz Rinaldi... o eso había creído. Hasta ese momento no se había percatado de todas las implicaciones.
Tendría que haberse dado cuenta: Rinaldi no tenía conciencia, ni lealtad. Era incapaz de sentir nada. Era un monstruo. Lo que le había hecho a ella era una ridiculez comparado con lo que había hecho a otras personas.
Se había concentrado en ella misma y en la desdicha que se veía obligada a soportar. Era tan joven, tan inocente... Su alianza con los enemigos de Inglaterra, sus consecuencias y la gente que había sufrido por su culpa... todo era algo abstracto para ella. Lanzani lo había convertido en realidad. En seres humanos. Jóvenes. Sus compañeros. Él mismo. Torturados.
Tal vez fuera todo una mentira, pero se le revolvió el estómago.
Le dio la espalda y se acercó a la ventana. Al otro lado del canal, en las ventanas de Ca' Munetti, se veían luces. El resto estaba a oscuras. La luna debía de estar oculta tras unas nubes o ya había desaparecido del firmamento. Esa oscuridad era muy apropiada. Hasta ese momento había creído comprender el juego, cuando en realidad había estado dando palos de ciego.
—Vas a tener que confiar en alguien —dijo él—. Y tiene que ser en ellos o en mí.
—¿En serio? —preguntó—. ¿Cómo sé que no estás metido en el ajo? ¿Cómo sé que todo esto no es más que una treta para quedar como un héroe de modo que yo confíe en ti?
—¿Qué quieres que diga? —masculló—. ¿Qué puedo hacer para que me creas? ¿Por qué no lo sueltas de una vez y acabamos con este asunto? —Guardó silencio, al parecer para controlar su mal genio, porque después continuó con voz más templada—: Los dos hombres que te atacaron la semana pasada. Las monjas que registraron tu casa. Los tipos que han asaltado tu góndola esta noche creyendo que estabas dentro. Su jefe es una mujer llamada Eugenia Suarez. Es de tu edad, más o menos, pero no creo que te cayera bien. Cuando tenía ocho años, le cortó la oreja a una niña que la insultó. Si esos tipos tan encantadores de esta noche te hubieran secuestrado, te habrían llevado delante de Marta. Ella te habría convencido para que le dijeras dónde están las cartas. Te habría convencido rajándote la cara. Le gusta hacerles eso a las mujeres guapas. Si está de buen humor. Si no lo está, el método de persuasión es más desagradable.
Lali sentía un zumbido en los oídos y se dio cuenta de que se estaba tambaleando. Lanzani se acercó a ella con una mano extendida. Lo apartó, se acercó a trompicones a una silla y se sentó.
—Estamos buscándola —prosiguió él—. Quentin incluso ha pedido ayuda a Goetz, aunque el gobernador no sabe ni la mitad del asunto y no debe enterarse. No estarás a salvo hasta que la atrapemos o hasta que nos des las cartas.
Lali soltó una carcajada. No era una risa agradable, sino amarga y con un deje histérico.
—Nadie me ha creído durante todo este tiempo —dijo—. Cuando Rinaldi descubrió que me había llevado las cartas, ni se inmutó. Ya me había arruinado. Al pintarme como una mujer amoral, se aseguró de que no pudiera hacerle daño. Y mientras no pudiera hacerle daño, estaba a salvo. Me dejó huir al extranjero como lo hacen los duelistas, los morosos, los criminales y los indeseables. No me persiguió. Y de haber acabado en el arroyo como esperaba, habría seguido sintiéndose seguro. Pero no, tuve que hacer que los aristócratas y la realeza se rindieran a mis pies. Ahora soy importante. Ahora tengo amigos importantes. Ahora merece la pena matarme.
Estaba helada. Se echó a temblar. Notó que Lanzani se movía. A pesar de la agonía y del zumbido de los oídos, fue consciente del tintineo del cristal. Lanzani le colocó algo en la mano. Una copa de brandy.
—Me pregunto si está envenenado —dijo antes de bebérselo de un solo trago. El licor le quemó la garganta, pero el zumbido de los oídos disminuyó.
—No está envenenado —le aseguró él—. No estamos en una ópera y yo no soy el villano de la obra. Por favor, Lali, ¿vas a ser sensata y a decirme dónde están las cartas?
Lali miró su apuesto rostro, esos ojos de un azul tan oscuro. Supuso que, como tonta que era, si tuviera que hacerlo de nuevo, volvería a saltar al canal, por él. Para salvarlo. Desvió la mirada hacia las paredes y luego hasta al techo. Qué irritantes eran esos niños.
—Es complicado —respondió.
—No, no lo es —la contradijo él—. Es muy sencillo. Me dices dónde...
Aguardó a escuchar el final de la frase. Y tardó un minuto en darse cuenta del motivo por el que Lanzani guardaba silencio. Tenía un oído muchísimo más fino que ella. En ese momento se percató del ruido que llegaba del portego. Pasos... de unas botas, para ser más exactos. Pasos muy marciales. Y de varias personas.
La puerta se abrió. Nadie llamó. Nadie esperó a que dijera «Avanti».
Sin embargo, fue Arnaldo quien, como era habitual, la había encontrado sin el menor esfuerzo. Debía de tener sangre de sabueso. Siempre sabía en qué lugar de la casa estaba.
—Su Excelencia el gobernador Goetz —anunció.
El gobernador austríaco le pisaba los talones. Tras una mirada desconcertada al principio, el conde se esforzó para no mirarla directamente.
—Le pido disculpas, madame, por mi repentina llegada, pero seguro que se imagina la causa.
—Nuestro pequeño altercado —dijo.
—No tan pequeño como nos gustaría —repuso el conde—. Debo hablar con el señor Lanzani.
—Ya me parecía a mí—dijo Lanzani, que había recuperado su habitual serenidad, ya fuera real o no—. Estoy seguro de la que la señora Esposito nos disculpará. Querrá... esto... vestirse, al menos.
—La señora se ha llevado un susto tremendo —observó Goetz—. Todos nos hemos llevado una tremenda impresión. No queremos molestarla. Usted y yo hablaremos en el Palacio Ducal. Y mientras tanto, en cuanto la señora esté lista, insisto en que se marche de esta casa.
—¡Por supuesto que no! —exclamó ella.
—Debo insistir —repuso el conde—. Debemos registrar la casa de arriba abajo. Es posible que haya hombres ocultos o algún objeto peligroso. Debe ponerse a salvo en otra parte, con un amigo. Enviaré una escolta armada para que la acompañe.
Era el gobernador de Venecia. Cuando el gobernador insistía, había que obedecer. El régimen austrohúngaro toleraba bastante las peculiaridades y las debilidades venecianas, pero no toleraría en absoluto ninguna muestra de desacato a la autoridad. Para los austríacos, el desacato a la autoridad era la primera señal de insurrección... y se cortaba de raíz con firmeza... y brutalidad si era necesario.
Tal vez fuera lo mejor, después de todo, se dijo Lali. No se sentía a salvo en su casa. No sabía en quién confiar. No sabía qué esperar de la situación ni qué hacer. De cualquier modo y sin importar lo que los hombres de Goetz encontraran en su registro, estaba convencida de que no hallarían las cartas.
Claro que los austríacos no sabrían qué hacer con ellas si las encontraran.
—Como guste, señor conde —accedió Lali.
El gobernador asintió con un gesto brusco de cabeza, aunque no la miró.
—Supongo que querrá ir a casa de su amiga.
—No —lo contradijo—. Estará... ocupada. —No pudo contener una sonrisa al pensar en Rocio y en su príncipe. Si al menos ella se hubiera encaprichado de Pablo... Su vida sería mucho más sencilla—. Iré a casa de Magny —dijo—. Sé que me recibirá con los brazos abiertos sin importar la hora que sea.
Salió del salón, consciente de que Lanzani la taladraba con la mirada.
Peter no se sentía ni mucho menos tan complaciente como aparentaba. No le apetecía en absoluto ir al Palacio Ducal sin protestar. Entre otras cosas porque existía la posibilidad de acabar en los pozzi. Un grave inconveniente, dado que Quentin tardaría horas, tal vez más de un día, en conseguir que lo liberasen.
Una prisión, como sabía por experiencia, no era necesariamente mala. Salvo por el tiempo que había pasado en L'Abbaye, le resultaba una experiencia... pacífica. Aunque era incómoda, en función de las dependencias, ofrecía el tiempo necesario para pensar con serenidad, sin distracciones. Y él tenía mucho en lo que pensar.
En ese momento, sin embargo, no tenía tiempo para disfrutar de la fría, oscura y húmeda soledad de una mazmorra.
Goetz tenía motivos de sobra para encerrarlo. El gobernador no era un idiota, de modo que era difícil adivinar lo que le rondaba por la cabeza.
«Yo tenía una vida maravillosa, una vida tranquila y agradable... ¡hasta que tú viniste a Venecia!», le había dicho Lali.
Goetz estaría pensando algo del mismo estilo: «Venecia era muy tranquila hasta que Peter Lanzani llegó».
Habría un interrogatorio, no le cabía la menor duda, y eso sería muy molesto. Otra pérdida de tiempo incalculable.
Tal vez debería haber seguido su instinto y huir en cuanto oyó los pasos, después de todo. Porque habría reconocido los pasos de un militar en cualquier parte.
Sin embargo, en ese momento ignoraba lo que ellos, quienesquiera que fuesen, querían, y habría sido poco caballeroso dejar a Lali con los lobos... Aunque la habría abandonado si le hubiera dicho dónde estaban las puñeteras cartas, se dijo para convencerse.
Solo quería las cartas. El resto —los celos, los sentimientos heridos y la confianza traicionada— no importaba. Así era su trabajo, y él mejor que nadie sabía que no había que mezclar los sentimientos con el trabajo. Que fuera a casa de Magny si quería. Que se fuera al infierno.
Él se encargaría de calmar los ánimos de Goetz, porque cuanto antes lo hiciera, antes podría reanudar su misión.
—Conozco bien la casa —dijo—. Tal vez el registro vaya más rápido si les ayudo.
Dado que Eugenia Suarez no se encontraba en la trifulca del palazzo Neroni, sino observando la escena desde una pequeña barca a una distancia segura, tardó menos que sus rufianes en darse cuenta de que el plan C no marchaba bien.
No se quedó esperando en los alrededores a que se arreglara el asunto. Sí, no sabía leer con tanta soltura como algunas personas, pero reconocía perfectamente un fracaso cuando lo tenía delante.
Menos mal que tenía las manos ocupadas remando, porque de lo contrario algún inocente habría descubierto —de una manera muy dolorosa— lo decepcionada que estaba.
Sin embargo, se hallaba en Venecia, y resultaba difícil dañar físicamente a los demás mientras se remaba y se intentaba encontrar el camino en la oscuridad sin chocarse con las malditas góndolas que atestaban los canales.
Lo mejor que podía hacer era aliviar su frustración en voz alta, en su lengua materna, incomprensible para aquellos que la oyeron al pasar.
—Esto es lo que pasa cuando se trabaja con incompetentes —masculló al mundo en general—. Qué fácil para él, que está en Londres con todos sus lacayos, decir: «Ah, Eugenia, querida, hazme el favor de conseguirme unas cartas». ¿Por qué dejó que la gran prostituta se llevara las cartas? ¿Por qué no le dio una paliza y la obligó a devolvérselas? ¿Por qué sigue escribiéndole? ¿Qué le importa ella? Es demasiado alta. ¿Por qué no me compra a mí un vestido rojo? ¿Cuándo fue la última vez que me mandó joyas? Si quiero algo, puedo robarlo por mí misma. Pero ella no. Esos imbéciles se las dan a ella, solo porque se abre de piernas y les da algo que la mayoría de las mujeres daría gratis. La odio. Y odio sus estúpidas cartas. Se cree muy lista y piensa que todos los hombres tienen que obedecer a la gran dama. Si le pongo las manos encima, aunque solo sea una vez, se va a enterar. Se va enterar de lo guapa y lo lista que es. Ah, sí, si pudiera ponerle las manos encima una sola vez... entonces sabría qué hacer.
Por supuesto, Eugenia Suarez sabía muy bien qué hacer con esa puta inglesa tan lista. La cuestión era cómo ponerle las manos encima.
Goetz fue meticuloso. Sus hombres comenzaron por el tejado y fueron bajando. Aunque Peter los ayudó, no tenía esperanzas de encontrar las cartas. Lali no se habría quedado tan tranquila ante la idea de un registro si las tuviera escondidas en el palazzo. Aunque los ataques a su persona o su hogar la habían inquietado, nunca había demostrado la menor preocupación por las cartas.
¿Qué diablos había hecho con ellas?
Aunque sería mejor no mencionar al diablo... ¿las habría mandado al diablo quemándolas?
No, no, no era tan tonta. Lali Esposito podía ser muchas cosas, pero no era tonta.
Difícil, temperamental, cínica, terca, impulsiva y muy, pero que muy traviesa, desde luego que sí. De no haber sido todas esas cosas y muchas más —inteligente, despierta, ferozmente vital, apasionada... y cara, pues no podía olvidarse de que era carísima...—, habría resuelto el problema en un máximo de tres días.
No obstante, era todas esas cosas, y las cartas no estaban en ninguna parte del palazzo Neroni. Se apostaría la vida con cualquiera. Se subió a una escalera y registró los numerosos recovecos y las grietas de los niños de escayola y de las molduras. Comprobó los marcos de los cuadros en busca de algún escondrijo. Le dijo a Goetz que estaba buscando alambres o resortes de trampas.
Muchísimo después y sin haber encontrado ni insurrectos ni artilugios letales, acompañó al gobernador al Palacio Ducal para un largo interrogatorio.
Consiguió calmar a Goetz diciéndole que había oído que una tal Eugenia Suarez, una criminal conocida en el sur y en los Estados Pontificios, andaba suelta en Venecia. Era muy probable que tuviera a la señora Esposito como objetivo porque la dama inglesa era una mujer y, como tal, vulnerable, y porque era la dueña de una gran colección de joyas.
—Suarez es una ladrona —dijo Lanzani al gobernador—. Una ladrona violenta, como muchos criminales de las zonas incivilizadas de Italia. Sin elegancia. Hacen mucho ruido y matan a la gente sin necesidad. Son vengativos. Al parecer, esa tal Suarez lo ha intentado varias veces y ha fracasado. Cuanto más se enfade, más decidida, violenta e impulsiva se volverá.
—Los Estados Pontificios son una vergüenza —declaró Goetz—. Doscientos asesinatos solo el año pasado. Pero aquí impera la ley. Encontraremos a esa mujer y el resto de los criminales sabrá que debe quedarse en sus turbulentos países.
«Buena suerte», pensó Peter.
Peter volvió a Ca' Munetti poco antes de medianoche y durmió hasta bien avanzada la mañana del día siguiente.
Dormir, sin importar las circunstancias, era una habilidad que había aprendido hacía mucho tiempo. Entre otras diversiones, los torturadores de L'Abbaye los habían mantenido despiertos durante días hasta que comenzaron a tener alucinaciones. De modo que aprendió a dormir con los ojos abiertos. Era capaz de dormir en cualquier lugar, en cualquier momento, y despertar a voluntad.
Estaba muy enfadado, muy insatisfecho —y hasta ahí llegaba el análisis porque no pensaba ahondar más en el torbellino emocional que sentía—, pero aun así durmió.
Cuando despertó, la situación no parecía haber mejorado mucho.
Estaba desayunando cuando llegó el mensaje.
No era de Lali.
Estaba escrito en un papel masculino muy caro, redactado con la letra clara y precisa de un secretario, y con el estilo formal de... ¿Cómo decirlo? Sí, de una proclama real.
En resumidas cuentas, estaba invitado a tomar el té en casa del conde de Magny.
Mandó una respuesta igual de formal y después llamó a García y se pasó las horas que faltaban devanándose los sesos para decidir qué se ponía.
Lali tuvo que enviar a alguien al palazzo Neroni en busca de ropa. Resistió la tentación de preocuparse y se limitó a decir a Caridad quién acudiría a tomar el té para dejar la elección en manos de la doncella.
¿El resultado? Volantes, hileras de volantes. Blancos, nada menos.
Comenzaban en el cuello, alrededor del modesto escote del vestido. Bajaban por el corpiño a modo de chorreras y también decoraban el bajo. Las mangas eran abullonadas y contaban con unas cuantas cintas de seda separadas lo suficiente y atadas con un lazo para conseguir que parecieran una ristra de farolillos. Los puños acababan con sendos volantes. La primera vez que se miró al espejo, pensó en una de las enormes tartas que solían servirse en las fiestas londinenses.
También pensó que estaba igual de deliciosa... y que a Lanzani se le corroería el corazón. Pero al cabo de un momento temió estar ridícula, parecer una niña tonta... y que él se muriera de la risa.
Claro que mientras muriera, no tendría motivos de queja. Eso se dijo cuando Lanzani entró en el salón y su estúpido corazón se agitó al igual que los volantes.
Iba impecablemente vestido con un frac de lana de la mejor calidad, de un color que resaltaba injustamente sus ojos azules y que contrastaba de forma muy elegante con el chaleco amarillo claro. Las calzas se adherían a los musculosos muslos como una segunda piel. Su corbata era nívea y estaba anudada a la perfección, con cada pliegue justo en su sitio. Entre ellos brillaba un ónice.
Sin embargo, su mente fue cruel al ofrecerle una imagen de ese cuerpo desnudo, y otra de los dos entrelazados sobre las alfombras y los cojines de su falso serrallo, haciendo el amor con impaciencia y pasión la primera vez, y después con inmensa ternura.
Pero para él no habían hecho el amor, se recordó, para él se habían acostado sin más. Un medio para conseguir su objetivo.
El recordatorio la ayudó a componer una expresión distante y una sonrisa torcida y gélida. La ayudó a fingir que se enfrentaba a la reunión tal cual lo hacía Magny. Como a una negociación, le había dicho el conde, y ella, al fin y al cabo, era una mujer de negocios.
Por eso los saludos de rigor fueron educados, y las respectivas reverencias, las que la ocasión requería. Lanzani y Magny estaban decididos a actuar como hombres de mundo, y ella, como mujer de mundo, podía actuar muchísimo mejor que la mayoría.
«¡Eso es lo único que haces! —le había dicho Lanzani—. ¡Fingir, entretenerte con tus jueguecitos y mentir! Podría decirse que tu profesión requiere grandes dosis de actuación. Como la mía.»
Sintió una punzada. Bueno, tal vez tuviera parte de razón en eso. Pero...
¿Qué más daba? Lo que jamás podría olvidar era su propia imagen, vestida con una camisola, mientras saltaba al canal para salvarlo, como la pánfila romanticona más grande del planeta.
«No seas pueril —le había dicho Magny el día anterior, mientras discutían sobre sus opciones—. Déjate de emociones y de orgullo, y empieza a usar la cabeza.»
No era una niña. Había soportado peores traiciones: el abandono de su padre precisamente cuando más lo necesitaba y la crueldad de su marido, que nadie la ayudó a sobrellevar, ni siquiera sus amigos.
Seguro que podía soportar ese pequeño desengaño... con la cabeza bien alta.
Mantuvo la cabeza bien alta y actuó como una anfitriona consumada, un papel que siempre había interpretado a la perfección y del que tanto había disfrutado, tanto en su casa como en el transcurso de sus viajes. Sirvió el té, instó a los caballeros a probar las deliciosas pastas que había preparado la cocinera de Magny y, mientras tanto, aportó su correspondiente cháchara insustancial. Habló de libros, poesía, obras de teatro y ópera, todo ello intercalado con el tema de conversación más interesante: los cotilleos sobre los conocidos.
A la postre, cuando agotaron todos los temas habituales, Magny dijo:
—Monsieur Lanzani, sabe que mi propósito al invitarlo aquí no ha sido puramente social,
—Estoy seguro de que si la señora Esposito tiene un propósito —dijo el aludido—, es el de arrancarme el corazón, tal vez con el aterrador cuchillo que tiene cerca, para echárselo a las palomas de la plaza de San Marcos.
Ella esbozó una sonrisa dulce.
—Qué idea tan maravillosa.
—Quizá después —replicó Magny—, pero en este momento Lali está de acuerdo en que es más útil vivo que muerto. Le aseguro que me ha costado mucho trabajo que adoptara una actitud agradable. Pero hemos llegado a un acuerdo, ¿no es verdad, ma chérie?
—Mais oui, monsieur—contestó ella con actitud recatada.
Lanzani frunció el ceño y sus ojos comenzaron a echar chispas.
—Es evidente—prosiguió Magny— que mientras Lali tenga en su posesión esos artículos, no estará a salvo. Estar a salvo es más importante que vengar viejas heridas. No tiene simpatía a sus compatriotas, pues ninguno la defendió cuando más lo necesitaba. No le importa lo que le pase a su cidevant marido. ¿Quién dice la verdad y quién miente? ¿Qué importa eso? Pero como usted no ha intentado matarla, le he aconsejado que le entregue esos artículos. Después podrá dárselos a los buenos o a los malos, como más guste. Lo único que pedimos a cambio es que coja esos irritantes artículos y salga de Venecia y también de nuestras vidas.
Después de todas las dificultades, de las complicaciones, de los obstáculos y de las tribulaciones, aquello resultaba muy sencillo, pensó Peter.
Le darían las cartas y él solo tendría que hacer lo que había querido hacer desde el principio: volver a Inglaterra.
Tenía una misión que cumplir, la cumpliría y acabaría con esa mujer.
—Lo entiendo perfectamente —dijo—. Me alegra saber que ha conseguido convencer a la señora Esposito para...
Se detuvo para mirarla, para mirar esos absurdos volantes que le hacían pensar en enaguas y sábanas arrugadas. Se la imaginó saltando por el balcón al canal. La recordó aferrada al poste... creando una distracción.
Era una distracción, sí. Lo distraía de sus planes, de su deber, de su razón.
—Las condiciones... —Se interrumpió. «No seas imbécil, Pitt», se recriminó—. Las condiciones... —repitió—. No puedo aceptar las condiciones.
—¿Qué condiciones? —preguntó Magny—. ¿Qué puede ser más sencillo que lo que le hemos propuesto? No le pedimos dinero, aun a sabiendas de que nada le impide vender las cartas a esa tal Suarez... o directamente a Rinaldi.
—No pienso salir de sus vidas —afirmó—. Haré lo que tengo que hacer porque es mi deber. Pero una vez hecho, volveré, Lali.
La vio quedarse muy quieta. De no ser por el movimiento de los volantes que llevaba sobre el pecho, nadie diría que estaba respirando.
Peter miró a Magny.
—Ya sabe que todo vale en el amor y en la guerra, monsieur, así que se lo advierto desde este momento: no voy a dejar que esta mujer me utilice y luego me deje sin más. Tal vez usted la tenga ahora, pero la recuperaré, cueste lo...
—Por favor. —Magny levantó una mano—. Ya basta. Se me va a revolver el estómago.
—Me da igual —repuso Peter—. No soy un francés práctico. Soy inglés e italiano y...
—Y también es ciego —lo interrumpió el conde—. ¿No comprende que siempre la tendré?
—No siempre —lo contradijo.
—¡Siempre! —exclamó Magny—. Toujours.
—Siempre —terció Lali, y esbozó esa lenta y perversa sonrisa tan suya.
—Es mi hija —confesó Magny.


Ya va quedando menos chicas...
Espero que os guste!!
Muchos besos guapas.
Ione
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Jue Dic 01, 2011 7:50 pm

MASSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Vie Dic 02, 2011 11:30 am

AAAAAYYYY!!!! este final no me lo esperaba para nada jajaja
Estaba leyendo el capitulo y me estaba poniendo nerviosa jijiji
Me encanta en serio me río muchísimo de verdad

Quiero mas quiero mas!! GRACIAS por subirlaaaaa!!!

Te Quiero cariñeteeeeee
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Sáb Dic 03, 2011 8:15 am

CAPÍTULO 15


Era perfecta; pero, al igual que la perfección, insípida en este pérfido mundo que habitamos, donde nuestros primeros padres no aprendieron a besarse hasta que los exiliaron de aquel frondoso primer hogar en el que reinaba la paz, la inocencia y la dicha (me pregunto cómo pasaban las horas del día).
LORD BYRON
Don Juan, Canto I


Peter estaba seguro de que su cara era un poema.
Porque la de Lali lo era, desde luego. Estaba tan sorprendida como él. Sin embargo, mientras él, como un idiota, miraba repetidamente al uno y a la otra en busca de algún parecido, a ella empezaron a salirle los colores hasta que no aguantó más y se levantó de un salto.
Sin dejar de mirarlos, él hizo lo propio, cómo no. Podía ser muchas cosas, pero nadie podía negar que era todo un caballero por nacimiento y por educación.
Lali fulminó a Magny con sus ojos verdes.
—¿Te has vuelto loco? Cuando viniste, te dejé muy claro...
—No vas a imponerme ninguna condición —la interrumpió monsieur. O sir Carlos... o quienquiera que fuese.
Lali alzó las manos.
—¡Esto es increíble! Toda Venecia se enterará y después... después...
—Aspetti—los interrumpió Peter, alzando una mano—. Espera. Por favor. ¿Ha dicho usted «hija»?
—¡Es insufrible! Desaparece cuando lo necesito, y cuando no lo necesito, se presenta de repente e intenta dirigir mi vida.
—Tu vida es une merde —replicó Magny.
El comentario hizo que Peter diera un respingo al recordar que él le había dicho lo mismo, pero usando la palabra italiana.
—¡No lo es! —Esos ojos verdes fulminaron a ambos—. ¿Por qué no lo entendéis ninguno de los dos? Yo he elegido esta vida. He tenido amantes, sí, y, salvo por una excepción... —Se interrumpió y miró a Peter con el ceño fruncido—. Salvo por una excepción, todos han pagado espléndidamente por el privilegio. Sin embargo, siempre, ¡siempre!, soy yo quien elige. ¡Yo! —Se llevó una mano al pecho con el puño cerrado—. Nunca, ni una sola vez, he hecho nada con un hombre en contra de mis deseos, salvo durante mi matrimonio. Mis experiencias carnales no se diferencian tanto de las vuestras.
—En fin, eso espero —terció Magny—. Al fin y al cabo...
—Pero como he decidido no vivir como una monja —lo interrumpió—, a ti te parece que mi vida es una mierda, ¿verdad? Pues no lo es. He sido feliz. Y libre. El único defecto que tiene mi vida sois vosotros. Vosotros dos. Por mí podéis iros al infierno. —Y echó a andar hacia la puerta.
—Un momento —dijo Peter—. Por favor, espera.
Lali se dio la vuelta con brusquedad para lanzarle una mirada asesina.
—¿¡Qué!?
—Esto... ¿y las cartas?
Lali entrecerró los ojos.
—Lo siento —dijo él.
—Era un mutis magnífico —protestó ella.
—Lo sé —admitió Peter—. Siento mucho habértelo estropeado.
En lugar de regresar a la mesa del té, Lali se dirigió hecha una furia hacia el sofá emplazado junto a la chimenea y se dejó caer sin más.
—Su madre también era una mujer temperamental —la excusó Magny. No, nada de Magny. Esposito. Claro que era inevitable que siguiera pensando en él como si fuera francés, y conde para más inri. Tal vez porque seguía hablando con un acento francés muy natural.
—Mi madre, cómo no... —soltó Lali—. Eres tú quien siempre está subiéndose por las paredes por cualquier tontería.
—Mi hija es una cortesana —dijo Magny Esposito—. Eso no es lo que se dice una tontería.
—Al señor Lanzani no le interesan nuestras desavenencias familiares —le recordó.
—Ah, no —la contradijo Peter—. Me interesan muchísimo.
—Pues a mí no —afirmó ella—. Estoy hasta el moño de ellas. Es muy molesto que te traten como a una niña.
Su padre suspiró.
—Si los padres pudiéramos salimos con la nuestra, nuestras hijas seguirían siendo vírgenes toda la vida. Las encerraríamos en un convento si nos dejaran. Pero no nos dejan, porque el mundo llegaría a su fin. O a lo mejor no, porque los libertinos se cuelan en los conventos a su antojo.
—Y estoy segura de que las monjas dan las gracias a Dios de todo corazón por eso —comentó ella, y soltó esa risa tan picara e irresistible.
Fue consciente de que algo se derretía en su interior, y supo sin lugar a dudas que su semblante se había ablandado hasta mostrar una expresión de puro arrobamiento, pero no pudo hacer nada para evitarlo.
—Eres mala —le dijo Peter.
—Sí —reconoció ella.
—Con razón me tienes como me tienes.
—Te has encaprichado de mí—insistió Lali—. Te lo he dicho unas cuantas veces ya.
—Creo que tienes razón.
—Me da igual —replicó ella, restando importancia a sus palabras con un gesto de la mano—. Es problema tuyo. Yo tengo mis propios problemas, que son poner fin a toda esta farsa e impedir que la gente siga intentando matarme.
—Por supuesto —convino él, asintiendo con la cabeza—. Pero siento cierta curiosidad por tu... mmm... por monsieur. —Clavó la mirada en el hostigado progenitor—. El título. ¿Nadie puso en duda que usted lo asumiera? ¿No tuvo dificultades con los pasaportes?
Peter nunca tenía dificultades con sus falsas identidades porque sus supervisores se encargaban de que no las hubiera. Ese hombre, sin embargo, estaba supuestamente muerto. En vida lo buscaban por fraude. Por un fraude asombroso.
—Si las hubiera tenido, no estaría aquí dándome la lata —apostilló la amantísima hija.
Esposito Magny le lanzó una mirada furibunda. Que ella le devolvió. En ese momento comprendió por fin el parecido entre ambos. No era tanto el aspecto físico como los gestos. El parecido radicaba en el porte y en sus expresiones.
El supuesto conde se acercó a la ventana y se detuvo de espaldas a la luz del atardecer con las manos a la espalda.
—Mi familia materna era francesa —dijo—. El título lo ostenta uno de mis primos. Nos parecemos mucho. Cuando éramos pequeños, intentábamos engañar a la gente, y a veces lo conseguíamos. Verá, éramos grandes amigos. Así que cuando mis problemas económicos comenzaron, me marché a Francia para pedirle ayuda. Justo en la época en la que Napoleón escapó de Elba.
Peter recordaba a la perfección aquella época, sobre todo la carnicería que se produjo en Waterloo y que acabó de una vez por todas con los intentos de Napoleón por reclamar su imperio.
—Ayudé a mi primo en su proyecto de derrocar al corso —prosiguió Esposito Magny—. Pero no era más que un simple mensajero, nada tan sofisticado como lo que hace usted. Sin embargo, mi primo... —Se interrumpió y meneó la cabeza—. Debo ser discreto. Me limitaré a decir que le convino entregarme su identidad mientras se marchaba para encargarse de otros asuntos.
—Podrás imaginarte las ganas que tengo de que su primo acabe con esos asuntos —terció Lali, mirando a su padre con una expresión extraña. Fue apenas un instante, ni mucho menos suficiente para estar seguro, pero le pareció que en sus ojos se mezclaba el afecto con la exasperación. Sin embargo, la emoción había desaparecido cuando lo miró a él—. Pero volviendo a lo que nos ocupa, Lanzani... ¿quieres saber lo que he hecho con las cartas?
—Sí, por supuesto. Sé que no están en tu casa.
Y la vio sonreír.
No era la sonrisa seductora que llevaba a los hombres a la ruina. Era una sonrisa genuina y tal vez triunfal.
—Che io sia dannato —dijo él—. ¡Que me parta un rayo! Están allí. Qué lista eres, condenada bruja.
—Cuando te lo diga, te tirarás de los pelos mientras te preguntas: «¿Cómo he podido ser tan tonto?» —le aseguró ella.
—No será la primera vez —confesó. Pensó en todas las estupideces que había hecho desde que la conoció. En todos los errores que había cometido. El día anterior había cometido el último, al no confiar en ella. Debería haberse enfrentado a la situación de cara, como un hombre, en lugar de actuar como un cobarde y posponer lo inevitable.
«He tenido amantes, sí, y salvo por una excepción, todos han pagado espléndidamente por el privilegio», había dicho ella.
Ciertamente era un privilegio ser su amante. Y él había sido el más privilegiado de todos porque Lali le había abierto su corazón.
En ese momento comprendió que si quería volver a conquistarla, tendría que pagar por dicho privilegio.
—No sería la primera vez que me he comportado como un imbécil contigo —afirmó.
—No puedo estar más de acuerdo —admitió ella—. No sabes lo tentada que estoy de dejar que te devanes los sesos intentando adivinar dónde están, hasta que te vuelvas loco pensando. Pero eso nos llevaría una eternidad y estoy deseando seguir con mi vida.
«Sin ti», quería decir.
«No sin mí —concluyó él para sus adentros—. No si puedo evitarlo.»
—Sí, cuanto antes acabemos con esto, mejor —apostilló Esposito-Magny.
«Piensa —se dijo—. Piensa rápido.»
—Es complicado, como ya te he dicho —afirmó ella—. Y no pienso decírtelo en voz alta desde el otro lado de la habitación. —Le hizo un gesto con un dedo para que se acercara—. Ven, idiota, y te lo diré al oído.
Comenzó a caminar hacia ella.
Pero se detuvo, con el ceño fruncido. Para pensar. Y siguió pensando.
—Lanzani, es un poco tarde para hacerse el duro —le recordó Lali.
—Estoy pensando —le dijo.
—No hace falta que te quiebres la cabeza —le aconsejó ella—. Bastante me la he quebrado yo, caro mio. Lo único que tienes que hacer...
—No me lo digas —la interrumpió—. No me lo digas, por favor.
Lali quería estrangularlo. Estaba deseando atraerlo al sofá con sus malas artes para torturarlo mientras le susurraba al oído y lo excitaba. Estaba deseando con todas sus fuerzas castigarlo por haber conseguido que lo amara.
—Esta es la gota que colma el vaso —dijo Lali antes de ponerse en pie y echar a andar.
Oyó sus pasos tras ella.
—Va vial—exclamó sin volver la cabeza—. Vete. ¡Vai all'inferno!
—Allí dice mi madre que voy a acabar —asintió él con la voz de don Carlos—. Pero todo a su debido tiempo, preciosa mía. No de momento, espero. Te suplico que no me envíes antes de hora a ese lugar de tormento donde los diablillos me pincharán en el culo con los tridentes. Porque, en fin, antes tengo muchas cosas importantes que hacer —dijo cuando la alcanzó—. Tengo un plan magnífico.
—Me da igual —repuso ella.
—Piensa un poco —le aconsejó con la voz de Lanzani, ese inglés irritante y engreído.
—Ya he pensado, y he llegado a la conclusión de que lo más sensato es mantenerme alejada de ti —le aseguró.
—Quieres estar a salvo. Tu pa... —Se interrumpió para escudriñar el portego en busca de algún criado curioso—. Magny ha dicho que lo importante es que no corras peligro. No estarás a salvo mientras esa mujer siga suelta —concluyó en voz baja.
—No intentes asustarme —protestó al notar que se le aceleraba el corazón—. Estaré segura en cuanto tú le des los... artículos.
—No voy a dar nada a esa mujer. No estoy de su parte. Y no se te ocurra decir que te da igual de qué lado esté o que no importa.
—No lo diré —le aseguró—. Pero es lo que pienso.
—Sí que importa —insistió él—. Lali, por favor, escúchame.
No quería escucharle. Era demasiado persuasivo, y el deseo que sentía por él, demasiado intenso. Por su culpa había actuado en contra del sentido común en más de una ocasión y había roto las reglas que tanto tiempo y tantas lágrimas le había costado aprender. Se percató de que el gran arco de mármol por el que se accedía a la escalera estaba a poca distancia. Podría correr hasta la planta baja, salir al patio y desaparecer en un santiamén a través del laberinto que formaban los callejones y las callejuelas de la ciudad... donde sin duda acabaría perdiéndose y, dada la suerte que tenía, en las manos de algún que otro grupo de malhechores.
La otra dirección, hacia el canal, era probablemente la más segura, pero tendría que esperar hasta que le hubieran preparado una góndola. Adiós a su mutis grandioso. Adiós a sus posibilidades de fuga.
Se detuvo en el arco para mirar ese rostro apuesto y engañoso.
—Crees que no lo entiendo, pero sí que lo hago —dijo Peter—. Estás enfadada con Inglaterra. La institución que concede los divorcios es el Parlamento y todos esos hombres, los hombres que hacen las leyes del país, te trataron como si fueras la prostituta de Babilonia. Destruyeron tu buen nombre y tu vida. ¿Por qué vas a querer salvar al mismo gobierno que te hizo daño? ¿Por qué detener a Rinaldi? ¿Por qué no dejar que tengan el líder que se merecen?
Lali alzó la vista hacia los bajorrelieves que adornaban el arco. Neptuno, en medio de un mar embravecido por la tempestad, rodeado por unas criaturas extrañas. Ella había dejado atrás un mar embravecido cuando abandonó Inglaterra, o eso había creído. Porque la tempestad había acabado por encontrarla.
—Podría añadir algo más —dijo ella—, pero has hecho un buen resumen.
—De todas formas, sabes que importa —insistió él—. Siempre lo has sabido. Por eso has guardado las... los artículos todo este tiempo. Si no te importara, los habrías destruido hace mucho. Pero los conservaste aunque sabías que cabía la posibilidad de que algún día se convirtieran en un peligro para ti.
—He llegado a la conclusión de que son demasiado peligrosos —afirmó—. He decidido que no merece la pena correr el riesgo ni sufrir tantos inconvenientes. ¿Por qué voy a arriesgar el pescuezo por Inglaterra, por ese gobierno y esos hombres tan despreciables?
—Corrían malos tiempos en aquel entonces —le recordó—. Tal como tu pa... Tal como Magny ha señalado, Napoleón había escapado de Elba. Las clases altas rezumaban terror y odio. Temían que recuperara el poder y los eliminara con la ayuda de los elementos desestabilizadores que había en nuestro propio país. Que no se te olvide que la época del Terror todavía estaba, y sigue estando, muy presente en la memoria de mucha gente. De ahí a que los miembros del Parlamento se imaginaran las cabezas de sus esposas y sus hijas rodando por el cadalso había solo un paso.
—¡Pero yo no estaba fomentando la revolución! ¡Solo tuve una aventura! ¡Una! Mi marido tuvo cientos. Tenía una amante antes de que nos casáramos y siguió manteniéndola después. Todavía sigue con ella... ¡Y nadie lo critica por eso!
—No estoy diciendo que intentaras derrocar a la Corona —matizó—. Estoy diciendo que esos hombres estaban en una situación mental que favorecía las aspiraciones de Rinaldi. Un gran escándalo. Una mujer depravada... Consiguió concentrar el miedo y el odio colectivos en tu persona. Eras un objetivo tangible y real. Porque contigo podían lidiar, mientras que Napoleón y el inquieto clima político eran harina de otro costal. Tú estabas a mano. Eras la diversión que Rinaldi necesitaba, ¿no lo comprendes? Si todos estaban pendientes de ti, nadie repararía en lo que él hacía a espaldas de los demás. Reconozco que se comportaron mal, sí. Además, no ha sido ni la primera vez ni será la última que lo hagan. Pero sé que cometieron un error y que, si se les da la oportunidad, lo enmendarán.
Aunque Lali no quería comprender los motivos que habían llevado a esos hombres a humillarla y degradarla, también era cierto que no había tenido en cuenta el contexto. Eso no disminuía en absoluto el odio que les profesaba, pero sí que ayudaba a entender en parte el comportamiento que habían demostrado.
—Si quieren enmendar el error, no pienso detenerlos'—declaró—. Y si tú eres quien dices ser, si eres uno de los buenos...
—¡Nada de si soy! —la interrumpió—. Lo soy y quiero que lo tengas muy claro y sin el menor asomo de duda. No dentro de seis meses, ni de doce o del tiempo que nos lleve aclarar las cosas, sino ahora mismo. Y quiero demostrártelo. —Guardó silencio un momento—. Y creo que ya sé cómo hacerlo.
Lali alzó la mirada hasta Neptuno antes de desviarla hacia Minerva, la diosa de la sabiduría, que defendía otro portal. ¿Era capaz una mujer de comportarse con sabiduría en lo referente a los hombres? Seguramente no, porque de ser así, la especie se extinguiría.
—Eres exasperante —dijo—. Cuando por fin decido, después de todo este tiempo, deshacerme de esas dichosas cartas y estoy deseando entregártelas, vas tú y me dices que no las quieres.
—Sí las quiero, pero no me las vas a dar hoy —puntualizó él—. Hasta que consiga resolver algunos problemas, están más seguras donde están.
—¿Y qué se supone que debo hacer yo? ¿Esperar de brazos cruzados mientras tú llevas a cabo tu astuto plan? ¿Esperar sin saber cómo ni cuándo esa tal Suarez atacará de nuevo?
—Necesita reagruparse —le recordó—. Necesita refuerzos. Eso nos da al menos una semana. Pero te prometo que no te haré esperar tanto. Un día o dos a lo sumo.
¿Qué remedio le quedaba?, se preguntó ella.
—Muy bien. Resuelve los problemas. Yo me voy a casa. Estoy hasta el moño de mi... de Magny. Y si de verdad eres inteligente, te mantendrás alejado de mí hasta que tengas algo importante con lo que molestarme.
Al día siguiente, en el Palacio Ducal, Peter tuvo que enfrentarse aun conde de Goetz que seguía sospechando de un juego sucio.
—Hemos interrogado al tal Piero en un sinfín de ocasiones —dijo el conde—. Como es natural, se me ha pasado por la cabeza la posibilidad de que nos haya mentido, de que le haya mentido incluso a usted, acerca de su verdadero móvil. Al parecer, proviene del sur. Ese dialecto tan abominable... Según me han informado, la tal Suarez también es del sur. Que los dos aparezcan a la vez en Venecia no puede ser una coincidencia. Sin embargo, el detenido insiste en afirmar que no la conoce de nada. Se aferra a la misma versión de los hechos como un perro a un hueso. Sé que está mintiendo, pero ¿qué puedo hacer? ¿Colgarlo por los pulgares? Si lo hacemos, alguien nos acusará de brutalidad y comenzarán las arengas en las plazas. Antes de que nos demos cuenta, tendremos un levantamiento. Esa gente es muy obstinada, y además tiene un temperamento volátil.
—No creo que nuestro detenido sea obstinado —señaló Peter—, más bien creo que está aterrado.
Goetz lo miró en silencio unos instantes.
—¿Y qué diferencia supone eso para nosotros? El caso es que no nos dice nada.
Y si lo hiciera, no entenderían ni media palabra...
—Me estaba preguntando si me dejaría intentarlo —sugirió.
—No —rehusó el conde.
Peter volvió al Palacio Ducal dos horas más tarde, pero en esa ocasión lo acompañaba el príncipe Pablo.
Aunque el conde de Goetz lo miró con cara de pocos amigos, recibió al príncipe con suma cordialidad, ansioso por averiguar qué podía hacer por Su Alteza.
Pertenecer a la realeza conllevaba ciertas ventajas.
—Por favor, señor conde —dijo el príncipe dé Gilenia—, explíqueme por qué no permite que el señor Lanzani intente conseguir información que pueda evitar que le hagan daño a la señora Esposito cuando usted ha fracasado en ese aspecto.
El conde comenzó a enumerar las normas sobre los prisioneros y los visitantes extranjeros.
Pablo alzó una mano.
—Haga el favor de explicarme la norma que permite dejar que la vida de una dama corra peligro en lugar de hacer todo lo posible por protegerla y capturar a unos criminales peligrosos.
La mirada del conde de Goetz se posó sobre su escritorio. Apretaba los dientes con fuerza.
No era difícil adivinar lo que estaba pensando.
La gente decía que el norte de Italia estaba bajo dominio austríaco, cuando en realidad los gobernantes eran austro-húngaros. Y Goetz sabía tan bien como él que cierta dama de buena cuna y de procedencia húngara aspiraba a convertirse en la consorte del príncipe Pablo.
El gobernador de Venecia no podía cometer la torpeza de ofender al heredero del trono de Gilenia, y mucho menos por un asunto tan trivial como era conceder unos minutos a solas con un prisionero a uno de los amigos ingleses de Su Alteza.
Tras una breve reflexión, Goetz llegó a la conclusión de que no estaba seguro de haber interpretado la norma correctamente.
—Puede intentarlo, Lanzani —claudicó—, pero debe darme su palabra de honor de que me contará todo lo que le diga.
—Por supuesto —accedió. Con honor o sin honor, ya había mentido antes. Claro que no tenía por qué mentir. Al fin y al cabo, el conde no había especificado cuándo tenía que decírselo...
Peter conocía el Palacio Ducal gracias a una visita anterior. En dicha ocasión, el gobernador, que lo miraba por aquel entonces con mejores ojos, lo había acompañado en un recorrido por el palacio. Sin embargo, no habían llegado hasta las mazmorras. Durante su última visita, Goetz había hecho sacar a Piero de la prisión para someterlo al interrogatorio.
En esta ocasión creyó oportuno visitar al prisionero en su celda.
Pablo insistió en acompañarlo, por si acaso se encontraba con algún impedimento, adujo.
—Me disgusta el comportamiento que el gobernador le ha demostrado —le dijo el príncipe una vez que dejaron atrás a un irritado conde de Goetz—. No parece muy amistoso. Si le acompaño, no se inventará ninguna norma por la cual deban encerrarle a usted también.
Ah, por fin alguien confiaba en él, pensó. Irónico que fuese un rival. O tal vez no lo fuera. No tanto como al principio, al menos.
Después de registrar toda Venecia en busca del príncipe, lo había encontrado por fin de camino —o de canal, para ser más exactos— al palazzo de Magny. Rocio lo acompañaba en la góndola. La pareja se había comportado como un par de tortolitos, aunque Rocio insistiera en referirse a Su Alteza con unos apelativos de lo más ridículos: «Su Excelsísima», «Su Luminiscencia» o «Su Majestuosidad», y el príncipe lo soportaba con estoicismo.
En esos momentos, mientras seguían al guardia que los guiaba hasta la celda de Piero, el apuesto rostro del príncipe lucía una expresión solemne.
La ruta que llevaba del palacio a las mazmorras no estaba ideada para levantar el ánimo. Enfilaron un largo, estrecho y desnivelado pasadizo que los llevó hasta el Puente de los Suspiros. Aunque desde el exterior el puente era precioso, por dentro era un lugar lúgubre que le daba sentido al nombre. El interior estaba dividido en dos pasillos iluminados por dos ventanas enrejadas. El guardia, que llevaba una vela, los condujo por una serie de pasadizos estrechos y de escaleras hasta llegar a la zona más profunda de todas: las mazmorras, conocidas también como los pozzi. Los pozos.
El guardia, que a todas luces estaba acostumbrado al papel de guía —y que seguramente hacía visitas guiadas para turistas—, se mostró muy parlanchín durante el recorrido. Les dijo que había dieciocho celdas construidas en hileras. Todas ellas medían unos tres metros de largo por dos de ancho. El techo era abovedado y tenían una pequeña abertura frontal. La hilera inferior estaba justo sobre el nivel del agua del canal.
Después señaló una serie de huecos excavados en los muros de piedra y les dijo que su función era la de sostener las barras de las que se colgaban o en las que se ahorcaban los prisioneros sentenciados a muerte. Otros huecos estaban ennegrecidos por el humo, ya que los verdugos colgaban los faroles con los que veían lo que estaban haciendo. En el suelo también había agujeros, cuya función procedió a relatarles, encantado. Según el hombre, cuando se descuartizaba a los prisioneros, la sangre se vertía al canal a través de dichos agujeros. Señaló una puerta, por la que se arrojaban los cadáveres a las barcas para deshacerse de ellos.
—Me habían dicho que esta era una prisión moderna —dijo Pablo—. Prigioni Nuove, se llama. La Prisión Nueva.
—Era moderna hace doscientos años, cuando se construyó —puntualizó él.
—Esto es monstruoso —sentenció el príncipe.
—Las he visto peores. —De hecho, había estado encerrado en sitios peores.
Por fin llegaron a la celda donde habían dejado a Piero para que reflexionara sobre sus pecados y sobre la conveniencia de contar a sus captores lo que querían saber. Estaba a oscuras. El hedor que surgió de la celda cuando el guardia abrió la puerta resultó casi insoportable.
Insoportable para Pablo, que se tambaleó hacia atrás.
—Esto es abominable —dijo.
—No hace falta que entre —le recordó Peter—. Vamos a estar muy apretados ahí dentro.
—Voy a entrar —insistió el príncipe—. Solo necesito un momento. —Enderezó los hombros—. Ya está. Estoy preparado.
Sí, era un príncipe, y tal vez estuviera muy consentido, pero había que admitir que tenía buena madera.
Claro qué sería mejor no demorarse demasiado, concluyó. Por muy valiente que fuera, no estaba acostumbrado a esas cosas y era muy posible que acabara desmayado o echando el contenido de su estómago. Esa no era la mejor forma de inspirar respeto y temor en el prisionero.
—Muy bien, Alteza —dijo en voz baja y en inglés, para que ni el guardia ni el prisionero lo entendieran—. En primer lugar, quédese cerca de la puerta. Así podrá respirar el aire del pasillo, el poco que hay, a través del ventanuco. En segundo lugar, tiene que darme su palabra de que no va a hablar a menos que yo le dirija la palabra y de que, si llegara ese caso, me seguirá la corriente. Es muy importante, Alteza. Cuestión de vida o muerte.
—Sí, por supuesto —accedió Pablo.
Después de obtener la promesa, Peter dijo al guardia que estaban listos, y el hombre encendió el farol que iluminaba el pasillo antes de darle la vela^ Entró en la celda vela en mano, seguido por Pablo.
Y la puerta se cerró con un golpe metálico a sus espaldas.
Piero estaba de mal humor. La semana en la celda lo había dejado hecho una piltrafa humana. Ni siquiera la aparición de Lanzani le hizo reaccionar; tan solo hizo de una mueca de asco. Estaba acurrucado en un rincón, mirándose los pies descalzos e increíblemente sucios.
Pablo se colocó junto a la puerta, tal cual le había ordenado. Sin embargo, no sabía cuánto aguantaría el príncipe así de erguido. El hedor era insoportable.
«No hay tiempo que perder», se dijo.
De modo que fue directo al grano. Recurrió a las palabras y a las frases sencillas.
—Buscamos a Eugenia Suarez.
Aunque el dialecto de Piero fuera incomprensible, lo normal era que entendiera el lenguaje culto... o al menos lo suficiente.
—Nunca he oído hablar de ella —afirmó.
—Qué pena —se lamentó Peter—, porque tengo algo que la dama quiere. Algo que tenía la dama inglesa. No son joyas. Son papeles.
Piero no dijo nada, pero se puso tenso.
—Sé que Eugenia Suarez quiere esos papeles —prosiguió Peter—. Puedo vendérselos a ella, o puedo vendérselos al otro bando.
—Me da igual —dijo Piero.
—Yo creo que no —lo contradijo—. Si no logro dar con ella, se los venderé a otro. Y cuando se entere de que has podido ayudarla a conseguir esos papeles y te has negado...
Lo vio removerse, inquieto.
—Si se entera de que le has fallado, se disgustará mucho. Piero siguió callado.
—No sé si estarás a salvo de ella en algún sitio, ni siquiera aquí.
Aunque no obtuvo respuesta, algo cambió. El miedo era palpable. De modo que insistió.
—En fin. Ya has dicho que no sabes nada. Es posible que no la conozcas. En ese caso, es injusto que sigas encerrado aquí abajo. Lo mejor será que lo arregle todo para que te liberen.
Peter oyó el jadeo del príncipe y volvió la cabeza para mirarlo, al igual que lo hizo Piero. Sin embargo, el príncipe guardó silencio, fiel a su palabra. O tal vez quisiera ni abrir la boca por temor a vomitar.
Los ojos de Piero se clavaron de nuevo en él. La expresión malhumorada había desaparecido y el miedo era patente en su sucia cara.
—No me dejarán salir —dijo.
—Por supuesto que sí —le aseguró alegremente—. No te preocupes. Les diré que después de echarte un buen vistazo me he dado cuenta de que cometí un error y de que no eres el hombre que atacó a la dama inglesa.
—No he dicho nada. No sé nada.
Saltaba a la vista que Eugenia Suarez lo aterraba. Hasta tal punto que prefería callarse lo que sabía.
—Esto es frustrante —dijo Peter—. Estoy cansado de este agujero apestoso y también de ti. He intentado ser razonable contigo, pero te niegas a colaborar. Así que esto es lo que voy a hacer: haré correr el rumor de que has traicionado a Eugenia Suarez y de que, como recompensa, van a ponerte en libertad. —Miró de nuevo a Pablo. Era difícil distinguirlo con precisión a la luz de la vela, pero parecía muy pálido—. Alteza —dijo—, ¿estaría dispuesto a utilizar su influencia para lograr la liberación de este hombre?
—Desde luego —contestó el príncipe, intentando contener las arcadas.
—No he dicho nada —repitió Piero—. No sé nada. —Sin embargo, su voz ya no parecía tan malhumorada y sí un poco más aguda.
—Los rumores se extienden con gran rapidez en Venecia —prosiguió Peter—. Si Eugenia Suarez sigue aquí, mañana a esta hora ya se habrá enterado, incluso puede que antes. Supongo que podremos liberarte dentro de dos o tres días. Es posible que puedas escaparte antes de que te encuentre. O tal vez te esté esperando a la vuelta de la esquina. O tal vez te encuentres con un grupo de amigos dispuestos a invitarte a tomar algo. Aunque quizá no tengan nada de amistoso. Quizá te lleven a algún sitio y no precisamente para invitarte a tomar un trago, ¿verdad, amigo mío?
—Es usted un demonio —contestó Piero—. Pero ella... ella también.
—Solo quiero que le lleves un mensaje.
El silencio se hizo eterno mientras Piero consideraba la idea.
—A lo mejor lo hago —dijo por fin—. Pero que ese se vaya antes de que me vomite encima.

Nuevo capitulo!!! espero que os guste tanto como los demás.
Se que el corto lo tengo un poco abandonado...
promento que cuando termine esta nove me pongo a terminarlo.
Muchas gracias por los comentarios a mis chicas...os quiero mucho ya lo sabeis.
Besos enormes, ya hablaremos.
Ione
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Sáb Dic 03, 2011 3:59 pm

wooow, vale, me estoy poniendo cada vez mas nerviosa por saber lo que pasa.
se enreda, se enreda y necesito saber como sigue!!! jajaja

hoy paso rápido que no puedo pararme mucho.
te mando besitos y axuxones taré por aquí para el siguiente

Te Quiero amigaaaaa!!!!
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Sáb Dic 03, 2011 9:43 pm

Mas, mas, mas!
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Dom Dic 04, 2011 6:30 pm

CAPÍTULO 16



¡Ay!, pero ¿quién puede amar y ser sensato a la vez?

LORD BYRON
Don Juan, Canto I

En respuesta al mensaje de Peter —poco después de su encuentro con Piero—, la señora Esposito accedió a encontrarse con él a la mañana siguiente, el viernes, a las diez.
Lo primero que notó Lanzani al entrar en el salón infestado de putti fue su palidez. No parecía haber dormido lo suficiente. O tal vez la palidez solo fuera un efecto del vestido. Era de un blanco níveo, con escote alto y adornado con un sencillo festón de color verde claro. No llevaba joyas. Tenía una especie de pañuelo alrededor del pelo. Otras mujeres llevaban cofias con los vestidos mañaneros, pero la idea de Lali Esposito con cofia —por más adornada de encajes y cintas que estuviera— era ridícula.
Claro que el vestido también parecía ridículo. Sería perfecto para una inocente jovencita. El contraste con la mujer que lo llevaba resultaba increíble; esos ojos rasgados, la maliciosa promesa de su boca, sus pecaminosas curvas. El efecto era sorprendente... y también incitante.
—Creía que no te levantabas hasta el mediodía —dijo él sin molestarse en emplear los saludos de rigor.
—Pues suelo hacerlo —repuso ella—. Pero estoy ansiosa por terminar con esto.
—Querida... —Atravesó la estancia y le cogió las manos—. Soy una bestia. Debería haberte mandado ayer un mensaje y comunicarte al menos mis intenciones. Pero no estoy acostumbrado a... a...
—¿A informar a una mujer de tu paradero? —Cuando la vio sonreír, tuvo la impresión de que la sonrisa era sincera. ¿Lograría de verdad su perdón?
—No desde que mi madre quería saber qué tramaba —contestó.
—¿Con ocho años?
—Con dieciocho—respondió él—. Con veintiocho. Cada vez que me ve, espera que le dé un informe completo de mis actividades.
Ella ladeó la cabeza y siguió mirándolo.
—Estoy segura de que lo consigue.
—Mi madre me da miedo —confesó—. Todas las madres lo dan.
—Eres horrible —dijo ella—. Estás decidido a engatusarme aunque apenas puedo mantener los ojos abiertos y aunque estoy furiosa por tener que hacerlo. ¡Es una hora inhumana para estar levantada!
—Podríamos volver a la cama —sugirió.
—Sigue soñando —replicó ella;—. El encanto por sí solo no te ayudará a llegar al dormitorio. —Le soltó las manos y se alejó.
En ese preciso momento, mientras la observaba alejarse, se percató por fin de lo que tenía de raro la habitación. Aunque era bastante evidente, la verdad. Había una escalera en un rincón, justo enfrente de las ventanas. No la había visto porque había entrado a buscarla y solo había tenido ojos para ella.
La vio coger un pequeño objeto de la consola que había junto a la escalera. Se acercó a ella. Y miró lo que tenía en la mano.
—¿Un abrecartas?
—Lo has identificado correctamente —contestó ella.
Peter miró el abrecartas, miró la escalera, y después levantó la vista hasta el techo plagado de putti. Cuando volvió a mirarla, ella lo observaba con un brillo burlón en sus ojos verdes.
—Ya he buscado ahí arriba —le aseguró—. Creí que estaban escondidas en los niños. Y no fue nada fácil registrarlos. Hay muchas figuras de escayola, no solo aquí, sino por toda la casa. Creí que a lo mejor habías escondido las cartas entre las piernas de una de las mujeres pechugonas de los rincones. Eso te habría hecho mucha gracia. Pero no las encontré allí ni en ningún otro sitio.
—Lo sé —repuso ella—. Sabía que mirarías ahí. Y sabía que no las encontrarías. Pero estuviste muy cerca. Ven, sujétame la escalera.
—¿Que sujete la escalera? ¿Te has vuelto loca? No vas a subirte ahí.
Lali se volvió y lo miró con la expresión que solían poner las mujeres cuando estaban muy tentadas de dar un bofetón a un hombre que se lo merecía.
—Por una vez, solo por una vez —replicó ella con exagerada paciencia—, me gustaría hacer algo sin tener que discutir contigo.
—Haces lo que te da la gana constantemente. Lo haces antes de que alguien pueda siquiera discutir contigo. Como saltar al canal, por ejemplo.
—No voy a saltar de la escalera —señaló Lali—. Solo sería divertido si cayera encima de ti y te partiera la crisma, pero sospecho que tienes la cabeza demasiado dura. ¿Vas a sujetarme la escalera o no?
—¿Quién te la sujetó la primera vez?
—Nadie. Lo último que quería era tener testigos. Lo hice una noche mientras los criados estaban en una verbena. Arrastré algunas de las mesas más pesadas para sujetar la escalera. Debería haber hecho lo mismo hoy, pero creí que te gustaría echar un vistazo por debajo de mis faldas.
El techo era alto, y la escalera, excesivamente larga. Aun así, era una mujer muy testaruda, y él, solo un hombre.
—Bueno, bien mirado...
Resistió con valentía la tentación de lamer sus hermosos tobillos cuando pasaron por delante de sus ojos y se contentó con mirar el paisaje. Admiró sus pantorrillas todo lo que pudo, aunque no lo bastante, ya que el vestido y las enaguas se pegaban a sus piernas de un modo muy irritante.
Sin embargo, en cuanto Lali se puso manos a la obra, solo tuvo ojos para mirarla mientras introducía el cuchillo en una de las juntas de la escayola. Tal y como había dicho, la había juzgado bien; al menos había juzgado bien su sentido del humor. No había escondido el fajo de cartas entre las piernas de una de las mujeres pechugonas que estaban el rincón, sino en los alrededores, justo donde las piernas y el trasero de un niño sobresalían por debajo de una de las molduras que imitaban los pliegues de una cortina.
Mientras le iban cayendo en la cabeza trocitos de escayola, se preguntó por qué no había pensado en eso: meter el fajo de cartas en una grieta conveniente y luego cubrirlo todo con más yeso. Para que no se notara solo hacía falta una fina capa de escayola y un poco de habilidad. Un artista, como el que realizó el trabajo original, se habría percatado. Pero hasta un ojo entrenado como el suyo lo había pasado por alto. El fajo tendría el aspecto de otro pliegue de las cortinas, y él había estado buscando cartas, es decir, papel.
—No te preocupes porque no han sufrido ningún daño —lo tranquilizó ella mientras proseguía con su meticuloso trabajo—. Tomé precauciones. Las envolví con un lienzo untado de aceite para protegerlas de la humedad del yeso fresco y luego volví a envolverlas con un paño basto, de modo que el yeso se pegara a la tela. Funcionó. Dio una forma más redondeada al fajo, de modo que parecía perfectamente un pliegue más de la moldura.
—Leí en algún sitio que las grandes cortesanas de Venecia eran increíblemente cultas y que tenían muchos talentos. Pero nunca he leído nada que dijera que habían aprendido a enyesar.
—Eran rubias, ¿lo sabías? —Je preguntó ella—. Creo que el rubio cobrizo era el color de moda. Las que no lo eran de forma natural solían someterse a un proceso de aclarado muy desagradable.
—Me gusta tu pelo tal como es —dijo—. Pero ¿esas bellezas trabajaban el yeso?
—A lo mejor—contestó—. Muchas damas inglesas lo hacen, desde luego. Aprendemos en el aula. Intereses artísticos. Como incrustar conchas y otros adornos semejantes en las paredes de las habitaciones infantiles, decorar las grutas construidas en las propiedades campestres por los hombres... o en realidad por las mujeres. Hacer moldes de escayola de las manos. Máscaras...
Otra lluvia de pedacitos cayó al suelo. La vio meter la mano por detrás del trasero del niño y sacar un paquete redondo. Después bajó a toda prisa. Le brillaban los ojos y estaba sonrojada.
Peter se apartó de la escalera para que ella bajara el último peldaño.
—Toma —dijo Lali al tiempo que soltaba el abrecartas y le tendía el paquete. Tenía pequeños trozos de yeso pegados. Lo cogió.
Contempló el fajo en silencio. Por fin lo tenía en las manos, después de todo ese tiempo, después de todos los problemas. No lo habría encontrado aunque hubiera registrado la casa una vez más.
Levantó la vista hasta el techo, hacia el trasero y las piernas del niño, donde solo unos trozos de yeso indicaban que habían arrancado un trocito de moldura. Sin embargo, ¿quién se daría cuenta? El enyesado tenía más de un siglo, estaba cuarteado por varios sitios, parcheado en otros tantos.
—Lo único que me preocupaba de verdad era que la casa ardiera —dijo ella—. Por eso me asusté tanto la otra noche.
Peter asintió con la cabeza.
—¿Qué? —preguntó ella—. ¿Te has quedado sin palabras?
Alzó la mirada para encontrarse con sus ojos. Vio una expresión triunfal, risueña... y al fantasma.
—Solo a ti se te ocurriría escoger el trasero de un niño como escondite. Eres una mala pécora.
—Sí —reconoció—. Lo soy. —Retrocedió un par de pasos y agitó Una mano—. Bueno, ya puedes irte para hacer lo que sea que tengas que hacer.
Sin embargo, Peter siguió donde estaba, mirando el paquete que tenía en las manos, y luego la miró a ella, con ese vestido de jovencita inocente que de alguna manera conseguía hacerla más exótica y seductora.
Pensó en lo inteligente que había sido al ganarles la partida a su retorcido esposo y a los mejores agentes de la Corona. Pensó en lo valiente que era; rayando en la idiotez pero valiente, el único remedio que quedaba a veces. Pensó en la vergüenza y en la desdicha que había soportado y en su capacidad para transformar su infortunio en su mayor logro.
Pensó en su propio estado de ánimo al llegar a Venecia: estaba exhausto, en cuerpo y alma, y asqueado a más no poder. Aquel hombre le resultaba un desconocido en esos momentos.
Gracias a ella.
Porque se había enamorado, porque estaba loca e irremediablemente enamorado.
El problema era que si se lo decía, no lo creería, y no podría culparla por ello.
De modo que se lo calló.
—Lo que sea que tenga que hacer... —repitió—. Me estaba preguntando... ¿te gustaría hacerlo conmigo?
Ella lo observó un instante.
—¿Qué insinúas? Perdona si no lo entiendo, pero es que es muy temprano, caray.
—No insinúo nada —afirmó—. Te dije que tenía un plan, pero aún no te lo he contado. ¿Te gustaría ser mi cómplice?
El rostro de Lali se animó, tal como lo había hecho la primera vez que habló con ella, cuando él interpretaba el papel de don Carlos y ella empezó a hablar de Byron.
—Lanzani, es la primera señal de inteligencia que has demostrado esta mañana.
—¿Eso es un sí?
Lali se arrojó a sus brazos con tanta fuerza que las cartas cayeron al suelo. A él no le importó. Ella lo obligó a bajar la cabeza y lo besó con pasión. Tampoco le importó. La estrechó entres sus brazos y le devolvió el beso con el mismo frenesí, mientras deseaba no haber cometido el peor error de toda su vida.


Esa noche
No era difícil ocultarse en Venecia si se era listo, si se sabía adónde ir y se hacían amigos con facilidad. Por desgracia, ese no era el caso de Piero.
No habría acabado en los pozzi si no hubiera intentado robar una góndola. No se había dado cuenta de que se requería mucha habilidad para manejarlas. No se había dado cuenta de lo posesivos que eran los gondoleros con sus ridículas embarcaciones.
Eugenia Suarez podría habérselo dicho. A diferencia de él, había viajado muchísimo, sobre todo durante la guerra, y ya había estado antes en Venecia. Tenía dinero y una cómoda habitación en el barrio donde se encontraba el puente de Rialto.
Cuando apareció en su puerta, lo recibió como si fuera el hijo pródigo.
Aunque Piero no era el tipo más inteligente del mundo, sabía que la alegría de Marta al verlo no era sincera. A pesar de ello, sabía también que necesitaba desesperadamente buscar hombres que la ayudasen, porque habían capturado a todos los que habían ido a por la inglesa la noche anterior. A menos que sufriera uno de sus arranques de furia, estaría a salvo de su cuchillo.
La vio sentarse a una mesita en una habitación pequeña pero cómoda. Había otras dos sillas en torno a la mesa, situada sobre una alfombra. El fuego crepitaba en la pequeña chimenea. Sabía que Eugenia se había acostumbrado a cosas más lujosas en los últimos tiempos, pero en el pasado había vivido en las calles. Era capaz de hacerse un hueco en cualquier parte.
En ese momento estaba bebiendo vino de una bonita copa. En otras ocasiones la había visto beber directamente de la botella. No le ofreció nada. Pero tampoco cogió el cuchillo que tenía cerca. Escuchó con paciencia su explicación acerca de los motivos que habían llevado al gobernador a liberarlo.
—Es por la dama inglesa —dijo Piero—. Te tiene miedo.
—¿Por qué? No me conoce. Ni siquiera tú eres tan tonto para hablarle a ella, o a cualquier otro, de mí.
Piero meneó la cabeza.
—Ellos me hablaron de ti; uno de los extranjeros, la primera noche. Y luego el gobernador también dijo tu nombre. Pero yo les repetí una y otra vez que no sabía nada de ti. Solo esta noche, cuando me explicaron lo que querían que hiciera, les dije que intentaría darte el mensaje.
La vio mirar el cuchillo, que brillaba a la luz de la lámpara.
—Piero, espero que no hayas cometido otra estupidez.
—Uno intentó seguirme —prosiguió él—. Lo despisté entre el gentío que había cerca de un teatro. —No añadió que él mismo se había despistado varias veces antes y después de eso.
—¿Y el gentío no se apartó cuando te vieron aparecer? —preguntó ella—. Apestas como un pescado podrido.
—Perdón por el tufo —dijo—. No he tenido tiempo de lavarme. He venido tan rápido como he podido. Cuando te cuente lo que es, me dirás si me he equivocado.
Eugenia guardó silencio, a la espera.
—Sé que quieres unos papeles de la dama inglesa —continuó—. Uno de los extranjeros también sabía de los papeles.
La vio asentir con la cabeza.
—Si no lo supieran, mi amigo de Inglaterra no me habría pedido que le hiciera este favor.
—Los dos hombres que han venido a verme esta noche no querían darte los papeles —le aclaró—. Pero la dama inglesa tiene miedo de que la sigas a donde vaya. Está obligando a sus amigos a hacer lo que ella dice. El príncipe, el de los rizos rubios, es uno de sus amigos.
—Ah, sí. Lo he visto. Muy guapo.
—Ese es el que les ha obligado a soltarme. Discutió con el otro... uno moreno y más grande. Ese es el molesto. Para distraerme, he estado imaginando maneras de matarlo.
—¡Pobre Piero! Sé que el tiempo corre más despacio en la prisión.
Esa mujer habría dejado que se pudriera allí dentro, o que lo colgaran o que le cortaran la cabeza con esa máquina infernal, con la guillotina. Pero él habría hecho lo mismo si ella hubiera acabado en los pozzi. Cada cual tenía que preocuparse de sí mismo.
—Al príncipe no le importa lo que los demás quieren. La dama es más importante, eso es lo que dice. No quiere que ella tenga más problemas. Quiere que te vayas. Dice que eres una molestia.
Eugenia soltó una carcajada.
—¿Una molestia? Cierto. Pero no sería tan molesta si mis hombres hicieran lo que les ordeno. Podríamos haber conseguido esos documentos la primera noche. Pero no, Bruno y tú teníais que jugar con la puta. —Levantó la copa y lo miró por encima del borde.
—Fue culpa de Bruno —le aseguró Piero—. Fue él quien desoyó las órdenes.
—Y tú fuiste tan tonto que dejaste que te atrapasen —replicó ella—. Mira que intentar escapar en una góndola robada... ¿Qué imbécil roba una góndola?
Piero se encogió de hombros para decirle que no lo sabía.
—Esto es lo que pasa cuando se usan herramientas de mala calidad —se quejó ella—. Vine a Venecia con incompetentes, con idiotas. ¿Por qué? Porque mis mejores hombres están encarcelados o tullidos, inservibles. Todo por culpa de ese canalla.
Piero esperó con paciencia mientras Marta se desahogaba y soltaba la retahíla que ya había escuchado sobre ese cabrón alto y guapo que la había seducido, le había robado las esmeraldas y había herido a sus mejores hombres hacía unos cuantos meses en Roma.
—Nada me sale bien —continuó diciendo—. Esta ciudad tan ridícula tiene más ratas que gente, y unas calles imposibles. Para ir a cualquier lado tienes que subirte a una barca, y escuchar a los venecianos y su jerga incomprensible. La última vez que estuve aquí dije que no volvería. Pero... —Se sirvió más vino y bebió—. Me he enfrentado a cosas peores por una recompensa menor. Pero esta vez... —Lo miró con el ceño fruncido—. ¿Qué me ofrece para que me marche? ¿Esa zorra se cree que basta con un buen soborno?
—Los papeles —dijo—. Los papeles que quiere tu amigo inglés.
—¿Nada más?
—Dicen que te dará los papeles para que te vayas.
—No me lo creo. Huelo una trampa... ¿o eres tú?
Piero volvió a encogerse de hombros.
—No lo sé. Es lo que me han dicho. Dicen que la dama inglesa sabe que no vas a fiarte de ella. Y por eso dice que tú elijas la hora y el lugar. Así te demostrará que no es una trampa ni nada. Donde le digas que vaya, da igual la hora, allí estará. Pero como te tiene miedo, llevará a un hombre para que la proteja.
—¿A qué hombre?
—¿Quién sabe? Uno de sus amantes. El príncipe, seguramente. Es como un perrito faldero.
Eugenia Suarez le acercó la botella.
—Vamos, tómate un trago mientras yo lo decido.
Cogió un vaso y se sirvió una copa, y luego otra.
Al cabo de un rato, ella dijo:
—Ya sé qué hacer. Es un poco arriesgado. Pero estos asuntos siempre lo son. —Lo miró hasta que dejó el vaso sobre la mesa—. ¿Tienes idea de lo que valen esos papeles, tapón de alberca?
—Espero que mucho, por todos los problemas que nos han dado.
—Cuando mi amigo de Inglaterra tenga esos papeles, nada se interpondrá en su camino. Será como... como un rey. Y me recompensará bien, como hizo antes. Pero esta vez puede convertirme en aristócrata. Por... ¿cómo se suele decir? —Tardó un momento en recordar la expresión—. Ah, sí. Por servicios a la Corona. —Soltó una carcajada—. Y las mujeres, como esa dama inglesa, tendrán que arrodillarse a mi paso y llamarme «Excelencia». Cómo me va a gustar ver a esa zorra inglesa, a su esposa, arrodillada a mis pies. —Rellenó las dos copas—. Creo que merece la pena dejarla vivir. —Se detuvo—. Pero me hace ilusión hacerle un cortecillo en la cara. —Cogió el cuchillo y lo miró, absorta en el reflejo de la luz del candelabro sobre la hoja.
Piero apuró el vino de golpe.
Eugenia acarició el dorso de la hoja con el dedo.
—Ya veremos —dijo ella—. Ya veremos qué pasa, ¿verdad?
—¿Los dos? —preguntó mientras echaba un vistazo por la pequeña habitación.
—Sí, tú y yo —contestó—. Ella llevará a un hombre. Yo llevaré a otro: a ti. Y si es una trampa y me has traicionado... —Sonrió—. Soy rápida. Rápida con los pies y rápida con el cuchillo. Reza mucho, Piero, para no haber cometido otra estupidez.


La noche siguiente
El trabajo de Lanzani, decidió Lali, no era muy apetecible. Entre otras cosas porque tenían que esperar mucho. No estaba acostumbrada a esperar. No estaba acostumbrada a depender de los demás, y mucho menos de lo que hiciera una pandilla de ladrones y asesinos. No le gustaba.
Rocio y Pablo habían cenado con ellos, pero después el príncipe tuvo que asistir a un evento social ineludible. Aunque Rocio se había ofrecido a quedarse con ellos, Lanzani la había animado a acompañar al príncipe.
—Dudo mucho que suceda algo esta noche —le había dicho a su amiga—, y sé que los tediosos asuntos diplomáticos serán más llevaderos para Su Alteza si tú estás a su lado.
Tras asegurarles que los mandarían llamar en cuanto cambiara la situación, Pablo y Rocio se fueron. De eso hacía una hora.
En ese momento estaban en el gabinete privado de Lali. Ella intentaba escribir una carta a lord Byron, pero le costaba mucho concentrarse con Lanzani haciéndole preguntas, mirando por encima del hombro y echándole el aliento en la nuca.
Al principio él se había tumbado en el sofá y ella había supuesto que, como estaba acostumbrado a esperar, se echaría una cabezadita. Pero en cuanto la vio escribir, se mostró muy interesado en lo que estaba haciendo.
Dejó la pluma a un lado.
—A lo mejor deberías esperar en tu casa —le sugirió ella—. Si llega algún mensaje, puedo comunicártelo en cuestión de minutos.
— Como le he dicho a Pablo, dudo mucho que llegue un mensaje tan pronto. Seguramente Suarez nos tendrá otro par de días esperando mientras prepara su huida. Y mientras inspecciona toda Venecia en busca del mejor sitio para un encuentro.
Lali se volvió en la silla para mirarlo.
—¿Estás seguro de que aceptará?—preguntó.
—Ya lo creo. ¿Le escribes de forma regular?
Miró de nuevo la carta y la apartó. Su escritorio estaba atestado.
—No tan a menudo como me gustaría. —Cogió el tintero.
—Lo siento —se disculpó Lanzani al tiempo que se enderezaba—. Pero me dedico a espiar. Entre otras cosas.
Lo vio esbozar una sonrisa, una sonrisa tan picarona que Lali estuvo a punto de levantarse, agarrarlo por la corbata y besarlo hasta dejarlo sin sentido.
Sería una manera estupenda de matar el tiempo. Y aliviaría la tensión.
No, seguramente no lo haría. A decir verdad, estaba muy nerviosa por lo que iba a pasar, aunque se esforzaba en mantener una fachada tan despreocupada como la de Lanzani.
—Se supone que tú entiendes estos asuntos mejor que yo —dijo ella—. Pero si yo fuera Eugenia Suarez, me quitaría de en medio. Me cuesta mucho creer que vaya a arriesgarse por Rinaldi, por mucho que le esté pagando. Me cuesta creer que esté tan desesperada.
—No es que esté desesperada, es que es una criminal —matizó él—. La contrataron porque saben cómo es. No se da por vencida. Ya ha intentado quitarte las cartas tres veces, y otras tantas ha fallado. Pero eso no la hará desistir. Ganar se ha convertido en una cuestión de orgullo. Después de todas las molestias que se ha tomado, no me la imagino dejando escapar una oportunidad, aunque sospeche que es una trampa.
—Tendría que ser tonta para no sospecharlo.
—Es atrevida e ingeniosa —le aseguró—. No le queda más remedio. A los hombres no les gusta recibir órdenes de una mujer. Pero ella siempre ha tenido un grupito de maleantes a sus órdenes.
—Pero esta vez no es así.
—Es poco probable —dijo él—. Los hombres que intentaron secuestrarte están en prisión. El amigo de Piero, Bruno, está fuera de combate. Eso nos deja a Piero. Necesitará tiempo para reclutar nuevos secuaces. Además, no entiende el veneciano. El hecho de verse sin ayuda y de que esté frustrada puede volverla más peligrosa. Claro que también puede llevarla a correr más riesgos. Cuanto antes responda, menos posibilidades habrá de que cuente con más hombres además de Piero.
Sus ojos azules la miraron, penetrantes.
—¿Te estás echando atrás? No es demasiado tarde para bajar del barco. Puedo hacer que Zeggio se vista como tú, que es lo que pensé en un principio.
Era una idea muy tentadora, sí.
—¿Y dejar que me destrocéis otro vestido? —exclamó ella—. Ni hablar.
Y sí, tenía miedo. Pero la había invitado a participar, a ser su cómplice, y para ella eso era casi tan bueno como que le regalase diamantes.
En realidad, quizá fuera incluso mejor, teniendo en cuenta que se enfrentaba a una mujer desesperada, a una criminal desesperada, desde un punto de vista sentimental y romántico.
—Hablando de vestidos... —dijo él.
Aunque sabía que podía pasar la noche esperando noticias en balde, Lali no se había vestido para estar en casa. Se había arreglado como si fuera a salir. Había elegido un vestido de crepé azul y un collar de perlas. El tocado también tenía perlas.
Su intensa mirada la recorrió de la cabeza a los pies y luego regresó al cuello adornado con las perlas y a las orejas con los pendientes a juego.
—¿No te parece que tu aspecto es algo exagerado para una cita con una asesina?
—Es de noche —repuso ella—. En caso de que me vea obligada a salir, quiero estar apropiadamente vestida.
—Querrás decir «inapropiadamente», ¿no? Si el escote fuera más bajo, vería si tienes el ombligo hacia dentro o hacia fuera.
—¿No te acuerdas?—le preguntó.
—Hacia dentro —respondió él.
Ella también recordó el momento, y una oleada de deseo hizo que le diera vueltas la cabeza. Pero no era una muchachita inocente que se dejara aturdir por meras palabras. Se pasó el dedo índice por el escote.
La mirada de sus ojos azules la abrasó.
—Claro que, bien pensado —lo oyó decir—, si ese descocado escote es para mí disfrute personal... —Inclinó la cabeza.
La puerta se abrió y entró Arnaldo con una bandeja de plata en las manos.
—Un muchacho ha traído esto, signora —anunció.
Lanzani se puso firme, sin rastro alguno de deseo y con una expresión alerta y hosca en el rostro.
—Un golfillo muy sucio —añadió el mayordomo—. Me la ha dado y ha salido corriendo.
Acercó la bandeja a Lali. Esta cogió la nota. Arnaldo hizo una reverencia y volvió a salir.
Aunque intentó controlarse, le temblaron los dedos mientras desdoblaba el papel. Lanzani le rozó la mano, y eso bastó para detener los temblores.
—A las once esta noche —leyó en voz alta; las escuetas palabras estaban escritas con torpeza entre borrones de tinta—. La iglesia de San Giacomo de Rialto. Nada de máscaras.
Fueron unos minutos de puro nerviosismo. El mensaje llegó poco después de las diez, de modo que tuvieron poco tiempo para pensar, y muchísimo menos para prepararse. Sin embargo, Lali ya había trazado sus planes el día que Lanzani le contó el suyo para lidiar con esa tal Eugenia Suarez.
Entró un momento en el vestidor para recoger el paquetito que había preparado. Caridad ya había sacado su chal. Tras apenas cinco minutos, Lali corría escalera abajo en busca de Lanzani, que estaba acribillando a órdenes a los criados.
En un santiamén estuvieron en su góndola. No llevaban máscaras, tal cual les habían indicado, aunque no habría estado fuera de lugar en Venecia.
Una vez que se pusieron en marcha y estuvo segura de que Lanzani no podría mandarla de vuelta, se sacó el paquetito de debajo del chal y se lo colocó sobre el regazo. Estaba envuelto con un pañuelo de seda rosa y atado con cintas azules.
—¿Qué es eso? —preguntó él.
—Un regalo.
—¿Seda rosa? Entonces no es para mí.
Lali tragó saliva.
—Es para ella.
Lanzani miró el paquete que tenía entre las manos enguantadas y adornadas por las pulseras.
—¿Estás loca? —estalló—. ¿Un regalo? ¿¡Para Suarez!?
—En realidad es un soborno.
—¿Un soborno? ¿¡Un soborno!? ¿Te has vuelto loca? ¿Sabes con quién estás tratando?
Estaba furioso. Su expresión era la misma que la noche en que lanzó al enorme matón al canal.
—Estoy tratando con una mujer que quiere matarme —contestó—. Con una mujer.
—¡No conoces a esa clase de mujer! ¡No es como tú! ¡No es como Rocio! —Se detuvo para tomar aire. Cuando volvió a hablar, su voz era más calmada—. Reconozco la forma del paquete. Dime que no vas a hacer lo que creo que vas a hacer.
—Entró en mi casa —dijo—. Vio mis joyas. Seguramente las tuvo en sus manos. Pero las dejó atrás. Solo se llevó las esmeraldas.
—Las esmeraldas la vuelven loca, literalmente loca. Ya sabes, non compos mentis.
—Sigue siendo una mujer —insistió—. Dejó el resto de mis joyas. Eso tuvo que suponerle un tremendo esfuerzo y demuestra una voluntad de hierro.
—Vas a hacer que me tire de los pelos —dijo Lanzani—. ¿En qué estaba pensado cuando te invité a participar en todo esto? Debería haber sabido que se te ocurriría un plan desquiciado...
—Dijiste que conseguir las cartas se había convertido en un asunto de honor para ella —le recordó—. Le están pagando para que las consiga. Pero ¿y si yo le pago más? No creo que Rinaldi le dé ni una mínima parte de lo que valen estas joyas. —Lali dio un golpecito al paquete ovalado.
—No va a darle nada —la contradijo—. Ahí está el quid de la cuestión. Ha apostado por el bando perdedor. Eso es lo único que necesita saber. Esta es su última y única oportunidad de salir bien parada. Si yo hubiera podido preparar las cosas para que no escapara, lo habría hecho. Pero Zeggio fue incapaz de seguir el rastro a Piero y no tenemos la menor idea de dónde está Suarez. Es la única forma de hacer que salga a la luz... y no podemos contar con la posibilidad de que las fuerzas del orden aparezcan a tiempo. ¡Maledizione! —Se apoyó de mala gana en el respaldo del asiento—. Creí que teníamos más tiempo, de verdad. Esto es lo que me pasa por dejar que los sentimientos me afecten al cerebro. Esto es lo que consigo por guiarme por el corazón en vez de por la cabeza. Esto es lo que pasa cuando un hombre deja que una mujer lo lleve cogido por...
—¡Por Dios! ¡Cómo te pones por unas joyas de nada! —exclamó Lali.
—¡Soy un ladrón! ¡Un ladrón de joyas! ¿Tienes idea de lo que significa para mí verte tirar una fortuna en piedras preciosas?
Lo miró.
—Me hago una idea, sí —contestó—. Esto es casi mejor que una ópera.
Su forma de mirarla debía de ser la misma con la que sus antepasados italianos habían mirado a sus cónyuges molestos justo antes de ordenar que los envenenasen o los estrangulasen.
—Estás guapísimo cuando te enfadas.
Lanzani cerró los ojos.
En ese momento Lali pensó: «Va a tirarme por la borda ahora mismo».
Peter meneó la cabeza. Y se echó a reír.
Ella soltó el aire que había estado conteniendo.
—Eres imposible —dijo Lanzani.
—Ya te lo dije hace tiempo —repuso ella.
—También eres tonta —añadió—. Pero eso es irremediable. Yo también soy tonto. Me tenías tan embelesado esta noche que no pensaba con claridad. Son esas malditas perlas. Debí decirte que las dejaras en casa. No deberías llevar joyas.
—¿Un vestido de noche sin joyas? ¡Parecería una provinciana! Además, creería que le tengo miedo.
—Y no es cierto, ¿verdad? —preguntó él.
—¿Estás loco? Claro que tengo miedo. ¿Qué mujer en sus cabales no tendría miedo?
—Nadie lo diría, al ver tu magnífica fachada —comentó él.
—Mi parte posterior también recibe muchos halagos —replicó.
Lanzani le cogió una mano y se la besó. Como llevaba guantes, el beso no fue muy satisfactorio. Pero consiguió reconfortarla.
—Tú haces esto todo el tiempo —dijo—. Y otras cosas mucho más peligrosas. ¿Nunca tienes miedo?
—Supongo —contestó él—. A veces tengo miedo. Pero otras veces me encanta.
—¿Y ahora?
—Estaría más tranquilo si hubiéramos tenido un poco más de tiempo, si supiera con seguridad que Pablo y su gente están cerca. Pero el truco estaba en estar disponibles cuando llegara el aviso. Marta sabía que no tendríamos tiempo de reunir nuestros efectivos de la misma forma que nosotros sabemos que ella no podría reunir los suyos.
Ojalá estuvieran en lo cierto, pensaron.
Bueno, en todo caso sería emocionante, se dijo Lali. Y Lanzani no la había obligado a quedarse en casa, esperando. Estaría en el meollo del asunto, para bien o para mal. El corazón le latía acelerado, y quizá no se debía únicamente al miedo. A lo mejor también era por la emoción.
De todas formas, Lanzani seguía aferrándole la mano y no le había quitado el paquete, así que esperaba que todo saliera bien.
Lo vio volver la cabeza y siguió su mirada; estaba observando el puente de Rialto. Al cabo de un momento pasaron bajo este para llegar a la Riva del Vin, la amplia explanada paralela al Gran Canal en la que se organizaba uno de los mercados más bulliciosos de la ciudad.
La góndola se detuvo.
—Aquí nos bajamos —dijo Lanzani.


Mañana mas!!
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Lun Dic 05, 2011 12:02 am

Al fin los dos juntos!!!!
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Lun Dic 05, 2011 4:33 pm

CAPÍTULO 17



Se dice que su última despedida fue patética, como suelen ser las despedidas, o deberían ser, y que su presentimiento fue bastante acertado al pensar que nunca más volverían a verse.
(Una sensación un tanto morbosa, medio poética, que sé que ha afectado a más de dos o tres.)
LORD BYRON
Beppo


San Giacomo de Rialto, una iglesia antigua y muy modesta, se hallaba muy cerca del Puente de Rialto. A su lado estaba la Ruga Degli Orefici, una calle llena de platerías y orfebrerías. La iglesia dominaba la habitual plaza, en uno de cuyos laterales se alzaba la estatua de algún personaje de relevancia histórica. En ese preciso momento Peter no conseguía recordar de quién se trataba.
La calle y la plaza estaban abarrotadas durante el día de artistas, comerciantes y turistas que salían de sus hoteles. A esa hora, sin embargo, los trabajadores se habían acostado y las clases altas estaban en la ópera o en otros espectáculos, por lo que no había ni un alma.
Suarez había escogido muy bien el momento.
También había escogido una buena noche. El cielo estaba despejado y la luna menguante, cuya luz bañaba la plaza, se veía claramente. Aunque había muchas sombras, no le resultaría sencillo ocultar a una banda de malhechores, de la misma manera que él no podría ocultar a guardias ni soldados.
Cuando llegaron a la plaza, alzó la mirada hacia el hermoso reloj del campanario... y frunció el ceño.
—No pierdas el tiempo mirando ese reloj —le aconsejó Lali—. No ha dado bien la hora desde que lo instalaron, hace dos o tres siglos.
—Espero que Suarez lo sepa —replicó, sin perder detalle de los alrededores, igual que había hecho durante el trayecto en la góndola. No había visto nada fuera de lugar. Tal como le había asegurado a Lali, las posibilidades de tender una trampa (por cualquiera de las partes) eran escasas. Él no había tenido bastante tiempo para organizar un ataque, y dudaba mucho que Suarez hubiera tenido tiempo o ganas de hacer lo propio.
A Eugenia le gustaría que la cosa fuera así. Sencilla. Como un duelo. Dos actores principales y dos secundarios. ¡Qué fácil era comprenderla!
Le resultaba muy sencillo comprender a la mayoría de las mujeres. Donde otros hombres veían un sinfín de complicaciones e ideas contradictorias, él veía unos principios de funcionamiento muy simples. En el pasado había utilizado dichos principios para manipular tanto a Suarez como a un buen número de mujeres. Y creyó que podría utilizarlos para manipular a Lali Esposito.
Ese fue su primer error.
Sin embargo, no tuvo tiempo de reflexionar sobre el resto de sus errores porque atisbo un movimiento entre las sombras del pórtico de la iglesia.
Un instante después, Eugenia Suarez salía dejas sombras con Piero a su lado.
La vio caminar hacia el centro de la plaza. Se había recogido la larga melena negra en una trenza que colgaba por encima de un hombro. Nada dé volantes, frunces y plumas para Eugenia.
Aunque pareció hechizada al ver el tocado de perlas de Lali. Mientras lo miraba, una sonrisa burlona asomó en sus labios. Sus ojos pasearon indecisos un instante entre el tocado y él, pero cuando se clavaron definitivamente en su persona, ya no sonreía.
Se había quedado de piedra.
—Tú.
—Veo que me recuerdas —dijo Peter—. Me siento halagado.
—Yo también te recuerdo —terció Piero—. Recuerdo lo que me hiciste. Has sido un imbécil al venir. Deberías haber mandado al príncipe. No tengo nada contra él.
Suarez miró a su secuaz.
—Este es el demonio que estuvo a punto de arrancarme el brazo —explicó Piero—. Este es el que amenazó con torturarme y el que intentó asustarme diciéndome lo que me harías.
La sonrisa burlona de Suarez regresó mientras recorría los últimos metros que los separaban.
—Estupendo —dijo ella—. Mucho mejor de lo que me había imaginado. —Miró a Lali—. ¿Tienes algo para mí, gran dama? ¿Un fajo de cartas? ¿O lo lleva tu cavalier servente con tu abanico y tu pañuelo?
Lali sacó el paquetito de entre los pliegues de su chal.
—No me fiaría de él —dijo—. Podrían entrarle ganas de salir corriendo y llevárselo.
Suarez soltó una carcajada mientras esos ojos negros se clavaban de nuevo en él.
—¿No te has ganado su confianza como te ganaste la mía? A lo mejor la has decepcionado en la cama. A lo mejor la tenías muy cansada después de saltar de cama en cama por toda Italia.
—Ah, pero nunca se cansa —le aseguró él—. A veces se aburre, pero nunca se cansa. El único problema ha sido que la dama y yo no nos poníamos de acuerdo sobre los papeles que tu amigo inglés desea con tanta desesperación.
—Cierto, cierto. Los desea muchísimo más de lo que nunca deseó a su esposa. —Suarez miró a Lali de arriba abajo—. Pero su padre tenía dinero y sus amigos eran influyentes. Por eso se casó con ella, como entenderás. Cuando se quedó con todo su dinero y con todos sus amigos, podría haberla matado, pero se apiadó de ella y solo se divorció.
—Fue encantador, sí —dijo Lali—. Un gesto muy generoso por su parte.
—Le dije que estaba siendo demasiado bueno —continuó Eugenia—. Pero tú... ¿vas a aprovechar la oportunidad que te dio, gran dama? ¿O vas a desperdiciarla con este? —Señaló a Peter con un gesto de cabeza—. Tiene el corazón negro y vale menos que una falsa moneda. Es un ladrón y un puto.
La cosa no marchaba bien. Suarez estaba a punto de sufrir uno de sus arrebatos de furia y no tenía muy claro en qué estado se encontraba Lali.
Teniendo en cuenta la situación, a lo mejor debería haber explicado a Lali lo de la misión en Roma.
—Vero —dijo Peter, intentando que su voz sonara contrita, tal como correspondía.
Ni la admisión ni el tono arrepentido de su voz captaron la atención de Eugenia. Seguía despotricando contra él, pero quería provocar a Lali con la esperanza de que la dama inglesa dijera o hiciera algo impulsivo, y le diera de ese modo una excusa para empuñar su cuchillo.
Sin embargo, Lanzani sabía que no debía mirar a Lali ni intentar avisarla. Ella parecía indiferente. Lo que le recordó lo buena actriz que era.
Eugenia no era una buena actriz. Demostraba claramente sus sentimientos y el hecho de que era fácil azuzarla.
—Un mentiroso compulsivo, un tramposo y un gran puto —insistió Eugenia, para hostigar a Lali—. ¿Has renunciado a un príncipe por este? Yo no renunciaría ni a un mendigo ciego por él... ¡Ni a un tullido ciego con pústulas en el nabo! ¡Vaca imbécil, vaya perdedores eliges!
«Vaca», como seguramente sabría Lali, era un insulto mayúsculo.
—Sí, soy una vaca imbécil —dijo Lali con su sonrisa más gélida. Se tocó las perlas que llevaba al cuello—. Los hombres ricos me cubren de joyas mientras que tú...
—¡Yo tenía joyas! —gritó Eugenia—. Esmeraldas. ¿Te ha dicho este que me hizo el amor dulcemente solo para robarme mis preciosas esmeraldas antes de salir corriendo?
—Así que por eso te llevaste las mías la otra noche, cuando te hiciste pasar por monja —dijo Lali—. ¿Querías sustituirlas?
—¡Las mías eran mejores!
—Más grandes —la corrigió Peter—. Un juego de piedras enormes, muy vulgares y de inferior calidad.
—¿Vulgares? —Los ojos de Eugenia comenzaron a echar chispas.
Sin embargo, solo consiguió distraerla, llamar su atención, un instante. Él no le interesaba. Lo que deseaba era la costosa ropa y las magníficas joyas de Lali. Eugenia Suarez estaba celosa por esas cosas, no por un hombre insignificante, por un amante pasajero. Él solo era un complemento más con el que atormentar a una mujer tan lujosamente ataviada.
—¿Qué importa eso? —preguntó Lali, restando importancia al asunto con un gesto de la mano.
Ah, a Eugenia le iba a encantar ese gesto tan arrogante...
—No hemos venido paira discutir sobre quién tiene las mejores joyas —prosiguió Lali—, las más grandes, o sobre quién se deja mangonear por un hombre infiel y cruel.
—Tu Mateo me es fiel —afirmó Eugenia al tiempo que se tocaba el generoso busto con el dedo pulgar.
—¿De verdad? ¿Lo conoces en persona?
¿Qué demonios estaba hacienda Lali? ¿Intentaba provocarla deliberadamente?
¿O solo estaba intentando ganar tiempo para que Pablo y sus hombres llegaran?
—Lo conozco desde hace mucho tiempo —contestó Eugenia—. Desde hace años. Mucho antes de que se casara contigo. Después de que se casara contigo. Me mantiene en una preciosa casa en Londres. Cuando voy a visitarlo, me da todo lo que le pido. Haga lo que haga por él, me recompensa con generosidad. Cuando tengo problemas, hace que los problemas desaparezcan. Pero ya he perdido mucho tiempo hablando contigo. Dame las cartas.
—¿Hace todo eso? —preguntó Lali—. ¡Madre del amor hermoso, sí que tiene que estar ocupado! Y tú eres... ¿qué? ¿Su amante número cincuenta y dos? ¿La ochenta y siete? Con razón necesitaba una esposa rica.
—Yo soy la primera, siempre —le aseguró Eugenia.
—Johanna Ide se sorprendería si te escuchara —replicó Lali—. Claro que ella está en Londres con él todo el tiempo, y tú no.
Eso dejó a Eugenia desconcertada un momento.
—No conozco ese nombre.
—Claro que no lo conoces. ¿Por qué iba a hablarte de su lady Macbeth?
—No me importan sus hombres —aseguró Eugenia con la barbilla en alto—. Las demás solo son putas, y los hombres deben tener sus putas, como tú bien sabes. Pero ya he perdido mucho tiempo. Las cartas, gran dama.
—Ay, querida, espero que no dependas demasiado de mi antiguo marido —le advirtió Lali—. Porque no será capaz de seguir haciendo todo lo que has dicho... La casa a tu disposición, las recompensas y la desaparición de los problemas...
Eugenia entrecerró los ojos y la mano que tenía extendida a la espera del paquete se movió hacia su cintura, donde llevaba el cuchillo.
Peter se tensó a la espera del ataque.
—Lo siento —prosiguió Lali como si nada—. Nunca he trabajado en plena calle, como tú hacías, y por eso siempre me han dado miedo las citas nocturnas con extraños en lugares solitarios. Ayer fui en góndola a San Lázaro y le di las cartas a un caballero inglés. Van de camino a Inglaterra ahora mismo. Pero no van dirigidas a tu querido Mateo. Yo que tú renunciaría a él y me buscaría otro hombre. Una mujer hermosa como tú, que sigue siendo joven... Puedes encontrar a otro mejor, otro que no te haga trabajar tan duro mientras mantiene todo un harén en Inglaterra y promete a un montón de mujeres las mismas cosas que a ti.
Eugenia había ladeado la cabeza. Estaba prestando atención e intentaba entenderlo todo. Sin embargo, era imposible adivinar lo que estaba pensando. Debería haber caído en la cuenta de que Lali no seguiría sus reglas, pensó Peter.
—Es una broma —dijo Eugenia a la postre—. Veo las cartas en el paquetito que llevas en la mano.
—¿Te refieres a esto? —Lali levantó el paquete—. Bueno, sí, la verdad es que tiene gracia. Me dabas lástima por todas las malas pasadas que los hombres te han jugado. Me dabas lástima por todas las molestias que te has tomado.
Eugenia le quitó el paquete de las manos. Sin embargo, era lo bastante femenina para no cortar los lazos. La vio recorrer la plaza con la mirada —recordaba a un ave de presa en busca de su cena— antes de desatar las cintas. Cuando apartó el envoltorio de seda, apareció un estuche. Se metió el bonito envoltorio y las cintas en el corpiño y luego lo abrió.
En el interior brillaba un precioso juego de zafiros, el que Lali llevaba puesto la primera noche que la vio.
Eugenia jadeó.
Y él contuvo un gemido. Cualquier ladrón que se preciara habría sentido lo mismo.
—Son tuyas —dijo Lali—. Por las molestias. Cógelas y vete. Antes de que sea demasiado tarde.
—No vas a conseguir nada más de nosotros —añadió él—. Nunca conseguirás las cartas y Rinaldi ya no podrá sacarte de más problemas. Si estuviera en mis manos, acabarías en la horca. Pero yo no pinto nada. Esta dama cree que te mereces algo por las molestias que te has tomado. Yo no soy de la misma opinión, te lo aseguro. De cualquier manera, yo que tú me largaba de aquí mientras pudiera, antes de que lleguen los soldados.
Eugenia retrocedió un paso. Se volvió. Y se dirigió a Piero en su lengua materna.
—Mátalos —le susurró.
Piero había sacado el cuchillo antes de que hubiera terminado de darle la orden siquiera.
—Con gusto —contestó el rufián, y a continuación se abalanzó sobre ellos.
Peter apartó a Lali y extendió un brazo para agarrar a Piero por la muñeca. Acto seguido, se volvió de tal modo que dio la espalda a su atacante, cuya altura y corpulencia eran menores, y aprovechó el impulso y su propio cuerpo para arrebatarle el cuchillo. Piero, que aunque bajito era un hueso duro de roer, se defendió y le rodeó el cuello con el brazo libre.
Para contrarrestar el agarrón, Peter se inclinó hacia delante y levantó a su atacante del suelo, tras lo cual se lanzó al suelo de espaldas. Piero cayó primero y él lo hizo encima. Oyó cómo se golpeaba la cabeza con los adoquines y después el ruido metálico del cuchillo al caerse de su mano.
Se levantó de un salto y echó un vistazo a su alrededor.
Eugenia se había ido, menos mal.
Pero ¿dónde estaba...?
Recorrió la plaza con la mirada, presa de los nervios. No había nadie. La plaza estaba desierta.
Salvo por el hombre que yacía inerte sobre los adoquines.
Corrió por la Ruga Degli Orefici. Cuando llegó al puente, oyó un chillido y un chapoteo.
—¡Lali!—gritó.
Atravesó corriendo la Riva del Vin hacia el lugar de donde procedía el chillido.
El silencio inicial, fruto de la sorpresa, dio paso a la algarabía de los gondoleros. Esa parte del canal era muy oscura debido a las sombras de los edificios, de modo que resultaba difícil distinguir siluetas. Aminoró el paso con el corazón desbocado. Había gente señalando hacia el agua.
—¡Allí! —gritó alguien.
—¡No, allí! —exclamó otro.
—¡La veo!
—¡No, está allí!
Y al final escuchó la voz brusca de una mujer con acento inglés.
—¡Allí! ¡Rápido! ¡Por allí! ¿No lo veis?
—No, signora. Allí no hay nadie. Solo es un trozo de madera.
Peter corrió hacia ella y la abrazó con fuerza.
—Estás a salvo. ¡Por el amor de Dios! Me has dado un susto de muerte. —Le besó la coronilla, sobre el moño torcido—. Estás a salvo, cuore mio. —La aplastó contra su pecho.
Pero ella comenzó a forcejear.
—Lanzani.
La abrazó con más fuerza. Sus movimientos eran estupendos. Igual que lo era tenerla entre los brazos. Jamás volvería a soltarla.
—Lanzani —protestó otra vez mientras Lali forcejeaba.
Siguió abrazándola.
Hasta que le dio un pisotón.
La soltó y la miró estupefacto.
—Esa mujer—dijo Lali.
«¿Esa mujer? ¿Qué mujer?», se preguntó.
En ese momento recordó lo que había olvidado por culpa del pánico mientras corría. Eugenia Suarez. Había huido... y Lali la había perseguido.
—¡Eres idiota! —Exclamó él. La cogió por los hombros y la zarandeó—. No vuelvas.... —zarandeo— a hacerlo... —zarandeo— jamás.
Lali se apartó de él.
—¿Me estás diciendo que querías que me quedara para ayudarte a luchar con ese tipo tan bajito?
—Lo que quería era que te quedaras quietecita y que no me dieras un susto que me ha quitado diez años de vida —respondió—. Podría haberte arrinconado entre las sombras y rajado la cara. ¿Sabes lo que habría disfrutado desfigurándote?
—Lo sé perfectamente. Pobre ignorante... se dejó manipular por Rinaldi. Si de verdad ha estado en la preciosa casa de Londres, Rinaldi tuvo que echar a su anterior inquilina. Y seguro que estaba consumida por los celos todo el tiempo. O no. Rinaldi le habría dicho: «Ma amo solo te, dolcezza mia».
«Pero solo te quiero a ti, amor mío.»
Él mismo le había susurrado esas palabras, en broma, la noche que la atacaron por primera vez, cuando ella lo tomó por uno de los atacantes.
—Para los hombres es muy fácil decirlo —comentó ella—. Pero nunca lo dicen de verdad.
—Ma amo solo te, dolcezza mia —le dijo—. Y lo digo de verdad.
Lali lo miró en silencio y eso hizo que se ruborizara.
—Si me hubiera desfigurado, ¿seguirías sintiendo lo mismo? —preguntó ella a la postre.
Tenía la respuesta, la más habitual, en la punta de la lengua: «Por supuesto que seguiría sintiendo lo mismo». Pero ¿era verdad? Sin embargo, el quid de la cuestión era arriesgarse a decirle la verdad, aunque la respuesta no fuera la ideal.
—No lo sé —contestó él.
La vio abrir los ojos de par en par.
—Eso es sinceridad, y lo demás, tonterías.
—Pero no lo sabremos nunca, ¿verdad? —le preguntó Peter. Clavó la mirada en el canal, donde los gondoleros y los ocupantes de otras embarcaciones proseguían con la búsqueda—. Creo que sabe nadar. Pero aun así... ¿con las faldas y la enagua? No sé. No estamos hablando de un canal secundario, sino del Gran Canal, con sus fuertes corrientes. No estoy seguro de que una mujer ataviada con tanta ropa pueda luchar contra eso.
Guardaron silencio un momento mientras oían las voces de los gondoleros y observaban la búsqueda, aunque no se veía mucho porque la noche ya no era tan clara. Peter miró hacia el cielo. La luna menguante estaba oculta tras unas nubes.
—No sé si sentirme triste o aliviada —confesó Lali—. ¡Esa mujer está medio loca! Los zafiros... valen una fortuna.
Él se mordió la lengua para no soltar un «Te lo dije».
—Entiendo que estuviera furiosa con nosotros, pero... ¡qué poco práctica es! —prosiguió ella—. Si tuviera un poquito de sentido común, por no hablar de un mínimo de educación, nos habría dado las gracias y se habría ido. En cambio, va y ordena a su hombre que te mate. Porque supongo que eso fue lo que le dijo. Lo entendí casi todo, pero esa última parte se me habría escapado si no le hubiera visto sacar el cuchillo con esa expresión tan desagradable.
Peter no pudo preguntarle cómo había logrado entender tan bien el italiano barriobajero de Eugenia, porque se percató de que Zeggio se acercaba con otro gondolero.
—Hemos pedido más faroles, signore —dijo el hombre—. Pero las nubes que han cubierto la luna hacen que sea casi imposible encontrarla. Puede esconderse en muchos sitios. O puede estar en el fondo del canal o rumbo a mar abierto. Pero este hombre, mi primo, ha encontrado algo.
El primo de Zeggio le dio una caja.
—Zeggio dice que cree que esto pertenece a la dama. Espero que el agua no lo haya dañado.
—Supongo que esto era lo que estabas buscando, ¿verdad? —preguntó Peter a Lali dándole la caja.
La observó mientras la abría. Los zafiros seguían en su interior, sujetos al forro de terciopelo.
—Qué tonta —murmuró ella—. Ni llegó a ponérselos.
—¿Por eso la perseguiste? —quiso saber—. ¿Para recuperarlos?
Lali cerró el estuche.
—No estoy segura. Tal vez. Estaba furiosa. Quería arrancarle los pelos.
—Espero que no hayas vuelto a arriesgar el pescuezo por mi despreciable persona —dijo él.
—No seas tonto —replicó—. Estaba furiosa porque hizo trampa. Intenté jugar limpio con ella. Intenté ser comprensiva, y ella... —Frunció el ceño—. Ahora que lo pienso, es bastante comprensible. De haber estado en su lugar, yo también habría querido matarte.
En ese instante Peter se dio cuenta del jaleo que se oía tras ellos. Más voces.
Se dio la vuelta. Rocio y Pablo corrían hacia ellos. Rocio abrazó a Lali con fuerza.
—No estás herida —dijo la recién llegada—. Tenía tanto miedo que casi no podía pensar.
—Yo también he tenido miedo, créeme —le aseguró Lali—. Pero ya estoy bien.
—Hemos venido lo antes posible —dijo Pablo—. Pero creo que ya ha terminado todo.
Lali echó un vistazo a su alrededor, a los gondoleros que seguían buscando, y después clavó la mirada en el estuche que había intentado dar a una mujer que no entendía de gestos generosos. Después lo miró un instante antes de apartar la vista.
—Sí, ha terminado —dijo—. ¿Por qué hay tanta luz?
Acto seguido, se cayó redonda al suelo.

Espero que os guste!!! mañana mas!!!
Muchos besos
Ione
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Vero_me
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Mar Dic 06, 2011 11:57 am

Hola holaa!!! Bueno se acerca el final y me da penita.
Pero bueno supongo que queda lo mejor no?

Espero que estés bien guapísima
Un besito, nos vamos hablando.
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Mais020291
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Mar Dic 06, 2011 12:32 pm

Cuánto falta para el final?
No quiero que termine Sad
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Mar Dic 06, 2011 1:01 pm

Mais020291 escribió:
Cuánto falta para el final?
No quiero que termine Sad


Falta un capitulo y el epilogo...
A mi tambien me da pena que se termine...
Muchos besos guapa!!
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Ione_nav
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MensajeTema: Re: La Cortesana   Mar Dic 06, 2011 5:51 pm

CAPÍTULO 18


Por ejemplo... esos caballeros cuyas esposas se toman la libertad de
exceder los derechos escritos de la mujer, incumpliendo el... ¿qué
mandamiento es el que incumplen?
(He olvidado su número, y creo que ningún hombre debería apresurarse
a decirlo, por temor a equivocarse.)
LORD BYRON
Don Juan, Canto I



Se había desmayado porque no estaba acostumbrada a correr, les aseguró Lali, ya en la góndola, para tranquilizarlos. Por suerte, era la góndola de Pablo, una embarcación grande y recargada de las que se utilizaban en los actos oficiales. Sin embargo, a los príncipes se les permitía considerar oficial cualquier acto, razón por la que en ese momento viajaban mucho más cómodos que en su propia góndola, bastante más estrecha.
—¿Has corrido alguna vez llevando un corsé? —le preguntó a Peter—. ¡Bah! No sé ni para qué te pregunto, seguro que lo has hecho. En cualquier caso, eres un hombre y tus pulmones son más grandes.
—No deberías haber corrido tras ella —replicó él, frotándole con demasiada fuerza las muñecas.
—Nada de sermones —lo reprendió Rocio—. Ha corrido un gran riesgo por usted. Incluso se ha mostrado amable y amistosa con su antigua amorosa.
—Suarez no es mi antigua amorosa —puntualizó él.
—¿Qué es entonces? —preguntó Lali—. Desde luego, le has dejado huella. Si no recuerdo mal, dijo algo sobre «hacer el amor dulcemente».
—Es un hombre —justificó Pablo—. Es normal que quisiera ser dulce y romántico con ella. ¿O acaso es un patán? ¿Cómo se dice, cariño mío? La palabra que tú utilizas para ese tipo de personas, ignorantes y carentes de modales.
—Da cafone —contestó Rocio—. Creo que esa es la expresión a la que se refiere, Excelsísima.
—Sí, eso. Un hombre ignorante y sin educación no tiene en cuenta los sentimientos de la mujer. Sin embargo, un caballero de verdad siempre es galante, aunque la mujer esté en una posición inferior.
—¿Se refiere a cuando la tiene debajo, Absolutísima? —le preguntó Rocio.
—Sabes muy bien a lo que me refiero, niña mala —respondió Pablo; luego chasqueó la lengua y añadió—: Haces unas bromas muy graciosas con las palabras. Escandalosas, pero graciosas. No debo olvidarlo nunca.
—Suarez solo fue un asunto de negocios —aclaró Lanzani en un tono infinitamente paciente—. Le dejé huella porque le robé las esmeraldas. Que, por cierto, no eran suyas. Se las había robado a su legítimo dueño.
—¿También fuiste romántico con la legítima dueña? —preguntó Lali.
—No —masculló él—. Se las devolví a su dueño, un hombre, y nada más. Da la casualidad de que pertenecían a las joyas de la Corona de cierto país, y los dueños originales hicieron un trato por el cual cedían algo muy valioso a ciertas personas para las que yo trabajaba. Y eso es todo lo que voy a decir sobre el tema.
—Política —apostilló Pablo mientras asentía con la cabeza—. Sé mucho de estas cosas. Señoras, les ruego que dejen la curiosidad a un lado. Señor Lanzani, debemos hablar con el gobernador. Tiene que saber cuanto antes lo que ha pasado en la Riva del Vin. Dígame qué debo decirle, porque no quiero meter la pierna.
—Lo mejor será ir al Palacio Ducal —aconsejó Lanzani—. Alguien tiene que despertar al conde de Goetz para darle las noticias. Lo mismo da que lo hagamos nosotros. Pero tú... —Hizo una pausa para mirar a Lali sin soltarla de la mano. Su mano era grande y tibia—. Antes vamos a dejarte en tu casa y tienes que prometerme que vas a irte directa a la cama.
—Lo prometo —accedió—. No tengo ganas de discutir. Ni siquiera tengo energía para hacer un escandaloso comentario que vaya con segundas. —Miró a Rocio—. Eso te lo dejo a ti, querida.
—No, no —dijo su amiga al tiempo que le cogía la otra mano y se la llevaba a la mejilla—. No puedo bromear con este asunto. Sé que estás cansada y preocupada. Me quedaré contigo esta noche. Que sean los hombres quienes hagan lo que tengan que hacer con sus cosas de hombres, sus argucias, sus conspiraciones y su política. Es aburridísimo. Por mi parte, yo prefiero comer y beber algo, y después quedarme quietecita sin hacer nada de nada. Pondremos los pies en alto cerca del fuego y a lo mejor nos entretenemos contando los pequeños penes del techo.
—Me parece maravilloso —asintió Lali.
—Y mañana por la noche, cuando hayamos descansado y volvamos a ser las mismas de siempre, iremos a la ópera.
—Un plan excelente.
—Y a lo mejor dejaremos que los hombres nos acompañen, si prometen no hablar de la aburrida política ni de otras mujeres a las que les rompieron el corazón.
—Yo no le he roto el corazón a nad... —protestó Lanzani.
—Diga «Sí, lo prometo» —lo interrumpió Pablo—. Acceder es más fácil.
—Sí, lo prometo —dijo Lanzani.
Lali y Rocio pasaron una agradable noche juntas. En lugar de sentarse en el Puttinferno, lo hicieron en su gabinete privado, donde comieron un poco, bebieron otro poco y hablaron por los codos. Cuando fueron incapaces de mantener los ojos abiertos, se metieron en la enorme cama de Lali y siguieron charlando con voz adormilada de cosas sin importancia hasta que el sueño las venció.
No había nada de malo en tener a un hombre en la cama, tal como decía Rocio. De hecho, era todo lo contrario por regla general. Sin embargo, en ocasiones era mejor estar sola. Y en ocasiones era mejor estar con una buena amiga.
Estar con su amiga aplacó el torbellino de pensamientos de Lali. Porque con Rocio podía hablar libremente de Rinaldi, de Eugenia Suarez y de por qué sentía lástima por ella y la odiaba al mismo tiempo. Además, sabía que Rocio le estaba hablando de corazón al decirle que había hecho lo correcto al ofrecerle los zafiros; al decirle que había actuado de forma decente y generosa; y al asegurarle que no tenía la culpa de que la otra mujer fuera demasiado ignorante para apreciar el gesto.
Otro punto a su favor era que Rocio también comprendía por qué la había perseguido.
—A mí me habría encantado zarandearla hasta que le castañetearan los dientes —reconoció su amiga—. «¿¡Cómo puedes ser tan idiota!?», le habría dicho. «¿Por qué te arriesgas a acabar en la horca o decapitada... por un hombre? ¿Alguno lo merece? ¿Dónde te has dejado el seso?» ¿Sabes lo que yo habría hecho si estuviera en su lugar? Te habría hecho una elegante reverencia y te habría dicho: «Gracias, señora. Es un regalo precioso. Y ese hombre que la acompaña... ahora que lo miro de cerca, no creo haberlo visto en la vida. Adiós». Y después le habría dicho al hombre que iba conmigo que guardara el puñal. «Venecia es muy húmeda», le habría dicho. «Vámonos bien lejos, a otro sitio donde haya menos agua y hablen un idioma comprensible.» Eso habría hecho.
—Pero tú nunca te pondrías en esa situación —replicó Lali—, porque tienes cerebro y buen corazón.
—De todas formas, recemos siempre: «Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy».
Y gracias a esa conversación y tras la perla filosófica que acababa de soltar su amiga, Lali descubrió que la invadía una tranquilidad que hacía mucho que no sentía. Tal como le había dicho a Pablo, todo había acabado.
El interminable y peligroso juego con Rinaldi había acabado por fin. Había puesto punto y final a esa etapa de su vida, y se sentía satisfecha.
Hasta ese momento no se había percatado de que durante todo ese tiempo había llevado una espinita clavada en el corazón. Y lo había descubierto justo en ese momento porque había desaparecido y por fin podía respirar libremente.
En cuanto a Lanzani...
—Creo que es de los que hay que conservar —fue la conclusión de Rocio cuando ella sacó el tema—. Ya sabes, como la condesa de Monet con su devoto Rangone. Creo que Lanzani te profesa la misma devoción.
—Ya veremos —repuso Lali medio dormida—. ¿Y Pablo?
Rocio esbozó una soñolienta sonrisa.
—¡Mmm, es delicioso! Me temo que se aburrirá de mí mucho antes de que me aburra yo de él. Ese es el riesgo que corro. Pero lo he aceptado con los ojos abiertos. —En ese momento sus preciosos ojos castaños se cerraron y se quedó dormida.
Lali estaba en el palazzo de Magny al día siguiente por la tarde. El conde le había enviado una nota en la que le exigía que le contase lo sucedido, ya que le habían llegado unos rumores de lo más ridículos.
No le gustó su descripción de los hechos. Aunque tampoco ella esperaba que le gustase. Magny protestó al enterarse de que había acudido a una cita con una criminal en plena noche y en una plaza desierta. Protestó cuando se enteró de que había ofrecido sus zafiros a una delincuente trastornada. La furia lo dejó sin palabras cuando le contó que había perseguido a Eugenia Suarez hasta el borde del canal.
—¿Es que te has vuelto loca de atar? —le preguntó cuando recuperó el habla.
—Estaba enfadada —respondió.
—¡Hasta aquí hemos llegado! —sentenció él—. De ahora en adelante...
La frase se quedó en el aire ante la aparición de un criado, que entró para anunciar que el señor Lanzani solicitaba permiso para ver al conde.
—Por supuesto que tiene permiso para verme —replicó con irritación—. No entiendo toda esta pompa —añadió cuando el criado se fue—. Ya me envió una nota esta mañana. Dice que tiene que discutir conmigo un asunto privado.
El supuesto conde se puso en pie y se acercó a su escritorio.
—Mira. —Alzó un trozo de papel grueso y costoso.
Lali, que lo había seguido, le quitó la nota. Solo contenía unas cuantas líneas.
—Qué formalidad —comentó, mirando a su padre con las cejas enarcadas.
—Me apuesto lo que quieras a que tiene algo que ver con mi identidad prestada —dijo en voz baja—. Supongo que Quentin ha estado haciendo preguntas incómodas.
—El signor Lanzani.
El criado se apartó para que el señor Lanzani entrase. Iba mucho más elegante de lo habitual, con un frac azul marino y un chaleco estampado con cuello de tirilla, sin solapas. Sus níveos pantalones blancos quedaban sujetos a las botas por unas cuantas trabillas.
Lali dejó caer la nota como si tal cosa sobre el escritorio.
Lanzani la saludó con excesiva formalidad y ella le siguió la corriente, encantada. Tras un breve intercambio de trivialidades, ella le dijo:
—Sé que deseabas un encuentro privado con monsieur. Nos veremos más tarde. ¿En La Fenice? —Pasó por su lado y dejó que sus faldas le rozaran las piernas mientras murmuraba—: Quizá podrías ir con tu disfraz de criado. Sería muy... excitante.
—Quizá —repuso él antes de decir en voz más alta—: No hace falta que te marches, Esposito. Puedes quedarte para escuchar lo que tengo que decir al conde de Magny.
Lali sentía curiosidad. El hombre que fingía ser Magny exigía saberlo todo de ella. Sin devolverle el favor. El ejemplo más claro de esa actitud fue su renuencia a comunicarle que no había muerto. Se limitó a aparecer un día en París, dándole un susto de muerte.
Lanzani se dirigió, al irritante padre de Lali.
—Señor, no voy a aburrirle con pamplinas sentimentales. Se lo diré directamente y sin rodeos: me gustaría tener su permiso para casarme con su... esto... con la dama aquí presente.
Eso la dejó boquiabierta.
Magny estaba, si cabe, más sorprendido que ella.
—Acaba de dejarme sin aliento —dijo con voz baja y entrecortada, llevándose la mano al corazón—. ¿Está seguro? De querer casarse con ella, me refiero.
—No veo otra alternativa —respondió Lanzani.
Cuando por fin recuperó el sentido común y el habla, Lali intervino en la conversación.
—Yo sí, pero ¿matrimonio?
—Sí, por favor—respondió él—. Estoy tan enamorado de ti que me da miedo.
—Sí, lo sé, pero ¿matrimonio? ¿Es que te has vuelto loco? ¿Por qué quieres arriesgarte a estropear una relación estupenda con el matrimonio?
—Porque solo te quiero a ti, cariño.
—Por supuesto, pero yo no estoy segura de quererte solo a ti —repuso.
—Lali, por favor—terció su padre—. Tienes delante a un hombre dispuesto a hacer de ti una mujer respetable a pesar de todo lo que has hecho...
—¡No quiero ser una mujer respetable! ¿Cuándo os va a entrar a los dos en esa mollera tan dura que tenéis?
—Lo único que quiero es verte feliz y con la vida resuelta, niña —dijo Magny—. Y preferiría que los disgustos no me llevaran a la tumba antes de tiempo. Y que sepas que esa no es forma de hablar a tu... ejem... a las personas mayores.
—En ese caso, no hablaré. —Y salió de la estancia hecha una furia.
Para su mortificación y disgusto, Lanzani no la siguió.
Enfiló el portego caminando con rapidez, pero no pudo evitar agudizar el oído para comprobar si la seguía. Nada.
Bajó deprisa la escalera hasta llegar a la planta baja y salió para montarse en su góndola.
Magny miró a Lanzani.
—¿Está seguro de que quiere casarse con ella?
—Sí.
—Tiene un carácter imposible.
—Igual que yo. Los nervios le han hecho perder la compostura.
Magny miró hacia la puerta por la que Lali había hecho su melodramático mutis.
—¿No va a seguirla, a postrarse de rodillas, a jurarle devoción eterna y demás pamplinas nauseabundas?
—No.
—En fin, en ese caso, ¿le apetece algo de beber?
—Sí. Sí, se lo agradezco.


Esa noche
Lali contemplaba con resentimiento desde la ventana de su góndola la fachada de Ca' Munetti, donde ningún amante devoto había regresado. Un amante devoto que ni siquiera le había enviado una nota. El muy sinvergüenza.
No le importaba, se dijo mientras la góndola seguía su camino y dejaba atrás las dos casas para que siguieran contemplándose frente a frente. Esa noche pensaba pasárselo en grande.
Estrenaba un vestido que acababan de entregarle esa misma tarde, un golpe de suerte, ya que había perdido dos —¿o eran tres?— de sus mejores vestidos. Y ella era la única culpable de haberse enredado con un sinvergüenza. Y un tirano, para más inri.
Casarse con él... ¡ja!
Recordó el maravilloso poema, perteneciente al inacabado Canto III de Don Juan, que Byron le había enviado.
Hay, sin duda, algo en la vida doméstica que conforma, de hecho, la antítesis del verdadero amor; los romances nos cuentan con todo detalle los noviazgos, pero dicen bien poco de los matrimonios.
Y con toda la razón, pensó. No había nada como el matrimonio para acabar con un maravilloso romance.
Y nada como un poco de rivalidad y de celos para que un hombre recobrara el sentido común.
El vestido nuevo estaba confeccionado con crepé negro ribeteado con un festón de satén del mismo color bordado con hilos plateados. Tanto el escote como la espalda eran muy bajos. Comparado con los otros vestidos, era casi sencillo. De ahí que fuese el marco perfecto para lucir sus maravillosos diamantes, cuya pieza principal era el collar con las piedras talladas en forma de lágrima. Los pendientes, largos y recargados, eran unos de sus preferidos.
Se había imaginado sentada en su palco, enmarcada por el fondo de las cortinas azules mientras coqueteaba con todos los hombres apuestos que entraran. Eso enseñaría a Lanzani a dar por sentada su opinión.
Menuda ocurrencia la de ir a pedir su mano a su padre. Como si fuera una jovencita recién salida del aula, sin opinión alguna y sin la menor experiencia acerca del matrimonio...
De repente Lali vio que aparecía una silueta oscura en la fondamenta, justo cuando la góndola estaba a punto de doblar la esquina para enfilar el siguiente canal. Una silueta alta y...
Y que saltó con agilidad a la góndola. La embarcación acusó el brusco movimiento.
Uliva soltó un juramento, al igual que Dumini.
—¿Qué queréis que haga? —preguntó una voz grave y familiar en italiano—. Cuando intento hablar con ella en un lugar como Dios manda, como la casa de su padre, se va hecha una furia. Aquí no podrá escapar.
Dicho esto, Lanzani entró en el felze, cerró la puerta y se dejó caer en el asiento, a su lado.
Entretanto, ella desvió la mirada hacia el exterior, consciente de que la emoción le había acelerado el corazón.
—Preciosos diamantes —le oyó decir con la dicción perfecta de un aristócrata inglés.
—El conjunto es obra de Nitot —repuso ella. Nitot era el joyero que había creado las joyas para la realeza francesa, desde los Borbones hasta los Bonaparte, y viceversa —. Algunas de las piedras pertenecieron al rey Luis XIV. Me lo regaló un márchese muy guapo, devoto y divertido.
—Sé a quién te refieres —le aseguró él—. Pero mi familia materna es mucho más antigua y distinguida que la suya. Además, mi madre te dará una bienvenida mucho más cálida que la que te habría dado la suya. La madre del marqués es una mujer estirada porque sus orígenes son burgueses. Mi madre, en cambio, estará encantada de ver que he encontrado una esposa con un gusto exquisito en lo referente a joyas. Las nimiedades, como por ejemplo cómo las has conseguido, no le importan. Y a mí me importan menos porque he conseguido joyas empleando métodos mucho más infames.
El problema con él era su sinceridad. Era un sinvergüenza sincero. Volvió la cabeza para mirarlo. Estaba muy elegante con su atuendo de gala, todo de negro salvo por el toque de blanco en el cuello y en los puños. Se había quitado el sombrero, el muy truhán, y los rizos negros relucían a la luz de los farolillos de la cabina. Lanzani sabía que tenía un pelo precioso. Sabía que a las mujeres les encantaba enterrar los dedos en él. ¡Era muy malo!
—Lanzani...
Él le aferró una mano. La caricia no era muy satisfactoria por culpa de los guantes, pero si se los quitaba, tendría que pedirle que él también se los quitara y...
—Ya es hora de que dejemos atrás el pasado —dijo él—. Hemos acabado, tú y yo, con Rinaldi. Jamás podría sentar la cabeza sin vengar antes a mis compañeros. Pero ya están vengados. Igual que vas a estarlo tú. Y cuando las cosas se solucionen por fin, tu padre también recuperará su buen nombre. Quedará absuelto cuando se destape que fue Rinaldi quien cometió el fraude.
Lali clavó la mirada en esa mano enguantada que sostenía la suya y frunció el ceño.
—¿Estás seguro, segurísimo, de que no fue mi padre? Porque, bueno... no es un hombre de fiar.
—Puede que tu padre haya hecho un sinfín de cosas, pero la estafa en cuestión fue orquestada y llevada a cabo por tu ex marido.
—Mi padre nunca dijo nada —afirmó ella—. Fue todo tan ingenioso, y los resultados tan espectaculares, que en el fondo creo que le dio un poco de envidia y no quiso admitir que lo habían engañado como a todos los demás.
—Da igual —dijo él—. Ese capítulo está cerrado. Me encantaría que comenzáramos uno nuevo.
—A mí también —admitió—. Sé que tus intenciones eran buenas, al pedirme en matrimonio, me refiero, pero no lo entiendes. Eres un hombre.
—Lo sé. No puedo evitarlo.
—No entiendes lo que significa para nosotras ser una respetable mujer casada. Antes creía que significaba ser libre... hasta que me mudé al continente y dejé de ser respetable. Las mujeres, las mujeres casadas, viven en una prisión hecha de reglas, y ni siquiera son conscientes de ello. Las mujeres respetables no pueden hacer esto ni aquello, y si quieren quebrantar las reglas, deben hacerlo con mucha discreción. Deben hacerlo a hurtadillas y convertirse en unas hipócritas consumadas.
—Eso es en Inglaterra —apostilló él—. Estamos en Italia. Y tu padre y yo hemos acordado y firmado un contrato matrimonial perfectamente italiano...
—¿Es que os habéis quedado sordos los dos a la vez? —lo interrumpió—. Dije que no. Esto es típico de la arrogancia masculina y...
—... en el que se especifica claramente la figura de un cavalier servente —continuó como si ella no hubiera hablado. Le soltó la mano para quitarse los guantes—. Es impensable que una dama de alcurnia no tenga uno. Debe tener un marido, un pelmazo insoportable. Y para mitigar la agobiante situación, está la figura del amigo devoto, que acompaña a la dama allí adonde va y que hace lo que ella quiere, que la entretiene y que puede ser su amante o no.
Los guantes desaparecieron mientras hablaba.
Lali clavó la mirada en esas manos desnudas de dedos largos y diestros. Tragó saliva.
—Pero no puedes ser mi marido y mi cavalier servente a la vez —protestó.
—Ya lo he pensado, pero si consigo no convertirme en un pelmazo insoportable, es posible que no requieras de los servicios de un cavalier servente... ni de ningún otro amante adicional para que tu felicidad sea completa.
Siguió con la mirada esos largos dedos que se movieron por su brazo hasta desaparecer bajo el chal. Al momento sintió el roce de la mano del muy ladrón, que le bajó el guante hasta la muñeca y lo deslizó con cuidado bajo sus pulseras.
—Eso lo dices ahora —repuso ella con voz trémula. Sin embargo, creía en su palabra en contra del sentido común y de su mala experiencia previa. Claro que una mujer podría creerse cualquier cosa mientras esas diestras manos la despojaban de la razón.
—Amor mío, si no soy capaz de mantenerte feliz y contenta, no merezco tu fidelidad. —Se inclinó un poco para quitarle el otro guante—. Y si no soy capaz de ser feliz al lado de una mujer que es mi sueño hecho realidad...
—Que no se nos olvide que soy el sueño de cualquier hombre —lo interrumpió.
—Nunca lo olvidaré, tenlo por seguro —le aseguró él—. Si no soy capaz de ser delirantemente feliz contigo, si no soy capaz de hacerte feliz, merezco que me conviertas en cornudo todas las veces que te dé la gana.
El segundo guante desapareció. Lo observó mientras lo arrojaba a un lado y caía sobre los otros tres.
—Tienes toda la razón —reconoció ella.
—En ese caso, permíteme que siga explicándome —dijo él. Su mano se escabulló hacia arriba en busca de uno de sus pendientes—. Tal como le he demostrado a tu padre, para su más completa satisfacción, y a pesar de ser solo uno de los hijos menores de un conde, he tenido bastante éxito en mi profesión. —Comenzó a juguetear con el diamante—. Podría mantenerte con el estilo de vida al que estás acostumbrada... Bueno, tal vez no exactamente el mismo, pero sí casi, casi. —La besó en la oreja.
—No soy avariciosa —reconoció ella con la voz ronca—. Ese casi, casi me parece suficiente. Pero debes devolverme los peridotos.
Lo oyó reír contra su cuello, y el cálido roce de su aliento le hizo cosquillas.
—¿Esas piedras insignificantes?
—Son las primeras joyas que estuviste a punto de regalarme —le recordó—. Las guardaré por motivos sentimentales.
—Muy bien, te las devolveré. ¿Eso significa que me aceptas, tesoro mio? —La besó en ese sitio tan especial antes de descender por su cuello.
Se sintió aletargada por una sensación espesa y dulce como la miel. ¿Cómo no iba a aceptarlo?, pensó extasiada. Ya había arriesgado la vida por él en más de una ocasión. ¿Cómo no iba a arriesgar su futuro?
Recordó lo que Rocio le había dicho la noche anterior antes de que se quedaran dormidas.
«Ese es el riesgo que corro. Pero lo he aceptado con los ojos abiertos.»
Siempre había un riesgo en el amor.
—Me lo estoy pensando —contestó Lali.
—Entonces vamos por buen camino. —Tiró de ella y la sentó sobre su regazo. Inclinó la cabeza y dejó un lento y ardiente reguero de besos sobre su escote.
—¿Estás seguro de que no vas a arrepentirte de no haberte casado con una de esas jovencitas inocentes vestidas de blanco? —susurró.
En lugar de responderle, notó que le bajaba el corpiño del vestido, tras lo cual sus labios se deslizaron sobre un pecho.
—Las jovencitas inocentes —repitió ella con un hilo de voz—. Los clubes. Los comedores, el oporto y los chistes verdes con los hombres. Hyde Park.
—Al cuerno con todo —gruñó Peter.
Le dio un lametón en el endurecido pezón y Lali sintió lo mismo que había sentido la primera vez que lo vio cuando todavía ni siquiera sabía su nombre.
Lujuria, tal vez, por un hombre atractivo.
O tal vez fuera la poderosa atracción que ejercía un alma gemela.
No quería resistirse. Sin embargo, estaba... asustada.
—¿Y tu familia? —preguntó, desesperada—. Las madres italianas... Ninguna mujer es lo bastante buena para sus...
—Confía en mí —la interrumpió con voz queda mientras sus manos descendían en busca de las faldas—. Le gustarás. Dirá que soy yo quien sale ganando. ¿Cómo se te ocurre hablar de madres en un momento así?
Lali no quería hablar de esas cosas, pero tenía que hacerlo antes de derretirse por completo. Su madre había muerto poco después de su boda con Rinaldi, y la había echado muchísimo de menos.
—Me gusta... ser amiga de las mujeres.
Esas manos se habían colado bajo su vestido y sus enaguas. Una parte de ella estaba perdida, esclavizada por esas manos, por el deseo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que hicieron el amor? Sin embargo, otra parte seguía pensando en los amigos, en los innumerables amigos que había perdido durante aquella horrorosa etapa de su vida.
—Rocio —murmuró.
—Lo sé —dijo él, alzando la cabeza para mirarla a los ojos—. Confía en mí. Se alegrará. Cierra los postigos.
Los cerró y se removió al sentir que la acariciaba por encima de las ligas. Le tomó la cara entre las manos para acercarlo más.
—Vas demasiado rápido —protestó—. Baciami.
Eso lo hizo reír mientras le plantaba un beso en los labios. Era un pecador, igual que ella, que no se arrepentía de nada, igual que ella. Jamás sería un hombre del todo respetable. Jamás sería un hombre aburrido. Le daría exactamente igual que hubiera sido una prostituta y le daría exactamente igual que su mejor amiga lo siguiera siendo. Con ese hombre podía ser feliz.
Con los besos de ese hombre, ardientes y risueños, podía embriagarse al instante.
Bajó la mano para desabrocharle la bragueta. En cuanto lo tuvo en la palma, lo oyó jadear.
—¿Quién va demasiado rápido ahora? —preguntó él con voz ronca.
—Estamos a punto de llegar al teatro —le recordó mientras se la acariciaba de la punta a la base, pero no estaba de humor para jueguecitos.
Y él tampoco, porque le alzó las faldas y ella aprovechó para sentarse a horcajadas sobre su regazo. Una de sus grandes y picaras manos la acarició.
—Sí —susurró—. Sí, ahora. —Le echó los brazos al cuello y lo besó con ardor mientras la penetraba.
La invadió una cálida sensación. La mezcla del placer y la felicidad con el afán posesivo. Se dejó arrastrar, dejó de pensar y abandonó el tan preciado control para quedar en manos de las sensaciones y de los sentimientos.
Él, ese hombre, era de los que había que conservar, de modo que se aferró a él mientras sus cuerpos se estremecían al unísono y sus corazones latían a un ritmo cada vez más frenético. Se aferró a él y lo besó entre carcajadas, de camino a la desquiciante cúspide del placer. Llegó al clímax, que fue seguido por un segundo y luego por un tercero antes de que él se rindiera, y por fin, juntos, coronaron la última ola y flotaron en las serenas aguas de la dicha más pura.
Mientras tanto, en el exterior, Uliva y Dumini se habían percatado de que los postigos de la ventana estaban cerrados a pesar de que la noche no era demasiado fría y de que las nubes no amenazaban lluvia.
Los dos venecianos se limitaron a mirarse y tomaron la ruta más larga hacia el teatro con infinita paciencia.


Chicas ultimo capitulo!!!!
que pena me da terminar la novela...
GRACIAS a todas las que leyeron y sobre todo
a esas tres personas increibles
que me dejaron sus comentarios hermosos.
Os quiero mucho chiquis!!!
Muchos besos a todas. Puede que luego vuelva el epilogo.
GRACIAS.
Ione
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