Escribiendo Hojas En Un Libro

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 Poder de seducción

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Ione_nav
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MensajeTema: Poder de seducción   Dom Dic 25, 2011 5:07 pm

PODER DE SEDUCCION



Resumen

La llamaban la Viuda Negra, pero el millonario griego Peter Lanzani creía
que sería fácil conquistar a aquella mujer que escondía un pasado escandaloso y un increíble poder de seducción. Eso creía hasta que la conoció…
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Mais020291
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Dom Dic 25, 2011 5:08 pm

Ya! Con tan solo leer el resumen o la sinopsis ya quiero el primer capítulo Smile

Feliz Navidad Ione!
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Dom Dic 25, 2011 5:11 pm

Uno



-Lanzani ha llegado a Londres esta mañana -dijo Nicolas sin rodeos.

Lali levantó la vista, desconcertada por un segundo; después comprendió a qué
se refería y sonrió algo compungida.

-Tú ya me lo advertiste, Nicolas. Parece que tenías razón -no es que hubiese
dudado de Nicolas ni por un momento: su instinto en materia de negocios era
asombroso.

Nicolas había advertido a Lali que, si utilizaba sus acciones en ConTech para
oponerse al voto de Peter Lanzani, incurriría en la ira del principal accionista y presidente de la junta. Por lo visto, Nicolas no se había equivocado. La votación correspondiente al asunto Dryden se había celebrado el día anterior. Lali, pese a las advertencias de Nicolas, había votado en contra de la absorción de la otra empresa, y su voto había decidido la mayoría. Menos de veinticuatro horas después, Lanzani había llegado a Londres.

Lali no lo conocía personalmente y se consideraba afortunada por ello, habida
cuenta de las cosas terribles que se decían sobre él. Según las habladurías, era un hombre implacable y despiadado en los negocios. Naturalmente, resultaba lógico suponer que no habría llegado a la posición que ocupaba mostrándose blando y pusilánime. Lanzani era multimillonario, un hombre poderoso. Lali, en cambio, era una simple accionista. Se dijo que resultaría exagerado por parte de Lanzani descargar la artillería pesada sobre ella, aunque, al parecer, ningún problema era lo bastante insignificante para escapar a su atención.

Nicolas dijo que podría haber votado a favor de la absorción y haberse ahorrado
así muchos problemas; pero una de las cosas que Lali había aprendido de Gaston
durante sus tres años de matrimonio era a defenderse por sí misma, confiar en su
intuición y no dejarse manipular. Lali opinaba que aquella maniobra contra Dryden era poco limpia y por eso había votado en contra. Si Lanzani no podía aceptar que ella tenía derecho a ejercer su voto como le pareciese conveniente, tendría que aguantarse. Por mucho poder que tuviera, no la obligaría a echarse atrás; como Nicolas había descubierto, Lali era muy obstinada cuando se le metía algo entre ceja y ceja.

-Debes tener mucho cuidado con él -le aconsejó Nicolas, interrumpiendo sus
reflexiones-. Lali, cariño, me parece que no eres consciente de la presión a la que puede someterte ese hombre. Puede perjudicarte de formas que ni imaginas. Tus amigos pueden perder su empleo; los bancos suspenderán sus tratos contigo... Su influencia puede extenderse a detalles tan poco importantes como una demora en la reparación de tu coche o la imposibilidad de encontrar plaza disponible en un avión cuando necesites viajar. ¿Empiezas a comprenderlo ya, cariño?

Lali se quedó mirándolo, incrédula.

-Dios santo, Nicolas, ¿lo dices en serio? ¡Todo esto me parece absurdo!

-Lo lamento, pero hablo muy en serio. A Lanzani le gusta que las cosas se
hagan a su manera, y posee dinero y poder suficientes para garantizar que así sea. No cometas el error de subestimarlo, Lali.

-¡Pero eso es una barbaridad!

-Lanzani es, en ciertos aspectos, un bárbaro -afirmó Nicolas tajantemente-.
Si te ofrece la opción de venderle tus acciones, te recomiendo encarecidamente que lo hagas. Será mucho mejor para ti.

-Pero Gaston...

-Sí, ya lo sé -la interrumpió Nicolas; su voz había adquirido un tono más suave-. Piensas que Gaston te confió esas acciones y que él también habría votado contra la absorción de Dryden. Gaston era un hombre muy apreciado y especial, pero ha muerto y ya no puede protegerte. Tienes que pensar en ti, y no posees las armas necesarias para luchar contra Lanzani. Puede destruirte.

-Yo no deseo luchar contra él -protestó Lali-. Sólo quiero actuar como he
actuado siempre. Me parece una estupidez por su parte enojarse por lo de mi voto. ¿Por qué ha de tomarlo como algo personal?

-No lo toma como algo personal -explicó Nicolas-. No tiene por qué. Pero te has
opuesto a él y no regateará medios para hacerte entrar en vereda. Y no creas que
puedes apelar a su bondad para...

-Lo sé -interrumpió ella, sus suaves labios se curvaron en una sonrisa-. La bondad no se cuenta entre sus virtudes.

-Exacto -confirmó Nicolas-. No será muy caritativo contigo, cariño. Has votado en contra de sus decisiones muchas veces.

-¡Cielos! -exclamó ella cínicamente-. No me había dado cuenta. ¡Pero, al menos, soy coherente!

Nicolas se rió con desgana, aunque sus ojos azules brillaban llenos de admiración. Lali parecía dominar siempre las situaciones, ver las cosas en su verdadera dimensión y reducir las crisis a meros contratiempos, pero él temía que esa vez se hubiese metido en un lío. No deseaba que sufriera; no deseaba volver a ver la expresión que había visto en sus ojos tras la muerte de Gaston, una expresión de desesperación y de dolor imposible de consolar. Lali se había sobrepuesto; era una mujer fuerte y luchadora, pero Nicolas siempre había intentado protegerla de todo daño. Ya había sufrido bastante en el transcurso de su joven vida.

Sonó el teléfono y Lali se levantó para contestar con sus habituales
movimientos gráciles y elegantes como los de un gato. Encajó el auricular entre la cabeza y el hombro.

-Residencia Esposito.

-Quisiera hablar con la señora Esposito, por favor-dijo una voz de hombre fría e
impersonal. El fino oído de Lali reparó en el leve acento extranjero. ¿Sería
Lanzani ya?

-Yo soy la señora Esposito -respondió.

-Soy el secretario del señor Lanzani, señora Esposito. El señor Lanzani
desearía verla esta tarde. ¿A las tres y media?

-¿A las tres y media? -repitió ella echando una ojeada al reloj. Eran casi las dos.

-Gracias, señora Esposito -dijo la voz con satisfacción-. Le diré al señor
Lanzani que vendrá. Que tenga un buen día.

El clic del auricular hizo que Lali se retirase el teléfono de la oreja y lo mirase con incredulidad.

-Vaya, menuda frescura -musitó depositando el auricular en su sitio. Era posible
que el secretario hubiese interpretado su sorpresa como una confirmación, pero su intuición le decía otra cosa. Simplemente no habían esperado que ella protestase, y de nada le habría servido hacerlo.

-¿Quién era, cariño? -inquirió Nicolas con voz ausente, recogiendo los documentos que había llevado para que Lali los firmase.

-El secretario del señor Lanzani. Me han convocado ante su real presencia... a
las tres y media de esta misma tarde.

Nicolas enarcó sus elegantes cejas.

-Pues te aconsejo que te des prisa.

-Tengo cita en el dentista a las cuatro y cuarto -dijo Lali en tono preocupado.

-Cancélala.

Ella lo miró con frialdad y él se echó a reír.

-Te pido disculpas, cariño, y retiro mi sugerencia. Pero ten cuidado y recuerda que te conviene vender tus acciones en lugar de luchar contra Lanzani. Ahora tengo que irme, pero te llamaré más tarde.

-Bien, adiós -Lali lo acompañó hasta la puerta.

A continuación subió apresuradamente para darse una ducha y se entretuvo
eligiendo el vestido adecuado. No sabía qué ponerse, así que pasó unos minutos
examinando su guardarropa; por fin, impacientándose, sacó un vestido de color beige y se lo puso. Era un vestido clásico y sencillo, el cual complementó con unos zapatos de tacón alto que la dotaban de estatura suficiente para no parecer una niña.

No era muy alta y, debido a su frágil constitución, solía parecer una jovencita de dieciséis años si no recurría a ciertos trucos para conferir madurez a su aspecto.

Vestía prendas sencillas, de corte clásico, y llevaba tacones siempre que podía. Se recogió el largo cabello castaño rojizo en un moño a la altura de la nuca, un peinado sobrio que dejaba a la vista cada perfecta línea de su rostro y hacía menos obvia su juventud. Un exceso de maquillaje la habría hecho parecer una niña que intentaba hacerse pasar por adulta, de modo que se puso solamente una pizca de sombra de ojos, carmín y un toque de colorete. Se miró al espejo para asegurarse de que su peinado era impecable y su expresión, fría y reservada. No reparó en el atractivo de sus grandes ojos marrones de largas pestañas, ni en la provocativa curva de sus labios. El mundo de los flirteos y las aventuras sexuales estaba tan desarraigado de su subconsciente, que no se veía a sí misma como una mujer deseable. Era apenas una niña cuando Gaston la tomó bajo su protección, una niña huraña, introvertida y recelosa, y él la convirtió en una adulta responsable; sin embarco, jamás intentó enseñarle nada del aspecto físico del matrimonio. A los veintitrés años, la virginidad de Lali seguía tan intacta como el día de su nacimiento.

Cuando estuvo lista, consultó de nuevo el reloj y comprobó que disponía de tres
cuartos de hora para llegar hasta el edificio de ConTech. Con el tráfico que había en Londres, necesitaría cada minuto de ese tiempo. Agarró rápidamente el bolso y se apresuró abajo para echar un vistazo a su perra, Samantha, que estaba preñada. Samantha se hallaba echada en su cama, durmiendo plácidamente pese a la grotesca hinchazón del vientre. Lali se aseguró de que tenía agua en el plato; luego salió y se dirigió sacia el coche, un modelo deportivo de color verde oscuro.

Los semáforos le fueron favorables, de modo que Lali salió del ascensor de la
planta correspondiente de ConTech a las tres y veintinueve minutos exactamente. La recepcionista le indicó el camino hacia el área de dirección, y Lali abrió la pesada puerta de madera de roble a la hora convenida.

Ante ella se extendía una amplia habitación, discretamente amueblada con sillas
tapizadas en marrón y oro y una moqueta de color chocolate. Situada junto a unas
enormes puertas dobles había una mesa de gran tamaño, tras la cual se hallaba
sentado un hombre esbelto y moreno, que se levantó al ver entrar a Lali.

Sus ojos negros y fríos la miraron de arriba abajo mientras cruzaba la habitación
y se acercaba a él, y Lali empezó a sentirse como si acabara de quebrantar alguna
ley.

-Buenas tardes -dijo manteniendo un tono de voz neutro-. Soy la señora Esposito.

Los ojos negros del hombre la recorrieron de nuevo, casi con desprecio.

-Ah, sí. Haga el favor de tomar asiento, señora Esposito. Lamento que el señor
Lanzani siga ocupado. Pero podrá recibirla en breve.

Lali hizo una inclinación de cabeza, seleccionó una de las confortables sillas, se sentó y cruzó las piernas con elegancia. Procuró que no trasluciera expresión alguna a su rostro, pero interiormente sentía deseos de sacarle los ojos al joven. Su actitud la sacaba de quicio; tenía un aire de condescendencia que le hacía desear borrarle aquella expresión engreída de la cara.

Al cabo de diez minutos, se preguntó si tendría que esperar allí indefinidamente
hasta que Lanzani se dignase recibirla. Miró el reloj y decidió aguardar otros
cinco minutos; después tendría que irse si quería llegar a tiempo a su cita con el dentista.

El interfono de la mesa rompió ruidosamente el silencio, y Lali alzó los ojos
mientras el secretario descolgaba uno de los tres teléfonos.

-Sí, señor -dijo secamente antes de colgar el auricular. Extrajo una carpeta de uno de los archivadores metálicos que había a su lado y después lo llevó al
sanctasanctórum; regresó casi inmediatamente y cerró las puertas dobles tras él. Por lo visto, Lanzani aún tardaría en poder atenderla y los cinco minutos ya habían pasado. Lali descruzó las piernas y se levantó.

El secretario enarcó fríamente las cejas, interrogándola sobre sus intenciones.

-Tengo que acudir a otra cita -explicó ella con tranquilidad, negándose a pedir
disculpas por su marcha-. Quizás el señor Lanzani pueda llamarme cuando disponga de más tiempo.

En el semblante del secretario se dibujó una palpable expresión de indignado
asombro mientras Lali recogía su bolso y se disponía a irse.

-Pero no puede usted marcharse... -empezó a decir.

-Claro que puedo -lo interrumpió ella, abriendo la puerta-. Que tenga un buen día.

Caminó hasta el coche haciendo repiquetear con furia los tacones sobre el suelo,
pero respiró hondo varias veces antes de poner el motor en marcha. Era absurdo
permitir que la actitud de aquel hombre la alterase; podía tener un accidente, se dijo. Simplemente haría caso omiso de lo ocurrido, como había aprendido a hacer cuando la criticaron tras casarse con Gaston. Había aprendido a ser fuerte, a sobrevivir.

Después de la visita al dentista, que duró poco tiempo, pues se trataba
simplemente de la revisión anual, Lali condujo hasta la pequeña tienda de ropa que su vecina, Candela Vetrano, tenía en Piccadilly, y ayudó a Candela a cerrar. Aprovechó para echar un vistazo a la ropa y eligió dos camisones de la nueva línea que acababan de recibir; debido, tal vez, a que no había tenido nada bonito mientras crecía, a Lali le encantaba la ropa y no podía resistirse a comprarla, aunque en otras cuestiones fuese mucho más austera. No se ponía joyas ni se concedía caprichos, salvo en lo que al vestir respectaba.
A Gaston siempre le hacía gracia lo alegre que se mostraba su pequeña con un vestido nuevo, con unos pantalones vaqueros o unos zapatos; daba igual lo que fuera, mientras fuese nuevo y le gustara.

El recuerdo le hizo esbozar una sonrisita triste mientras le pagaba a Candela el
importe de los camisones; nunca dejaría de añorar a Gaston, y se alegraba de haber podido ofrecerle un poco de risa y de alegría en los últimos años de su vida.

-Caray, ha sido un día ajetreadísimo -suspiró Candela mientras hacía caja-. Pero se
ha vendido bastante; la gente no ha entrado simplemente para mirar, como otras
veces. Agustin estará encantado; le prometí que podría comprarse ese estéreo del que se ha encaprichado si las ventas iban bien esta semana.

Lali dejó escapar una risita. Agustin era un adicto a los estéreos y llevaba dos
meses suspirando por un magnífico equipo que deseaba poseer a toda costa; de lo
contrario, se sentiría eternamente desgraciado. Al principio, Candela se tomaba a broma sus funestas predicciones, pero finalmente accedió a comprar el estéreo nuevo. Lali se alegraba de que sus amigos pudieran permitirse algunos lujos. La tienda de ropa había dado un vuelco a su economía, porque lo que Agustin ganaba como contable no era suficiente para mantener a una familia joven en los tiempos que corrían.

Al morir Gaston, Lali se había sentido incapaz de seguir viviendo en el lujoso
ático sin él, de modo que optó por mudarse. Compró una vieja casa de estilo victoriano que había sido reconvertida en un dúplex y se instaló en la parte vacía. Agustin, Candela y sus traviesas gemelas de cinco años, Patricia y Penelope, ocupaban la otra parte de la vieja casa; las dos mujeres se habían hecho, poco a poco, buenas amigas. Lali vio cómo Candela tenía que vigilar el presupuesto y hacerse la ropa ella misma, y fue su habilidad con la aguja lo que le dio la idea.

Los Vetrano no poseían el capital necesario para abrir un negocio, pero ella sí, y cuando encontró la pequeña y acogedora tienda de Piccadilly no se lo pensó dos veces. En menos de un mes, el establecimiento había sido remodelado y estaba en marcha con el nombre de LOS TRAPITOS DE CANDELA escrito en el letrero de la puerta. Patty y Penny iban al jardín de infancia y Candela se ocupaba felizmente de la tienda. Confeccionaba algunas prendas ella misma y había ido ampliando el negocio hasta que fue necesario contratar a dos dependientas a jornada completa, así como a una modista que la ayudaba con las labores de costura. Antes de un año, Candela había devuelto a Lali su dinero y se sentía llena de satisfacción por lo bien que había salido todo.

Candela estaba embarazada de su tercer hijo, pero Agustin y ella ya no tenían que preocuparse por los gastos, así que estaba encantada con su embarazo. Rebosaba buena salud y optimismo, e incluso en momentos como aquel, cuando estaba cansada, sus mejillas aparecían sonrosadas y sus ojos chispeantes.

Una vez que hubieron cerrado, Lali llevó a Candela en el coche a recoger a Patty
y Penny, que los viernes por la noche se quedaban con la canguro hasta última hora, dado que ese era el día en que Candela cerraba la semana. Las gemelas pasaban la mayor parte del día en el colegio; Candela tenía pensado quedarse con ellas en casa cuando llegase el verano. Para entonces, su embarazo estaría ya muy avanzado.

Cuando Lali se detuvo delante de la casa de la canguro, las dos niñas corrieron
hasta el coche dando chillidos.

-¡Hola, tía Lali! ¿Nos has traído caramelos?

Era un regalo habitual de la noche de los viernes. y Lali no lo había olvidado.
Mientras las pequeñas la asediaban, Candela se rió y fue a pagarle a la canguro y a darle las gracias. Cuando regresó con los libros y los suéteres de las niñas, ella ya había instalado a éstas en el coche.

Candela invitó a Lali a cenar con ellos, pero esta declinó la invitación porque no le gustaba molestar demasiado a la familia. Además, tenía el presentimiento de que Candela deseaba estar a solas con Agustin para celebrar la buena noticia de las ventas de la semana. Aquello aún era nuevo para ellos y les resultaba emocionante. Lali no quería coartarlos con su presencia.

El teléfono empezó a sonar en cuanto abrió la puerta, pero ella se detuvo un
momento a ver cómo se encontraba Samantha antes de responder. La perra seguía
echada en su cesto; parecía muy tranquila y meneó la cola en señal de saludo, aunque no se levantó.

-¿Todavía no tienes ningún cachorro? -preguntó Lali mientras se dirigía hacia el
teléfono-. A este paso, chica, estarán completamente crecidos cuando nazcan -a continuación, descolgó el auricular del supletorio de la cocina-. La señora
Esposito.

-Señora Esposito, soy Peter Lanzani -contestó una voz profunda, tan
profunda que sus notas graves casi semejaban un gruñido; para sorpresa de Lali, el acento sonaba más estadounidense que griego. Oprimió con fuerza el auricular
mientras la recorría una súbita oleada de calor. ¡Qué estúpida!, se reprendió a sí misma. ¡Conmoverse al oír una voz con acento estadounidense, simplemente porque ella también era estadounidense! Adoraba Inglaterra y se sentía feliz viviendo allí; aquel acento enérgico, sin embargo, le arrancó una sonrisa.

-¿Sí, señor Lanzani? -se obligó a decir, y luego se preguntó si su tono habría
parecido descortés. Pero no iba a mentir diciendo algo tan trillado como «cuánto me alegro de oírle», dado que no se alegraba en absoluto; de hecho, la conversación se adivinaba desagradable en extremo.

-Quisiera concertar una cita con usted para mañana, señora Esposito -explicó él-. ¿A qué hora le iría bien?

Sorprendida, Lali pensó que el propio Lanzani no parecía tan arrogante
como su secretario; al menos, le había preguntado cuándo le iría bien, en vez de
ordenarle que se presentara a una hora concreta.

-¿Mañana sábado, señor Lanzani? -dijo en voz alta.

-Ya sé que es fin de semana, señora Esposito -replicó la voz profunda, con una leve nota de irritación-. Pero, de todos modos, tengo trabajo que hacer.

Aquel comentario ya se acercaba más a lo que ella se había esperado.

-En ese caso, cualquier hora me viene bien. No tengo ningún compromiso para
mañana.

-Muy bien. Mañana por la tarde, a la dos -Lanzani hizo una pausa, y luego dijo-: No me gustan los juegos, señora Esposito. ¿Por qué concertó una cita conmigo esta tarde si no tenía intención de presentarse?

Molesta, ella repuso con frialdad:

-Yo no concerté la cita. Su secretario me telefoneó y me indicó la hora a la que
debía presentarme; luego colgó antes de que yo pudiera aceptar o negarme. Tuve que darme mucha prisa; hice un esfuerzo para llegar a tiempo y esperé todo lo que pude, pero debía acudir a otra cita. ¡Si mi esfuerzo no fue suficiente, le pido disculpas!

El tono de Lali dejaba perfectamente claro que le traía sin cuidado lo que él
pudiera opinar; no se detuvo a pensar si tal actitud era o no prudente. La indignaba que aquel miserable secretario se hubiese atrevido a insinuar que ella había tenido la culpa.
-Comprendo -dijo él al cabo de un momento-. Soy yo quien debe pedirle disculpas,
señora Esposito. Y mis disculpas son sinceras. No volverá a ocurrir. Hasta mañana pues -se oyó un chasquido cuando colgó el teléfono.

Lali colgó el auricular con fuerza y permaneció allí un momento, dando
golpecitos en el suelo con el pie para dominar su genio; después, su expresión se suavizó y prorrumpió en risas. ¡Desde luego, Lanzani la había puesto en su sitio! Casi empezaba a esperar con impaciencia aquella cita con el famoso Peter
Lanzani.

Al día siguiente, cuando llegó la hora de vestirse para la cita, Lali dedicó
bastante tiempo a elegir lo que iba a ponerse. Se probó varias prendas y, finalmente, se decidió por un austero traje entallado de color amarillo pálido que le confería un aire serio y maduro, el cual combinó con una blusa de seda color crema. El amarillo pálido realzaba el tono rojizo de su cabello y el leve moreno de su cutis. Lali no era consciente del aspecto que ofrecía... o se habría cambiado de ropa inmediatamente. De hecho, parecía una estatua dorada que hubiese cobrado vida; sus ojos, dos
resplandecientes gemas marrones.

Estaba preparada para la cita; cuando entró en la oficina, a las dos en punto, el corazón le latía con impaciencia, le brillaban los ojos y tenía las mejillas sonrosadas. Al verla entrar, el secretario se levantó con una prontitud que indicó a Lali que lo habían reprendido por su anterior conducta. Aunque sus ojos eran visiblemente hostiles, acompañó a Lali al despacho.

-La señora Esposito, señor -anunció antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.

Lali avanzó por el despacho con sus característicos andares orgullosos y
gráciles, y el hombre que estaba sentado detrás de la mesa se levantó despacio
mientras ella se acercaba. Era alto, mucho más alto que el griego medio, y sus hombros se marcaban contra la tela de un traje gris oscuro de la mejor calidad, seguramente muy caro. Permaneció muy quieto, observándola mientras se aproximaba; al llegar a la mesa, ella le ofreció la mano. Él la tomó, pero, en lugar de estrechársela, como Lali le había invitado a hacer, la alzó e inclinó la cabeza de cabellos oscuros. Posó los cálidos labios sobre sus dedos brevemente, antes de soltarle la mano y erguir nuevamente la cabeza.

Lali contempló unos ojos verdes bajo unas cejas perfectamente rectas. Una arrogante nariz pequeña, pómulos prominentes, labios finos y un mentón
cuadrado completaban un rostro de fisonomía clásica. Era un rostro que reflejaba
siglos de herencia griega, el rostro de un guerrero espartano. Nicolas no se había equivocado; aquel hombre era implacable, pero Lali no se sentía amenazada. Se sentía entusiasmada, como si se hallara en la misma habitación con un tigre al que podía controlar si obraba con cuidado. El corazón se le aceleró y sus ojos brillaron con más intensidad; para disimular su involuntaria reacción, sonrió y murmuró:

-¿Intentará engatusarme para que cambie mi voto en el sentido que usted desea
antes de recurrir a la aniquilación total?

Sorprendentemente, él le devolvió la sonrisa.

-Tratándose de una mujer, siempre pruebo a engatusarla primero -contestó con un
tono que parecía aún más profundo que el de la noche anterior, durante la breve charla telefónica.

-¿De veras? -Lali fingió sorprenderse-. ¿Y suele darle resultado?

-Normalmente, sí -admitió él sin dejar de sonreír-. ¿Por qué me da la sensación,
señora Esposito, de que usted será una excepción?


-Quizá porque es usted un hombre singularmente astuto, señor Lanzani -repuso ella.

Él soltó una carcajada y le hizo un gesto para que se sentara en la silla situada
frente a la mesa.-Por favor, señora Esposito, siéntese. Si vamos a discutir, hagámoslo cómodamente.

Lali tomó asiento y dijo impulsivamente:

-Su acento es estadounidense, ¿verdad? ¡Hace que me sienta como en casa!

-Aprendí a hablar inglés en un campo petrolífero de Texas -explicó él-. Me temo
que ni siquiera en Oxford pudieron borrar mi acento tejano. ¡Aunque creo que mis
profesores pensaban que era acento griego! ¿Es usted de Texas, señora Esposito?

-¡No, pero cualquier estadounidense reconoce la forma de hablar de Texas!
¿Cuánto tiempo estuvo usted allí?

-Tres años. ¿Y usted, señora Esposito, cuántos lleva en Inglaterra?

-Algo más de cinco, desde poco antes de casarme.

-Debía de ser poco más que una niña cuando se casó -observó él arrugando con
extrañeza la frente-. Pensaba que sería usted mayor, que tendría unos treinta años, pero veo que no es así.

Lali alzó su delicado mentón.

-Tenía dieciocho años cuando me casé -empezó a sentirse tensa, presintiendo una
crítica como las que había soportado tantas veces en el transcurso de los anteriores cinco años.

-Poco más que una niña, como he dicho. Supongo que habrá infinidad de mujeres
que se casan y tienen hijos a los dieciocho años, pero el hecho de que eligiera un marido que podía haber sido su abuelo la hace parecer aún más joven.

Lali se retiró y contestó con frialdad:

-No veo razón alguna para hablar de mi matrimonio. Creo que el asunto que me ha
traído aquí son las acciones.

Él volvió a sonreír, pero esa vez su sonrisa era la de un depredador; no había ni rastro de humor en ella.

-Tiene usted toda la razón -reconoció-. Sin embargo, creo que resolveremos esa
cuestión con suma facilidad. Cuando vendió su cuerpo y su juventud a un anciano de setenta y seis años, dejó claro que el dinero ocupa una posición muy elevada en su lista de prioridades. Lo único que nos queda por discutir es la cantidad.


Hola!!! os traigo una novelita nueva....
Espero que os guste!!!!
Ya me contareis.
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Dom Dic 25, 2011 5:12 pm

Feliz navidad Mais!!!!
Espero que te guste, a mi me encanto HALO
HADES!!
Besos!!
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Dom Dic 25, 2011 6:01 pm

Dos


En sus años de experiencia, Lali había aprendido a esconder su dolor detrás de
una máscara de orgullo e indiferencia, una máscara a la que recurrió en ese momento,escondiendo sus sentimientos y sus pensamientos mientras se enfrentaba a
Lanzani.

-Lo siento, señor Lanzani, pero creo que se ha hecho una idea equivocada de
la situación -afirmó en tono distante-. No he venido aquí para aceptar un soborno.

-Ni yo se lo estoy ofreciendo, señora Esposito -replicó él con un brillo en los ojos-.Simplemente le propongo que me venda sus acciones.

-Esas acciones no están en venta.

-Claro que lo están -refutó él suavemente-. Estoy dispuesto a pagar un precio
superior al de su valor en bolsa con tal de arrebatárselas de las manos. Le he hecho ciertas concesiones porque es una mujer, señora Esposito, pero mi bondad tiene un límite. Le recomiendo que no intente pedir un precio mayor. Podría verse completamente excluida de la compañía.

Lali se levantó con las manos ocultas detrás de la espalda, para que él no viera
cómo se clavaba las uñas en las palmas.

-No me interesa ningún precio, señor Lanzani; ni siquiera deseo oír su oferta.
Mis acciones no están en venta, ni ahora ni nunca, y menos para usted. Que tenga un buen día, señor Lanzani.

Pero Lanzani no era ningún sumiso secretario y no tenía intención de dejarla
marchar hasta haber zanjado el asunto. Avanzó con ágiles zancadas para detenerla y Lali vio que unos sólidos hombres le cerraban el paso.

-No, señora Esposito -murmuró él suavemente-. No puedo dejar que se marche
cuando aún no hemos resuelto nada. He salido de mi isla y he volado hasta Inglaterra con el propósito expreso de reunirme con usted y poner coto a sus necias ideas, que están haciendo estragos en la compañía. ¿Creía que me dejaría intimidar por sus aires de superioridad?

-No sé si tengo aires de superioridad, pero su complejo de dueño y señor me pone
los nervios de punta -contraatacó Lali en tono sarcástico-. Soy la propietaria de esas acciones y ejerzo mi derecho a voto como creo conveniente. La absorción de Dryden era una maniobra poco limpia, por eso voté en contra. Y volvería a hacerlo. Otros accionistas obran del mismo modo, pero veo que son mis acciones las que usted quiere comprar. ¿O es que soy la primera persona a la que piensa administrar su disciplina?

-Siéntese, señora Esposito -dijo él gravemente-, e intentaré explicarle los principios básicos de las finanzas y la expansión empresarial.

-No quiero sentarme...

-¡He dicho que se siente! -rugió él con voz súbitamente amenazadora. Lali se
sentó automáticamente; luego se despreció a sí misma por no haberle plantado cara.

-Yo no soy uno de sus lacayos -exclamó, aunque siguió sentada. Tenía el
presentimiento de que Lanzani la sujetaría por la fuerza si intentaba marcharse.

-Lo sé, señora Esposito; créame, si fuese uno de mis empleados, hace mucho tiempo que habría aprendido a comportarse -repuso él con un tono cargado de ironía.

-¡Creo que sé comportarme perfectamente!

Él esbozó una sombría sonrisa.

-¿Sabe comportarse? ¿O simplemente es astuta y manipuladora? No creo que le
resultara muy difícil seducir a ese anciano y conseguir que se casara con usted, y fue lo suficientemente inteligente como para elegir a un hombre que moriría en poco tiempo. Eso la dejó en una excelente posición, ¿no es cierto?

Lali estuvo a punto de gritar, horrorizada por sus palabras; solamente sus años
de aprendizaje en materia de autodominio la hicieron permanecer inmóvil y en silencio,aunque apartó la mirada de Lanzani. No podía dejar que él viera sus ojos,o comprendería lo profundamente vulnerable que era en realidad.

Él sonrió ante su silencio.

-¿Creía que no estaba al corriente de su historia, señora Esposito? Sé mucho sobre usted, se lo aseguro. Su matrimonio con Gaston Esposito escandalizó todos aquellos que lo conocían y lo admiraban. No obstante, hasta que la vi, no había logrado comprender cómo pudo echarle el lazo. Ahora lo veo todo muy claro; cualquier hombre, incluso un anciano, haría lo que fuese por tenerla en su cama y disfrutar de su cuerpo a placer.

Lali se estremeció ante el insulto y él reparó en el temblor que recorrió su piel.

-¿Acaso el recuerdo le resulta poco agradable? -inquirió Lanzani en tono
quedo-. ¿Tuvo que dar a cambio más de lo que esperaba?

Lali luchó por recobrar la compostura y erguir la cabeza, y al cabo de un
momento lo consiguió.

-Mi vida privada no es asunto suyo -se oyó decir con frialdad, y sintió un fugaz
estallido de orgullo por lo bien que había sabido reaccionar.

Los ojos negros de él se entrecerraron mientras la miraban; abrió la boca para
seguir hablando, pero en ese momento sonó el teléfono y Lanzani maldijo entre
dientes en griego. Después se alejó para contestar y se acercó el auricular al oído.
Dijo algo en un griego rápido y áspero, luego hizo una pausa. Sus ojos se deslizaron hasta Lali.

-Tengo una llamada urgente de Francia, señora Esposito. Será solo un momento.

Pulsó un botón del teléfono y pronunció un saludo. Había cambiado de idioma con
facilidad y se expresaba en un perfecto francés. Lali lo observó un momento, aún
aturdida por el dolor; después se dio cuenta de que estaba distraído y aprovechó la oportunidad. Sin decir palabra, se levantó y salió de la oficina.

Logró dominarse hasta que volvió a casa; una vez que estuvo a salvo, rodeada por
las paredes de su hogar, se derrumbó en el sofá y empezó a sollozar débilmente.
¿Nunca se acabaría?, ¿nunca cesarían las críticas unánimes, los comentarios maliciosos sobre su matrimonio con Gaston? ¿Por qué todos suponían automáticamente que era poco menos que una prostituta? Durante cinco años había soportado el dolor sin que nadie supiera cómo la laceraba por dentro; sin embargo, tenía la sensación de que ya no le quedaban defensas. ¡Dios santo, ojalá Gaston no hubiese muerto!

Pese a los dos años transcurridos, no se acostumbraba a no poder compartir con él sus divertidas ocurrencias, a no tener su irónica y sofisticada sabiduría dándole fuerzas. Él jamás había dudado de su amor, a despecho de lo se había hablado de su matrimonio, y Lali siempre contó con su afectuoso apoyo. Sí, Gaston le había proporcionado seguridad financiera y le había enseñado a administrar el dinero que le dejó en el testamento. ¡Pero le había dado mucho más que eso! Los bienes materiales que le había legado eran insignificantes en comparación con sus demás regalos: cariño,seguridad, amor propio, confianza en sí misma. La había animado a desarrollarse como mujer joven e inteligente; le había enseñado a conocer el mundo de la bolsa y de las inversiones financieras, a confiar en su instinto cuando la acosaban las dudas. ¡El querido y prudente Gaston. A pesar de todo, se habían burlado y reído de él por casarse con ella, y a ella la habían despreciado. Cuando un señor de setenta y seis años
se casaba con una atractiva jovencita de dieciocho, los chismosos podían atribuirlo sólo a dos cosas: a codicia por parte de ella o a un deseo de revivir viejos apetitos por parte de él.

Pero no había sido así en absoluto. Gaston era el rico hombre al que Lali había
querido, y lo había amado profundamente, pero su relación fue más de padre e hija, o de abuelo y nieta, que de marido y mujer. Antes de su matrimonio, Gaston había llegado incluso a especular sobre las ventajas de adoptarla, pero al final decidió que las dificultades legales serían menores si se casaba con ella. Deseaba que disfrutara de la seguridad que nunca había tenido: había crecido en un orfanato y se había visto obligada a ocultarse tras una muralla de huraña pasividad. Gaston estaba decidido a que jamás volviera a tener que luchar por algo tan básico como la comida, la ropa o la intimidad; y el mejor medio de asegurarle esa vida consistía en tomarla como esposa.

El escándalo provocado por su matrimonio convulsionó a la sociedad londinense; se publicaron artículos maliciosos sobre ella en las columnas de cotilleos. Lali se sintió sorprendida y horrorizada al leer las numerosas noticias referentes a los «ex amantes de la emprendedora señora E.». Su reacción había sido muy similar a la de Gaston: erguir aún más la cabeza y no prestar oídos a los difamadores. Gaston y ella sabían la verdad de su matrimonio, y él era la única persona en el mundo a la que Lali había amado, la única persona que la había querido. El amor de ambos resistió la prueba, y ella siguió siendo virgen mientras duró el matrimonio. Gaston jamás había insinuado que deseara lo contrario. Lali era su única familia, una hija para él, aunque no fuese de su sangre; la instruyó, la guió y dispuso sus asuntos financieros de modo que nunca pudieran arrebatarle el control de los mismos. Confiaba en ella sin reservas.

Habían sido, sencillamente, dos personas que se hallaban solas en el mundo y se
habían encontrado la una a la otra. Lali era una huérfana que había crecido sin
cariño de ninguna clase; él era un anciano cuya primera esposa había muerto años
antes y que se veía solo y sin familia. Acogió a la recelosa jovencita, le dio consuelo y afecto, e incluso se casó con ella para garantizar que nunca volviera a carecer de nada. Ella, por su parte, sentía un inmenso cariño por aquel hombre mayor y bondadoso que le daba tantísimo y que tan poco exigía a cambio. Y Gaston la había amado porque, gracias a ella, había habido alegría, juventud y belleza en los últimos años de su vida. La había ayudado a madurar y a desarrollar su aguda inteligencia con la cariñosa complacencia de un padre.

En vida de Gaston, la falta de amigos no había molestado realmente a Lali.
Tenían unos cuantos amigos de verdad, como Nicolas, y con ellos les bastaba. Pero ahora Gaston había muerto y Lali vivía sola. Las venenosas críticas que seguía
recibiendo se enconaban en su mente, la hacían sufrir y perder el sueño por las
noches. La mayoría de las mujeres se negaban a dirigirle la palabra y los hombres la trataban como si fuera una mujer fácil. Era evidente que mantener una actitud reservada no bastaba para que cambiase la opinión que se tenía de ella. A poco que reflexionara, debía reconocer que, aparte de Nicolas y Candela, no tenía amigos. Incluso Agustin, el marido de Candela era un poco seco con ella, y Lali sabía que no la veía con buenos ojos.

Solamente cuando las sombras del crepúsculo oscurecieron la habitación, Lali
se levantó del sofá y subió despacio las escaleras para meterse en la ducha. Se sentía entumecida y permaneció bajo el punzante chorro durante largo rato, hasta que el agua empezó a enfriarse; entonces salió, se secó y se puso unos viejos tejanos gastados y una camiseta. Con ademanes apáticos, se cepilló el pelo y se lo dejó suelto sobre los hombros, como lo llevaba normalmente en casa. Sólo cuando iba a salir sentía la necesidad de hacerse un peinado más austero, para parecer mayor, y esa noche no saldría a ninguna parte. Únicamente deseaba acurrucarse en algún rincón oscuro, como un animal, y lamerse las heridas.

Al entrar en la cocina, vio que Samantha se removía inquieta en el cesto; mientras Lali la observaba, ceñuda, la perra emitió un agudo gemido de dolor y se tumbó. Lali se acercó para acariciarle la sedosa cabeza negra.

-¡Parece que será esta noche, pequeña! Y ya era hora. Si no recuerdo mal, fue un
sábado cuando te escapaste y te metiste en este lío, así que podemos considerarlo justicia poética.

A Samantha le traía sin cuidado la filosofía, pero lamió la suave mano que la
acariciaba. Después agachó la cabeza y reanudó sus agudos gemidos.

Lali se quedó en la cocina con la perra; a medida que iba pasando el tiempo y los cachorros no nacían, empezó a inquietarse. Samantha parecía pasarlo mal. ¿Acaso habría algún problema? Lali no sabía con qué clase de Romeo de cuatro patas se había topado Samantha; ¿era posible que se hubiese apareado con un perro de una raza de mayor tamaño y los cachorros fuesen demasiado grandes para nacer? Desde luego, la perrita estaba muy hinchada.

Llamó por teléfono a Candela, pero no le respondía nadie, así que colgó. Sus vecinos habían salido. Tras morderse el labio un momento, indecisa, Lali tomó la guía telefónica y buscó el número del veterinario. Ignoraba si podían trasladar a Samantha estando de parto, pero a lo mejor el veterinario hacía visitas a domicilio.

Encontró el número y alargó la mano hacia el teléfono, que empezó a sonar justo en el momento en que lo tocó. Lali emitió un sobresaltado grito y dio un respingo hacia atrás. Después descolgó el auricular.

-La señora Esposito.

-Soy Peter Lanzani.

Claro que era él, pensó ella distraídamente. ¿Qué otro hombre podía poseer una
voz tan profunda?

-¿Qué es lo que quiere? -le preguntó.

-Tenemos un asunto pendiente... -comenzó a responder él.

-Pues tendrá que seguir pendiente -lo interrumpió Lali-. Mi perra está de parto
y no me es posible hablar con usted -colgó y esperó un segundo; luego volvió a
descolgar, oyó el tono del teléfono mientras buscaba de nuevo el número del
veterinario y lo marcó.

Media hora más tarde, estaba llorando de frustración. No había podido localizar a su veterinario, ni a ningún otro, por teléfono, posiblemente porque era sábado por la noche. Estaba convencida de que Samantha iba a morir. La perra chillaba de agonía, temblaba y se estremecía por la fuerza de las contracciones. Lali se sentía impotente y estaba tan angustiada que le corrían lágrimas por las mejillas.

Cuando sonó el timbre, acudió atropelladamente a abrir la puerta, alegrándose de
tener compañía aunque su visitante no entendiese de perros. A lo mejor era Nicolas, que jamás perdía la calma, aunque sería de tan poca ayuda como ella. Abrió la puerta de golpe y Lanzani entró de inmediato, como si la casa fuese suya, y cerró la puerta tras de sí. Después se volvió hacia Lali. Esta atisbó una fugaz expresión sombría y furiosa en su semblante, una expresión que cambió de repente. Lanzani observó su figura vestida con tejanos, su melena suelta y su rostro lleno de lágrimas, y pareció incrédulo, como si no acabase de creer que fuese realmente Lali.

-¿Qué sucede? -inquirió mientras sacaba un pañuelo y se lo tendía.

Sin pensar, Lali tomó el pañuelo y se secó las mejillas.

-Es... es mi perra -dijo con un hilo de voz, y tragó saliva para reprimir nuevas
lágrimas-. Creo que no puede parir los cachorros, y no consigo contactar con ningún veterinario...

Él frunció el ceño.

-¿Seguro que la perra va a tener cachorros?

En respuesta, ella prorrumpió de nuevo en llanto, tapándose la cara con el pañuelo. Sus hombros temblaban con la fuerza de sus sollozos y, al cabo de un momento, notó que un brazo le rodeaba la cintura.

-No llore -murmuró Lanzani-. ¿Dónde está? A lo mejor puedo ayudarla.

Claro, ¿por qué no?, se dijo Lali. Ella misma tendría que haberlo pensado; todo
el mundo sabía que los multimillonarios eran expertos en la cría de animales, pensó histéricamente mientras lo conducía hasta la cocina.

No obstante, pese a la incongruencia de la escena, Peter Lanzani se despojó
de la chaqueta y la dejó en el respaldo de una silla; luego se quitó los gemelos de oro de los puños y se los guardó en el bolsillo. Por último, se subió las mangas de la camisa blanca de seda y se acuclilló al lado de la cama de Samantha; Lali se arrodilló junto a él, porque Samantha solía mostrarse hosca con los desconocidos incluso cuando estaba de buen humor. Pero la perra no trató de morder a Lanzani; simplemente lo miró con ojos húmedos y suplicantes mientras él le pasaba cuidadosamente la mano por el cuerpo hinchado y la examinaba. Cuando hubo terminado, acarició con ternura la cabeza de Samantha y le murmuró unas suaves palabras en griego. Finalmente, dirigió a Lali una sonrisa tranquilizadora.

-Todo parece normal. Veremos aparecer un cachorro de un momento a otro.

-¿De veras? -preguntó Lali. Su interés aumentaba a medida que se aplacaba
su miedo-. ¿Samantha se encuentra bien?

-Sí, ha llorado usted por nada. ¿La perra es primeriza?

Lali asintió con la cabeza tristemente.

-Siempre la tengo en casa. Pero logró escabullirse y... Bueno, ya sabe usted cómo son estas cosas.

-Mmm, sí, sé cómo son -bromeó él amablemente. Sus ojos veerdes recorrieron la
figura menuda de Lali, para hacerle saber que su respuesta tenía un doble sentido. Era un hombre y la estaba mirando como un hombre miraba a una mujer;
instintivamente, ella ignoró su elogio masculino. Pero, a pesar de eso, y a pesar de lo que Lanzani le había dicho esa tarde, Lali se sentía mejor ahora que él estaba allí. Al margen de cómo pudiera ser, estaba claro que era un hombre capaz.

Samantha dejó escapar un breve y estridente chillido, y Lali se giró hacia la
perra. Peter le colocó un brazo sobre los hombros y la atrajo hacia sí, de modo que ella pudo sentir el calor de su cuerpo.

-Mire, ya empieza -murmuró-. Aquí tenemos el primer cachorro.

Lali permaneció allí de rodillas, embelesada, con los ojos abiertos de par en par y maravillados como los de un niño, mientras Samantha paría cinco criaturitas húmedas que se retorcían mientras su madre las empujaba, una por una, contra la calidez de su vientre. Cuando se hizo patente que el quinto era el último, cuando todos los animalillos chillaban acurrucados contra el vientre de negro pelaje, mientras la madre permanecía echada, exhausta pero satisfecha, Peter se puso de pie y ayudó a Lali a incorporarse, sosteniéndola un momento mientras recuperaba la sensación en las piernas dormidas.

-¿Es el primer parto que presencia? -inquirió él, alzándole el mentón con el dedo
pulgar y sonriendo al ver la expresión deslumbrada de sus ojos.

-Sí. Ha sido... ha sido maravilloso, ¿verdad?

-Maravilloso -convino Peter. La sonrisa se desvaneció de sus labios mientras
contemplaba el rostro de Lali. Cuando volvió a hablar, lo hizo en tono bajo y
neutro-. Todo solucionado; tus lágrimas se han secado y eres una mujer afortunada. Venía decidido a inculcarte buenos modales. Te recomiendo que no vuelvas a colgarme nunca el teléfono, Lali. Me enfado... -encogió sus anchos hombros, como aceptando algo que no podía cambiar-. Me enfado con facilidad.

Vagamente, ella percibió que la había tuteado. La había llamado por su nombre de
pila, y parecía haber arrastrado cada una de las sílabas. Movida por un impulso, le posó una mano en el brazo.

-Lo siento -se disculpó sinceramente-. No lo habría hecho de no haber estado tan
preocupada por Samantha. Quería llamar al veterinario.

-Ahora lo sé; pero en ese momento pensé que simplemente deseabas librarte de
mí. Y de forma bastante descortés, además. Ya estaba de mal humor porque me
dejaste plantado esta tarde. Pero cuando entré y te vi... -entornó los ojos y la miró otra vez de arriba abajo-, se me olvidó el enfado.

Ella se quedó mirándolo un momento sin comprender, antes de recordar que no
llevaba maquillaje, que tenía el pelo suelto sobre los hombros y, lo peor de todo, ¡que iba descalza! ¡Era un milagro que Lanzani la hubiese reconocido! Había acudido dispuesto a vapulear a una sofisticada mujer de mundo y, en vez de eso, había encontrado a una chica despeinada y deshecha en lágrimas que ni siquiera le llegaba al hombro. Un súbito rubor tiñó sus mejillas.

Nerviosamente, se apartó de la cara un mechón de cabello.

-Mmm, debo de... debo de tener una pinta horrible -tartamudeó; él alargó la mano
para acariciarle el cabello, haciendo que olvidase lo que estaba diciendo.

-No, no tienes una pinta horrible -le aseguró en tono ausente, observando cómo el pelo se deslizaba por sus morenos dedos-. Pareces inquietantemente joven, pero estás encantadora a pesar de las pestañas húmedas y los párpados hinchados -sus ojos negros volvieron a clavarse en los de ella-. ¿Has cenado ya, Lali?

-¿Cenado? -inquirió ella distraída, antes de propinarse mentalmente un puntapié
por no haber sabido reaccionar más deprisa. Querría haberle dicho que ya había
comido.

-Sí, cenado -repitió él-. Ya veo que no. Ponte un vestido y cenaremos fuera. Aún
tenemos asuntos que resolver y no considero prudente que conversemos en la
intimidad de tu casa.

Ella no sabía con certeza qué había querido decir, pero sí sabía que sería un error pedirle que se lo explicara.

Acepto la invitación de mala gana.

-Tardaré unos diez minutos dijo, ¿Quiere beber algo mientras me visto?


-No. Esperaré a que estés conmigo -respondió él. Lali corrió escaleras arriba y
se lavó la cara con agua fría, después de lo cual se sintió infinita
mente mejor. Mientras se maquillaba, se dio cuenta de que tenía los labios arqueados en una sonrisita que se negaba a desaparecer. Tras acabar de maquillarse, se echó un vistazo y se inquietó ante el aspecto que ofrecía. A causa del llanto, tenía los párpados hinchados; no obstante, con el rímel y la sombra, sus ojos parecían simplemente somnolientos. Sus frises brillaban, verdes, húmedos y oscuro; eran grandes ojos egipcios en los que se reflejaban pasiones satisfechas. Sus mejillas aparecían teñidas de color, sonrosadas de modo natural, porque el corazón le latía desbocado en el pecho, y notaba cómo el pulso palpitaba en sus labios, que seguían sonriendo.

Como era de noche, se recogió el pelo a la altura de la nuca y lo sujetó con un
pasador dorado en forma de mariposa. Se pondría un vestido largo, y sabía
exactamente cuál iba a ser. Las manos le temblaban un poco mientras lo sacaba del armario ropero; era un vestido de seda sin espalda, tan blanco que casi relucía. Se ceñía a sus senos como una segunda piel, y la falda caía en elegantes pliegues hasta sus pies. Tras ponerse los zapatos y colocarse un chal de gasa en el brazo, se hallaba lista.

Sólo le quedaba guardar un peine y una barra de carmín en el pequeño bolso de noche; en el último momento, se acordó de meter también las llaves de la casa. Tuvo que bajar las escaleras con un paso más digno que el que había utilizado al subir, pues las delicadas tiras de los zapatos no estaban hechas para correr, y apenas había llegado a la mitad cuando Peter salió del salón y se situó al pie de las escaleras para esperarla.

Sus ojos brillantes recorrieron cada centímetro del resplandeciente vestido de seda, y ella tembló al ver la expresión que asomaba en su mirada. Parecía... enfadado. 0... ¿qué?

Cuando llegó al último escalón, se detuvo para mirar los ojos de Peter, pero fue
incapaz de identificar qué emoción era la que brillaba en sus oscuras profundidades. Él le colocó la mano sobre el brazo y la ayudó a bajar el último escalón; luego, sin mediar palabra, tomó el chal dorado y se lo puso sobre los hombros desnudos. Lali se estremeció involuntariamente al notar su contacto, y los ojos de él ascendieron de nuevo hasta los suyos; esa vez, ella apenas fue capaz de sostener su mirada, pues aún se hallaba turbada por su propia reacción al más leve roce de los dedos de Peter.

-Estás... bellísima -dijo él en tono quedo.

¿Qué había querido decir? Lali se humedeció los labios, insegura, y las manos
de él se cerraron sobre sus hombros; una rápida mirada le bastó para darse cuenta de que los ojos de Peter se habían detenido en su lengua. El corazón comenzó a latirle frenéticamente en respuesta a la expresión que había en ellos, pero él retiró las manos y dio un paso atrás.

-Si no nos vamos ahora, no nos iremos nunca -dijo, y ella entendió perfectamente a qué se refería. La deseaba. O eso... o sabía fingir muy bien. Cuanto más lo pensaba, más probable le parecía que estuviese fingiendo. ¿Acaso no había reconocido que siempre trataba de engatusar a las mujeres para salirse con la suya?

Debía querer verdaderamente esas acciones, reflexionó Lali, sintiéndose más
cómoda ahora que había llegado a la conclusión de que Peter tan solo se estaba
mostrando romántico a fin de conseguirlas. Un Lanzani apasionado de verdad
debía de resultar devastador para los sentidos de una mujer, se dijo; no obstante, sus propios sentidos se habían calmado al comprender lo que él se proponía, y de nuevo podía pensar con claridad. Supuso que tendría que venderle las acciones; Nicolas se lo había recomendado, y ahora ella sabía que no podría desafiar a aquel hombre indefinidamente. Durante la cena le diría que estaba dispuesta a vender.

Peter había apagado todas las luces; solo había dejado encendida la de la cocina
para Samantha.

Cuando salieron, se aseguró de que la puerta quedaba bien cerrada.

-¿No vive contigo ninguna asistenta? -inquirió con el ceño fruncido, tomándole el brazo mientras caminaban hacia el coche.

-No -respondió ella en tono visiblemente divertido-. No ensucio ni como mucho, así que no necesito ninguna asistenta.

-Pero entonces te quedas sola por las noches...

-No me da miedo; tengo a Samantha. Aúlla cada vez que oye pisadas extrañas.
Además, Candela y Agustin ocupan el otro lado de la casa, de modo que en realidad no estoy sola.

Él abrió la portezuela del potente deportivo que conducía y la ayudó a instalarse en el asiento del pasajero; después rodeó el vehículo hasta el lado del conductor. Lali se puso el cinturón de seguridad, mirando con interés los numerosos cuadros e indicadores. Parecía la cabina de un avión. No era la clase de coche que había esperado encontrar. ¿Dónde estaba la limusina negra con el chofer uniformado?

Mientras Peter se instalaba en su asiento y se ajustaba el cinturón, Lali le
preguntó:

-¿Siempre conduce usted mismo?

-No, pero hay ocasiones en que no resulta deseable la presencia de un chofer
-respondió él con una ligera sonrisa. El potente motor cobró vida con un rugido, y Peter se puso en marcha con un fuerte y fluido acelerón que empujó a Lali
contra el respaldo de su asiento.

-¿Vendiste la finca? -preguntó él inesperadamente; Lali se preguntó cuánto
sabía de ella. Más de lo que pregonaban los chismorreos maliciosos, era evidente. Pero Peter había conocido a Gaston antes de que éste se casara con ella, así que era natural que supiera que tenía una casa en el campo.

-Gaston la vendió un año antes de morir -respondió Lali con firmeza-. Después
de su muerte, dejé el ático; era demasiado grande y costoso para mí. Me basta con la mitad de mi casa.

-¿No habrías estado mejor en un pequeño apartamento?

-No me gustan los apartamentos. Además, he de pensar en Samantha. Necesita
espacio para correr. El barrio es agradable, con muchos niños.

-Aunque no muy elegante -comentó él cínicamente; ella se indignó un poco, pero una súbita oleada de buen humor aplacó su indignación.

-No, a menos que los tendederos le parezcan elegantes -respondió antes de
echarse a reír-. Pero es tranquilo, y me siento cómoda en él..

-Con ese vestido, tienes el aspecto de una mujer que debería estar rodeada de
diamantes y visones, no de tendederos.

-¿Y qué me dice de usted? -preguntó ella animadamente-. ¿Vestido con una camisa
de seda y un traje caro, y se arrodilla en el suelo para ayudar a una perrita a tener sus cachorros?

Peter le dirigió una breve mirada que reflejaba las lucecitas verdes del
salpicadero.

-En la isla, la vida es mucho más sencilla que en Londres y París. Crecí allí,
corriendo y brincando como un cervatillo salvaje.

Ella lo imaginó de niño, con sus ojos negros resplandeciendo mientras corría
descalzo por las agrestes colinas de su isla. ¿Acaso el dinero, los años y la
sofisticación habrían borrado la impronta de aquellos primeros años? No obstante, mientras pensaba en ello, Lali comprendió que Peter seguía siendo un hombre feroz e indómito, pese a las camisas de seda que vestía.

La conversación cesó a partir de ese momento; cada uno se sumió en sus propios
pensamientos y, sólo cuando Peter detuvo el coche delante de un restaurante
discretamente iluminado, comprendió Lali adónde la había llevado. Apretó los
puños a causa de la oleada de aprensión que notó en el estómago, pero se obligó a relajar las manos. Peter no podía saber que ella siempre evitaba ir a lugares como aquel... ¿O sí lo sabía? No, imposible. Nadie sabía de su dolor; siempre había mantenido una firme fachada de indiferencia.

Respirando hondo, dejó que él la ayudara a salir del coche, la tomara del brazo y la acompañase hasta la puerta. No se dejaría incomodar por la situación, se dijo convencida. Charlaría con él, cenaría y asunto concluido. No tenía por que prestar atención a otras personas con las que pudieran coincidir.

Después de salir a cenar unas cuantas veces con Lali, ya casados, Gaston
comprendió cuán profundamente hería a su joven esposa la forma en que sus conocidos la rechazaban públicamente, así que dejaron de ir a los lujosos restaurantes que Gaston siempre había frecuentado. Había sido en ese restaurante en particular donde un grupo de personas le había vuelto literalmente la espalda a Lali. Gaston la sacó amablemente de allí a mitad de la cena, antes de que perdiera el control de sí misma y se pusiera a llorar delante de todo el mundo. Pero de eso hacía ya cinco años y, aunque la idea de cenar en aquel sitio aún le producía pavor, Lali irguió la cabeza orgullosamente y atravesó sin titubear las puertas que el portero uniformado les había abierto.

El maître vio a Peter y estuvo a punto de hacer una reverencia.

-¡Señor Lanzani, qué honor!

-Buenas noches, Swaine; quisiéramos un sitio tranquilo y reservado, por favor.

Mientras seguían al maître por entre las mesas, Lali se recobró lo suficiente
como para dirigir una divertida mirada al hombre alto que la acompañaba.

-¿Una mesa apartada? -inquirió, y sus labios se curvaron en una sonrisa que
reprimió-. ¿Para que nadie repare en el alboroto?

La cabeza de cabellos oscuros se inclinó hacia Lali y esta vio el brillo de su
sonrisa.

-Creo que podremos resolverlo de una manera más civilizada.

Swaine los acomodó en la mesa más apartada que había disponible, siendo como era
sábado por la noche. Quedaba parcialmente oculta detrás de unas plantas que a
Lali le recordaron una selva, casi podía oír el trino de los pájaros. Luego se
reprendió a sí misma por semejante tontería.

Mientras Peter elegía el vino, ella se fijó en las otras mesas, casi temerosa de
ver algún rostro conocido; había reparado en el silencio que los había precedido
mientras se dirigían hacia la mesa, y en los cuchicheos que se oían una vez que habían pasado de largo. ¿Lo habría notado Peter? Quizá estaba siendo demasiado
susceptible; tal vez la reacción de la gente se debía a la presencia de Peter, no a la suya. ¡Como multimillonario que era, llamaba más la atención que el resto de los mortales!


-¿No te gusta la mesa? -la voz de Peter interrumpió sus cavilaciones; Lali se
volvió hacia él rápidamente y descubrió queda estaba mirando con una expresión de irritación en sus duras facciones.

-Sí, la mesa está bien -se apresuró a responder.

-Entonces ¿por qué estás tan seria? -inquirió él.

-Malos recuerdos -dijo Lali-. No es nada. Es que tuve... una experiencia
desagradable en este sitio.

Él la observó un momento. Luego dijo con calma:

-Si estás incómoda, podemos irnos.

-Estoy incómoda -confesó ella-, pero no quiero irme. Creo que ya va siendo hora de dejar atrás mis estúpidas fobias. ¿Y qué mejor momento para hacerlo que ahora, cuando he de pelearme con usted y puedo olvidar los problemas del pasado?

-Es la segunda vez que aludes a una pelea entre nosotros -comentó él. Se inclinó
hacia Lali y alargó la recia mano morena para tocar el pequeño arreglo floral que había entre ambos-. Esta noche no habrá peleas. Estás tan hermosa que no quiero desperdiciar el tiempo que pasemos juntos discutiendo. Como empieces a discutir, simplemente te besaré hasta que te calles. Estás avisada, así que, si decides desafiarme como una gatita enfurecida, pensaré que quieres que te bese. ¿Qué te parece? ¿Mmm?

Ella lo miró fijamente, tratando de controlar sus labios, los cuales, a pesar de
todo, se abrieron en una deliciosa sonrisa; finalmente se echó a reír, haciendo que todos se giraran para mirarlos. Lali se inclinó también sobre la mesa y dijo en tono confidencial:

-¡Me parece, señor Lanzani, que seré tan dulce y encantadora como me sea
posible!

La mano de él se retiró de las flores y agarró rápidamente la muñeca de Lali.
Acarició con el pulgar las azuladas venas del interior de su brazo.

-Siendo dulce y encantadora también conseguirás que te bese -bromeó Peter con
voz ronca-. ¡Creo que, de un modo u otro, yo saldré ganando! Y te prometo que te
besaré con fuerza como vuelvas a llamarme «señor Lanzani». Intenta llamarme
Peter. No te resultará tan difícil. O llámame Pitt, como hacen mis amigos.

-Si ese es tu deseo -ella le sonrió. Era el momento adecuado para hablarle de las acciones, antes de que llevara demasiado lejos su farsa romántica-. Pero quiero decirte que he decidido venderte mis acciones, así que no tienes por qué ser simpático conmigo si no quieres. No cambiaré de opinión aunque te pongas desagradable.

-Olvídate de las acciones -murmuró él-. No hablemos de ellas esta noche.

-Pero si me has invitado a cenar para eso -protestó ella.

-Cierto, aunque sin duda habría utilizado cualquier otro pretexto si ese fallaba
-Peter esbozó una sonrisita perversa-. La joven aniñada y con el rostro lleno de
lágrimas me resultaba muy tentadora, sobre todo porque sabía que detrás de esas
lágrimas se ocultaba una mujer fría y sofisticada hasta la exasperación.

Lali meneó la cabeza.

-Creo que no me has entendido, Peter. Las acciones son tuyas. No tienes por qué
seguir con esta farsa.


Por un momento, los párpados de Peter se cerraron, ocultando el brillo negro de
sus ojos, y su mano apretó la muñeca de Lali.

-Muy bien, dado que insistes en el asunto, hablemos de las malditas acciones y
acabemos de una vez. ¿Por qué has decidido venderlas?

-Mi asesor financiero, Nicolas Vazquez, ya me había dicho que era preferible
venderlas antes que enfrentarme a ti. Estaba dispuesta a vender, pero me irritó tu conducta, así que me negué a hacerlo por pura cabezonada. No obstante, Nicolas tiene razón, como siempre; no puedo luchar contra ti. Ni quiero verme envuelta en problemas con la junta. No será necesario que pagues la cantidad astronómica que habías pensado. Con el precio de su valor en bolsa bastará.

Peter se enderezó. Le soltó la muñeca y dijo bruscamente:

-Ya te he hecho una oferta; no pienso echarme atrás.

-Pues tendrás que hacerlo, porque solo aceptaré el precio de su valor en bolsa
-Lali lo miró con calma pese al estallido de cólera que vio en su rostro.

Peter dijo algo áspero y breve en griego.

-No comprendo cómo puedes rechazar una suma semejante. Es una estupidez.

-¡Ni yo comprendo cómo conservarás tu fortuna si te empeñas en hacer tratos tan
absurdos! -repuso ella.

Por un momento, los ojos de Peter la atravesaron como cuchillos. Después, un
estallido de risa brotó de su garganta y echó la cabeza hacia atrás, lleno de puro placer.

Ajeno a los numerosos ojos que los miraban con interés, se inclinó hacia delante
otra vez para tomar la mano de Lali.

-Eres absolutamente encantadora -susurró con voz ronca-. Sólo por el hecho de
haberte conocido ha valido la pena perder la absorción de Dryden. Creo que no
regresaré a Grecia tan pronto como había planeado.

Lali se quedó mirándolo con los ojos abiertos como platos. Parecía hablar en
serio; ¡sí, se sentía atraído por ella! Notó en su interior un cosquilleo de alarma, que llenó de calor su cuerpo mientras sostenía la depredadora mirada de aquellos ojos verdes.


Chicas os dejo un Bonus Track!!
Espero comentarios!!!
Besos!!
Ione
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Dom Dic 25, 2011 6:15 pm

Desde ya me gusta!
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Vero_me
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Dom Dic 25, 2011 7:26 pm

Amiga ya la has liado!!!!!
Ya me tienes enganchada!!!
Me encanta, para que decirte nada mas???
Ya estoy deseando leer el próximo y eso que nos dejaste regalitoooo

Amoreeeee besitos. Te quierooooooo!!!!!!!

FELIZ NAVIDAD y FELICES FIESTAS!!!
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Lun Dic 26, 2011 9:35 am

Tres


Con la llegada del vino, la penetrante mirada de Peter dio a Lali una
bienvenida tregua, aunque fue momentánea. En cuanto volvieron a quedarse solos, él dijo arrastrando la voz:

-¿Te incomoda que me sienta atraído por ti? Creía que para ti sería algo normal
despertar el deseo de un hombre.

Lali trató de retirar la mano, pero los dedos de él la sujetaban con firmeza y
se negaban a soltarla. Alzó la cabeza para mirarlo, con sus ojos verdes
relampagueando.

-No creo que te sientas atraído por mí -dijo con aspereza-. Creo que aún intentas ponerme en mi lugar porque no me inclino ante ti ni te beso los pies. Ya te he dicho que esas acciones son tuyas. Haz el favor de soltarme la mano.

-Te equivocas -aseguró Peter, apretándole la mano hasta hacerle daño; Lali
hizo una mueca-. Todos los nervios de mi cuerpo han estado gritando desde el
momento en que entraste en mi despacho esta tarde. Te deseo, Lali; y no creas
que cediéndome esas acciones vas a conseguir que desaparezca de tu vida.

-¿Y cómo lo conseguiré? -inquirió ella tensando los labios-. ¿Qué precio habré de pagar para que me dejes en paz?

Una expresión de ira casi salvaje cruzó el semblante de Peter; después sonrió, y
su sonrisa le heló la sangre a Lali. Los ojos negros como la noche, recorrieron su rostro y sus senos.

-¿Precio? -murmuró-. Tú sabes cuál sería el precio para que te dejase en paz... con el tiempo. Quiero saciarme de ti, marcarte con mis caricias tan profundamente que jamás serás libre, para que cuando otro hombre te acaricie, pienses en mí y desees que yo estuviese en su lugar.

El pensamiento, la imagen que evocaba, resultaba demoledor. Lali abrió los ojos
de par en par y lo miró horrorizada.

-No -dijo con voz espesa-. ¡Oh, no! ¡Eso jamás!

-No estés tan segura -se burló él-. ¿Crees que no sería capaz de acabar con
cualquier resistencia que pudieras oponer? Y no estoy hablando de forzarte, Lali; estoy hablando de deseo. Puedo hacer que me desees, que ansíes con tal intensidad que te haga el amor que llegues a pedírmelo de rodillas.

-¡No! -Lali meneó la cabeza, aterrorizada por la idea de que Peter pudiera
llegar realmente a forzarla. No se lo permitiría. Nunca. Había soportado un infierno en vida porque todos la veían como una fulana aprovechada, pero jamás se rebajaría a ser una mantenida, una querida, como se había dicho de ella-. ¿No lo comprendes? -susurró entrecortada-mente-. No quiero tener relaciones de ninguna clase contigo ni con ningún otro hombre.

-Eso me parece muy interesante -dijo él, mirándola con los ojos entrecerrados-.
Comprendo que tus deberes maritales para con un anciano te resultaran repulsivos, pero es imposible que todos tus amantes fueran tan malos. Y no me vengas con que fuiste al matrimonio pura como la nieve, porque no te creeré. Una inocente jamás se vendería a un viejo. Y, además, hay muchos hombres que afirman haberte... conocido.

Lali tragó saliva para reprimir una súbita sensación de náusea y alzó de golpe la cabeza. Con la faz pálida y los verdes ojos inflamados, dijo:

-Al contrario, ¡Gaston era un ángel! Fueron los otros hombres quienes me dejaron
un regusto amargo en la boca. Y creo, señor Lanzani, que usted, pese a su dinero, me produce el regusto más amargo de todos.

Lali se dio cuenta inmediatamente de que había ido demasiado lejos. La
expresión de él se tornó rígida y ella sólo dispuso de un segundo de advertencia antes de que la mano que aferraba sus dedos se tensara y tirase de ella, hasta que quedó inclinada sobre la mesa. Peter se adelantó a su vez y se acercó a ella, sofocando un grito de asombro con la presión de su boca. Le dio un beso fuerte, intenso y penetrante; ella nada pudo hacer contra la intrusión de su lengua.

Podía oír vagamente los murmullos que aumentaban a su espalda, notó una ráfaga
de luz contra sus párpados, pero el beso se prolongó más y más, y Lali era incapaz de interrumpirlo. La embargó el pánico y un gemido de angustia brotó de su garganta. Sólo entonces Peter retiró su atormentadora boca, aunque siguió sujetando a Lali y contemplando su semblante pálido y sus labios temblorosos. Por fin, la soltó con cuidado y ocupó de nuevo su silla.

-No vuelvas a provocarme -dijo entre dientes-. Te lo advertí, Lali. Y ese beso
ha sido suave comparado con el próximo que te daré.

Lali no se atrevía a alzar la vista para mirarlo; permaneció sentada con los ojos fijos en la copa de vino, temblando de pies a cabeza. Sentía ganas de abofetearlo, pero lo que más deseaba era salir corriendo y esconderse. La ráfaga de luz que había notado era el flash de una cámara, estaba segura de ello, y se encogió por dentro al pensar en el festín que se daría la prensa del corazón con aquella foto. Se notó el estómago revuelto y luchó contra las náuseas, tomando la copa con una mano temblorosa y sorbiendo el vino frío y seco hasta que volvió a recuperar el dominio de sí misma.

Un camarero que parecía más bien incómodo llegó con la carta y Lali hizo
acopio de toda su capacidad de concentración para elegir la comida. Había pensado dejar que Lanzani pidiera por ella. De hecho, él parecía esperar que así lo hiciera; pero para Lali resultaba ahora fundamental aferrarse a ese pequeño reducto de independencia. Necesitaba aferrarse a algo mientras sentía cómo todos los ojos la escrutaban desde cada uno de los rincones de la sala, mientras tenía sentado delante a un hombre a cuyo lado los tigres devoradores de hombres parecían dóciles criaturas.

-No conseguirás nada enfurruñándote -dijo Peter, interrumpiendo sus
pensamientos con voz suave y cavernosa-. No te lo permitiré, Lali. Y, al fin y al cabo, solo ha sido un beso. El primero de muchos. ¿Te gustaría venir a navegar conmigo mañana? Según el pronóstico del tiempo, hará un día cálido y soleado, y podrás conocerme mejor mientras nos tumbamos al sol.

-No -respondió ella terminantemente-. No quiero volver a verte nunca más.

Él se echó a reír en el acto, inclinando hacia atrás la cabeza de brillantes cabellos morenos, con su blanca dentadura reluciendo en la penumbra como la de un animal salvaje.

-Pareces una niñita enfadada -murmuró-. ¿Por qué no pataleas y gritas diciendo que me odias? Así tendría el placer de domarte. Disfrutaría mucho peleando contigo, haciéndote rodar por el suelo hasta que se te acabaran las fuerzas y te quedaras quieta debajo de mí.

-No te odio -respondió Lali, recobrando parte de su compostura pese a las
inquietantes palabras de Peter. Incluso se las arregló para mirarlo con frialdad-. No malgastaré energía odiándote, porque estás de paso. Una vez que te haya vendido las acciones, no volveré a verte. Y no creo que derrame muchas lágrimas llorando tu ausencia.

-No puedo permitir que sigas engañándote -repuso él en tono burlón-. No estoy de
paso; he cambiado de planes... y tú figuras en ellos. Me quedaré en Londres algún tiempo, el que haga falta. No te resistas, cariño; sólo conseguirás perder un tiempo que podríamos emplear mejor haciendo otras cosas.

-Debes tener un ego enorme -observó Lali mientras daba un sorbo de vino-.
Pareces incapaz de creer que sencillamente no me gustas. Muy bien, si es el único medio que tengo para librarme de ti, cuando me lleves a mi casa subiremos a mi habitación y podrás satisfacer tus pequeñas necesidades. No supondrá mucho
esfuerzo, y merecerá la pena con tal de perderte de vista -mientras dichas palabras brotaban de sus labios, la propia Lali casi estuvo a punto de saltar de asombro. Dios santo, ¿cómo podía mostrarse tan tranquila e indiferente al tiempo que decía unas cosas tan horribles? ¿Qué diablos haría si Peter aceptaba la propuesta? No tenía ninguna intención de acostarse con él.

El rostro de Peter había adquirido una expresión dura mientras ella hablaba, y
sus ojos se habían entrecerrado hasta semejar dos finas rendijas. Lali sintió el
impulso de alzar los brazos para protegerse la cara, pese a que él no movía ni un solo músculo. Finalmente, Peter habló, mascullando las palabras entre dientes.

-Esto me lo vas a pagar, mi fría zorrita. Cuando haya acabado contigo, te
arrepentirás de haber abierto la boca; me pedirás disculpas por cada una de las
palabras que has dicho. ¿Que suba contigo a tu habitación? ¡No creo que espere tanto tiempo!

Tenía que salir de allí, tenía que alejarse de él. Sin pensar, Lali agarró su bolso y dijo: -Necesito ir al lavabo...

-No -respondió él-. No irás a ningún sitio. Seguirás ahí sentada hasta que
acabemos de cenar, y luego te llevaré a tu casa.

Lali permaneció sentada muy quieta, mirándolo con rabia, aunque su hostilidad
no parecía incomodarlo. Cuando les hubieron servido la cena, Peter empezó a comer como si la situación fuese perfectamente tranquila y normal. Ella masticó unos cuantos bocados, pero el tierno cordero y las zanahorias hervidas formaban una bola en su garganta y no podía tragarlos. Tomó un trago de vino y, de nuevo, captó el flash de una cámara. Soltó la copa rápidamente, palideciendo, y miró hacia otro lado.

Peter no perdió detalle de lo ocurrido, a pesar de que, aparentemente, no estaba
prestando atención.

-No te dejes incomodar por ellos -le aconsejó con calma-. Hay periodistas por
todas partes. No lo hacen con mala intención; simplemente buscan algo con que llenar sus revistuchas.

-Lali no respondió, pero se acordó del flash que había relampagueado antes,
mientras Peter la besaba con tanta brutalidad. Se sintió enferma al pensar que
aquella foto sería publicada en todas las revistas de sociedad.

-No parece que te importe ser blanco de chismorreos -se obligó a decir; si bien su voz era algo tensa, logró hablar sin prorrumpir en lágrimas.

Peter se encogió de hombros.

-No hay ningún mal en ello. Si a alguien le interesa con quién ceno o quién se para junto a mi mesa para conversar un momento, no tengo nada que objetar. Cuando deseo

intimidad, no voy a sitios públicos.

Lali se preguntó si habría sido alguna vez objeto de las maliciosas habladurías
que ella había tenido que soportar; aunque los periódicos siempre hablaban de él
cuando cerraba un trato o viajaba a tal o cual país para asistir a un congreso, y a veces incluían alguna vaga alusión a su última acompañante, Lali no recordaba haber leído nada acerca de su vida privada. Peter había dicho que vivía en una isla...

-¿Cómo se llama la isla en la que vives? -preguntó, pensando que era un tema de
conversación inocuo. Necesitaba desesperadamente algo que le permitiera ganar
tiempo para calmarse.

Una perversa ceja negra se arqueó hacia arriba.

-Vivo en la isla de Zenas, que significa regalo de Zeus, o, traducido más
libremente, regalo de los dioses. He utilizado el nombre griego del dios. En su versión romana se llama Júpiter.

-Ya -dijo ella-. ¿Cuánto tiempo llevas viviendo allí?

La ceja se arqueó aún más.

-Nací allí. La isla es de mi propiedad.

-Ah -naturalmente que era de su propiedad. ¿Por qué iba un hombre como él a vivir
en la isla de otro? Y Lali había olvidado un detalle del que se acordó en ese
momento; Peter le había dicho que se había criado en la isla, como un cervatillo
salvaje-. ¿Es una isla muy grande? ¿Vive alguien más o es tu refugio privado?

Él sonrió con aire burlón.

-Mide unos dieciséis kilómetros de largo por siete de ancho. Hay una pequeña aldea
de pescadores, y los aldeanos apacientan sus rebaños de cabras en las colinas. Mi madre pasa todo el año allí; ya no le gusta viajar. Naturalmente, también está el personal que atiende la finca. Calculo que, en total, habrá unas doscientas personas en la isla, además de cabras, gallinas, perros y unas cuantas vacas.

Parecía un sitio encantador; por un momento, Lali olvidó sus problemas
mientras imaginaba cómo sería una vida tan plácida y sencilla. Sus ojos brillaron mientras preguntaba:

-¿Qué tal sobrellevas ausentarte de allí?

Peter se encogió de hombros.

-Tengo muchos negocios que reclaman mi tiempo y mi atención. Aunque siempre
consideraré la isla mi hogar, no soy ningún ermitaño. El mundo moderno también posee sus atractivos -alzó la copa de vino hacia Lali, y ella comprendió que para él gran parte del atractivo del mundo moderno estaba en sus mujeres. Naturalmente, en una pequeña isla griega las jóvenes debían de estar sometidas a una estricta vigilancia hasta que se casaban, y un hombre rico como Peter necesitaba satisfacer sus necesidades más básicas.

El gesto que él hizo con la copa de vino la impulsó a fijarse en su propia copa, y comprobó que estaba casi vacía.

-¿Puedo tomar más vino?

-No -prohibió él suavemente-. Ya has tomado dos copas y apenas has probado la
comida. Si sigues bebiendo, te emborracharás. Acábate la cena, ¿o es que acaso no te gusta? ¿Pido que la devuelvan a la cocina?

-No, la comida es excelente, gracias -¿qué otra cosa podía decir? Era la verdad.

-Entonces ¿por qué no comes?

Lali lo miró con seriedad; luego decidió que ya era mayorcito y que, sin duda
alguna, podría soportar la verdad.

-No lo estoy pasando bien -dijo-. Me has trastornado el estómago.

La boca de él se curvó en un gesto de sombrío humor.

-Tú no has trastornado el mío, ¡pero sí que has trastornado mi organismo en otros muchos aspectos! Después de haberte conocido, absuelvo completamente a Gaston Esposito de toda acusación de necedad. Eres una mujer encantadora, aun cuando me insultas.

Lali jamás le había hablado a nadie de su relación con Gaston, pero en ese
instante sentía deseos de gritar en voz alta que lo había amado, que todo lo que se decía de ella era falso. Solo sus años de práctica guardando las distancias impidieron que abriera la boca y soltara un frenético grito de dolor. Aun así, se permitió decir:

-Gaston era el hombre menos necio que he conocido nunca. Sabía exactamente lo
que hacía en todo momento.

Peter entornó los ojos.

-¿Me estás diciendo que sabía que te habías casado con él por su dinero?

-No he dicho nada semejante -replicó ella con brusquedad-. No pienso hablar de mi
matrimonio contigo; no es asunto tuyo. Si has terminado ya de cenar, quisiera irme a
mi casa.

-Yo ya he terminado -dijo Peter, dirigiendo una significativa mirada al plato de
ella-, pero tú apenas has empezado. Necesitas comer para absorber el vino que has tomado, y no nos iremos hasta que termines.

-Seria capaz de tragarme el plato entero sin masticarlo con tal de librarme de tu compañía -musitó Lali mientras alzaba el tenedor y pinchaba un trozo de carne.

Él esperó hasta que ella se introdujo la carne en la boca y empezó a masticar.
Entonces dijo:

-Necesitarás algo más para librarte de mí. Si no recuerdo mal, me has invitado a
subir a tu habitación cuando vayamos a tu casa. Para satisfacer mis «pequeñas
necesidades», creo que dijiste. Acepto tu invitación.

Lali tragó el bocado y pinchó otro pedazo de carne.

-Me habrás malinterpretado -dijo fríamente-. Jamás te dejaría entrar en mi casa,
y menos en mi habitación.

-Mi apartamento servirá igualmente -respondió él con un brillo en los ojos-. O la calle, si te pones difícil.

-Vamos a ver -dijo ella bruscamente, soltando el tenedor de golpe-. Esto ya ha ido demasiado lejos. Quiero que lo entiendas con claridad: ¡no estoy disponible! Ni para ti ni para ningún otro hombre. Y, como me toques, gritaré hasta que todo Londres me oiga.

-Si puedes -murmuró Peter-. ¿Es que no me crees capaz de sofocar tus gritos,
Lali?

-¿Ah, sí? -ella enarcó las cejas-. ¿Eres un violador, acaso? Porque sería una
violación, no te quepa duda. No me estoy haciendo la estrecha; hablo completamente en serio. No te deseo.

-Me desearás -dijo él con absoluta seguridad.

Ella sintió deseos de gritar, presa de la frustración. ¿Podía ser tan duro de
entendederas y tener un ego tan invulnerable que, sencillamente, era incapaz de creer que no deseaba acostarse con él? Muy bien, si tan convencido estaba de que no gritaría, iba a llevarse toda una sorpresa como intentara propasarse con ella.

Con un rápido movimiento, Lali se puso de pie, decidida a no permanecer allí
sentada ni un momento más.

-Gracias por la cena -dijo-. Creo que será mejor que me vaya a casa en un taxi. Le diré a Nicolas que te llame el lunes para dejar cerrado el asunto de las acciones.

Peter se levantó también, soltando con calma la servilleta.

-Yo te acercaré a tu casa -aseguró-, aunque tenga que llevarte hasta el coche a
rastras. Bueno, ¿quieres salir del restaurante de una manera digna o prefieres que te cargue sobre mi hombro? Antes de que decidas, permíteme decirte que nadie acudirá a auxiliarte. El dinero tiene sus ventajas, ¿sabes?

-Sí, lo sé -convino ella en tono gélido-. Permite a algunas personas comportarse
como matones sin miedo a sufrir represalias. Muy bien. ¿nos vamos?

Él esbozó una sonrisa triunfante y dejó un billete encima de la mesa. A pesar de su
enojo. Lali se sorprendió al ver la cantidad que había dejado. Alzó la mirada a
tiempo de observar cómo Peter hacía una seña al maître y, cuando llegaron a la
puerta, ya tenían su chal preparado. Peter lo tomó y se lo colocó cuidadosamente
sobre los hombros: sus manos se detuvieron en ellos un momento mientras le rozaba la piel con los dedos.

Una cegadora ráfaga de luz indicó a Lali que también aquello había sido
fotografiado. Involuntariamente, se apretó contra Peter en un intento de
esconderse. Las manos de él se tensaron sobre sus hombros; con el ceño arrugado,
bajó la mirada hacia el rostro repentinamente lívido de ella. Luego miró en torno hasta que localizó al fotógrafo y, aunque no dijo nada, Lali oyó que alguien musitaba una disculpa a sus espaldas. Peter le pasó el brazo alrededor de la cintura y la llevó afuera.

Una vez que Lali estuvo bien instalada en el asiento del pasajero, él se giró
hacia ella.

-¿Por qué tiemblas cada vez que ves el flash de una cámara?

-No me gusta la publicidad -musitó.

-Que te guste o no carece de importancia dijo él en tono quedo-. Siempre estarás
sometida a ella debido a tus actos, y a estas alturas ya deberías haberte
acostumbrado. Tu matrimonio causó bastante revuelo.

-Lo sé -respondió Lali-. Me han llamado puta en la cara y han dicho cosas aún
peores de mí a mi espalda, pero eso no significa que tenga que acostumbrarme. Tenía dieciocho años y la prensa se ensañó conmigo. Nunca lo he olvidado.

-¿Creíste que tu matrimonio con un anciano con el prestigio de Gaston Esposito
pasaría inadvertido? -dijo Peter casi gruñendo-. ¡Por amor de Dios, Lali,
prácticamente suplicaste que se ensañaran contigo!

-Eso descubrí -musitó ella con un nudo en la garganta-. Gaston y yo dejamos de
aparecer en público en cuanto se hizo evidente que jamás me aceptarían como su
esposa, aunque a él, personalmente, no le importaba. Dijo que así descubriría quiénes eran amigos suyos de verdad; apreciaba mucho a esos amigos sinceros y nunca deseó que las cosas fuesen de otra forma, al menos que yo supiera. Gaston era infinitamente bondadoso -concluyó en tono sereno, pues descubrió que los recuerdos de Gaston contribuían a calmar su estado de ánimo. Su difunto marido veía la vida tal como era, con absoluta claridad, sin engaños ni ilusiones, haciendo gala de un inagotable sentido del humor.

¿Qué pensaría acerca del depredador que permanecía sentado al lado de Lali
en ese momento?

Peter condujo en silencio y ella reclinó la cabeza en el asiento y cerró los ojos, agotada y exhausta. Había sido un día muy largo. y lo peor aún había de llegar, a menos que él decidiera comportarse con un mínimo de decencia y la dejara en paz. Pero por alguna razón, Lali dudaba que Peter Lanzani siguiera otros dictados que satisfacer sus propias apetencias, así que se preparó para la batalla.

Cuando él detuvo el coche en el sendero de entrada de la casa, Lali advirtió
con alivio que Candela y Agustin ya habían regresado y seguían levantados, pese a que el reloj le indicaba que eran las diez y media. Peter paró el motor y se guardó las llaves en el bolsillo; después se bajó del coche y lo rodeó para abrirle a ella la portezuela. Se inclinó y la ayudó a recogerse la larga falda, antes de alzarla, prácticamente, para sacarla del vehículo.

-No soy una inválida -se quejó Lali con aspereza mientras él le deslizaba un
brazo alrededor de la cintura y la apretaba contra su costado.

-Por eso precisamente te sujeto -explicó Peter, y el soplo de su profunda risa
acarició su cabello-. No quiero que eches a correr.

Lali observó, indignada pero impotente, cómo él sacaba las llaves de su bolso,
abría la puerta y la conducía al interior con el férreo brazo pegado a su espalda. Ella no se inmutó y se dirigió a la cocina para comprobar cómo se encontraba Samantha. Se agachó y rascó a la perrita detrás de las orejas, recibiendo a cambió un cariñoso lametón en la mano. Uno de los cachorros gimió, al verse molestado, y recibió también una caricia de la cálida lengua; luego Lali se sobresaltó al notar que dos fuertes manos se cerraban sobre sus hombros y la obligaban a incorporarse.

Ya estaba bien; se había hartado de aquel hombre y de su arrogancia. Estalló de
ira, golpeándole en el rostro y retorciendo el cuerpo entre sus brazos mientras él trataba de sostenerla contra sí.

-¡No, maldita sea! -gritó Lali-. ¡Te he dicho que no quiero!

Samantha se levantó al instante y emitió un rugido al ver cómo maltrataban a su
ama, pero los cachorros comenzaron a chillar, alarmados, cuando su madre se separó de ellos, de modo que la perra se giró de nuevo hacia sus crías. Para entonces, Peter ya había tomado en brazos a Lali y atravesó con ella la puerta de la cocina, cerrando ésta con el hombro. Su respiración ni siquiera se alteró mientras mantenía sujetos los frenéticos brazos de Lali, lo cual la enfureció aún más. Arqueó la espalda y empezó a patalear con el fin de liberarse, le golpeó con fuerza el amplio pecho y, al ver que sus esfuerzos eran inútiles, abrió la boca para gritar. Peter le llevó rápidamente la cabeza contra su hombro, amortiguando el grito con su cuerpo. Resollando con furia, ella dejó escapar un chillido ahogado mientras él la soltaba de repente.

Unos suaves almohadones amortiguaron su caída y, un momento después, su cuerpo
quedó cubierto por el duro peso de Peter, que se echó sobre ella y la sujetó.

-Estate quieta, maldición -ordenó él entre dientes, estirando el largo brazo sobre la cabeza de Lali. Por un escalofriante momento. ella temió que pensara
abofetearla y contuvo la respiración, pero no cayó ningún golpe. En vez de eso. Peter encendió la lámpara situada junto al sofá y una tenue luz bañó la habitación. Ella no había sabido dónde estaban hasta que paseó la vista por los confortables y tranquilizadores confines de su sala de estar. Giró la cabeza para mirar con desconcierto el furioso rostro que se cernía sobre ella.

-¿Qué es lo que te pasa? -rugió él.

Lali parpadeó. ¿No había intentado pegarle? ¡Pero la había maltratado, de eso
no había duda! Incluso en ese momento, sus pesadas piernas la oprimían contra el sofá, y Lali sabía que tenía la falda por encima de las rodillas. Se removió inquieta debajo de Peter, y él ejerció más presión a modo de advertencia.

-¿Y bien? -gruñó.

-Pensé que... que... ¿No ibas a pegarme? -inquirió Lali arrugando la frente-. Creí que intentarías agredirme, y Samantha también lo creyó.

-Maldita sea, Lali -respondió él bruscamente-. No sabes lo tentadora que resultas... y lo exasperante... -se interrumpió, deslizando sus ojos negros hacia los labios de ella. Lali se retorció y apartó la cabeza. De sus labios escapó un «no» entrecortado y casi inaudible, pero Peter le colocó las manos en las mejillas y la obligó a mirarlo otra vez. Estaba a escasos centímetros de sus labios y ella empezó a protestar nuevamente, pero ya era demasiado tarde. Su recia boca se apretó contra la suavidad de la de Lali, obligándola a separar los labios, llenándola con su aliento aún impregnado de un regusto a vino. Luego siguió la lengua, que exploró y acarició el interior de su boca, jugueteando con su propia lengua, haciendo que sus sentidos
zozobraran.

Lali se sentía aterrorizada por la presión que el enorme y recio cuerpo de
Peter ejercía sobre el suyo, y por un instante sus finas manos forcejearon
inútilmente contra los fuertes hombros. Pero su boca era cálida y no le hacía ningún daño; nunca la habían besado así. Por un momento, sólo por un momento, se prometió a sí misma, permanecería entre sus brazos y le devolvería el beso. Deslizó las manos

por sus fuertes hombros hasta entrelazarlas alrededor de su cuello, con su
lengua respondiendo tímidamente a la de Peter; a partir de entonces, ya no tuvo la opción de devolverle o no sus caricias. Él se estremeció, la apretó entre sus brazos hasta hacerle daño, y su boca enloqueció, devorándola, absorbiendo con avidez hasta el último ápice de su aliento. Musitó algo con voz espesa, y ella, en su aturdimiento, tardó un momento en darse cuenta de que había hablado en francés. Cuando Peter tradujo lo que acababa de decir, Lali notó que el rostro se le congestionaba e intentó apartarlo de sí, pero seguía impotente contra su fuerza.

Él deslizó una mano por la espalda de ella y comenzó a desabrocharle con destreza el vestido. Mientras su boca abandonaba la de Lali y recorría con feroz avidez su cuello, ella logró emitir un «no» ahogado, al que Peter no prestó ninguna atención. Sus labios siguieron bajando, depositando feroces besos en su hombro y su clavícula, lamiendo el sensible punto del hueco del hombro hasta que ella casi olvidó su creciente miedo y tembló de placer, crispando las impotentes manos sobre las costillas de Peter. Impaciente, él acabó de desabrocharle el vestido, decidido a desnudarla por completo hasta la cintura, y en el interior de Lali el pánico estalló con la fuerza de un volcán.

Con un grito estrangulado, se retorció frenéticamente entre sus brazos,
sujetándose el vestido con una mano mientras intentaba retirar a Peter de sí con la otra. Él dejó escapar un rugido de frustración y apartó el brazo de ella, buscando la tela del vestido con la mano libre. Lali notó que el corazón se le detenía en el pecho; con un esfuerzo sobrehumano, se las arregló para soltarse y empezó a darle golpes en la espalda.

-¡No! -gritó con voz casi histérica-. ¡No, Peter, por favor! ¡Te lo suplico!

Él acalló sus palabras con la contundente presión de su boca, y ella comprendió,
embargada por un puro terror, que no podría controlarlo. Un sollozo brotó de su
garganta al tiempo que soltaba el vestido para golpear a Peter con ambas manos.

-¡No! No...

Él retiró los labios de los de ella, y Lali gimió:

-¡Por favor, Peter! ¡No!

Los salvajes movimientos de las manos de Peter cesaron; permaneció muy quieto,
respirando entrecortadamente. Ella temblaba entre sollozos, con su menudo
semblante empapado de lágrimas. Él emitió un hondo gruñido gutural y se levantó del sofá; después se arrodilló y descansó la cabeza de negros cabellos sobre el cojín, al lado de Lali. El silencio se hizo de nuevo en la habitación, mientras ella trataba de reprimir el llanto. Con movimientos dubitativos, posó la mano sobre la cabeza de Peter, deslizando los dedos sobre el espeso cabello, sin comprender aquella súbita necesidad de confortarlo, pero incapaz de resistir el impulso. Él se estremeció con su caricia, y Lali pudo oler el fresco sudor de su cuerpo, el aroma masculino de su piel, y comprendió hasta qué punto se había excitado. Pero se había detenido; no la había forzado, después de todo, y Lali notó que la hostilidad que había sentido empezaba a desvanecerse. Pese a su inexperiencia, sabía que debía de haber sido una tortura para él estar tan excitado y verse obligado a parar de una forma tan brusca, por lo cual le estaba profundamente agradecida.

Al fin, Peter levantó la cabeza; ella emitió un jadeo ahogado al contemplar la
expresión grave y tensa de su semblante.

-Arréglate el vestido -ordenó él con voz espesa-, o será demasiado tarde.

Lali se apresuró a abrocharse el vestido y a alisarse la falda. Habría querido
incorporarse, pero le resultaba incómodo teniéndolo tan cerca, así que permaneció recostada sobre los almohadones hasta que Peter se movió.

-Tal vez sea mejor así -dijo él al tiempo que se pasaba una cansada mano por el
pelo. Luego se puso de pie-. No veníamos preparados, y sé que no habría podido
contenerme si... ¿Qué es lo que tanto te asusta, Lali? ¿El riesgo de exponerte a un embarazo no deseado, quizá?

Cuando Lali respondió, lo hizo con voz ronca.

-No... No es eso. Es que... me asustaste -se incorporó y se seco las húmedas
mejillas con la palma de las manos.

Peter la miró y, con gesto grave, sacó el mismo pañuelo que había utilizado para
enjugarle las lágrimas cuando un rato antes se había presentado en su casa. ¿Cuánto hacía de eso? ¿Unas cuantas horas?

Ella aceptó el pañuelo de batista y se limpió las mejillas. Después se lo devolvió.

Él dejó escapar una breve y áspera risotada.

-¿De modo que te asusté? Quería hacerte muchas cosas, pero asustarte no era una
de ellas. Eres una mujer peligrosa, cariño; posees un mortífero encanto -Peter inhaló profundamente y empezó a abotonarse la camisa; sólo entonces reparó Lali en que se había quitado la chaqueta y tenía la camisa desabrochada y fuera del pantalón. No recordaba habérsela desabrochado, pero solamente ella había podido hacerlo, pues él tenía las manos demasiado ocupadas acariciándola.

Peter aún tenía una expresión rígida y tensa, y Lali dijo apresuradamente:

-Lo siento, Peter.

-Yo también lo siento, cariño -sus ojos verdes se giraron hacia ella, y una sonrisita tensa asomó a su semblante-. Pero ya me llamas Peter, de modo que algo hemos conseguido -se introdujo la camisa en el pantalón y después se sentó en el sofá, a su lado-. Quiero volver a verte, y pronto -añadió tomándole la mano-. ¿Vendrás a navegar conmigo mañana? Prometo no presionarte; no te asustaré como te he asustado esta noche. Te daré tiempo para que me conozcas, para que comprendas que conmigo no corres ningún peligro. Quienquiera que provocó en ti ese miedo a los hombres, merecería que lo fusilaran. Pero conmigo no será igual. Ya lo verás -dijo alentándola.

¿Ningún peligro? ¿Que no correría ningún peligro con un hombre como él? Lali lo
dudaba mucho, pero Peter había sido más amable de lo que esperaba, y ella no
deseaba hacerlo enfadar, de modo que atemperó sus palabras al responderle:

-Me parece que no, Peter. Mañana, no. Es demasiado pronto.

La boca de él se tensó, formando una ominosa línea; luego suspiró y se puso en pie.

-Te llamaré mañana, y no intentes hacer alguna tontería como esconderte de mí. Te encontraría y no te gustarían las consecuencias. No toleraré que vuelvas a escabullirte de mí otra vez. ¿Me comprendes?

-¡Comprendo que me estás amenazando! -repuso ella enérgicamente.

Él sonrió burlón.

-No correrás ningún peligro mientras no pongas a prueba mi paciencia, Lali. Te
deseo, pero puedo esperar.

Ella alzó la cabeza.

-Pues la espera puede ser larga -se sintió obligada a advertirle.

-0 muy corta -le advirtió él a su vez-. Como te he dicho, te llamaré mañana. Piénsate lo de ir a navegar. Te gustaría.

-Nunca he ido a navegar. No sé nada de barcos. Hasta es posible que me maree.

-Será divertido enseñarte todo aquello que no sepas -dijo Peter, refiriéndose no
solamente a los barcos. Se inclinó sobre ella y posó un cálido beso en sus labios; luego se retiró antes de que ella pudiera responder o resistirse-. No hace falta que me acompañes hasta la puerta. Buenas noches Lali.

-Buenas noches, Peter -se le hizo raro desearle buenas noches como si aquellos
recientes momentos de pasión y de terror no hubiesen tenido lugar. Observó cómo
recogía del suelo la chaqueta y después salía de la habitación, con su esbelto cuerpo moviéndose con la gracia feroz de un tigre. Cuando se hubo marchado, la casa le pareció demasiado silenciosa y vacía.

Tuvo la desoladora sensación de que Peter Lanzani iba a dar un vuelco a su
vida.



Nuevo capitulo!!!
GRACIAS por los comentarios chicas!!
Besos. Ione
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Vero_me
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Lun Dic 26, 2011 10:53 am

Puede ser que pasé todo el cap en tensión???
Dios!!! Creo que lo he pasada hasta mal...jajaja
Peter es un cabezota que no se da cuenta de las cosas...

Estaré esperando el próximo..

Besooos te quiero amiga!!
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mariacheta
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Lun Dic 26, 2011 3:21 pm

Me encanta me encanta Smile subi mas nove xfas
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Ione_nav
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Mar Dic 27, 2011 10:28 am

Cuatro



A pesar de que estaba tensa cuando se metió en la cama, Lali durmió
profundamente y se despertó llena de optimismo. Había sido una tonta al dejar que aquel hombre la pusiera tan nerviosa; trataría de eludirlo en el futuro. Nicolas podía encargarse de todos los detalles referentes a la venta de las acciones.

Tarareando una melodía, dio de comer a Samantha y felicitó a la orgullosa madre
por los cachorritos; después se preparó una tostada. No había adquirido el hábito inglés de tomar té, así que bebió un café. Acababa de servirse la segunda taza cuando Candela llamó a la ventana de la puerta trasera. Lali se levantó para abrirle y reparó en la expresión preocupada que ensombrecía el rostro habitualmente risueño de su amiga.

-¿Sucede algo? -le preguntó-. Espera, antes de que contestes, ¿te apetece una
taza de café? Candela hizo una mueca.

-¿Café? ¡Aún no te has civilizado! No, La, creo que deberías ver esto. Es un
artículo cargado de mala intención, y precisamente ahora que la gente empezaba a
olvidarse de ese desagradable asunto. Habría preferido no traértelo; de hecho, Agustin insistió en que no debía hacerlo; pero, de todos modos, te habría saltado a las narices cuando salieras a la calle, y creí preferible que te enteraras en privado.

Sin decir nada, Lali alargó la mano para tomar el periódico, aunque ya sabía de
qué se trataba. Candela había abierto el diario por las páginas de sociedad, en las que figuraban dos fotografías. Una, por supuesto, mostraba a Peter besándola. Considerándolo fríamente, llegó a la conclusión de que era una buena foto. En ella aparecían Peter, fuerte y moreno, y ella, con su constitución más menuda, besándose por encima de la mesa del restaurante. La otra foto había sido tomada cuando se marchaban y Peter le había puesto las manos en los hombros: la miraba con una expresión que la hizo estremecerse. En la cara de él se apreciaba una clara expresión de deseo; al recordar lo que había sucedido cuando la había llevado a casa, Lali se preguntó de nuevo cómo Peter había sido capaz de parar al verla asustada.

Pero Candela estaba señalando la columna que acompañaba a las fotografías, y
Lali se sentó para leerla. Estaba escrita con un estilo ingenioso y sofisticado,
aunque en un determinado momento la articulista había dado rienda suelta a la bilis. Lali notó una sensación de náuseas mientras leía por encima el texto impreso.

“Anoche se vio a la conocida Viuda Negra de Londres envolviendo en su tela a otra desvalida y embelesada víctima. Peter Lanzani, el esquivo multimillonario
griego, parecía hallarse completamente cautivado por los encantos de La Viuda. ¿Es posible que ésta haya dilapidado ya el dinero que le dejó su difunto esposo, el apreciado Gaston Esposito? Sin duda, Peter puede ayudarla a mantener el estilo de vida al que está acostumbrada, aunque, según indican todas las fuentes, puede que La Viuda no lo tenga tan fácil para cazarlo como lo tuvo con su primer marido. No podemos sino preguntarnos cuál de los dos acabará ganando. La Viuda no parece detenerse ante nada, pero lo mismo cabe decir de su presa. Seguiremos los acontecimientos con interés.”

Lali soltó el periódico encima de la mesa y fijó la mirada en el vacío; no debía
dejarse incomodar por las habladurías. Es más, ya debería haberse acostumbrado,
después de cinco años. No obstante, parecía que, lejos de endurecerse, se estaba
volviendo cada vez más sensible a las críticas. Antes tenía a Gaston para animarla, para mitigar el dolor y hacerla reír, pero ya no tenía a nadie. Debía soportar a solas todo el dolor.

La Viuda Negra... Le habían puesto ese apodo después de la muerte de Gaston.
Antes, por lo menos, la llamaban por su propio nombre. Los hirientes comentarios
siempre habían sido malintencionados, aunque sin llegar hasta el extremo de la
difamación. Ella, de todas maneras, no habría emprendido ninguna acción legal. La publicidad generada por un juicio habría sido aún más desagradable, y ella deseaba llevar una vida tranquila, con sus pocos amigos y sus pequeños placeres. Incluso habría regresado a Estados Unidos... de no ser por los intereses financieros de Gaston. Había preferido quedarse para velar por ellos y hacer uso de los conocimientos que su marido le había transmitido. Gaston lo habría querido así, y ella lo sabía.

Candela la observaba con preocupación, de modo que Lali se obligó a respirar
honda y temblorosamente para poder hablar.

-Un texto escrito a mala idea, ¿eh? Casi había olvidado lo maliciosos que pueden
llegar a ser... Pero no cometeré el error de dejarme ver otra vez. No vale la pena.

-Pero no puedes estar toda la vida escondiéndote -protestó Candela-. Eres muy
joven. ¡Es injusto que te traten como si fueras una... una leprosa!

Una leprosa... ¡Qué pensamiento tan espantoso! Pero Candela no estaba tan lejos de la verdad, si bien nadie había obligado aún a Lali a marcharse de la ciudad. Todavía era bien recibida en unos pocos hogares.

Candela optó por cambiar de tema; aunque Lali había intentado fingir
indiferencia, su rostro había palidecido y adquirido una expresión de angustia. Su amiga señaló la foto del periódico y preguntó:

-¿Qué me dices de este bombón, La? ¡Es guapísimo! ¿Cuándo lo conociste?

-¿Qué? -Lali agachó la mirada y dos puntos de color tiñeron sus mejillas
mientras contemplaba la foto en la que se veía a Peter besándola-. ¡Ah!... Pues la verdad es que lo conocí ayer mismo.

-¡Caramba! ¡Es de los que van deprisa! Parece un tipo fuerte y dominante, y tiene una reputación increíble. ¿Cómo es?

-Fuerte, dominante e increíble -Lali suspiró-. Justo como acabas de decir.
Espero no tener que volver a verlo nunca más.

-¡Tú eres tonta! -exclamó Candela indignada-. De verdad, La, lo tuyo es increíble. La mayoría de las mujeres lo darían todo por salir con un hombre como este, guapo y rico, y a ti, sin embargo, no te interesa.

-Me dan miedo los hombres ricos -contestó Lali afablemente-. Ya has visto una
muestra de lo que dirían de mí. No quiero pasar por lo mismo otra vez.

-¡Oh! Lo siento, cariño -se disculpó Candela-. No lo tuve en cuenta. Pero es que... ¡piénsalo! ¡Peter Lanzani!

Lali no quería pensar en Peter; deseaba olvidar todo lo sucedido la noche
anterior. Después de observar la cara pálida y ensimismada de su amiga, Candela le dio una palmadita en el hombro y se marchó. Lali siguió un rato allí sentada, con la mente en blanco; cuando al fin se levantó para depositar la taza y el plato en el fregadero, la situación pareció desbordarla repentinamente y dejó que las lágrimas fluyeran sin tratar de reprimirlas.

Una vez que hubo cesado el ataque de llanto, se sintió exhausta; se encaminó hacia la sala de estar para echarse en el sofá, pero recordó cómo Peter había estado tumbado allí con ella, así que prefirió sentarse en una silla. Puso los pies en alto, apoyándolos en una butaca, y se envolvió las piernas con la bata. Se sentía muerta, vacía por dentro; cuando sonó el teléfono, se quedó mirando el aparato durante varios instantes, como atontada, antes de levantar el auricular.

-Diga -respondió en tono lánguido.

-Lali. ¿Has...?

Se retiró el auricular del oído al oír la voz profunda y volvió a colgarlo con desgana.

Cuando sonó el timbre de la puerta, un rato después, Lali siguió sentada donde
estaba, decidida a no responder, pero al cabo de un momento oyó que Nicolas la
llamaba en voz alta y se levantó.

-Buenos días -lo saludó mientras él la observaba con detenimiento. Parecía rendida.

-He leído el periódico -dijo Nicolas suavemente-. Sube a lavarte la cara y a
vestirte. Después me hablarás de ello. Quería haberte llamado ayer, pero tuve que ausentarme de. la ciudad. Vamos, cariño, sube de una vez.

Lali hizo lo que se le pedía; se lavó la cara con abundante agua fría y se
desenredó el cabello. Después se quitó el camisón y la bata y se puso un bonito vestido de tirantes blanco con florecitas azules. A pesar de su aturdimiento, se alegraba de la llegada de Nicolas. Con su frío intelecto, su abogado sería capaz de escucharla y de ayudarla a entender sus propias reacciones. Nicolas era capaz de analizar los sentimientos de una piedra.

-Mucho mejor -dijo él con aprobación al verla aparecer en la sala de estar-. Bueno, está claro que mis temores eran infundados. Es evidente que Lanzani se sintió cautivado por ti. ¿Mencionó el asunto de Dryden?

-Sí -respondió Lali, e incluso consiguió dirigirle una sonrisa-. Voy a venderle las acciones. Pero no creas que todo fue coser y cantar. Nos llevamos como el perro y el gato. Al lado de los comentarios que hizo sobre mi matrimonio, esa columna de sociedad es una minucia. Le di plantón y le colgué el teléfono... dos veces. Esta mañana llamó y no quise hablar con él. Será mejor que no vuelva a verlo nunca más, si tú puedes ocuparte de todos los detalles de la venta de las acciones.

-Claro que puedo -se apresuró a responder Nicolas-. Pero estoy seguro de que
subestimas a ese hombre. A juzgar por la foto del periódico, tú le atraes más que tus acciones de ConTech.

-Sí -admitió Lali-, pero es inútil. No podría soportar otra vez esa clase de
publicidad. Y Lanzani atrae a periodistas y fotógrafos a docenas.

-Cierto. No obstante, cuando desea que algo no se publique, no se publica. Tiene un poder enorme.

-¿Acaso pretendes ponerte de su parte, Nicolas? -preguntó Lali con asombro-.
¿No comprendes que su atracción es meramente temporal, que tan sólo busca una
aventura?

Nicolas se encogió de hombros.

-Como la mayoría de los hombres -dijo Nicolas cínicamente-. Al principio.

-Bueno, pues a mí no me interesa. Por cierto, las acciones se venderán al precio de su valor en bolsa. Me ofreció mucho más, pero no quise aceptar.

-Veo aquí los principios de Gaston -comentó Nicolas.

-No me dejaré comprar.

-Ni yo esperaba que lo hicieras. Me habría gustado presenciar vuestra reunión por un agujerito; debió ser muy entretenida -Nicolas le sonrió; su rostro sereno y aristocrático reflejó el cínico humor que se ocultaba detrás de sus modales elegantes y controlados.

-Mucho, aunque casi acabó en asesinato -de repente, Lali se acordó y sonrió de
forma natural por primera vez desde que había leído la desagradable crónica de
sociedad-. Nicolas, Samantha tuvo anoche los cachorros. ¡Cinco!

-Ha tardado lo suyo -observó él-. ¿Qué piensas hacer con cinco ruidosos cachorros en la casa?

-Los regalaré cuando tengan edad suficiente. En el barrio hay muchos niños; no
será difícil buscarles dueño.

-¿Tú crees? ¿Alguna vez has intentado regalar unos cachorros de padre
desconocido? ¿Cuántas hembras hay?

-¿Cómo voy a saberlo? -dijo ella, echándose a reír-. No nacen llevando collares
azules y collares rosas, ¿sabes?

Nicolas le sonrió burlón y la siguió hasta la cocina, donde Lali le mostró
orgullosa los cachorros, que permanecían acurrucados en un pequeño montón.
Samantha observaba a Nicolas atentamente, lista para morderle si se acercaba
demasiado a sus pequeños, pero él, que conocía bien el carácter de la perra, se
mantuvo a distancia prudencial. Nicolas era demasiado escrupuloso para ser amante de los animales, cosa que Samantha percibía.

-Veo que no has hecho té -comentó fijándose en la cafetera-. Pon a calentar el
agua, cariño, y cuéntame más detalles de tu reunión con Lanzani. ¿De verdad se
caldeó mucho el ambiente, o lo decías en broma?

Suspirando, Lali llenó una tetera con agua del grifo y la colocó en la hornilla.

-La reunión fue decididamente poco amistosa. Hostil, incluso. No te dejes engañar por esa fotografía, Nicolas; Lanzani hizo eso para castigarme y obligarme a cerrar la boca. No sé si... -iba a decir que no sabía con seguridad si podía fiarse de él o no, pero la interrumpió el sonido del timbre; Lali se detuvo en seco y notó que un escalofrío le recorría la espalda-. Dios mío -tragó saliva-. Es él. ¡Lo sé! Le colgué el teléfono y debe estar hecho una furia.

-Seré valiente e iré a abrir la puerta mientras tú preparas el té -sugirió Nicolas, poniendo un pretexto para llegar hasta Lanzani antes de que este pudiera disgustar aún más a Lali. La habitual expresión de angustia había desaparecido de los ojos de ésta, pero aún seguía dolida y vulnerable, y era incapaz de defenderse de alguien como Lanzani.

Lali comprendió por qué Nicolas se había ofrecido para ir a abrir la puerta; era
el hombre más diplomático del mundo, se dijo mientras sacaba tazas y platos para
servir el té. Y uno de los más amables. Siempre intentaba protegerla y ahorrarle
sinsabores.

Se detuvo de pronto, pensando en ello. ¿Por qué no se habría ofrecido Nicolas para reunirse con Lanzani y cerrar el acuerdo de las acciones? ¿Por qué la había
dejado ir a ella? Cuanto más lo pensaba Lali, más impropio de Nicolas le parecía. Una fugaz sospecha relampagueó en su mente, pero la descartó de inmediato. Dicha sospecha, sin embargo, persistía. ¿La habría enviado Nicolas deliberadamente al encuentro de Lanzani? ¿Acaso se había propuesto hacer de casamentero? ¡Qué horror! ¿Cómo se le había podido ocurrir semejante cosa? ¿No sabía que, aunque era probable que Peter Lanzani la deseara como amante, nunca se plantearía la cuestión del matrimonio? ¡Y, desde luego, Nicolas la conocía lo bastante como para saber que ella jamás se conformaría con menos!

¿Matrimonio? ¿Con Peter? Lali empezó a temblar tan violentamente que tuvo
que soltar la bandeja. ¿Qué le ocurría? Lo había conocido el día anterior... ¡y estaba pensando en que únicamente se conformaría con ser su esposa!

Se debía tan sólo a que le resultaba atractivo físicamente, pensó con
desesperación. Pero era muy honesta consigo misma y de inmediato comprendió que
intentaba cerrar los ojos a la verdad. Había conocido a muchos hombres apuestos y atrayentes, pero jamás había deseado a ninguno como a Peter la noche anterior. Y no se habría mostrado tan receptiva a las caricias de éste si su mente y sus emociones no hubiesen respondido de igual forma. Era un hombre feroz, implacable y arrogante hasta decir basta, pero percibía en él una admiración masculina hacia su feminidad que derribaba todas sus barreras.

Peter la deseaba, eso era evidente. Y también ella se sentía peligrosamente
atraída hacia él; incluso corría el riesgo de enamorarse. Comprender tal cosa supuso un mazazo que superaba incluso la desagradable impresión que se había llevado al leer la maliciosa crónica de sociedad.

Pálida, temblando, clavó los ojos en la hirviente tetera, preguntándose qué iba a hacer. ¿Cómo podía evitar a Peter? No era de los que aceptaban un no por respuesta;ni ella misma estaba segura de poder darle una negativa, de todos modos. Pero estar con él sería abocarse a un dolor todavía mayor, porque Peter jamás le propondría matrimonio y ella no se contentaría con menos.

Finalmente, el agudo silbido de la tetera la devolvió a la realidad; se apresuró a apagar el fogón y vertió el agua sobre el té. Ignoraba si Peter querría té, aunque sospechaba que no, de modo que llenó una taza de café para él y otra para ella; después, sin detenerse a pensar en lo que hacía, agarró la bandeja y la llevó hasta el salón antes de perder el valor.

Peter estaba repantigado en el sofá como un enorme felino, mientras que Nicolas
había preferido una silla. Ambos se levantaron al verla entrar, y Peter se adelantó para quitarle de las manos la pesada bandeja y depositarla sobre la mesita baja.

Lali lo miró con cautela, pero no parecía enojado. La observaba atentamente, con
unos ojos tan penetrantes que ella casi se estremeció. Él notó su reacción al momento, y sus labios se curvaron en una media sonrisa. Le colocó la mano en el brazo y la obligó amablemente a sentarse en el sofá. Luego se acomodó a su lado.

-Nicolas y yo hemos estado hablando de la situación -dijo con calma.

Ella lanzó una mirada desesperada a Nicolas, pero este se limitó a sonreír sin que Lali pudiese deducir nada de su expresión.

-¿De qué situación? -inquirió, procurando aparentar calma.

-Del lugar en que nuestra relación te pondrá ante la prensa -explicó
tranquilamente mientras Lali le pasaba a Nicolas la taza de té. Milagrosamente, se las arregló para no dejar caer la taza y el plato, aunque una sacudida recorrió todo su cuerpo. Cuando Nicolas hubo rescatado su té, ella giró el pálido rostro hacia Peter.

-¿De qué estás hablando? -susurró.

-Creo que lo sabes muy bien, cariño. No eres nada estúpida. Daré ciertos pasos
para dejar claro a todos los observadores que no necesito que la prensa me proteja de ti, y que más intrusiones en mi vida privada provocarán mi... irritación. No tendrá que preocuparte el peligro de volver a aparecer en una maliciosa columna del diario dominical; de hecho, cuando haya convencido a la prensa para que haga lo que yo quiero, probablemente todos te brindarán su comprensión.

-Eso no es necesario -contestó Lali, bajando las pestañas mientras le ofrecía
una taza de café. Estaba confusa; no se le había ocurrido que Peter pudiera utilizar su influencia para protegerla. En vez de sentirse agradecida, adoptó una actitud de fría reserva. No deseaba estar en deuda con él ni verse sometida a su influencia. El periódico se había equivocado. ¡Peter era la araña, no ella! Si lo dejaba, la envolvería en los sedosos filamentos de su tela hasta dejarla indefensa.

-Yo decidiré lo que es necesario -repuso Peter-. Si anoche me hubieras dicho por
qué te disgustaba tanto ese maldito fotógrafo, habría impedido que se publicaran
tanto las fotos como la columna. Pero dejaste que se interpusiera tu orgullo, y mira lo que has tenido que soportar sin motivo alguno. Ahora estoy al tanto de la situación y actuaré como considere oportuno.

-Sé razonable, Lali -terció Nicolas con suavidad-. No tienes por qué ser objeto
de chismorreos maliciosos; los has soportado durante cinco años. Ya va siendo hora de que esto se acabe.

-Sí, pero... -ella se detuvo, pues había estado a punto de decir: «Pero no quiero que se acabe gracias a él». Conocía el temperamento de Peter y no estaba segura de querer ponerlo a prueba. Respiró hondo y comenzó de nuevo-: O sea, no veo ninguna necesidad de intervenir, porque lo sucedido anoche no volverá a repetirse. Tendría que ser estúpida para meterme de nuevo en una situación semejante. Simplemente, llevaré una vida lo más discreta posible; no tengo necesidad de frecuentar lugares donde la gente me reconozca.

-Me niego a permitir tal cosa -dijo Peter en tono grave-. A partir de ahora,
estarás a mi lado cuando salga o vaya a alguna fiesta. La gente te conocerá y sabrá cómo eres en realidad. Ese es el único medio seguro para acallar las habladurías: permitir que los demás te conozcan y descubran que les caes bien. Eres una muchachita simpática, pese a tu detestable carácter.

-¡Vaya, muchas gracias! -ironizó Lali, y Nicolas se sonrió.

-Me daría cabezazos contra la pared por haberme perdido vuestra reunión
-comentó el abogado, y Peter esbozó una sonrisa de lobo.

-La primera no fue tan interesante como la segunda -informó a Nicolas
sardónicamente-. Y esta tercera tampoco ha empezado muy bien. Seguro que tardaré
todo el día en vencer su estúpida terquedad.

-Sí, me doy cuenta -Nicolas guiñó el ojo y depósito la taza vacía sobre la bandeja-. Os dejaré, pues; tengo trabajo que hacer.

-Llámame mañana y zanjaremos lo de las acciones -dijo Peter al tiempo que se
ponía en pie y le ofrecía la mano.

Las sirenas de alarma de Lali se dispararon al instante.

-Lo de las acciones ya está zanjado -dijo con feroz determinación-. ¡Sólo aceptaré el precio de su valor en bolsa! ¡Ya te lo he dicho, Peter, no firmaré los documentos como intentes comprarme con una suma ridículamente alta!

-Seguro que tendré que darte una zurra antes de que acabe el día -respondió
Peter de buen humor, aunque había firmeza en sus ojos. Nicolas se rió en voz alta, algo desacostumbrado en él, y Lali lo miró enojada mientras Peter lo acompañaba hasta la puerta. Los dos hombres cruzaron unas palabras en tono quedo, lo que aumentó las sospechas de Lali. Tras marcharse Nicolas, Peter regresó y se plantó delante de ella, con las manos en las caderas, mirándola con una expresión implacable en su rostro de duras facciones.

-Hablo en serio -estalló Lali, levantándose para mirarlo cara a cara y hacer
frente al abrasador brillo de sus ojos.

-Yo también -murmuró Peter mientras alzaba distraídamente la mano y
acariciaba el hombro desnudo de ella con un dedo. Era un roce ligero y delicado como el de una mariposa. Lali se quedó sin respiración y permaneció muy quieta, hasta que la caricia de aquel dedo le hizo perder el control y empezó a temblar. El dedo se desplazó desde el hombro hasta el cuello, ascendió luego hasta la barbilla y la obligó a levantar la cabeza para mirarlo.

-¿Has decidido ya si quieres navegar en barco conmigo? -preguntó él deslizando los ojos hasta los labios de Lali.

-Pues... sí. O sea, sí, lo he decidido... y no, no quiero ir -explicó confusamente, y en los labios de Peter se dibujó una sonrisa irónica.

-En ese caso, sugiero que vayamos a dar un paseo en coche. Necesito hacer algo
para distraerme. Sabes muy bien lo que sucederá si nos quedamos aquí todo el día, Lali, pero eres tú quien debe decidir.

-No te he invitado a quedarte, ¡y menos todo el día! -lo informó ella indignada,
alejándose de él.

Peter bajó el brazo y se limitó a observarla atentamente mientras las mejillas de Lali se teñían de color.

-Me tienes miedo -dijo él con un ligero deje sorpresa. Pese a su fachada valerosa y desafiante, había atisbado un fugaz destello de verdadero terror en sus ojos, y arrugó la frente-. ¿Qué es lo que tanto te asusta de mí, Lali? ¿Me temes sexualmente? ¿Tus experiencias con otros hombres han sido tan malas que tienes miedo de que te haga el amor?

Ella se quedó mirándolo como aturdida, incapaz de formular una respuesta. Sí, le
tenía miedo, más miedo del que jamás le había tenido a nadie. Era un hombre tan
incontrolable, tan anárquico... No, anárquico no. Establecía sus propias normas y poseía una increíble influencia; prácticamente ningún poder conocido podía tocarlo. Lali ya sabía que era emocionalmente vulnerable a él y que no poseía armas para combatirlo.

Pero Peter aguardaba una respuesta; sus marcadas facciones se endurecieron
mientras ella retrocedía involuntariamente.

Lali tragó saliva y susurró con voz frenética: -No... no lo comprenderías,
Peter. Creo que contigo una mujer estaría en buenas manos, por así decirlo,
¿verdad?

-Me gusta pensar que sí -respondió él arrastrando las palabras-. Pero si no es eso, Lali, ¿qué es lo que tanto te asusta de mí? Te prometo que no voy a darte una paliza.

-¿De verdad?

El trémulo susurro apenas había escapado de los labios de Lali cuando él avanzó, recorrió con dos ágiles zancadas la distancia que los separaba y la capturó mientras ella profería un grito de alarma e intentaba escapar. Peter le rodeó la cintura con el brazo izquierdo y la atrajo con fuerza hacia sí; luego utilizó la mano derecha para agarrar un mechón de su cabello rojizo y tiró firmemente hasta que Lali alzó la cara para mirarlo.

-Ahora -gruñó él-, dime por qué tienes miedo.

-¡Me haces daño! -gritó Lali; la furia había disipado, en parte, su miedo
instintivo. Empezó a darle patadas en los tobillos y Peter dejó escapar una ahogada maldición. Le soltó el cabello y la tomó en brazos. Luego se sentó en el sofá y sujetó a Lali mientras esta se retorcía sobre su regazo. La lucha era penosamente desigual; al cabo de un momento, ella se rindió, exhausta,apoyándose sin resistirse contra el duro e inflexible brazo que sentía detrás de la espalda.

Peter emitió una risita.

-No sé de qué tendrás miedo, pero está claro que no temes luchar conmigo. Ahora,
gatita salvaje, dime qué es lo que te preocupa.

Lali estaba cansada, demasiado cansada para enfrentarse a él; y, de todos
modos, había empezado a comprender que luchar contra Peter era inútil. Estaba
decidido a salirse con la suya. Suspirando, apretó la cara contra su hombro e inhaló el cálido aroma masculino; Peter estaba un poco sudoroso después del intenso forcejeo.

¿Qué podía decirle? ¿Qué lo temía físicamente porque jamás había estado con un
hombre?, ¿que su miedo era el miedo instintivo de una mujer virgen? Peter no la
creería; preferiría dar crédito a los rumores acerca de los numerosos amantes que había tenido. Tampoco podía decirle que lo temía emocionalmente, que era demasiado vulnerable a su poder, porque entonces él utilizaría esa información contra ella.

Dé pronto, se le ocurrió una idea. El propio Peter se la había servido en bandeja. ¿Por qué no dejar que creyese que la habían tratado tan mal que ya temía a todos los hombres? Peter parecía muy receptivo a esa posibilidad...

-Prefiero no hablar de ello -musitó con el rostro aún apretado contra su hombro.

Los brazos de Peter la apretaron con más fuerza.

-Tienes que hacerlo -dijo enérgicamente, acercándole los labios a la sien-. Tienes que exteriorizar tus sentimientos, para así poder analizarlos y comprenderlos.

-No... no creo que pueda hacerlo -respondió ella sin aliento, pues no podía respirar bien debido a la presión de los brazos de Peter-. Dame tiempo, Peter.

-Si es necesario, te lo daré -dijo él contra su cabello-. No te haré daño, Lali;
quiero que lo sepas. Puedo ser muy considerado cuando consigo lo que quiero.

Sí, probablemente decía la verdad; pero estaba interesado en una simple aventura, mientras que ella empezaba a comprender que su corazón se hallaba aterradoramente abierto a él, qué podía ser suyo si así lo quería. Pero no, Peter no quería su corazón. Deseaba únicamente su cuerpo, no los tiernos sentimientos que Lali podía ofrecerle.

Las manos de él se movían inquietas; una recorría su espalda y sus hombros
desnudos, la otra le acariciaba el muslo y la cadera. Deseaba hacerle el amor; Lali notaba cómo su cuerpo temblaba de deseo.

-No, Peter, por favor. No puedo... -gimió.

-Yo podría enseñarte -musitó él-. No tienes idea de cómo me pones. ¡Los hombres
no somos de piedra!

Pero él sí que lo era; puro granito. Lali arqueó su menudo cuerpo para escapar.

-¡No, Peter! ¡No!

Él abrió los brazos, como quien suelta un pajarillo, y ella se escurrió hasta el suelo, donde permaneció sentada como una niña pequeña, con la cabeza recostada sobre el sofá.

Él exhaló un intenso suspiro.

-No te quedes ahí mucho tiempo -le aconsejó con su voz ronca y profunda-. Sube y
haz lo que tengas que hacer antes de ir a dar ese paseo. Tengo que salir de aquí o no podré seguir esperando.

No tuvo que decírselo dos veces. Lali corrió escaleras arriba con piernas
temblorosas, se cepilló el pelo y se dio un poco de maquillaje. Después se puso unos discretos zapatos de tacón. El corazón le latía desbocado cuando bajó de nuevo para reunirse con Peter. Apenas lo conocía, pero ya ejercía un aterrador poder sobre ella. Y Lali nada podía hacer para evitarlo.

Al verla acercarse, él, se levantó y la atrajo hacia sí con un diestro brazo; después, su recia boca poseyó la de ella con un beso lento, casi perezoso. Cuando la soltó, estaba sonriendo, y Lali supuso que tenía motivos para sonreír, pues su respuesta al beso había sido tan ferviente como involuntaria.

-Tendrás un éxito arrollador en sociedad -predijo Peter mientras la conducía
hasta la puerta-. Todos los hombres caerán rendidos a tus pies si sigues ofreciendo un aspecto tan cautivador y ruborizándote de esa forma tan deliciosa. No sé cómo haces para ruborizarte, pero el cómo no importa mientras los resultados sean tan encantadores.

-No puedo controlar el color de mis mejillas -dijo ella, molesta. Detestaba que
Peter la creyera capaz de ruborizarse falsamente-. ¿Preferirías que tus besos no
surtieran ningún efecto en mí?

Él bajó los ojos hacia ella y le dirigió una sonrisa capaz de derretir el hielo.

-Al contrario, cielo. Si es la excitación lo que hace que tus mejillas se ruboricen, me parece perfecto. Así sabré cuándo estás excitada y te llevaré de inmediato a un lugar íntimo.

Lali se encogió de hombros con indiferencia.

-Antes de llevarme a ese lugar íntimo para devorarme, cuando veas que me
ruborizo, asegúrate de que no estoy enzarzada en una pelea. La ira provoca en mí la misma reacción, según me han dicho.

-Quiero que me hables de todo aquello que pueda enojarte -dijo Peter, y su voz
se endureció-. Insisto en ello, Lali. No permitiré que se vuelva a publicar basura como la que he leído esta mañana. ¡Lo impediré aunque para ello tenga que amordazar a todos los cronistas de sociedad de Londres!

Para horror de Lali, la amenaza parecía ir en serio.



Hola!!! aqui os dejo otro capitulo!!
Me alegro mucho de que os guste!!!
Muchos besos, mañana mas!!!
Ione.
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Vero_me
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Mar Dic 27, 2011 12:52 pm

Definitivamente me encanta!!!!
Y no se por que motivo sigo poniéndome nerviosa!! jajaja

Espero con ansias el próximo.

Te quiero amigaaa!!

Besotes
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Mais020291
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Mar Dic 27, 2011 9:46 pm

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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Miér Dic 28, 2011 3:48 pm

Cinco



Cuando sonó el timbre, Lali se quedó muy quieta. Peter le posó la mano en la
cintura y le dio un suave apretón; después la empujó firmemente hacia la puerta. Ella se resistió de forma involuntaria y Peter la miró, con su recia boca curvándose en una cáustica sonrisa.

-No seas tan miedica -dijo burlón-. No dejaré que las fieras te devoren, así que
¿por qué no te relajas y lo pasas bien?

Lali meneó la cabeza, sin habla. En los pocos días transcurridos desde que
había conocido a Peter Lanzani, éste se había adueñado de su vida y la había
vuelto del revés, cambiándola por completo. Esa mañana, Peter había dado a su
secretaria la lista de invitados a la fiesta que pensaba celebrar en su ático por la noche, y, naturalmente, todos los que figuraban en dicha lista habían aceptado asistir. ¿Quién rechazaría una invitación de Lanzani? Esa tarde, a las cuatro en punto, Peter había llamado a Lali para sugerirle que se pusiera un traje de noche y anunciar que pasaría a buscarla dos horas más tarde. Ella había supuesto que irían a cenar fuera otra vez y, aunque se sentía algo reacia, comprendía la futilidad de luchar contra Peter. Él no le hablo de la fiesta, no le dijo nada sobre el tema hasta que hubieron llegado al ático.

A Lali le enfureció que Peter hubiese hecho todo aquello sin consultarlo
antes con ella, y apenas le dirigió la palabra desde que llegaron al ático, cosa que a él no pareció molestarle lo más mínimo. Sin embargo, debajo de la ira de Lali, imperaba un sentimiento de angustia y desesperación. Sabía que, con Peter
respaldándola, nadie se atrevería a mostrarse abiertamente frío u hostil con ella; pero era tan sensible que, en realidad, no importaba que los demás ocultaran o manifestaran a las claras su antipatía. Ella sabía que dicha antipatía estaba ahí, y sufría por ello. La presencia de Andros, el secretario de Peter, no contribuiría precisamente a facilitarle las cosas. El secretario disimulaba con cuidado delante de Peter, pero mostraba ostensiblemente su desprecio hacia Lali cuando su jefe no miraba. Resultó que Andros era primo segundo de Peter; quizá por eso no temiera perder su puesto.

-Estás muy pálida -observó Peter, y detuvo la mano sobre el pomo antes de abrir
la puerta. Se inclinó y le dio un beso intenso, dejando deliberadamente que sintiera su lengua, y luego se enderezó para abrir la puerta antes de que ella pudiera reaccionar.

Lali sintió ganas de darle una patada y se prometió a sí misma hacerle pagar
por aquel acto arrogante, pero, de momento, se prepararía para recibir a los pequeños grupos de invitados que iban llegando. Miró de soslayo a Peter y vio que en sus duros y masculinos labios había una pequeña mancha de carmín. Se ruborizó, sobre todo cuando algunas de las mujeres repararon también en la mancha y se fijaron en el carmín que ella llevaba, para comprobar si el color coincidía.

A continuación, Peter alargó uno de sus fuertes brazos y apretó a Lali contra

su costado, presentándola como «su querida amiga y socia, Lali Esposito». Lo de
«querida amiga» hizo que en muchos rostros apareciesen expresiones de complicidad, y Lali pensó con furia que podría haberla presentado como «mi amante», pues así había interpretado todo el mundo sus palabras. Naturalmente, ésa era la intención de Peter, pero ella no pensaba someterse dócilmente a sus deseos. Al oír lo de «socia», sin embargo, todos los presentes se mostraron muy educados y abandonaron el abierto desdén que Lali había percibido por un momento. «Amante» era una cosa y «socia», otra muy distinta. Con unas cuantas palabras bien escogidas, Peter había dejado claro que interpretaría cualquier insulto a Lali como un insulto a su propia persona.

Para sorpresa y recelo de Lali, Peter le presentó a una rubia elegantemente
vestida que era periodista. Por la leve presión de los dedos de él, Lali supo que se trataba de la columnista de sociedad que había escrito el malicioso artículo aparecido en el diario dominical. Saludó a Eugenia Suarez con una actitud controlada que no dejaba traslucir ninguna emoción, aunque tuvo que hacer acopio de todo su autodominio para conseguirlo. La señorita Suarez la miró con hostilidad durante una fracción de segundo, antes de adoptar una falsa sonrisa y soltar las formalidades de rigor.

La atención de Lali volvió a centrarse en Peter cuando una impresionante
pelirroja deslizó un brazo alrededor del cuello de él y se puso de puntillas para darle
un beso lento en los labios. No fue un beso largo ni profundo, pero anunciaba a voces la intimidad que existía entre ambos. Lali se puso rígida al notar que una inesperada y desagradable oleada de celos la abrasaba por dentro. ¿Cómo se atrevía aquella mujer a tocarlo? Temblando, tuvo que reprimir el impulso de apartarla de Peter de un tirón. Aun así, habría sido capaz de montar una escena si el propio Peter no se hubiese quitado del cuello el brazo de la pelirroja al tiempo que daba un paso atrás. Después dirigió a Lali una mirada de disculpa, si bien su intención quedó estropeada por el leve brillo de diversión que iluminaba sus ojos.

Peter se sacó deliberadamente el pañuelo del bolsillo para limpiarse el carmín
marrón claro de la pelirroja, cosa que no había hecho con el de Lali. Después tomó la mano de esta y dijo:

-Cariño, quisiera presentarte a una vieja amiga, Diana Murray. Diana, te presento a Lali Esposito.

Unos preciosos ojos de color azul oscuro se volvieron hacia Lali, aunque la
expresión que había en ellos era de ferocidad. A continuación, los suaves labios se entreabrieron en una sonrisa.

-Ah, sí, me parece que he oído hablar de usted -ronroneó Diana.

Lali notó que, a su lado, Peter se quedaba repentinamente inmóvil, como una
pantera al acecho. Ella le apretó la mano y respondió en tono sereno:

-¿De veras ha oído hablar de mí? Qué interesante -luego se volvió para ser
presentada al acompañante de Diana, que hasta entonces había estado observando la escena con gesto cauteloso, como si no deseara verse involucrado.

Pese a la bomba que acababa de soltar Peter, o quizá debido a ella, los murmullos de conversación llenaban el salón. Andros iba de un grupo a otro, asumiendo discretamente algunos de los deberes del anfitrión y liberando así a Peter de gran parte de dicha tarea. Durante un rato, este paseó a Lali entre los distintos grupos de invitados, charlando afablemente y animándola a tomar parte en las conversaciones, mientras dejaba claro, con la posesiva mano que mantenía en todo momento sobre su brazo o en su espalda, que Lali era suya y que contaba con su apoyo. A continuación, la dejó sola, cosa que a ella le pareció una crueldad, y se fue a hablar de negocios.

Por un momento, Lali se sintió embargada por el pánico y miró a su alrededor,
buscando un lugar apartado donde sentarse. Entonces se encontró con la mirada fría y risueña de Andros, y supo que el secretario esperaba que hiciera el ridículo. Haciendo un esfuerzo para dominar sus vacilantes nervios, se obligó a acercarse a un grupo de mujeres que se estaban riendo mientras hablaban de una comedia teatral del momento. Sólo cuando se unió al grupo se dio cuenta Lali de que en él se hallaba Eugenia Suarez. De inmediato se hizo un breve silencio entre las mujeres.

Lali irguió el mentón y dijo con calma:

-¿No interpreta el papel principal esa actriz que causó tanta sensación en Estados Unidos el año pasado? ¿Penelope no sé qué?

-Penelope Durwin -dijo una mujer regordeta de mediana edad un momento
después-. Sí, la nominaron para el premio a la mejor actriz, pero al parecer le gusta más el teatro que el cine.

-¿No es usted estadounidense? -preguntó Eugenia Suarez con una vocecita
aterciopelada, observando a Eugenia con sus gélidos ojos.

-Nací en Estados Unidos, sí -respondió Lali. ¿Derivaría la conversación en una
entrevista?

-¿Tiene pensado volver a vivir allí?

Lali reprimió un suspiro.

-De momento, no. Me gusta Inglaterra y me siento bien aquí.

La conversación se interrumpió durante un tenso momento y luego Eugenia volvió a
romper el silencio.

-¿Hace mucho que conoce al señor Lanzani?

Fueran cuales fuesen sus sentimientos personales, Eugenia era, ante todo y sobre
todo, una columnista de prensa, y Lali constituía un buen material. ¡Más que bueno, fantástico! Dejando aparte su conocida reputación, era, por lo visto, la actual amante de uno de los hombres más poderosos del mundo, un esquivo y sexy multimillonario griego. Todo lo que dijera tendría interés periodístico.

-No, no hace mucho que lo conozco -contestó Lali en tono neutro; a
continuación, otra voz irrumpió en el círculo.

-Con un hombre como Peter, no se necesita mucho tiempo, ¿verdad, señora
Esposito? -ronroneó una voz suave y abiertamente hostil. Lali se estremeció al
oírla y se volvió para mirar a Diana, la cual la observaba con sus increíblemente bellos ojos azules.

Lali la miró durante unos instantes sin decir nada y el silencio se hizo tan
denso que resultaba casi sofocante. Todas las integrantes del grupo esperaban para ver si se produciría una escena. Lali ni siquiera pudo sentir ira; tan solo podía compadecerse de aquella hermosa criatura que la miraba con tan intensa malicia. Era evidente que Diana adoraba a Peter Lanzani, y Lali sabía cuán indefensa se hallaba una mujer ante los encantos y el poder de Peter.

Cuando el silencio se volvió casi insoportable, respondió en tono suave:

-Lo que usted diga -luego se giró hacia Eugenia Suarez-. Nos conocimos el sábado
pasado -dijo, ofreciéndole más información de lo que había pretendido; no obstante, sería una necedad por su parte dejar que el antagonismo de Eugenia persistiera, cuando podía ganarse a la periodista con tanta facilidad.

La estratagema dio resultado. Los ojos de la señorita Suarez se iluminaron y las
demás mujeres volvieron a unirse a la conversación, para preguntarle si tenía planeado visitar la isla del señor Lanzani. Habían oído decir que era fabulosa; Lanzani se marcharía pronto de Inglaterra; ¿se iría ella con él? Mientras respondía a las preguntas, Lali reparó en que Diana se alejaba del grupo e, interiormente, suspiró aliviada, pues había tenido la sensación de que aquella mujer estaba decidida a provocar una escena.

A partir de ese momento, todo resultó más fácil. Las mujeres parecieron relajarse un poco cuando descubrieron que Lali era una jovencita discreta, de exquisitos modales, que no actuaba en absoluto como si codiciara a sus maridos. Además, Peter Lanzani estaba allí para controlarla, lo cual las tranquilizaba. Aunque se mantenía aparte con los hombres, charlando de negocios, muy a menudo desviaba sus ojos verdes hacia la menuda figura de Lali, como si la estuviera vigilando. Y, desde luego, su mirada de alerta convencía a cualquier varón de que no resultaría prudente acercarse a ella. Solamente en una ocasión, cuando salió un momento para retocarse el peinado y el maquillaje, Lali se sintió intranquila. Vio que Diana hablaba muy seriamente con Andros y, mientras los observaba, el secretario le lanzó una fría mirada de desprecio que le produjo un escalofrío. Corrió hacia el dormitorio de Peter y permaneció allí un momento, tratando de calmar su corazón acelerado, diciéndose que no debía preocuparse por una simple mirada. ¡Por Dios bendito, ya debería estar acostumbrada a recibir miradas como aquella!

Unos golpecitos en la puerta la sacaron de sus cavilaciones y se giró para abrir. Al hacerlo, se encontró con Eugenia Suarez.

-¿Me permite un momento? -inquirió la periodista con calma.

-Sí, cómo no; sólo me estaba retocando el peinado -contestó Lali al tiempo que
retrocedía para dejarla entrar.

Vio que Amanda observaba con atención el mobiliario, como si esperase encontrar
sábanas de satén negro y espejos en el techo. En realidad, Peter tenía unos gustos bastante espartanos, y el espacioso dormitorio aparecía casi vacío de muebles. Naturalmente, la enorme cama dominaba la habitación.

-Quería hablar con usted, señora Esposito -empezó a decir Eugenia-. Deseaba
asegurarle que nada de lo que me ha dicho aparecerá en mi columna; el señor
Lanzani ha dejado bien claro que puedo perder mi empleo, y no soy ninguna tonta.
Me doy por avisada.

Lali emitió un jadeo de sorpresa y se apartó del espejo en el que se había
estado retocando el peinado. Horrorizada, se quedó mirando a Eugenia y luego se
recompuso lo suficiente para preguntar con frialdad:

-¿Qué ha hecho el señor Lanzani?

Los finos labios de Eugenia se contrajeron.

-Estoy segura de que usted lo sabe -respondió con rencor-. Mi director me dijo
esta mañana que, como volviera a aparecer una sola palabra más sobre La Viuda Negra en mi columna, no solo perdería mi trabajo, sino que pasaría a engrosar la lista negra. Bastó una llamada del señor Lanzani al editor del periódico para ello. La felicito.

Ha ganado usted.

Lali tensó los labios y elevó el mentón con altivez.

-Debo pedirle disculpas por la conducta de Peter, señorita Suarez -dijo en tono
tranquilo y neutro, decidida a no permitir que la periodista reparase en lo confusa que se sentía interiormente-. Aunque le garantizo que yo no le pedí que hiciera tal cosa. No es un hombre que se ande con sutilezas, ¿verdad?

Pese a la frialdad que se reflejaba en sus ojos, Eugenia esbozó una sonrisa de buen humor.

-No, no lo es -convino.

-Lamento que haya sido tan cruel. Comprendo que usted tiene que hacer su
trabajo, y yo, desde luego, soy un blanco tan legítimo como cualquier otro -prosiguió Lali-. Tendré que hablar con él...

En ese momento, Peter entró en el dormitorio y miró a Eugenia Suarez con
frialdad.

-Señorita Suarez -dijo en tono severo.

Lali comprendió de inmediato que Peter había visto a la periodista entrar en
el cuatro después que ella y había acudido a rescatarla. Antes de que pudiera decir algo que ofendiera aún más a Eugenia, Lali se acercó a él y habló con calma.

-Peter, ¿es cierto que has amenazado con hacer que despidan a la señorita
Suarez si publica algo sobre mí?

Él agachó la cabeza para mirarla, y sus labios se torcieron en un rictus cínico.

-Sí, es cierto -admitió, y después su mirada se desvió hacia Eugenia-. No permitiré que vuelvan a hacerle daño -dijo sin alterarse, aunque su tono era mortalmente serio.

-Gracias, Peter, pero soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma -dijo
Lali con cierta aspereza.

-Claro, claro que sí -repuso él indulgentemente, como si le estuviera hablando a una cría.

Furiosa, ella alargó la mano hacia la de Peter y le clavó las uñas.

-Peter... no. No me quedaré de brazos cruzados viendo cómo manipulas a los
demás en mi beneficio. No soy una niña o una idiota; ¡soy una mujer adulta, y no
permitiré que me traten como si fuese tonta!

Unos diminutos destellos de fuego dorado iluminaron los ojos verdes de Peter;
bajó la mirada hacia Lali y le cubrió los dedos con la mano libre para impedir que siguiera clavándole las uñas. Pudo parecer un gesto cariñoso, pero sus dedos se cerraron sobre los de ella con dureza y contundencia.

-Muy bien, cariño -murmuró mientras se acercaba la mano de Lali a los labios.
Tras depositarle un suave beso en los dedos, irguió la arrogante cabeza de cabellos oscuros y miró a Eugenia.

-Señorita Suarez, no me importará que diga en su columna que la encantadora
Lali Esposito ha actuado como anfitriona de mi fiesta, pero no toleraré más
referencias a La Viuda Negra ni a la situación financiera de la señora Esposito. Para su información, acabamos de cerrar un acuerdo muy favorable para la señora Esposito, de modo que no necesita ni necesitará nunca el apoyo económico de otras personas.

Eugenia Suarez no era una mujer que se dejara intimidar con facilidad. Irguió el
mentón y dijo:

-¿Puedo publicar lo que ha dicho?

Peter sonrió.

-Dentro de lo razonable -dijo, y ella le devolvió la sonrisa.

-Gracias, señor Lanzani. Señora Esposito -añadió al cabo de un momento
girándose hacia Lali.

Eugenia salió de la habitación, Peter miró a Lali, con aquellos diminutos
destellos dorados aún refulgiendo en sus ojos.

-Eres una gatita salvaje -dijo perezosamente, arrastrando las palabras-. ¿No
sabes que ahora tendrás que pagar por lo que has hecho?

Lali no se dejó asustar.

-Te lo merecías, por haber actuado como un matón -dijo con calma.

-Y tú te mereces todo lo que va a pasarte, por ser una jovencita tan provocativa
-contestó Peter, atrayéndola con facilidad hacia sus brazos. Ella trató de soltarse, pero se vio impotente contra su enorme fuerza.

-Suéltame -dijo sin aliento, retorciéndose para escapar de él.

-¿Por qué? -musitó Peter, agachando la cabeza para apretar sus ardientes labios
contra el hombro de ella-. Estás en mi dormitorio, y bastaría un leve tirón para
bajarte el vestido hasta los tobillos. Lali, seguramente sabías que ese vestido
haría hervir la sangre de un santo de escayola, y yo jamás he dicho que sea tal cosa.

A Lali le habría hecho gracia la frase si el roce de la boca de Peter sobre su
piel no estuviese provocando oleadas de placer en sus venas. Se alegraba de que le gustase el vestido. Sí, era provocativo; ella lo sabía y se lo había puesto
deliberadamente, igual que una polilla jugueteaba con las llamas que acabarían
abrasándole las alas. Era un vestido precioso, de gasa color verde mar y esmeralda, que revoloteaba alrededor de su menudo cuerpo formando ondas, y el cuerpo del vestido, que carecía de tirantes, se sujetaba gracias al delicado frunce situado encima de los senos.

Peter tenía razón, bastaría un simple tirón para quitárselo; aunque ella, desde
luego, no había planeado quedarse a solas con él en su dormitorio. Vio cómo agachaba la cabeza de nuevo y retiró la boca justo a tiempo.

-¡Peter, basta! Tienes que atender a tus invitados. ¡No puedes retirarte a tu
habitación como si nada!

-Sí que puedo -replicó él, agarrándole la barbilla con su fuerte mano y obligándole a girar la boca hacia la suya. Antes de que Lali pudiera volver a protestar, abrió los labios encima de los de ella, llenándola con su cálido aliento. Su lengua avanzó, animándola a responder y, al cabo de un momento, ella olvidó sus protestas y se puso de puntillas para apretarse contra el recio cuerpo de Peter y ofrecerle por completo la dulzura de su boca. Él la aceptó sin dudar, sus besos fueron volviéndose más profundos y feroces mientras la saboreaba ansiosamente. Jadeó contra la boca de Lali y comenzó a deslizarle la mano por las costillas. Sólo cuando los fuertes dedos de Peter se cerraron sobre uno de sus senos, Lali comprendió cuáles eran sus intenciones, y de nuevo el miedo extinguió el fuego de su propio deseo. Se estremeció y empezó a retorcerse para escapar de su abrazo; Peter la apretó con fuerza,
ejerciendo una dolorosa presión y haciendo que su menudo cuerpo se arqueara contra él mientras la devoraba con la boca.

Lali se puso rígida y gritó con voz ronca: -¡No, por favor!

Peter maldijo en griego y volvió a apresarla entre sus brazos cuando ella intentó escapar; no obstante, en lugar de seguir acariciándola a la fuerza, simplemente la apretó contra sí un momento, de manera que Lali pudo sentir el atronador palpitar de su corazón.

-No te forzaré -dijo Peter al fin, besándole la sien con suavidad-. Has sufrido
malas experiencias y puedo comprender tu miedo. Pero quiero que entiendas, Lali,
que cuando estés conmigo no quedarás insatisfecha. Puedes confiar en mí, cariño.

Ella negó débilmente con la cabeza.

-No, no lo comprendes -musitó-. Peter, yo... -iba a decirle que nunca había hecho el amor, que era el miedo a lo desconocido lo que la acobardaba, pero él le puso un dedo sobre los labios.

-No quiero saberlo -gruñó-. No quiero que me digas cómo te han tocado otros
hombres. Creí que podría soportarlo, pero no puedo. Me siento demasiado celoso; no quiero oírte hablar nunca de otro hombre.

Lali meneó la cabeza.

-¡Oh, Peter, no seas tan bobo! Déjame decirte...

-No -la interrumpió él, agarrándola por los hombros y zarandeándola con fuerza.

Enfurecida, Lali se zafó de él y echó la cabeza hacia atrás.

-Está bien -dijo con aspereza-. Si quieres hacer como los avestruces, adelante:
entierra la cabeza en el suelo. ¡A mí me trae sin cuidado lo que hagas!

Peter la miró con enojo un momento; luego, sus anchos hombros se relajaron y
sus labios se curvaron en una risa apenas contenida.

-Sí que te importa -la informó en tono socarrón-. Simplemente, todavía no lo has
admitido. Veo que tendré que acabar con tu terquedad igual que acabaré con tu miedo, de la misma forma. Unas cuantas noches de sexo convertirán en una cariñosa y dócil gatita al animal salvaje que eres ahora.

Lali lo esquivó para dirigirse hacia la puerta con la cabeza muy alta. Antes de
salir, se giró y dijo:

-No sólo eres tonto, Peter. Eres un tonto arrogante.

Oyó a su espalda la suave risa de él mientras regresaba a la fiesta, y reparó en las miradas de complicidad de varias personas. Diana parecía furiosa; le volvió la espalda, enfurruñada. Suspirando, Lali se preguntó si Peter invitaría a, Diana a muchas de sus fiestas. Esperaba que no, aunque tenía la sensación de que sus esperanzas no se cumplirían.

A partir de aquella noche, Peter tomó por completo las riendas de la vida de
Lali. Casi cada noche la llevaba a alguna fiesta o reunión, o a cenar a los
restaurantes más elegantes y exclusivos. A ella apenas le quedaba tiempo libre para estar con Candela, aunque ésta, que era una mujer joven y práctica, se alegraba de que su amiga saliera más y de que la prensa no publicara artículos maliciosos sobre ella. Eugenia Suarez mencionaba a menudo el nombre de Lali junto al de Peter, e incluso llegó a insinuar que la prolongada estancia del griego en Londres se debía enteramente a los encantos de la señora Esposito, pero sin hacer ninguna alusión a La Viuda Negra o a la reputación de Lali.

Incluso Nicolas estaba encantado con que Peter hubiese tomado las riendas,
solía decirse Lali pensativamente. Sentía como si un amigo de toda confianza la
hubiese abandonado y la hubiese arrojado a la guarida del león. ¿Comprendía
realmente Nicolas lo que Peter quería de ella? Seguramente sí; al fin y al cabo,
todos los hombres eran iguales. No obstante, parecía que Nicolas delegaba cada vez más en Peter a la hora de despachar detalles concernientes a los asuntos de
Lali; y, aunque ella sabía que Peter era prácticamente un genio de las finanzas,
no veía con agrado aquella intrusión en su vida.

Sufrió una amarga decepción, aunque no se sorprendió, cuando, poco después de
que Peter se hubiese hecho cargo de sus asuntos, Nicolas le entregó unos
documentos para que los firmara, diciéndole que se trataba de cuestiones de escasa importancia. Lali siempre había confiado en él sin reservas, pero esa vez su instinto la impulsó a leer cuidadosamente los documentos mientras Nicolas la
observaba nervioso. En efecto, la mayoría de ellos se referían a asuntos poco
importantes, pero, en mitad del montón, Lali encontró el documento de la venta de las acciones de ConTech. Se habían vendido a un precio ridículamente alto, no a su precio en bolsa, como ella había exigido.

Con calma, Lali extrajo el documento y lo puso aparte.

-Este no lo firmaré -le dijo a Nicolas tranquilamente.

Él no tuvo que preguntar a qué documento se refería. Le dirigió una sonrisa
socarrona.

-Esperaba que no te dieras cuenta -confesó-. Lali, no trates de luchar contra
él. Quiere que recibas ese dinero; acéptalo.

-No me dejaré comprar -afirmó ella, irguiendo la cabeza para mirarlo
directamente-. Y eso es lo que intenta hacer, comprarme. ¿No te habrás hecho
ilusiones con respecto a sus propósitos, verdad?

Nicolas clavó los ojos en las puntas de sus impecables zapatos.

-No me hecho ninguna ilusión -murmuró-. Lo cual puede resultar o no triste. La
realidad sin adornos tiene pocos atractivos. Sin embargo, siendo como soy una persona realista, sé que no tienes nada que hacer contra Lanzani en este asunto. Firma los documentos, cariño, y no despiertes al tigre que está dormido.

-No está dormido -repuso ella-. Está al acecho -después meneó la cabeza con
decisión-. No, no firmaré los documentos. Antes que dejarle creer que me ha
comprado, prefiero no vender las acciones. O venderlas a terceros. Al precio de su valor en bolsa nos las quitarán de las manos en un momento.

-No lo hagas -advirtió Nicolas-. Él no quiere que esas acciones vayan a parar a
otras manos.

-Entonces, tendrá que pagarlas a su precio en bolsa -Lali sonrió, con un brillo
de satisfacción en sus ojos marrones. Por una vez, se dijo, tenía ventaja sobre Peter. ¿Cómo no se le había ocurrido antes amenazarlo con vender las acciones a terceros?

Nicolas se marchó con el documento sin firmar; Lali sabía que informaría de
ello a Peter inmediatamente. Esa noche había quedado con éste para asistir a una
cena con sus asociados, y Lali jugueteó con la idea de irse de la ciudad y darle
plantón en lugar de discutir con él, pero eso sería una niñería y, probablemente, sólo serviría para demorar lo inevitable.

De mala gana, se duchó y se vistió, eligiendo con cuidado un vestido que tapase su cuerpo lo máximo posible. Sabía que la apariencia civilizada de Peter tenía un límite. No obstante, incluso el vestido más modesto que encontró resultaba provocativo a su manera. La sobria austeridad del tejido negro hacía un contraste perfecto con el pálido tono dorado de su piel. Mientras se veía reflejada en el espejo, pensó con cínica amargura en el apodo de Viuda Negra y se preguntó si alguien se acordaría ya de él.

Como Lali había temido, Peter llegó media hora antes de lo previsto, tal vez
con la esperanza de sorprenderla mientras se estaba vistiendo y era vulnerable.
Cuando le abrió la puerta, él entró y la miró con una expresión tan sombría en sus ojos verdes, que ella se sobresaltó, pese a que había esperado verlo enfadado.

Peter cerró la puerta con estrépito y luego agarró a Lali por la muñeca y la
atrajo hacia sí, haciendo que se sintiera pequeña al lado de su tamaño y su fuerza.

-¿Por qué? -murmuró él suavemente, con la cabeza tan inclinada sobre Lali que
esta podía sentir en el rostro el soplo cálido de su aliento.

Sabía que no era prudente resistirse a él. Eso sólo aumentaría su ira. De modo que se obligó a apoyarse obedientemente contra su cuerpo y respondió sin alterarse:

-Ya te dije cuáles eran mis condiciones, y no he cambiado de parecer. Tengo mi
orgullo, Peter. No pienso dejarme comprar.

Los ojos verdes de él la miraron con furia.

-No estoy intentando comprarte -rugió, y pasó las manos por su esbelta espalda
con una caricia opuesta a la ira que Lali percibía en él. Luego Peter cerró sus
brazos alrededor de ella, apretándola contra su recio cuerpo, y agachó aún más la cabeza para depositar una serie de rápidos y suaves besos en sus labios-. Lo único que quiero es protegerte, ofrecerte seguridad para que no tengas que vender tu cuerpo nunca más, ni siquiera casándote con un anciano.

Al instante, Lali se puso rígida entre sus brazos y le dirigió una mirada que
despedía fuego.

-Nunca te fíes de un griego que acude a ti con regalos -contestó ásperamente-. ¡Lo único que quieres es asegurarte de ser el único comprador!

Los brazos de Peter la oprimieron hasta que le faltó la respiración. Ella empujó
contra sus hombros, en protesta.

-Jamás he tenido que comprar a una mujer -murmuró con los dientes apretados-.
¡Ni voy a comprarte a ti! Cuando hagamos el amor, no será porque te haya pagado
ningún dinero, sino porque me desees tanto como yo te deseo a ti.

Ella apartó la cabeza desesperadamente para rehuir su boca.

-¡Me estás haciendo daño! -resolló.

La presión de los brazos de Peter cesó al momento y ella respiró con dificultad,
recostando la cabeza sobre su pecho. ¿Acaso no podría hacerle entender de ninguna manera su punto de vista?

Al cabo de unos instantes, Peter separó a Lali de sí y extrajo del bolsillo
interior de su chaqueta un papel doblado. Tras desdoblarlo, lo depositó encima de la mesa del vestíbulo y sacó un bolígrafo.

-Fírmalo -ordenó suavemente.

Lali se colocó las manos detrás de la espalda, en el clásico y característico
gesto de negativa.

-Sólo a su precio en bolsa -insistió, sosteniendo la mirada de Peter con calma-. Si tú no las quieres, estoy segura de que habrá otros compradores que adquirirán
gustosamente esas acciones a su precio real.

Peter se enderezó.

-No me cabe duda -convino, sin abandonar su tono de voz suave y sereno-. Pero
tampoco dudo que, como no me vendas esas acciones a mí, acabarás lamentándolo
luego. ¿Por qué te obstinas tanto en la cuestión del dinero? El precio al que vendas las acciones no influirá para nada en el desenlace de nuestra relación. Eso ya está decidido.

-¿Ah, sí? -exclamó Lali, apretando los puños con furia ante su arrogancia-. ¿Por
qué no te vas y me dejas en paz? No deseo nada tuyo, ni tu dinero ni tu protección. ¡Y, desde luego, no te deseo a ti!

-No te mientas a ti misma -dijo él endureciendo la voz al tiempo que avanzaba
hacia ella con largas zancadas y la rodeaba con sus brazos para oprimirla contra sí.

Lali giró la cabeza hacia Peter para decirle que no estaba mintiendo; era la
oportunidad que él necesitaba: agachó la cabeza de cabellos negros y apretó la boca contra la de ella. No fue un beso brusco; le acarició los labios con un seductor roce, invitándola a responder, aniquilando sus defensas, dejándola sin respiración y débil entre sus brazos. Lali cerró los ojos y entreabrió impotentemente los labios para recibir la dominante lengua de Peter. Dejó que la besara tan profundamente como deseaba, hasta que se derrumbó, sin fuerzas, contra su cuerpo. La ternura de Peter era aún más peligrosa que su cólera, porque la respuesta de Lali a sus caricias iba tornándose cada vez más apasionada a medida que se iba acostumbrando a él y percibía que su rendición era inminente. Él no era un principiante en lo referido a las mujeres y sabía, tan bien como la propia Lali, que la excitación que provocaba en ella era cada vez más fuerte.

-Ni me mientas a mí -musitó contra sus labios-. Me deseas y los dos lo sabemos. Te obligaré a admitirlo -su boca descendió nuevamente para cubrir la de Lali,
poseyéndola por completo, amoldando sus labios a los de ella a su antojo. Empezó a tocarle los pechos para establecer deliberadamente su dominio sobre ella, y arrastró con suavidad la yema de los dedos sobre la curva de cada seno dejando tras de sí una estela de ardiente calor.

Lali emitió un quejumbroso gemido de protesta, que quedó amortiguado por los
labios de Peter. Jadeó ante su asalto, esforzándose desesperadamente por respirar, y él le llenó la boca con su cálido aliento.

Peter deslizó una osada mano bajo el vestido de Lali y cubrió la redonda
curva de su seno con la palma. Al notar la íntima caricia, ella sintió que se ahogaba en la sensual necesidad que él le provocaba, y se rindió con un gemido, entrelazando brazos alrededor de su cuello.

Con un veloz movimiento, Peter se inclinó para tomarla en brazos y la llevó hasta el salón; una vez allí, la dejó en el sofá y se tumbó a su lado, sin dejar de darle los embriagadores besos que la mantenían bajo su sensual dominio. Ella se movía inquieta, con las manos sobre el cabello de Peter, tratando de acercarse más a él, atormentada por una necesidad y un vacío que no comprendía, pero que, al mismo tiempo, no podía ignorar.

Un brillo de triunfo centelleó en los ojos de Peter mientras cambiaba de postura
para cubrirla con su cuerpo; Lali abrió brevemente los ojos para leer la expresión de su semblante, aunque apenas pudo verlo a través de la brumosa neblina de deseo que enturbiaba sus sentidos. Ya nada le importaba; si Peter seguía besándola de aquel modo...

Él había explorado con los dedos sus senos cubiertos de satén, había martirizado
los suaves pezones hasta que estos comenzaron a palpitar, como prueba del efecto que sus caricias estaban ejerciendo en ella. Deslizándose hacia abajo, Peter probó aquellos deliciosos bocados con los labios y con la lengua, abrasándola con el calor de su boca. Lali retiró las manos de la cabeza de él y las desplazó hasta sus hombros, enterrando los dedos en los músculos que se flexionaban con cada movimiento.

Un fuego dorado se propagó en su interior, derritiéndola por dentro, disolviéndola, y Lali se dejó arrastrar hacia su propia destrucción. Deseaba saber más, deseaba más de él, y creyó que moriría a causa del placer que Peter le estaba proporcionando.

El abandonó sus senos y ascendió de nuevo para besarla en la boca; esa vez, dejó
que Lali sintiera la presión de todo su cuerpo, la fuerza de su excitación.

-Deja que me quede contigo esta noche -le susurró entrecortadamente al oído-.
Me deseas; me necesitas tanto como yo te deseo y te necesito a ti. No tengas miedo, cariño. Te trataré con mucho cuidado; deja que me quede -repitió; pese a su suavidad, aquellas palabras no eran una súplica, sino una orden.

Lali se estremeció y cerró los ojos con fuerza, notando que la sangre le hervía
en las venas a causa de la frustración. Lo deseaba, sí; debía reconocerlo. Pero Peter se había hecho ideas terribles sobre ella, y eso no podía perdonárselo. Apenas lo oyó hablar, comenzó a volver en sus cabales y recordó por qué no deseaba que le hiciera el amor; giró la cabeza para rehuir sus besos.

Si dejaba que le hiciera el amor, él sabría, en cuanto la poseyera, que sus
acusaciones habían sido erróneas; no obstante, si se entregaba a él en esas
circunstancias, se rebajaría y se convertiría en la clase de mujer que él la consideraba ahora, y sus principios eran demasiado elevados como para permitir eso. Peter no le ofrecía nada salvo satisfacción física y beneficios materiales, mientras que ella le ofrecía un corazón que había sido maltratado y que era demasiado sensible al dolor. Peter no deseaba su amor; ella, sin embargo, sabía que lo amaba, contra toda lógica y contra todo sentido de supervivencia.

Él la zarandeó suavemente para obligarle a abrir los ojos, y repitió con voz ronca:

-¿Dejarás que me quede esta noche, cariño? ¿Dejarás que te muestre lo dulces que
serán las cosas entre nosotros?

-No -se obligó a responder Lali, con la voz enronquecida por el esfuerzo que
estaba haciendo. ¿Cómo reaccionaría Peter a una negativa en un momento así? Tenía un genio muy violento; ¿se pondría furioso? Lali alzó la vista hacia sus ojos verdes, de modo que él pudo apreciar claramente su miedo, aunque no acertara a adivinar la causa-. No, Peter. Todavía... no. Aún no me siento preparada. Por favor.

Él respiró hondo para dominar su frustración y ella se derrumbó con intenso alivio al comprender que no se había enfadado. Bruscamente, él apretó la cabeza de Lali contra su hombro y le acarició el cabello; ella inhaló el cálido aroma masculino de su piel mientras se dejaba confortar.

-No debes tener miedo -insistió Peter en tono quedo-. Créeme. Confía en mí.
Tiene que ser pronto; no podré esperar mucho más. No te haré daño, Lali. Deja
que te demuestre lo que siente una mujer al ser mía.

Pero eso ella ya lo sabía, se dijo Lali con desesperación. La masculinidad de
Peter la atraía irresistiblemente, pese a lo que le dictaba la razón. Le haría el amor de forma dulce y feroz, abrasándola hasta privarla de todo control, dejándola completamente desvalida ante su implacable dominio. Y después, cuando hubiese terminado, cuando su atención se viera atraída por otro desafío, ella quedaría reducida a cenizas.

Pero ¿cómo podría seguir resistiéndose a él, cuando cada día lo necesitaba más?
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Mais020291
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Miér Dic 28, 2011 6:05 pm

Woww!! Un plus!
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Jue Dic 29, 2011 10:48 am

Seis


Los tacones de Lali repiquetearon sobre el suelo de mármol mientras esta
entraba en el edificio de ConTech; se esforzó por dominar su genio hasta que
estuviera a solas con Peter, pero el decidido repiqueteo de sus tacones delataba su furia, de modo que trató de aminorar el paso. La tensión de sus suaves labios no presagiaba nada bueno. ¡Peter se iba a enterar!

-Buenas tardes, señora Esposito -saludó la recepcionista con una cordial sonrisa, y Lali le devolvió el saludó automáticamente. En unas cuantas semanas, Peter había vuelto su mundo del revés; todos los empleados y directivos de ConTech la trataban con la mayor cortesía. Pero reconocer la enorme influencia de Peter no hacía que Lali se sintiera más caritativa con él; ¡al contrario, lo que deseaba era estrangularlo!

Al salir del ascensor, vio que una conocida figura salía de la oficina de Peter;
Lali elevó el mentón conforme se acercaba a Diana Murray. Diana se detuvo para
esperarla y Lali no tuvo más remedio que saludarla educadamente.

-Cielos, pues sí que está ocupado Peter esta tarde -ronroneó Diana; sus bellos
ojos observaban detenidamente a Lali, en busca del más ligero atisbo de celos.

-¿De veras está muy ocupado? -dijo Lali con calma-. No importa; me recibirá,
de todas formas.

-Estoy segura de que sí. Pero mejor aguarda unos minutos -aconsejó Diana con un
tono dulzón que hizo que a Lali le dieran ganas de abofetearla. Prefería la abierta hostilidad de Diana a su empalagoso veneno-. Dale un poco de tiempo para calmarse. Ya sabes cómo es -luego se alejó por el pasillo, meneando las caderas con el toque justo de exageración. Seguramente los hombres encontraban a Diana irresistible, pensó Lali con furia; se prometió a sí misma que Peter Lanzani vería cómo una tormenta estallaba sobre su arrogante cabeza si no se andaba con cuidado.

Lali abrió la puerta de golpe y Andros levantó la vista de la mesa que jamás
abandonaba. Como siempre que veía a Lali, sus ojos manifestaron un frío
desprecio.

-Señora Esposito, no creo que el señor Lanzani la esté esperando.

-No, no me está esperando -confirmó Lali-. Haga el favor de decirle que he
venido.

A regañadientes, Andros hizo lo que se le pedía; apenas había vuelto a depositar en su sitio el auricular del teléfono, Peter abrió la puerta y sonrió a Lali.

-Hola, cariño. Qué agradable sorpresa; no esperaba verte hasta más tarde. ¿Has
decidido firmar los documentos?

Aquella referencia a la compra de las acciones sólo sirvió para atizar el fuego de su ira; no obstante, Lali se dominó hasta que entró en la oficina de Peter y él hubo cerrado la puerta tras de sí. Por el rabillo del ojo, vio cómo se acercaba a ella con el evidente propósito de estrecharla entre sus brazos, de modo que se alejó rápidamente de su alcance.

-No, no he decidido firmar nada -anunció Lali con aspereza-. Sólo vengo para
que me des una explicación acerca de esto. Buscó en su bolso y sacó unos documentos, sujetos con un clip a un sobre arrugado. Se los puso delante y él los tomó, frunciendo el ceño.

-¿Qué es esto? -preguntó Peter, observando el ensombrecido color marron de sus
ojos y calibrando el alcance de su enojo.

-Dímelo tú -repuso ella-. Creo que eres el responsable.

Peter retiró el clip y examinó rápidamente los documentos, revisándolos uno por
uno. No tardó más de un minuto; después volvió a prenderlos con el clip.

-¿Ocurre algo? Todo parece en orden.

-No me cabe duda de que, legalmente, todo está orden -replicó Lali con
impaciencia-. Ese no es el problema, y lo sabes muy bien.

-Entonces ¿cuál es el problema exactamente? -inquirió él, bajando las pestañas
para ocultar la expresión de sus ojos; Lali, sin embargo, sabía que la estaba
observando y que veía cada matiz de su semblante. A continuación, también ella
disimuló su expresión.

Peter se sentó de lado en una esquina de la mesa con el cuerpo relajado.

-No comprendo por qué estás tan disgustada -dijo con calma-. Dime exactamente
qué es lo que no te gusta del acuerdo. Aún no está firmado; podemos introducir
cambios. No quería que recibieras tu copia por correo -añadió pensativo-. Supongo que mi abogado trató de anticiparse a mis deseos. Me va a oír.

-Tu abogado me trae sin cuidado. ¡Y la forma en que he recibido esta basura es lo de menos, porque no pienso firmarla! -vociferó Lali, con las mejillas enrojecidas por la ira-. ¡Eres el hombre más arrogante que he conocido en mi vida, y te odio!

El brillo de diversión que había iluminado los ojos de Peter se desvaneció de
repente; cuando ella se dio media vuelta y echó a andar hacia la puerta, demasiado furiosa incluso para gritarle, él se bajó de la mesa y la detuvo antes de que hubiera dado tres pasos. Cuando le agarró el brazo, Lali arremetió contra él con la mano libre. Peter alzó los brazos para detener el golpe; después le apresó también aquel brazo con destreza y la atrajo hacia sí.

-¡Suéltame!-espetó Lali, tan furiosa que no le importaba que Andros la oyese.
Se retorció y forcejeó, presionando contra la férrea barrera de sus brazos con la intención de soltarse; al cabo de unos instantes, incluso el vigor de su ira acabó agotándose. Cuando, finalmente, se estremeció y apoyó la cabeza en el hombro de Peter, él la tomó en brazos con facilidad, rodeó la mesa y se sentó en la silla con Lali en el regazo.

Esta se sentía débil, agotada por el ataque de ira y el forcejeo con Peter, de
modo que se limitó a recostarse sobre su pecho. Sintió en la mejilla los latidos
potentes y regulares de su corazón, y advirtió que su respiración ni siquiera se había acelerado. Simplemente la había sujetado hasta que ella se quedó sin fuerzas.

Peter alargó la mano hacia el teléfono y marcó un único número; después habló
suavemente.

-No me pases ninguna llamada, Andros. No quiero que se me moleste bajo ningún
pretexto -colgó el auricular y rodeó a Lali con los brazos para apretarla contra sí-. Cariño -susurró contra su cabello-, no tienes por qué disgustarte tanto. No es más que un simple documento...

-¡De simple, nada! -lo interrumpió ella violentamente-. ¡Intentas tratarme como si yo fuera una fulana cara, pero no te lo permitiré! Si eso es lo que piensas de mí, no deseo volver a verte nunca más.

-No te considero una fulana -la tranquilizó Peter-. No piensas con claridad; crees que te he ofrecido dinero para que te acuestes conmigo, pero no era esa mi intención.

-Oh, no, claro que no -se mofó ella con voz amarga. Forcejeó para incorporarse y
alejarse del íntimo calor de su cuerpo, pero sus fuertes brazos se tensaron y le
impidieron moverse. En los ojos de Lali brillaron las lágrimas conforme se rendía y se relajaba sobre Peter, derrotada.

-No, no era mi intención -insistió él-. Simplemente deseo cuidar de ti, de ahí lo de la cuenta bancaria y la casa. Sé que la casa en la que vives ahora es tuya en propiedad, pero debes admitir que el barrio no es el mejor.

-No, no lo es, ¡pero allí vivo muy a gusto! Nunca te he pedido nada ni pienso
pedírtelo ahora. No quiero tu dinero, y me has insultado pidiéndome que firme un
documento en el que juro que jamás presentaré ninguna reclamación sobre tus
propiedades por los «servicios prestados».

-Sería extremadamente estúpido si no diera los pasos necesarios para asegurar
mis propiedades -señaló Peter-. No creo que fueras capaz de denunciarme para
exigirme apoyo económico, cariño. Pero hay otras personas en las que debo pensar y tengo una responsabilidad que mantener. Mucha gente depende de mí para vivir, mi familia y mis empleados, y no puedo hacer nada que ponga en peligro su bienestar en el futuro.

-¿Todas tus queridas deben firmar una renuncia a cualquier reclamación posterior? -inquirió Lali, enjugándose briosamente la única lágrima que goteaba de su pestaña-. ¿Se trata de un documento estándar, en el que tan solo hay que añadir el nombre y la fecha? ¿Cuántas mujeres viven en casas o apartamentos que tan generosamente les has proporcionado?

-¡Ninguna! -contestó Peter bruscamente-. No creo estar pidiéndote demasiado.
¿De veras creías que te situaría como mi amante sin protegerme contra posibles
reclamaciones? ¿Por eso estás tan enfadada, porque me he asegurado de que no
puedas reclamarme más dinero del que yo desee darte voluntariamente?

Peter había cometido el error de soltarle el brazo, y Lali se giró
furiosamente hacia él y le abofeteó la cara con tanta fuerza que la palma de la mano le ardió. Se echó a llorar y tragó saliva para intentar reprimir las lágrimas que corrían por sus mejillas; en un nuevo intento de escapar, empezó a forcejear contra Peter. Los resultados fueron los mismos: él se limitó a sujetarla y a impedir que le diera más golpes, hasta que ella quedó agotada y sin respiración. La ira y el dolor se mezclaban con su sentimiento de indefensión, de frustración, pues era incapaz de hacerle comprender lo equivocado que estaba respecto a ella. Finalmente, dejó de luchar contra las lágrimas. Con un dolorido sollozo, enterró la cara en el hombro de Peter y cedió a su tormenta emocional.

-¡Lali! -exclamó él con los dientes apretados, aunque ella apenas lo oyó ni le
prestó atención. Sabía que Peter estaría furioso por la bofetada que acababa de
recibir. No era un hombre que permitiera que nadie, ya fuese hombre o mujer, le
pegara y se saliera con la suya. Pero a Lali en ese momento no le importaba.

Su delicado cuerpo temblaba con la convulsiva fuerza de su llanto. Jamás se
acabaría. Jamás cesarían los chismorreos y las insinuaciones sobre su matrimonio. Aunque Peter no permitiera que los demás hablasen de ello, él mismo seguía creyéndose todas aquellas mentiras. Lo que no parecía comprender era que Lali podía soportar que la insultaran los demás, pero no que la insultara él, porque lo amaba.

-Lali -su voz era ahora más baja y suave, y la intensa fuerza que sus dedos
ejercían sobre el brazo de ella se relajó. Lali notó que le acariciaba la espalda pasándole las manos suavemente hacia arriba y hacia abajo, y se acurrucó más contra su cuerpo.

Con ternura, Peter la persuadió para que alzara el rostro, y luego le limpió las
lágrimas y la nariz con su pañuelo, como si fuese una niña pequeña. Ella se quedó mirándolo con los ojos aún brillantes por las lágrimas, e incluso a través de estas pudo ver la marca roja que tenía en la mejilla, allí donde lo había abofeteado. La tocó con dedos temblorosos.

-Lo... lo siento -dijo, disculpándose con voz espesa a causa del llanto.

Sin decir palabra, Peter giró la cabeza y le besó los dedos; después se agachó
más y alzó a Lali hacia sí; antes de que ella pudiera recobrar el aliento, él ya la estaba besando; su boca, ardiente, feroz y hambrienta como la de un indómito animal, empezó a saborearla, a morderla, a explorarla. Su mano buscó los senos de Lali y luego siguió bajando, deslizándose por sus caderas y sus muslos hasta llegar a sus rodillas, introduciéndose con impaciencia bajo la tela de su vestido.

Horrorizada, Lali comprendió que Peter había perdido el control, privado del
dominio de su voluntad por su propia ira y por el forcejeo con ella, por el contacto del suave cuerpo que se retorcía y se tensaba contra él. Ni siquiera parecía dispuesto a darle ocasión de responder a su beso, y el miedo hizo que a ella se le acelerase el corazón, pues era consciente de que esa vez sería incapaz de detenerlo.

-Peter, no. Aquí, no. ¡No! Basta, cariño -susurró con voz feroz y tierna al mismo tiempo. No trató de resistirse, consciente de que, a esas alturas, eso sólo serviría para excitarlo aún más. Le estaba haciendo daño; recorría con las manos todo su cuerpo, tocándola allí donde ningún hombre la había tocado antes, tirándole de la ropa.

Lali alzó las manos y enmarcó con ellas el rostro de Peter, repitiendo su
nombre con suavidad, con urgencia, una y otra vez, hasta que, de pronto, él la miró a los ojos y ella comprendió que había conseguido captar su atención.

Un espasmo cruzó el semblante de Peter; apretó los dientes y maldijo por lo
bajo. Ayudó a Lali a ponerse de pie, quitándosela del regazo, y luego se levantó
como si se sintiera dolorido. Se quedó mirándola un momento, mientras ella retrocedía hasta la mesa en busca de apoyo; después maldijo de nuevo, se alejó unos cuantos pasos y permaneció de espaldas a Lali mientras se masajeaba la nuca con gesto cansado.

Ella contempló su ancha y musculosa espalda en silencio, sin decirle nada, pues
ignoraba si era prudente hacerlo. ¿Qué debía hacer ahora? Deseaba marcharse, pero las piernas le temblaban tanto que no estaba segura de poder caminar sin ayuda. Y tenía el vestido revuelto, arrugado y desabrochado en parte. Con dedos torpes y lentos, se arregló la ropa y luego miró a Peter, insegura. Tenía el aspecto de un hombre que luchaba consigo mismo, y Lali no quería hacer nada que pudiera molestarlo. Pero el silencio se hizo tan denso entre ambos que se sintió incómoda, de modo que obligó a sus inseguras piernas a moverse, con la intención de recoger el bolso y salir de allí antes de que la situación empeorase.

-No te irás a ningún sitio -dijo él en voz baja, y Lali se detuvo en seco.
Entonces Peter se volvió hacia ella, con una expresión de cansancio en su rostro
moreno-. Lo siento -dijo suspirando-. ¿Te he hecho daño?

Aquella disculpa era lo contrario a la reacción que Lali había esperado; por un
momento, fue incapaz de ofrecer una respuesta. Luego negó con la cabeza lentamente y él pareció relajarse. Se acercó a ella y, le pasó un brazo alrededor de la cintura, apremiándola a apretarse contra él con suave insistencia. Sin resistirse, Lali recostó la cabeza en el confortador hueco de su hombro.

-No sé qué decir -musitó Peter-. Deseo que confíes en mí; pero, en vez de eso, te he asustado.

-No digas nada -contestó Lali, habiendo recobrado al fin el dominio de su voz-.
No es necesario que empecemos de nuevo. No firmaré el documento, y no hay más que hablar.

-No era un insulto, sino una simple necesidad jurídica.

-Pero yo no soy tu querida -señaló ella-. Así que ese documento no es necesario.

-Aún no -convino Peter-. Como te dije, mi abogado se anticipó a mis deseos. Se
equivocó -su tono de voz no presagiaba nada bueno para el pobre abogado, aunque
Lali le estaba agradecida a aquel hombre desconocido. Al menos, sabía con
exactitud qué era lo que Peter pensaba de ella, y prefería saber la dolorosa verdad antes que vivir en un sueño.

-Tal vez sea mejor que no volvamos a vernos más -empezó a decir, pero él le
oprimió el brazo con una sombría expresión en el semblante.

-No seas ridícula -contestó-. No te dejaré ir, de modo que no gastes saliva
proponiéndolo. Prometo controlarme mejor en el futuro y, de momento, olvidaremos lo ocurrido.

Retirando la cabeza de su hombro, Lali lo miró con acritud. ¿De verdad
pensaba que podría olvidar que la consideraba una de esas mujeres que se vendían por un precio? La revelación le hería el pecho como un cuchillo, pero igualmente dolorosa era la certidumbre de que no deseaba que Peter desapareciera de su vida. La idea de no volver a verlo nunca más hacía que se sintiera desolada. Estaba arriesgando su bienestar emocional, coqueteando con el desastre, pero no podía alejarse de él, del mismo modo que no podía obligarse a sí misma a dejar de respirar.

Transcurrieron varias semanas durante las cuales las cosas fueron más tranquilas, como si Peter se hubiese esforzado por comportarse lo mejor posible, y Lali logró mantener a raya su dolor. Él insistía en que ella lo acompañase a todos los actos sociales a los que asistía y en que fuese la anfitriona siempre que organizaba una fiesta.

La tensión empezaba a afectar a Lali. En una de las fiestas a las que los
invitaron, se sintió agobiada y escapó a la frescura del oscuro jardín, donde inhaló profundamente para llenar sus pulmones del aire frío y dulce; en el cargado ambiente de la sala, se había sentido incapaz de respirar. Durante las semanas transcurridas desde que conociera a Peter, había aprendido a relajarse en las reuniones de sociedad, pero aún sentía la necesidad de estar sola de vez en cuando, cosa que había podido hacer en muy raras ocasiones, Peter poseía la fuerza de un volcán, expelía órdenes y arrastraba a los demás en el río de lava de su autoridad. Lali no sabía con seguridad dónde estaba en ese momento, pero aprovechó su descuido para buscar la tranquilidad del jardín.

Esa misma noche, antes asistir a la fiesta, habían tenido una acalorada discusión por la constante negativa de Lali a venderle las acciones; la primera discusión desde la terrible escena de la oficina. Peter no estaba dispuesto a ceder lo más mínimo; estaba furioso porque ella seguía desafiándolo, e incluso había llegado a acusarla de intentar engañarlo para que aumentara la cuantía de su oferta. Consternada por su falta de comprensión y cansada de tanta batalla, Lali había agarrado el documento y, después de firmarlo, lo había arrojado al suelo en un estallido de ira.

-¡Muy bien, ya lo tienes! -exclamó furiosa. Solamente cuando él se inclinó para
recoger el papel, doblarlo y guardárselo en el bolsillo, ella reparó en el especulativo brillo de sus ojos, y comprendió que había cometido un error. Al firmar el documento entonces, después de que él la hubiese acusado de estar resistiéndose para lograr un precio más alto, sólo había conseguido que Peter se convenciera de que había estado haciendo precisamente eso: aguardando el momento adecuado y esperando que le ofreciera una cantidad más elevada. Pero ya era demasiado tarde para deshacer lo andado, y Lali logró dominar las lágrimas que afluyeron a sus ojos, provocadas por el dolor que le causaban las sospechas de él.

Mientras daba un paseo por el sendero de grava blanca, se preguntó si la
tranquilidad que había imperado últimamente en su relación habría quedado destruida sin remedio. Peter había dejado de presionarla para que hicieran el amor; de hecho, se mostraba cada vez más tierno, como si al fin estuviera empezando a sentir algo serio por ella.

Tal pensamiento hizo que Lali se estremeciera, pues era como un sueño hecho
realidad. Peter había dominado su impaciencia natural y la había mimado de mil
maneras, y ella ya no trataba de luchar contra el amor que sentía por él. Ni siquiera deseaba hacerlo; hasta tal punto se hallaba sometida a la influencia de Peter.

Pero era posible que todo ese se hubiese perdido. ¡Jamás debería haber firmado
ese acuerdo! Había cedido a sus intimidatorias tácticas en un arranque de ira, y con ello tan sólo había logrado reforzar la imagen de tentadora mercenaria que Peter tenía de ella. En un momento, había perdido el terreno ganado hasta entonces en lo que al afecto de Peter se refería.

Caminando lentamente, con la cabeza agachada mientras fantaseaba con la idea de
casarse con Peter y ser la madre de sus hijos, cosa que ahora resultaba harto
improbable, Lali oyó repentinamente un murmullo de voces. Había llegado hasta
donde se encontraba una pareja sin darse cuenta. Se detuvo al instante, aunque ellos no parecían haberse percatado de su presencia. Eran apenas una borrosa sombra en la oscuridad; el azul claro del vestido de fiesta de ella se fundía con el color oscuro de la chaqueta de él mientras se abrazaban.

Procurando moverse en silencio, Lali retrocedió con la intención de alejarse sin
que la vieran, pero, en ese momento, la mujer dejó escapar un intenso suspiró y jadeó:

-¡Peter? Ah, Peter...

Lali notó que las piernas se le entumecían y se negaban a moverse, como si no
tuvieran fuerzas.

¿Peter? ¿Su Peter?

Se sentía demasiado aturdida como para sentir dolor; no creía que pudiera ser
cierto. Finalmente, consiguió volverse para mirar de nuevo a la pareja abrazada. Diana. Era Diana, sin duda. Lali había reconocido su voz. Y.. ¿Peter? La cabeza de cabellos oscuros, los hombros poderosos... Podía ser Peter, aunque no estaba segura. Entonces, él alzó la cabeza y musitó:

-¿Qué sucede, Diana? ¿Nadie se ha ocupado de ti, con lo bella que eres?

-No, nadie -susurró ella-. Te he estado esperando a ti.

-¿Tan segura estabas de que volvería? -inquirió él, con una nota de diversión en la voz mientras erguía más la cabeza para contemplar el hermoso rostro de su
acompañante.

Lali se dio media vuelta, pues no deseaba ver cómo besaba a aquella mujer otra
vez. El dolor había comenzado al ver con seguridad que Peter era el hombre que
abrazaba con tanta pasión a Diana, pero se obligó a contenerlo. Si le daba rienda suelta, se echaría a llorar y se pondría en ridículo; de modo que ladeó el mentón con arrogancia e ignoró la tenaza que le oprimía el pecho, el cuchillo que le desgarraba las entrañas. Oyó que pronunciaban su nombre detrás de ella, pero cruzó rápidamente el jardín, entró en la casa y se mezcló con la gente. Algunos le sonrieron y se dirigieron a ella, y Lali hizo aflorar una débil sonrisa a sus rígidos labios y caminó con calma hasta el bar.

Los invitados se servían ellos mismos las bebidas, así que Lali se sirvió una
generosa copa de vino blanco y dio un sorbo mientras se paseaba con paso firme por la habitación, sonriendo pero sin unirse a ninguna conversación. En ese momento se sentía incapaz de hablar con nadie; se limitaría a pasearse por la sala, beber de su copa de vino y esforzarse por dominar la violenta punzada de dolor que sentía en su interior. No sabía con certeza cómo se iría de la fiesta, si tendría la fortaleza suficiente para irse con Peter o si sería preferible llamar a un taxi, pero ya se preocuparía de eso más tarde. Más tarde, cuando hubiese bebido bastante vino para adormecer sus sentidos.

Por el rabillo del ojo, vio que Peter avanzaba hacia ella con sombría
determinación. Se giró hacia la izquierda y se puso a hablar con la pareja con la que estuvo a punto de chocar, admirada de la naturalidad con que le salía la voz. Entonces, antes de que pudiera alejarse, una mano fuerte se cerró sobre su hombro y Peter dijo con calma:

-Lali, cariño, te he estado persiguiendo por toda la sala. Hola, Glenna. ¿Qué tal, Clark?, ¿cómo están los niños?

Con su encantadora sonrisa, logró que Glenna soltara una risita y se pusiera a
hablarle de los niños, a los cuales Peter parecía conocer personalmente.

Mientras hablaban, sujetó con firmeza el brazo de Lali en todo momento y,
cuando ésta hizo un intento de zafarse, los dedos de él aumentaron la presión hasta el punto de que casi le arrancaron un gemido de dolor.

-Me haces daño en el brazo -dijo Lali fríamente mientras se movían entre los
grupos de invitados que charlaban y se reían.

-Cállate -ordenó con los dientes apretados-. Al menos, hasta que estemos solos.
Creo que el estudio está vacío; iremos allí.

Mientras Peter tiraba de ella, literalmente, Lali atisbó la cara de Diana antes
de salir de la habitación, y la expresión de triunfo que había en ella le produjo un escalofrío.

El orgullo la impulsó a enderezar la espalda; cuando Peter cerró la puerta del
estudio y echó la llave, Lali se giró para encararlo de frente. Irguió el mentón y le dirigió una altiva mirada.

-¿Y bien? -preguntó-. ¿Para qué me has traído aquí?

El permaneció inmóvil, observándola, con una expresión severa en sus ojos verdes y la boca encogida en una fina línea que, en cualquier otra ocasión, habría intimidado a Lali, pero que, curiosamente no la amedrentó en absoluto. Peter se había metido las manos en los bolsillos del pantalón, como si desconfiara de su capacidad de refrenar su propio genio; en ese momento, sin embargo, las sacó, y sus ojos resplandecieron.

-Jamás dejará de sorprenderme cómo consigues parecer una reina, simplemente
alzando la barbilla.

En el semblante de ella no se apreció ninguna reacción.

-¿Me has traído aquí solamente para decirme eso? -inquirió con frialdad.

-Sabes muy bien que no -por un momento, él tuvo el detalle de mostrarse incómodo
y un leve rubor tiñó sus mejillas-. Lali, lo que viste.., no iba en serio.

-La verdad es que me trae sin cuidado -repuso ella con desdén-, porque tampoco
nuestra relación va en serio. No tienes por qué darme explicaciones, Peter; no tengo ningún derecho sobre ti. Vive tus pequeñas aventuras como te apetezca; no me importa.

El cuerpo de Peter se estremeció ante la fuerza de aquellas palabras; el rubor de sus mejillas se vio sustituido por una repentina y tensa palidez. Sus ojos adquirieron una expresión asesina y, un segundo antes de que se moviera, Lali comprendió que había ido demasiado lejos, que le había hecho perder el control. No tuvo tiempo de contener la respiración mientras él cruzaba la habitación con pasos ágiles y le colocaba las manos en los hombros. La zarandeó violentamente, tan violentamente que el cabello de Lali cayó suelto sobre su espalda y las lágrimas saltaron de sus ojos antes de Peter apretara su boca contra la de ella y le diera un beso apasionado que la dejó sin respiración. Cuando Lali creyó que iba a desmayarse, él sostuvo su lánguido cuerpo y la llevó hasta el sofá, el desgastado sofá en el que su anfitrión habría pasado, sin duda, muchas y confortables horas. Peter la soltó en él ferozmente, y después se echó encima de ella, sujetándola con sus fuertes brazos y
sus musculosas piernas.

-¡Maldita seas! -susurró entrecortadamente, agarrándole el cabello con crueles
dedos para obligarle a echar la cabeza hacia atrás-. Me vuelves loco; ni siquiera puedo dormir sin soñar contigo... ¿y me dices que no te importa lo que yo haga? Pues haré que te importe. Derribaré esa muralla que has levantado a tu alrededor...

La besó brutalmente, lastimándole los labios y haciendo que un gemido de protesta brotara de su garganta, pero él hizo caso omiso de su angustia. Con la mano libre, le desabrochó el vestido y se lo bajó hasta la cintura; sólo entonces retiró la boca de sus labios para centrar su sensual ataque en los suaves montículos de sus senos.

Lali gimió aterrorizada cuando sus labios quedaron libres, pero comenzó a
sentir una irracional oleada de deseo a medida que la boca ardiente de Peter
recorría su cuerpo. Combatió dicho deseo ferozmente, decidida a no someterse a
Peter después de lo que acababa de suceder esa noche, sabiendo que él la
consideraba poco menos que una fulana. ¡Y además se había echado en brazos de
Diana! El recuerdo de la engreída y victoriosa sonrisa que Diana le había dirigido hizo que las lágrimas corrieran por sus mejillas mientras luchaba contra la abrumadora fuerza de Peter. Este redujo sus esfuerzos por liberarse y se echó por completo encima de ella, apretándola contra su fuerte y ansioso cuerpo. Ardía de deseo y ella estaba indefensa; la habría poseído allí mismo, pero, cuando alzó la cabeza de sus palpitantes senos y vio su rostro anegado de lágrimas, se detuvo en seco.

-Lali -dijo con voz ronca-. No llores. No te haré daño.

¿Acaso no lo entendía? Ya le había hecho daño; le había arrebatado el corazón. Ella giró la cabeza bruscamente, rehuyéndolo, y se mordió el labio inferior, incapaz de decir nada.

Peter retiró su peso de encima de ella y se sacó el pañuelo del bolsillo para
enjugarle las lágrimas.

-Es mejor así -dijo en tono grave-. No quiero hacerte el amor la primera vez en el sofá de una casa ajena. Quiero hacértelo en una cama, ma chére, durante horas, para que sepas cómo pueden ser las cosas entre un hombre y una mujer.

-Cualquier mujer -dijo ella con amargura, acordándose de Diana.

-¡No! -negó él ferozmente-. No pienses en ella. No significa nada para mí. Fui un estúpido... Perdóname, cariño. Quería aplacar la excitación que tú me provocas y que te niegas a satisfacer, pero descubrí que esa mujer me deja completamente frío.

-¿De veras? -Lali lo miró con rabia-. Pues yo no te vi tan «frío».

Peter soltó el pañuelo empapado de lágrimas y le agarró la barbilla con una mano.

-¿Eso crees? ¿Me comportaba como si estuviera ciego de pasión? -preguntó,
obligándola a mirarlo-. ¿La besaba como te beso a ti? ¿Le decía cosas dulces?

-¡Sí! La llamaste... -Lali se interrumpió, sintiéndose confusa-. Le dijiste que era bella, pero no la...

-No la llamé «cariño» como a ti, ¿verdad? Un solo beso, Lali. ¡Un solo beso y
comprendí que Diana jamás podría apagar el fuego que tú has encendido! ¿No me
perdonarás un simple beso?

-¿Me lo perdonarías tú a mí? -repuso ella al tiempo que trataba de apartar la
mirada, pero él la sujetó con firmeza. Se estaba ablandando contra su voluntad,
dejándose engatusar. El peso de los miembros de Peter sobre su cuerpo le resultaba reconfortante, permanecía envuelta en la seguridad de su fuerza, y Lali empezó a sentir que sería capaz de perdonarle cualquier falta con tal de poder seguir tocándolo.

-Yo te habría separado a la fuerza de cualquier hombre que hubiese cometido la
estupidez de tocarte -prometió con voz grave-, y le habría partido la cara. No creo que pudiera controlarme si viera a otro besándote, Lali. Pero no volvería la espalda y me iría, sin más; te llevaría conmigo. Lali se estremeció y cerró los ojos, recordando el terrible momento en que los había visto abrazados.

-Tampoco yo puedo controlarme, Peter -confesó con voz ronca-. No soporto ver
cómo cortejas a otra mujer. Me destruye por dentro.

-¡Lali!

Era la primera vez que ella confesaba sentir algo por él. Pese a lo unidos que habían estado durante las semanas anteriores, Lali se había resistido a él en ese aspecto, no había querido decirle lo que sentía. Pero ya no podía seguir ocultándolo.

-¡Lali, mírame! ¡Mírame! -Peter la zarandeó ferozmente, y ella abrió los ojos
para ver la expresión de resplandeciente triunfo que había en los de él-. Dímelo
-insistió Peter, inclinándose sobre ella, acercando los labios a los suyos. Colocó la mano encima de su corazón, sintió el revelador latido y acarició con ternura las suaves y femeninas curvas que encontró-. Dímelo -susurró, acariciándole los labios con los suyos.

Lali alzó las manos hasta sus hombros, aferrándose a la fuerza de Peter
mientras notaba cómo la suya propia cedía, arrastrada por la marea de sus emociones.

-Te quiero -gimió con una vocecita ronca-. He intentado no amarte. Eres tan...
arrogante. Pero no puedo remeterlo.

Peter la apretó contra sí con tanta fuerza, que ella gritó. La soltó
inmediatamente.

-Mía -musitó depositándole ardientes besos en el rostro-. Eres mía. Y no dejaré
que te vayas de mi lado. Te adoro, cariño. Durante semanas he estado loco de
frustración, deseándote pero temiendo asustarte hasta el punto de que te alejaras de mí. Pero ya no tendré más compasión. ¡Voy a hacerte mía! -y dejó escapar una jubilosa risa antes de incorporarse y ayudarla a ponerse el vestido. Le subió la cremallera y después le rodeó la cintura con sus poderosas manos.

-Vámonos ya de aquí -dijo con voz áspera-. ¡Te deseo desesperadamente!

Lali se estremeció ante el sonido autoritario de su voz. Estaba eufórica pero
también asustada. Peter ya no le permitiría seguir resistiéndose a él; y, aunque
notaba que su corazón se abría como una flor al admitir el amor que sentía por
Peter, seguía sintiendo miedo de aquel hombre y del control que ejercía sobre ella.

Peter notó su vacilación y la atrajo hacia sí con un posesivo brazo.

-No estés asustada-murmuró contra su cabello-. Olvida lo que te haya pasado
antes; yo jamás te haré daño. Dijiste que no me tienes miedo, pero es mentira, lo noto. Por eso he vivido un infierno estas semanas, mientras esperaba a que perdieras ese miedo. Confía en mí, cariño. Te trataré con todo el cuidado del mundo.

Ella enterró la cara en su hombro. Había llegado el momento de decirle que nunca
había hecho el amor con nadie; no obstante, cuando reunió el valor necesario para levantar la cabeza y abrir la boca, Peter la detuvo posando los dedos suavemente sobre sus doloridos labios.

-No, no digas nada -susurró-. Ven conmigo y deja que me ocupe de ti.

Lali tenía el cabello despeinado sobre los hombros, de modo que alzó las manos
con la intención de volver a recogérselo.

-No te molestes -dijo Peter agarrándole la mano-. Estás bellísima así; no pasará
nada si alguien te ve. Pero saldremos por la parte de atrás. Espérame aquí mientras yo voy a disculparme con el anfitrión; será sólo un momento.

Una vez sola, Lali permaneció sentada y trató de organizar sus aturdidos y
confusos pensamientos. Peter la amaba, lo había reconocido. «Adorar» era lo mismo que amar, ¿verdad? Ella lo amaba a él, desde luego, pero también se sentía confundida e insegura. Siempre había creído que una declaración mutua de amor desembocaba en ilusionados planes de futuro, pero Peter no parecía tener otro plan que llevársela a la cama. Intentó decirse a sí misma que era un hombre de instintos extremadamente físicos, y que ya querría hablarle de planes de boda más tarde. Pero Lali siempre había soñado, en el fondo de su corazón, con ir al altar vestida de blanco, siendo totalmente digna de ese símbolo de pureza. Por un momento, contempló la idea de decirle a Peter que no quería marcharse, pero luego meneó la cabeza. Tal vez debía demostrarle su amor confiando en él, como le había pedido, y entregarle ese amor en toda su plenitud.

Unos momentos después, ya era demasiado tarde para las preocupaciones, porque
Peter había regresado y Lali quedó inmersa en el posesivo brillo de sus ojos
verdes. El nerviosismo que sentía se vio eclipsado por su automática respuesta a la cercanía de Peter; se apoyó sumisamente en él mientras la sacaba de la casa por la parte trasera y la llevaba hasta el coche, aparcado al final de la angosta y silenciosa calle.

Por las noches, Londres era una ciudad que resplandecía como una dorada corona
sobre las orillas del Támesis; a Lali nunca le había parecido tan dorada como esa noche, mientras permanecía sentada en silencio al lado de Peter y él conducía a través de la ciudad. Miraba los conocidos edificios y monumentos como si fuera la primera vez que los viera, cautivada por la indescriptible hermosura del mundo que compartía con Peter.

Él no se dirigió a casa de Lali, como ella había esperado, sino a su ático. Eso la alarmó, aunque no sabía con certeza por qué, y por un momento se resistió. Peter tiró de ella hasta el ascensor y la abrazó con fuerza, susurrándole ardientes palabras de amor. Cuando se abrieron las puertas del ascensor, la tomó de la mano y la acompañó por el largo pasillo en penumbra hasta la puerta de su ático. Tras abrirla, hizo pasar a Lali y luego entró detrás de ella, cerrando la puerta con un definitivo «clic».

Lali había avanzado unos cuantos pasos y permanecía muy quieta en la oscuridad; Peter apretó un interruptor y encendió las dos lámparas. Después se acercó a la consola del teléfono para cerciorarse de que el contestador automático estaba activado.

-Esta noche no quiero interrupciones -dijo volviéndose hacia Lali. Sus párpados
descendieron sensualmente sobre sus ojos brillantes mientras se acercaba a Lali y la atraía hacia su recio cuerpo-. ¿Te apetece beber algo? -preguntó, moviendo los labios contra su sien.

Lali cerró los ojos extasiada, aspirando su embriagador aroma masculino,
bañándose en su calor.

-No, nada -contestó con voz ronca.

-A mí tampoco -dijo Peter-. No quiero que el alcohol adormezca mis sentidos
esta noche; quiero disfrutar cada momento. Me has obsesionado desde el primer
momento en que te vi, así que perdóname si parezco demasiado... -hizo una pausa,
tratando de encontrar la palabra adecuada, y ella le sonrió con ternura.

-¿Si pareces demasiado satisfecho? -murmuró.

-Bueno, reconozco que siento una cierta sensación de triunfo -Peter sonrió
cínicamente.

Ella lo observó con el corazón acelerado mientras él se despojaba de la chaqueta y la colgaba en una silla. Luego siguieron la pajarita y el fajín de seda. Peter se acercó entonces a Lali, y ella se encogió ante el aspecto que presentaba su rostro. Era el mismo aspecto que seguramente habrían tenido los guerreros espartanos de antaño, orgullosos, salvajes y rebeldes. Peter le daba miedo, y ella sintió deseos de huir; no obstante, cuando él la apresó entre sus brazos y le cubrió la boca con sus labios, todos sus pensamientos desaparecieron a medida que él invadía sus sentidos.

La tomó en brazos y la llevó por el largo pasillo hasta el dormitorio; tras cerrar la puerta con el hombro, se acercó a la enorme cama y se detuvo delante de ella.

La cordura pugnó con el deseo y Lali gimió con voz ahogada:

-¡No, Peter, espera! Tengo que decirte una...

-No puedo esperar -la interrumpió él con voz ronca, respirando
entrecortadamente-. He de poseerte, cariño. Confía en mí, deja que borre de tu piel las caricias de los otros hombres que te han tocado.

Su boca ahogó cualquier palabra que Lali hubiera podido decir. Fue más
cuidadoso de lo que ella había esperado; las manos se deslizaron sobre su piel con exquisita ternura, ciñéndola contra sí mientras bebía ávidamente de sus labios.

Lali emitió un jadeo al sentir la cálida oleada de placer que la invadía, y rodeó con sus finos brazos el cuello de Peter, arqueándose contra su poderoso cuerpo, oyendo sus jadeos profundos, que resonaban en sus oídos como música celestial. Con manos temblorosas, él le bajó la cremallera del vestido y dejó que este cayera hasta sus pies formando un sedoso montón. Contuvo el aliento al contemplar la esbelta y grácil delicadeza de su cuerpo, luego la atrajo hacia sí y su boca abandonó toda ternura mientras la besaba ansiosamente. Musitó palabras de amor en francés y en griego mientras, con los largos y fuertes dedos, le quitaba la ropa interior y la arrojaba descuidadamente al suelo. Lali se emocionó con el ronco deseo que tan evidente era en su voz.

Aquello era correcto, tenía que serlo, ella lo amaba y él la amaba a ella...

Con movimientos febriles, ella le desabrochó los botones de la camisa de seda,
posando cálidos besos sobre su piel conforme lo iba desnudando. Nunca lo había
acariciado con tanta libertad anteriormente, pero entonces lo hizo, descubriendo con deleite el vello rizado que cubría su pecho y que descendía por su abdomen formando una fina línea. Lali pasó los dedos sobre aquel vello, tirando de él levemente; a continuación, sus manos bajaron hasta el cinturón e intentaron torpemente desabrochar la hebilla.

-Ah..., cariño -jadeó Peter, cerrando los dedos sobre los de Lali con tanta
fuerza que casi le hizo daño. Después le apartó las manos y la ayudó, pues ella
temblaba tanto que no conseguía desabrocharle el cinturón.

Peter se desnudó rápidamente, y Lali se quedó sin aliento al contemplar su
cuerpo, fuerte e increíblemente hermoso.

-Te quiero -gimió, lanzándose hacia sus brazos-. ¡Oh, Peter, amor mío!

Él se estremeció y la tomó en brazos; la soltó en la cama y se echó sobre ella,
recorriendo con la boca y con las manos todo su cuerpo, excitándola hasta extremos dulces y febriles, aminorando el ritmo de sus caricias para permitir que volviera en sí antes de intensificar de nuevo sus esfuerzos y llevarla al borde de la locura. La estaba seduciendo cuidadosamente, asegurándose de darle placer, a pesar de que él mismo estaba loco de excitación mientras acariciaba sus bellas curvas y sus suaves cavidades.

Finalmente, ansiando que la poseyera por completo, Lali movió su cuerpo
impacientemente contra él. No sabía cómo pedir aquello que necesitaba; sólo podía gemir y clavar en él sus frenéticos dedos. Movió la cabeza a un lado y a otro, haciendo girar sobre la almohada el castaño rojizo de su cabello.

-Peter... Oh, amor -gimió, sin saber apenas lo que decía mientras las palabras
brotaban atropelladamente de su boca. Solo deseaba sentir su contacto, el sabor de los labios de Peter en los suyos-. Nunca imaginé que... ¡Oh, cariño, por favor! Ser tu esposa va a ser como estar en el paraíso -pasó las manos por sus musculosas costillas, tirando de él, y gritó su nombre con un tono de evidente, rendición-. ¡Peter..., Peter!

Pero él se había quedado rígido; se separó de ella y se incorporó sobre un codo
para mirarla. Al cabo de un momento, Lali se dio cuenta de que se había retirado y giró la cabeza para mirarlo inquisitivamente.

-¿Peter? -murmuró.

El silencio se prolongó, haciéndose más denso, y al fin Peter hizo un brusco y
feroz movimiento con la mano.

-Yo nunca te he hablado de matrimonio, Lali. No te engañes; no soy tan estúpido.

Ella notó que el color desaparecía de sus mejillas y se alegró de hallarse sumida en la oscuridad, en la penumbra que permitía ver tan solo las formas en blanco y negro, ocultando los colores. Notó una sensación de náuseas en el estómago mientras miraba a Peter. No, no era estúpido. Pero ella sí era una tonta. Luchó ferozmente contra la náusea que amenazaba con engullirla y, cuando habló, lo hizo en tono firme, casi sereno.

-Es extraño. Creí que el matrimonio era la consecuencia natural del amor. Aunque, claro,. tú nunca has dicho en realidad que me amas, ¿verdad, Peter?

Él torció el gesto y se levantó de la cama; luego fue hasta la ventana y se quedó allí, mirando hacia el exterior, con su espléndido cuerpo revelándose ante Lali en toda su desnudez. No le preocupaba no llevar nada encima; permanecía allí de pie con absoluta naturalidad, como si estuviera vestido con traje y corbata.

-Yo nunca te he mentido, Lali -dijo toscamente-. Te deseo como jamás he
deseado a otra mujer, pero no eres la clase de mujer que querría como esposa.

Lali tuvo que apretar los dientes para reprimir un grito de dolor. Nerviosamente, se recostó sobre la almohada y tiró hacia arriba de la colcha para cubrir su cuerpo, pues no daba tan poca importancia como él al hecho de estar desnuda.

-¿No? -preguntó, revelando apenas un atisbo de tensión en su voz. Al fin y al cabo, ¿no tenía años de experiencia en ocultar sus emociones?-. ¿Y qué clase de mujer soy?

Él encogió sus anchos hombros.

-Eso, querida mía, está muy claro. Que Gaston Esposito se casara contigo no quita que lo tuyo fuese un acto de prostitución. Él, al menos, se casó contigo. ¿Qué me dices de los otros? No se tomaron esa molestia. Has vivido experiencias desagradables que te han vuelto hostil a los hombres, y yo estaba dispuesto a tratarte con mucha consideración, pero nunca he pensado en aceptarte como esposa. No insultaría a mi madre llevando a casa a una mujer como tú.

El orgullo siempre había sido uno de los puntos fuertes del carácter de Lali, y
en esa ocasión tampoco le falló. Irguiendo el mentón, dijo:

-¿Y a qué clase de mujer llevarías a casa con mamá? ¿A una monja?

-No te pongas sardónica conmigo -rugió él quedamente a modo de aviso-. Puedo
tratarte de una forma que hará que tus anteriores experiencias te parezcan un lecho de rosas. Pero, en respuesta a tu pregunta, la mujer con la que me case ha de ser virgen, tan pura como el día en que nació. Una mujer con carácter y con sentido de la ética. Reconozco que tú tienes carácter, cariño. El sentido de la ética es lo que te falta.

-¿Y dónde piensas encontrar ese modelo de mujer? -se burló Lali, sin tenerle
ningún miedo. Ya le había le infligido todo el daño que podía infligirle. ¿Qué más le podía hacer?

-Ya la he encontrado -dijo él bruscamente-. Pretendo casarme con la hija de una
antigua y rica familia. Elena solo tiene diecinueve años, y ha estudiado en un convento. Quería esperar a que fuese algo mayor para comprometernos; merece vivir su juventud sin preocupaciones.

-¿Tú la amas, Peter? -preguntó Lali sin poder evitarlo; después de todo,
saber que amaba a otra sí que podía causarle un dolor todavía más profundo que el que sentía. Comparada con la desconocida Elena, Diana parecía una rival patética.

-Le tengo cariño -respondió él-. El amor llegará después, cuando Elena madure.
Será una esposa cariñosa y obediente de la que podré sentirme orgulloso, una buena madre para mis hijos.

-Y puedes llevarla a casa para presentársela a tu mamá -se burló Lali, dolida.

Peter se retiró de la ventana.

-No te burles de mi madre -dijo entre dientes-. Es una mujer valiente y
maravillosa; conocía a tu difunto marido. ¿Qué, te sorprende? Cuando se enteró de vuestro escandaloso matrimonio, se sintió horrorizada y consternada, como casi todos. Sus amigos de Londres le escribían hablándole sobre ti, lo cual no contribuyó a aliviar la preocupación que sentía por su viejo amigo. Jamás podría insultarla ahora presentándome contigo de la mano y diciéndole: «Madre, ¿te acuerdas de la buscona que se casó con Gaston Esposito por su dinero y arruinó los últimos años de su vida? Pues acabo de casarme con ella». ¿De verdad fuiste tan estúpida como para pensar eso, Lali?

Ella retiró las sábanas y se levantó de la cama, manteniendo un porte erguido y
orgulloso, con la cabeza bien alta.

-En una cosa tienes razón -dijo con voz entrecortada-. No soy la mujer idónea para ti.

Peter observó en silencio cómo Lali iba en busca del vestido, lo recogía del
suelo y se lo ponía con ademanes rápidos.

-Adiós, Peter -dijo después de colarse los zapatos-. Ha sido una interesante
experiencia.

-No te precipites, querida mía -se mofó él cruelmente-. Antes de salir por esa
puerta, piensa que siendo mi amante puedes sacar mayor tajada que la que sacaste
casándote con Gaston Esposito. Estoy dispuesto a pagarte bien.

El orgullo impidió que Lali reaccionara a la pulla.

-Gracias, pero no -respondió con indiferencia mientras abría la puerta-. Esperaré a que otro hombre me haga una oferta mejor. No te molestes en acompañarme a la salida, Peter. No estás adecuadamente vestido para ello.

Él soltó una carcajada echando hacia atrás la arrogante cabeza.

-Si cambias de parecer, llámame -dijo a modo de despedida, y Lali salió sin
siquiera mirar atrás.

Al día siguiente, Lali llamó a Nicolas a primera hora de la mañana para
comunicarle que pasaría varias semanas fuera de la ciudad. No había llorado; sus ojos habían permanecido secos, aunque le ardían. No obstante, sabía que no podía quedarse en Londres. Volvería solamente cuando Peter se marchara de la ciudad y regresara a su isla.

-Me voy a la casa de campo -le dijo a Nicolas-. Y no le digas a Peter dónde estoy, aunque dudo que se moleste en preguntarlo. Como me falles en esto, Nicolas, te juro que no volveré a dirigirte la palabra.

-Habéis tenido una pelea, ¿verdad? -preguntó él con un evidente deje de diversión en la voz.

-No, fue una despedida bastante tranquila. Me llamó puta y me dijo que no era lo
suficientemente buena para ser su esposa, y yo me fui -explicó Lali con
tranquilidad.

-¡Dios mío! -Nicolas dijo algo por lo bajo, y luego inquirió preocupado-: ¿Te
encuentras bien, Lali? ¿Estás segura de que haces bien yéndote a Cornualles tú
sola? Espera un poco hasta que te hayas calmado.

-Estoy calmada -dijo Lali, y era cierto-. Necesito unas vacaciones y voy a
tomármelas. Si surge algo urgente, ya sabes dónde estaré; de lo contrario, supongo que no te veré en varias semanas.

-Muy bien. Lali, cariño, ¿estás segura?

-Por supuesto. Me encuentro perfectamente. No te preocupes, Nicolas. Me llevaré
a Samantha y los cachorros conmigo; estarán encantados de corretear por Cornualles.

Después de colgar, se aseguró de dejarlo todo apagado en la casa, agarró el bolso y salió, cerrando cuidadosamente la puerta. Ya tenía el equipaje dentro del coche, donde también viajaban Samantha y su inquieta familia, instalados en una enorme caja de cartón.

Aquel descanso en Cornualles le sentaría bien, la ayudaría a olvidar Peter
Lanzani. Se alegraba de haber podido escapar con su amor propio intacto, aunque
a punto había estado de no lograrlo. Por lo menos, había evitado que Peter se diera cuenta de lo verdaderamente destrozada que estaba.

Mientras hacía el largo viaje a Cornualles, no dejó de darle vueltas al asunto,
preguntándose si no había sabido en todo momento lo que Peter pensaba de ella.
¿Por qué, si no, le había hablado de matrimonio precisamente entonces, cuando estaba a punto de hacerle el amor? ¿Había comprendido subconscientemente que él no le permitiría pensar que pretendía casarse con ella, ni siquiera para seducirla?

Lali se alegraba de no haberle dicho que era virgen; Peter se habría reído en
su cara. Ella podría habérselo demostrado, y él habría exigido una prueba, sin duda, pero Lali era demasiado orgullosa. ¿Por qué tenía que demostrarle nada? Había amado a Gaston y Gaston la había amado a ella; no tenía por qué disculparse por su matrimonio. De alguna manera, conseguiría olvidar a Peter Lanzani, desterrarlo de sus pensamientos.

¡No permitiría que su recuerdo le destrozará la vida!
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Jue Dic 29, 2011 11:41 am

Peter es un......hay miles de adjetivos nada agradables para describirlo.
No se merece para nada que Lali ni siquiera le dirija una mirada...... que grandisimo *****!!!!

Necesito saber como sigue!! por favor amigaaaaa!!! un plus jijiji

Bueno espero el próximo, recuerda que sufro de ansiedad eh? jajaj

Un besazo amoreeeee. Te quieroooo!!!
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Jue Dic 29, 2011 7:56 pm

Siete



Durante seis semanas, Lali leyó cuidadosamente el periódico, buscando alguna
noticia, por breve que fuese, que indicase que Peter había regresado a Grecia. Los diarios mencionaban su nombre a menudo, pero siempre para anunciar que había
viajado a tal o cual país para asistir a una conferencia, y un día más tarde Lali leía que había vuelto a Londres. ¿Por qué motivo permanecía en Inglaterra? Nunca se había quedado en el país tanto tiempo; siempre regresaba a su isla en cuanto tenía la oportunidad.

Lali no tenía ningún contacto con Nicolas, de modo que no pudo pedirle
información sobre el particular; tampoco se la habría pedido, de todas maneras. No quería saber nada de Peter, se decía rabiosamente una y otra vez, aunque eso no contribuía a aplacar el dolor que le laceraba el corazón, que la mantenía despierta por las noches y hacía que la comida le amargara en la boca.

Perdió peso; su figura, delgada de por sí, se volvió más frágil. Lejos de
recuperarse, corría el peligro de empeorar irremediablemente, pero la fuerza de
voluntad no le bastaba para obligarse a probar más de dos bocados en cada comida. Los largos paseos con Samantha y los cachorros la dejaban cansada, si bien no la sometían al agotamiento físico que necesitaba para conciliar el sueño. Al cabo de un tiempo, empezó a sentirse obsesionada. Todo le recordaba a Peter; oía su voz, se acordaba de sus ansiosos besos, de su feroz actitud posesiva. Quizá no la hubiese amado, pero era evidente que sí la había deseado. Había manifestado ostensiblemente ese deseo.

¿Acaso había esperado Peter que ella regresara con él? ¿Por eso seguía en
Londres? El pensamiento resultaba embriagador, pero Lali sabía que nada había
cambiado. Él sólo la aceptaría según sus condiciones.

Permaneció en la casa de campo e iba a pasear todos los días hasta la playa, donde pululaban los turistas. Los niños se mostraban entusiasmados con los cinco cachorros saltarines y regordetes. Los animalillos ya estaban destetados, y Lali, consciente de lo mucho que habían crecido, fue regalándolos uno por uno a los encantados niños. Sólo Samantha se quedó con ella, y los días transcurrían con desesperante lentitud.

Una mañana, Lali se miró al espejo mientras se trenzaba el pelo, se observó
detenidamente y se sintió horrorizada ante lo que vio. ¿De verdad había permitido que Peter Lanzani la convirtiese en aquella frágil y pálida criatura con enormes ojeras? ¿Qué le ocurría? Amaba a Peter, sí; a pesar de todo lo que él le había dicho, seguía amándolo, ¡pero no era tan débil de espíritu como para permitir que la destruyera!

Se dio cuenta de que nada lograría escondiéndose en Cornualles. No conseguía
olvidar a Peter; al contrario, la consumía el deseo de verlo, de tocarlo.

De repente, tuvo una idea e irguió el mentón. Todavía amaba a Peter, eso era algo que no podía evitar, pero su amor no era ya el amor puro e inocente que ella le había ofrecido la primera vez. Un amargo fuego le había abrasado el corazón. Para los calcinados restos de ese cariño, el amor físico podía ser suficiente. Tal vez entre sus brazos descubriría que todo su amor se había consumido en las llamas de la amargura, y sería libre. Y si descubría que, pese a todo, seguía amándolo... bien, en los años venideros, cuando Peter estuviese casado con su pura y casta Elena, a Lali aún le quedarían el recuerdo y la constancia de su pasión, una pasión como Elena jamás conocería.

Comprendió entonces que, cuando se convirtiera en amante Peter, él descubriría
que ningún otro hombre la había tocado antes.

¿Cómo reaccionaría? ¿Se disculparía? ¿Le pediría perdón? Curiosamente, a Lali
le era indiferente; tan sólo pensó con amargo humor que el único modo de demostrarle su virtud a Peter consistía en perderla. No dejaba de resultar irónico, y se preguntó si él apreciaría la comicidad de la situación cuando se enterase.

Sin admitirlo conscientemente, tomó una decisión. Aceptaría las condiciones
de Peter, renunciaría a su decencia y su castidad por la satisfacción física que él podía proporcionarle; conservaría su independencia y su orgullo y, cuando Peter se casara con la virginal muchachita griega, Lali se iría de su lado y no volvería verlo nunca. Sería su amante, sí, pero no se haría cómplice de un adulterio.

Así pues, hizo la maleta y, tras cerrar la casa de campo, metió a Samantha en el
coche y emprendió el largo viaje de regreso a Londres. Lo primero que hizo fue
telefonear a Nicolas para comunicarle que había vuelto, asegurándole que se
encontraba bien. Nicolas debía ausentarse de la ciudad esa misma tarde, por eso no podía ir a verla, y Lali se alegró. Si su amigo la veía en aquellos momentos, tan delgada y pálida como estaba, comprendería que se encontraba terriblemente mal.

Ese mismo problema la inquietó al día siguiente mientras se vestía. Fue incapaz de reunir el valor necesario para llamar a Peter; temía que le dijese que ya no estaba interesado, y ella necesitaba verlo aunque la rechazara. De modo que iría a su oficina, aparentando absoluta calma y naturalidad. No obstante, ¿sería capaz de hacerlo, con el aspecto tan frágil que presentaba?

Se maquilló cuidadosamente, aplicándose más colorete que de costumbre y
prestando especial atención a sus ojos. Tendría que dejarse el cabello suelto para que ocultase la delgadez de su cuello y suavizara el contorno de sus chupados pómulos. A la hora de vestirse, eligió un traje suelto de suave color melocotón y, cuando se miró al espejo, quedó satisfecha. No podía disimular del todo su fragilidad, pero distaba mucho de ofrecer un aspecto demacrado.

Mientras se dirigía a ConTech en el coche, se acordó de la primera vez que había
recorrido aquel trayecto para reunirse con Peter. En dicha ocasión iba con prisas, irritada y a disgusto. Ahora iba a ofrecerle aquello que jamás creyó que ofrecería a ningún hombre, el uso y disfrute de su cuerpo sin que hubiese matrimonio por medio; el único consuelo de Lali era pensar que su cuerpo sería lo único que Peter poseería. Ella le había ofrecido su corazón una vez y él lo había despreciado. Jamás volvería a darle la oportunidad de herirla de esa manera.

Todos la reconocieron mientras subía en el ascensor, pues Lali se había reunido
allí con Peter para almorzar en numerosas ocasiones. Oyó a su espalda sorprendidos murmullos de saludo y se preguntó si Peter se estaría viendo con otra mujer. En realidad, no importaba. Sólo la rechazaría si no estaba interesado, y cualquier otra rival tendría que dejar paso, más tarde o más temprano, a la preciosa e inocente Elena.

La recepcionista alzó la mirada al verla entrar y sonrió afectuosamente.

-¡Señora Esposito! ¡Cuánto celebro volver a verla!

El saludo parecía genuinamente amistoso, y Lali le devolvió la sonrisa.

-Hola, Irene. ¿Se encuentra Peter en la oficina?

-Pues sí, aunque creo que planea irse de viaje esta misma tarde.

-Gracias. Con tu permiso, voy a entrar. ¿Andros está dentro?

-Montando guardia, como de costumbre -respondió Irene, arrugando la nariz en un
gesto privado de complicidad que hizo que Lali se riera en voz alta. Estaba claro que Andros no era muy apreciado por el resto del personal.

Lali entró con calma en la oficina y Andros se levantó inmediatamente de la
silla.

-¡Señora Esposito! -exclamó.

-Hola, Andros -respondió Lali mientras él la observaba con franco disgusto-.
Quisiera ver a Peter, por favor.

-Lo siento -repuso Andros en tono glacialmente neutro, aunque sus ojos brillaban
de puro deleite mientras le daba una negativa-. El señor Lanzani tiene una visita y tardará mucho en poder hablar con usted.

-Y se va de viaje esta misma tarde-dijo Lali socarronamente.

-Sí, así es -confirmó Andros, con sus labios arqueándose en un gesto de triunfo.

Lali lo miró un momento, furiosa. Estaba cansada y harta de que la trataran
como si fuera escoria, y había decidido que, en lo sucesivo, contraatacaría.

-Muy bien -dijo-. Haga el favor de darle un mensaje de mi parte, Andros. Dígale
que estoy dispuesta a aceptar sus condiciones, si sigue interesado, y que puede
ponerse en contacto conmigo. Eso es todo.

Se giró sobre sus talones y oyó que Andros exclamaba alarmado:

-¡Señora Esposito! No puedo... -empezó a protestar.

-Tendrá que hacerlo -lo interrumpió ella mientras abría la puerta, y captó un
atisbo de consternación en los ojos negros del secretario antes de salir de la oficina. Se había sentenciado a sí mismo hiciera lo que hiciese: si le transmitía el mensaje de Lali a Peter, este comprendería que le había negado la entrada; y no se atrevería a no darle el mensaje, pues, si Peter se enteraba, y Andros sabía que Lali se aseguraría de que se enterase, se armaría la de Dios es Cristo.

Lali sonrió para sí mientras regresaba al ascensor. Andros se lo tenía
merecido.

El ascensor tardaba en llegar, pero ella no tenía ninguna prisa. Según sus cálculos, Peter tardaría unos diez minutos en hablar con Andros; la llamaría por teléfono cuando estimase que había tenido tiempo de llegar a casa. Y si ella tardaba más de lo previsto, mejor que mejor. Que Peter esperase un rato.

Cuando finalmente llegó, el ascensor estaba lleno. Se detuvo en cada planta antes de llegar al vestíbulo. Lali se encaminó hacia las puertas de cristal, pero, antes de que pudiese alargar la mano para empujarlas, un brazo enfundado en una manga de color oscuro se estiró para abrirlas por ella. Lali alzó la cabeza para agradecerle a aquel hombre su cortesía; sin embargo, las palabras se quedaron en su garganta al ver los chispeantes ojos de Peter.

-Le has dado a Andros un susto de muerte -dijo con calma mientras la tomaba del
brazo y la conducía al exterior.

-Me alegro. Se lo ha ganado a pulso -contestó ella, y después miró a Peter con
curiosidad. Llevaba su maletín, como si hubiese dado por concluida la jornada-. Pero ¿cómo has bajado tan rápido?

-Por las escaleras -confesó él, sonriéndole socarronamente-. No quería correr el
riesgo de dejarte escapar, sin que nos viéramos antes de irme de viaje. Probablemente por eso Andros reunió el valor suficiente para pasarme tu mensaje con tanta prontitud. Sabía que le rompería el cuello si esperaba hasta más tarde. ¿Hablabas en serio, Lali?

-Totalmente -aseguró ella.

Él siguió sujetándole el brazo; sus dedos, pese a ser cálidos y acariciadores, se cerraban como una férrea tenaza. Una limusina se acercó al bordillo de la acera y Peter condujo a Lali hasta ella. El chofer se apeó y les abrió la puerta trasera; Peter la ayudó a instalarse en el espacioso asiento y después se sentó a su lado. Tras darle al chofer su dirección, cerró la mampara de cristal que los aislaba del asiento delantero del vehículo.

-Tengo el coche aquí -lo informó Lali.

-Estará perfectamente donde está hasta que regresemos -dijo Peter, llevándose
los dedos de Lali a los labios para darle un suave beso-. ¿Creíste que podría
marcharme tan tranquilo a un aburrido viaje de negocios después de recibir un
mensaje como ése? No, cariño, eso es imposible. Voy a llevarte conmigo -y le dirigió una mirada de deseo tan ardiente y primitiva, que ella se estremeció automáticamente.

-Pero no puedo irme -protestó Lali-. Samantha...

-No seas tonta -la interrumpió él suavemente-. ¿Crees que no puedo hacer las
gestiones necesarias para que alguien se ocupe de una perrita, o que pienso permitir que algo tan insignificante se interponga en mi camino? Samantha puede quedarse en una excelente residencia canina. Me ocuparé de todos los detalles; tú sólo tienes que hacer las maletas.

-¿Adónde iremos? -preguntó Lali, girando la cabeza para mirar las calles de la
ciudad. Era evidente que el deseo de Peter no había menguado, pues no había
vacilación alguna en sus gestos.

-A París; serán sólo un par de días. Además, es una ciudad perfecta para comenzar una relación -comentó él-. Por desgracia, estaré ocupado asistiendo a reuniones durante el día, pero las noches serán nuestras, completamente nuestras. O tal vez cancele las reuniones para quedarme en la cama contigo...

-No me parece una buena práctica empresarial -dijo Lali de buen humor-. Si
tienes que irte para asistir a esas reuniones, no te reñiré.

-Eso no le sienta nada bien a mi ego -bromeó Peter, acariciándole la muñeca con
sus fuertes dedos-. Quisiera pensar que ardes de deseo por mí, igual que yo por ti. Casi había llegado al límite de mi paciencia, cariño; una semana más, y habría ido a Cornualles a buscarte.

Ella lo miró, sorprendida.

-¿Sabías dónde estaba?

-Naturalmente. ¿Creías que te dejaría abandonarme así como así? Si no hubieras
vuelto conmigo, habría seguido insistiendo hasta hacerte mía, aunque me hubieras
mordido y arañado. Pero no creo que te hubieras resistido mucho, ¿mmm?

Resultaba humillante pensar que no había estado fuera del alcance de Peter ni
siquiera en Cornualles; él había sabido dónde se encontraba y la había dejado sufrir. Lali volvió de nuevo la cabeza para mirar a ciegas por la ventanilla y trató inútilmente de consolarse pensando que, después de todo, se seguía sintiendo atraído por ella. Tal vez no la amase, no como ella entendía el amor, pero al menos ejercía algún poder sobre él.

Peter volvió a alzar su mano y depositó los labios sobre la palma suave de su
mano.

-No te pongas mohína, cariño -dijo suavemente-. Sabía que regresarías conmigo
cuando decidieras ser realista. Puedo ser un hombre muy generoso; no te faltará de nada. Te trataré como una reina, te lo prometo.

Lali retiró la mano deliberadamente.

-Hay varias cosas de las que quiero hablar contigo, Peter -dijo en tono distante-. Varias condiciones que pienso poner; de lo contrario, no estoy interesada en entablar ninguna clase de relación contigo.

-Naturalmente -convino él cínicamente, con su fuerte boca curvándose en una
sonrisa sardónica-. ¿Cuánto, cariño? ¿Y lo quieres en metálico, en acciones o en joyas?

Sin caer en la provocación, Lali dijo:

-Primero, quiero seguir viviendo en mi casa. No quiero vivir contigo. Puedes
visitarme, o yo te visitaré a ti, si lo prefieres, pero deseo llevar una vida
independiente de la tuya.

-Eso no es necesario -repuso Peter, frunciendo las cejas sobre unos ojos
repentinamente amenazadores.

-Es muy necesario -insistió ella sin alterarse-. No me engaño pensando que mi
relación contigo será permanente, y no quiero verme obligada a vivir en un hotel
porque me he deshecho de mi casa. Además, como he dicho, no estoy interesada en
vivir contigo.

-De eso no estés tan segura -se burló él-. Muy bien, acepto esa condición. Siempre podrás mudarte conmigo cuando cambies de opinión.

-Gracias. Segundo, Peter -Lali se volvió hacia él y lo miró con fijeza, con sus
ojos marrones decididos y su suave voz marcada por un tono tan acerado, que él
comprendió que todas y cada una de sus palabras iban en serio-: Jamás, bajo ninguna circunstancia, aceptaré dinero o regalos tuyos. Como tú mismo le dijiste a Eugenia Suarez, no necesito tu dinero. Seré tu amante, pero no una mantenida. Y, por último: el día que te comprometas con Elena, me iré de tu lado y no volveré a verte nunca más. Si eres un marido infiel, no será conmigo.

Un intenso rubor de ira había teñido los rasgos de Peter mientras ella hablaba.
Se quedó repentinamente inmóvil.

-¿Crees que mi matrimonio hará que lo que sientes por mí cambie? -preguntó con
aspereza-. Puede que ahora pienses que serás capaz de irte de mi lado, pero cuando hayas sentido mis caricias, cuando nos hayamos acostado, ¿crees que podrás olvidarme?

-No he dicho que vaya a olvidarte -contestó ella, notando en la garganta un nudo de angustia-. He dicho que no volveré a verte nunca más, y hablo en serio. Creo
profundamente en los votos del matrimonio; nunca miré a otro hombre mientras
estuve casada con Gaston.

Peter se pasó una mano por el cabello, despeinando las pulcras ondas, y después
la bajó hasta su frente.

-¿Y si no aceptase esas dos últimas condiciones? -quiso saber. Estaba visiblemente enojado; tenía la mandíbula tensa, los labios apretados en una torva línea, pero se estaba controlando. Sus ojos permanecían reducidos a penetrantes rendijas mientras observaba a Lali.

-Entonces, no iría contigo -contestó ella con suavidad-. Quiero que me des tu
palabra de que respetarás esas condiciones, Peter.

-Puedo obligarte a venir conmigo -amenazó él casi silenciosamente, moviendo
apenas los labios-. Una palabra mía bastaría para que salieras a la fuerza de
Inglaterra, sin que nadie supiera donde estás o cómo te has marchado. Puedo
encerrarte en un lugar apartado, obligarte a vivir como yo quiera que vivas.

-No me amenaces, Peter -dijo ella, negándose a sentir miedo-. Sí, sé que puedes
hacer todo eso, pero traicionarías tus propios propósitos si recurrieras a esas
tácticas intimidatorias, porque no me dejaré manipular. Quieres tener a una mujer dispuesta entre tus brazos, ¿no es así?

-Maldita seas -resolló él al tiempo que la atraía hacia sí a través del asiento,
agarrándole la muñeca con una tenaza de hierro-. Muy bien, acepto tus condiciones... si es que tienes fuerza de voluntad para cumplirlas tú misma. Probablemente podrás rechazar mis regalos sin que eso te suponga dificultad alguna, pero en lo que respecta a irte de mi lado... Ya lo veremos. Te llevo en la sangre, soy tuyo; mi matrimonio con Elena no hará que mengüe mi necesidad de saciarme con tu suave cuerpo, querida mía. Ni creo que seas capaz de dejarme tan fácilmente como piensas. Al fin y al cabo, ¿no has vuelto conmigo ahora? ¿No acabas de ofrecerte a mí?

-Sólo mi cuerpo -aclaró Lali-. Tú estableciste esas condiciones, Peter. Sólo
tendrás mi cuerpo. El resto de mí seguirá siendo libre.

-Ya has confesado que me amas -dijo él bruscamente-. ¿O fue sólo un engaño para
conseguir que me casara contigo?

Pese al dolor que sentía en la muñeca, que Peter le agarraba con mucha fuerza,
Lali logró encogerse de hombros con indiferencia.

-¿Qué sabes tú del amor, Peter? ¿Para qué hablar de eso? Estoy dispuesta a
acostarme contigo. ¿Qué más quieres?

De repente, él le soltó la muñeca.

-No me hagas perder los estribos, Lali -le advirtió-. Podría hacerte daño. Me
consume la necesidad de poseerte y mi paciencia es muy escasa. Hasta esta noche,
cariño, ándate con cuidado.

A juzgar por la expresión de sus ojos, era una advertencia que debía tomar en
serio. Lali permaneció sentada en silencio junto a él hasta que el chofer paró la limusina delante de su casa; Peter se apeó y la ayudó a bajarse. Se inclinó para ordenar al chofer que fuese en busca de su equipaje y regresara, y luego acompañó a Lali por el sendero de entrada. Tomó la llave de su mano y abrió la puerta.

-¿Podrás estar lista en una hora? -preguntó mientras echaba un vistazo al reloj-. El avión sale al mediodía.

-Sí, naturalmente. Pero ¿no necesitas reservar billete para mí?

-Ocuparás el sitio de Andros -contestó Peter-. Él tomará otro vuelo más tarde.

-Oh, cielos, ahora sí que me va a odiar -bromeó Lali mientras se dirigía hacia la
escalera.

-Tendrá que dominar su irritación -dijo él-. Adelante, ve; yo me ocuparé de
Samantha y los cachorros.

-Sólo de Samantha -corrigió Lali-. Regalé los cachorros mientras estábamos en
Cornualles.

-Eso facilitará las cosas -Peter sonrió, burlón.

La tarea de hacer el equipaje empezaba a resultar repetitiva. Lali colocó
cuidadosamente la ropa y las cosas esenciales para el viaje en las maletas de piel, además de los zapatos y accesorios. Peter entró el cuarto cuando ella aún no había terminado y se estiró en la cama, como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo, observándola con los ojos entrecerrados.

-Has perdido peso -dijo en todo bajo-. Eso no me gusta. ¿Qué has estado
haciendo?

-He hecho régimen --contestó Lali displicentemente.

-¡Régimen, seguro! -Peter se levantó rápidamente de la cama y le agarró el brazo, tomándole la barbilla con la mano libre y obligándola a mirarlo. Los ojos verdes estudiaron detenidamente sus facciones, reparando en sus ojeras, en el indefenso temblor de sus suaves labios. Desplazó la mano osadamente por su cuerpo, agarrándole los senos, palpándole el vientre y las caderas-. ¡Serás estúpida! -resolló bruscamente-. No eres más que una sombra de ti misma. ¡Has estado a punto de caer enferma! ¿Por qué no has comido?

-No tenía hambre -explicó Lali-. No hace falta que te pongas así.

-¿No? Estás al borde del colapso, Lali -Peter la rodeó con sus brazos y la
atrajo fuertemente hacia sí, agachando la cabeza para besarle las sienes-. Pero, a partir de ahora, yo me ocuparé de ti y me aseguraré de que comas adecuadamente. Necesitarás tener fuerzas, cariño, porque soy un hombre de fuertes necesidades. Si fuera un caballero, te daría unos cuantos días para que te repusieras, pero me temo que soy demasiado egoísta y estoy demasiado ansioso como para permitirte tal cosa.

-Ni yo lo aceptaría -susurró ella contra su pecho, moviendo lentamente los brazos sobre él, sintiendo con creciente deseo su recio y fuerte cuerpo apretado contra sí. ¡Lo había echado tantísimo de menos!-. ¡Yo también te necesito, Peter!

-Me gustaría tumbarme contigo en la cama ahora mismo -murmuró él-, pero el
coche regresará pronto y la verdad es que necesito más tiempo del que tenemos para satisfacer la frustración de estas semanas. Pero esta noche... ¡esta noche, ya verás!

Durante algunos momentos, ella se limitó a recostar la cabeza en su amplio pecho; estaba cansada y abatida, y se alegraba de poder apoyarse en la fuerza de Peter. Aunque ya había tomado una decisión, iba contra su naturaleza dejar de lado el sentido ético que había desarrollado durante toda una vida, y comprendió con tristeza que su amor por Peter no había disminuido un ápice pese a su orgullo herido. Tendría que aceptar eso, del mismo modo que había aceptado que, aunque la deseara físicamente, él no la amaba ni probablemente la amaría nunca. Peter ya tenía su vida planeada, y no era un hombre que permitiera que los demás trastocaran sus planes.

Apenas unas horas más tarde, Lali permanecía sentada a solas en la lujosa
suite que Peter había reservado, con la mirada perdida, como si estuviera atontada. Cuando el avión hubo aterrizado en el aeropuerto de Orly, Peter atravesó con ella la aduana a toda velocidad y la acompañó hasta un taxi; después de un frenético viaje por las calles de París sorteando el endiablado tráfico, la dejó en el hotel y se fue de inmediato para asistir a una reunión.

Lali se sentía abandonada y desolada, y sus nervios comenzaron a temblar a
medida que iban recobrando la sensibilidad. Durante semanas había estado como
entumecida, sin sentir nada salvo el dolor del rechazo; en esos momentos, sin
embargo, mientras miraba a su alrededor, empezó a preguntarse qué hacía allí.

Examinó con aire distraído la habitación, fijándose en lo perfectamente que el
color verde claro de la moqueta combinaba con las franjas verdes del brocado del sofá y de las espléndidas cortinas. Era una suite preciosa... Hasta el color de las flores hacía juego con el resto. Un marco perfecto para la seducción, cuando las luces fuesen tenues y Peter clavase sus ardientes ojos en ella.

La mente de Lali rehuyó la imagen de Peter, negándose a pensar en las horas
que se avecinaban. Había aceptado ser su amante, pero, llegado el momento,
experimentaba un sentimiento de rebeldía. Pensó en lo que él diría si se negaba a seguir adelante y llegó a la conclusión de que se pondría furioso.

Desterró, pues, la idea; no obstante, a medida que iban transcurriendo los minutos, dicha idea regresó a su mente una y otra vez, hasta que al fin ella se levantó y empezó a pasearse agitadamente por la habitación, notando que el dolor invadía sus nervios.

¿Acaso el dolor del rechazo había nublado su mente? ¿En qué había estado
pensando? No sería la querida de Peter Lanzani; ¡no sería la querida de ningún
hombre! ¿No le había inculcado Gaston el suficiente amor propio como oponerse a
semejante indignidad? Peter no la amaba ni la amaría nunca. Su única motivación era la lujuria, y entregarle su virginidad para demostrarle su inocencia constituiría una pérdida para ella y no significaría nada para él. La virginidad no haría que la amase.

Recordó las historias que había oído en la adolescencia, contadas por chicas cuyos novios las presionaban para que les demostraran «su amor». Luego, al cabo de unas cuantas semanas, se iban detrás de otra chica. Lali había sido demasiado retraída como para verse en semejante situación; en realidad, nunca había salido con nadie, pero en aquel entonces ya había pensado que aquellas chicas eran tontas. Cualquiera se daba cuenta de que los chicos sólo buscaban sexo y recurrían a lo que fuera con tal de conseguirlo. ¿Acaso la situación no era ahora la misma? Peter distaba mucho de ser un adolescente patoso, pero lo único que deseaba era sexo. Podía adornarlo con palabras como «deseo» o «necesidad», llamarla «cariño» de vez en cuando y decirle que la adoraba, pero el impulso seguía siendo el mismo.

Sencillamente, ella constituía un desafío para él, por eso estaba tan resuelto a
hacerle el amor. No podía aceptar una derrota; era demasiado feroz y arrogante.
Todo en Lali era como un reto para Peter: su frialdad, su resistencia a tener
relaciones sexuales...

Lali ya llevaba un buen rato de pie junto a la ventana, contemplando cómo las,
luces de París parpadeaban en la oscuridad, cuando llegó Peter. No se giró al oír cómo entraba en la habitación y le decía suavemente:

-,Lali? ¿Sucede algo malo, cariño?

-Nada -respondió ella con voz cansada-. Solo estaba mirando la calle.

Oyó un golpe amortiguado cuando él soltó el maletín para después acercarse a ella, deslizando sus cálidas manos alrededor de su cuerpo y entrelazándolas en su cintura. Inclinó la cabeza y sus labios le depositaron un abrasador beso en el cuello. Por un momento, ella se quedó sin fuerzas al notar que una chispa de deseo recorría sus terminaciones nerviosas; luego se zafó de Peter en un estallido de pánico.

Él la miró con el ceño fruncido y dio un paso hacia ella; Lali retrocedió,
extendiendo los brazos delante de sí para mantenerlo a raya.

-¿Lali? -inquirió él, perplejo.

-¡No te acerques a mí!

-¿Qué quieres decir? -preguntó Peter, arrugando la frente-. ¿A qué clase de
juego estás jugando ahora?

-He... he cambiado de idea -farfulló-. No puedo hacerlo, Peter. Lo siento, pero nopuedo seguir adelante con esto.

-¡Ah, no, de eso ni hablar! -rugió él, recorriendo con dos zancadas la distancia que los separaba y asiéndola por el brazo al ver que intentaba escapar-. No, ni lo sueñes. Se acabó la espera. Se acabaron los rechazos. Será ahora, Lali. Ahora.

Ella leyó la resuelta intención que se reflejaba en sus brillantes ojos verdes
mientras se inclinaba para tomarla en brazos. El terror estalló en su mente y se
retorció frenéticamente en un intento de eludir sus labios, de escapar a su abrazo. Brotaron lágrimas de sus ojos y empezó a sollozar sin control, suplicándole que no la tocara. Sintió que la histeria la embargaba al comprender que no podría escapar de su brutal tenaza y se quedó sin respiración.

De repente, Peter pareció darse cuenta de que estaba aterrorizada; sorprendido, la dejó de nuevo en el suelo y se quedó mirando su semblante pálido y contraído.

Nena!!! lo prometido es deuda!!!
me gusta pagar lo que debo, y sobre todo
despues del capitulo que me regalaste jajaja
Un besazo a todo el mundo.
Mañana mas y mejor. Espero esos comentarios hermosos
que me hacen tener una sonrisa en la cara jaja.
Agur!!! Ione
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Vero_me
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Jue Dic 29, 2011 8:33 pm

Por dios!!! esto no se puede comparar con el mio!!!
Por que mañana subes otro sino me moría de la ansiedad!!

solo espero que Peter se cuenta por que sino......

Necesito otro!!! jajaja

Un besazo amiga!! GRACIAS!!!!

Te quierooo!!

Pd: Me encantó la frase final.
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Jue Dic 29, 2011 8:45 pm

Ocho


-Está bien -dijo Peter con voz tensa, alejándose de ella con las manos en alto,
como si quisiera demostrar que estaba desarmado-. No te tocaré, lo prometo. ¿Ves? Me sentaré, incluso -hizo lo que decía y la miró atentamente, con una sombría expresión en sus ojos verdes-. Pero, por amor de Dios, Lali, ¿por qué?

Ella permaneció allí de pie, con las piernas temblando, mientras trataba de
controlar sus sollozos y de recuperar la voz para darle una explicación, pero no le salían las palabras, de modo que se limitó a mirar a Peter como aturdida.

Él dejó escapar un jadeo y alzó las manos para frotarse los ojos, como si estuviera cansado; y, probablemente, lo estaba.

-Tú ganas -dijo en tono apagado-. No sé qué problema tienes con el sexo, pero
acepto que estés demasiado asustada para acostarte conmigo sin tener ninguna
seguridad respecto al futuro. Maldita sea, si es el matrimonio lo que se necesita para tenerte, te lo daré. Podemos casarnos en la isla la semana que viene.

La sorpresa impulsó a Lali a dirigirse débilmente hacia la silla más próxima.
Una vez que se hubo sentado, dijo con voz trémula:

-No, no lo entiendes...

-Entiendo que tienes un precio -musitó Peter furioso-. Y ya me has provocado
hasta el límite, Lali, así que no empieces otra discusión ahora. Con un marido sí te acostarás, ¿no? ¿O me tienes reservada otra sorpresita desagradable para cuando lleves la alianza en el dedo?

La ira salvó a Lali, una ira pura y fortalecedora que fluyó de golpe por sus
venas. Enderezó la espalda y se secó las lágrimas. Peter era demasiado arrogante y testarudo para escucharla; durante un momento, se sintió tentada de tirarle su oferta a la cara, pero su corazón se lo impidió. Quizá se había ofrecido a casarse con ella por los motivos menos idóneos, pero no dejaba de ser una propuesta de matrimonio. Y, por muy enfadado que estuviera Peter entonces, tanto con ella como consigo mismo, al final se calmaría y ella podría decirle la verdad. Tendría que escucharla; lo obligaría a hacerlo. En aquellos momentos se sentía frustrado y no estaba de humor para razonar; lo más prudente era no provocar su enojo.

-Sí -dijo Lali con voz casi inaudible, agachando la cabeza-. Me acostaré contigo
cuando estemos casados, por muy asustada que me sienta.

Peter dejó escapar un suspiro y se inclinó hacia delante para apoyar los codos en las rodillas, en un gesto de completo cansancio.

-Solamente eso te ha salvado esta noche -reconoció en tono cortante-. Estabas
asustada de verdad, no lo fingías. Te han tratado muy mal, ¿no es así, Lali? Pero no quiero saber nada de eso ahora; no podría soportarlo.

-Está bien -susurró ella.

-¡Y deja de mirarme como una gatita apaleada! -exclamó él al tiempo que se
levantaba y se acercaba con pasos furiosos a la ventana-. Telefonearé a mi madre
mañana -dijo poniendo riendas a su cólera-. Y procuraré salir de la reunión temprano para que podamos ir a comprar tu vestido de novia. Dado que vamos a casarnos en la isla, tendremos que cumplir con todo el ceremonial -explicó amargamente.

-¿Por qué tiene que ser en la isla? -preguntó Lali con cierta vacilación.

-Porque me crié allí -gruñó Peter-. Esa isla me pertenece y yo pertenezco a la
isla. Los aldeanos jamás me lo perdonarían si celebro mi boda en otro lugar. Las
mujeres querrán colmar de honores a mi novia; los hombres desearán felicitarme y
darme su consejo acerca de cómo debo tratar a mi mujer.

-¿Y tu madre?

Él se giró para mirarla con dureza a los ojos.

-Se sentirá dolida, pero no se opondrá a mi decisión. Y déjame advertirte una cosa, Lali. Como alguna vez hagas algo que pueda herir o insultar a mi madre, te
arrepentirás de haber nacido. Los sufrimientos que has padecido hasta ahora te
parecerán el paraíso comparados con el infierno que te haré vivir.

Lali emitió un jadeo ahogado al ver el odio que se reflejaba en sus ojos. Trató
de defenderse desesperadamente y gritó:

-¡Tú sabes que yo no soy así! ¡No hables de mí como si fuera una desalmada
simplemente porque lo nuestro no ha salido como tú querías! Yo no deseaba que las cosas fueran así entre nosotros.

-De eso ya me doy cuenta -dijo él en tono grave-. Habrías preferido que yo fuera
tan ingenuo como Gaston Esposito, que me ablandara al ver tu rostro angelical y
estuviera dispuesto a concederte todos tus deseos. Pero sé lo que eres, y a mí no me dejarás limpio como hiciste con el viejo. Pudiste elegir, Lali. Siendo mi amante, te habría mimado y tratado como una reina. En tanto que mi esposa, tendrás mi apellido y poco más. Ya has elegido, y ahora tendrás que vivir con las consecuencias de tu decisión. Pero no esperes más acuerdos generosos, como el que te concedí con esas acciones. Y recuerda que soy griego; después de la boda, me pertenecerás en cuerpo y alma. Piensa en eso, cariño -pronunció el apelativo cariñoso con un deje de sarcasmo, y Lali dio un paso atrás al ver la ferocidad de su expresión.

-Te equivocas -dijo con voz trémula-. Yo no soy así, Peter; tú sabes que no soy
así. ¿Por qué me dices unas cosas tan horribles? Por favor, deja que te explique cómo fue mi...

-¡No quiero que me expliques nada! -vociferó él repentinamente, su rostro estaba
lleno de una ira que ya no podía seguir reprimiendo-. ¿Es que no sabes cuándo debes callarte? ¡No me provoques!

Temblando, Lali se alejó de él y se dirigió hacia el dormitorio. No, no podía
hacerlo. Por mucho que lo amara, era evidente que Peter nunca la amaría a ella, y la haría muy desgraciada si cometía el error de casarse con él. Jamás la perdonaría por haberlo obligado prácticamente a aceptar aquel matrimonio. Era un hombre orgulloso y airado; y, como él mismo había dicho, era griego. Un griego no perdonaba jamás un agravio. Un griego buscaba venganza.

Lo mejor era acabar limpiamente, no volver a ver a Peter. Lali no conseguiría
olvidarlo nunca, desde luego, pero sabía que el matrimonio con él era imposible. Había vivido teniendo que soportar continuamente el desprecio y el recelo de personas desconocidas, pero no podría soportar el desprecio y el recelo de un marido. Había llegado el momento de que abandonara Inglaterra definitivamente y regresara a Estados Unidos, donde podría llevar una vida de tranquilo aislamiento.

-Vuelve a poner esa maleta en su sitio -dijo Peter en tono sepulcral desde la
puerta mientras ella sacaba la maleta del armario.

Palideciendo, Lali se giró para mirarlo sobresaltada.

-Es la única forma -suplicó-. Seguro que comprendes que nuestro matrimonio no
funcionaría. Deja que me vaya, Peter, antes de que nos destruyamos el uno al otro.

La boca de él se curvó en un rictus cínico.

-¿Te echas atrás, ahora que te has dado cuenta de que no bailaré al son que tú me marques? Es inútil, Lali. Nos casaremos la semana que viene... al menos que estés dispuesta a pagar el precio de irte de este hotel sin mí.

Lali comprendió perfectamente lo que quería decir e irguió el mentón. Sin
articular palabra, volvió a colocar la maleta en el estante y cerró la puerta del armario.

-Lo que yo pensaba -murmuró Peter-. Ni se te ocurra intentar huir de mí o lo
lamentarás. Ahora vuelve aquí y siéntate. Pediré que nos suban la cena y ultimaremos los detalles de nuestro acuerdo.

Se expresaba con tanta frialdad, que lo último que Lali deseaba era hablar con
él; sin embargo, salió del dormitorio y se sentó en el sofá, sin mirarlo.

Peter pidió la cena sin preguntarle siquiera qué deseaba tomar; después llamó a
Andros, que se alojaba en la planta inferior, para decirle que subiera a la suite cuando hubiese transcurrido una hora. Quería que tomase algunas notas. Por último, colgó el teléfono y se acercó al sofá para sentarse al lado de Lali. Incómoda, ella se alejó y él dejó escapar una breve carcajada.

-Extraña conducta en una futura esposa -se burló-. Tan distante. Pero no te
saldrás con la tuya, ¿sabes? Voy a pagar por el derecho a tocarte como me plazca y cuando me plazca, y no quiero más fingimientos.

-No estoy fingiendo -negó ella trémulamente-. Tú sabes que no.

Peter la observó pensativo.

-No, supongo que no finges. Me tienes miedo, ¿verdad? Pero harás lo que yo quiera si me caso contigo primero. Lástima que eso acabe con cualquier sentimiento de compasión que hubiese podido tener hacia ti.

No había manera de convencerlo. Lali guardó silencio y trató de recobrar su
dignidad y su compostura. Peter estaba furioso, y sus intentos de dejar clara su
inocencia solo contribuían a enfurecerlo aún más, de modo que decidió seguirle la corriente. Por lo menos, así podría conservar su orgullo.

-¿No tienes nada más que decir? -se mofó él.

Ella logró encogerse de hombros con calma.

-¿Para qué voy a perder el tiempo? Harás lo que te dé la gana de todos modos, así que más vale que siga tu juego.

-¿Eso quiere decir que aceptas casarte conmigo? -el tono de Peter era burlón,
pero Lali percibió la seriedad que había debajo de aquella burla y comprendió que él no estaba seguro de cuál sería su respuesta.

-Sí, me casaré contigo -contestó-. Con las mismas condiciones que puse para ser tu amante.

-Te echaste atrás en eso -señaló él con poca amabilidad.

-Pero en esto no me echaré atrás.

-No tendrás oportunidad de hacerlo. Las mismas condiciones, ¿eh? Creo recordar
que no querías vivir conmigo; huelga decir que esa condición ya no será válida.

-Pero la concerniente al dinero sí -replicó Lali, volviendo hacia él sus ojos
marrones, opacos y misteriosos debido a la intensidad de su emoción-. No quiero tu dinero; cuando necesite algo, lo pagaré yo misma.

-Eso me parece interesante, aunque poco convincente -dijo Peter arrastrando la
voz al tiempo que acercaba una mano fuerte al cuello de Lali y le acariciaba
ligeramente la piel-. Si no te casas conmigo por dinero, ¿por qué lo haces? ¿Por mí?

-Así es -admitió ella mirándolo de frente.

-Muy bien, porque eso es lo único que vas a conseguir -musitó él, inclinándose sobre Lali como si se viera irresistiblemente atraído por su boca.

Apretó fuertemente sus labios sobre los de ella; con manos duras y severas la
atrajo hacia sí, pero ella no se resistió. Se recostó obedientemente sobre Peter y dejó que devorara su boca hasta que la ira que él sentía empezó a disiparse,
reemplazada por el deseo. Sólo entonces ella respondió al beso, tímidamente, y la presión de la dura boca de Peter disminuyó.

El largo beso fue como una válvula de escape para su ciega furia, y Lali notó
que iba calmándose a medida que aumentaba su pasión; ahora estaba dispuesto a
esperar. Sabía que ella sería suya al cabo de una semana.

Él se retiró y contempló el pálido semblante de Lali, sus labios suaves y
temblorosos, y volvió a besarla con dureza.

Los interrumpió la llegada de la cena; Peter soltó a Lali y se levantó para
abrir la puerta. Su ánimo parecía haberse calmado y, mientras cenaban, incluso se puso a charlar de asuntos triviales, hablándole de la reunión y de las cuestiones que en ella se habían tratado. Lali se relajó, percibiendo que ya se le había pasado el mal humor.

Andros se presentó justo cuando habían acabado de cenar; sus ojos negros
refulgieron sobre Lali con silenciosa hostilidad antes de volverse hacia Peter.

-Lali y yo vamos a casarnos -le anunció Peter con absoluta naturalidad-. La
semana que viene, en la isla. El martes, concretamente. Haz todos los preparativos necesarios y comunica a la prensa que ya se ha anunciado el compromiso, pero no les des detalles acerca de dónde se celebrará la ceremonia. Llamaré a mi madre personalmente mañana a primera hora.

El asombro de Andros era evidente y, aunque el secretario no volvió a mirar a
Lali, ella notó su disgusto. ¡La mandíbula se le había desencajado al saber que la mujer a la que tanto detestaba iba a casarse con su jefe!

-También redactaremos un acuerdo prematrimonial -continuó Peter-. Toma nota
de todo lo que voy a decir, Andros, y entrégaselo a Leo mañana por la mañana. Dile que quiero el acuerdo redactado pasado mañana, como muy tarde. Lo firmaremos antes de ir a la isla.

Andros se sentó y abrió su bloc de notas, con el bolígrafo ya preparado. Peter
dirigió a Lali una mirada pensativa antes de seguir hablando.

-Lali renuncia de antemano a toda reclamación sobre mis propiedades -dijo
arrastrando la voz mientras se sentaba y estiraba las piernas-. En caso de divorcio, no tendrá derecho a ninguna pensión ni propiedad, excepción hecha de lo que yo le haya regalado, que será considerado propiedad personal suya.

Andros lanzó a Lali una mirada de sorpresa, como esperando que mostrara su
desacuerdo; ella, sin embargo, siguió sentada en silencio, observando el semblante moreno y meditabundo de Peter. Se sentía más tranquila, aunque era consciente de que todo su futuro estaba en juego. Peter había aceptado casarse, cosa que ella no creyó que hiciera nunca; por algo se empezaba...

-Mientras estemos casados -prosiguió él, reclinando la morena cabeza en el sofá-, Lali se comportará con absoluto decoro. No podrá salir de la isla si no es conmigo o en compañía de una persona de mi elección. También me cederá el control de todas las rentas que conserva de su anterior matrimonio -se volvió para mirar a Lali, pero ella no protestó. Con Peter, sus asuntos financieros quedarían en manos extraordinariamente capacitadas, y no lo creía capaz de engañarla en ese aspecto. En ese momento se le cruzó por la cabeza un pensamiento y, antes de poder contenerse, dijo serenamente:

-Supongo que es una manera de recuperar el dinero que pagaste por mis acciones.

La mandíbula de Peter se tensó y ella deseó haber contenido la lengua en lugar
de enfurecerlo todavía más. No protestaba por tener que cederle el control de su
dinero; de todos modos, ella no deseaba dicho control. Peter quería tenerla
completamente sometida a su poder, y ella estaba dispuesta a complacerlo. Era un
riesgo que corría, pero albergaba la esperanza de que, cuando él descubriera lo
equivocado que estaba, su postura cambiaría.

Al cabo de un tenso momento, Peter expuso la última condición.

-Para terminar, me corresponderá a mí la tutela y la custodia de los hijos que
podamos tener. En caso de divorcio, Lali tendrá derecho, naturalmente, a
visitarlos si desea ir a la isla con ese fin. Bajo ninguna circunstancia podrá llevarse al niño o a los niños de la isla o verlos sin mi permiso.

Lali notó una punzada de dolor en el corazón al oír esto último y, rápidamente,
giró la cabeza para que él no pudiera ver las lágrimas que afluían a sus ojos. ¡Peter parecía tan duro e inflexible! Quizás estaba siendo una tonta, se dijo; quizás él nunca llegaría a amarla. Sólo la certeza de que él sabría sin sombra de duda que había ido virgen al altar le daba valor para aceptar sus condiciones. Peter comprendería al fin que ella no iba a corromper a sus hijos.

¡Hijos! ¡Ojalá los tuvieran! Peter parecía dar por sentado que su matrimonio no
duraría, pero Lali ya sabía que sería eterno. Hiciera lo que hiciese Peter, ella
siempre seguiría casada con él de corazón. Deseaba darle hijos, muchos hijos, réplicas en miniatura de Peter, con su mismo cabello oscuro y sus ojos verdes y brillantes.

-¿No tienes nada que comentar, Lali? -inquirió él suavemente, en tono de
evidente burla.

Apartando sus pensamientos de la deliciosa visión de sí misma con un bebé de ojos verdes en los brazos, Lali se quedó mirándolo un momento, como si no lo
reconociera; luego se recompuso y contestó con voz apenas audible:

-No, acepto todos tus deseos, Peter.

-Eso es todo -dijo Peter a Andros. Cuando volvieron a quedarse a solas, se dirigió de nuevo a ella-: Ni siquiera presentarás una queja simbólica para exigir la custodia de alguno de nuestros hijos, ¿verdad? ¿O acaso esperas que te pague a cambio de mantenerte alejada de ellos? Si es así, te engañas. ¡No me sacarás un solo penique, bajo ninguna circunstancia!

-He aceptado tus condiciones -gritó ella temblorosamente, con un intenso dolor
que le horadaba el pecho-. ¿Qué más quieres? He descubierto que no puedo luchar
contra ti, así que no gastaré saliva inútilmente. En cuanto a los hijos que podamos tener... Sí, deseo tener hijos, tus hijos, y para conseguir que me separe de ellos tendrías que echarme físicamente de la isla. Y no me insultes insinuando que no seré una buena madre.

Peter se quedó mirándola, con el músculo del mentón temblando sin control.

-Dices que no puedes luchar contra mí -musitó con voz ronca-, pero aun así, me
rechazas continuamente.

-No, no -gimió ella, desesperada por lograr que la comprendiese-. No te rechazo.
¿Es que no lo entiendes, Peter? Te pido más de lo que tú me ofreces, y no hablo de dinero. Hablo de ti. Hasta ahora solo me has ofrecido la misma parte de ti que le diste a Diana, y yo deseo algo más que eso.

-¿Y qué me dices de ti? -gruñó él, levantándose y paseándose inquieto por la
habitación-. No quieres darme ni siquiera esa parte; te cierras a mí y exiges que me rinda a ti en todos los aspectos.

-No tienes que casarte conmigo -señaló Lali, repentinamente cansada de la
discusión-. Puedes dejar que salga por esa puerta, y te prometo que nunca más
volverás a verme, si es eso lo que deseas.

La boca de él se curvó ferozmente.

-Sabes que no puedo hacer eso. Me tienes tan trastornado por dentro que he de
poseerte. No valdré nada como hombre si no consigo satisfacer esta necesidad que me corroe. No será una boda, Lali. Será un exorcismo.

Las palabras de Peter aún resonaban en los oídos de Lali al día siguiente,
mientras se paseaba por la suite y esperaba a que él volviera de la reunión. Andros estaba allí; llevaba en la suite toda la mañana, observándola sin decir nada, y su silenciosa vigilancia le ponía los nervios de punta.

Había sido una noche de pesadilla; Lali había dormido sola en la enorme cama
que Peter había pretendido compartir con ella, oyendo cómo él se removía inquieto en el sofá. Había sugerido acostarse en el sofá y cederle a él la cama, pero él la había mirado con tanta severidad que ni siquiera se molestó en insistir. Los dos habían dormido muy poco.

Antes de irse, Peter había telefoneado a su madre, y Lali se encerró en el
cuarto de baño, decidida a no escuchar la conversación. Al salir vio que Peter se había marchado y que Andros estaba allí.

Justo cuando pensaba que no podría seguir soportando por más tiempo el silencio,
Andros habló, y casi la mató del susto.

-¿Por qué ha aceptado todas las condiciones de Pitt, señora Esposito?

Ella lo miró con rabia.

-¿Por qué? -dijo-. ¿Cree usted, que Peter estaba de humor para razonar con
nadie? Parecía un barril de dinamita en espera de que algún insensato lo hiciera
estallar.

-Pero usted no le tiene ningún miedo -observó Andros-. O no tiene miedo de su
genio, al menos. Casi todo el mundo le teme, pero usted siempre le ha hecho frente en los peores momentos. He estado dándole muchas vueltas, y sólo se me ocurre un motivo para que le haya permitido establecer esas condiciones tan insultantes.

-¿Ah, sí? ¿Y a qué conclusión ha llegado? -inquirió Lali, retirándose el espeso
cabello de los ojos. Esa mañana se sentía tan trastornada que no se lo había recogido y lo tenía revuelto sobre los hombros.

-Creo que usted lo ama -dijo Andros con calma-. Creo que está dispuesta a casarse con él con esas condiciones porque lo ama.

Ella tragó saliva al oír aquellas palabras. Andros la miraba con un brillo diferente en sus ojos negros, un brillo que denotaba aceptación y un principio de comprensión.

-Claro que lo amo -confesó Lali en un tenso susurro-. El problema está en
conseguir que él lo crea.

Andros sonrío súbitamente.

-No hay ningún problema, señora Esposito. Pitt está perdidamente enamorado de
usted. Cuando se tranquilice, comprenderá que, con las condiciones que ha puesto, usted sólo ha podido aceptar casarse con él porque lo ama. Ahora mismo está tan furioso que simplemente no se le ha ocurrido pensarlo.

Andros no estaba al corriente de todo el asunto, pero sus palabras la llenaron de esperanza. Había dicho que Peter estaba perdidamente enamorado de ella. A Lali le resultaba un poco difícil de creer, pero era cierto que estaba dispuesto a casarse con ella si no podía conseguirla de ninguna otra manera.

Peter llegó entonces, interrumpiendo su conversación con Andros, aunque ahora
Lali se sentía mejor. Los dos hombres se pusieron hablar de unos documentos que
Peter había sacado de su maletín; finalmente, Andros tomó los documentos para
regresar a su habitación y Peter se volvió hacia Lali.

-¿Estás preparada? -le preguntó en tono distante.

-¿Preparada? -ella no lo había entendido.

Peter suspiró con impaciencia.

-Te dije que iríamos a comprar tu vestido de novia. Y necesitarás anillos, Lali;
es lo esperado en una ceremonia como esta.

-Tengo que recogerme el pelo -dijo Lali girándose hacia el dormitorio, y él la
siguió.

-Cepíllatelo y déjatelo suelto -ordenó-. Me gusta más así.

Ella obedeció y sacó el lápiz de labios.

-Espera -dijo Peter, agarrándole la muñeca y obligándola a volverse hacia él.
Lali sabía lo que quería, y notó que su corazón flotaba mientras se apoyaba en
Peter y alzaba la boca para recibir su beso. Él apretó sus labios contra los de ella, llenándole la boca con su cálido aliento, haciendo que la cabeza le diese vueltas. Deseaba más; no estaba satisfecho con un simple beso, pero se separó de Lali con una brusca sacudida y la miró. En sus ojos brillaba de nuevo una expresión casi asesina.

-Ya te puedes pintar los labios -musitó antes de salir violentamente del dormitorio.

Ella se aplicó el carmín con dedos temblorosos. El humor de Peter no había
mejorado, y temía que, si le negaba también sus besos, no haría sino empeorar. No, nada satisfaría a Peter... salvo su total entrega a él; Lali deseó que la siguiente semana pasara volando.

Pero ¿cómo podía pasar volando toda una semana cuando una sola tarde se hacía
eterna? Lali notó cómo la tensión aumentaba en su interior mientras permanecían
sentados en la exclusiva joyería y examinaba los muestrarios de anillos que sacaba el joyero. Peter no fue de ninguna ayuda; se limitó a reclinarse en la silla y a decirle que escogiera los que más le gustasen, que a él no le importaba. No podría haber dicho nada mejor calculado para arruinar la alegría que, de otro modo, ella habría sentido haciendo aquello. El joyero, por su parte, era tan amable y se mostraba tan solícito, que Lali no deseaba decepcionarlo con su desinterés, así que se obligó a examinar cada uno de los anillos que él pensaba que podían ser de su gusto. Sin embargo, por más que se esforzó, no pudo escoger ninguno. Los relucientes diamantes podrían haber sido cristal barato, por lo que a ella respectaba; sólo deseaba refugiarse en un
tranquilo rincón y llorar a lágrima viva.

Finalmente, con voz cascada por la tensión, dijo:

-¡No no! ¡No me gusta ninguno! -e hizo ademán de levantarse.

Peter la detuvo, asiéndole la muñeca con una mano de hierro, y la obligó a
sentarse de nuevo.

-No te alteres, cariño -le dijo en un tono más suave que el que había empleado a lo largo del día-. Tranquilízate; no llores o monsieur se disgustará. ¿Quieres que yo elija uno por ti?

-Sí, por favor -respondió Lali con voz ahogada, girando la cabeza para que
Peter no vieras las lágrimas que ribeteaban sus ojos.

-A mí tampoco me gustan los diamantes, monsieur -estaba diciendo Peter-. La
tez de la señorita necesita algo más cálido... Sí, esmeraldas que hagan juego con el color de sus ojos. Engastadas en oro.

-Faltaría más... ¡tengo justamente lo que desea! -dijo el joyero entusiasmado,
retirando el muestrario de diamantes.

-¿Lali?

-¿Qué? -dijo ella, sin girarse para mirarlo.

Peter deslizó el largo dedo anular por su mentón y la obligó suavemente a
volverse para mirarlo a la cara. Sus ojos verdes estudiaron la expresión lívida y tensa y repararon en la humedad que amenazaba con desbordarse de sus ojos.

Sin decir nada, Peter sacó su pañuelo y se los enjugó como si fuera una niña
pequeña.

-Sabes que no soporto verte llorar -susurró-. Si prometo no ser tan bruto,
¿sonreirás para mí?

Lali era incapaz de negarle nada cuando se mostraba tan dulce, aunque un
momento antes se hubiese mostrado frío como el hielo. Sus labios se entreabrieron en una suave sonrisa y Peter le acarició la boca con el dedo, recorriendo la línea del labio.

-Así está mejor -murmuró-. Entenderás por qué no te beso aquí mismo, aunque lo
esté deseando.

Lali le besó los dedos en respuesta; vio que el joyero regresaba y se enderezó,
apartando de sí la mano de Peter, aunque sus breves atenciones habían teñido de
color sus mejillas y ahora sonreía como embelesada.

-Ah, esto ya me gusta más -dijo Peter, abalanzándose sobre un anillo en cuanto el joyero les puso delante el muestrario. Tomó la delgada mano de Lali y le puso el anillo; le estaba grande, pero, aun así, ella se quedó sin aliento al verlo.

-Qué color tan precioso -musitó con un suspiro.

-Sí, este es el que quiero -decidió Peter. La esmeralda cuadrada tenía el tamaño
adecuado para no resultar exagerada en la mano menuda de Lali, y su rico color
verde oscuro le sentaba mejor que mil diamantes. La tez dorada y el cabello rojizo de Lali constituían el marco perfecto para sus misteriosos ojos marrones egipcios, y la esmeralda no hacía sino reflejar su color. Estaba rodeada de diamantes, pero eran tan pequeños que no restaban intensidad al color verde profundo de la gema. Peter le retiró cuidadosamente el anillo del dedo y se lo devolvió al joyero, quien lo dejó aparte y tomó las medidas del dedo de Lali con meticulosidad.

-Y una alianza de matrimonio -añadió Peter.

-Dos -terció Lali con valentía, mirándolo a los ojos. Al cabo de un momento,
Peter cedió y asintió para dar su permiso.

-No me gusta llevar anillos -dijo mientras salían de la joyería, rodeándole la
cintura con el brazo.

-Vamos a estar casados -respondió ella volviéndose para mirarlo y colocando las
manos sobre su pecho-. ¿No deberíamos esforzarnos al máximo para conseguir que
nuestro matrimonio sea un éxito? ¿O ya tienes en mente el divorcio? -su voz tembló ante la idea, pero siguió mirando de frente los ojos negros de Peter.

-No tengo nada en mente salvo poseerte -contestó él sin rodeos-. Los anillos me
traen sin cuidado; si quieres que lleve una alianza de matrimonio, la llevaré. Un anillo no me impedirá librarme de ti si deseo hacerlo.

Lali casi se atragantó con el dolor que le inundó el pecho; se alejó de él
bruscamente, luchando para mantener la compostura. Cuando Peter la alcanzó, ella
ya había conseguido ponerse de nuevo su máscara de frialdad para ocultar el dolor que la laceraba por dentro.

Al subirse en el taxi, oyó que Peter le daba al taxista la dirección de un famoso modisto.

-No sé qué es lo que tienes pensado, Peter, pero no disponemos de tiempo para
que me hagan un vestido a medida. Con uno de confección tendré bastante.

-Olvidas quién soy -repuso él-. Si pido que tengan un vestido listo para mañana por la tarde, lo tendrán.

Lali no pudo contradecirlo, porque lo que decía era cierto; sin embargo, pensó
en las personas que tendrían que trabajar durante toda la noche en la delicada
costura, y decidió que no merecía la pena. Pero el firme gesto de la mandíbula de Peter la disuadió de discutir con él, así que se limitó a reclinarse en el asiento en abatido silencio.

Por lo que ella sabía, Peter no era aficionado a elegir personalmente la ropa de
sus amantes, pero todos lo reconocieron en cuanto entró en el fresco vestíbulo del salón. Al instante, una mujer alta y esbelta, con el cabello rubio ceniza sobriamente peinado, recorrió la moqueta gris perla para darles la bienvenida. Si monsieur Lanzani deseaba algo en particular...

Peter derrochaba encanto; se acercó los dedos de la mujer a los labios, y sus
ojos negros provocaron en las mejillas de ella un rubor que nada tenía que ver con la afectación. Peter le presentó a Lali, y luego explicó zalameramente:

-Nos casaremos la semana que viene en Grecia. Logré convencerla ayer mismo y
deseo que la boda se celebre inmediatamente, antes de que pueda arrepentirse. Eso nos deja muy poco tiempo para la confección del vestido, como puede usted
comprender, porque pensamos partir para Grecia pasado mañana.

La mujer se cuadró y le aseguró que podrían preparar un vestido cuanto antes, si
tenían la amabilidad de ver unos cuantos modelos...

Comenzaron a desfilar las modelos; algunas vestían de blanco, pero en su mayoría
lucían vestidos en tonos pastel, colores delicados y favorecedores que, pese a todo, no eran el virginal blanco. Peter los observó con suma atención y al fin eligió un vestido de líneas sencillas y clásicas; lo pidió en un tono melocotón claro. De repente, Lali frunció el ceño. Era su traje de novia y tenía derecho a llevar el tradicional color blanco.

-No me gusta el color melocotón -dijo con firmeza-. Que sea blanco, por favor.

-Has hecho el ridículo con esa insistencia en el blanco -dijo Peter en tono
cortante mientras regresaban al hotel-. Tu nombre es conocido incluso aquí en
Francia, Lali.

-También es mi boda -repuso ella tercamente.

-Ya has estado casada, cariño. No debería ser nada nuevo para ti.

Ella notó que el labio inferior le temblaba y enseguida se dominó.

-Gaston y yo nos casamos por lo civil, no por la iglesia. ¡Y tengo derecho a casarme de blanco!

Si él comprendió el significado de sus palabras, decidió no tomarlo en cuenta. O
quizá simplemente no se lo creía.

-Con el historial que tienes, puedes considerarte afortunada de que me case
contigo -dijo en tono grave-. Debo de ser el mayor estúpido del mundo, pero ya me preocuparé por eso más tarde. Una cosa es segura. En tanto que mi esposa, serás la mujer más correcta y decorosa de Europa.

Lali volvió la cabeza con frustración y observó por la ventanilla las refinadas
tiendas parisienses, los elegantes cafés. No conocía nada de París, aparte de las fugaces vistas que había tenido ocasión de contemplar desde la ventanilla del taxi y las alegres luces que por la noche se divisaban desde la ventana del hotel.

Ya era demasiado tarde para echarse atrás, pero la invadía la inquietante certeza de que había cometido un error al aceptar aquel matrimonio. Peter no era un hombre que perdonara con facilidad; ni siquiera descubrir que Lali no era una mujer promiscua le haría olvidar que, según su forma de ver las cosas, se había vendido a él por un precio: el matrimonio.

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Vero_me
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Jue Dic 29, 2011 9:17 pm

No se como te voy a compensar.........
No lo digas, no lo digas, ya lo sé....ja!

En cuanto a lo que me parece, Lali me está dando mucha pena, ni aunque Peter sepa la verdad (de todo), seguirá sin merecérsela.

Es un completo canalla que no ve mas allá de el mismo, y no me parece justo lo que hace con ella.

Me parece muy triste pero seguiré esperando el próximo.

Un besazo nena, te quiero!
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LauCami
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Vie Dic 30, 2011 12:01 am

Hola como andan? espero que esten bien y que hayan pasado una preciosa Noche Buena y Navidad.
A decir, verdad, no estuve muy presente en el foro por problemas de familia que vos Amiguis conoces .... pero hoy me hice un tiempo antes de ir al Doc y quede flasheada mal ......
Ya no se que decirte de tus noves Ione ..... me gustan cada vez mas ..... una mejor que la otra y me da orgullo decir, que mi amiguis sube estas bellas historias en el foro.
Lo que si, esta me engancho muchisimo mas que la Cortesana che .....

Mas alla de todo lo que dije antes, Peter es un tierno de aquellos y se que cuando llegue el momento de la entrega, se va a querer matar pero me puede este Peter que se hace cargo de todo, que quiere lo mejor para su amada ( aunque no la reconozca como tal ), que esta siempre dispuesto a estar a su lado mas alla de que se lleven como perros y gatos ( ajjajajajajajajjajaj )

Lali, me da sentimiento de pena y a la vez, ganas de matarla en el buen sentido de la palabra. Es tierna, dulce, cariñosa, pero cabeza dura como ella sola ( aunque su pasado es feo, tendria que ser un poquitin mas abierta en ciertas temas che )

Me encanta esta nove Amiguis y acordate de mi pedido de que me mandes La Cortesana verison laliter para guardar en mi bibioteca che !!!!!

Besos enormes y voy a seguir leyendo y espero el casamiento cuanto antes.

_________________
Uno espera muchas cosas de la vida pero uno no se da cuenta de que esta en uno saber que hacer para que dichas cosas se cumplan. Tenemos que aprender a vivir la vida de una manera mucho mas simple y sincera



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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Vie Dic 30, 2011 8:08 am

Nueve


-¡Mire! -gritó Andros a Lali por encima del rugido de la hélice delhelicóptero-. Ahí está Zenas.

Ella se inclinó hacia delante para ver con ansiedad cómo el pequeño punto que se
destacaba en el azul del mar Egeo crecía y se acercaba a ellos a toda velocidad; de repente, ya no se hallaban sobre el mar, sino sobrevolando las agrestes y áridas colinas, por cuya superficie se deslizaba la sombra del helicóptero como si de un mosquito gigante se tratase.

Lali miró de soslayo a Peter, que estaba a cargo de los mandos del aparato,
pero él ni siquiera se inmutó. Ella habría deseado que le sonriera, que le mostrara los puntos más destacados de la isla, pero fue únicamente Andros quien le posó la mano en el brazo y le señaló la casa a la que se aproximaban.

Era una casa inmensa, construida sobre el borde del acantilado, con una terraza de losas de piedra que abarcaba tres de las caras de la estructura. La casa, de tejado rojizo y fachada blanca, descansaba entre las frescas sombras de los naranjos y los limoneros.

Al mirar hacia abajo, Lali pudo ver las diminutas figuras que salían de la casa y se dirigían hacia la pista de aterrizaje, situada a la derecha de la construcción, sobre la cima de una pequeña colina. Un sendero pavimentado conectaba la casa con la pista, aunque Peter le había dicho a Lali que en la isla sólo había un vehículo con motor, un viejo Jeep del ejército propiedad del alcalde.

Peter hizo aterrizar el helicóptero con tanta suavidad que Lali no notó ni la
menor sacudida; detuvo el motor y se quitó el casco. Finalmente, se giró hacia Lali con expresión torva y seria.

-Vamos -dijo en francés-. Te presentaré a mi madre. Y recuerda, Lali..., no
debes hacer nada que pueda disgustarla.

Abrió la puerta y se apeó del helicóptero, agachando la cabeza contra el viento
levantado por las hélices, que aún no se habían detenido por completo. Lali respiró hondo para calmar su corazón acelerado, y Andros le dijo en tono quedo:

-No se preocupe. Mi tía es una mujer muy amable; Peter no se parece a ella en
absoluto. Es la viva imagen de su padre y, como su padre antes que él, muestra una actitud muy protectora hacia mi tía.

Lali le dirigió una sonrisa agradecida; luego Peter la llamó con impaciencia y
ella se bajó del helicóptero aferrándose desesperadamente a la mano que él le había tendido para ayudarla. Peter arrugó un poco la frente al notar la frialdad de sus dedos y después la condujo hacia el grupo de personas que se había reunido junto a la pista de aterrizaje.

Una mujer menuda, con el porte erguido de una reina, dio un paso hacia ellos.
Seguía siendo guapa pese a su cabello blanco, que llevaba peinado con elegancia, y sus ojos azules eran francos y directos como los de un niño. Dirigió a Lali una mirada penetrante, directamente a los ojos, y después se giró con rapidez hacia su hijo.

Peter se inclinó para depositarle un cariñoso beso en la sonrosada mejilla, y luego le posó otro en los labios.

-Te he echado de menos, maman-dijo abrazándola.

-Yo a ti también -respondió ella con dulzura-. Me alegro mucho de que hayas
vuelto.

Sin dejar de abrazar a su madre, Peter llamó a Lali, advirtiéndole con la
mirada que se comportase con corrección.

-Maman, quisiera presentarte a mi prometida, Lali Esposito. Lali, te
presento a mi madre, Claudia Lanzani.

-Celebro conocerla al fin -murmuró Lali mientras miraba sus claros ojos tan
valerosamente como le era posible, y descubrió asombrada que la señora Lanzani
y ella tenían casi la misma estatura. La anciana parecía tan frágil que comparada con ella Lali se había sentido como una amazona. En ese instante, sin embargo, constató mientras la miraba que los ojos de ambas quedaban a la misma altura, lo cual fue toda una sorpresa.

-Yo también me alegro de conocerla -dijo la señora Lanzani, separándose de
Peter para rodear a Lali con sus brazos y darle un beso en la mejilla-. ¡Desde
luego, me sorprendí mucho cuando Peter me telefoneó para comunicarme sus
intenciones! Fue algo... inesperado.

-Sí, fue una decisión repentina -convino Lali, aunque se descorazonó al percibir
el tono frío de la anciana. Era evidente que no estaba nada contenta con la mujer que su hijo había elegido como esposa. Pese a todo, Lali logró esbozar uña trémula sonrisa, y la señora Lanzani tenía unos modales demasiado exquisitos como para manifestar más abiertamente su disgusto. Había hablado en un excelente inglés, arrastrando levemente las palabras, con un acento que sólo podía haber aprendido de Peter; no obstante, cuando se giró para presentarle a Lali a los demás, cambió al francés y al griego. Lali no entendía una sola palabra de griego, pero casi todos hablaban un poco de francés.

Le presentó a Petra, una mujer alta y corpulenta de cabello y ojos negros. Tenía la clásica nariz griega y un radiante rostro risueño. Era el ama de llaves y la acompañante personal de la señora Lanzani; ambas habían estado juntas desde que la señora Lanzani llegó a la isla. La corpulenta mujer poseía una elegancia y un orgullo natural que la hacían parecer hermosa, pese a sus proporciones casi masculinas; sus ojos emitieron un brillo maternal ante el miedo y el nerviosismo apenas disimulados que se reflejaban en el semblante de Lali.

La otra mujer era baja y regordeta, con la cara más redonda y amable que Lali
recordaba haber visto nunca. Era Sophia, la cocinera; le dio a Lali una afectuosa palmadita en el brazo, lista para aceptar inmediatamente a cualquier mujer que el señor Peter llevase a la isla con la intención de casarse con ella.

Jasón Kavakis, el marido de Sophia, era bajo y delgado, con unos solemnes ojos
negros, y estaba al cuidado de la finca. Sophia y él vivían en su propia casa, en la aldea; Petra, en cambio, era viuda y ocupaba una habitación en la gran casa. Ellos tres eran el único personal de la finca, aunque las mujeres de la aldea estaban ayudando con los preparativos de la boda.

El recibimiento cálido y amable que le habían dispensado los empleados de la finca ayudó a Lali a relajarse, y sonrió con mayor naturalidad mientras la señora Lanzani entrelazaba su brazo con el de Peter y disponía el traslado del
equipaje a la casa.

-Andros, por favor, ayuda a Jasón a bajar las bolsas -acto seguido, retiró el brazo y le dio a Peter un leve empujón-. ¡Y tú también! Anda, ayúdalos. Yo acompañaré a la señora Esposito a su habitación; probablemente estará muerta de cansancio. Nunca has sabido hacer un viaje en etapas cortas.

-Sí, maman -respondió Peter a su madre mientras se retiraba, aunque sus ojos
verdes lanzaron a Lali una advertencia.

Pese a la frialdad con que la había recibido la señora Lanzani, Lali se
sentía mejor. La anciana no era ninguna matriarca autocrática, y Lali percibía que, debajo de su aire reservado, había una mujer amable y pizpireta que trataba a su hijo simplemente como a tal hijo, y no como a un multimillonario. Y el propio Peter parecía haberse ablandado de inmediato, convirtiéndose en el Pitt que se había criado allí y había conocido a aquellas personas desde la infancia. Lali era incapaz de imaginarlo intimidando a Petra, quien probablemente le había cambiado los pañales y lo había visto dar sus primeros pasos, aunque a Lali le costaba visualizar a Peter como un bebé o un niño pequeño. Seguramente siempre había sido alto y fuerte, con aquel feroz resplandor en sus ojos verdes.

La casa era fresca, pues sus gruesos muros de blanca fachada mantenían a raya el
despiadado sol griego; no obstante, el leve zumbido del aire acondicionado central indicó a Lali que Peter se aseguraba de que en su casa hubiese siempre una temperatura agradable.

Ya se había dado cuenta de que los gustos de Peter eran muy griegos, y la casa
constituía una buena muestra de ello. El mobiliario era escaso, y abundaban los
grandes espacios vacíos, aunque todo era de la mayor calidad. Predominaban los
colores naturales; los suelos aparecían enlosados en suaves tonos rojizos y cubiertos de hermosas alfombras persas, y la tapicería y los muebles era de color verde apagado. En las paredes, alojadas en hornacinas, había pequeñas estatuas de mármol de diferentes colores, y aquí y allá se veían jarrones increíblemente exquisitos, que convivían en perfecta armonía con humilde adornos de cerámica hechos, sin duda, por los aldeanos.

-Su habitación -le dijo la señora Lanzani, abriendo la puerta de una enorme
estancia cuadrada con elegantes ventanas abovedadas y muebles en tonos rosas y
oro-. Dispone de su propio baño -siguió diciendo la anciana mientras cruzaba la
habitación y abría la puerta del cuarto de baño-. Ah, Pitt, tienes que enseñarle a Lali la finca mientras Petra deshace su equipaje -añadió sin detenerse cuando
Peter apareció con las maletas de Lali y las soltó en el centro de la habitación.

Él sonrió, con un súbito brillo en los ojos.

-Seguramente Lali preferirá darse un baño antes. ¡Yo, desde luego, lo necesito!
¿Qué me dices, cariño? -preguntó volviéndose hacia Lali mientras la sonrisa aún
iluminaba sus ojos-. Tú decides: un paseo con guía por la finca o un baño.

-Ambas cosas -contestó ella-. Pero primero el baño.

Peter asintió y salió de la habitación después de decir con despreocupación:

-Vendré a buscarte dentro de media hora, pues.

La señora Lanzani también se marchó poco después y Lali se quedó de pie
en medio de la habitación, paseando la mirada por el precioso cuarto y sintiéndose abandonada. Se quitó la ropa del viaje y se dio un largo y placentero baño; al regresar a la habitación, vio que Petra había deshecho eficientemente su equipaje mientras ella se bañaba.

Se puso un fresco vestido de tirantes y esperó a Peter; no obstante, el tiempo
fue pasando, y al fin comprendió que Peter no tenía intención de ir a buscarla. Sólo se había prestado a enseñarle la finca para complacer a su madre, pero no estaba dispuesto a pasar ese tiempo en su compañía.

Lali permaneció sentada en el dormitorio, preguntándose si alguna vez lograría
ganarse su amor.

Fue mucho más tarde, después de tomar una cena ligera consistente en pescado y
en soupa avgolemono, una sopa con sabor a limón que Lali encontró deliciosa,
cuando Peter se acercó a ella mientras permanecía de pie en la terraza,
contemplando las olas que rompían en la playa. Lali habría preferido rehuirlo, pero tal conducta habría parecido extraña, de modo que se quedó junto a la pared de la terraza. Peter cerró una mano firme sobre sus hombros y apretó su espalda contra sí; después agachó la cabeza como si fuese a decirle palabras dulces al oído, pero lo que dijo fue:

-¿Le has dicho a mi madre algo que haya podido disgustarla?

-Desde luego que no -susurró ella vehementemente, sucumbiendo a la fuerza de
aquellos dedos y recostándose sobre su pecho-. Desde que me acompañó a mi cuarto
no he vuelto a verla hasta la hora de la cena. No le caigo bien, por supuesto. ¿No era eso lo que tú querías?

-No -contestó él, con los labios curvados en un rictus amargo-. Lo que quería era no tener que traerte aquí, Lali.

Ella alzó el mentón con orgullo.

-Pues mándame de vuelta a Inglaterra -lo desafió.

-Sabes que eso no puedo hacerlo respondió Peter bruscamente-. Estoy viviendo
un infierno; o escapo de ese infierno o te arrastro a él conmigo -dicho esto, la soltó y se alejó.

Lali se quedó allí, con la amarga certeza del odio que Peter sentía hacia ella.

El día de la boda amaneció despejado y radiante, lleno de esa claridad
extraordinaria que sólo Grecia posee. Lali se acercó a la ventana y miró las áridas colinas, cada detalle perfilado tan nítida y claramente que parecía que solo tenía que alargar la mano para tocarlas. Al contemplar la cristalina luz del sol, sintió como si pudiera ver el infinito si abría los ojos lo suficiente. Se encontraba a gusto allí, en aquella rocosa isla con sus desnudas colinas y la silenciosa compañía de milenios de historia, con la cálida e incondicional acogida de aquella gente de ojos negros que la aceptaba como si fuese una de los suyos. Y ese día iba a casarse con el hombre que poseía todo aquello.

Aunque la hostilidad de Peter seguía siendo una barrera que se interponía entre
ambos, Lali se sentía más optimista ese día, porque al fin se acabaría la terrible espera. La tradicional ceremonia y los festejos posteriores ablandarían a Peter; tendría que escucharla esa noche, cuando estuvieran solos en el dormitorio de él, y sabría la verdad cuando ella le ofreciera el incomparable regalo de su castidad.

Sonriendo, Lali se retiró de la ventana e inició el agradable ritual de bañarse y arreglarse el cabello.

En los pocos días que llevaba en la isla, se había empapado de las tradiciones del pueblo. Había supuesto que se casarían en la pequeña iglesia blanca de ventanas arqueadas y techo abovedado, con la luz del sol filtrándose por las vidrieras de colores, pero Petra la había sacado de su error. La ceremonia religiosa no solía celebrarse en la iglesia, sino en casa del koumbaros, o padrino del novio, que también se encargaba de ofrecer el banquete de boda. El padrino de Peter era Ángelos Palamás, un hombre corpulento de porte amable y solemne, con el cabello y las cejas blancas sobre unos ojos negros como el carbón. Se había improvisado un pequeño altar en la habitación más espaciosa de la casa del señor Palamás; Peter y Lali se situarían delante del altar con el sacerdote, el padre Ambrose. Ambos llevarían coronas de azahar bendecidas por el cura y unidas por un lazo, símbolo de la bendición y la unión de sus vidas.

Con movimientos cuidadosos y distraídos, Lali se trenzó el cabello y luego se
hizo un moño alto con la gruesa trenza, peinado que simbolizaba la doncellez. La señora Lanzani y Petra llegarían pronto para ayudarla a vestirse, así que fue hasta el armario y descolgó la bolsa blanca con cremallera que contenía su vestido de novia. No había querido verlo antes, movida por el deseo casi infantil de dejar lo mejor para lo último; con manos suaves, depositó la bolsa encima de la cama y abrió la cremallera,
teniendo cuidado de no pillar el delicado tejido.

No obstante, cuando sacó el exquisito y bellísimo vestido, se le cortó la respiración y el corazón se le detuvo en el pecho; lo soltó al instante, como si acabase de tocar una serpiente, y se retiró de la cama con las mejillas empapadas de ardientes lágrimas.

¡Peter se había salido con la suya!

Había anulado sus instrucciones mientras ella iba al vestidor para que le tomaran las medidas; en lugar del vestido blanco con el que Lali había soñado, el modelo que yacía arrugado sobre la cama era de color melocotón claro. Sabía que el modisto no había cometido un error. No, había sido cosa de Peter, y Lali se sentía como si le hubiesen arrancado el corazón del pecho.

Sintió ganas de destrozar el vestido, y lo habría hecho de tener otro adecuado a
mano, pero no tenía ninguno. Tampoco era capaz de recogerlo de la cama; se sentó
junto a la ventana, cegada por las lágrimas, con un nudo en la garganta, y fue así como Petra la encontró.

La rodeó con sus fuertes y cuidadosos brazos y la atrajo contra su vientre,
meciéndola suavemente.

-Ah, siempre sucede lo mismo -dijo Petra con voz profunda-. Llora, cuando debería estar riéndose.

-No -logró decir Lali con voz ahogada, señalando la cama-. Es por el vestido.

-¿El vestido de novia? ¿Está roto? ¿Manchado? -Petra se acercó a la cama y alzó el vestido para examinarlo.

-Se suponía que debía se blanco -susurró Lali, volviendo el menudo y empapado
rostro hacia la ventana.

-¡Ah! -exclamó Petra, y luego salió del cuarto. Regresó al cabo de un momento con la señora Lanzani, quien enseguida se acercó a Lali y le rodeó los hombros
con el brazo, en el gesto más amable que había tenido con ella hasta entonces.

-Sé que estás disgustada, cariño, pero es un vestido precioso y no debes permitir que un error estropee la boda. Estarás bellísima con él...

-Peter ordenó que cambiasen el color -explicó Lali con voz tensa, habiendo
dominado ya el llanto-. Yo insistí en que el vestido fuese blanco... Intenté hacérselo comprender, pero él se negó a escucharme. Me engañó, haciéndome creer que el vestido sería como yo deseaba y después ordenó que cambiasen el color mientras me tomaban las medidas en el vestidor.

La señora Lanzani contuvo la respiración. -¿Insististe en...? ¿Qué estás
diciendo?

Lali se frotó la frente con gesto cansado, comprendiendo que tendría que dar
una explicación.

Quizá fuera mejor que la señora Lanzani conociese toda la verdad del asunto.
Buscó una forma de empezar y, al fin, dijo:

-Quiero que sepa, señora Lanzani... que nada de lo que ha oído decir de mí es
cierto.

La señora Lanzani asintió lentamente, con una expresión de tristeza en sus
ojos azules.

-Creo que ya había empezado a darme cuenta de eso -dijo suavemente-. Una mujer
que ha recorrido tantos caminos y ha tenido tantos amantes como se te han atribuido a ti no puede evitar que su experiencia asome a su semblante, y tu semblante es inocente y no refleja para nada esa experiencia. Había olvidado hasta qué punto las habladurías se propagan como un cáncer, alimentándose de sí mismas, pero tú me lo has recordado y no volveré a olvidarlo nunca más.

Más animada, Lali dijo en tono vacilante:

-Peter me dijo que usted fue amiga de Gaston.

-Sí -confirmó la señora Lanzani-. Conocía a Gaston Esposito desde siempre;
fue muy amigo de mi padre, y toda mi familia lo apreciaba mucho. Debí recordar que Gaston veía las cosas con más claridad que el resto de nosotros. He tenido un horrible concepto de ti en el pasado, cariño, y me avergüenzo profundamente de ello. ¿Podrás perdonarme?

-Claro, claro que sí -exclamó Lali, levantándose de un salto para abrazarla
mientras las lágrimas afluían de nuevo a sus ojos-. Pero deseo contarle por qué me casé con Gaston, cómo fueron las cosas entre nosotros. Al fin y al cabo, tiene derecho a saberlo, porque voy a casarme con su hijo.

-Hazlo si es tu deseo, pero, por favor, no te consideres obligada a darme ninguna explicación -contestó la señora Lanzani-. Si Pitt está contento, yo también.

Lali puso cara triste.

-Pitt no está contento -dijo con amargura-. Él cree que todas esas habladurías son ciertas, y me odia tanto como me desea.

-Imposible -jadeó la mujer mayor-. Pitt no puede ser tan tonto; ¡se ve a lalegua
que no eres una vividora oportunista!

-¡Él piensa que lo soy! Y, en parte, es culpa mía -reconoció Lali abatida-. Al
principio, cuando lo rechacé, dejé que pensara que... que le tenía miedo porque me habían maltratado. Desde entonces, he intentado explicarle la verdad, pero él no quiere escucharme; se niega a hablar de mis «aventuras del pasado» y está furioso porque me resisto a acostarme con él -hizo una pausa, horrorizada por lo que acababa de decirle a la propia madre de Peter, pero la señora Lanzani se echó a reír después de mirarla con sorpresa.

-Sí, imagino que eso lo habrá puesto furiosísimo; tiene el mismo temperamento de
su padre -emitió otra risita-. Así que debes convencer a mi ciego y terco hijo de que tu supuesta experiencia es completamente ficticia. ¿Tienes idea de cómo vas a conseguirlo?

-Peter lo sabrá -contestó Lali quedamente-. Esta noche. Cuando comprenda
que tenía todo el derecho del mundo a casarme de blanco.

La señora Lanzani dejó escapar un jadeo ahogado al reparar por fin en la
importancia del vestido.

-¡Cariño! Pero Gaston... No, claro que no. Gaston no era un hombre capaz de
casarse con una jovencita por la mera satisfacción física. ¡Sí, creo que deberías contarme cómo fue vuestro matrimonio!

Con calma, Lali le explicó cómo Gaston había deseado protegerla cuando ella
era joven y estaba sola; le habló también de las maliciosas habladurías que había tenido que soportar. No omitió ningún detalle, ni siquiera el modo en que Peter le había propuesto matrimonio, y la señora Lanzani quedó profundamente afligida cuando Lali terminó.

-A veces -dijo lentamente-, me dan ganas de romperle un jarrón en la cabeza,
aunque sea mi hijo -miró el vestido de novia-. ¿No tienes ningún otro vestido que ponerte? ¿Nada blanco?

Lali negó con la cabeza.

-No, nada. Tendré que llevar ese.

Petra fue a buscar un poco de hielo, que envolvió en toallitas para hacer compresas para los ojos de Lali; al cabo de una hora, todo vestigio de sus lágrimas había desaparecido, aunque su semblante seguía mostrando una palidez poco natural. Lali se movía lentamente, como si hubiese perdido toda vitalidad. La señora Lanzani y Petra la ayudaron cuidadosamente a ponerse el vestido de color melocotón y el velo que lo acompañaba, y después salieron con ella de la habitación.

Peter no estaba allí; ya se había ido a casa del padrino, pero la casa estaba llena de parientes, tíos, tías y primos que charlaban, sonreían y daban palmaditas a Lali conforme pasaba junto a ellos. Comprendió con un sobresalto que ninguno de sus amigos estaba presente. Claro que solo tenía dos amigos: Nicolas y Candela. Eso hizo que se sintiera aún más sola, embargada por una sensación de frío tan intensa que creyó que jamás volvería a entrar en calor.

Andros debía acompañarla por el sendero que conducía hasta el pueblecito. Estaba
esperándola, alto, moreno y vestido con esmoquin; por un momento, a Lali se le
antojó tan parecido a Peter que emitió un jadeo de sorpresa. Andros le sonrió,
ofreciéndole el brazo; se había vuelto cada vez más afectuoso con ella en los días anteriores, y se mostró francamente preocupado al ver cómo Lali temblaba y al notar lo frías que tenía las manos.

Las parientes de Peter salieron rápidamente de la casa para formar un pasillo
desde la cima de la colina hasta el pueblo, situados a ambos lados del sendero.

Mientras Andros y ella pasaban, comenzaron a arrojar flores de azahar delante de
Lali; las mujeres del pueblo vestidas con el atuendo tradicional, lanzaban
fragantes flores de color blanco y rosa. Empezaron a cantar a medida que Lali
pasaba por encima de las flores y recorría el sendero para reunirse con su futuro esposo; aún se sentía helada por dentro.

En la puerta de la casa del señor Palamás-, Andros dejó a Lali en compañía del
padrino de Peter, quien la condujo hasta el altar, donde los aguardaban Peter y el padre Ambrose. Toda la habitación estaba iluminada con velas, y el olor dulce del incienso hizo que Lali se sintiera como si se encontrase en un sueño.

El padre Ambrose bendijo las coronas de azahar, que fueron colocadas en la
cabeza de los novios mientras permanecían arrodillados; a partir de ese momento,
todo fue difuso para Lali. Le habían indicado lo que debía decir y respondió
correctamente a las preguntas del cura; cuando Peter hizo su promesa, su voz
profunda y grave reverberó en la cabeza de Lali, que se giró para mirarlo con
tímida furia. Entonces todo terminó. El padre Ambrose los tomó de la mano y dieron tres vueltas alrededor del altar, mientras el pequeño Kostís, uno de los innumerables primos de Peter, caminaba delante de ellos agitando un incensario, de modo que avanzaban a través de nubes de incienso.

Casi de inmediato, el júbilo de la celebración estalló en la abarrotada estancia; todos se besaban y reían, mientras empezaban a gritar: «¡La copa! ¡La copa!».

Los recién casados fueron empujados entre risas hasta la chimenea, donde había
una copa de vino puesta boca abajo. Lali recordaba lo que debía hacer, pero sus
reacciones se veían entorpecidas por su tristeza, y Peter se adelantó a ella con
facilidad, machacando con los pies la copa mientras los aldeanos vitoreaban y
exclamaban que el señor Lanzani sería el dueño y señor de su casa. Como si
hubiese podido ser de otro modo, se dijo Lali aturdida mientras se alejaba del
diabólico brillo que emitían los ojos verdes de Peter.

Pero él la sujetó y volvió a atraerla hacia sí. Las manos de Peter se cerraron con fuerza sobre sus caderas y los ojos centellearon mientras la obligaba a alzar la cabeza.

-Ahora eres legalmente mía -musitó mientras se inclinaba para apresar sus labios.

Ella no se resistió, aunque Peter notó que no respondía como de costumbre a su
beso. Alzó la cabeza y arrugó la frente al ver las lágrimas que había en sus pestañas.

-¿Lali? -dijo inquisitivamente al tiempo que le tomaba la mano. Su ceño se
arrugó aún más al notar que la tenía helada, pese a que hacía un día caluroso y soleado.

Más tarde, Lali se sorprendería de su propio aguante, pero, de alguna manera,
logró llegar hasta el final de aquel día de bailes y festejos. Contó con la ayuda de la señora Cónstantinos, Petra y Sophia, que dejaron claro en todo momento que la nueva señora estaba demasiado débil a causa de los nervios y no podía bailar. Peter se unió a la fiesta con un entusiasmo que sorprendió a Lali, hasta que recordó que era griego hasta la médula. De vez en cuando, en medio de todos los bailes y las risas, y a pesar de los vasos de ouzo que estaba bebiendo, Peter regresaba junto a su nueva esposa para tratar de estimular su apetito con alguna especialidad de la cocina griega.

Lali trató de responder, de reaccionar con normalidad, pero lo cierto era que se
sentía incapaz de mirar a su marido. Por mucho que discutiera consigo misma, no podía negar el hecho de que era una mujer, y de que su corazón de mujer podía resultar herido con facilidad. Peter había destruido su alegría en el día de su boda con el vestido de color melocotón, y Lali no creía que pudiera perdonárselo jamás.

Era ya tarde; las estrellas brillaban en el cielo y la única luz que había en la casa era la de las velas cuando Peter se acercó a Lali y la tomó en brazos con
delicadeza. Nadie dijo nada; no se hizo ningún chiste mientras aquel hombre de
espaldas anchas salía de la casa de su padrino y llevaba a su mujer colina arriba, a su propia casa. Cuando se hubo perdido de vista, la fiesta empezó de nuevo, pues aquella no era una boda cualquiera; no, el señor por fin se había casado y ya podían comenzar a esperar el nacimiento de un heredero.

Mientras Peter la llevaba por el sendero, aparentemente sin esfuerzo, Lali
intentó poner en orden sus confusas ideas y dejar a un lado su infelicidad, pero la fría tristeza seguía oprimiéndole el pecho como una dura tenaza. Se aferró a Peter, le rodeó el cuello con los brazos y deseó que hubiese kilómetros y más kilómetros de camino hasta la finca; quizá entonces habría recuperado el dominio de sí misma cuando llegasen. El fresco aire nocturno le acariciaba el rostro y podía oír el rítmico fragor de las olas que rompían contra las rocas.

Al llegar a la casa, Peter rodeó la terraza hasta llegar a la puerta corredera de su dormitorio. Abrió silenciosamente la puerta, entró en el cuarto y dejó a Lali de pie en el suelo con suma delicadeza.

-Pedí que trajeran aquí tu ropa -le dijo suavemente, besándole el cabello a la altura de la sien-. Sé que estás asustada, cariño; te has comportado de forma extraña durante todo el día. Pero relájate; me prepararé una copa mientras tú te pones el camisón. No es que vayas a necesitarlo, pero sí necesitas algo de tiempo para calmarte -añadió, sonriendo burlón, y Lali se preguntó de repente cuántos vasos de ouzo habría tomado.

Peter salió y ella paseó la mirada por la habitación, furiosa. No podía hacerlo; no podía compartir aquella enorme cama con Peter sintiéndose como se sentía. Deseaba gritar, llorar y sacarle los ojos con las uñas; en un súbito acceso de llanto y de pura rabia, se quitó violentamente el vestido de novia y buscó unas tijeras para•hacerlo trizas. No había tijeras en el cuarta; de modo que tiró de las costuras del vestido hasta desgarrarlo por completo; luego lo arrojó al suelo y le dio una patada.

Respiró honda y trémulamente mientras se enjugaba las furiosas lágrimas de las
mejillas. Había sido un gesto infantil, lo sabía perfectamente, pero ahora se sentía mejor. ¡Odiaba aquel vestido y odiaba a su marido por haber estropeado el día de su boda!

Peter no tardaría en regresar, y Lali no quería enfrentarse a él en ropa
interior, aunque tampoco tenía intención de ponerse un seductor camisón para
complacerlo. Abrió la puerta del armario y sacó unos pantalones de sport y un suéter. Tuvo que darse prisa para ponerse el suéter mientras se abría la puerta.

Se hizo un denso silencio cuando Peter la vio allí de pie, con un pantalón en las manos, mirándolo con una visible expresión de furia y miedo en sus grandes ojos marrones. Los ojos verdes de él se desviaron hacia el vestido que yacía en el suelo, hecho jirones, y luego volvieron a clavarse en Lali.

-Cálmate -dijo suavemente, casi susurrando-. No voy a hacerte ningún daño, cariño. Te lo prometo, de veras...

-¡Puedes guardarte tus promesas! -gritó ella con voz áspera; dejó caer el pantalón en el suelo y se llevó las manos a las mejillas mientras empezaban a brotar lágrimas de sus ojos-. Te odio, ¿me oyes? ¡Has... has estropeado el día de mi boda! ¡Quena casarme de blanco, Peter, y me has obligado a llevar ese horrible color melocotón! ¡Jamás te lo perdonaré! Esta mañana era muy feliz y, de pronto, abro la bolsa y veo ese feo vestido de color melocotón, y... Yo... yo... Ah, maldito seas, ya he llorado bastante por tu culpa; no permitiré que vuelvas a hacerme llorar nunca más, ¿me oyes? ¡Te odio!

Él cruzó rápidamente la habitación y le colocó las manos encima de los hombros, sin hacerle daño pero sujetándola con firmeza.

-¿Tan importante era para ti? -murmuró-. ¿Por eso no me has mirado en todo el
día? ¿Por un estúpido vestido?

-No lo comprendes -insistió Lali a través de las lágrimas-. Quería un vestido
blanco; quería conservarlo y regalárselo a nuestra hija para su boda... -se le quebró la voz y empezó a sollozar, intentando volver la cabeza para no mirar a Peter.

Él musitó una maldición, la atrajo hacia sí y la estrechó fuertemente entre sus
brazos, descansando la cabeza en el cabello rojizo de Lali.

-Lo siento -murmuró contra su pelo-. No me había dado cuenta de cuánto
significaba para ti. No llores, cariño. Por favor, no llores.

Aquella inesperada disculpa sobresaltó a Lali e interrumpió su llanto;
conteniendo la respiración, levantó los ojos empapados de lágrimas para mirarlo. Por un momento, las miradas de ambos permanecieron entrelazadas; después, los ojos de Peter descendieron hasta los labios de ella. Al cabo de un instante la estaba besando, apretándola contra su poderoso cuerpo como si quisiera fundirla con su propio ser, devorarla con una boca más ávida y hambrienta que nunca. Ella notó el sabor del ouzo que Peter había bebido y se sintió como embriagada, hasta el punto de que tuvo que agarrarse a él para seguir de pie.

Peter la tomó en brazos con impaciencia y la llevó hasta la cama; por un momento, Lali se tensó, alarmada, al acordarse de que todavía no le había dicho la verdad.

-¡Peter..., espera! -gritó entrecortadamente.

-Ya he esperado bastante -repuso él con voz espesa, depositándole una lluvia de
besos en la cara, en el cuello-. He esperado tanto que creí que iba a volverme loco. No me rechaces esta noche, cariño... Esta noche, no.

Antes de que Lali pudiera decir nada más, su boca quedó silenciada por la de
Peter. En la dulce embriaguez que la recorrió al sentir la caricia de sus labios, olvidó momentáneamente su miedo, y entonces ya fue demasiado tarde. Él era incapaz de escucharla, de atender a cualquier súplica, impulsado tan solo por la fuerza de su pasión.

Aun así, Lali trató de captar su atención.

-¡No, espera! -exclamó, pero él hizo caso omiso mientras le sacaba el suéter por la cabeza, sofocándola brevemente con los pliegues de la prenda antes de quitársela del todo y arrojarla al suelo.

Los ojos de Peter emitían un brillo febril mientras la despojaba de la ropa
interior; las súplicas de paciencia de Lali quedaron atascadas en su garganta
cuando él se quitó la bata y la cubrió con su poderoso cuerpo. El pánico la embargó y Lali trató de dominarlo, obligándose a pensar en otras cosas hasta recuperar un mínimo de autocontrol, pero fue inútil. Un débil sollozo escapó de su garganta mientras Peter la arrastraba al pozo sin fondo de su deseo, y se aferró ciegamente a él, como si fuera la única torre que permanecía erguida en un mundo que se convulsionaba frenéticamente.

Hola!! Nuevo dia...nuevo capitulo jajaja
El final es un poco fuerte pero las cosas se iran arreglado de a poquito...
Lau!! por fin volviste!! te extrañe mucho...me alegro mucho de que te guste la nove.
Nochebuena y Navidad la pase mas o menos por cositas que tu tambien sabes amiga....
Espero que todo este bien por alli.
Una cosita...si quieres la adaptacion de La cortesana tendras que mandarme la direccion de correo por MP y yo te la mando.
Vero!! sabes que te adoro y que hay veces que no se lo que haria sin ti. GRACIAS por todo!!! y ya veras como Peter no es taaaaan malo como parece... TE QUIERO.
Un beso a todas mis lectoras fantasma que no dejan comentarios pero se que leen...
puede que a la tarde traiga otro capitulo.
GRACIAS. Ione
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Vie Dic 30, 2011 12:28 pm

Amiga eso espero, por que cuando se de cuenta de la verdad......no se como va ha hacer ella para perdonarlo (aunque supongo que lo hará)

Pero Lali no se merecía que le cambiara el vestido, me ha dado tanta tristeza.....

Nenaaa te quierooo
y espero el próximo!!

Un besazo amoreee!!

Has sido malita pero no tanto jajaj!!
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MensajeTema: Re: Poder de seducción   Vie Dic 30, 2011 7:24 pm

Diez



Lali permanecía acostada en la oscuridad, escuchando la tranquila respiración
de Peter mientras dormía, y se encogió cuando él se movió en su sueño y le cubrió un seno con la mano. Lentamente, temerosa de despertarlo, se retiró muy despacio de su mano y se levantó de la cama. No podía seguir allí, echada al lado de Peter, cuando todos los nervios de su cuerpo gritaban llenos de tensión. Iría a dar un paseo, trataría de calmarse y de aclarar sus confusas emociones.

En silencio, se puso el pantalón y el suéter y atravesó la puerta corredera para
salir a la terraza. Sus pies descalzos no hacían ningún ruido mientras caminaba
despacio por la terraza, contemplando el débil brillo de las olas que se estrellaban contra las rocas. La playa la atraía. Podría ir hasta allí sin correr el riesgo de despertar a nadie. Dudaba que hubiese alguien levantado. Debía de estar a punto de amanecer; o tal vez no, pero tenía la sensación haber estado horas metida en aquel dormitorio con Peter.

El abatimiento pesaba sobre sus hombros como una roca. Qué estúpida, qué tonta
había sido al pensar que podría controlar a Peter aunque fuese por un momento. Tal vez habría podido si él la hubiese amado, pero la cruda verdad era que Peter no sentía por ella nada salvo lujuria, y ahora Lali tendría que vivir con esa certeza.

Caminó despacio por el borde del acantilado, buscando el angosto y pedregoso
camino que descendía hasta la playa. Cuando lo hubo encontrado, empezó a bajar con cuidado, consciente de las traicioneras piedras sueltas que había en el sendero. Al llegar a la playa, descubrió que solo quedaba una estrecha franja de arena a causa de la marea y que las olas le azotaban los tobillos mientras caminaba. La marea debía de estar subiendo, se dijo distraídamente; tendría que estar atenta y subir antes de que el mar se tragara por completo la playa.

Por un momento, había conseguido desterrar sus pensamientos sobre Peter, pero
dichos pensamientos volvieron, y se precipitaron sobre su cansada mente como aves de presa. Lali había apostado su felicidad en su lucha con Peter, y había perdido. Había entregado su inocencia a un hombre que no la amaba; todo para nada. ¡Para nada! Durante las oscuras y salvajes horas de aquella noche, Lali había comprendido que no había ganado nada, y que él lo había ganado todo. Peter tan solo había deseado el alivio que podía proporcionarle su cuerpo, no su virginidad ni su amor. Se sentía utilizada, degradada, y lo más amargo era saber que tendría que soportar aquella
situación hasta el final. Él jamás la dejaría marchar. Lali había aprendido, muy a su pesar, que la misericordia no formaba pare del carácter de Peter.

La tristeza casi la ahogaba. No había sido en absoluto como ella había esperado.
Quizá si él hubiese sido tierno, amable y cariñoso, no se sentiría tan angustiada y destrozada. Tal vez, si no hubiese estado tan frustrado, si no hubiese bebido tanto ouzo, Peter habría sido más paciente, habría sabido cómo disipar su miedo. ¡Si...! Lali trató de excusarlo, diciéndose que sólo ella tenía la culpa, que tendría que haberlo obligado a escucharla mucho antes.

Una repentina ola se estrelló contra sus rodillas, y Lali, sobresaltada, miró a su alrededor. La marea seguía subiendo, y el camino estaba en la otra punta de la playa. Decidiendo que caminar por las rocas sería más fácil que avanzar contra la fuerza del agua, se subió a las dentadas piedras que bordeaban la playa y se puso en marcha.
Tenía que medir cada paso, pues la luz de la luna era traicionera y hacía que calculara mal las distancias. Se torció los tobillos varias veces, pese a que avanzaba con todo el cuidado del mundo, pero siguió adelante; finalmente, alzó la mirada y vio que el camino estaba a pocos metros.

Aliviada, se enderezó y puso el pie sobre una roca lisa; pero la roca estaba suelta y cedió, rodando y precipitándose hasta el agua. Por un momento, Lali se tambaleó. Intentó recuperar el equilibrio, pero cayó de lado al deslizarse otra piedra bajo sus pies. Se golpeó la cabeza contra una roca y sintió en el estómago una instantánea sensación de náuseas; sólo el instinto la impulsó a aferrarse a las rocas para tratar de interrumpir la caída, pero las rocas se desprendieron y la hicieran caer, golpeándola mientras rodaban por la pendiente y arrastrando consigo otras rocas. Lali había provocado una pequeña avalancha que se precipitó sobre ella.

Cuando hubo cesado la lluvia de piedras, levantó la cabeza y resolló dolorida, sin saber con seguridad qué había ocurrido. La cabeza le palpitaba de forma alarmante; alzó la mano y palpó el chichón que empezaba a formársele rápidamente debajo del cabello. Por lo menos, no sangraba ni se había caído al agua. Permaneció sentada un momento, tratando de centrar su visión y de combatir las náuseas. Pero estas prevalecieron, y Lali vomitó sin poder evitarlo, aunque después no se sintió mejor. Comprendió que el golpe que se había dado en la cabeza había sido más fuerte de lo que había pensado; una rápida exploración con los dedos le indicó que la hinchazón comenzaba a extenderse por todo un lado de la cabeza.

Lali empezó a temblar sin control.

Quedándose allí sentada no conseguiría nada; tenía que llegar hasta la casa y
despertar a alguien para que avisara a un médico. Intentó incorporarse y gimió al sentir una punzada de dolor en la cabeza. Sus piernas parecían pesos muertos; se negaban a moverse. Lali lo intentó otra vez, y sólo cuando otra roca se desprendió de su lugar, debido a sus forcejeos, vio las piedras que se habían amontonado sobre sus piernas.

Con razón no podía levantarse, se dijo aturdida mientras empujaba las piedras.
Logró retirar algunas, pese al mareo que la tentaba a recostar la cabeza y descansar. Las piedras cayeron al mar, que se agitaba unos pocos metros más abajo.

Pero otras rocas pesaban demasiado; tenía atrapada la parte inferior de las
piernas. Había convertido su paseo nocturno en una pesadilla, como había hecho con su matrimonio. ¡Parecía incapaz de hacer nada a derechas! Se echó a reír con impotencia, pero la cabeza le dolía y tuvo que parar.

Intentó gritar, a sabiendas de que nadie oiría sus gritos por encima del fragor de la marea, sobre todo cuando se hallaba tan lejos de la casa, y la cabeza le dolió incluso más que cuando se echó a reír. Guardó silencio y echó la cabeza hacia atrás para ver las dos lunas que se agitaban frenéticamente en el cielo. Dos lunas. Lo veía todo doble.

Una ola le azotó el rostro y aclaró sus sentidos por un momento. La marea
continuaba subiendo. ¿Hasta dónde subía en aquella parte de la isla? Lali no
recordaba haberse fijado. ¿Habría subido ya del todo? ¿Retrocedería pronto?
Sonriendo cansada, dobló el brazo y recostó en él la cabeza.

Al cabo de un largo rato, la despertó la voz de alguien que gritaba su nombre.
Extrañamente, no podía levantar la cabeza, pero abrió los ojos y miró a través de la mortecina luz del amanecer, tratando de ver quién la llamaba. Tenía frío, mucho frío, y sentía dolor al abrir los ojos. El grito volvió a oírse, y esta vez la voz parecía ahogada.
Quizá se trataba de alguien herido que necesitaba auxilio. Haciendo acopio de sus fuerzas, Lali intentó incorporarse, y el dolor que estalló en su cabeza la sumió en un túnel de oscuridad.

Las pesadillas la atormentaban. Un demonio de ojos verdes se inclinaba una y otra vez sobre ella, haciéndole daño, y ella gritaba e intentaba apartarlo de sí, pero el demonio volvía cuando menos lo esperaba. Necesitaba a Peter, él impediría que el demonio le hiciese daño, pero entonces se acordó de que Peter no la amaba y comprendió que tendría que luchar sola. Sentía dolor en la cabeza y en las piernas, un dolor que la laceraba como un cuchillo cuando trataba de alejar al demonio. A veces, Lali gritaba débilmente para sus adentros, preguntándose cuándo se acabaría aquello y si acudiría alguien a ayudarla.

Poco a poco fue dándose cuenta de que estaba en un hospital. Reconocía los olores, los sonidos, los almidonados uniformes blancos que se paseaban de un lado para otro.

¿Qué había ocurrido?

Ah, sí, había sufrido una caída en las rocas.

No obstante, incluso después de saber dónde se encontraba, seguía gritando de
miedo cada vez que aquel corpulento hombre de ojos verdes se inclinaba sobre ella. En parte, sabía que no era un demonio; debía de ser un médico, pero había algo en él..., algo que le recordaba a alguien...

Entonces, al fin, abrió los ojos y su visión se despejó. Permaneció muy quieta en la alta cama del hospital, haciendo una evaluación mental de sí misma para comprobar qué partes de su cuerpo funcionaban y cuáles no. Notó que los brazos y las piernas la obedecían, aunque tenía una aguja sujeta con esparadrapo en la parte interior del brazo izquierdo y había un fino tubito de plástico que conectaba la aguja con una botella que colgaba boca abajo sobre su cabeza. Lali observó ceñuda el aparato hasta que su mente se aclaró y comprendió lo que era. Las piernas también le respondían, aunque le dolían al moverlas y sentía rigidez en todos los músculos.

La cabeza. Se había dado un golpe en la cabeza. Lali alzó lentamente la mano y
se palpó el lado de la cabeza. Aún lo tenía hinchado y dolorido, pero no le habían afeitado la zona, lo que significaba que la herida no había sido tan grave como para requerir una intervención quirúrgica. Había tenido muchísima suerte de no ahogarse.

Giró la cabeza y de inmediato descubrió que no había sido un movimiento
inteligente; cerró los ojos contra el penetrante dolor y, cuando éste hubo remitido hasta resultar soportable, volvió a levantar los párpados, pero mantuvo quieta la cabeza. Paseó la mirada por la habitación del hospital cuidadosamente, moviendo solo los ojos. Era una habitación agradable, con cortinas en las ventanas, por las que penetraba la dorada y cristalina luz del sol. En el cuarto había varias sillas de aspecto confortable, una situada al lado de la cama y las demás dispuestas a lo largo de la pared del fondo. En un rincón había una bonita estatuilla de la Virgen María, de color azul y dorado; incluso desde el otro extremo de la habitación, Lali alcanzó a ver la amable y amorosa paciencia que irradiaba su rostro. Suspiró suavemente, confortada por la pequeña y delicada Virgen.

Una suave fragancia llenaba la habitación, perceptible incluso por encima de los
olores a medicina y desinfectante propios de un hospital. Había enormes jarrones con flores repartidos por toda la habitación; no eran rosas, como ella habría esperado, sino azucenas. Lali sonrió mientras las contemplaba. Le gustaban las azucenas; eran unas flores tan altas y elegantes...

La puerta se abrió con un movimiento lento, casi titubeante, y por el rabillo del ojo Lali vio el cabello blanco de la señora Lanzani. No cometió la imprudencia de mover la cabeza, pero dijo:

-Maman -y la sorprendió la debilidad de su propia voz.

-Lali, cariño, ya estás consciente -dijo la señora Lanzani llena de alegría
mientras entraba en la habitación y cerraba la puerta-. Debo decírselo al médico, lo sé, pero antes quisiera darte un beso, si puedo. Estábamos todos muertos de preocupación.

-Me caí en las rocas -dijo Lali a modo de explicación.

-Sí, lo sabemos -respondió la señora Lanzani, posando sus suaves labios en la
mejilla de Lali-. Fue hace tres días. Aparte de la conmoción, sufriste una
inflamación en los pulmones a causa de la mojadura. Pitt está desesperado; no hemos conseguido que se vaya del hospital ni siquiera para dormir.

Peter. Lali no quería pensar en Peter. Expulsó de su cansada mente todo
pensamiento relacionado con él.

-Estoy tan cansada... -murmuró bajando de nuevo los párpados.

-Sí, es lógico -dijo la señora Lanzani suavemente mientras le daba una
palmadita en la mano-. Debo decirles a las enfermeras que estás despierta; el médico querrá verte.

Salió de la habitación y Lali se quedó adormilada; al cabo de un tiempo
indeterminado la despertaron unos dedos fríos que se cerraron en torno a su muñeca. Abrió los ojos y observó somnolienta al médico moreno que le tomaba el pulso.

-Hola -lo saludó cuando le hubo soltado la muñeca.

-Hola -respondió él en un perfecto inglés, sonriendo-. Soy su médico, Alexander
Theotokas. Relájese y déjeme ver sus ojos un momento, ¿mmm?

Iluminó los ojos de Lali con una pequeña linterna en forma de lápiz y pareció
satisfecho con lo que vio. Después de auscultarla cuidadosamente, soltó la libreta y le
sonrió.

-De modo que al fin ha decidido despertarse. Sufrió una conmoción cerebral muy
severa, pero como se hallaba en estado de shock, decidimos posponer la operación
hasta que se hubiese estabilizado. Y va usted y nos sorprende recuperándose por sí sola -bromeó el médico.

-Me alegro -dijo Lali, logrando esbozar una débil sonrisa-. No me gusto nada
calva.

-Sí, habría sido una lástima -contestó él acariciando uno de los espesos mechones
rojizos-. ¡Aunque con el pelo corto también debe de estar bellísima! Su mejoría es constante. Sus pulmones casi se han recuperado y la hinchazón de sus tobillos
prácticamente ha desaparecido. No se rompió ningún hueso, pero se lastimó mucho las piernas y se torció los dos tobillos.

-Es un milagro que no me ahogase -le dijo Lali-. La marea estaba subiendo.

-Estaba calada hasta los huesos, sí. El agua debió de llegarle hasta las piernas, por lo menos -informó el doctor-. Pero ha experimentado una extraordinaria mejoría; creo que podrá irse a casa dentro de unos ocho o diez días.

-¿Tanto? -preguntó Lali con voz somnolienta.

-Debe esperar a que su cabeza esté mejor -dijo el médico, insistiendo con
amabilidad-. Bueno, ahí fuera tiene una visita que está desgastando el suelo
de ir y venir por el pasillo. Está noche encenderé una vela para agradecer que haya recuperado tan pronto el conocimiento. Pitt ha estado como loco, y ya no sabía qué hacer para controlarlo. Quizá cuando haya hablado con usted acceda a dormir un poco y a tomar una comida decente.

-¿Peter? -inquirió ella, arrugando la frente con preocupación. No se sentía con
fuerzas para ver a Peter en esos momentos; estaba muy confusa. Las cosas habían
ido tan mal entre ellos...

-¡No! -resolló, alargando la mano para agarrar con desesperación la manga del
médico-. Todavía no... No puedo verlo aún. Dígale que he vuelto a dormirme...

-Cálmese, cálmese -murmuró el doctor Theotokas, observándola con detenimiento-.
Si no desea verlo, nadie la obligará a ello. Pero Pitt estaba tan angustiado, que pensé que tal vez usted podría convencerlo para que, al menos, se vaya a un hotel y disfrute de una noche de sueño. Lleva aquí tres días, y prácticamente se le cierran los ojos.

La señora Lanzani había dicho lo mismo, así que debía ser cierto. Respirando
hondo, Lali aplacó sus alterados nervios y emitió un murmullo de asentimiento.

El médico y su séquito de enfermeras se marcharon de la habitación, y la puerta
volvió a abrirse de inmediato mientras Peter pasaba junto a la última enfermera.
Después de echarle un sorprendido vistazo, Lali retiró la mirada. Necesitaba un
afeitado y tenía los ojos hundidos y enrojecidos por el cansancio. Estaba pálido y su expresión era tensa.

-Lali -dijo con voz ronca.

Ella tragó saliva. Después de aquella rápida mirada, supo que el demonio que la
había atormentado en sus sueños era Peter; aquel demonio tenía las mismas
facciones oscuras y poderosas. Recordó cómo Peter se había echado sobre ella
aquella noche, la noche de bodas, y se estremeció.

-Tienes... tienes un aspecto horrible -logró susurrar-. Necesitas dormir. Maman y el médico dicen que no has dormido...

-Mírame -dijo él; su voz sonaba como si tuviera que esforzarse para hacerla brotar de su garganta.

Ella no podía. No quería verlo; su rostro era el rostro del demonio de sus sueños, y Lali aún se encontraba a medio camino entre la realidad y aquel mundo de pesadilla.

-¡Por Dios, Lali, mírame!

-No puedo -respondió ella con voz ahogada-. Vete, Peter; duerme un poco. Me
pondré bien. Es sólo que no puedo... no puedo hablar contigo todavía.

Podía sentirlo allí, a su lado, deseando que lo mirase, pero cerró los ojos de nuevo al sentir el ardor de las lágrimas y, con una exclamación contenida, él salió de la habitación.

Pasaron dos días hasta que volvió a visitarla, y Lali agradeció el respiro. La
señora Lanzani había explicado cuidadosamente que Peter estaba durmiendo, y
Lali la creyó. Había podido comprobar lo exhausto que se encontraba. Según su
madre, durmió treinta y seis horas seguidas; cuando la señora Lanzani le
comunicó con voz satisfecha que su hijo había despertado por fin, Lali empezó a
prepararse. Sabía que volvería y que esa vez no podría rehuirlo. Peter había cedido la vez anterior porque se encontraba cansado y aturdido. Lali no contaría ya con esa ventaja. Pero ahora, al menos, podía pensar con claridad, aunque seguía sin tener idea de lo que iba a hacer. Sólo sabía cuáles eran sus emociones; sólo sabía que le guardaba rencor por haber estropeado el día de su boda. También estaba enfadada, con él y consigo misma, por el fiasco de su noche de bodas. En su interior bullían la ira, la humillación, el resentimiento y el orgullo herido, y Lali no sabía si podría llegar a perdonar a Peter.

Se había recuperado hasta el punto de que le permitían levantarse de la cama,
aunque solo era capaz de desplazarse hasta la silla más cercana. La cabeza aún le dolía cuando hacía movimientos bruscos y, en cualquier caso, el dolor de los tobillos no le permitía andar mucho. Encontró la silla maravillosamente cómoda después de haber pasado tanto tiempo tumbada, y convenció a las enfermeras para que la dejaran sentarse en ella hasta que la venciera el cansancio; aún estaba en la silla cuando Peter llegó.

El sol de la tarde entraba por las ventanas, iluminando su rostro, sus marcados
pómulos, su expresión adusta. Miró a Lali silenciosamente durante unos momentos
y ella sostuvo su mirada también en silencio, sin saber qué decir. Peter se dio media vuelta y colgó el letrero de NO MOLESTAR en la puerta. Al menos, Lali supuso que era eso lo que ponía en el letrero, dado que no entendía el griego.

Peter cerró la puerta tras de sí, luego rodeó la cama y se situó delante de la
silla, mirando a Lali.

-Esta vez no permitiré que huyas de mí -dijo en tono grave.

-No -convino ella, mirándose los dedos entrelazados. .

-Tenemos mucho de que hablar.

-No veo la razón -repuso ella tajantemente-. No hay nada que decir. Lo que pasó,
pasó. Hablar de ello no servirá para cambiar las cosas.

Los pómulos de Peter se tensaron; de pronto, se acuclilló delante de Lali para
ella pudiese mirarlo a la cara. Sus perfectos labios formaban una fina línea y sus ojos verdes la miraban con abrasadora intensidad. Ella casi se estremeció. En aquellos ojos la furia pugnaba con el deseo, y Lali temía ambas cosas. Pero se dominó a sí misma y sostuvo su mirada.

-Quiero que me expliques lo de tu matrimonio -exigió él en tono cortante-. Quiero saber cómo es posible que fueras virgen cuando te casaste conmigo. ¡Y, maldita sea, Lali, quiero saber por qué diablos no me lo dijiste!

-Lo intenté -contestó ella en el mismo tono-. Aunque no sé por qué, no tengo
necesidad de explicarte nada siguió, negándose a ceder a su ira. Ya había soportado bastantes insultos de Peter; no soportaría ninguno más.

Una vena palpitaba peligrosamente en la sien de él.

-Tengo que saberlo -musitó en tono bajo, su voz cada vez más tensa-. Dios santo,
Lali... ¡Por favor!

Ella tembló al oírle decir esas palabras, al oír a Peter Lanzani pedirle algo
por favor a alguien; también él sufría una enorme tensión, se notaba por la rigidez de sus hombros, por las inflexibles líneas de su boca y su mandíbula.

Lali dejó escapar un trémulo suspiro.

-Me casé con Gaston porque lo quería -musitó al fin, manoseando
inconscientemente la bata que llevaba puesta-. Y sigo queriéndolo. Era el hombre más bueno que he conocido nunca. ¡Y me quería! -afirmó con una nota de ferocidad, alzando la cabeza de enmarañados cabellos rojizos para mirar a Peter con rabia-. Por mucha basura que tú y los de tu calaña queráis arrojarme, jamás podréis cambiar el hecho de que nos queríamos. Tal vez... tal vez fuese una clase distinta de amor, porque no nos acostábamos juntos ni intentamos nunca tener relaciones sexuales, pero habría dado mi vida por Gaston, y él lo sabía.

Peter alzó la mano y, aunque ella se encogió en la silla, la acercó hasta su cuello. Le acarició la suave piel y deslizó los dedos hasta su hombro, para luego cerrarlos sobre uno de los senos que se tensaban contra la bata. Pese al hormigueo de alarma que le recorrió la piel, Lali no se opuso a sus caricias, porque había aprendido que Peter podía ser peligroso cuando se contrariaba su voluntad. En lugar de eso, observó el puro deseo que asomaba a sus ojos.

Peter levantó la mirada para observar la expresión de ella, mientras seguía
estimulando y excitando el pezón con el pulgar.

-¿Y esto, Lali? -preguntó con voz ronca-. ¿Alguna vez te hizo él esto? ¿Era
incapaz? ¿Trató de hacerte el amor y no lo consiguió?

-¡No! ¡En absoluto! -la voz de Lali temblaba sin control; respiró hondo, luchando por mantener la compostura, pero era difícil aparentar calma cuando la simple caricia de Peter en sus senos hacía que la piel le ardiera-. Nunca lo intentó. Una vez me dijo que el amor era mucho más dulce cuando no lo empañaban necesidades básicas como el sexo.

-Era viejo -musitó Peter, perdiendo repentinamente la paciencia con la bata y la
abrió de un tirón para dejar al descubierto el camisón de seda que había debajo.
Introdujo la mano por el escote para agarrar y acariciar las desnudas curvas debajo de la seda, haciendo que Lali se estremeciera con una mezcla de excitación y de rechazo-. Demasiado viejo -prosiguió él, contemplando sus pechos-. Había olvidado el fuego que puede consumir la cordura de un hombre. Mira mi mano, Lali. Mira mi mano sobre tu cuerpo. Me volvía loco de furia al imaginar la mano arrugada manchada de un viejo tocándote así. Y era aún peor imaginarte con otros hombres.

Lali bajó la mirada involuntariamente, y la recorrió un intenso estremecimiento
al ver el contraste de esos dedos fuertes y morenos sobre su piel rosada.

-No hables así de Gaston -protestó trémulamente-. ¡Yo lo quería! Y tú también
serás viejo algún día, Peter.

-Sí, pero seguirá siendo mi mano la que te toque -Peter levantó la mirada de
nuevo-, dos manchas de color empezaban a extenderse por los pómulos de Lali a
medida que aumentaba su excitación-. La edad era lo de menos -admitió
entrecortadamente-. Me resultaba insoportable imaginar a otro hombre tocándote. Al ver que te negabas una y otra vez a dejar que te hiciera el amor, creí que me volvería loco de frustración.

Ella no sabía qué decir; se echó hacia atrás y su seno escapó de la mano de Peter. Un estallido de rabia refulgió en los ojos de él, y Lali comprendió que Peter jamás aceptaría que la voluntad de ella prevaleciera sobre la suya, ni siquiera en lo que respectaba a su propio cuerpo. Dicho pensamiento extinguió la cálida excitación con que empezaba a reaccionar a sus caricias.

-Ya nada de eso importa -dijo con frialdad-. Todo ha terminado. Creo que será
mejor que regrese a Londres y...

-¡No! -repuso él ferozmente; se levantó y empezó a pasearse por la pequeña
habitación con las zancadas inquietas de una pantera-. No permitiré que vuelvas a huir de mí. La otra noche huiste y mira lo que te pasó. ¿Por qué, Lali? -preguntó con voz ronca-. ¿Tanto miedo me tenías que eras incapaz de permanecer en mi cama? Sí, sé que yo te... Dios mío, ¿por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me obligaste a escucharte? No volveré a ser así contigo, cielo. Te lo prometo; me sentí muy culpable. Y luego, cuando te vi tirada en aquellas rocas, pensé que habías... –se detuvo, su expresión se volvió repentinamente sombría y Lali se acordó de la voz que creyó haber imaginado, la voz que gritaba su nombre. De modo que fue Peter quien la encontró.

Pero las palabras de él hicieron que las emociones se le helaran en el pecho.
Peter se sentía culpable. A Lali se le ocurrían muchos motivos que él podría
haber aducido para desear, que se quedara en la isla, pero pocos habrían insultado tanto su orgullo. ¡Prefería volver a Inglaterra antes que quedarse simplemente para que Peter pudiera aplacar su sentimiento de culpa! Deseó descargar su furia sobre él, presa del dolor y la humillación, pero, en vez de eso, se envolvió en un manto de engañosa calma y luchó instintivamente para aparentar el frío desdén que había cultivado a lo largo de los años.

-¿Y para qué iba a decírtelo? -preguntó con una vocecita distante, sin tener en
cuenta que sí había intentado decírselo, y varias veces en el transcurso de las
anteriores semanas-. ¿Acaso me habrías creído?

Él hizo un rápido ademán con la mano, como si eso careciese de importancia.

-Pudiste haber ido a que te examinara un médico; darme pruebas -gruñó-. 0
pudiste dejar que lo descubriera por mí mismo, pero de una manera menos brutal. Si me lo hubieras dicho, si no te hubieras resistido...

Por un momento, Lali se limitó mirarlo, atónita ante su increíble arrogancia.
Pese a sus millones, pese a su apariencia sofisticada, en el fondo seguía siendo griego hasta la médula, y para él el orgullo de una mujer no contaba para nada.

-¿Por qué iba demostrarte nada? -se burló ella desde los abismos de su angustia-. ¿Acaso tú eras virgen? ¿Qué derecho tienes a juzgarme?

Una intensa furia ensombreció el rostro de Peter; avanzó hacia ella con una
zancada y alargó los brazos como si pensara zarandearla, pero se acordó de sus
heridas y se detuvo. Lali lo miró con frío desdén mientras él respiraba hondo, en un claro intento de controlar su genio.

-Tú misma te lo buscaste -dijo al fin-con esa actitud.

-¿Tengo yo la culpa de que seas un matón y un tirano? -lo desafió Lali, alzando
la voz-. ¡Desde el día en que nos conocimos intenté decirte que tenías un concepto falso de mí, pero te negabas categóricamente a escuchar, así que no vengas a echármelo en cara ahora! Nunca debí regresar de Cornualles.

Peter permaneció inmóvil, mirándola con una expresión indescifrable en sus
duras facciones, sus labios crispados con amargura.

-Habría ido a buscarte -dijo.

Ella no tomó en cuenta sus inquietantes palabras y trató de dominar su propia
cólera. Cuando se sintió capaz de hablar sin enojo, dijo con voz distante:

-De todas maneras, todo ha terminado; de nada sirve llorar por lo que pudo haber
sido. Propongo un divorcio rápido y discreto...

-¡No! -rezongó Peter de modo fulminante-. Eres mi esposa y seguirás siéndolo.
Eres mía, Lali, y te quedarás en la isla aunque para ello tenga que hacerte
prisionera.

-¡Qué imagen tan encantadora! -chilló Lali con súbita desesperación-. Deja que
me vaya, Peter. No quiero quedarme contigo.

-Tendrás que hacerlo -sentenció él, con sus ojos negros centelleando-. La isla es mía y nadie sale de ella sin mi permiso. Los aldeanos me son leales; no te ayudarán a escapar. Lali lo miró con rabiosa impotencia.

-Te haré quedar como un hazmerreír -advirtió.

-Inténtalo, cariño, y descubrirás hasta dónde llega la autoridad de un griego sobre su esposa -advirtió Peter a su vez-. No pareceré ningún hazmerreír cuando tengas que utilizar cojines para sentarte.

-¡Más te vale no ponerme la mano encima! -exclamó ella furiosa-. Puede que seas
griego, pero yo no lo soy, y no dejaré que me castigues.

-No creo que sea necesario -contestó él arrastrando la voz, y ella comprendió que de nuevo se había hecho con las riendas de la situación y que tenía muy claro lo que iba a hacer-. Tendrás más cuidado a la hora de tentar mi paciencia, ¿verdad que sí, cariño?

-¡Vete! -gritó ella, levantándose en un acceso de furia que la hizo olvidar
momentáneamente sus heridas; el dolor estalló en su cráneo a modo de cruel
recordatorio, y Lali se tambaleó sobre sus inseguros pies.

Peter la tomó en brazos al instante y la dejó en la cama, recostándola sobre la
almohada. A través de una neblina de dolor, Lali volvió a decir:

-¡Márchate!

-Me iré, pero sólo hasta que te hayas tranquilizado -respondió Peter,
inclinándose sobre ella como el demonio de sus sueños-. Volveré y te llevaré de vuelta a la isla conmigo. Te guste o no, eres mi esposa y seguirás siéndolo -tras aquellas últimas palabras, se marchó, y Lali clavó los lagrimosos ojos en el techo, preguntándose durante cuánto tiempo podría soportar aquella batalla campal que era su matrimonio.
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