Escribiendo Hojas En Un Libro

“Escribir es como mostrar una huella digital del alma” Mario Bellatín,
 
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 Apuesta Arriesgada

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Ione_nav
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MensajeTema: Apuesta Arriesgada   Lun Abr 30, 2012 2:39 pm

Hola a todo el mundo!!! Despues de un monton de tiempo sin aparecer por aqui y viendo lo muerto que esta esto...aqui vengo con otra adaptación.

Se llama "Apuesta Arriesgada", es muy divertida y os aseguro de que os reireis mucho. Espero que haya comentarios...sabeis que me alegran la vida!!

Os dejo el argumento!! Mañana mas!!

Un beso enorme a todas!!
Ione
@Ione_es


Argumento:

Cuando Peter Lanzani, el mejor amigo de Lali Esposito, le espetó sin el menor recato que ella no era el tipo de mujer de la que los hombres se enamoran, la joven se apostó con él mil dólares a que conseguía que le hicieran una apuesta de matrimonio en menos de un mes.

Comenzó entonces la transformación de aquella chica desgarbada en una atractiva sirena, y cuando el soltero más deseado de América se mudó a la casa de al lado, Peter por fin se dio cuenta de que había cometido un terrible error...
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beazam29
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MensajeTema: Feliz regreso!   Lun Abr 30, 2012 5:22 pm

Corazon me alegra mucho que hayas vuelto a hacer una adaptacion! Seguro que va estar tan
buena como las demas!

Espero pronto ya el primer capitulo!


Besos! TeQ handii! Very Happy

Bego


@beazam29
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Ione_nav
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Lun Abr 30, 2012 6:39 pm

Capítulo 1




—Voy a matarlo, voy a matarlo —se decía Lali entre dientes mientras pisaba el acelerador a tope, lo cual no resultaba nada fácil con los zapatos de tacón alto que llevaba—. Tengo que contenerme y no vomitar durante la boda, y luego lo mataré.

Los neumáticos chirriaron al entrar en el aparcamiento de la iglesia de Santa María. Había tomado la curva demasiado deprisa. Sacudió la cabeza. La resaca le taladraba las sienes como una perforadora mecánica.

De todos los días posibles para tener resaca aquel era el peor.

Se detuvo en seco y tiró del freno de mano. Se miró un instante en el espejo retrovisor e hizo una mueca de desagrado al comprobar la palidez verdosa de su cara.

—Voy a matarlo, voy a matarlo —repitió.

Salió del coche gruñendo, maldiciendo al no poder ir todo lo rápido que quisiera para no estropear su vestido rosa palo de dama de honor, y cerró de un portazo. El ruido resonó en su cabeza como si la tuviera hueca. Apenas bebía y antes de aquel día solo había tenido resaca una vez en su vida. Ya no la recordaba, pero desde luego no podía ser tan mala como aquella., Nada podía ser tan malo como aquello.

—Vaya, ya era hora —oyó que le decían en voz alta desde la escalinata de la iglesia—. Te estábamos esperando.

Se había equivocado. Sí, podía haber algo peor.

—Voy a matarte —susurró.

Peter Lanzani sonrió maliciosamente desde la escalinata. Estaba muy guapo, como siempre en realidad, se dijo Lali con disgusto. En el moreno que su piel lucía esplendorosamente durante todo el año no había el menor rastro de la noche pasada. Sus ojos grises no estaban turbios, sino relucientes de malvado humor. Su pelo oscuro y su brillante sonrisa podrían lucir en la portada de una revista. En realidad, tenía el aspecto de haber pasado la velada con un libro entre las manos y
bebiendo un vaso de leche templada. Aunque, como ella sabía perfectamente, la noche había sido bien distinta. ¡Había pasado la noche asegurándose de que tuviera exactamente el aspecto horrible que tenía aquella mañana!

—Vaya, vaya, vaya —dijo Peter mirándola a los ojos y acercándose a ella para tomarla del brazo—, conque tenemos resaca, ¿no?

—Cállate, la culpa es tuya —dijo Lali, aferrándose a la barandilla metálica de las escaleras como si fuera su tabla de salvación—. A propósito, ¿por qué demonios te empeñaste en llevarme a la despedida de soltero de Agustín?

—¿Es que tenías un plan alternativo? Si te hubieras quedado en casa de mi madre acompañando a mi hermana, la novia, y a su fiel escudera, Rochi, te habrías vuelto loca —dijo Peter—. Porque ahora que Cande se casa y solo quedas tú, ya supondrás que no te van a dejar en paz hasta que te emparejes.

Lali sabía que Peter tenía toda la razón. Por otra parte, al dolor de cabeza
comenzaba a sumársele cierto malestar de estómago.

—Ya, así que pensaste que la mejor manera de preparar a la pobre Lali para el acoso que va a empezar a sufrir a partir de mañana era... ¡Claro! Llevarla a ver cómo una bailarina de tres al cuarto enseñaba el trasero en la playa a altas horas de la noche.

—La verdad es que lo de la bailarina era secundario, lo que más me importaba era meterte diez tequilas en el cuerpo para subirte un poco la moral —dijo Peter con una sonrisa—. Oh, vamos, La, nadie te puso una pistola en el pecho para obligarte a beber.

—No, ¡pero hiciste una apuesta conmigo! —dijo Lali, conminándole con un dedo—. Apostaste conmigo el sueldo de una semana a que no podía aguantar tu ritmo, y, claro, yo me vi en la obligación de mantener bien alto el pabellón femenino.

—¿El pabellón femenino? Ah, ya comprendo —dijo Peter, echándose a reír—. Llevamos así desde que teníamos ocho años. Desde entonces jamás has dicho que no a una apuesta mía, y déjame añadir, que tampoco has ganado nunca.

—Cállate —murmuró Lali— o voy a acabar por vomitar sobre tu traje de Armani.

—A lo mejor quedaba bien con la decoración —dijo Peter, entrando ya en la iglesia—. Creo que Cande ha metido en este sitio todas las gardenias de California. La verdad, no sé cómo una mujer tan excesivamente femenina como ella puede tener una amiga tan simpática, tan normal como tú.

Lali se detuvo en seco en la pequeña entrada de la iglesia. El penetrante aroma de las flores resultaba mortal en su estado. En efecto, aquella resaca la estaba matando.

—Oh, Dios —suspiró, tambaleándose.

Peter se percató de la situación.

—Ánimo, preciosa —dijo, abandonando su maliciosa sonrisa por vez primera —. Tranquila, no va a pasar nada —dijo, con afecto sincero y reconfortante.

Lali venció sus ganas de dar media vuelta y salir a tomar aire fresco.

—¿Qué tal está Cande? —preguntó, más con ánimo de distraer la mente de su maltratado estómago que por otra cosa.

Peter se encogió de hombros.

—Como recién salida de una fábrica de sedas.

—Si su vestido es la mitad de incómodo que el mío, la compadezco.

—Va a casarse, eso basta para compadecerla —dijo Peter, y miró a Lali, aún preocupado—. ¿Estás mejor?

—No mucho —dijo ella, suspirando—. Pero tendré que apañármelas. Aunque me conformo con no vomitar sobre nadie y evitar la maldita pregunta.

Peter sonrió.

—Te refieres al inevitable «¿Y tú cuándo te casas, Lali, querida?» —dijo, parodiando una voz femenina, ridícula y nasal.

—Exactamente —dijo Lali, tratando de olvidar aquella cuestión, que resultaba dolorosa incluso cuando se aludía a ella como motivo de mofa. Era como si llevara toda la vida respondiendo a preguntas como aquella: «¿Cuándo vas a encontrar un chico que te guste, Lali?» «¿Por qué no haces como las otras chicas, Lali?» «¿Cómo vas a encontrar a un hombre con esas ideas, Lali?»

Estaba soltera porque quería estarlo, se dijo una vez más. Había dicho aquellas palabras tan a menudo que casi le parecía que las llevaba impresas en la frente.

—Sabes muy bien que te evitarías ese tipo de preguntas si no siguieras aceptando ser dama de honor de una y otra vez. ¿Cuántas veces lo has sido ya? ¿Tres con esta?

—Cuatro —corrigió Lali, tratando de mantenerse erguida.

—Ah, sí. Pues, ya sabes, después de ser dama de honor cuatro veces y conociendo a mi familia, prepárate a resistir una batería de preguntas. Además, te conozco y sé que no te van estas cosas.

—Ya, pero se trata de Cande, Peter —dijo Lali—. Podría haber rechazado las otras bodas, pero no las de Rochi y tu hermana... Tenía que aceptar. Tu familia es mi familia —dijo, mirando la puerta que daba paso a la nave de la iglesia—, sobre todo desde que murió mi padre.

—Lo sé —dijo Peter, y sonrió—. Supongo que lo sé desde que mi madre te preguntó cuándo ibas a darle un nieto.

Lali volvió a sentir aquel pinchazo, aunque aquella vez fue algo distinto. No se trataba exactamente de frustración, sino, quizás, de envidia.

—El caso es que por mis amigos sería capaz de hacer cualquier cosa, ya lo sabes. Por ejemplo, la única razón de que a estas alturas no te haya matado es que eres mi mejor amigo —dijo, mirando a Peter con una débil sonrisa—. Pero, te lo advierto, si vuelves a ponerme en un brete como el de anoche, no soy responsable de mis actos.

—Claro, claro. Nunca más —dijo Peter, asintiendo con solemnidad, y sin poder contener una sonrisa.

Al entrar en la iglesia, Lali se percató de los diez pares de ojos que se fijaron en ella: las inquisitivas miradas de todas las tías de Peter, fijas en ella, que inmediatamente dieron paso a sonrisas cómplices y calculadoras.

—Supongo que no querrás apostar una cena a que no eres capaz de evitar a mis tías antes del banquete —susurró Peter, muy divertido con la situación—. Mientras esperábamos he dejado caer la idea de que tal vez estuvieras interesada en escuchar sus consejos sobre el tema «Caza de hombres».

—Que sean dos cenas —dijo Lali entre dientes— y recuérdame que te mate cuando termine todo esto.



—¡Estoy buscando a Lali! —gritó Peter para hacerse oír sobre la música y el tumulto de las parejas que se deslizaban por la pista de baile—. Ha desaparecido en cuanto nos hemos hecho las fotos. ¿La has visto?

—¡No! —le contestó su amigo Gaston, mirando a su vez a la pandilla de amigos con la que se encontraba. Todos negaron con un gesto—. Si la ves, dile que esta noche tenemos partida en casa de Nico.

Peter asintió.

—Si hay algo que pueda sacarla de su escondite es una buena partida de póker —dijo Peter, y prosiguió su búsqueda.

Ponía tanto empeño en sacar a Lali del humor sombrío que aquellos días la dominaba y en encontrarle alguna distracción que le evitara la «fatídica pregunta» que había olvidado que también él era objeto de aquella pregunta... y no por parte de sus tías. Llevaba más de una hora buscando a su amiga y probablemente también, evitando la atención de alguna pretendiente más insistente de lo normal.

Sintió que alguien le ponía la mano en el hombro.

—Hola, hermanito.

Se dio la vuelta. Se trataba del novio, y suspiró con alivio.

—Eh, Agustín. Bueno, ¿qué tal se siente uno después de casarse con mi hermana?

Agustín sonrió. Sus ojos brillaban como dos faros en la noche.

—Más feliz que en toda mi vida.

—Eso dices ahora —dijo Peter con una sonrisa de oreja a oreja, dándole a su cuñado un amistoso empujón.

—En serio, cuando encuentras a la persona adecuada, no hay nada parecido... nada.

—Está bien, te creo —dijo Peter, algo incómodo por aquella declaración que parecía tan sincera—. Me da la impresión de que estoy rodeado de mujeres a la busca de la persona adecuada. Las bodas tienen un extraño efecto sobre las mujeres. Creo que si le preguntara a cualquiera de las solteras de esta habitación si se viene a Las Vegas a casarse conmigo, me respondería que sí sin pestañear —dijo, mirando a su alrededor—. ¡Y ni siquiera me conocen!

—Por eso se irían contigo.

Peter oyó la voz de Lali a sus espaldas. —Eh... —dijo, volviéndose.

Pero Lali se alejaba, perdiéndose hacia el fondo de la sala. Antes de que pudiera seguirla, Agustín volvió a hablarle.

—¿Era Lali? —preguntó—. ¿Sabes? Esta mañana, cuando la he visto entrar en la iglesia, apenas la he reconocido. Puede que fueran los rizos... no recuerdo la última vez que la vi con un vestido.

—La resaca tampoco ayudaba mucho —añadió Peter, tratando en vano de ver hacia dónde se dirigía su amiga—. Anoche la arrastré a tu fiesta y me aposté una cena a que no podía beber tanto como yo.

Agustín frunció el ceño.

—¿Llevaste a una mujer a mi despedida de soltero?

—No, llevé a Lali. Hay una ligera diferencia —al ver que no convencía a Agustín, Peter se encogió de hombros—. Nos sentamos en un rincón, Agustín. Además, siempre ha sido de la pandilla y tampoco estuvimos en un antro de perversión, ¿no?

—Es la base del asunto, Peter, ya lo sabes «Nada de mujeres»—dijo Peter, sacudiendo la cabeza—. Y Lali no está nada mal, cuando quiere. Ya sabes que es bastante guapa, al menos cuando no está planeando tu asesinato.

—Ya se le pasará, puede que le lleve algún tiempo, pero se le pasará. Demonios, la mitad de las veces sus bromas son peores que las mías —dijo Peter, y se echó a reír —. ¿Sabes lo que hizo la semana pasada?

—Hola, Peter.

Ambos hombres dieron media vuelta. Se trataba de una rubia oxigenada, que miraba a Peter desde unos preciosos ojos azules. El tono de su voz parecía algo fingido, quizás intranquilo.

—Llevas toda la noche dando vueltas. Te estás perdiendo una fiesta estupenda.
¿Quieres bailar?

Peter suspiró.

—Lo siento, pero estoy buscando a alguien. Puede que más tarde —«o dentro de veinte años».

—¿Seguro? —dijo la rubia, con una sonrisa encantadora—. ¿Y no puede esperar un poco ese alguien?

Peter volvió a suspirar. «Lali, ¿dónde demonios te metes?»

—Lo siento, de verdad.

—Como quieras —dijo la rubia, y se alejó, dándole su espléndida espalda desnuda.

—¿Estás loco? —dijo Agustín—. ¡Era una preciosidad!

—Llevaba «busco marido» grabado en la frente, y yo ya no juego a eso, se acabó —dijo Peter, encogiéndose de hombros.

—Oh, vamos. Solo quería bailar, ya encontrarás a Lali...

—Deja que te diga algo —dijo Peter, poniéndose muy serio—. Cuando era más joven tuve algunas relaciones serias, en cierta ocasión estuve a punto de casarme, y todas acabaron en desastre.

—Vaya —dijo Agustín—, pero qué tiene eso...

—Y solo mis amigos pudieron sacarme del abismo —prosiguió Peter—. Luego decidí no volver a comprometerme, ¿por qué iba a hacerlo? Salgo con mis amigos cuando quiero, tengo un empleo por el que muchos hombres matarían y tengo una mujer que es mi mejor amiga que me conoce mejor que yo mismo y que si la necesito está ahí las veinticuatro horas del día los siete días de la semana. Las mujeres vienen y van...

—En tu casa con demasiada frecuencia —dijo Agustín.

—Pero los amigos son para siempre —dijo Peter, sonriendo—. Llevo la vida perfecta.

Agustín se echó a reír.

—Tengo que admitir que suena muy atractivo. Pero tiene un pequeño problema.

—Lo sé —dijo Peter—. Pero ya se le pasará. Lali no puede permanecer enfadada por mucho tiempo. En cuanto se encuentre mejor, se le pasará.

—El problema —prosiguió Agustín— es que un día de estos te vas a enamorar y tu perfecta vida va a pasar á mejor vida.

—Imposible —dijo Peter, y volvió a ver a Lali, que estaba charlando con otras mujeres a un lado de la pista de baile—. Todo está bajo control.

Antes de poder acercarse a Lali, las mujeres que estaban con ella se aproximaron.

—Oh, me parece maravilloso —le dijo una de ellas.

—¿El qué? —preguntó él.

—Que quieras adoptar un niño. Pero para eso tendrás que casarte, ¿no?

Rodeado de rutilantes y jóvenes bellezas, se fijó en el rincón del que provenían.

Lali le sonreía de oreja a oreja.

—Ya veo —dijo Agustín—, es evidente que lo tienes todo bajo control.

Lali habría disfrutado mucho más de su venganza si Cande y Rochi no la hubieran localizado. De mala gana, como una prisionera, subió con ellas a la habitación que los Lanzani habían alquilado en el hotel donde se celebraba la boda. Se las había arreglado para evitar a las tías de Peter, pero con aquellas dos no había escapatoria posible.

—Te lo digo en serio, Lali —dijo Cande—, este libro puede resolver todos tus problemas.

—¿Por qué os empeñáis en torturarme? —gruñó Lali, dejándose caer en la cama—. He venido a pesar de que tenía la cara más verde que una espinaca y con la cabeza a punto de explotar. Si incluso me he vestido de rosa, ¡por favor! ¿Y ahora qué queréis, mi sangre?

—Solo queremos verte feliz... y que leas un pequeño libro —dijo Cande, quitándose el velo de novia—. No dejes que se vaya —dijo Cande, abriendo un cajón del que sacó una minúscula pieza de encaje blanco tengo que ponerme el regalo sorpresa para Agustín.

—No te preocupes —dijo Rochi, sin dejar de mirar a Lali.

Ésta suspiró. No tenía escapatoria.

Rochi puso el libro sobre la cama. Lali le dio la vuelta y leyó el título: Guía para dejar de ser la señorita Negativa y convertirse en la señora Adecuada en un año. Volvió a gruñir, enterrando el rostro en la almohada.

—Es una broma, ¿verdad?

—A mí me ha servido —dijo Rochi, tirando de Lali para que se incorporara —. Y a Cande también, y no se puede poner en duda la realidad. Mira lo feliz que está Cande, ¿es que tú no quieres ser feliz?

—Cande se ha casado con el último hombre bueno de la tierra —dijo Lali, sin levantar la vista—. ¿Por qué cuando tus amigas se casan siempre insisten en que lo hagas tú también?

—Tienes veintiocho años, Lali —adujo Rochi—. ¿No oyes el tic tac? Es tu reloj biológico.

—Se le ha acabado la cuerda.

—De eso nada —dijo Rochi, tocando la barbilla de su amiga para obligarla a mirarla—. Llevas demasiado tiempo sin salir con nadie. Desde que saliste de la universidad, no has hecho otra cosa que dedicarte en cuerpo y alma a esa empresa de diseño y frecuentar a esos tipos. No sé cuántas veces te he visto con sudadera y unos vaqueros gastados.

—Todo el mundo se pone ropa cómoda para trabajar —argumentó Lali, que comenzaba a impacientarse. ¡Con cualquier otra ropa tengo un aspecto de lo más estúpido!

Rochi alzó los ojos al cielo.

—Hay mucha ropa cómoda y al mismo tiempo muy femenina. Por mucho que te quejes, los vestidos te sientan muy bien. Como esos rizos.

—Rochi, incluso tú sabes que para salvar mi vida no basta con que me rice el pelo. Además, así parece que me han electrocutado.

Rochi resopló. También ella comenzaba a impacientarse.

—No es verdad y lo sabes. A ti te pasa algo, y me vas a decir qué es.

Lali se quedó sentada durante un largo minuto, en silencio. Era cierto, algo la molestaba desde el momento de llegar a la iglesia y encontrarse con Peter y oír sus palabras: cuatro bodas como dama de honor.

Siempre la dama de honor.

Se fijó de nuevo en el libro: La señorita Negativa...

—Es que no veo dónde están las ventajas, eso es todo —mintió—. Sé que solo he tenido una relación importante, pero fue una experiencia muy convincente, créeme. Ahora disfruto de la vida. Tengo un buen trabajo y muchos amigos. Por favor, ¿no podemos hablar de esto en otro momento?

Antes de que Rochi pudiera responder, Peter se asomó por la puerta.

—¡Eh, que el coche está esperando! ¿Dónde está la novia?

—Cambiándose —respondió Rochi, molesta por la interrupción.

—¡Santo Dios! —dijo Peter, entrando en la habitación—. ¿Por qué las mujeres tardan tanto en vestirse? Yo nunca tardo en desvestirlas.

—Y se trata de la opinión de un experto —dijo Lali, bajando de la cama.

—Tú y yo tenemos que hablar —dijo Peter.

Ella sonrió.

—Eso será después de que me pagues la apuesta.

—Peter, no estás ayudando nada —se quejó Rochi—. Estábamos hablando de cosas importantes antes de que tú metieras las narices donde no te llaman.

—¿De qué estabais hablando?

—De su futuro —dijo Rochi señalando a Lali y luego el libro que estaba sobre la cama—. La estás distrayendo, ¿por qué no esperas abajo?

—¿Distrayéndola de qué? —preguntó Peter, y se detuvo al ver el libro—. Oh, no. No de eso.

—¿No de qué? —preguntó Lali, que no se había percatado del gesto de Rochi.

—¡No me digas que vas a leer eso!

Lali siguió la dirección de sus ojos y al ver que se refería al libro, echó mano de él. Peter, sin embargo, se sentó sobre la cama agarrando el libro al mismo tiempo.

—Déjame ver... —dijo, tirando de él. —De eso nada.

—¡Ya estoy lista! —anunció Cande saliendo del cuarto de baño, solo para contemplar con horror cómo su hermano y su amiga se debatían sobre la cama de matrimonio—. ¿Qué está pasando aquí?

Aprovechando que Peter se había distraído momentáneamente con la interrupción, Lali hizo un último esfuerzo por hacerse con el libro y tiró con todas sus fuerzas. Y en efecto se lo quitó, pero a costa de perder el equilibrio y caer de espaldas en el suelo.

—¡Lo tengo! —exclamo triunfalmente, y luego se frotó la cabeza, se había dado un buen coscorrón—. ¡Ay! Cande suspiró.

—¡Cuándo vais a crecer!

—Nunca —replicó Peter—. Me parece que nos vamos a estar tirando los trastos a la cabeza hasta en el asilo. Ven aquí, ángel mío, que te ayudo a levantarte.

Con gran facilidad así, lo hizo, y Lali se levantó del suelo al instante, situación que Peter aprovechó para quitarle el libro definitivamente.

—Traidor. ..

—La guía. ¡Dios de mi alma! —bufó Peter. Hojeó el libro y leyó algún pasaje—: «Sé consciente de tu poder, pero no seas arrogante. Eres una mujer, sé una mujer» — repitió, ignorando la mirada asesina de las tres mujeres—. ¿Y qué ibas a ser? ¿Un hámster?

—Dámelo —le exigió Lali, arrebatándole el libro de las manos.

—Pero tú no querrás ser la señora Adecuada en un año, ¿verdad? —dijo Peter con seguridad, luego frunció el ceño—. ¿O sí? '

—Por supuesto que no —replicó Lali por instinto, y se interrumpió. En realidad no se trataba de querer sino de ser consciente que ella no podía ser la tal señora Adecuada. Pero aun así, ¿lo quería o no?

Sí, susurraba una vocecita en su interior, para su sorpresa. Al cabo de un año o de una década, pero sí, quería, deseaba ser la adecuada señora de alguien. Y quería encontrar a un señor adecuado para ella.

—Puede que crea que no es eso lo que quiere, pero no tiene experiencia bastante para saberlo —dijo Rochi, con convicción—. Y tiene mucho a su favor. Si quisiera, sería una auténtica rompecorazones.

—Con un poco de tiempo y otro poco de esfuerzo —añadió Cande, cruzándose de brazos—, dudo que tarde un año en encontrar a un hombre que se enamore de ella hasta el punto de pedirla en matrimonio.

Lali sintió un súbito ataque de pánico.

—Un hombre maravilloso, seguro —sentenció Rochi con entusiasmo.

—Lo tendría a sus pies en un mes —dijo Cande.

—Bueno, bueno, no empecemos a volvernos locos —intervino Lali. No le gustaba lo más mínimo el cariz que estaba adquiriendo la conversación. a ——Y en cuestión de meses la pediría en matrimonio, si ella lo quiere de verdad —dijo Rochi, asintiendo—. ¡En tres meses, te lo garantizo!

Peter negó con la cabeza, rodeando a Lali por los hombros.

—¿Por qué la presionáis? Es mi mejor amiga y la conozco mejor que nadie. Y no podéis decirme que va a leer ese estúpido libro, va a ir a la peluquería y, de la noche a la mañana, se va a convertir en una esposa. Es ridículo.

Lali estaba a punto de protestar, pero no con esas palabras.

—No es que yo tenga interés en...

—Ni siquiera pertenece al mismo planeta de las mujeres que leen esa guía de lo que sea —prosiguió Peter—. Quiero decir, hay mujeres que se toman la búsqueda de un marido casi como una actividad profesional. Esas, mujeres sí saben qué hacer, tienen el aspecto adecuado, adoptan la actitud correcta y llegan a convertir a los hombres en marionetas a sus expensas —dijo, y miró a Lali—. Los dos sabemos que tú no eres de esa clase de mujeres, La.

Las tres mujeres se lo quedaron mirando fijamente durante unos largos instantes. Lali fue la primera en recobrarse.

—Gracias —dijo, con la voz helada y apartándose de él—. Quieres que ponga también la otra mejilla y así me puedes golpear con otro de esos asquerosos cumplidos tuyos.

—¿Cómo? Oh, vamos, ángel —dijo Peter, apartándole el flequillo de la frente—. Estamos hablando de una proposición de matrimonio en tres meses. Volvamos a la realidad.

—No digo que sea eso lo que quiero —argumentó Lali, tratando de mantener la dignidad—, pero si de verdad quisiera conseguir al señor Adecuado, podría hacerlo. Lo único que pasa es que me gusta mi vida tal como está.

—¿De verdad? —dijo Peter, con un brillo en los ojos. Lali mantuvo su mirada—. ¿De verdad crees lo que dices?

Lali sintió un estremecimiento de rabia.

—Ponme a prueba.

—No, gracias. Si vamos a apostar, me gustaría por lo menos tener una pequeña posibilidad de perder, si no, no hay aliciente.

A Lali comenzó a hervirle la sangre. Ella sabía muy bien que no era ninguna seductora, pero oírselo decir a Peter era una cuestión enteramente distinta.

—De acuerdo, te apuesto diez dólares a que puedo hacerlo—, era una estupidez, pero su orgullo la empujaba a aceptar el reto. Ella era soltera por elección propia, ¿cómo se atrevía Peter a dudar de ello?

—¿Diez dólares? ¿En serio? —dijo Peter, abriendo mucho los ojos. El maldito de él parecía divertirse mucho—. Oh, vamos, no estamos apostando sobre quién va a ganar la liga, o quién es capaz de beber más.

El corazón de Lali latía cada vez más deprisa. Lo único que deseaba en aquellos momentos era borrar aquella estúpida sonrisa de la cara de Peter. Las palabras salieron de su boca antes de pensar en ellas.

—Cien dólares, Casanova. Y me pondré cosas que hasta a ti te van a sonrojar.

—Solo por eso merecería la pena apostar. Algunas veces tengo la impresión de que naciste en sudadera —dijo Peter, sonriendo maliciosamente—. Cien dólares sigue siendo una apuesta infantil, ángel. Hazlo en dos meses y podemos empezar a hablar.

—Dos meses —accedió Lali, con la voz tensa y doscientos dólares.

La sonrisa de Peter, por fin, comenzaba a congelarse.
—Oh, vamos, La, creo que estamos yendo demasiado lejos.

Aquel tono paternalista sólo consiguió encenderla todavía más.

—Quinientos.

Peter había dejado de sonreír. Al contrario, más bien parecía preocupado.

—Esto es ridículo. No pienso seguir...

—Mil dólares.

Rochi estaba perpleja, Cande boquiabierta.

—Mil dólares a que consigo que me pidan en matrimonio en dos meses — repitió Lali, mirando fijamente a Peter, como si no hubiera nadie más en la habitación. Ella cerraba los puños—. Mil dólares, ya lo has oído.

Peter mantuvo la mirada, pero estaba estupefacto.

—Solo si lo consigues en un mes.

Esperaba que ella rechazara aquella estúpida apuesta.

—Hecho —dijo Lali sin vacilar.

—Oh, vamos, La, ¿has perdido la cabeza?

—¿Y tú? ¿Has perdido el gusto por el juego?

Se miraron a los ojos durante un largo y tenso minuto. Luego, Peter esbozó una amplia y brillante sonrisa.

—Te has echado un farol.., y te he pillado —dijo, con ánimo de batalla, y extendió la mano—. Me encantará cobrarme esta apuesta.

Lali estrechó su mano, sellando la apuesta. Peter la miró durante un instante más, luego se separó.

—De acuerdo. Bajo y les digo que vais a tardar un poco —le dijo a Cande—. Estoy seguro de que queréis quedaros unos minutos para urdir un plan de batalla. Pero me temo que de poco va a servir, dentro de un mes espero cobrar la apuesta.

Miró a Lali con una sonrisa maliciosa y desapareció.

—Oh, Dios mío —respiró Cande—, ¡no puedo creerlo!

—Lo hecho, hecho está —dijo Rochi, asintiendo con aprobación—. Solo tenemos un mes. Lo primero, una expedición de compras. No, espera, mi peluquero, y puede que una limpieza de...

—Una limpieza de nada, hay que transformarte de la cabeza a los pies —dijo Cande, buscando una tarjeta en su bolso—. Dentro de dos semanas vuelvo de Hawái, vosotras ocupaos de la ropa y del maquillaje, yo idearé el plan estratégico.

—Mil dólares —repitió Rochi, mirando a Lali sin ocultar su admiración—. Increíble. Lali apretó los dientes.

—Nunca he perdido una apuesta con Peter sin antes luchar hasta la muerte. Y
ahora, dejadme sola —ordenó—, tengo que estudiar —dijo, recogiendo el libro.
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beazam29
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Lun Abr 30, 2012 6:58 pm

Mas nove mas quiero mas! Me encanto!


Besos! Smile

Bego


@beazam29
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Vero_me
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Mar Mayo 01, 2012 10:53 am

Holiiis!!!

Lo prometido se cumple...Ja!!

Sabes que me encanta, que mas voy a decir?
Voy a estar pendiente ya lo sabes amor!!

Siempre espero mas, TTM!!! Mua!!

Vero.

PD: Nose porque pero mientras leía me vino un recuerdo de algo....nose nose....tu que dices?
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Sandia
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Mar Mayo 01, 2012 11:42 am

Amoreeeeeeeeeeee.
Sabes que pienso que es fantastica,como todas tus adpataciones.
Me encanta y quiero más,mucho más.
Te quiero infinito,

Sand.
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Mais020291
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Mar Mayo 01, 2012 2:03 pm

Hola, yo, sí, después de mucho!
Qué bueno que volviste! Me encanta.
Te recomendaría dividir los capis en dos partes, porque se hacen muy largos!

Besitos
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Jue Mayo 03, 2012 9:43 am

Capítulo 2 (Parte 1)



A las ocho en punto de la mañana del siguiente día, el timbre comenzó a sonar insistentemente, poniendo fin a una inquieta noche. Lali saltó de la cama, frotándose los ojos.

—Si eres Peter, te digo desde ya que he decidido abandonar —dijo en voz alta, dirigiéndose a la puerta—. Debía estar loca. ¿Por qué no dejas que me sumerja en paz en mi soltería?

—De eso nada —respondió una voz femenina—. Soy Rochi, abre.

Lali gruñó. Rochi, todavía peor. Quitó la cadena y abrió la puerta.

—¿Y bien? —Rochi parecía demasiado entusiasta para tratarse de un domingo a las ocho de la mañana—. Hoy es el primer día de tu nueva vida, Lali Esposito, ¿estás lista?

—Pero, ¿quién eres tú? ¿La patrona de las casamenteras? —dijo Lali, dirigiéndose a la cocina para preparar café. No estaba dispuesta a soportar uno de los discursos de Rochi sin ayuda de la cafeína—. Además, no pienso seguir adelante con esto. He estado pensando y es una tontería. Tengo que hablar con Peter, no tengo por qué demostrarle nada a nadie.

—Nada de hablar con Peter —dijo Rochi, mirando a Lali con el ceño fruncido mientras dejaba en el suelo una gran bolsa que llevaba colgada del hombro. Luego depositó un buen número de frasquitos de todo tipo sobre la mesa de la cocina—. Te habría desaconsejado cualquier otra apuesta, y la verdad es que los dos habéis hecho algunas de lo más tonto, pero esta vez, no pienso hacerlo. Llevo diez años esperando que hagas algo contigo misma, que pienses un poco en tu aspecto y no pienso desaprovechar esta oportunidad.

Lali contempló los adminículos con precaución.

—¿Y eso para qué es?

—Eso —dijo Rochi con una sonrisa— es el primer paso.

—¿El primer paso? —repitió Lali y se fijó en la etiqueta de uno de los frascos. Estaba escrita en noruego y todos los ingredientes tenían dieciocho sílabas—. ¿Y cuántos pasos hay?

—Eso depende de si estás dispuesta a cooperar o no.

Rochi sacó caja de polvos blancos y los mezcló con agua en un cuenco de cristal.

—Yo iba a desayunar —dijo Lali, sirviéndose una taza de café—, así que espero que eso no sea para mí.

—Esto no es para que te lo tomes sino para que te lo pongas —dijo Rochi, y echó el contenido verde de uno de los botes en el cuenco de cristal, luego observó la mezcla resultante—. Me temo que va a ser un poco pringoso. Toma, sigue removiendo.

Lali siguió sus instrucciones, y observó con perplejidad los movimientos de su amiga. Rochi sacó una gran sábana de plástico y la extendió sobre el suelo. Luego abrió la puerta de la cocina y metió una de las sillas de plástico del porche.

—Siéntate.

Lali apuró su taza de café antes de que Rochi la obligara a sentarse por la fuerza.

—Rochi, esto empieza a dejar de ser molesto para convertirse en una pesadez.

Rochi suspiró con impaciencia.

—Escúchame bien. Por nada del mundo quiero que me tomes por una metomentodo o que te enfades conmigo, pero deja que diga algo: necesitas ayuda, y por primera vez desde el instituto, Cande y yo nos vamos a asegurar de que la recibas.

Lali apretó los dientes. Al parecer, el tiempo del disimulo y de los guiños sutiles que se hacían muchas veces sus amigas en su presencia había terminado. Rochi y Cande habían decidido declararle una guerra abierta.

—Ya sé que no...

—Chist, déjame terminar —dijo Rochi, con firmeza—. No quisiera pasar por psicóloga aficionada, pero el hecho de que hayas crecido sin la compañía de una madre no puede haber sido fácil para ti. Cande y yo hicimos cuanto pudimos, pero incluso a mí se me alcanza que dos amigas no pueden sustituir a una madre.

—Las dos me habéis querido siempre y habéis hecho lo que considerabais mejor para mí —cosa que Lali había agradecido muy sinceramente, por mucho que los esfuerzos de sus amigas resultaran muchas veces fastidiosos—. No ha sido fácil, pero he salido adelante, ¿no?

—Esa es la cuestión, que no has salido adelante —dijo Rochi suspirando de nuevo—. Nos has tolerado, nos has tomado el pelo, pero eres muy testaruda y sigues convencida de que no eres lo bastante guapa como para enamorar a un hombre. Huyes de ti misma, te escondes, te ocultas bajo esa fachada de «una más de la pandilla» con todos esos hombretones. Bueno, pues desde ahora mismo te lo digo: tus días de huida han terminado —dijo Rochi, mirando a Lali fijamente a los
ojos—. Y no me mires así.

—¿Que no te mire cómo?

—Como diciendo que me vas a dar la razón en todo, como a los tontos, para luego hacer lo que te dé la gana.

Lali suspiró.

—Vale, te escucho. ¿Qué es lo que quieres que haga?

—Que lo intentes de verdad, que apuestes por ello de verdad.

—Yo no estoy huyendo, Rochi. Yo solo... de acuerdo, podría ser algo más atrevida en el terreno social, pero, francamente, estoy contenta con mi vida tal como está. No necesito salir con nadie, no necesito cambiar mi aspecto. ¿Por qué no puede aceptarme la gente tal como soy?

Rochi suspiró.

—Algún día, cariño, un hombre te va a querer por lo que eres, te lo prometo. Pero si eres tan feliz con la vida que llevas, ¿por qué ayer estabas tan triste? Y no me digas que era la resaca porque no cuela.

Eso era lo malo de conservar las amigas de la infancia, que no podía ocultarles nada. Era para ellas como un libro abierto.

—Te dejaríamos en paz si de verdad viéramos que eres feliz —prosiguió Rochi, dándole un abrazo rápido y confortante—, pero no vamos a dejar que aceptes una vida mediocre sin luchar. Si dejas que tu belleza exterior se ponga a la altura de la interior, sé que encontrarás a la persona adecuada. Lo sé.

—¿Belleza? ¿Yo? —dijo Lali con mofa y sorpresa—. ¿Qué has estado fumando, Rochi?

Rochi resopló con impaciencia.

—Paso a paso, nena, ahora mismo nos pondremos con el cuerpo, de la actitud ya nos ocuparemos más adelante.

Recogió el cuenco y metió la mano en él.

—Rochi —le advirtió Lali—, no pienso permitir que me pongas en la cara ese... agh.

Y fue silenciada por la inclemente acción de su amiga, que le extendió sobre la cara aquella pasta gruesa y compacta. No le quedó más remedio que cerrar los ojos y hacer frente a lo inevitable.

—Ahí, quieta. Esto es solo el principio. A las doce tenemos hora en la peluquería y vete preparando para pasar la tarde de compras...

Rochi siguió parloteando alegremente, relatando entusiasmada los pormenores de la próxima transformación de Lali. Esta, por su parte, pensaba que no podía denegar aquella molesta y dolorosa ayuda. Si se hubiera tratado de otras personas cualquiera, les habría dicho dónde podían meterse sus brillantes ideas, pero a sus dos mejores amigas... que le habían hecho sitio en sus vacaciones, que la habían acompañado y aplaudido en su graduación, a la que su padre no había podido asistir
porque había fallecido dos años antes. Las quería lo bastante como para soportar aquel insistente, molesto e incansable afán suyo de ejercer de madres, las quería lo bastante como para morir por ellas si se lo pedían.

Pero morir era una cosa, y actuar estúpidamente por segunda vez en su vida algo bien distinto.

—Lali, ¿has oído una palabra de lo que te he dicho?

Lali interrumpió bruscamente sus pensamientos.

—¿Qué?

Rochi chascó la lengua y se acercó al fregadero para dejar el cuenco.

—Te he estado contando los planes que tengo para ti. Estoy segura de que ahora mismo todo esto te resulta abrumador, pero sé que te vas a empeñar en esto como en ninguna otra cosa en tu vida.

Lali miró a su amiga, que le colocaba el pelo en distintas posiciones, haciendo sonidos de aprobación.

—¿Qué te hace pensar eso?

—La apuesta —dijo Rochi, alcanzando otro frasco—. Siempre te has esforzado al máximo por ganar las apuestas con Peter. Cuando os vi estrecharos la mano, me dieron ganas de darle un beso.

El temperamento que había metido a Lali en todo aquel lío, volvió a emerger.

—Oh, a mí también —dijo Lali con acidez—. Mi mejor amigo me dice, sin dejar lugar a la duda, que no tengo ni la belleza ni el talento para conseguir a un hombre. Qué gran amigo, qué joya.

Rochi se echó a reír, luego amasó un puñado de arcilla sobre el rostro de Lali. El material estaba frío y resultaba algo desagradable.

—Bueno, pues ahora tienes la oportunidad de demostrarle que se equivoca — dijo Rochi, extendiendo la arcilla sobre el cuello de su amiga—. Además, olvídate de la apuesta, si en un mes no consigues a un hombre, no solo me sorprendería mucho, sino que tiraré la toalla y me olvidaré de mis pretensiones de Celestina para siempre.

Lali tuvo que reprimir una réplica llena de acritud.

—¿En serio? ¿Te olvidarías?

—Completamente en serio y no volveré a insistir nunca más —declaró Rochi, colocando una bolsa de plástico sobre la frente de Lali—. Y me aseguraré de que Cande tampoco lo haga. Fíjate hasta qué punto llega mi confianza en ti.

Lali no dijo nada. ¿Podría librarse de la insistencia de sus amigas de una manera tan diplomática? ¿Y al cabo de un mes tan solo?

De repente, le dieron ganas de darle un beso a Peter. ¡Aquella loca apuesta era justo lo que necesitaba!

—Bueno, entonces —dijo Lali, sonriendo por primera vez en aquel día—, ¡que comience la transformación!

—¿Qué transformación? —se oyó la voz desde la puerta de entrada.

Rochi dejó escapar una interjección de sorpresa. Lali, por su parte, salió corriendo hacia el baño. Desgraciadamente, tropezó en el plástico que Rochi había extendido— en el suelo y cayó de bruces.

—Vaya, vaya —dijo Peter, desde la puerta, poniendo todos los nervios de Lali de punta—. Cada día tienes un nuevo aspecto, eres una mujer sorprendente.

—¿Es que no sabes llamar? Y, de todas formas, ¿qué haces aquí a estas horas de la mañana?

—No he llamado a tu puerta desde que te conozco —dijo Peter, sonriendo—. Y en cuanto a lo de venir ahora, pues resulta que hay un partido de rugby dentro de media hora y como no tenía nada de comer me he dicho, voy a acercarme a casa de mi amiga Lali, que siempre tiene el frigorífico bien provisto.

—Cómo no, adelante, tú mismo —dijo Lali con sarcasmo.

—Muchas gracias —dijo Peter, y fue a servirse una taza de café y sacar un donut de la nevera—. Esta mañana estás un poco picajosa. ¿Es porque tu buena: amiga Rochi te ha despertado muy pronto o porque te ha puesto la cara hecha un Cristo?

Rochi y Lali se miraron con ganas de matarlo.

—Lo siento, supongo que es cosa de chicas —añadió Peter para suavizar su comentario.

—Es cosa de la apuesta —dijo Rochi, recogiendo sus útiles de combate y volviendo a meterlos en la bolsa.

—¿La apuesta? —repitió Peter—. Sí, ya me acuerdo. Mil pavos para mí dentro de un mes, sí, me suena —dijo, y le guiñó un ojo a Lali—. ¿Y vas a poder quitarte esa plasta antes del jueves? Ya sabes que hay noche de póker en mi casa. Y no quiero que cubras tu famosa cara de póker con esa cosa, los chicos se asustarían.

—Se van a asustar, pero cuando los deje secos —dijo Lali. Desde luego, parecía uno de ellos.

—De ninguna manera harás tal cosa —intervino Rochi—. A partir de ahora jueves, viernes, sábados y domingos los va a dedicar a salir. Para todo lo demás no hay tiempo.

Lali contuvo la respiración. Solo un corto y pequeño mes de nada, se dijo.

—Como tú digas, entrenador.

Su burlona mirada se deslizó hacia Peter.


Chicas!! Lo primero perdon por la demora. Lo segundo WOW 4 comentarios, (se que es poquito para lo que tienen algunas peroo me impresiono...jajaja) y tercero aqui os traigo el siguiente capitulo (Mais, te hice caso y los parti en 2...es verdad que sino se hace muy largo).
Espero que os guste quiero comentarios ya sabeis...os amo mucho a todas!!!
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beazam29
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Jue Mayo 03, 2012 10:01 am

Esto cada vez se pone mas interesante y solo es el principio... Quiero mas nove!

Besos! TeQ handi! Very Happy


Bego


@beazam29
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SaSandia
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Jue Mayo 03, 2012 6:36 pm

Me encanta y lo sabes.
Te quiero más que infinito.

Sand.
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Vie Mayo 04, 2012 7:14 pm

Su burlona mirada se deslizó hacia Peter.


Capitulo 2 (parte 2)
[/center]


—¿Como tú digas? —repitió este con estupor—. ¿Como tú digas y ya está? Te vas a perder la partida para quedarte esperando a que te llame algún tío.

—Me voy a perder la partida para salir con un tío.

Peter le hizo una mueca y Rochi se echó a reír.

—¡Ésa es mi chica! Bueno, voy a llamar al salón de belleza para confirmar la sesión de masaje. ¿Dónde tienes el teléfono?

—Está en el dormitorio —dijo Lali.

Rochi se alejó recitando la lista de actividades que tenía preparadas.

Era el momento perfecto para negociar una rebaja en la apuesta. Tendría que tragarse parte de su orgullo, pero merecía la pena, tenía que rebajar la cantidad de mil dólares a algo más asequible. Con la ayuda de Peter, las cuatro semanas pasarían volando, sin ella...

—No me creo que estés hablando en serio —dijo Peter antes de que ella dijese nada.

No fueron tanto sus palabras sino cómo las dijo, su maldito tono.

—¿Por qué no?

—¡Porque es una locura! —dijo Peter, mesándose los cabellos con un gesto de impaciencia—. Lo dije en broma, por amor del cielo. Pensé que incluso si aceptabas, una semana con esas fascistas del maquillaje te haría abandonar.

Lali estuvo a punto de sonreír ante aquella salida. Hasta que oyó la siguiente frase de Peter.

—Además, no creo que quieras encontrar al señor Adecuado. Aunque lo encontrases, no sabrías qué hacer con él. No te pareces en nada al tipo de mujeres a las que se dirige esa guía —dijo Peter, parecía absolutamente convencido—. Piénsalo bien. ¿Tú tratando de cazar a un hombre y arrastrándolo por la melena hasta tu casa?

—La verdad es que estaba pensando en ponerme en camisón a la puerta y llamarlos con un silbido —replicó Lali, irritada con el comentario de su amigo —. La clase de hombres que estoy buscando pesan demasiado para que pueda arrastrarlos por la melena.

—No hay nada malo en tu manera de ser y no deberías dejar que te cambiasen —dijo, muy serio—. Yo creía que te gustaba la vida que llevas. ¿Qué hay de malo en salir con nosotros? Nosotros nunca te hemos pedido que cambies. ¡Tu aspecto nos importa un bledo!

Traducción: ella podía ser la bestia más fea de la tierra, pero siempre sería «Lali, su colega».

—Siempre vas hecha una pena...

—Alto ahí —tragarse el orgullo era una cosa, pero dejarse atropellar era otra bien distinta—. Antes de que te acabe echando de una patada, deja de que te diga algo: la apuesta sigue en pie.

No era aquélla la manera de convencerlo para que la ayudara, lo sabía bien, pero si era eso lo que pensaba de ella, no quería su ayuda. No la estaba compadeciendo, como hacían Cande y Rochi, la estaba... excusando, lo que era mucho peor. Tenía que vengarse de él. Quizás no fuera muy guapa, pero desde luego no iba «hecha una pena».

—Puede que ahora mismo no sea gran cosa, Peter —dijo, con tono desafiante—, pero te juro que para cuando firmes ese cheque voy a parecer la diosa del amor.

—Cuidado con tu amiguita —dijo Peter, arrimándose a Lali con una sonrisa maliciosa—, odio decírtelo, pero tienes barro en el cuello y en el... canalillo...

Lali se sonrojó y buscó uno de los cojines de las sillas para tirárselo a la cara. Lo encontró y le dio un golpe en todo el rostro. Peter se protegió utilizando la silla de plástico como escudo, mientras Lali descargaba sobre él toda la munición disponible. Cuando Peter bajó la silla, Lali se fijó en el brillo que alumbraba los ojos de su amigo.

—Oh, vamos, Peter, no te pongas así, que somos amigos...

El se dirigió al salón a buscar su propia munición.

—¡No, Peter!

Comenzó a bombardearla, cerrando además, la salida hacia el salón y el cuarto de baño, de manera que Lali dio media vuelta y huyó a través del pasillo, perseguida por su amigo.

—¡Peter, no, no, déjalo ya!

Atrapada junto a la puerta de entrada, no tuvo más remedio que abrirla. Salió corriendo, en medio de un ataque de risas y se dispuso a huir por el jardín, quería llegar hasta la parte de atrás, para rechazar a Peter con la manguera. Alcanzó la esquina de la casa y ya se relamía pensando en darle a su amigo una buena ducha, cuando se topó con un hombre de pecho ancho y musculoso.

—Ay —exclamó, y cayó sentada sobre el césped.

—Ah, perdón —dijo el hombre, con una voz profunda y no sin cierta diversión disimulada—. ¿Estás bien?

Lali levantó la vista para fijarse en él. Un morocho y musculoso Adonis la miraba. Llevaba el torso desnudo, un torso moreno y dorado que emergía desde un par de pantalones chinos color beige.

—¿Estás bien? —repitió Adonis, menos divertido, o quizás más preocupado. También le parecía vagamente familiar, pero no podía ser. Si conociera a alguien la mitad de guapo que aquel hombre, no olvidaría su rostro, por supuesto que no—. ¿Te has hecho daño? No te he visto —dijo el dios griego, disculpándose y ofreciéndole una mano para ayudarla a ponerse en pie.

Lali se quedó mirando la mano fijamente. Entre todos los días del año que podía ocurrirle aquel encuentro, ¿por qué aquel día precisamente, con todo aquella... aquella cosa en la cara?

Peter apareció por la esquina, con un par de cojines en cada mano, aullando como un apache. Se detuvo en seco, silenciando su grito de guerra, al ver al nuevo personaje y a Lali en el suelo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, dejando caer los cojines y poniéndose de rodillas junto a su amiga—. Amor, ¿estás bien?

Lali hizo una mueca, ¿es que no lo veía con sus propios ojos?

Adonis se aclaró la garganta.

—Lo siento, yo... salió corriendo y no me di cuenta de que venía. Nos tropezamos y creo que se ha llevado la peor parte.

—Estoy bien, no ha pasado nada —«Por supuesto que estoy bien. Pero sí que ha pasado algo: Adonis se ha venido a vivir al lado de casa y yo me tropiezo con él como un búfalo en estampida»—. Supongo que tendría que haber puesto más cuidado y mirar, pero como en el jardín nunca hay nadie...

—No hay problema. Acabo de mudarme. La casa es de un amigo mío y me la ha alquilado por unos meses. Siempre me ha gustado Manhattan Beach, es muy divertido —dijo, y le guiñó un ojo, en un gesto que a Lali le recordó a Peter—. Siempre pasan cosas.

—Oh, no es lo que tú piensas —protestó Lali.

—¿Qué crees tú que él piensa? —preguntó Peter, con ánimo burlón, como siempre.

—Eres... —comenzó a protestar Lali, y se interrumpió al oír la risa deAdonis.

—¿Vivís aquí?

—Yo vivo aquí —respondió Lali, y miró fijamente a Peter—. El gracioso, no. Pasaba por aquí y decidió entrar a fastidiarme un poco.

—Oh —dijo Adonis, volviendo a mirarla—, creía que estabais casados.

—¿Casados? ¿Nosotros? —preguntó Lali.

—Demonios, no —dijo Peter—. El matrimonio en sí mismo ya es bastante malo como para encima compartirlo, con ella.

Lali le dio una patada, que no borró la sonrisa de Peter.

—Oh —dijo Adonis, sonriendo ampliamente y tendiéndole la mano a Lali —. En ese caso vamos a presentarnos. Soy Pablo Martinez.

—Pablo Martinez? ¿El soltero más apetecible de América según la revista Society? —dijo Lali echándose a reír—. Sí, claro y yo soy el hada buena del Norte.

Adonis rio también, sonoramente, con una energía deliciosa. La verdad es que cuando se reía, sí que se parecía a Pablo Martinez.

—Encantado, hada del Norte, llámame Pablo, por favor.

—Hola, Pablo —dijo Peter, interponiéndose ligeramente entre los dos. Pablo tuvo que soltar la mano de Lali para estrechar la suya—. Soy Peter Lanzani.

—Y yo Lali Esposito —dijo Lali, apartando a Peter ligeramente.

—Hola, Lali —dijo Pablo, sonriendo y saludando a Peter con un movimiento de cabeza. Lali sonrió al ver que Peter por fin se apartaba de su lado.

Peter le devolvió la sonrisa, demasiado maliciosa para que se sintiera tranquila. Siguió el curso de su mirada que parecía fija en un punto de su cuerpo. ¿Qué era lo que le divertía tanto?

De repente, Lali recordó el comentario con que había comenzado todo aquello. Tenía barro en el...

—Bueno, bienvenido al barrio, Pablo —dijo, sonriendo tímidamente—. En fin, tengo que entrar a ponerme algo más... visible.

—Por mí no lo hagas —dijo Pablo, sin dejar de sonreír y mirándola fijamente.

Lali se quedó inmóvil por un instante. Sonaba a flirteo.

Sacudió la cabeza y se echó a reír, luego dio media vuelta y volvió a su casa. No, no podía ser un flirteo. Peter la siguió con los cojines en la mano, pero sin la menor intención de tirárselos. Entraron juntos en la casa. Rochi los esperaba en el salón, con una expresión de horror.

—No puedo creer lo que habéis hecho —dijo. Era obvio que había estado espiando desde la ventana—. ¿Has visto a ese hombre?

—No pudo evitarlo —dijo Peter, antes de que Lali pudiera hablar—. Y es Pablo Martinez.

—¡No!

—Sí —dijo Peter, y se dejó caer en el sofá—. Y quiere ligar con Lali.

—¡No! —dijo Rochi, y abrazó a su amiga de improviso. Y tan rápido como la abrazó la soltó, quitándole un poco de arcilla de una manga—. ¿Quiere ligar contigo? ¿Con... con...?

—¿...esta pinta? —dijo Lali con un resoplido—. No podía apartar los ojos de mí. Seguro que en toda su vida ha visto una cosa igual... seguro —dijo, y miró a Peter—. Peter te está tomando el pelo. Ni en un millón de años se interesaría Pablo Martinez por mí. Además, no creo que ese Adonis sea Pablo Martinez.

—¿Adonis? —repitió Peter.

—¿Cómo que no es Pablo Martinez? —dijo Rochi.

—No es tan guapo —siguió Peter—. ¿Es que te gusta? Porque si te gusta, deja que te diga que no te conviene. Quiero decir, sé que te has tomado la apuesta muy en serio, pero no vas quedarte con el primero que salga, ¿no?

—Rochi —dijo Lali, ignorando el comentario de Peter—, nos vemos en la peluquería. Peter, vete al supermercado y luego vete a tu casa. Yo voy a ducharme.

Rochi sonrió.

—Nos vemos a las doce.

Peter se levantó y siguió a Lali hasta el baño.

—¿Te hace falta a alguien que te rasque la espalda? Porque podría encontrar un voluntario en la casa de al lado.

Lali le dio con la puerta del baño en las narices. Quizás no ganase la apuesta, pero iba a combatir con todas sus fuerzas.


Capitulo dedicado a 2 personas a las que amo mucho...GRACIAS por lo de hoy, no lo olvidare nunca!!!
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Vero_me
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Vie Mayo 04, 2012 8:05 pm

jajajajajajaja!!!!

sabes que me encantaaaaaa!!!
no puedo evitarloooo!!


Te Amooooooo!!! Siempre hermanita!!!!

PD: Siempre quiero mas!
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Mais020291
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Dom Mayo 06, 2012 1:25 am

Jajjaa esto me está encantando
Peter es un celoso, aunque no lo reconozca. Cómo me maté de risa con el Adonis jaja

Quiero más!
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SandiaSa
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Lun Mayo 07, 2012 7:03 pm

¡Me encaaaaanta! ¡Quiero más y más!
Te quiero y te adoro,

Sand.
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Miér Mayo 09, 2012 4:04 pm

Capítulo 3



El jueves la paciencia de Peter se colmó. Estaba harto de verse apartado por completo de la «agenda de transformación» de Lali. En realidad, ni siquiera había tenido tiempo de verla. Entre tanto, en él se había operado un cambio y ya solo tenía un objetivo: quitarle de la cabeza aquella maldita apuesta.

Metió su estilizado Mustang descapotable en el aparcamiento de Design Howes. Convencer a Lali de algo, sin embargo, era muy difícil, y conseguir que hiciera algo por su propio bien era prácticamente imposible.

—Soy imbécil —musitó, sacando el ramo de rosas blancas que le había comprado. A Lali le encantaban las flores, dos docenas de rosas rojas le habían salvado el cuello hacía dos años, cuando, por una broma estúpida, había acabado rompiendo el parabrisas de su coche.

Sin embargo, aunque no sabía por qué, se temía que aquella vez no podría convencerla tan fácilmente. Cuando Lali y él estrechaban sus manos para sellar una apuesta, no había nada que a ella le hiciera echarse atrás.

—Bueno —dijo una mujer desde la puerta—, ¿entras o piensas quedarte en la puerta toda la tarde?

—¿Eh? —dijo Peter, que se encontraba abstraído en sus pensamientos—. ¿Qué? Natacha, la recepcionista de Howes Design, le sonreía mientras sostenía la puerta abierta.

—¿Esas flores son para mí, guapo?

Peter le devolvió la sonrisa.

—No, es la pipa de la paz para Lali. ¿Está?

Una extraña mirada cruzó el rostro de Natacha.

—Claro.

Peter siguió a Natacha al interior.

—Vaya, vaya. Entonces, ¿eres tú lo que le ha ocurrido?

—¿Lo que le ha ocurrido? ¿A qué te refieres?

—Está muy rara, Peter —dijo Natacha, en tono confidencial—. O sea, quiero decir que nunca la había visto así. Está rara.

—Oh, no —musitó Peter.

Natacha se acercó más a él, rozándole el hombro con sus cabellos rizados y rojizos:

—¿Qué haces este fin de semana, guapo?

—Penitencia —masculló Peter sin que la mujer le entendiera—. Gracias, Natacha.

Avanzó muy aprisa por el pasillo. ¿A qué se refería Natacha con aquello de que Lali estaba «rara»? Dios, ojalá no hubiera desempolvado los modelitos que su estúpido ex había diseñado, vestidos color pastel con botas militares, por ejemplo; ¿o se trataba de algo peor? ¿Cazadoras punkies con zapatos de, tacón? ¿Niquis de piel de leopardo? ¿Se habría afeitado la cabeza?

Suspiró profundamente antes de entrar y abrió la puerta del estudio.

Se quedó helado.

Lali levantó la vista un segundo.

—Eh, hola, pasa —dijo con una sonrisa cansada—. Tengo que terminar este diseño, llevo trabajando en él desde por la mañana. El cliente es una auténtica pesadilla.

Peter se sentía igual que si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

—Sí, sí, claro —balbució, sin saber qué decir—. Estás... estás... muy guapa.

Lali volvió a levantar la vista por un instante y la volvió a fijar en su mesa de trabajo.

Peter esperaba cualquier cosa menos aquello. Era cierto, tenía un aspecto muy extraño: estaba extrañamente atractiva, extrañamente Cande, extrañamente sensual.

Se había cortado la larga y descuidada melena y llevaba el pelo por los hombros, de un color distinto al suyo natural, más oscuro, quizás. Lo llevaba ligeramente recogido, mostrando su precioso cuello de cisne. Qué bien le sentaba aquel peinado a sus pómulos altos y marcados.

Parpadeó. ¿Cuándo demonios había reparado en sus pómulos?

Sus ojos castaños tenían un brillo especial, estaban llenos de vida.

—¿Peter? Peter —dijo—. Eh, Peter —insistió con una tímida sonrisa.

Aquella sonrisa sacó a Peter de su abstracción. Su aspecto no importaba, aquella sonrisa no podía ser de nadie más que de Lali... teñida de esa ternura capaz de curar las heridas más profundas, los golpes más duros.

—Estaba pensando en mi chequera. No sé si tendré que prepararme a rebajar mis ahorros o a añadir otro de los grandes.

Lali se echó a reír, con un ligero rubor que avivaba su «piel de porcelana», se dijo Peter. «Menuda comparación, como esto siga así voy a terminar por escribirle un soneto».

Le tendió las flores con gran ímpetu.

—Para ti.

Lali se sonrojó aún más. Llevaba lápiz de labios rosa. Sus labios esbozaron una amplia y rosada sonrisa.

—Yo no te he comprado nada —bromeó, con una voz sensual, completamente nueva en ella.

¿Nueva? No, era su voz de siempre. «¿Por qué entonces mi corazón se ha puesto a mil revoluciones?»

Lali se levantó por un jarrón vacío que se encontraba sobre una estantería.

Fue entonces cuando Peter se quedó con la boca abierta. Lali no llevaba los jeans raídos de siempre, sino un vestido rosa de verano que flotaba sobre su cuerpo como una nube. Además, tenía un cuello muy escotado que dejaba bien visible el canal entre sus pechos. También llevaba unas sandalias blancas, con tacones. Peter se preguntaba por qué extraña ecuación física los tacones hacían lo que hacían en las piernas de las mujeres, pero lo cierto es que en Lali el efecto era... superlativo.
Tenía unas piernas largas y esbeltas, como a él le gustaban.

«Eh, que es a Lali a quien te estás comiendo con los ojos».

Aquel pensamiento lo dejó de piedra.

Lali colocó las flores en el jarrón.

—¿Y esto a qué se debe? —preguntó, sonriendo.

—Rendición incondicional —murmuró Peter, dejando por fin de fijarse en las piernas de Lali y preguntándose cuándo había perdido el control de la situación —. Por ambas partes. Vamos a acabar con esa estúpida apuesta; La.

Lali adoptó un gesto grave y suspiró. «Esto no va a resultar tan fácil», se
dijo Peter

—¿Por qué empezó todo esto, Peter? —preguntó Lali, volviendo a su mesa de dibujo. Sus tacones resonaron viciosamente.

—¿Tú qué crees?

Lali enarcó una de sus depiladas cejas.

—¿Quizás porque tú creías que solo iba a conseguir ponerme en ridículo?

—Yo nunca he dicho eso —interrumpió Peter—. Pero no quiero que sufras.

—Es decir, crees que voy a sufrir porque no soy la clase de mujer que resulta atractiva.

«Hasta hoy», pensó Peter, que no podía recordar lo que pensaba de ella anteriormente.

—Nunca me has parecido fea —dijo, con mayor gravedad de la que pretendía.

—¿Ah, no? ¿Y qué te parecía?

Peter abrió la boca, pero reconsideró la respuesta.

—Eres buena, cariñosa, divertida. No juegas mal al póker, te gusta el rugby. Eres brillante en tu trabajo...

—Oh, y por eso mi agenda está llena de citas —le interrumpió Lali con sarcasmo—. Y mi físico, Peter, ¿qué te parecía mi físico?

Peter suspiró.

—Eres mi mejor amiga, yo qué sé. ¡No pienso en mis amigas de esa manera!

—¡No escurras el bulto!

—Lo sabía. Llevas cuatro días con este asunto y ya me tratas de un modo distinto —dijo Peter con aspereza—. Mirándote, oyéndote hablar, sé que todo esto es una mala idea. Además, ¿sabes con qué clase de tipos te puedes encontrar? ¡No tienes ni idea de dónde te estás metiendo!

—¡Puedo cuidar de mí misma, muchas gracias, lo he hecho durante todo este tiempo! ¡No hace falta que te preocupes por mí!

—¡Pues claro que me preocupo por ti! —replicó Peter con rabia—. ¡Cómo no iba a hacerlo ahora si ya lo hacía antes de que perdieras la cabeza!

Permanecieron el uno ante el otro durante largos instantes. Las palabras que habían pronunciado resonaban como cuchillos. Antes de que cualquiera de los dos pudiera interrumpir el silencio, sonó el teléfono. Y los dos se sobresaltaron.

Lali descolgó.

—¿Sí?

Peter suspiró. Había metido la pata hasta el final. Su única intención era ser convincente, persuasivo, pero había bastado ver el nuevo aspecto de Lali para que sus planes pasaran a mejor vida. Afortunadamente aún podía salvar la situación. En cuanto Lali colgara trataría de abordarla de un modo más suave.

—¿Glinda, el Hada Buena del Norte? —decía esta—. ¡Santo cielo! Hola, sí, perdona. Soy Lali Esposito. ¿Eres Pablo?

A Peter se le pasaron los deseos de hacer las paces. Pablo Martinez? ¿Por qué demonios llamaba a Lali a la oficina? ¿Qué diablos quería?

Peter se detuvo en mitad de sus preguntas. Oh, sí, estaba muy claro lo que aquel canalla quería.

—Sí, sí, estoy totalmente recuperada del fin de semana. Fuiste muy valiente... ¿Por qué? Por no salir corriendo nada más verme. Menuda pinta tenía... ¿Qué? Ah, eso —se echó a reír, y se sonrojó ligeramente—. Bueno, yo no sabía que se había caído nada precisamente ahí.

Peter sintió el repentino deseo de dar un puñetazo, preferiblemente sobre el rostro de Pablo.

—Hum... De manera que quieres la opinión de un nativo sobre los mejores lugares para salir en Manhattan Beach, ¿eh? Bueno, creo que podría ayudarte, conozco mucho restaurantes, un montón de bares deportivos y algunos clubs nocturnos... ¿Qué? —Peter contuvo las ganas de ponerse en otro teléfono y comprobar qué le hacía .a Lali tanta gracia—. Hum, no estoy segura. Sí. Hoy es
jueves, ¿no? Pues, no, no tengo planes para esta noche.

Peter cerró el puño. Aquel canalla había invitado a Lali a salir. ¡Vaya rostro!

—¿Qué? ¿Por la otra línea? Sí, claro, espero —dijo Lali y cubrió el auricular para hablar con Peter—. Es Pablo Martinez.

—Me alegro —dijo Peter torciendo el gesto—. ¿No pensarás salir con ese personaje?

—Bueno, no había... —dijo Lali y se interrumpió. Sus ojos lanzaron afilados destellos—. ¿Por qué? ¿No puedo?

—¡Apenas lo conoces! Podría ser cualquier cosa. Un asesino en serie, por ejemplo.

—¡Es Pablo Martinez! ¡Es tan famoso que supongo que el único sitio donde encuentra cierta intimidad es en el cuarto de baño!

—¡A eso me refiero! —exclamó Peter, que habitualmente solía ser mucho más lógico. La rabia cegaba gran parte de su cerebro—. Lo único que digo es que no lo has pensado bien. Es un pez gordo, un tipo famoso... y tú no puedes pensar en otra cosa que en la maldita apuesta. ¿Por qué si no ibas a querer salir con una celebridad? ¡Piénsalo!

Lali frunció el ceño.

—O, por ser más precisos, ¿por qué alguien como él querría salir conmigo?

Peter hizo una mueca.

—No vayas, Lali, de verdad te lo digo, ¡no vayas!

—¿Pablo? Hola —dijo ella, con una voz afilada como una navaja—. Me encantaría salir a cenar contigo. Creo que podemos ir al Blue Moon, está en Manhattan Beach Boulevard. Cocina italiana, muy buena. ¿Te parece bien a las siete?... Perfecto. De acuerdo, ya sabes dónde vivo... Claro... Hasta las siete entonces, colgó con mucha tranquilidad—. Tengo una cita con Pablo Martinez. Esta noche.

—¿Cómo es que sabe tu número? —preguntó Peter—. Respóndeme a eso, ¿cómo es que sabe tu número?

—Mira, Peter, no tengo por qué responderte a nada de nada —dijo ella, y señaló la puerta—. Es más, creo que esta conversación ya ha durado bastante. Fuera.

—Aún no hemos terminado.

—Como sigas así, no tardaremos mucho en hacerlo. ¡Fuera!

—¡Vale!

Peter salió dando un portazo. En la antesala, varias cabezas se levantaron para ver qué ocurría y él les lanzó una mirada asesina. Las cabezas volvieron a meterse en sus propios asuntos.


Perdon por tardar tanto en subir!! Gracias por los comentarios chicas, os quiero mucho!!!
Capitulo dedicado a Sand! Animate nena, ya sabes que te quiero mucho y que siempre estare aqui hermanita!
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Jue Mayo 10, 2012 9:33 am

No hay ninguno que no me haga reír, es buenísima!!!!
Que manera de hacer el tonto jajajaja es un caso....

Estaré esperando el próximo!!! Nadie puede perdérsela!!!


Te amo nena!!!!!!!
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Mais020291
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Jue Mayo 10, 2012 3:57 pm

Este Peter me causa gracia, y dile que tengo una rspta a su pregunta:

«¿Por qué entonces mi corazón se ha puesto a mil revoluciones?»

Porque estás enamorado hasta las patas!! jajaja

Me encanta, quiero mas
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Mar Mayo 15, 2012 4:54 pm

Capitulo 3 (parte 2)



De modo que Lali había quedado con Pablo Martinez, ¿eh? De manera que pensaba que sabía cuidar de sí misma. Muy bien, pues habría que comprobarlo. Si ella se empeñaba en probar que podía ser una de las mujeres de la dichosa guía, él le demostraría la locura que tal pretensión suponía.

Aquella misma noche pensaba demostrarle que nadie sabía más de citas que el mismísimo Peter Lanzani. No, señor.

Algunas horas más tarde, Lali todavía estaba furiosa por la escena de aquella tarde con Peter. Se había comportado como un auténtico cavernícola, presentándose en su oficina y diciéndole a la cara que era incapaz de cuidar de sí misma. Y aquella ridiculez de que si salía con Pablo pondría en peligro su seguridad... Si aquellas eran sus mejores armas para impedir que ganara la apuesta, estaba claro que lograría vencerle por goleada.

Apiló de cualquier manera lo diseños en los que había estado trabajando, demasiado nerviosa como para concentrarse en su ritual cotidiano de ordenar bien las cosas antes de marcharse. Pensó que, en última instancia, habían sido sus acusaciones e invectivas lo que la habían decidido a aceptar la cita con Pablo.

De repente, ese pensamiento le atravesó el cerebro como un relámpago.

Una cita.

Estaba a punto de acudir a una cita.

Dos horas apenas.

Con el soltero más deseado de América.

¡Oh, no! ¿Por qué había cometido la torpeza de aceptar?

Salió de la oficina dando tumbos. Todos sus compañeros se habían marchado hacía rato, deseando aprovechar el buen tiempo de aquel veranillo de San Miguel, que estaban disfrutando. La mayoría habían trabajado como esclavos para sacar a tiempo adelante la cuenta Kesington, así que se merecían sin duda aquél descanso antes de meterse de lleno con el siguiente proyecto. Un proyecto en el que ella se habría quedado trabajando si no hubiera aceptado la invitación a cenar que le había
hecho aquel Adonis, pensó, sintiéndose más nerviosa a cada segundo que pasaba. Quizá lo mejor fuera anular aquel compromiso... Seguramente él entendería que tuviera que quedarse trabajando hasta tarde.

También podía llamarlo y decirle que estaba enferma. A decir verdad, empezaba a encontrarse mal de verdad.

Natacha estaba apagando las luces cuando llegó a la zona de recepción; se la quedó mirando de arriba abajo con una maliciosa sonrisa.

—Ese amigo tuyo que ha venido esta tarde se ha marchado con una cara que daba miedo. ¿Qué os ha pasado?

Lali suspiró. Natacha era la mayor cotilla de la empresa, y también una auténtica devora hombres: pasaba de uno a otro con la misma facilidad que un niño engullía caramelos.

—No aprueba mi gusto para elegir mis citas —le explicó entre dientes.

—¿Tienes una cita? —exclamó Natacha con los ojos como platos. Debía considerar sus palabras como el cotilleo más jugoso de la semana—. ¡Vaya! ¡Eso lo explica todo!

—¿Explicar el qué?
—Los cambios —dijo Natacha señalando con un gesto su atuendo—. La ropa y todo lo demás, ya sabes.

—Puede que lo haya hecho solo porque me apetecía, ¿no te parece? —replicó ácidamente.

Natacha le dirigió una mirada compasiva.

—No me digas... Conmigo no hace falta que disimules, ¿sabes? —dijo la descarada joven mientras se encaminaban hacia la salida—. Ninguna chica se tomaría tantas molestias a no ser que estuviera realmente empeñada en la caza del hombre. No tienes precisamente tu aspecto habitual, me parece a mí.

—¿Acaso hay algo malo en la forma en que me he vestido hoy? —replicó Lali a la defensiva; en el fondo, estaba preocupada por las palabras de su interlocutora. Disimuladamente miró su imagen reflejada en las puertas de cristal; Rochi y la dependienta de la tienda le habían asegurado que el vestido le quedaba de maravilla, pero ella no acababa de tenerlas todas consigo. Nunca le habían
entusiasmado los colores pastel... Si por lo menos pudiera estar segura de que no parecía una ridícula...

—¡Claro que no! —la tranquilizó Natacha de inmediato—. Solo que tienes una pinta tan... distinta. Ya sé que muchas veces te he dicho que necesitabas un cambio pero, la verdad, no me esperaba algo tan radical.

—¿Radical? —a Lali no le hacía la menor gracia semejante expresión... o, para ser más exactos, aunque en el fondo le halagaba que se dieran cuenta de sus esfuerzos por cambiar, también la fastidiaba que la cosa fuera tan evidente.

—Aunque, claro, puede que fuera eso precisamente lo que necesitabas — continuó Natacha. Sus tacones repiqueteaban sobre el cemento de camino al aparcamiento.

«Si yo anduviera como ella, acabaría dislocándome la cadera», pensó Lali.

—¿Qué quieres decir? —preguntó intrigada.

—Por tu cambio de imagen, yo diría que estás dispuesta a cazar marido —dijo Natacha juguetona—. Y las empresas desesperadas necesitan medidas desesperadas, ¿no es cierto?

Lali se quedó plantada al lado de su coche, un volkswagen escarabajo de color púrpura al que cariñosamente llamaba Gominola. Sin saber qué decir, se quedó mirando a la joven que tenía enfrente, que le pareció más provocativa que nunca con aquel traje minifaldero color vino.

—Por lo que veo, tienes experiencia en la materia —articuló al fin.

Natacha se echó a reír, ni por asomo ofendida por lo que le acababa de decir.

—¡Ni hablar de eso! —exclamó—. Pienso divertirme una temporadita más antes de sentar cabeza. Pero, si necesitas ayuda, no tienes más que llamar a tu amiga Natacha. Ya has dado un paso en la dirección correcta al cambiar de estilo, pero cuando te decidas a jugarte el todo por el todo, dímelo y yo te echaré una mano. ¡Buenas noches!

—Buenas noches —repuso Lali débilmente. Por el rabillo del ojo vio alejarse a Natacha, erguida y con la pelirroja melena al viento. Parecía una modelo de revista.

Por fin abrió la portezuela y se sentó al volante. Desanimada, contempló su rostro reflejado en el retrovisor: recordó la perfecta piel de porcelana de Natacha, y no pudo por menos que lamentar su aspecto, con el maquillaje corrido y el peinado revuelto por no habérselo arreglado después de quitarse la banda elástica que se ponía para que los rizos no la molestaran mientras trabajaba. Con un triste suspiro, puso el coche en marcha.

Las empresas desesperadas necesitan medidas desesperadas.

Si cancelaba su cita con Pablo lo único que conseguiría sería prolongar la agonía. Tenía que acabar con aquel tira y afloja de una vez por todas. Solo era una cita, nada más, y podría afrontarla, claro que sí.

Además, tenía que considerar la apuesta como un aliciente, no como algo que la agobiara aún más. A fin de cuentas, era ella la que se había metido solita en aquel berenjenal.

No pensaba volver a caer en la autocompasión. Dolía demasiado.


Capitulo dedicado a Mais porque se lo prometi anoche!!!!
Me alegro mucho de que os guste la novela!!!
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SandiSa
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Mar Mayo 15, 2012 6:45 pm

Zaaaaasca en toda la boca para Peter.
Me encanta grandullona,quiero máaaas.
Te quiero Smile
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Miér Mayo 16, 2012 12:17 pm

Ayyy!! Perdón por no entrar ayer..he estado estudiando mucho Sad
Me encantaa...vamos a ver que sucede en esa cita! Esperemos que Lali no se tropiece ni nada por el estilo jajaaja
Gracias por la dedicada Very Happy
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Sáb Mayo 19, 2012 5:03 pm

Capítulo 4



Lali estaba en su dormitorio, acabando frenética de arreglarse, cuando sonó el teléfono.

—¿Diga? —contestó, sujetando el inalámbrico con el hombro, mientras se concentraba con los cinco sentidos en ponerse las medias sin hacerse una carrera.

—Así que es cierto —empezó Rochi yendo directamente al grano—. ¿De verdad has quedado con Pablo Martinez.

—Por lo que veo, las malas noticias se difunden con rapidez —gruñó Lali. No le extrañaría nada que Peter hubiera decidido poner un anuncio en los periódicos —. Pues sí, es verdad. De hecho, me has pillado arreglándome para la cena.

—¿Y qué te vas a poner? —preguntó Rochi como si pensara someterla al tercer grado.

—Una camisa de seda blanca con unos pantalones de pinzas gris oscuros y una chaqueta negra.

—¿Vas a una cena o una reunión de negocios?

—Te advierto que ya estás en la lista negra por ese empeño tuyo de vestirme en tonos pastel —le advirtió Lali—. Por favor, no me agobies. Estoy ya hasta el moño de esta situación.

—¿Y por qué no te pones alguno de los vestidos que te compraste? —insistió su amiga, haciendo caso omiso de sus protestas.

—Primero, porque ya me he puesto uno para ir a trabajar hoy; segundo, porque seguro que refresca y no quiero acatarrarme, y, tercero, por que cuando los llevo es como si tuviera un cartel que pusiera, «tómame, soy tuya»..., y, por si no lo sabes, voy a salir con Pablo Martinez, un tipo que debe tener más fans que los Rolling Stones.

—Y no me extraña: ese chico hace que Brad Pitt parezca un alfeñique...

—Oye, guapa, ¿tienes algo constructivo que decirme o te vas a pasar la noche poniéndome más nerviosa de lo que ya estoy? —le interrumpió Lali—. Porque, te lo advierto, si no tienes nada útil que decirme, prefiero colgar y buscar una cuerda para ahorcarme.

—Relájate, cielo —dijo Rochi dulcemente—. A ver, respira por la nariz, expira por la boca...

—¡Ja! Como si eso fuera tan fácil —replicó Lali—. Te recuerdo que no eres tú la que tiene que salir a cenar con el soltero de oro de América.

—Pues supongo que algo te debe gustar cuando aceptaste su invitación, ¿no?

—Sí, es cierto, lo hice, pero creo que fue porque estaba Peter delante volviéndome loca con sus comentarios —Lali se sentó delante del tocador y procedió a aplicarse el maquillaje como le había aconsejado la dueña del salón de belleza, procurando ver su rostro como si fuera el de una extraña, aunque eso le hiciera sentirse terriblemente incómoda—. Me siento como una idiota, Rochi. Me
sudan las manos y el corazón me late como una ametralladora.

—Parece amor —aventuró Rochi canturreando.

—Parece puro pánico —replicó Lali en el mismo tono. La próxima vez que viera a Peter, le estrangularía sin compasión. Aunque no tenía modo de probarlo, estaba completamente segura de que él era el único culpable de todas sus desdichas.

Dio un bote al oír el timbre de la puerta.

—¡Oh, no! Ya ha llegado —gimió.

—Acuérdate de llevar un preservativo —le aconsejó Rochi.

—Creo que me será de más utilidad una cápsula de cianuro. Buenas noches, Rochi —dijo, y colgó, antes de que su amiga siguiera dándole consejos.

Conteniendo casi la respiración, se acercó a la puerta y la abrió muy lentamente, procurando esbozar una amable sonrisa. Pablo la estaba esperando: llevaba unos pantalones negros y un jersey de color verde a juego con sus ojos. Tenía un aspecto atractivo y amable, lo que contribuyó a que Lali se tranquilizara un tanto.

—Hola, Pablo —saludó en un tono apenas forzado.

—Hola, casi no te reconozco.

—¡No me digas! —replicó; buscó la chaqueta, se puso el bolso al hombro y cerró la puerta—. La verdad es que últimamente, ni yo misma me reconozco.

—¿Por qué?

—¿Por qué, qué? —preguntó Lali un poco extrañada.

—La única vez que nos encontramos, no pude ver bien tu cara —le explicó Pablo con una sonrisa bailándole en los labios—, por eso lo he dicho... pero supongo que tú te has visto muchas veces sin llevar una mascarilla de arcilla en la cara, ¿o me equivoco?

—¡Ah, la mascarilla! —repuso con una simulacro de carcajada—. La verdad es que hizo maravillas. Me siento como una persona completamente nueva, y por eso es por lo que apenas me reconozco —ciertamente, aquella frase, una vez dicha, le parecía una soberana sandez incluso a ella.

—¿De verdad? ¿Y cómo eras antes?

—Guárdame el secreto: para empezar, en realidad medía casi uno noventa —se preguntaba cuánto tiempo tardaría en darse cuenta aquel bombón que había desperdiciado la noche quedando con la chica más tonta de la comarca.

«Oh, Dios», rogó para sus adentros, «haz que sobreviva a esta noche».

Media hora después aún seguía con vida, pero por los pelos. Había conseguido pedir la cena y solo se habían producido tres embarazosos silencios. Por desgracia, derramó el agua del vaso dos veces y a punto estuvo de quemar el menú con la vela que había en el centro de la mesa para dar un ambiente romántico.

—Lo siento —se disculpó una vez más. Él la miraba amablemente, pero Lali estaba segura de que se trataba de la compasiva amabilidad que normalmente se reserva para las personas ligeramente torpes—. Te aseguro que normalmente no soy tan desastre.

—A riesgo de que me consideres un fatuo, te diré que estoy acostumbradisimo a que la gente se ponga nerviosa cuando está conmigo —la tranquilizó Pablo con una encantadora sonrisa.

—No me extraña: eres guapísimo —dijo Lali. Inmediatamente se arrepintió de aquellas atrevidas palabras. Tan nerviosa se puso que a punto estuvo de derramar el vaso de agua por tercera vez—. Lo... lo siento... No sé cómo he podido decir semejante cosa.

—No, no te disculpes... has sido muy amable —Pablo se echó a reír—. A lo que yo me refería era a que la gente se pone nerviosa por lo del dinero... Ya sabes. Se me habían olvidado por un momento esos estúpidos titulares, «El soltero de oro», «El mejor partido de América». No me parecen más que estupideces.

—Sí, los he leído —a decir verdad, Natacha había tenido durante más de tres meses colgada al lado de su mesa una portada de revista en la que él salía.

—Desde que empecé a salir en la prensa, las mujeres con las que salgo o se quedan literalmente mudas, o no dejan de hablar, intentando convencerme por todos los medios de que son lo mejor desde que se inventó el pan de molde —bromeó.

—¡Qué gracia! —Lali se echó a reír a carcajadas—. Conmigo no tendrás ese problema: definitivamente, no soy lo mejor después del pan de molde.

—No estoy tan seguro —bromeó su acompañante—. Me resulta muy fácil hablar contigo, eres una persona inusualmente sincera, Lali... ¿O deberíallamarte Ángel? —preguntó burlón—. Oí que ese chico, ¿cómo se llama?... te llamaba así.

—¡Ah! Te refieres a Peter —contestó, poniéndose roja como una amapola—. Es un amigo de la infancia. Me llama así porque sabe que me fastidia enormemente.

—¿Y por qué te fastidia que te llamen ángel?

—Es una bobada, la verdad: cuando era pequeña mi padre solía llamarme La y, además, Peter y yo no nos perdíamos ningún capítulo de Los ángeles de Charlie. Una vez la hermana de Peter intentó cortarme el pelo a capas, para que me quedara como a Farrah Fawcett, ya sabes, pero el resultado fue un completo desastre. Estaba horrible —le explicó, sin poder contener una sonrisa ante aquel recuerdo—. Peter se rio de mí todo lo que quiso y más, y empezó a llamarme La, el ángel
peor peinado del mundo.

—Pues ahora tienes un pelo precioso. No te pega que te llamen La, y en cambio te va muy bien lo de ángel —la piropeó Pablo.

Lali agachó la cabeza confundida. Era un simple cumplido, pero no sabía cómo reaccionar. Desesperada, intentó encontrar algo que decir, cualquier cosa que sirviera para romper el silencio.

Y fue entonces cuando lo vio.

Peter acababa de entrar en el local con una maliciosa sonrisa. Ostensiblemente, no miró hacia su mesa, sino que se dirigió hacia la suya acompañando a una chica.

Aquella mujer debía medir por lo menos uno ochenta, calculó Lali. Tenía el pelo rubio platino y una delantera más que considerable, realzada aún más por el ajustado vestido que llevaba. Lali se sintió decepcionada por el mal gusto de su amigo... sin embargo, se corrigió de inmediato, ¿cómo era capaz de pensar semejante cosa si, a decir verdad, nunca había conocido a ninguna de las amigas de Peter? Y, de todas formas, ¿a ella qué le importaba con quién salía o dejaba de salir?

Sin embargo, al ver que la mujer se le pegaba a Peter como una lapa, sintió que se le aceleraba el pulso.

—Hablando del rey de Roma —dijo Pablo—. ¿No es ese tu amigo?

—Eso parece —replicó evasiva— Sin embargo, no conozco a la chica que va con él.

—Desde luego, no es la clase de chica de la que uno se olvide fácilmente —dijo Pablo enarcando una ceja cómicamente.

Lali recompensó aquel comentario dedicándole una radiante sonrisa.

Les sirvieron la cena al tiempo que Peter y su explosiva acompañante tomaban asiento en una mesa cercana a la suya, a espaldas de Pablo pero por desgracia justo enfrente de Lali. La joven procuró concentrarse en Pablo y no fijarse en los gestos y mimos que la mujer que acompañaba a Peter hacía con las manos, en las que lucía una impecable manicura francesa. Peter, por su parte, se limitaba a sonreírle como un bobo.

—¿Pasa algo? —preguntó Pablo frunciendo el ceño.

—No, no, nada en absoluto —musitó Lali bajando la vista al plato. Qué más le daba que a Peter le gustara salir con chicas como aquella. A fin de cuentas, estaban en un país libre.

Peter se acercó hacia su acompañante al parecer para oírle mejor, pero Lali pudo ver con meridiana claridad que ella le mordisqueaba descaradamente el lóbulo de la oreja. Peter miró directamente a Lali y le dedicó un pícaro e indisimulado guiño.

A ella se le cortó la respiración al darse cuenta de la jugarreta: ¡Era pura comedia! Había ido a aquel restaurante llevando justo al tipo de mujer al que estaba taba dirigida la Guía solo para ponérselo delante de las narices. Le estaba diciendo que, por más que se esforzara, ella jamás podría comportarse con Pablo como aquella rubia explosiva. Jamás sería tan sofisticada, ni tan sensual, ni mucho menos tan atrevida.

Se volvió hacia Pablo con el corazón latiéndole como una ametralladora: si Peter no la hubiera puesto entre la espada y la pared, jamás habría aceptado aquella cita. Y ahora, para colmo, ahí lo tenía, empeñado en que se sintiera lo más incómoda posible, exhibiéndose con aquella especie de muñeca hinchable.

Bebió un largo trago de agua fría para ver si eso la calmaba.

«Eres una mujer. Compórtate como tal».

Era entonces o nunca. Iba a demostrarle que había aprendido bien la lección que había leído en aquel libro que le regalaran sus amigas.

—Me encanta este restaurante —dijo poniendo una vos deliberadamente ronca y sensual.

Pablo se quedó mirándola con los ojos muy abiertos, con el tenedor repleto de arroz a medio camino entre el plato y su boca.

—¿De verdad?

—Mmmm... sí. Es uno de mis restaurantes favoritos en Manhattan Beach. Es tranquilo, con ambiente romántico, y la comida... —sonrió y tomó un poco de su risotto, paladeándolo muy lentamente: el característico sabor del queso parmesano casaba perfectamente con los fragantes champiñones y los crujientes espárragos. Estaba tan rico que no tuvo que esforzarse mucho en gemir de satisfacción—. La comida es absolutamente deliciosa.

Pablo se la quedó mirando como si fuera la primera vez que la viera. Lali tuvo que hacer un gran esfuerzo por mantener el tipo sin venirse abajo. Sabía que su acompañante podía reaccionar de dos formas completamente distintas: pensando que ella estaba loca de remate, o encontrándola tan atractiva y sensual como el libro presagiaba.

Sus ojos se iluminaron de repente con un chispazo verde esmeralda: Lali solo había visto que los hombre miraran de aquella forma a mujeres como Cande o Rochi, y ahora que aquel gesto iba dirigido de forma indudable a ella, no sabía muy bien cómo reaccionar. Esbozó lo que le pareció una sexy sonrisa, con lo que consiguió que Pablo la mirara aún con más intensidad.

Justo en ese momento la acompañante de Peter lanzó una chirriante carcajada que obligó a Lali a desviar la vista hacia su mesa: el camarero les acababa de servir una copiosa ensalada y la desconocida se estaba dedicando a dar de comer pequeños bocaditos de su tenedor a Peter. Su estilo era tan abiertamente sensual, tan provocativo, que a Lali su propio flirteo le pareció soso y puritano. No quería ni imaginarse lo que aquella mujer le estaría haciendo a Peter por debajo del mantel...

Meneando la cabeza se obligó a concentrarse en su situación. Comprobó en qué consistía el plato que le habían servido a Pablo: salmón marinado en salsa de vino.

—¿Puedo probar un poquito? —murmuró tentadora—. Nunca había visto ese plato —aunque se esforzaba todo lo que podía, algo le decía que tenía la batalla perdida.

Con una sonrisa, Pablo tomó un bocado con su tenedor y se lo ofreció. Lali disimuló como pudo su sorpresa: nunca había comido directamente del cubierto de otro hombre, a excepción del de Peter, y, evidentemente, eso no contaba. Aquel gesto le parecía demasiado íntimo, y estaba a punto de zafarse cuando una mirada a la mesa de Peter la detuvo.

Su amigo la estaba mirando fijamente, haciendo caso omiso del pedazo de lechuga que le presentaba su acompañante. ¡El muy sinvergüenza aún tenía la cara dura de permitirse mirarla desaprobadoramente!

Con una sonrisa maliciosa, Lali se agachó un poco y tomó de un bocado el salmón que Pablo le ofrecía. Tenía un sabor tan delicioso que no quiso reprimir un suspiro de satisfacción.

—¡Qué maravilla! Si consiguiera convencerlo, me casaría con el chef.

Pablo se adelantó hacia ella y le tomó de la mano.

—¿Te conformarías si te prometo traerte aquí todas las noches?

Lali rio nerviosa, preguntándose cómo desasirse sin que el gesto pareciera demasiado brusco. Pablo mantuvo su mano entre las suyas por un largo instante hasta que por fin la depositó sobre la mesa, acariciándola con dulzura antes de soltarla. Conteniendo un suspiro de alivio, Lali se concentró con todas sus fuerzas en su acompañante, procurando ignorar lo que ocurría en la mesa que tenía enfrente. Charlaron durante un buen rato de libros y películas, y a medida que transcurría la
conversación, más convencida estaba de que Pablo, además de un hombre muy bien parecido, era absolutamente encantador.

Sin embargo, encantador o no, su compañía la ponía nerviosa, así que se alegró cuando les presentaron el menú para que eligieran el postre. Estaba deseando que aquella angustiosa cita terminara de una vez.

—Todo tiene tan buena pinta que no sé qué tomar —dijo Pablo mirándola por encima de la carta—. ¿Qué me recomiendas?

—La tarta helada de chocolate y frambuesa —respondió Lali sin dudarlo —. Es lo que suelo tomar yo, pero la verdad es que hoy no tengo tanta hambre. Siempre la comparto... —afortunadamente, se detuvo a tiempo antes de añadir «con Peter».

—Entonces —propuso Pablo con aquella sonrisita suya tan sexy que ya empezaba a sacarla de quicio—, la compartiremos, ¿te parece?

Ella asintió con un gesto. Lo único que de verdad quería era que aquella maldita cita terminara de una vez.

—¡Oh, Peter! Creo que no debería tomar postre... Lo mío son las ensaladas, ¿sabes?

Lali ladeó la cabeza para ver cómo los ocupantes de la mesa de enfrente se concentraban en la carta de postres. La chica estaba armando un montón de jaleo, atrayendo las miradas de la mayor parte de los hombres presentes en la sala. Lali puso los ojos en blanco: empezaba a desesperarse. Si hubiera tenido que enfrentarse solo a Pablo, era más que probable que habría acabado hasta por disfrutar
con la cena, pero la combinación de Pablo y aquella chica sacada directamente de las páginas de la Guía era más de lo que podía soportar en la primera cita que tenía en muchos años.

—No te preocupes —oyó que la tranquilizaba Peter—: lo compartiremos.

Lali se puso colorada de rabia.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Pablo preocupado.

—Lo siento, Pablo. La verdad es que últimamente tengo demasiadas preocupaciones.

El asintió comprensivo.

—¿Quieres hablar de ello?

—La verdad es que no.

—¿Estás segura? —sonriendo, le tomó la mano de nuevo, dejando a un lado sin embargo cualquier connotación sensual o juguetona, solo como lo haría un buen amigo. Y aquella vez Lali no quiso que la soltara. Soy muy bueno escuchando.

—Sí, estoy segura de que eres un buen oyente —replicó la joven apretándole la mano con cariño—. Lo que pasa es que a mí no me gusta mucho hablar, lo que supongo que ya te habrás figurado.

—Qué va, eres encantadora, pero ya me he dado cuenta de que estás algo distraída. Solo me gustaría preguntarte una cosa.

—¿El qué? —dijo ella algo tensa.

Pablo lanzó una mirada por encima del hombre, en dirección a la mesa que tenía a su espalda.

—¿Por qué estás tan obsesionada por esa pechugona de ahí detrás?

—¡Dios mío! —murmuró Lali, como una chiquilla pillada en falta.

—No sé si ella se habrá dado cuenta, pero le estabas lanzando unas miradas que parecía que quisieras petrificarla.

Lali agachó la cabeza y enterró la cara entre las manos.

—¡Oh, no...!

Pablo la obligó a levantar la cabeza y mirarlo a los ojos.

—Es por ese tipo, ¿verdad? Tu amigo Peter...

—No es lo que te imaginas —replicó ella, pugnando por elegir las palabras adecuadas para que él entendiera lo que quería decir—. Peter y yo nos conocemos desde que tenía ocho años. Es mi mejor amigo. Sin embargó, lo mismo que la mayoría de los hombres de Los Ángeles, piensa que soy tan sexy como un documental de jardinería. Y como somos tan amigos, no se corta nada, y me lo dice
en la cara continuamente... después de todo, ¿para qué están los amigos? —se le quebró la voz, así que se calló abruptamente antes de caer en algo más humillante, como echarse a llorar delante de aquel hombre.

—Pues a mí algunos de esos documentales me encantan —declaró Pablo arrancándole una sonrisa—. Y si ese tipo, o cualquier tipo de esta ciudad, no piensa que eres absolutamente maravillosa es porque está loco de remate. Permítame que le diga, señorita, que es usted una de las mujeres más hermosas que he visto en mi vida.

—¡Ja! Eso lo dices porque no me has visto las piernas.

—También me gustan —replicó el joven de inmediato lanzándoles una mirada de reojo—. Bien... ¿y qué están haciendo ahora nuestros amigos? —preguntó bajando la voz y mirando discretamente por encima del hombro, como si fuera un verdadero espía.

—Ella está tomando helado... Él se lo da a cucharaditas —respondió Lali en el mismo tono.

—Yo creo que nosotros podemos hacer algo mucho mejor que eso.

Lali sonrió, sintiéndose perfectamente a gusto con Pablo por primera vez en toda la noche. Los dos emprendieron una actuación que dejó a la altura del betún a algunas escenas de Nueve semanas y medía: él empezó a darle cucharadas de helado que ella lamía entre mohines; después fue ella la que empezó a darle de comer de su cuchara al tiempo que le aplicaba ridículos nombres como «cielito». Todo aquello era muy divertido, especialmente porque ninguno de los dos hubiera esperado que ella
fuera a mantener el tipo tan bien. A decir verdad, Lali fue la primera en sorprenderse a medida que descubría en ella semejantes aptitudes para la seducción. De hecho, a los pocos minutos había atraído la atención de la mayoría de los comensales del restaurante.

Sin embargo, cuando miró hacia la mesa de su amigo, se le borró la sonrisa del rostro. La rubia había dejado la cuchara a un lado, había arrimado su silla a la de Peter y le besaba en el cuello, como un vampiro, pensó Lali, sin el menor pudor. El joven mantenía los ojos entrecerrados, y apenas le dedicó una distraída mirada.

La joven se sintió dolida, iracunda y, sobre todo, deseosa de responder al reto de Peter. Vio que en el plato de helado que acababan de tomar solo quedaba la
guinda.

—¿La quieres? —le preguntó a Pablo.

—Si tú la quieres, tómatela —respondió, dándose palmaditas en el estómago—. Me temo que esta noche voy a tener indigestión, pero ha merecido la pena. Hacía siglos que no me divertía tanto.

—Espera y verás —murmuró Lali llevándose la cereza a la boca.

—¡Muy bien! —exclamó Pablo haciendo como que le aplaudía, pero ella le detuvo con un gesto.

—Espera un poco. Ahora viene lo mejor —le anunció—. Mira —dijo, y empezó a mover la lengua a una velocidad vertiginosa. Antes de que Pablo supiera qué era lo que estaba haciendo, sacó de la boca el rabo de la cereza hecho un nudo. Su acompañante la miró con asombro indisimulado—. Lo aprendí en una fiesta, con los chicos.

—Creo que necesito un cigarrillo... ¡Y eso que no fumo! —exclamó Pablo por fin.

Todos los presentes le dedicaron un cerrado aplauso, admirados por semejante habilidad. Un hombre, vestido de ejecutivo incluso se levantó.

—¡Bravo, chica! —exclamó, mientras sus compañeros silbaban entusiasmados.

Debatiéndose entre el deseo de salir corriendo o de esconderse debajo de la mesa, Lali optó por levantarse y agradecer los aplausos. La Guía no indicaba cómo comportarse en un caso semejante: ¿qué habría que hacer para parecer sexy al mismo tiempo que se hacía el tonto?

—Creo que ya he terminado lo que tenía que hacer por aquí —murmuró, sintiéndose como una auténtica heroína—. ¿Nos vamos?

—¡Ha sido tan divertido! —exclamó entre carcajadas, un poco achispada incluso, en el camino de vuelta a casa.

—Te aseguro que a ninguno de los hombres que te ha visto esta noche le queda la menor duda sobre si eres sexy o no —dijo Pablo entusiasmado—. Desde luego, a mí me has convencido.

—Creo que no podré darte las gracias lo bastante, Pablo.

—No hay de qué —replicó el joven retirándole un rizo de la cara—. Ha sido un auténtico placer.

—No, te lo digo en serio... Ni siquiera me había dado cuenta de lo mucho que me había afectado lo que Peter me dijo. No creo que la sinceridad sea siempre una virtud... en este caso, la verdad es que me dolió.

—No creo que te lo dijera por un afán de sinceridad —observó Pablo—: creo que estaba completamente equivocado. De todas formas, ¿por qué te dijo semejante cosa?

Lali se puso colorada al recordar la apuesta.

—Es una historia muy larga y no demasiado importante. Supongo que intentaba que me sintiera mejor, y por eso vino a decirme que yo era uno más de la pandilla. Todo se reduce a que no piensa en mí como mujer... de todas formas, no me importa mucho.

—¡Vaya, hombre! Y, si no eres una mujer, ¿se puede saber qué eres?

Un hámster, estuvo a punto de responder, acordándose del comentario de Peter al ver la guía.

—Piensa que soy como uno de sus amigotes: vemos juntos los partidos, vamos juntos al cine. Incluso ha intentado enseñarme a hacer surf, pero soy negada para ese deporte —le explicó—. Estaba conmigo cuando mi padre murió, y yo fui a su Universidad cuando consiguió el título de MBA. Es mi mejor amigo, Pablo: no me mentiría jamás.

—Puede que no sepa enfrentarse a la verdad —apuntó Pablo enigmáticamente.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó intrigada.

—Tú limítate a pensar en lo que te he dicho —fue la curiosa respuesta de Pablo.

Al cabo de unos minutos llegaron a su calle. Cuando se detuvieron delante de la verja que separaba sus casas, Lali se quedó sin saber qué hacer. Le gustaba Pablo, pero no quería invitarle a entrar en su casa... en el fondo, sin embargo, le apetecía, aunque solo para hablar de Peter. Y hasta ella, con su escasa experiencia en el mundo de las citas, sabía que eso no sería lo más adecuado

—Bueno... aquí me quedo yo —dijo, nerviosa, pasando el peso del cuerpo de un pie a otro—. Gracias por invitarme a salir, Pablo.

—Tenemos que repetirlo —respondió Pablo con su más encantadora sonrisa—. Er... creo que ahora viene la parte del beso de buenas noches.

Ella sonrió débilmente, retrocediendo un paso atrás.

—No te lo vas a creer, pero no tengo costumbre de dar besos en la primera cita.

—¿Y querrás creer que es la primera vez que oigo semejante frase fuera de una película? —replicó Pablo echándose a reír—. Me gustas, Lali Esposito —declaró.

—Y tú también me gustas, Pablo Martinez —dijo Lali, visiblemente aliviada.

—Se me ocurre una idea... ¿Qué planes tienes para el sábado por la noche?

—Ninguno en absoluto —confesó Lali sin el menor pudor.

—Me han invitado a una fiesta en Century City. Hay que ir de etiqueta y todo ese rollo. Supongo que será aburridísima, pero si tú me acompañas, seguro que la cosa cambia. ¿Te apetece?

A Lali se le hizo un nudo en el estómago.

—¿De etiqueta? ¿Quieres decir que tendré que ir de largo?

—Por favor —suplicó Pablo—, soy un recién llegado, no conozco a nadie, ten piedad de mí. Si aceptas me harías un favor inmenso. Lali suspiró: aquella cena ya había sido una prueba muy dura, así que se imaginaba perfectamente el suplicio que iba a pasar en la fiesta.

—Está bien, iré contigo.

—¡Genial! —Pablo estaba contentísimo—. Pasaré a buscarte a las siete —dijo, y agachándose, le dio un suave beso en la mejilla antes de emprender silbando el camino hacia su casa.

Lali abrió la verja, atravesó el jardín y se metió en su casa, cerrando la puerta con mayor brusquedad de la que era usual en ella.

Pablo le parecía encantador, amable y simpático. Como se proclamaba en casi todas las revistas del país, era el hombre perfecto. Y, entonces, ¿por qué no sentía su corazón vibrar cuando hablaba con él?

¿Por qué no se derretía ni le temblaban las rodillas cada vez que él le dedicaba alguna de sus deslumbrantes sonrisas? Y, sobre todo, ¿por qué no había invitado a semejante Apolo a entrar en su casa, dándose así la oportunidad de romper con aquel celibato que ya le pesaba tanto?

A lo mejor le faltaba un tornillo.

Estaba cansada y se sentía confusa. Se había disipado por completo la sensación de triunfo que había alcanzado en el restaurante. Necesitaba hablar con alguien de lo ocurrido, quizá de esa forma se le aclararan las ideas.

Sin pensarlo dos veces, se dirigió al dormitorio y marcó un número.

—¿Diga? —contestó Peter al otro extremo de la línea.

Lali se puso a temblar de pies a cabeza. Había llamado a Peter, claro, justo lo que siempre hacía cuando necesitaba hablar con alguien.

¿Qué podía decirle? ¿Que le había dolido que le dijera la verdad? ¿Que aquella noche se había comportado como una idiota por culpa suya? ¿Que no había invitado a Pablo a entrar en su casa y no sabía por qué? ¿Qué pensaría Peter de todo eso? ¿Qué podría decirle?

Tras unos instantes oyó un gruñido y que Peter colgaba. Todavía con el auricular en la mano, Lali enterró la cabeza en la almohada y se echó a llorar.

Sí, tal vez aquella apuesta se le había escapado de las manos. Por la mañana hablarían con él y zanjaría aquella estupidez de una vez por todas. Que todos los hombres del mundo se pusieran a sus pies no le serviría de nada si perdía al único amigo que tenía.


Chicas!! Nuevo cap! Lo subo entero por los dias que estuve desaparecida...
Espero que os guste y quiero comentarios!!!!
Un beso a todas!
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Mais020291
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Sáb Mayo 19, 2012 6:01 pm

Más!! Odio a la rubia, amiguita de Peter..descarada! jaja
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Ione_nav
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Sáb Mayo 19, 2012 7:16 pm

Capítulo 5



A la mañana siguiente Peter estaba sentado en su despacho, delante del
ordenador. Ya había tenido dos reuniones, dictado varias cartas e informes y
examinado al menos media docena de propuestas para Lone Shark. A decir verdad,
no había prestado la menor atención a ninguna de ellas.

La noche anterior se había acostado muy tarde, pero por fin había conseguido
hacerse. una idea de la situación. En las circunstancias en las que se encontraba, una
pequeña campaña de venganza no es que fuera conveniente, sino absolutamente
necesaria.

Cuando por fin él y su acompañante salieron del restaurante, estaba que echaba
chispas. Había, montado todo aquello para demostrarle cómo se comportaban las
mujeres que salían en aquella dichosa Guía, lo previsibles que eran sus tácticas y, a
decir verdad, Terri había desempeñado su papel a la perfección. Lo que jamás
hubiera imaginado era que Lali tuviera el temple no solo para imitarla, sino
incluso superarla con creces. Al final de la cena estaba tan enfadado que lo único que
deseaba era dejar a Terri en un taxi y presentarse en casa de Lali para decirle un
par de cosas. Solo se detuvo al pensar que tal vez su amiga no estuviera sola.

Y fue justo entonces cuando el hombre de negocios que llevada dentro tuvo una
intuición genial. Tras dejar a su acompañante en un taxi, volvió al restaurante y le
compró al fotógrafo del local por el triple de su valor el carrete de fotos que había
sacado aquella noche.

Para entonces había conseguido tranquilizarse bastante: Lali no era el tipo
de chica que se acostaría con Pablo la primera noche, de eso estaba seguro. Se había
portado de una forma tan escandalosa solo para vengarse de él, para provocarlo... y a
fe que lo había conseguido. Ahora ella estaría esperando que él hiciera el siguiente
movimiento... y ahí era precisamente donde entraban las fotos.

Llevó el carrete a una tienda de revelado rápido donde en menos de una hora le
dieron una foto de no muy buena calidad pero en la que se distinguía perfectamente
a Lali en el momento de llevarse a la boca la maldita cereza. Tenía que pensar
cuidadosamente qué hacer con semejante material, no se le podía olvidar que ella era
una auténtica maestra en el arte de la venganza. Recordó que una vez había
conseguido un fotomontaje de lo más logrado en el que aparecía él completamente
desnudo, tapando sus vergüenzas con un sombrero, y que lo había hecho imprimir
en todas las invitaciones para su fiesta de cumpleaños.

La verdad era que cuando había una apuesta de por medio, Lali y él
dejaban a un lado cualquier escrúpulo. Enseguida iba a ver aquella descarada lo que
la esperaba después de su actuación en el restaurante.

Lo más extraño era que tenía que reconocer que el comportamiento de su amiga
le había afectado profundamente. Le hubiera gustado que se tratara de puro enfado,
pero se conocía demasiado bien como para decir eso: solo de pensar en lo ocurrido le
hervía la sangre.

Se levantó y se asomó a la ventana, confiando que la brisa que llegaba del
océano tuviera la virtud de relajar sus excitados nervios. Sin embargo, solo pudo.
disfrutarla un segundo antes de que alguien entrara sin llamar en el despacho.

—¿Qué diablos significa esto?

Peter sonrió sin volverse siquiera. Conocía muy bien aquella iracunda voz
femenina.

—¡Hola, Lali! ¿Qué te trae por aquí?

Se dio la vuelta para enfrentarse a ella: los ojos le ardían como dos brasas.
Llevaba una camiseta color azul claro y una vertiginosa minifalda. A Peter le pareció
que la temperatura de la habitación había subido varios grados; rápidamente asió la
hoja de papel que Lali le mostraba, concentrándose en ella como si fuera lo más
importante del mundo.

—Por lo que parece... esto es una foto tuya comiendo algo... ¿Una cereza, quizá?

—¡Eso ya lo sé! —le interrumpió la joven elevando el tono de su voz
peligrosamente—. Lo que ahora quiero que me digas es quién la envió a mi
departamento de informática.

—No tengo ni la menor idea —replicó Peter con expresión de absoluta
inocencia.

—¿De verdad? —se acercó a él con una mirada amenazante—, entonces, ¿cómo
se las ha arreglado Gaston, nuestro común camarada de póker y colaborador mío en la
empresa para colocarla en la página web de tu empresa?

Peter se mordió la lengua para no soltar la carcajada. Desde que Gaston empezara
a trabajar con Lali, la verdad era que le resultaba mucho más fácil maquinar
bromas. Cuando lo llamó, la noche anterior, Gaston se mostró entusiasmado con su
plan.

—No me lo puedo imaginar —dijo, manteniéndose lo más serio que fue capaz.

—¡Pues yo si puedo! —estalló Lali dándole un golpe en el pecho—. Todo
el mundo sabe que tienes en tu página web una foto de la chica de la semana. ¿Cómo
te has atrevido a poner la mía?

—Bueno, bueno, no te lo tomes así. No creo que lleve ahí más de una hora...

—¡Lleva toda la noche!

Peter se puso repentinamente serio. ¿Toda la noche? ¿Qué había ocurrido?

—Hablé con Gaston anoche, es cierto —replicó rápidamente—. Me dijo que solía
llegar a la oficina a las diez, y no son más que las once y media.

—Sí, claro: imagino que le pareció tan gracioso que no quiso esperar ni un
segundo más —dijo Lali con amargura—. Y como todo el mundo sabe que
cambiáis la foto en jueves, seguro que ya la han visto todos los adolescentes excitados
que entran en tu página desde medianoche.

Aquello no era en absoluto lo que él había planeado.

—No ha puesto tu nombre, ¿verdad?

—No, y esa es la única razón por la que sigue vivo. Si Natacha no me hubiera
avisado, quién sabe cuánta gente la habría visto a estas alturas. Por lo visto han
colapsado el correo electrónico preguntando quien es la misteriosa chica de la cereza.
¿Puedes creerlo?

—¡Oh, no! —Peter estaba aterrado por la magnitud del desastre—. Tienes que

creerme, jamás pensé que ocurriera tal cosa. Yo lo único que quería...

En ese momento entró el asistente de Peter.

—Perdón...

Peter deseó que Lali hubiera cerrado la puerta detrás de ella antes de

empezar a montarle esa escena

—Sí, Jake, ¿qué quieres?

—¿Has terminando de revisar los informes que te he pasado esta mañana?

Peter se sentó ante su mesa y se puso a buscar entre la pila de papeles,

esperando que eso le diera un poco más de tiempo para preparar sus disculpas. El
joven se acercó tímidamente a Lali.

—Hola, me llamo Jake. Te he visto en la página web.

—¿De verdad? —Lali lanzó a su amigo una mirada venenosa.

—Sí, y he pensando que a lo mejor te gustaría salir a cenar un día, o al cine...

—Oye, Jake —le interrumpió Peter antes de que su secretario se embalase—,
ahora no encuentro esos informes y, como puedes ver, tampoco puedo atenderte.
Hablaremos luego.

—Desde luego, perdona —se disculpó Jake.

Peter le acompañó hasta la puerta, pero antes de que pudiera cerrar, se

abalanzaron sobre él otros tres jóvenes con papeles en la mano.

—¿Está aquí? —preguntó uno de ellos.

—¿Qué queréis, chicos? —preguntó Peter, cortante

Todos ellos se pusieron de puntillas, sin hacerle el menor caso.

—Quería pedirte que echaras un vistazo a estos papeles.

Peter dio un rápido vistazo a uno de ellos.

—Maldita sea, Bill: es un informe que me mandaste hace un mes.

Bill sonrió cobardemente.

—No te lo tomes a mal, Peter. Necesitaba una excusa para entrar. Esa mujer es

una bomba.
¿Una bomba? ¿Aquellos cretinos se atrevían a llamar bomba a su Lali?

—Estoy reunido —dijo entre dientes—, y lo estaré durante la próxima media
hora. Ya hablaré luego con vosotros —y sin añadir nada más, les dio con la puerta en
las narices.

—Lali, lo siento mucho —se disculpó, sabiendo que sus palabras eran de
muy poco consuelo—. Te lo juro, no sabía que esto iba a pasar. Solo era una broma.
Ya sabes...

—Dime una cosa, Peter —lo interrumpió Lali—, ¿cómo es que un hombre
tan inteligente como tú sepa tan poco sobre las mujeres.

—¿Qué quieres decir?

—¡Oh, olvídalo! Acabo de recordar que tú no me consideras una auténtica
mujer —dijo Lali. Su voz era dura y amarga—. Para ti solo soy la buena de
La, una más de la pandilla. Solo te acuerdas de mí cuando necesitas comida, un
hombro en el que llorar, o alguien a quien tomar el pelo.

—Tú me tomas el pelo al menos tanto como yo a ti —se defendió Peter.

—¿Qué pretendes? ¿Darme además una cucharada de mi propia medicina? Ni
por un momento has pensado lo que todo esto significa para mí. Ya sé que no tengo
mucha práctica pero, por una vez en mi vida, me gustaría hacer el esfuerzo y
aprender a ser una auténtica chica. Fíjate lo que te digo: aunque fuera por una vez,
me gustaría ser capaz de llorar. ¿Alguna vez has reparado en el daño que me haces
con las cosas que me dices?

Aquello le llegó al corazón.

—¡Por Dios, Lali! Sabes que nunca he querido hacerte daño.

Ella se volvió al fin para mirarlo, con los ojos preñados de lágrimas.

—Entonces, ¿por qué me lo haces?

—Lali —enormemente arrepentido, Peter se puso a su lado—. Ángel, lo
siento mucho, muchísimo —conmovido, la abrazó con fuerza—. Te lo digo de
verdad: no pensé que esta broma tan tonta fuera a hacerte tanto daño.

—Lo siento mucho, Peter... Han sido tantas cosas: la cita, la página web. Creo
que eso fue la gota que colmó el vaso —se separó un poco, con los ojos relucientes
como ámbar oscuro por efecto de las lágrimas—. La verdad, creo que no tengo
derecho a echarte nada en cara... pero tenía que decírtelo, entiéndelo. Es muy duro
que tu mejor amigo te diga que no eres guapa, ni femenina, y que nunca conseguirás
un marido...

—Oye, oye, para el carro —la interrumpió Peter cariñosamente—: yo jamás he
dicho semejante cosa. Ella meneó la cabeza con una triste sonrisa.

—No con esas palabras, pero el sentido era el mismo. Te conozco desde hace
muchos años, y sé

perfectamente lo que piensas —se desasió de su abrazo y, componiendo el
gesto, se acercó a la ventana, secándose los ojos con el dorso de la mano—. ¿Ves? Es imposible discutir contigo, siempre tienes razón. Mirándome, ¿qué hombre querría
salir conmigo?

—¡Eres tonta! Lali, tú tienes mucho que ofrecer a cualquier hombre —
replicó Peter de inmediato, intentando restañar el mal que había hecho—: eres
elegante, sexy y muy divertida. Lo que pasa es que no sabes verlo.

—Ni tú tampoco, si vamos a eso —apuntó Lali—. La verdad, pensé que
serías el primero en, darme la razón.

Aquellas palabras tuvieron la virtud de hundirlo aún más.

—Sabes que estoy de tu lado, Lali.

—Lo estabas hasta que empezamos con esta estúpida apuesta —dijo,
volviéndose a mirarlo con sus hermosos y luminosos ojos—. ¿Sabes por qué sigo en
esto? Porque si pierdo tu hermana y Rochi me han prometido que me dejarán en paz,
y no se meterán más en mi vida. Creo que esa es la solución más fácil... Por lo menos
así me lo parecía hasta que decidiste declararme la guerra abierta.

—Lali, por favor, me siento fatal, como la peor rata del Universo —Peter le
limpió una lágrima que rodaba por su mejilla—. Creo que he sido muy egoísta... —
hizo una pausa antes de admitir algo que jamás le confesaría a nadie, ni a su familia
ni a sus amigos, ni siquiera a los colegas de la pandilla—. Lo que pasa es que tenía
miedo, temía que te convirtieras en una de esas mujeres superficiales cuyo único
objetivo es la caza del marido. Y, sobre todo, temía perder a la mejor amiga que
nunca he tenido...

Ella le dedicó una sonrisa entre las lágrimas.

—Sé cómo te sientes. Fíjate, anoche te llamé para contarte ,lo que había pasado
en la cena.

—Hagamos un trato —propuso Peter tomándole de la mano—: pase lo que
pase, seguiremos siendo los mejores amigos. Eso significa que podremos contarnos cualquier cosa que nos ocurra. Como los mosqueteros: todos para uno y uno para todos. ¿De acuerdo?

—Trato hecho —dijo, estrechándole la mano primero y abrazándolo después—.
No podemos consentir que esto nos ocurra otra vez.

—Claro que no, no pienso correr otra vez el riesgo de perderte, ángel.

Aunque no hacía la menor falta que continuaran abrazados, mantuvieron aquel
gesto un buen rato, disfrutando de aquel calor y del consuelo mutuo. Ella sentía su
cuerpo fuerte y acogedor, mientras Peter se deleitaba con la suavidad de su pelo, el
dulce aroma de su piel. Miró hacia abajo y ella alzó la cabeza: Lali tenía las
mejillas arreboladas, y le miraba con una ternura que él no le había conocido hasta
entonces.

—«Peter», se dijo a sí mismo, «cualquier mujer que te mire con esa cara merece
que la beses».

Estupenda idea. Por fin su conciencia se había decidido a echarle una mano. Se
agachó un poco más, sin dejar de mirarla.

Justo cuando sus labios estaban a punto de tocarse, se detuvo en seco.

«Espera un momento. ¿Qué demonios estás haciendo?»

Se echó hacia atrás como si hubiera tocado una valla eléctrica. Se separó unos
cuantos pasos, con el corazón latiéndole como una ametralladora. Ella lo miraba con
una expresión indescifrable.

—Me... me alegro de que hayamos puesto las cosas en claro.

—Yo también —convino Lali rápidamente sin dejar de mirarlo

—Bueno... —Peter carraspeó: se había salvado de milagro. ¿En qué diablos
estaría pensando?—. Se me ocurre una idea para salir de este embrollo en el que nos
hemos metido.

—Soy toda oídos.

—Es culpa mía el que te hayas metido en esta apuesta, así que lo más lógico es
que sea yo el que te ayude a salir de ella.

—Peter —le interrumpió Lali escéptica—, me parece que ya me has
ayudado bastante...

—No tenía la menor idea de lo que te pasaba por la cabeza —se defendió su
amigo—. Creo que lo que tienes que conseguir es sentirte un poco más cómoda con
los chicos.

—Venga, hombre —protestó Lali entre risas—. Llevo saliendo con la
pandilla desde que me saqué el carné de conducir. ¿De verdad crees que mi
problema es que no me siento cómoda con los hombres?

—Lo que pasa es que cuando te comportas como una mujer te acobardas —le
explicó Peter—. Esta noche haremos una prueba. ¿Has quedado con alguien?

—¿Estás de broma? —Lali no daba crédito a lo que su amigo le proponía
—. No tengo ninguna cita, y, si quieres saberlo, me alegro. Sin embargo, como Rochi
está tan emperrada con este asunto, seguro que viene a buscarme para que salgamos.
Espero que no se le ocurra traer a su marido... eso sí que me acobardaría.

—¿Podrás librarte de ella y encontrarte conmigo, digamos a eso de las siete, en
Sharkey's?

—Creo que sí.

—Y vente arreglada.

—¿Cómo dices?

—Ya me has oído: confía en mí. Con un poco de suerte, acabaremos de una vez
por todas con este asunto de la apuesta.

—Tienes suerte de que sea tu mejor amiga, porque ninguna mujer en su sano
juicio querría tener nada que ver contigo —le espetó Lali—. De acuerdo —cedió
al fin—. A las siete en Sharkey's.

Sin embargo, aquella idea que en principio le había parecido a Peter genial,
resultó serlo solo en teoría. Para empezar, las cosas habrían ido mucho mejor si los
chicos no se hubieran tomado sus papeles tan en serio.

—¡Peter, esto es una ridiculez! —se rio Lali.

—Pues a mí me parece que Peter ha tenido una idea súper —dijo Sean
pasándole un brazo por los hombros—. Si lo que quieres es aprender a pescar a un
tío, tendrás que documentarte primero.

—Nadie ha dicho nada de pescar a un tío —replicó Peter ásperamente—. Lo que
propongo es que se acostumbre a salir con ellos estando arreglada.

Y desde luego, lo estaba; llevaba un vestido color lavanda del mismo estilo que
el rosa con el que había ido a trabajar el día que empezó todo aquel lío. También
llevaba sandalias de tacón. Peter ni se atrevía a mirarle las piernas, y mucho menos el
escote... ni siquiera la cara. De hecho, se limitaba a fijar la vista en un punto
indefinido por encima de su cabeza.

Pero el resto de los muchachos no tenía el mismo problema.

—¿Qué tal, belleza? —dijo Nico dirigiéndole su más luminosa sonrisa—.
¿Vienes mucho por aquí?

—Nico, estuvimos todos aquí el pasado lunes, ¿es que no te acuerdas? ¿No
estarás exagerando?

—Vale, vale —se defendió el joven—. Lo que pasa es que no estabas tan
requeteguapa como hoy.

—Peter, esto es una estupidez —dijo levantándose y andando unos pasos.
Inmediatamente varios pares de ojos quedaron prendados del meneo de sus caderas,
así que se detuvo y se volvió para enfrentarlos—. Estos no son hombres de verdad,
son los chicos de la pandilla, los conozco de toda la vida.

—Danos una oportunidad —bromeó Sean.

—Sí, cielo, hazlo —rogó Gaston enarcando las cejas—. Estamos deseando darte
todo nuestro amor, princesa.

—¿Princesa? ¿Cielo? ¡Dios mío! No había oído nada semejante desde que estaba
en el instituto.

—Peter —se quejó Sean—, no se lo está tomando en serio.

—¡Es que me resulta imposible! —rio Lali. Se había pintado los labios en
un tono de lo más atrevido, y también se había aplicado máscara de pestañas y
sombra de ojos; fuera lo que fuese lo que había hecho, lo cierto es que había dado en
el clavo. Estaba preciosa—. Desde que he llegado no habéis hecho más que el payaso.

—Por favor, tenéis que fingir que estáis en una fiesta o algo parecido —les
indicó Peter, intentando que se centraran en lo que tenían entre manos. Le había
prometido a Lali que la sacaría de aquel lío y pensaba conseguirlo, aunque eso
significara hacerle creer que era la mujer más atractiva y femenina de la tierra—. Lo que digan los chicos no debe importarte, Lali, tú limítate a sonreír, a hacerte la
interesante.

—¿Y cómo lo hago? —preguntó la joven perpleja.

—Trátalos como si fueran gusanos —Peter se corrigió con una sonrisa: convertir
a su amiga en una chica sexy no significaba inducirla a que fuera una estirada. Estaba
a punto de enseñarle cómo atrapar una buena presa—. Pórtate como si fueras la
mujer más hermosa del planeta, dales a entender que pierden el tiempo contigo,
como si ni siquiera deberían permitirse pensar en ti.

—Oye, Peter, eso no es justo —intervino Nico—. Así es exactamente cómo me
han tratado todas las mujeres desde que empecé a salir. Yo creí que esto iba a ser más

divertido.

Lali esbozó una sonrisa. Empezaba a entender el quid de la cuestión.

—¿Quieres decir que si les trato como si fueran basura, ellos me adorarán como
a una diosa?

—Exacto, creo que ese el gran secreto —Peter sonrió al ver la expresión de
deleite de su rostro. Las cosas empezaban a ponerse interesantes.

Lali volvió se encaramó a un taburete en la barra. Peter estaba
desprevenido y se quedó casi sin respiración al ver el sugestivo movimiento de sus
caderas.

—Hola, preciosidad —dijo Nico volviendo a la carga.

Ella le lanzó una mirada cargada de intención, pero su voz era fría como el
hielo.

—Esto no es para ti —dijo, señalando primero su cuerpo con un gesto y
apuntándole después con el dedo.

Nico se retiró con una carcajada. Inmediatamente Gaston ocupó su puesto.

—Perdone, señorita, ¿podría prestarme 35 centavos? Mi madre me pidió que la
llamara cuando me enamorara...

Lali rebuscó en su bolso y le dio tres monedas.

—Aquí tiene. Después de hablar con ella, intente llamar a alguien a quien le
importe.

—¡Es muy buena! —dijo Sean acercándose a ocupar el puesto de Gaston—. Ahora
voy yo: ¿Está usted cansada, señorita? Lo digo porque lleva rondándome por la
cabeza toda la noche.

—De acuerdo, tú ganas. Bailaré contigo.

Sean 1e dio un cariñoso abrazo y la condujo a la pista.

—Siempre funciona —dijo a sus camaradas por encima del hombro.

Peter se fijó en que la mayoría de los hombres presentes miraban a Lali
como si se la quisieran comer con los ojos. Rogó a los cielos por no tener la misma
expresión.

No quería sentirse atraído por ella, no quería que las cosas cambiaran. Habían
sido amigos desde que tenían uso de razón, así que convocó en su memoria la
imagen de una pecosa cría de ocho años. Cuando eso no le funcionó, evocó a la
adolescente larguirucha, con vaqueros y camisetas dadas de sí.

A decir verdad, nunca se había permitido pensar en Lali como en una
mujer. Por primera vez, no le quedaba más remedio que enfrentarse a esa realidad.
Su transformación era tan evidente como una bofetada en pleno rostro.

Lali se echó a reír por algo que Sean decía. Estaba preciosa; feliz, vibrante,
increíblemente viva.

La deseaba.

«Puedes pensar lo que quieras», le dijo una vocecita en su interior, «pero ni se te
ocurra pasar a la acción. Es tu amiga, acuérdate».

Odiaba tener que admitirlo, pero esa vocecita tenía toda la razón. Aquella era la
piedra de toque en la que se basaba toda su filosofía: las mujeres van y vienen, pero
los amigos son para siempre. Después de lo ocurrido aquel día, intuía mejor que
nunca lo que le esperaba si perdía la amistad de Lali. Aunque siempre había
pensado que sería dramático ella se casara y, no pudieran pasar juntos casi todo el
tiempo, mucho peor sería no volver a verla nunca más.

No podía engañarse a sí mismo: la mayor parte de las relaciones que había
tenido habían durado muy poco tiempo, y las que habían resistido algo más habían
terminado entre terribles peleas. Y jamás había vuelto a ver a ninguna de sus novias.
No quería correr el mismo riesgo con Lali. Y si acababan pasando a mayores,
sería eso precisamente lo que estaría haciendo.

Cada vez estaba más convencido de que tenía que evitar como fuera cualquier
contacto físico con ella. Sería su amigo, nada más.

Cuando acabó el baile, Sean asió de la mano a Lali para llevarla hasta la
barra, sonriendo como un bobo. Pero antes incluso de que hubieran salido de la pista,
un hombre se plantó ante ellos.

Peter se quedó mirándolos petrificado.

Lali se quedó boquiabierta al ver que el desconocido la estaba invitando a
bailar. Nerviosa, miró a Sean en busca de ayuda, pero el joven se limitó a encogerse
de hombros. Indecisa, se mordió el labio, hasta que por fin, encogiéndose a su vez de
hombros, aceptó la invitación.

Sean llegó a la altura de Peter, que había contemplado toda la escena sin poder
dar crédito a sus ojos.

—¿Qué te parece? Casi ni habíamos acabado de bailar y viene ese tipo y se
abalanza para llevarse a Lali delante de mis narices.

—¿Se puede saber en qué estabas pensando? —le gritó—. ¡La has dejado a
merced de un completo desconocido!

—¿Y? —preguntó Sean confundido—. Creo que se las está arreglando muy
bien. Al fin y al cabo, ¿no era este nuestro objetivo?

Peter se dio cuenta de que el hombre hacía todo lo posible por arrimarse a
Lali, con el pretexto de decirle algo al oído. Sin pensárselo dos veces, se levantó
para acercarse a la pista y partirle la cabeza a aquel sinvergüenza.

—Oye, oye, para el carro —le detuvo Sean—. No te abalances, se las está
arreglando la mar de bien...

Fijándose un poco más, vio que Lali mantenía a su pareja a raya
sacudiendo la cabeza con firmeza. Tenía la misma expresión con la que había
rechazado a Nico minutos antes: «Esto no es para ti», le estaba diciendo al hombre
de forma inequívoca.

Peter se relajó un poco.

—¿Sabes? —dijo Sean de repente—, creo que cuando no se quiere vender algo,
no debería ponerse en el escaparate.

—¿Y qué demonios se supone que quieres decir con eso —preguntó Peter,
demasiado absorto en lo que estaba ocurriendo en la pista de baile como para

entender la críptica frase de su amigo.

—Quiero decir que está preciosa, tío. Déjala en paz.

—La estoy dejando en paz —gruñó Peter.

—Sí, ya.

Lali se reunió con ellos cuando acabó el baile. El desconocido la seguía con

expresión de cordero degollado.

—Gracias por el baile —le dijo la joven amablemente.

—¿Me darías tu número de teléfono? —preguntó el hombre haciendo acopio de

valor.

—No —replicó Lali tras pensarlo un instante.

—¿Por qué no?

—Ya la has oído, tío —dijo Peter plantándosele delante, al tiempo que pasaba

un brazo por los hombros de Lali—. Esfúmate.

—Vale, tío, vale —murmuró el hombre temeroso. Después lanzó una última y
esperanzada mirada a Lali—. Vi tu foto en la página web. Estoy deseando

contarle a mis compañeros que bailé con la chica de la semana.

Lali miró cómo se alejaba con los ojos como platos.

—Tendrás que reconocer que era una gran foto —bromeó, Gaston.

—Sí, lo admito —replicó ella cortante—. ¿Por eso la dejaste en la red doce

horas?

Gaston no parecía en absoluto arrepentido de su hazaña.

—Me pareció una buena idea: además, los chicos empezaban a estar hartos de

ver a las mismas modelos semana tras semana. Ha sido un cambio refrescante.
—Sí, estoy segura —convino Lali lanzándole una mirada glacial.

—Bueno, no es que se quejaran exactamente... Una tía buena es siempre una tía
buena —filosofó Gaston mientras mascaba un puñado de cacahuetes—. Lo que pasa es
que las últimas que habíamos metido en la página eran del tipo «ponme la crema
bronceadora, cariño»... me refiero a que eran de las que solo existen en las islas
tropicales de los anuncios. No creo que sea fácil encontrarse con una de ellas en el
supermercado, por ejemplo.

—Entonces, si te he entendido bien —dijo Lali picada—, yo debo ser del
tipo «pásame las patatas fritas, cariño»:

—Lo que quiero decir es que tú eres una mujer real... eres preciosa, pero no
inalcanzable. Y esa cosa que hiciste —evocó Gaston sonriendo lujuriosamente—, ese
nudo con la cereza... Te diré que he guardado una copia de la foto para mi disfrute
personal.

—¡Dios...! —exclamó Lali tapándose la cara con las manos.

—Oye, ¿puedes sacar unas copias para mí? —intervino Sean—. Un par de tipos
me las han pedido en la tienda de surf. Cuando quisieron verte ya habían quitado la
foto.

—No, no puedes —contestaron al unísono Lali y Peter.

—Vale, vale, no os pongáis así —les aplacó Sean. Lali echó un vistazo a su
reloj.

—Tengo que irme, chicos. Gracias por la... lección Inmediatamente se alzó un
coro de protestas. —¡Pero si es prontísimo! —dijo Sean—. ¿Qué pasa?

¿Tienes alguna cita tempranera o qué?

—La verdad es que tengo dos —contestó Lali. Peter la miró sorprendido
—. Para empezar, he quedado con Rochi para hacer ejercicio; después iremos al salón
de belleza. Conociendo a Rochi, saldremos al amanecer —se lamentó.

—¿Y la otra?

—No vais a creerlo —les explicó Lali—. Voy a ir a la fiesta del Century
Plaza. Tendré que ponerme un vestido de gala y todo. La verdad es que si no le
hubiera visto tan apurado no habría aceptado... Ya sabéis lo poco que me gustan ese
tipo de cosas. Espero salir airosa sin ponerme en evidencia... sobre todo después de
este desagradable asunto de la página web —añadió mirando a Gaston con cara de
pocos amigos.

Gaston se las arregló para fingir que estaba avergonzado, y Peter sintió una
punzada de auténticos remordimientos al acordarse de la escena en su oficina.

—Bueno, me alegro de que todos hayamos aprendido algo hoy —sentenció
Lali con una radiante sonrisa—. Hasta pronto, chicos.

—Te acompañaré hasta el coche —dijo Peter.

—No está lejos...

—No protestes.

—No se te ocurra pedirle su número —le advirtió Nico con una sonrisa—. Es
una chica muy dura, te lo aseguro.

La pandilla en pleno les despidió con un coro de aullidos y silbidos. Lali
puso una sonrisa de circunstancias, mientras que Peter ni se molestó en mirarlos.

—Gracias por tu ayuda, Peter —dijo la joven mientras abría la puerta de
Gominola—. Sé que no es fácil para ti.

—¿Y por qué no habría de serlo?

—Bueno, al fin y al cabo me estás ayudando a ganarte la apuesta. Debería
pagarte esos mil dólares, aunque solo fuera por las molestias que te estás tomando...

—No seas mema —gruñó Peter—. Ya verás cómo al final lo conseguimos.

Ella asintió, estremeciéndose al sentir la fresca brisa de la noche.

—Anda, toma —Peter le puso su chaqueta sobre los hombros—. Vas a resfriarte
como no te andes con cuidado.

—Soy una chica con suerte: tengo el mejor amigo del mundo —dijo, dándole un
cariñoso abrazo.

Peter se concentró para no abrazarla, pero parecía que sus brazos tenían
voluntad propia.

—Buenas noches —le deseó Lali alegremente metiéndose por fin en el
coche.

—Buenas noches —respondió Peter. Se quedó plantado hasta que la vio enfilar
la carretera principal. Después, volvió al bar temblando de frío.

—¿Dónde has dejado la chaqueta? —le preguntó Sean.

—Se la he dejado a Lali. Estaba temblando.

—No me extraña —bromeó Nico—. No es que llevara mucha ropa encima
precisamente... Estaba fabulosa.

—¿Y qué pasará ahora? —preguntó Gaston intrigado—. ¿Se convertirá en una
devora hombres?

—No creo que llegue tan lejos, pero creo que la hemos ayudado bastante. Desde
luego, parecía habérselas arreglado muy bien con el tipo con el que había bailado —
comentó Peter—. Sin embargo, la veo un poco insegura, no sé qué tal le irá en la
fiesta de mañana. Ojalá hubiera una forma en que pudiéramos ayudarla. Ese
embrollo de la página web le ha puesto muy nerviosa —Peter se dejaría torturar si
eso evitaba que Lali volviera a sentir un dolor como el de aquella tarde.

—Un momento, chicos... —dijo Gaston de repente—. Puede que tenga la solución.
Ella dijo que era en el Century Plaza, ¿no?

—Sí, eso es.

—Entonces —continuó Gaston cada vez más entusiasmado—, supongo que será
la fiesta de Sheffield.

—¿Y?

—Pues que conozco al dueño de la imprenta donde se han hecho las
invitaciones —declaró por fin Gaston

A Peter le costó solo un segundo entender a dónde quería llegar su amigo. Una
sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.

—Buscad los esmóquines, chicos —declaró, sintiéndose completamente feliz por
primera vez en toda la noche—. Mañana vamos de fiesta.
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SandiaSa
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Sáb Mayo 19, 2012 7:42 pm

Adskjhgfkjgfhdg
¡A Peter le encanta Lali,que lo admita ya!
Me encanta cariño,ya lo sabes.
Quiero máaaaaaas.
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Mais020291
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Edad : 26
Localización : Lima, Peru

MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   Dom Mayo 20, 2012 5:32 pm

Ay caramba!!!!
Peter se muere por Lali..DIOSSS DATE CUENTA HIJO! jajajaja
Me encantaaa!

Más, más, más!
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MensajeTema: Re: Apuesta Arriesgada   

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